Disclaimer: Este SYOT está basado en el universo de Suzanne Collins.

Los tributos son de las lectoras/es que los han creado para mi maldad y los demás son de libros adaptados para esta causa.

No obtengo beneficio monetario escribiendo esto.


Capítulo 04. Cosechas: 10, - 7, - 2, - 9,.


Rosana Halloway - diecisiete años - distrito 10.


"La gente puede decir lo que quiera. Puede pensar lo que quiera, pero tú controlas lo que sientes al respecto." (Nunca digas siempre.)


El sol entraba por las ventanas de mi habitación.

Las raídas cortinas no tapaban la luz del amanecer.

Gruñí, me di la vuelta y traté de volver a conciliar el sueño.

Realmente sabía que era imposible porque una vez que me despertaba, sabía que no podría volver a dormir.

maldije al sol y a todos sus ancestros si es que tenía, aunque me figuré que no era así. Pero me gustaba maldecir así que no me importó demasiado.

Hoy era el tedioso y asqueroso día de cosecha en el que tendríamos que jodernos, vestirnos con ropas medianamente decentes y fingir que estábamos completamente honrados de que un escolta, que en mi opinión iba horriblemente vestido cada año, sacara dos papeletas para condenarnos a dos de nosotros, a probablemente morir en unos juegos tan tontos para el disfrute del Capitolio y de los sádicos de los distritos profesionales.

Malditos fueran ellos también. Y maldito el alcalde que vestía con esas ropas. Estaba segura de que una de sus prendas costaba más que toda mi ropa y la de mi familia junta.

Y su hijo... Ese pomposo de... Lo odiaba tanto... Se creía superior al resto y siempre andaba mirándonos por encima del hombro.

Decidí dejar de pensar en él porque siempre que lo hacía, una ira visceral recorría todo mi ser.

Me desperecé, aún cabreada con el mundo, me puse la ropa del día anterior y fui a desayunar.

Refunfuñé para mis adentros. Trabajábamos todo el maldito día y solo conseguíamos unas tristes rebanadas de pan correoso, avena pasada y un poco de leche.

Mi padre y mi madre entraron a la pequeña cocina cuando ya estaba terminando de preparar lo que comeríamos hoy. Mi abuela entró justo después.

Comimos en silencio y después lavamos los platos con un poco de agua que recogí ayer.

Yo era muy alta, incluso para los estándares normales de las chicas del distrito, 1.80 metros y estaba en forma a pesar de la escasa alimentación.

Era muy rápida, la mejor de la escuela, cosa que tenía cabreados a muchos chicos, pero a mí me daba realmente igual. No me preocupaba por herir o no su orgullo.

En los callejones, fuera de los ojos siempre vigilantes de las cámaras, aprendí lucha cuerpo a cuerpo.

Tuve un accidente con unos chicos mayores cuando era pequeña, que causó que perdiera la mayor parte de mi audición y a raíz de ello, decidí aprender a defenderme.

Éramos un grupo pequeño de chicos y chicas y más que nada, aprendíamos por así decirlo por ensayo y error. Los primeros días llegábamos a casa con moretones por todo el cuerpo y algunos arañazos ensangrentados.

Tras ducharme, me vestí con la ropa menos rota que tenía en mi intento de armario, me recogí el pelo en una coleta y me marché.

Estaba contenta de que Luna y Nadia, mis primas, no estuviesen en edad de cosecha. Solo temía por mí y eso me aliviaba.

Había varias chicas que me miraban mal. Muchachas hermosas que el día de cosecha iban con vestidos cortos e intentos de peinados elaborados.

No comprendían como yo podía vestir con pantalones y sudadera. Les parecía ilógico.

En la plaza me reuní con las chicas de mi edad tras permitir que me sacaran sangre.

No comprendía por qué lo hacían.

Tal vez para comprobar si éramos quien decíamos ser.

Solo debía aguantar dos cosechas más contando la de hoy y sería libre de los juegos.

Le dediqué una sonrisa de ánimo a mi amiga Terhese. A ella las cosechas no le gustaban y le daban miedo.

Terhese me gustaba como algo más, pero nunca me había atrevido a decírselo. Temía su rechazo y a parte de mi familia, ella, Edwin y Lorie, no me importaba nadie más.

No era una asocial, pero no me gustaba la gente falsa que criticaba por la espalda.

El alcalde recitó el discurso de todos los años, (ya podían cambiarlo un poco), y con la vehemencia con la que hablaba estaba segura de que amaba al capitolio y a sus arcoirosos habitantes.

Me da igual si la palabra no existe. En mi mente puedo decir lo que quiera.

Edwin aseguraba que el alcalde y su familia eran rebeldes encubiertos pero también juraba que los unicornios existían así que...

El escolta, un hombre con crines, orejas y cola de caballo nos saludó con entusiasmo.

-¡bienvenidillos mis queridillos jovencillos! ¿Estáis listillos para que alguno de vosotros salga elegidillo?

Todos nos pusimos tensos. podríamos ser cualquiera.

-¡Terhese Glass! -Gritó.

Mi amiga gimió de espanto y se echó a llorar.

No podía verla así. No podía soportarlo.

-¡Me ofrezco voluntaria! -Me sorprendí gritando.

Terhese trató de detenerme pero no se lo permití.

Subí al escenario con paso firme y sonreí solo para ella.

El escolta estaba encantado y deseoso de saber más pero no le di el gusto.

Esperé seria a que el tributo masculino fuese elegido.

Cuando dijo el nombre del chico, me eché a reír. No pude evitarlo.

En el edificio de justicia, mis padres no paraban de increparme el que me ofreciera voluntaria.

-Voy a estar bien, mamá. No soy ninguna estúpida. Sabré defenderme. Será como matar animales...

Mi padre me miró incrédulo.

No pudo decirme nada porque los agentes de la paz dijeron que el tiempo había terminado.

Terhese entró justo después y me abrazó llorando.

-No debiste hacerlo. Debiste dejar que...

Le puse un dedo en los labios y la Hice callar.

-Entonces llévate esto. Me lo dio mi abuela.

Era un anillo en el que ponía:

"Nunca te rindas"

Tuvo que salir cuando el agente vino a por ella.

Camino a la estación, no dejé de acariciar el anillo.


Cody McClure - dieciséis años - distrito 7.


"Lo bueno de los niños pequeños es que no dicen cosas para intentar hacerte daño, aunque a veces digan cosas que te hacen daño. Pero no saben lo que dicen. Los niños mayores...ésos sí que saben lo que dicen." (La lección de August)


-Cody, ¿me estás escuchando?

No escucho a mamá hasta que mi hermano pequeño me toca el brazo. Me he vuelto a distraer con viejas historias que me cuenta mi padrastro.

-Perdona mamá. Me perdí de nuevo. -Sonreí un poco avergonzado.

-Te decía que hoy debes vestirte con ropa más formal porque tienes que ir a la plaza como todos los años.

-¡Pero mamá!

-Cielo, ya sé que te molesta la ropa tan rígida, pero será solo un ratito, ¿de acuerdo?

No quería ponerme esa ropa molesta pero asentí. No quería que la abuela me riñera por contrariar a mamá.

Según dice ella, yo soy hijo de un inversionista capitolino que pasó a buscar una de las famosas artesanías McClure. Él se enamoró de la belleza y el encanto de mi madre y Beatrice, mi abuela, vio la oportunidad perfecta para ella.

-Natalie, -decía. -Podrás salir del distrito, tener una buena vida...

Pero no se concretó ningún matrimonio. Mi abuela dice que Malcolm Stern nos mandó de vuelta al distrito cuando notó que yo era diferente.

Mamá dice que soy especial y que hago un buen trabajo con el hacha debido a mi gran fuerza pero en el distrito me llaman cosas horribles que me ponen triste. Por eso apenas salgo de los amplios terrenos de los McClure.

Tampoco voy a la escuela porque dicen que voy muy por detrás con respecto a los otros niños de mi edad.

Antes todo eso me hacía llorar, y aún lloro cuando me insultan y me tiran cosas, y mi hermano de once años, Shawn, me ayuda cuando los niños tratan de meterse conmigo.

Peter, mi padrastro, dice que él es mi protector, como un superhéroe de las historias que me cuenta y eso me gusta.

También me gusta preguntarles a las personas que vienen a ver a mi abuela si saben de historias y me las cuentan.

La abuelita se enfadaba cuando yo interrumpía sus reuniones, pero ya se está acostumbrando. A los ancianos les gusta contarme cosas y las mujeres me cantan canciones bonitas.

-¿Vendrá Shawn conmigo, mami?

-Esta vez no, hijo. Como cada año, te toca acudir solo. Pero te acompañará a casa después.

No quería ir solo a la plaza, porque cuando no estaba mi hermano los niños me tiraban arena y me hacían lagrimear los ojos.

Acabé todo el desayuno y me fui a poner la ropa que no me gustaba. Beatrice decía que ningún McClure iría desastroso a eventos importantes y me pareció que este lo sería porque tenía preparada mi camisa especial.

No entendía para que servía la cosecha. Nos ponían en filas, el alcalde hablaba y luego una señora que me daba miedo decía dos nombres.

Los que salían elegidos a veces lloraban y se resistían pero yo no sabía por qué. Aunque yo también estaría asustado si me llevaran a ese edificio grande donde mamá decía que se llevaban a los malos.

¿Acaso eran malos los niños que mandaban al edificio bonito y grande?

Por eso, cuando la señora de joyas dijo mi nombre, me quedé quieto.

¿Yo había sido malo?

Cuando me portaba mal, la abuela o mamá se enfadaban pero siempre me explicaban el por qué.

A lo mejor había hecho algo malo de verdad y...

Busqué a mi hermano entre la gente para preguntarle pero recordé que no estaba.

Entonces, unos chicos más mayores me hicieron caminar hasta donde estaba la señora que me asustaba y una niña que parecía enfadada.

Me negué a darle la mano a la chica cuando me lo dijeron. Seguro que ella sería mala como esos chicos que quisieron quitarle a Shawn su muñeco. Recuerdo que me enfadé y que pegué a un chico demasiado fuerte. Creo que le rompí algo...

Cuando la señora de joyas, la bruja, me había susurrado la chica de mi lado, quiso que yo me pusiera más cerca del borde para que todos me vieran, un señor muy simpático que me contaba historias geniales de personas de colores, se acercó y se quedó a mi lado.

La bruja se apartó de nosotros y me relajé solo un poco.

Quería saber por qué había sido elegido.

Me pregunté por qué la bruja con joyas pedía que aplaudieran cada año, cuando sacaba los papeles con los nombres de la chica y el chico.

Yo siempre obedecía, porque mi abuela siempre dice que debemos hacerles caso a los mayores.

Los hombres de blanco me asustaban. Una vez vi como le pegaban a un señor mayor. Peter me explicó que era debido a que el hombre había hecho algo malo pero desde entonces no me gustaban.

Excepto uno.

El agente Horton, así me pedía que lo llamara, me contaba historias cuando pasaba por casa de la abuela o cuando los niños me hacían sentir triste.

Pero hoy, no fue él quien me acompañó al edificio bonito.

Cuando entré, me dejaron encerrado en una sala y nervioso, me pregunté qué pasaría ahora.

Mi familia entró y yo me abracé a mi hermano. Estaba asustado sin él.

-Cody. -Llamó mi madre.

Yo la miré.

-Vas a irte a un lugar... Y vas a ver cosas que no te gustarán y que incluso te den miedo. Pero no te preocupes. El señor Day te lo explicará en el tren.

-¿Dónde voy, mamá? ¿Donde llevan a los chicos y chicas cada año? ¿No voy a volver a casa?

Ella abrió y cerró la boca varias veces, gesto que me pareció divertido pero no reí.

-Tal vez vuelvas, muchacho. Usa el hacha para defenderte y si hay árboles, escóndete si te persiguen. -Esa era mi abuela.

-Pero tú has dicho... Tú has dicho que el hacha...

-Allí donde vas, necesitas olvidar lo que te he dicho. Si te atacan, defiéndete y si van a por ti, corre.

Yo asentí, aún muy confundido. Pero era mejor hacer caso a Beatrice McClure. Nadie quería verla enfadada.

Shawn me puso en la mano un águila antes de irse. Era una artesanía preciosa.

-Es la primera que he hecho. Quiero que tu la tengas.

Los ojos se me aguaron y mientras se llevaban a mi familia, yo no apartaba la vista del ave.

En la estación de tren, sabía que estábamos allí porque lo había leído en el colorido cartel, me acerqué al señor Day. No quería que la señora de joyas me agarrara el brazo como en el escenario.


Mileena Penrhyn - diecisiete años - distrito 2.


"Era lo bastante listo para conocerse a sí mismo, lo bastante valiente para ser él mismo y lo bastante insensato para cambiarse a sí mismo y, al mismo tiempo, seguir manteniéndose auténtico." (Patrick Rothfuss.)


Había venido a entrenar temprano. Tenía agujetas del día anterior pero me daba igual.

Decían que los dolores se iban haciendo más ejercicio así que eso hice.

Brevemente me preocupé un poco de las agujetas, pero aún así continué con las dagas.

Dianne y Claire se acercaron a mí con sonrisas estúpidas en sus estúpidas caras maquilladas.

Ellas antes eran mis mejores amigas junto con Cheril, pero desde que Neilan ganó los juegos del hambre hace dos años, no hablaban de otra cosa así que acabé distanciándome de ellas y de todos en general.

Neilan Penrhyn era el perfecto vencedor y el honor de mi distrito. Disciplinado, fuerte y atractivo, todo el mundo le quería.

En la academia, los instructores no hacían más que remarcarme sus logros, por la calle, los ciudadanos alababan las proezas de mi hermano y no paraban de relatar lo que hizo en los juegos como si yo no hubiese estado siguiéndolos hasta el final.

Mi padre sacaba a Neilan en cada conversación, siempre más interesado en el prestigio que en la familia propiamente dicha.

Mi madre siempre me ha tratado como si yo fuera de cristal, cosa que no era, pero no me quejaba.

Mi hermano y yo siempre habíamos sido inseparables hasta que venció los vigésimo octavos juegos. Tras ello, se distanció de mí y no comprendía por qué.

Por eso, y porque estaba harta de que me compararan con él, en la academia di lo mejor de mí, entrené todo lo que pude y más e incluso estudié.

Más chicas se acercaron y también algún que otro chico.

Era patético. Todos esos adolescentes lo idolatraban.

Sonreí un poco para que me dejaran tranquila, pero debí imaginarme que no sería así.

-¿Tu hermano tiene novia?

-¿O novio?

-¿Qué come?

-¿Qué lleva cuando se va a dormir?

-¿Podrías darme una foto de él con el torso desnudo?

-¿Cuál es su camisa favorita?

-¿Usa perfume? ¿Cuál?

Esas eran algunas de las preguntas que me hacían a diario.

Cabreada, exploté.

-¿Queréis saber también a qué horas va al baño y si caga de colores? Ha vencido los juegos del hambre. ¿Y qué? Germánico Lenox también es un vencedor y no lo estáis persiguiendo como a Neilan.

Yo no era así de expresiva ni malhablada habitualmente, pero había llegado a mi límite. Quería rebanarlos a todos con una espada de práctica. Los extremos romos tardarían en cortar la piel, la carne y el músculo y por tanto el sufrimiento sería mayor.

Volví a casa cuando era inevitable hacerlo.

Vivíamos en la villa de los vencedores desde hacía dos años.

Mi madre le dijo a mi hermano que no quería molestar, pero mi padre la convenció.

¿Qué mejor prestigio que ese para los Penrhyn?

Los coloridos preparadores de mi hermano ya estaban allí cacareando como viejas cotillas.

Resoplé al verlos y me fui a mi habitación.

Me puse un vestido largo, elegante pero cómodo, unas bailarinas y me recogí el pelo.

Cuando salí, uno de los preparadores me miró con desdén y la única razón por la que no le tiré el café que había sobre la mesa, era porque iba a presentarme voluntaria para los juegos y no debería estar a malas con quien tal vez me arreglara aunque lo veía poco probable.

La plaza no estaba llena y tuve que esperar junto a las pocas chicas de diecisiete a que los demás llegaran.

Escuché al alcalde, y cuando Campanilla salió, sonreí. Era mi momento.

Dijo el nombre de Helena War, una niña rubia de trece años, y antes de que subiera, me presenté voluntaria.

Varias chicas mayores me miraron con ira, pero me dio igual. Yo era buena y ganaría.

Subí sonriente al escenario y por el rabillo del ojo vi cómo Neilan apretaba los puños.

-Hola preciosa, ¿cómo te llamas? -La voz de la escolta me taladraba los tímpanos.

-Mileena Penrhyn.

-¡¿Habéis oído eso?! ¡Una Penrhyn! ¿Qué parentesco tienes con el guapo Neilan? -La mujer estaba encantada.

-Soy su hermana. -Respondí.

-¡Oh Neilan! ¡Tu hermana! ¿No es eso fabulosísimo? ¡Dos hermanos vencedores! ¿Te lo imaginas?

-Sí, Campanilla. Es una noticia excelente.

Pensé que a mi hermano debía de dolerle la cara por lo mucho que sonreía. Yo claramente podía ver la falsedad en el gesto. Siempre podía.

La escolta se deshizo en halagos a mi persona y sobre todo hacia mi hermano hasta que se dio cuenta de que faltaba por llamar al tributo masculino.

En el palacio de justicia, en una sala minúscula, veía a mi madre y a mi padre.

Ellos se contemplaban en silencio comunicándose sin palabras.

-Estoy orgulloso, Mileena. Estoy seguro de que traerás mayor prestigio a la familia Penrhyn. Dos hijos vencedores. ¿Qué habría mejor que eso?

-¿Qué necesidad tenías de presentarte? -Se quejó mi madre. -Ya fue tu hermano a los juegos y lo pasé muy mal.

-Venga, Hannah, estoy seguro de que ella lo hará bien y saldrá ganadora. Es una Penrhyn después de todo.

-¡Leónidas! ¿Te estás oyendo? Por muy buena que sea la niña, va a tener que enfrentarse a veintitrés personas más. ¡Sé realista!

Mi padre bufó.

Mi hermano no había entrado con ellos. Supuse que lo que quisiera decirme, lo haría en el tren.

Decidí que me llevaría el mismo listón azul que le di a Neilan cuando fue a los juegos.

Cuando volvió, me lo dio pero desde ese día, no hablamos más que lo necesario.

Los agentes de la paz se llevan a mis padres y minutos después, otros agentes me escoltan hasta el coche que me llevará a la estación.

Sonrío y saludo a las personas que me miran sabiendo que cuando vuelva lo haré como vencedora y ya no me compararán con mi hermano.


Eliseos Merrych - diecisiete años - distrito 9.


"Pero, ¿quién reza por Satanás? ¿Quién, en dieciocho siglos, ha tenido la humanidad común como para rezar por el pecador que más lo necesitaba?." (Mark Twain)


A las cinco de la mañana ya estaba en pie.

Me aseé, recogí las túnicas del armario y me vestí.

Para venerar a nuestros dioses utilizábamos túnicas de algodón blancas con franjas amarillas, negras, azules y púrpuras. Cada franja representaba nuestra devoción hacia cada uno de nuestros dioses.

Xaor, era el dios padre, el ejecutor de las leyes y el que juzgaba a los animales perdidos.

Axahanna: ella era la madre diosa, creadora de vida, la que cuidaba a todos sus hijos por igual. Ella era la que nos había proporcionado el trigo y todo aquello que cosechábamos y cada vez que trabajábamos, Cantábamos en su honor.

Exienon era quien aliviaba los padecimientos de los enfermos y tomaba a los seres vivientes en sus cálidos brazos cuando fallecían.

Las franjas púrpuras correspondían a la diosa Jeyxan. No había renacido todavía, pero no perdíamos la fe. Ella nos salvaría del yugo del capitolio.

Ellos eran el peor tipo de animales porque se creían superiores al resto.

Entré en el templo que habíamos construido en el sótano y en silencio tomé mi lugar en el círculo.

Mi abuela, la mayor de la familia desde que mi abuelo Camil murió.

Lo enterramos de acuerdo con los ritos funerarios de nuestra religión, vistiéndolo con ropas teñidas con los símbolos del dios Exienon, le colocamos dentro de un ataúd y antes de enterrarlo, toda la noche cantamos y bailamos a su alrededor dejando caer una gota de sangre sobre la caja de madera cada vez que girábamos diez veces.

El Capitolio no tolera mi religión porque dice que es una estupidez de locos que no tienen mejores cosas que hacer.

Una vez, cuando el señor Renly murió, fuimos a su funeral y algunos ciudadanos paganos, animales perdidos, irrumpieron durante nuestras oraciones y comenzaron a lanzarnos objetos de todo tipo y bolsas de desperdicios.

Una vez que acabamos nuestros rezos, subimos a desayunar.

La abuela Annett bendijo los alimentos y al finalizar, permitimos que ella y mi hermana embarazada comieran primero.

Cuando se sintieron satisfechas, fue el turno de mis primos y yo.

Finalmente comieron los adultos sanos.

Dejamos cada uno una pequeña ofrenda y después se las dimos al perro. Él era un animal sagrado para todos los dioses y por tanto debíamos cuidarlo mejor que a nosotros mismos.

Ludwin se comió las últimas migas de desayuno y tal y como le enseñara mi abuelo Camil hace años, se sentó en el suelo y permitió que nos colocásemos a su alrededor y volvimos a rezar.

Tras esto, sería hora de ir al trabajo y cantar nuestras canciones pero al ser día de cosecha, los que estábamos en edad elegible nos pusimos nuestras ropas más elegantes y caminamos juntos hacia la plaza cantando a una sola voz.

-Cuidado, Licie, no te acerques a esos locos. -Escuché que decía una niña rubia.

-No escuches a tu amiga. Ella solo está confundida. Nosotros podemos ayudaros a seguir por el camino de los dioses. Sois animales perdidas pero os hemos encontrado y podréis ser reconocidas por la gran madre y el señor padre.

Las miré con tristeza cuando salieron corriendo.

Allá ellas si quieren seguir siendo simples animales sin raciocinio.

Si había algo peor que los animales perdidos que vivían en pecado, eran los animales perdidos pintados. Me dolían los ojos de mirar a la escolta llena de corazones.

¿Cómo podía haber gente tan hortera? ¿Es que acaso no tenían sentido del ridículo?

Llamó a la tributo femenina que resultó ser una niña de 12 años.

Conocía a sus hermanos de vista. Animales perdidos todos ellos. No rezaban, no cantaban e incluso se reían de nuestras creencias.

Pero yo no estaba preocupado. El señor padre los juzgaría a todos y los fieles seremos recompensados.

-¡Eliseos Merrych!

Al escuchar mi nombre, suspiré resignado. Estaba seguro de que este era un designio de los dioses.

Yo era el elegido para hacerles ver a los capitolinos su error. Estaban cometiendo herejía al creerse superiores.

Mientras subía, pensé en mi abuelo. Lo echaba mucho de menos. Él me contaba historias de los días oscuros.

-¡Hola, Eliseos! ¿Estás contento por el honor que se te ha concedido?

-Claro. No todos los días los dioses designan a alguien para hacer el bien en su nombre.

Madame Pudipié me miró como atontada.

-¡Bueno, bueno! ¡Dadle un fuerte aplauso!

Cómo no, ellos obedecieron.

En el palacio de justicia, mi familia me recordaba lo importante que era esta misión y que hiciera todo lo posible por sobrevivir. No importaba si sacrificaba animales en el proceso.

Mi madre me colocó un colgante con el símbolo de nuestra religión. Tres círculos rodeados por un semicírculo.

Al salir del edificio, miré mi reflejo en un cristal y sonreí. Mi expresión era tranquila, pacífica.

Estaba seguro de que cambiaría muchas vidas.


Nota: Y otro capítulo de cosechas. Ya falta menos para que se acaben y los conozcáis a todos.

Ahora van las preguntas:


1. ¿Tributo favorito?

2. ¿Tributo menos apreciado?

3. ¿Con cuál de estos cuatro se aliaría vuestro tributo?

4. ¿Quién es tu personaje favorito de los juegos del hambre y por qué?


Hasta aquí por hoy.

Nos leemos.