Una noche, el temor se apoderó de mi espíritu cuando noté que me seguían por las angostas calles parisinas. Corrí con la desesperación pisándome los talones, apenas llegando a casa con el alivio de la seguridad, pero decidí distanciarme del Moulin Rouge por un tiempo.
Noches después, al regresar a casa, me encontré con una figura etérea, una mujer pálida de una belleza casi sobrenatural, muy alta, con un pelo largo y negro, junto a la cama donde mi madre se deslizaba hacia su final.
-Se está desvaneciendo, ya no hay nada que pueda hacer -murmuró la mujer, sus ojos, con un extraño brillo rojo, encontraron los míos. -Si necesitas ayuda, búscame en el Moulin Rouge.
Y así, sin más palabras, desapareció en la oscuridad. Mi madre aguantó unas pocas semanas más antes de sucumbir. Después de un entierro humilde para despedirla, me dirigí al Moulin Rouge, ese molino de intrigas y destinos entrelazados.
