Disclaimer: Todo lo que reconozcáis le pertenece a Suzanne Collins. Los tributos son de ls lectors.
Capítulo 6. Cosechas: 12, - 5, - 11, - 6.
Karen Tuck - quince años - distrito 12.
"De una pequeña chispa puede prender una llama." (Dante.)
Estoy sudando más de lo normal y no puedo moverme con libertad.
Cuando abrí los ojos me di cuenta del porqué. Mi hermano Sota estaba dormido sobre mi cuerpo.
Yo era bastante bajita, 1,53 metros y mi hermano de 8 años era alto para su edad.
No compartíamos cama, aunque sí cuarto porque aunque viviéramos en la zona comercial, las casas no eran muy grandes exceptuando a la del alcalde y las de la villa de los vencedores y mi abuelo se había venido a vivir con nosotros cuando papá murió hace cuatro años para ayudar a mamá.
Supuse que durante la noche Sota había tenido una pesadilla y se pasó a mi cama. A veces se asusta y se duerme si le abrazo. Pero en verano eso era algo incómodo debido al calor.
Hasta mi nariz llegó el olor del pan recién horneado y gemí relamiendo mis labios.
Me contorsioné en formas que no sabía que podía hacer y salí de la cama.
Hoy no se trabajaba, pero mi madre siempre horneaba algunos panes por si acaso alguien quería comprar.
Sota debió sentir mi ausencia porque se quejó en sueños y se abrazó a mi almohada.
Le dejaría dormir unas horas más.
Me duché rápidamente y fui a desayunar.
Antes de llegar a la cocina, me acordé de mi pelo y me reí para mí misma. Me había olvidado de recogerlo.
Corrí de vuelta al baño y me peiné.
Adoraba colocarme cosas en el pelo. Hoy tocaba ponerme lacitos.
Tarareé una canción que nos habían enseñado en clase cuando yo era pequeña y que le solía cantar a mi hermano.
Cuando me sentí satisfecha con mi peinado, fui a comer.
-Hola mamá, hola abuelo.
-¿Qué tal princesa? ¿Has dormido bien? -Me preguntó él.
-Sota ha vuelto a invadir mi cama. -Yo también sonreí.
-Ese pequeño travieso...
Guardamos silencio cuando mi madre colocó la comida en la mesa.
Ella solía decir que mi abuelo y yo solo callábamos cuando comíamos. Incluso hablábamos en sueños. A ninguno nos gustaba el silencio.
-Quisiera tomar una de las infusiones del abuelo. -Pedí unos minutos después.
Odiaba las cosechas y siempre me ponía un poco nerviosa.
Mi abuelo plantaba hierbas con las que hacía remedios naturales para curar algunas dolencias o para simple relajación.
Él se levantó de su silla y preparó una de sus infusiones para mí.
-Muchas gracias. -Sonreí.
-De nada princesa.
Mi hermano llegó a desayunar frotándose el ojo derecho.
-Buenos días. -Murmuró somnoliento. -Te has ido. -Se quejó mirándome.
Yo le di un beso en la mejilla y le alboroté el cabello haciéndole refunfuñar.
Decía que ya era bastante mayor para esas cosas.
Unos toques rápidos a la puerta hicieron a Sota salir corriendo a abrir.
Eran Lauren y Christine, mis mejores amigas. Ellas adoraban a mi hermano y el sentimiento era mutuo.
-¡Hola enano! -Gritaron ambas.
Entraron a casa haciéndole cariños al niño.
Después, Lauren me abrazó como si no me hubiera visto en años.
-Te la vas a cargar. -La riñó Christine.
-Nadie ha muerto por un abrazo. -Refunfuñó.
-En una de mis historias sí.
Lauren me soltó a regañadientes.
A ella le encantaba llamar la atención allí donde iba y siempre hablaba de su suerte al no ser de la beta. Sentía que era mejor que muchas personas y no temía decirlo.
Christine, por el contrario, era tímida y callada. Se explayaba en sus escritos y cuando lo hacía, no parecía la misma.
Ellas también tomaron una de las infusiones de mi abuelo.
A Christine le encantaban. Decía que eran las únicas medicinas que no sabían a fruta caducada.
Más pronto de lo que me gustaría, mis amigas y yo tuvimos que despedirnos de mi familia para ir a la plaza para acudir a la cosecha.
Odiaba las injusticias y consideraba que los juegos lo eran. Siempre salía en defensa de los más débiles, no es que yo fuera fuerte, pero odiaba que trataran a las personas como animales.
Sabía que enfrentarme a los agentes de la paz no sería buena idea, pero a veces soñaba que lo hacía.
-Si hubiésemos llegado antes a tu casa, podría haberte maquillado. -Se quejó Lauren. -Hay que lucir bien incluso hoy.
-No hace falta. Así estoy bien. -Dije.
La verdad es que yo no tenía ni idea de maquillarme y mis amigas lo sabían. Era un desastre con los productos cosméticos.
En la plaza, cuando Loren, Christine y yo nos colocamos en la fila, nos sujetamos del brazo y permanecimos juntas como una piña rezando por no ser ninguna la escogida.
El alcalde era un señor muy muy viejo, incluso más que Matusalén. No sabía quien era él, pero había escuchado esa expresión hacía un tiempo y me gustó.
La gente pensaba que debía dejarle el cargo al siguiente, pero el señor Andrews era cabezota.
Yo no opinaba al respecto, al menos en voz alta porque Lauren estaba emparentada con él.
Mientras divagaba, el tiempo había pasado sin que me diera cuenta y cuando volví en mí, Lady Medusa ya estaba escogiendo la papeleta de la tributo femenina.
-¡Karen Tuck! -Gritó.
Abrí mucho los ojos y me eché a temblar.
Quise salir corriendo pero al ver a Lauren llorar como lo hacía, saqué fuerzas de donde no sabía que las tenía y subí.
Estaba temblando, era consciente de ello pero no podía evitarlo.
Tomé aire profundamente hasta calmarme un poco.
Estaba furiosa. Furiosa por haber sido elegida, furiosa porque los juegos existieran y furiosa con el orondo presidente Pearce Ashmider.
Se rumoreaba que al año siguiente, Coriolanus Snow, el vicepresidente lo sustituiría.
Ese hombre me causaba más miedo y furia que el mismo presidente.
En el palacio de justicia, mi hermano lloraba abrazado a mí.
Hacía poco que le habíamos explicado en qué consistían los juegos, y estaba muy asustado por mí.
Mi madre apretaba los labios para que no se notara que le temblaban y se llevó de allí a Sota cuando los agentes lo determinaron.
Lauren y Christine entraron llorando.
Me causaba mucha tristeza irme porque ellas y mi familia eran lo más importante.
Fue la tímida Christine quien me fue la fuerte y nos infundió ánimos.
Antes de irse, Lauren me dio su broche de piedras.
-Devuélvemelo cuando regreses. -Susurró con la voz temblorosa y tomada.
-Lo haré. -Contesté.
Vicent Stuard - dieciséis años - distrito 5.
"Siempre y cuando sobreviva el libro, perduran las ideas del autor." (Christopher Paolini.)
-Vamos, Vicent, ya es hora de desayunar. -Mi madre tocó la puerta.
Dado su tono de voz, parecía que no era la primera vez que me avisaba hoy.
Suspirando, cerré el libro que estaba leyendo y me levanté.
Vivía en una casa amplia. Mi madre enseñaba estudios superiores de ciencias y mi padre era supervisor técnico de la central.
Tengo muchos libros porque mi madre me los trae o bien los cojo (prestados) de la biblioteca personal de mi profesora de lengua y literatura.
Al principio me pillaban, me regañaban y me castigaban pero volvía a hacerlo así que por ensayo y error, aprendí a ser discreto, rápido y a esconderme cuando tocaba.
Hay libros prohibidos y libros que no lo son.
La mayoría fueron quemados o reescritos pero aún quedan algunos.
Esto lo descubrí hace dos años cuando me mandaron hacer un trabajo con una compañera de clase, Shireen Stein, la sobrina del alcalde.
Fuimos a su casa a investigar para el trabajo, y encontré libros que no había visto en mi vida.
Había un montón de documentos prohibidos, libros de fantasía y cosas del mundo antes de Panem.
Un día, hubo un corte de luz en todo el distrito y varios disturbios que provocaron la muerte de varias personas.
Afortunadamente, mi familia no sufrió bajas pero días después se llevaron a Shireen.
Los vecinos decían que el alcalde era un rebelde pero desde hacía diez meses, cuando se habían llevado a su sobrina, los problemas habían cesado.
Cuando desapareció Shireen, me volví más retraído y reservado. No confío en nadie. Temo que vuelvan a herirme tanto como la partida de mi mejor amiga.
Fui a desayunar con el libro que estaba leyendo en la mano, y mi madre me lo quitó.
-Come, dúchate, arréglate, y si te da tiempo antes de la cosecha, podrás leer un rato. Además, ya tendrás todo el día después de que vuelvas de la plaza para encerrarte en la habitación.
Suspiré e hice lo que me pidió.
Por desgracia, no me dio tiempo a leer más porque tardé bastante en elegir la ropa que llevaría.
Era uno de los más atractivos del distrito y a menudo, chicas e incluso algún chico me pedían citas.
Admito que yo siempre me ruborizaba y les rechazaba con amabilidad.
Antes, Shireen se reía cuando me sucedía aquello y solía decirme que tenía bastante paciencia para seguir poniéndoles buena cara a aquellos insistentes.
Sin embargo, ahora ella no estaba y todo era distinto.
Llegué a la plaza justo cuando el vencedor masculino del distrito se sentó.
Estaba ausente como en todas las ocasiones en las que lo había visto.
También corrían rumores a causa de eso pero nadie se atrevía a decirlos delante de la vencedora femenina, Stelle Sunray.
La mujer era explosiva y se cabreaba muchísimo si hablaban sobre Lightnin Sorer.
El alcalde pronunció el discurso casi susurrando. Se sabía que quería dimitir, pero no se le permitió hacerlo.
-Panem hoy, Panem mañana, Panem siempre. -Finalizó.
Vi como el escolta palidecía a ojos vista al tratar de decir el nombre femenino.
Lo comprendí todo cuando la chica subió al escenario.
Pero lo peor para mí, fue cuando dijo mi nombre.
Retrocedí a gran velocidad muy asustado. No podía ser verdad.
Algunos agentes de la paz comenzaron a venir hacia mí, así que mis planes primitivos de huir se desvanecieron de mi mente y subí como en trance al escenario.
No escuchaba lo que me decía el escolta, y ni siquiera me enteré cuando la chica elegida me cogió la mano.
Tenía miedo de morir.
En el palacio de justicia, mis padres y yo nos despedimos como pudimos y después fui escoltado al tren.
Lo cierto era que no recordaba muy bien como llegué de la sala al tren.
Lo único que sabía, era que sentado en mi asiento, comencé a llorar.
Muffy Hopkins - dieciséis años - distrito 11.
"Me gusta la idea de imaginarme un futuro que puede ser bueno, pero que también pueda llegar a ser aterrador." (James Dashner.)
Despierto cuando la criada que tenemos en casa llama a mi puerta, la abre, descorre las cortinas y abre la ventana.
Quisiera seguir durmiendo pero no soy capaz de hacerlo gracias al sol.
Me levanto, me doy una ducha rápida y me pongo un vestido de flores. Peiné mi cabello y lo recogí en una trenza que enrollé alrededor de mi cabeza y ya preparada, fui a desayunar.
Vivía en una casa de gran tamaño puesto que mis padres eran dueños de una extensa parte del terreno de cultivos.
No teníamos dificultades económicas, pero como no tenía nada que hacer, trabajaba todos los días.
Mis padres casi nunca estaban en casa, haciendo a saber que cosas.
Desde bien pequeña he aprendido a ser independiente y no esperarlos cuando se hacía de noche y tenía miedo de las pesadillas.
Cuando tenía cinco años, conocí a Michelle, una niña de mi edad de la parte más pobre del distrito. Ella era valiente y nos hicimos amigas rápidamente.
Su familia era muy afectuosa conmigo y yo les llevaba cosas de mi casa aunque me dijeran que no les hacía falta.
Michelle salió cosechada cuando tenía doce años y murió antes del baño de sangre.
Dicen que debido a un error de su plataforma, la mina de debajo explotó antes de que el tiempo de salida terminara. Fue algo espantoso de ver.
Desde ese momento, me volví desconfiada y grosera con los de mi alrededor.
Me junté con chicos y chicas considerados problemáticos en el distrito que robaban, creaban disturbios y mentían para conseguir lo que querían.
Aprendí cómo engañar y ser manipuladora y lograr que las personas confiaran en mí lo suficiente como para que me dijeran sus secretos más íntimos o cualquier cosa comprometedora que pudiese utilizar a mi favor cuando me hiciera falta.
Como siempre, mis padres no estaban cuando me senté a desayunar. Hace tiempo que me resigné a que ni siquiera en el día de cosecha estarían conmigo por si pasaba lo peor.
Salí a pasear mientras llegaba la hora de la cosecha.
Storm, un perro callejero que encontré hace un año es mi compañero en mis caminatas y durante el trabajo.
Incluso sabe avisarme de manera discreta cuando se acerca algún agente de la paz y yo estoy haciendo cualquier cosa que roza si no pasa la ilegalidad.
Después del paseo, llevé a Storm a casa y corrí a la plaza.
Llegué agotada pero a tiempo por suerte.
Mientras la alcaldesa pronunciaba el discurso anual, yo lo recitaba en voz baja provocando que varias chicas me miraran incómodas.
Yo las guiñé un ojo divertida con la situación y me arrimé a una que parecía desafiarme con la mirada.
Cuando el escolta pronunció mi nombre, quise explotarle la cabeza tal y como le pasó a mi amiga en la arena.
El Capitolio puso la explosión en cámara lenta para que viésemos como se separaban y retorcían sus miembros y cómo los veintitrés tributos restantes quedaban cubiertos por sus desperdicios.
Subí fingiendo felicidad y le hice la pelota a Giordano Viñedi. Hacía falta llevarse bien con personas desagradables para conseguir objetivos satisfactorios.
Si alguna vez tuve conciencia, esta se esfumó cuando Michelle falleció. A sus padres y hermano les mandaron una caja con partes destrozadas.
Mis padres siempre ocupados, vinieron a despedirse.
Odié que lloraran y que me abrazaran como si yo les importara y no tuve reparo en decírselo.
¿Dónde estaban cuando casi morí por intoxicación? ¿Dónde estaban cuando la antigua niñera me pegó una paliza porque se me rompió un vaso? ¿Dónde estuvieron cuando lloré durante semanas por la muerte de Michelle?
Sonreí cuando los padres y el hermano de mi mejor amiga entraron y me desearon suerte.
Los Hastins eran más mi familia que la mía propia.
Así que, mientras iba en el tren, pensé en ellos.
Mykolas (Myko) Picaso - dieciséis años - Distrito 6.
"Las palabras hermosas esconden a veces un corazón infame." (J. R. R. Tolkien.)
Estoy despierto más temprano de lo que me gustaría.
El día de cosecha trato de dormir lo máximo posible porque no se trabaja.
Yo estoy aprendiendo a arreglar coches rotos y a cambiar las aspas de los aerodeslizadores además de ensayar con productos químicos y diferentes tipos de metal para ver cuáles son más corrosivos y cuales mejorarían el tratamiento de las vías de los trenes y los motores de los otros vehículos.
Disfruto mucho probando los diferentes transportes. Es un privilegio al cual no puede acceder todo el mundo.
Tenemos en el distrito bajo tierra varios kilómetros de vía de tren para probar y mejorar cosas.
Hay una pista de carreras (que no es de carreras realmente) en las que han muerto varios jóvenes borrachos al jugar con los coches destinados a los funcionarios y a los capitolinos.
Todas sus familias han sido castigadas severamente por ello.
A mi familia la mataron pero por otra cosa distinta.
Mis padres eran médicos titulados que experimentaban con diferentes fármacos y productos químicos para estudiar las reacciones humanas.
Tenían acceso a montones de medicamentos y hierbas puesto que el capitolio necesitaba mano de obra y les convenía que su ganado no se muriera trabajando.
Mezclaban morflina con varios tipos de sedantes o energizantes e incluso con plantas venenosas que utilizaban para desintoxicar a los que jugaban con los químicos de las fábricas para probar lo que se sentiría. Decían que era un modo más fácil de conseguir droga.
No sé bien lo que sucedió, yo nunca me interesé en los negocios de mis padres aunque trataron de que lo hiciera.
El caso es que un día, varias personas entraron en casa y los perros no les gruñeron puesto que eran conocidos.
Vi todo lo que ocurrió desde las escaleras.
Escapé por una salida secreta que había pero me pillaron.
Me hicieron un corte en diagonal desde el hombro hasta la cadera que atraviesa toda mi espalda.
Un buen amigo de mi padre fue quien me acogió. Algo que me pareció demasiado casual.
Él tenía tres hijos que me querían como si fuese su hermano mayor y dentro de todo, no me iba mal.
Pinto y lo disfruto e incluso is obras se venden caras.
Alas les dio el dinero de lo que sacó por mis pinturas a las familias afectadas por mis padres cosa que me cabreó pero no dije nada.
Pagan justos por pecadores, supongo. Al fin y al cabo, era lo que todos querían, el dinero de los Picaso del que yo era heredero.
Pero esos malditos buitres no verían nada. Lo había arreglado todo. Antes de que se lo quedaran ellos, se lo había dejado en mi testamento a un hijo de agente de la paz que amaba el Capitolio.
Si mi distrito me odia y me teme, ¿por qué no hacerlo a lo grande?
Aprendí a pelear en el colegio cuando varios alumnos trataban de pegarme. Eran idiotas. Me daban lástima. Hacía con ellos lo que quería. Si pude convencer a dos hombres de que se besaran y a otro de que se desnudara y corriera por el distrito, podía hacer lo que quisiera.
El dinero movía montañas y yo tenía a raudales.
Desayuné en compañía de mi familia adoptiva de la cual desconfiaba pero como no tenía opciones al menos hasta cumplir la mayoría de edad, tenía que quedarme con ellos.
Pero podía ver el recelo de la señora Bercrombie y las miradas que me lanzaba cuando jugaba con el pequeño Liam.
Señora estúpida, esos niños eran a las únicas personas a las que quería. También les había dejado algo de dinero.
Cuando terminé, me despedí escuetamente del matrimonio y me dirigí a la plaza junto con Oliver y Gavin. Ambos estaban en edad de cosecha y estaban nerviosos.
Coloqué un brazo en torno a los hombros de cada uno recibiendo miradas escandalizadas del resto de mi distrito, cosa que nos hizo reír a los tres y ya en la plaza, los acompañé a sus respectivas filas antes de colocarme en la mía.
El alcalde era tan aburrido como un domingo sin inspiración así que no le presté atención. ¿Para qué? Él no me importaba, ni tampoco el hecho de que se acostara con la única vencedora del distrito, ni que tuvieran un hijo en común a causa de ello.
El escolta al que pinté el año pasado sin cabeza y sin brazos y piernas, estaba ridiculizando a una chica que en mi opinión era bonita.
Tal vez algo delgada, pero era pintable. Y por una vez, sin matarla en mis lienzos.
Y cómo no, mi nombre fue el que salió cosechado este año.
Subí con la cabeza bien alta pensando en cómo ganaría los juegos.
Me hice el encantador con Grover ganándome aún más miradas ceñudas de los idiotas de mi distrito, cosa que me hacía gemir de placer y dicha.
En la sala inmunda en la que me habían encerrado, tenía a tres niños abrazados a mí como cachorritos.
-Te hicimos estas. -Susurró Liam cuando el alboroto cesó. -Íbamos a dártelas, pero se nos olvidaron.
Cada uno me colocó una pulsera echa con cuerdas y trozos de metal.
Les di las gracias y los abracé bajo la atenta mirada de Mary Sylvia. Seguro que pensaba que era una maravilla el que yo me fuera puesto que así no habría un monstruo rondando a sus niños.
Pues que la jodieran trescientos mutos. Yo iba a volver y escupiría sobre las cutres casas de los que me odiaban.
Tendría que acumular mucha saliva para ello pero ya tenía un objetivo al regresar.
Nota: El primer capi del año y el último de cosechas.
Gracias a Gato rojo, Paulys, She Who Loves Pineapples y a Percy Ross Vulturi Uchiha por Karen, Vicent, Muffy y Myko respectivamente.
Espero que os haya gustado.
Ahora, las preguntas.
1. ¿Tributo favorito de estos cuatro? ¿Y de los veinticuatro?
2. ¿Menos favorito de estos cuatro? ¿Y de los veinticuatro?
3. ¿Con cuál de estos cuatro podrían añadirse vuestro/s tributo/s?
4. ¿Libro favorito de fantasía?
Bueno personitas. aquí se acaba por hoy porque me caigo de sueño.
Hasta la próxima.
Ocho puntos de vista para el tren.
