Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!


Capítulo 13: En manos de ella, las riendas

.

Si Isabella se asustó de que Edward saltara del lomo de Henry para compartir el camino con ella, no lo demostró. Igualmente, tuvo cuidado de avanzar despacio, no queriendo asustarla.

—Ya veo —respondió ella, luego hizo una pausa y ladeó la cabeza, considerando sus palabras—. Señor Cullen, entonces.

Él solo pudo mirar en silencio, su cabeza dando vueltas con la cercanía de ella, impidiendo todos los pensamientos excepto una pregunta resonante.

»Quiere saber cómo lo sé —dijo Isabella con naturalidad, arrancándole de la cabeza su principal preocupación—. Bueno, fue mi padre. Fue sheriff aquí en Forks, hace muchos años. Lo reconoció.

El aire traqueteó en el pecho de Edward mientras procesaba esta afirmación durante unos instantes. Si el padre de Isabella había sido el sheriff, era posible que le hubiera contado lo que Edward (entonces todavía Anthony, aunque hacía tiempo que no se consideraba aquel chico) había hecho.

Le sorprendió no haber reconocido nunca al estoico sheriff Swan en el anciano que siempre había acompañado a Isabella a la iglesia.

Tragó en seco. —Su padre tenía razón, señorita. Era un buen hombre. El mejor que conocí.

Los ojos de Isabella se apartaron momentáneamente de su rostro y miró a lo lejos, con el dolor claramente reflejado en su rostro.

—Mi padre lo era todo para mí —dijo simplemente, y Edward recordó el peso de la mano de su propio padre, polvorienta y floja, con un hilillo de sangre en la palma curvada. Había creído que el dolor estaba bien enterrado, pero los años no eran más que un barniz, y si lo rascaba bien, el dolor familiar volvía a ser suyo.

Aquel día, Anthony Masen había llorado a mares como un niño, con la pesada mano del sheriff Swan sobre el hombro. El padre de Isabella había sido el único que le había dado consuelo en el momento de su gran tragedia. Los demás lo evitaban como a un leproso, como si fuera a infectarlos con su pérdida.

Ahora, era Edward Cullen quien cerraba los ojos contra los recuerdos.

»Yo también lo he estado observando, señor Cullen.

Levantó la vista y, efectivamente, sus brillantes ojos estaban clavados en él. A la luz de aquella mirada inflexible, Edward fue de repente muy consciente de todo. El crujido del cuero desgastado era demasiado fuerte, el verde del bosque demasiado brillante, su barba no era suficiente protección contra la mujer en el camino.

Estaba lo bastante cerca de ella como para sentir el halo crepitante que les rodeaba, como si el aire estuviera enrarecido en el punto exacto en el que se encontraban. Lo bastante cerca como para contar las pecas de su nariz y ver el arco imperfectamente perfecto de sus labios.

»¿Me acompaña? —preguntó ella, como si hubiera más de una respuesta posible.

A cualquier parte, pensó, y cerró el puño en torno a las riendas de Henry.

Y así, caminaron juntos por el camino, en silencio, sin mirarse el uno al otro. Sintió su presencia con tanta intensidad que se le erizó el vello de los brazos. Edward nunca se había dado cuenta de que esa sensación pudiera existir; nunca había experimentado nada parecido. Pensó que podría asfixiarse dentro de su propia piel.

Miró con recelo a Isabella, aprovechando la oportunidad para estudiar su perfil, la forma de su boca dibujada con tanta delicadeza sobre su tez pálida. Por primera vez, estaba lo bastante cerca como para notar las arrugas superficiales en las comisuras de sus ojos, los ecos de sonrisas pasadas en su rostro. Sintió el fuerte impulso de inclinarse y oler su piel, de pasar la nariz por su mejilla y probar la textura de su pelo.

»Señor Cullen...

—Edward.

—Edward —repitió ella e inclinó la cabeza, como si estuviera saboreando el sonido, y la emoción de que ella lo dijera le hizo agarrar con más fuerza las riendas de cuero.

»Creo que los dos somos personas de pocas palabras.

Asintió, esperando que su barba ocultara la mueca de su boca ante tan sagaz análisis.

Isabella caminaba a su lado con la mirada fija en el frente. Sus palabras fueron cuidadosas.

»¿También tengo razón al suponer que ambos nos hemos llamado la atención?

Un calor recorrió la espalda de Edward como un ejército de hormigas, hasta que le dolió la piel y se estremeció. Ella lo sabía. Lo sabía y también lo había estado observando.

—Sí, señorita —respondió, sorprendido por la claridad de su voz cuando sentía que todo su cuerpo latía. Sí, te adoro completamente.

—Creo que también estamos solos en el mundo —dijo ella al cabo de un rato, con los ojos recorriendo la vegetación que bordeaba el camino.

Edward asintió una vez más, sin confiar en su voz esta vez, mientras Isabella lo dejaba atónito con implacable facilidad.

»No tiene por qué ser así.

Edward se detuvo en seco, Henry resopló indignado a su lado.

—Vendrá gente a verla ahora que está sola, hombres respetables que vendrán a cortejarla. —Su voz era ronca, de pánico—. Podría...

—No. No podría y no lo haré —interrumpió ella en voz baja. Se detuvo ante el hombre y el caballo y se giró para mirarlos con ojos decididos. Edward tragó en seco. Nunca se había enfrentado a nada tan aterrador ni tan magnífico como aquella mujer.

»Se acabó lo de cumplir los deseos de los demás. He terminado con las expectativas. Viví para mi padre, Edward, lo hice. Pero él se ha ido y ya no me necesita. —En el espacio de un suspiro, Isabella se irguió, el dosel del bosque formando una vibrante corona verde sobre su cabeza—. Ahora debo vivir para mí.

¿Y cómo se suponía exactamente que un hombre debía mantener la distancia segura? Hombres mejores que Edward probablemente habrían fracasado ante semejante coraje.

—¿Por qué hace esto? No me conoce —dijo él, desgarrado por una repentina oleada de desesperación. Puede que ella aún no lo odiara, pero algún día…

—Sé lo suficiente. Sé lo que Charles Swan me dijo, y sus palabras fueron tan buenas como el oro.

Se quedaron frente a frente y Edward dejó que sus palabras se filtraran por los pliegues de su abrigo junto con la repentina lluvia, empapando su piel y su sangre.

Cuando aún quedaba un trecho por recorrer, se acercó a Henry y le ofreció a Isabella sus manos entrelazadas.

Sin mediar palabra, ella apoyó ligeramente la mano en su hombro, su bota negra de cordones en las callosas palmas de él, y se alzó en la silla de montar.

Edward no le soltó el pie inmediatamente. Lo colocó en el estribo, frotando atentamente con la yema del pulgar el barro apelmazado del talón. Al levantar la vista, vio que ella le clavaba los ojos, con una comisura del labio ligeramente sujeta entre dientes pequeños y uniformes.

Su mano se aferró a su pie y dejó que sus dedos rodearan su tobillo mientras absorbía su mirada hirviente.

—¿Qué desea, señorita Swan? —preguntó con voz ronca.

—Isabella.

Lo repitió en voz baja, asintiendo.

»Necesito arreglar algunas cosas, pero luego, dentro de una semana, quiero que vengas a buscarme. Ven a recogerme, y llévame a tu casa.

Entonces ella sonrió, y por su vida, Edward no pudo recordar por qué había luchado tanto tiempo contra la corriente cuando estaba claro que él había sido suyo todo el tiempo.