Disclaimer: el universo le pertenece a Suzanne Collins. Los tributos a ls lectors y la trama a mi cabeza mayormente desvariante.
Capítulo 5. Cosechas: 10, - 1, - 11, - 8.
Thomas Rocheford - dieciocho años - distrito 10.
"Vosotros, los zánganos, os engañáis y os escondéis en vuestro caparazón de "satisfacción personal". Huís de las comparaciones, la competitividad, el conflicto. Y por eso, nunca llegaréis a ser más que zánganos." (Byakuya Togami)
-Juro que no volveré a quedarme leyendo hasta tan tarde. -Murmuro en la oscuridad de la biblioteca de padre.
Anoche comencé un libro bastante interesante sobre uno de los vencedores y me dormí en el sillón. Es bastante cómodo para leer, pero no para dormir. Si me he despertado, es porque he oído a los plebeyos moviéndose por la casa y eso significaba desayuno para mí.
Me puse en pie, me estiré y tras guardar el libro en su sitio fui a mi habitación.
Casi me pongo a gritar cuando vi mis fachas.
Llevaba la camisa arrugada, los pantalones de igual modo y mi pelo parecía un nido de pájaros.
Rápidamente me quité la ropa, la dejé en el cesto, me metí a la ducha y me limpié con esmero.
No me gustaba lucir como un pordiosero de la periferia.
Salí de la ducha y tardé un rato en elegir lo que llevaría para la cosecha.
Me vestí con un traje totalmente blanco incluidos los zapatos. Solo mi corbata era negra.
Me peiné con detalle y cuando me sentí satisfecho me puse las gafas y fui a desayunar.
Un hijo de alcalde que se precie jamás debe ir despeinado, nunca tiene que ir mal vestido y siempre debe dar ejemplo a sus inferiores.
No comprendo como la gente puede ser pobre. ¿Por qué lo son? No tiene lógica. Odio cuando se quejan de sus vidas pero no hacen nada para mejorar.
Yo les daría comida, pero si lo hiciera, no aprenderían nada y seguro que morderían la mano que les da de comer.
Sencillamente, había gente con suerte y personas sin ella.
No todo el mundo puede ser un Rocheford.
No comprendía por qué había personas que les daban comida a los pobres. El altruismo es algo que no entiendo ni entenderé. Ellos deben ganarse la comida y el sustento por su cuenta.
Cada vez que volvía del colegio, trabajaba en el campo con animales.
Padre decía que para ganar algo, había que esforzarse porque él no había criado vagos. Así que aunque éramos ricos, trabajábamos.
Cuando llegué al salón, vi algo que me puso de mal humor.
Mi hermano un año mayor que yo estaba allí.
Edward vivía en casa, pero era mi opuesto completamente.
Yo era alto, de huesos grandes, estaba gordo, cosa que me daba lo mismo porque ya que podía comer, lo hacía. ¿Para qué iba a privarme? si hería la sensibilidad de algunos, pues que se aguantaran. Tenía dinero, podía comprar comida y por tanto podía comérmela. A ese respecto, era igual que mi padre. Ni siquiera me importaba que mi hermano a menudo se metiera con mi peso. Tse... Solo era otra ameba más. Mi pelo rubio siempre estaba ordenado al igual que mi ropa y mis ojos azules estaban ocultos tras unas gafas de marco blanco.
Él era delgado, de media estatura, su pelo negro estaba siempre revuelto, vestía de forma desaliñada y sus ojos eran castaños.
-¿Qué hay, Tommy?
Odiaba que me llamara así. Siempre me trataba como a un niño pequeño cuando yo claramente era más inteligente y mejor que él.
-Tse... -Solté dándole a entender que le ignoraría.
Haría como si simplemente fuese un bulto insignificante en la silla de enfrente.
Pero debí saber que no sería tan fácil.
Cuando iba por mi tercer plato de huevos con bacon, Edward habló.
-Si vas a abrir la boca para hablarme, ahórratelo. Tu vida me interesa menos que la de una vaca lechera. Con eso te lo digo todo.
-Tan serio... Lo que necesitas es tener algo de acción.
Cada vez estaba más cabreado con Edward. ¿Es que no podía respetar el desayuno de los demás?
-¿No tienes nada que hacer? -Le gruñí.
-Nada que me interese.
-¡No hables con la boca llena. Me causas alipori.
-Tú y tus palabras raras. -Resopló.
-Me parece deleznable el poco uso que le das al lenguaje.
Mi hermano me miró ceñudo, cogió un plato con tostadas y se fue.
Seguí comiendo en paz hasta que me sentí satisfecho.
Me lavé las manos, me limpié la boca y los dientes y salí.
En cuanto pasé las puertas de la finca, encontré a Sunny apoyada contra la pared.
Ella es mi mejor amiga, podría decirse. Es agradable porque no dice más que lo necesario y no trata de llenar con palabras mi preciado silencio.
Pasamos la mayor parte leyendo o paseando y eso está bien para mí.
Sería la chica perfecta si no fuera porque es de inferior clase social.
La admiro porque aunque en el colegio se meten con ella, se esfuerza por que no le importe. Sus parientes la maltratan y su madre siempre espera más de ella. Sunny se esfuerza por conseguir sus propias cosas y nunca me pide comida a pesar de que ella pasa hambre. Solo acepta que le dé alimentos cuando no le queda de otra.
Al vernos nos saludamos y compartimos pocas palabras.
Algunos inmaduros silban a nuestro paso y susurran por lo bajo pero no se atreven a mirarme. Mi apellido y posición causan respeto.
Me llaman Mr Manitas de cerdo porque no pueden soportar la idea de que yo sea superior a ellos y de algún modo tienen que desquitarse.
-¿Qué tal en casa? -Pregunté.
-Bien. -Contestó ella.
Me prestó lo que estaba leyendo y yo hice lo mismo con ella. A menudo cambiábamos lecturas y eso estaba bien para mí.
Llegué temprano a la plaza. No podía permitirme el retraso. Era el hijo del alcalde y debo dar ejemplo a las amebas.
Los adolescentes me miraban en su mayoría con odio y envidia e incluso trataron de llamar mi atención con palabras vulgares pero las ovejas no dejan de ser eso, ovejas y necesitan que alguien las dirija o si no se dispersan.
Cada vez que mi padre daba un discurso, me sentía orgulloso de ser su hijo.
Ayno Rocheford ya se había ganado su terreno trabajando duro. Desde que él era alcalde, la vida en el distrito había mejorado. No lo digo por ser su hijo, si no porque los plebeyos daban fe de ello.
Escuché de manera respetuosa a mi padre y fui uno de los más entusiastas al aplaudir.
No estoy a favor de los juegos, y mi padre tampoco, aunque lo parezca, pero al ser un Rocheford tenía que apoyar a mi padre y su discurso. No era idiota. Si nos rebelábamos, los agentes de la paz acabarían con nosotros antes de poder decir Ameba.
Cuando salió el escolta quise gritar mi indignación.
¿Qué era esa cutrez? No quería seguir mirando tal vergüenza.
Cerré los ojos para no verlo. También me taparía los oídos pero eso sería una falta de decoro por mi parte.
Creo que ese tipo no entiende de estilo.
-¡Thomas Rocheford! -Escuché.
-¿Qué? ¿Cómo puede ser?
Subí muy indignado al escenario y me encaré con el hombre caballo.
-¿Qué has dicho? Debe haber una equivocación. No seas estúpido y lee bien. -Escupí.
-Chico, sé leer y apuesto que mejor que tú.
Al mostrarme el papel y comprobar que allí estaba precisamente mi nombre, lo arrugué con ira y lo lancé al suelo pisoteándolo después.
Debería ser ley que los plebeyos tuvieran que presentarse voluntarios cuando alguien como yo sale cosechado.
Me negué a darle la mano a la chica ameba de mi lado, no iba a tocarla ni con guantes, y me crucé obstinadamente de brazos.
En el palacio de justicia yo seguía rumiando mi ira.
Mis padres y hermanos se despidieron de mí como correspondía, incluso me abrazaron, cosa que rechacé rápidamente y se fueron llorando.
Deberían mantener la compostura en público.
Sunny entró, yo permanecí sentado en un sillón sin moverme y ella se lanzó sobre mí y me besó de improviso.
Correspondí sin perder tiempo y nos acariciamos.
Bajé mis labios por su cuello, clavículas y hombros rozando mientras con la yema de los dedos sus pequeños senos.
Ella metió sus manos debajo de mi camisa y exploró mi torso.
Antes de que pudiéramos llegar a más, un agente de la paz tocó a la puerta.
Nos arreglamos rápidamente y estupefacto, vi como Sunny cogía unas tijeras de la mochila que llevaba y se cortó la trenza.
-Llévatela. Quiero que la tengas.
Por primera vez me había dejado sin palabras.
-Entonces tú llévate mi corbata. -Me la quité rápidamente y se la tendí.
Cogí la larga trenza de mi novia, después de esto no dudaba de que lo fuera, y me la enrosqué en la muñeca.
Ella salió justo cuando un agente de la paz iba a sacarla.
Camino al tren, yo me mostré tranquilo porque sabía que las cámaras me filmaban.
Me iba a los juegos del hambre pero volvería pronto.
Solo tenía que pensar Como.
Mallory Valdi - dieciocho años - Distrito 1.
"Si no hubiera quienes triunfan contra toda probabilidad, creo que todo el mundo renunciaría." (Stephen King.)
Gruño al escuchar golpes en la puerta de mi habitación.
Estaba teniendo un sueño bastante bonito sobre algo... Me froté los ojos tratando de recordarlo pero no había manera. No recordar los sueños que sabía habían sido bonitos me disgustaba porque la belleza era efímera.
-Rubi, mi compañera de cuarto, refunfuñó algo ininteligible y me lanzó una almohada.
Protestando, me levanté, saqué un vestido azul limpio y me dirigí a la ducha.
Era una chica bonita y lo sabía.
Mis padres me habían abandonado en un orfanato del que me escapé a los catorce años.
Nunca me deprimí por no conocer a mis padres porque si me habían dejado allí, era porque no me querían.
En el orfanato no estaba mal cuidada, porque en este distrito los huérfanos no eran comunes pero a veces me sentía falta de afecto.
Hoy envidiaba a Rubi. Este no se trabajaba y ella, como era un año mayor, no tenía por qué levantarse pronto.
Siempre me ha gustado bailar desde niña. Veía la televisión, las horas en las que se me permitía y me quedaba embelesada mirando a los chicos y chicas que ejecutaban las maravillosas danzas.
Así que cuando me escapé, solicité trabajo en la empresa de espectáculos Valdi.
Me cogieron porque copié uno de los bailes que había visto.
Acabé siendo contorsionista y adopté el apellido del jefe de la empresa, Luca Valdi.
Comencé a entrenar en la academia en el uso del florete a raíz de una función que interpretaríamos pero me gustó entrenar y me enfoqué en varias cosas como rastreo y supervivencia y cualquier otra cosa de utilidad.
Soy una chica bastante hiperactiva y no puedo quedarme quieta. Así que cuando no ensayo para los espectáculos, estoy en la academia o corriendo por las calles.
Tres compañeros más estaban en edad cosechable así que nos dimos prisa en desayunar para no llegar tarde.
Abracé a Sean, era uno de los chicos que no estaba en edad de cosecha. Él no era dado a muestras de cariño pero yo sí así que me lo permitía. Aunque Luca no se explicaba por qué.
Ya en la plaza, mientras el alcalde recitaba el discurso de cada año, le di vueltas a algo que llevaba pensando un tiempo.
No sabía que hacer.
Si me lesionaba, por muy buena y popular que fuera en los espectáculos, mi carrera se acabaría y yo no tendría nada.
Dudaba aún si hacerlo o no, cuando dijeron el nombre de la chica escogida y tres chicas se presentaron voluntarias.
Entonces me decidí. Ese era el momento, mi última oportunidad de conseguir algo.
Corrí, tanto como me permitieron las piernas y grité que me presentaba voluntaria.
El escolta brillaba tanto que cegaba y estuve a punto de tropezarme.
Me pegué al escolta tanto pero no lo suficiente para ser imbasiva.
-Me presento voluntaria. Soy la adecuada. Estoy preparada.
-No es habitual que haya tantas voluntarias. -Dijo pensativo y desconcertado.
Rímel Tesien, la vencedora más antigua de nuestro distrito, se levantó y nos hizo poner en fila.
Nos observó una a una en silencio y me señaló un minuto después.
-Ella.
Las otras tres chicas protestaron pero bastó una mirada de la vencedora para que se marcharan en silencio.
-Preséntate. -Me pidió Briliant.
En el palacio de justicia, varios compañeros me increpaban por haber cometido tal locura pero yo solo sonreí. Ahora que me había presentado, estaba más segura que nunca de que podría hacerlo.
Antes de salir hacia la estación, saqué el pequeño botecito de perfume que siempre llevaba conmigo y me puse un poco.
Decidí que este sería el recuerdo que me llevaría a la arena.
Sonreí y cuando los agentes de la paz vinieron por mí, me mostré segura y alegre.
Logan Lynch - trece años - distrito 11.
"Confianza. Es como colocar una espada en la mano de alguien y luego apuntar con esta a tu propio corazón." (James Herondale.)
Hoy estoy contento. Lo sé, es día de cosecha y no debería estarlo pero no puedo evitar.
Este día no se trabaja y puedo pasar tiempo con mi madre.
Ella trabaja cocinando para personas importantes del distrito y yo recolecto frutos en el huerto de la señora Laiton. Insiste en que la llame tía Ryta, pero no soy capaz.
Debido a que los dos trabajamos, mi madre y yo no tenemos mucho tiempo de estar juntos así que cada momento lo valoro.
Ella me coloca el pelo hacia atrás. A menudo se queja de que lo tengo muy alborotado pero no quiero cortarlo, al menos todavía no.
En casa somos solo ella y yo. No sé quien es mi padre pero tampoco tengo interés en saberlo.
Muchas veces escucho rumores y susurros sobre ello y me enfado. Sobre todo cuando acusan a mi madre de cosas que no son ciertas.
Cuando hablan, mis amigos y yo les gastamos bromas pesadas o embarazosas.
Ayer un hombre comentó que mi madre sería una buena prostituta. Sé lo que son porque la maestra nos lo explicó cuando Michelle, una compañera de clase lo preguntó.
Le metimos la cartera de otro hombre en el bolsillo E hicimos que un agente de la paz lo pillara.
Nunca nos cogían a ninguno de los tres.
Pammy y Rowan habían sido mis mejores amigos desde que puedo recordar y hacemos todo juntos.
A veces hemos tenido que robar algo de comida, no mucha cantidad, claro, y escondíamos lo hurtado en alguna de nuestras despensas o en la de la señora Laiton.
Los tres pedíamos teselas así que teníamos más posibilidades de salir cosechados.
No vi a mis amigos hasta que fue la hora de ir a la plaza. Nos encontramos en el parque de siempre y fuimos caminando hacia donde todo el mundo se reunía.
Saludé a todas las señoras a las que veíamos asomadas a las ventanas y algunas nos dieron un par de trozos de fruta. Eran muy amables y les gustaba charlar.
La señora Credence, por ejemplo, tenía una hija que no la visitaba a menos que necesitara dinero o comida y eso que vivía a tres calles de ella.
A las personas que hablaban mal de alguien al que apreciaba, las miraba mal o con desdén.
Me planteé en hacerle alguna travesura al señor Dillon, pero aunque normalmente no prestaba atención a las consecuencias de mis actos, o al menos eso me decía Rowan, la cabeza más sensata de los tres, hoy era día de cosecha y yo no era tan tonto como para crear alboroto.
Ya en la plaza, muerto de calor como estaba, me coloqué junto con Rowan en la fila de niños de trece años.
Pammy se fue a la de las chicas no sin abrazarnos primero.
La alcaldesa era una mujer muy amable que a veces les daba comida a los niños más pequeños y a las mujeres embarazadas.
Su hijo salió cosechado hace cuatro años y volvió pero estuvo a punto de no hacerlo.
Dicen que Dirk Clancy aún conserva la cicatriz dentada que le hizo la chica del distrito tres en el pecho con un trozo de metal oxidado.
La alcaldesa pronunció su discurso y al acabar, aplaudimos como correspondía.
El escolta me causaba cierta timidez.
Era un hombre desnudo casi en su totalidad. Sus partes privadas estaban cubiertas por una especie de falda de hojas, llevaba zapatos de suela gruesa y su cabello estaba entrelazado con racimos de uvas, que en realidad, estaba seguro de que eran joyas.
Nunca lograba recordar su nombre.
Cuando dijo mi nombre, sentí miedo y tristeza por partes iguales.
Temía por mi vida y me apenaba dejar a mis seres queridos.
Lo peor fueron los susurros que se escuchaban a mi paso.
Así que cuando llegué al escenario, estaba más que furioso.
Soy bajo y delgado, sin embargo, cuando el escolta me dijo algo, le lancé tal mirada que me dejó en paz.
En la sala a la que me habían llevado, mi madre me abrazaba con fuerza y hacía todo lo posible por no llorar.
Supuse que quería tratar de mantenerse fuerte por mí.
-Mira tu pelo. -Dijo con la voz tomada. -Siempre está tan revuelto... -Se quitó una horquilla del pelo en forma de media luna y me la puso.
No protesté porque no quería que llorara o algo. Se veía como si fuese a hacer eso mismo.
Ella tuvo que salir y mis amigos entraron.
A ellos les hice prometer que seguirían ajusticiando hasta que volviera.
Ya a punto de montar en el tren, suspiré.
No sabía si lo conseguiría y eso me ponía tenso.
Anica Rosio Ying Lang - dieciséis años - distrito 8.
"Nosotros también debemos destrozar las apariencias. Debemos mirar nuestro propio interior y eliminar toda distorsión, hasta que aquello que nuestros corazones saben que es la perfecta verdad quede frente a nosotros." (Garth Stein.)
Maldigo para mis adentros cuando me despierto. Otra vez las sábanas estaban empapadas en sudor al igual que mi camisón y mi pelo.
Había tenido otra pesadilla. No grité porque no quería preocupar a mis padres.
Me habían adoptado a los diez años cuando mis padres biológicos murieron o más bien los mataron conmigo delante.
Creo que eso me causó trauma porque en ocasiones no puedo evitar estar triste.
El doctor del distrito, que había estudiado algo de psicología, dijo que probablemente tenía trastorno depresivo persistente.
No sabía lo que significaba eso exactamente, pero bueno.
No se lo dije a mis padres. Nunca les contaba lo que me ocurría porque bastante tenían con las cuestiones diarias.
Quité las sábanas, las eché a lavar y puse unas nuevas.
Después, salí al patio trasero y me lavé un poco con el cubo de agua caliente.
Al volver a la habitación, vi sobre la cama un vestido rojo.
Habría preferido que fuera negro, pero no rechisté.
Durante el desayuno mis padres estuvieron conversando sobre el matrimonio Doyle. Eran dos falsos y yo odiaba a la gente así.
Yo siempre llevaba una sonrisa en la cara para aparentar, pero cada vez que los veía, quería chocar sus cabezas contra el pavimento.
Ayudé a mi padre a lavar los platos y después corrí a la plaza.
Me crucé con Lysa y Geremy. Mis mejores amigos. A veces habíamos conseguido ciertas sustancias de la alegría.
Nos colocamos en las filas de nuestras respectivas edades y esperamos.
La alcaldesa me caía fatal. Era tan creída y capitolina... La detestaba.
Cuando el escolta Princesa dijo mi nombre no reaccioné de ningún modo.
Subí y pensé en que al menos, traería el honor a mi distrito.
Mis padres después de llorar por mí, me recordaron que tuviera cuidado.
Me rompí una costilla, o más bien me la rompieron, y desde hace seis años, cualquier golpe me dejaba dolorida minutos enteros.
Camino a la estación de tren, miré a mi alrededor.
Mi compañero de distrito tenía la mirada perdida. Me pregunté si estaría bien.
Nota: Tarde pero aquí está. El penúltimo capítulo de cosechas.
Ahora las preguntas preguntosas:
1. ¿Tributo favorito?
2. ¿Tributo menos favorito?
3. ¿Con cuál de estos cuatro se aliaría tu/s tributo/s?
4. Pregunta algo siniestra: ¿Si tuvierais que elegir, cómo querríais que muriera/n vuestro/s tributo/s?
Nota: Pues esto es todo por hoy.
Gracias a Soly Ruh, Alphabetta, ZV y Wonderland_amor por Thomas, Mallory, Logan y Anica respectivamente. Esporo que os haya gustado.
