Ella esperaba, arropada con su abrigo rojo y protegiéndose de la lluvia con un paraguas. En su bolso llevaba la ropa necesaria para un par de días, y lo abrazaba contra sí, para evitar que se mojara.
El parque de santa Ana estaba desierto a causa de la lluvia, pero ella seguía esperando, sin importarle el frío y la humedad.

A lo lejos, vio cómo el hombre de negro se acercaba a ella bajo la lluvia, sin nada para taparse, y corrió hacia él para cubrirle con el paraguas.
Severus sonrió agradecido, y se apartó el pelo mojado de la cara, con un gesto que a Rose le gustó mucho.

–Espero no haberte hecho esperar –se disculpó.

–No te preocupes, acabo de llegar –sonrió Rose–. ¿Nos vamos?

Él asintió, y caminó junto a ella para salir del parque. Una vez en la calle, Rose se dirigió sin vacilar hacia un brillante coche rojo y lo abrió con un mando a distancia.

–Vamos, sube –le dijo a Severus, sonriendo ante su estupor, y dio la vuelta para entrar por la otra puerta.

–¿Y esto? –preguntó él, cuando ambos estuvieron dentro del coche.

–Siempre quise tener uno –explicó Rose con una sonrisa–, así que me di un capricho con el dinero de mi padre.

–No sabía que te gustasen estas cosas muggles.

–¿Bromeas? Me encantan –Rose encendió la calefacción y la radio–. Lo primero que hice al salir de Hogwarts fue sacarme el permiso de conducir.

–Me parece increíble –Severus miraba a su alrededor, asombrado y Rose rio al ver su expresión–. Aunque es muy poco discreto. Si alguien quisiera seguirte, lo tendría muy fácil –observó.

–Puedo cambiar su aspecto con un hechizo. Ponte el cinturón –le recordó.

–¿El qué?

–El cinturón de seguridad. Es la cinta negra que tienes ahí al lado –Rose tuvo que ayudarle a ponérselo entes de arrancar el coche.

–¿Dónde vamos? –Severus se agarró inconscientemente al apoyabrazos.

–A Benson Hill.

...

El coche avanzaba a través de la carretera desierta, aún mojada tras la tormenta. La música sonaba suavemente a través de los altavoces.

–Creo que Benson Hill te gustará; tuve que reformarla de arriba abajo, pero ahora es una casa preciosa –comentó Rose, mientras conducía.

–Pensaba que vivías en Londres.

–Me compré un piso allí, para estar más cerca del trabajo, pero Benson Hill ha sido la casa de mi familia desde hace siglos, y yo la heredé de mi padre –explicó Rose–. Es muy útil, porque está alejada del resto del mundo, y la protegen centenares de hechizos y escudos, puestos por cada generación. Vengo aquí siempre que quiero estar a solas.

–¿Y tú qué le has añadido? –preguntó Severus, curioso.

–No te lo puedo decir –ella le guiñó un ojo–. Sólo puedes saber que no se puede acercar a Benson Hill ningún mago, squib o muggle, a menos que vaya dentro de este coche, que por supuesto, debo conducir yo misma –explicó–. Y ni se te ocurra intentar utilizar los polvos flu o la aparición, porque tampoco funcionan.

–Asombroso –admitió Severus.

–¿A que sí? –sonrió ella–. Pero tiene una pega: cuando yo muera, los hechizos que puse desaparecerán. Nunca logré saber cómo hacían mis antepasados para que sus escudos siguiesen en pie tras su muerte.

Severus miró pensativo a través de la ventana, y fijó la vista en el cielo nublado.

–Quizá sea para mejor. No sería muy útil para tus descendientes que tú tuvieses que conducir el coche cada vez que quisieran entrar –comentó y Rose esbozó una pequeña sonrisa.

–Tienes razón, no pensé en ello cuando realicé el hechizo –admitió–. Mira, allí está la casa –anunció, señalando a través del cristal delantero.

Severus miró hacia donde ella señalaba, y vio un gran caserón en la cima de una solitaria colina. Estaba rodeada por un gran grupo de árboles, y una verja impedía la entrada al recinto.
En la puerta de entrada, el nombre de Benson Hill estaba grabado en letras doradas.

La puerta de la verja se abrió ante ellos, y Rose se acercó con cuidado hasta un techado levantado junto a la fachada del edificio. Rose aparcó y apagó el motor.

–Ya puedes bajar –indicó.

Severus salió del coche y observó a su alrededor. Benson Hill le recordaba a la mansión de Lucius Malfoy, con sus enormes ventanas y altos tejados, surcados por chimeneas.
Quizá la casa de los Benson era algo más pequeña, pero no por ello menos majestuosa.

Rose abrió la puerta principal, y ambos entraron, pero no fue hasta que ella comenzó a descorrer las cortinas cuando Severus pudo distinguir los detalles.
El recibidor, totalmente construido en madera, se elevaba hasta el techo de la segunda planta. A su derecha se veía el comedor, adornado por una majestuosa mesa alargada. Frente a ellos, una elegante escalera ascendía al piso superior.

–En el piso de arriba están las habitaciones, y más arriba está el desván, aunque para subir a él tienes que abrir una trampilla y bajar la escalerilla –explicó Rose–. Es bastante engorroso, así que no subo casi nunca.

–Es una casa enorme –comentó Severus, aún asombrado.

–Antes era más... ¿Cómo decirlo? ¿Barroca? ¿Recargada? ¿Oscura? –Rose subió por las escaleras, gritando para que Severus la oyese–. La reformé en cuanto mi padre murió, porque me daba miedo quedarme sola por las noches en este lugar. Parecía una mazmorra.

–No me extraña –murmuró Severus. Dejó que ella siguiese abriendo las cortinas del piso superior, y caminó hacia la habitación de la izquierda, que parecía ser una sala de estar.
Pudo ver varios sillones colocados frente a una chimenea de piedra, acompañados de un ventanal que daba a un jardín.

El otro extremo de la habitación estaba cerrado por dos puertas correderas adornadas por cristales de colores, y tras abrirlas con cuidado, Severus pudo vislumbrar la biblioteca.

Todo tenía un aspecto elegante y caro, y Severus pudo notar en las flores de los jarrones, y en las cortinas, alfombras y cojines de alegres colores, los toques de decoración aportados por Rose.

Miró de nuevo a los amplios ventanales, y entonces, su mirada se fijó en algo extraño que resaltaba en el jardín.
Sin dudarlo, abrió el ventanal y salió al exterior, con la varita en la mano. Sin embargo, el bulto sospechoso que había visto era solamente una lápida.

Desconcertado, Severus se arrodilló frente a ella y apartó las flores y ramas que la cubrían, dejando ver un nombre: Caroline.

–Era mi madre –Rose se había acercado a él sin hacer el menor ruido. Severus se puso en pie, sacudiéndose la ropa.

–¿Por qué está aquí?

–Es una larga historia –suspiró ella.

–Tenemos tiempo –dijo Severus con suavidad. Rose se abrazó a sí misma, empezando a hablar.

–Cuando yo empecé a mostrar signos de magia, ella se asustó y acudió a ver a mi padre. Él la hubiese ignorado de no haber sido por mis poderes. Ya te he dicho que no tenía otros hijos –le recordó–. Decidió quedarse conmigo, y borrarle la memoria a mi madre.

–¿Pero no funcionó? –adivinó Severus.

–Ella recordó. Se acordó de que había estado embarazada, y se acordó de mí –dijo Rose–. Quiso volver y pedir explicaciones, pero el hechizo de protección se lo impedía. Sin embargo, no se dio por vencida. Escribió cartas, persiguió a mi padre por el pueblo, llamó a la policía... –Rose sacudió la cabeza–. No es que pudieran hacer mucho, él siempre conseguía evitar que le interrogasen, o les confundía. Pero ella siguió insistiendo, hasta que mi padre se cansó, y la dejó pasar –Rose miró hacia la lápida, con la mirada triste, recordando–. Me acuerdo de ese día. Yo debía tener... cuatro o cinco años. Recuerdo cómo le gritó, cómo le insultó. No le importaba que yo fuese una bruja. Quería que él me devolviera. Quería llevarme a casa –sus ojos se humedecieron, recordando ese momento–. En todo ese tiempo, no había dejado de luchar por mí...

–¿Qué pasó entonces? –preguntó Severus, aunque podía adivinar la respuesta. Y en efecto, Rose señaló la lápida– ¿Pero por qué la dejó enterrada aquí?

–Para ocultar el rastro. Nadie podría encontrar su cuerpo aquí –explicó ella–. Además, también lo utilizaba para amenazarme o asustarme. "Si no te portas bien, acabarás como ella" –Rose imitó la voz de su padre, con un gruñido.

Severus resopló. Ahora comprendía mejor por qué Rose había temido tanto a su padre cuando era más joven.

–He intentado sacarla de aquí, llevarla a otro sitio, quizá devolvérsela a su familia, pero hay una maldición que me lo impide. No hay forma de moverla de aquí –suspiró Rose.

–¿Has llegado a conocer a tu familia muggle?

–No, nunca me he atrevido –confesó Rose–. Sé quiénes son... pero no estoy segura de todo lo que saben... o de lo que recuerdan. Tengo miedo de que me reciban con temor u odio. No quiero que me culpen de la muerte de mi madre –susurró.

Severus la miró con compasión, y acercándose a ella, le pasó un brazo por los hombros. No sabía qué decir, pero esperaba que su presencia fuese suficiente para que Rose sintiese algo de consuelo.

El aire frio de la tarde les envolvió, haciendo que Rose se estremeciera.

–Deberíamos volver dentro –dijo, frotándose los brazos–. ¿Qué quieres cenar?

...

Prepararon la cena juntos, y cenaron en la gran mesa del comedor. La conversación y la comida habían restaurado el ánimo de Rose, quien volvía a sonreír. Severus disfrutaba de cada momento que pasaba a su lado.

Después de cenar, se trasladaron al sofá, frente a la chimenea, acompañados por la botella de un excelente vino francés.
A su alrededor, las sombras bailaban, como si intentasen huir de la luz de las llamas, pero ellos estaban ajenos a todo eso, y hablaban en voz baja de cosas sin importancia.

El objetivo de ese fin de semana era aislarse del resto del mundo para poder estar a solas, sin preocuparse por nada de lo que pasase fuera.
No habían hablado del estado de su relación, pero tras varias citas furtivas en el parque, ambos sentían que necesitaban algo más que unos fugaces besos a escondidas y unas caricias furtivas.

Y allí, en aquel salón, sólo estaban ellos, acompañados por el crepitar de las llamas y el sabor del vino. Casi parecían una pareja de recién casados disfrutando de la primera noche en su nueva casa.

Según se iba vaciando la botella, la conversación decaía, y en uno de esos largos silencios, Severus se quedó mirando fijamente a la mujer, recorriendo sus rasgos, admirando su belleza, mientras daba vueltas a la copa que tenía en la mano.

–Es un buen vino –comentó, al ver que ella le devolvía la mirada.

–Lo encargó mi padre. Si de algo entendía era de vinos. Supongo que algo bueno debía tener –entonces levantó su copa para brindar–. Por el vino, y por nosotros.

Severus chocó su copa con la de ella, pero no bebió. Comenzaba a notar los efectos del vino y no quería perder la cabeza.
Sin embargo, no pudo evitar rememorar un oscuro recuerdo, y al instante su cara se ensombreció.

–¿Qué te preocupa? –preguntó Rose, al ver su expresión.

–Hay muchas cosas que debería contarte, que deberías saber –dijo él con lentitud, mirando las llamas–, pero no me atrevo.

–Entonces déjalo para otro momento –sugirió ella con suavidad.

–Pero deberías saberlo –insistió él–. Todo lo que he hecho... –Severus calló porque ella le había puesto un dedo en los labios.

–Puede esperar para luego –murmuró Rose, acercándose a él–. Hoy no quiero hablar de lo mal que lo hemos pasado, ni de lo que hemos tenido que hacer, ni de lo que haremos –insistió, quedándose a sólo unos centímetros de él–. Sólo te quiero a ti.

Severus dejó que le besara. Quizá ella tenía razón. Quizá por unas horas, podía olvidarse de todo.

Las copas quedaron olvidadas, mientras ellos se abrazaban, besándose con lentitud.
Pero pronto el beso se volvió más apasionado, y comenzaron a acariciarse de forma más atrevida.

Rose se sentó a horcajadas encima de él, abrazando sus piernas con las suyas, juntando sus cuerpos, y Severus metió las manos por debajo de su ropa, haciéndola suspirar...