Pasaron las semanas, y Severus y Rose siguieron viéndose a escondidas, a veces en el parque del orfanato y otras en algún lugar céntrico, pero siempre rodeados de gente, para no llamar la atención. Nunca se reunieron en las casas que ambos tenían en Londres, por razones de seguridad, pero cuando querían estar juntos, aprovechan para ir a Benson Hill, donde podían estar a salvo, sin tener que mirar a su alrededor para ver si les seguían.
Su vida discurría con relativa normalidad, dentro de lo que cabe, hasta que un día, la vida de Rose cambió por completo.
La mujer notó que algo iba mal nada más entrar en la oficina de los Aurores, cuando todo el mundo se quedó mirándola de una forma tan extraña que, si no fuese porque se había mirado en el espejo del ascensor, Rose habría pensado que iba desnuda.
Avanzó entre los escritorios, notando las miradas airadas de sus compañeros, que se habían callado de repente, y se rascó las manos, nerviosa al ver que todo el mundo se giraba para verla pasar, pero con expresiones ofendidas y de enfado que no le tranquilizaron en absoluto.
Sin saber qué pensar, Rose miró a James, quien se dio la vuelta para alejarse de ella, y a Lily, que no fue capaz de mirarla a los ojos. Fue entonces cuando comprendió que algo muy grave había pasado. Algo relacionado con ella.
Iba a sentarse en su escritorio, cada vez más desconcertada por la actitud de sus compañeros, cuando Battleman la llamó a su despacho. Notando las miradas de todos en su nuca, Rose obedeció y acudió al despacho de su jefe, aunque tuvo que apartarse para dejar salir a Moody, quien pasó a su lado como si ella no existiera.
Al final, ella entró al despacho y cerró la puerta.
–Siéntese, Benson –ordenó Battleman con seriedad.
Ella obedeció, pero su jefe se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación. Se acercó a una de las ventanas y se asomó a través de la persiana, haciendo que sus empleados dejasen de murmurar entre ellos y de mirar hacia allí y volviesen al trabajo de inmediato.
–Señor, si se trata del informe que no terminé...
–No la he llamado por ningún informe –la cortó Batteman, girándose hacia ella–. Se trata de algo más serio –el hombre regresó a su mesa y se sentó, mirando a Rose con seriedad–. Benson, desde que ingresó en el cuerpo de Aurores, ha demostrado ser capaz de enfrentarse a todo tipo de retos con el valor, la capacidad y la discreción que les pido a todos mis empleados, y Merlín sabe que jamás he tenido un motivo de queja contra usted –Rose inclinó la cabeza, agradeciendo el cumplido, pero Battleman continuó muy serio–. Sin embargo, cierta información me ha obligado a dudar de sus verdaderos intereses dentro de este cuerpo.
–No comprendo, señor –dijo Rose. De repente se había quedado pálida y le costaba tragar con normalidad.
Una sospecha hizo que su cuerpo se quedase frío, como si le hubiesen tirado un cubo de agua encima.
–Durante este último mes, se la ha visto en compañía de un mortífago –y para demostrarlo, Battleman puso sobre la mesa varias fotografías en las que se veía a Severus y a ella misma juntos en un parque, andando por la calle, sentados dentro de un coche rojo...
Rose miró las fotos sin atreverse a tocarlas, pero con el alma en los pies; sabía que esas imágenes podían ser interpretadas como un claro acto de traición, lo que se condenaba con la peor de las penas: el beso de un dementor
–Cuando Moody me informó de lo que había visto, me negué a creerle, pensando que quizá usted estaba siendo amenazada por este mortífago –continuó diciendo Battleman, viendo que Rose no hablaba–. Más tarde, pensé que quizá estuviese intentando infiltrarse en el bando tenebroso a través de él. Sin embargo, ha pasado más de un mes desde que Moody les vio, y no ha llegado a mis manos ningún informe de usted en relación a los mortífagos que sugiera que les está espiando, y mis... contactos aseguran que no está bajo la influencia de ningún tipo de coacción, tanto mágica como ordinaria –Rose siguió en silencio, cabizbaja, esperando que de un momento a otro se le echasen encima para llevarla a Azkabán, ya que nada de lo que dijese podría actuar a su favor–. Rosalind, creo que comprendes mi postura –Battleman la llamó por su nombre por primera vez. Ella asintió, notando un escozor enorme en la garganta y en los ojos, pero se mantuvo firme para no ponerse a llorar allí, delante de él–. Entonces, también comprenderás que es mi deber pedirte que abandones el cuerpo... –Rose le miró asombrada– inmediatamente.
–Pero señor...
–Lo siento –Battleman esbozó su expresión más comprensiva–. No puedo permitir que sigas trabajando aquí, es cuestión de seguridad.
Ella asintió, sin saber cómo reaccionar
¿La despedían? ¿Así, sin más? ¿No habría represalias? ¿No iba a ir a la cárcel? ¿No le iban a dar el Beso?
–Deberías recoger tus cosas –indicó Battleman–. Será lo más adecuado.
Ella asintió como un autómata, se levantó y se dirigió a la puerta, aún sorprendida.
–Benson... –Battleman la llamó con suavidad. Ella se giró–. Nadie más debe saber de esto.
–Gracias señor –musitó ella, agradecida y sorprendida, saliendo de allí.
Las miradas de sus compañeros se clavaron en ella como dagas, y esta vez Rose comprendió el por qué de sus airados murmullos.
Muchos pensaban que merecía pudrirse en Azkabán por haber traicionado al cuerpo de Aurores de esa forma.
A pesar de la discreción de Battleman y de sus órdenes para mantener aquel asunto en privado, los rumores se habían extendido como el fuego, y Rose no encontró demasiada caridad cuando metió sus pocas pertenencias en una bolsa y se dispuso a salir de allí. Esos momentos fueron los más duros de su vida, ya que cada objeto que metía en la bolsa llevaba consigo un pedazo de sí misma: tantas ilusiones, tanto trabajo, tantos planes para el futuro... ahora nada de eso existía, todo se había hundido, como un castillo de naipes.
Los murmullos, cada vez más fuertes, la siguieron hasta el ascensor, y nadie quiso despedirse de ella, a pesar de que el día anterior no habrían dudado en hacerlo.
El trayecto en el ascensor se le hizo más largo que nunca, pero Rose lo soportó estoicamente, al igual que las miradas heladas de los pocos que estaban dentro de la cabina. Finalmente, llegó al Hall y lo atravesó a toda prisa, para coger el ascensor que salía a la calle, ya que ese día había acudido a trabajar en coche.
Una vez en la calle, se alejó unos metros de la salida, y apoyando a espalda contra una pared, apretó la bolsa contra su cuerpo, cerró los ojos y respiró profundamente, para llenar sus pulmones del aire frío de la mañana. No pudo evitar que un sollozo saliese de su boca, ni que las lágrimas, reprimidas hasta entonces, bañasen su cara.
–Llorar no sirve de nada, créeme –Rose abrió los ojos, sobresaltada, para encontrarse con Lily, quien estaba frente a ella, con James a su lado–. Sólo conseguirás que se te corra el maquillaje.
Rose les miró en silencio, sin saber qué decir.
–Yo... lo siento –murmuró al fin.
–Hay muchas cosas que debes contarnos –dijo James, con seriedad.
–Pero este no es ni el momento ni el lugar –intervino Lily, mirando a ambos–. Rose ¿nos llevas a casa?
...
Severus sintió cómo el dolor regresaba a su cuerpo, con más fuerza que antes.
Debería haber gritado, pero ya estaba lejos de poder hacer un esfuerzo así. Sólo podía aferrarse a la idea de que debía mantener su mente aislada.
–El dolor cesará si confiesas –repitió la voz siseante, por encima de él, al igual que había estado haciendo durante la última hora.
Severus aprovechó el momento de descanso para intentar respirar una bocanada de aire, pero hasta eso le costaba.
–¿Dónde has estado todo este tiempo? ¡Dímelo!
El dolor aumentó de intensidad, si eso era posible, pero Severus no tuvo fuerzas ni para gritar. Su vista se nublaba cada vez más, y ya no era capaz de centrarse en una idea fija.
Sintió que se desmayaba, y en seguida notó cómo Vóldemort entraba en su mente, para ver lo que había estado haciendo durante las últimas semanas, en las que había descuidado su deber como mortífago para desaparecer sin dar explicaciones.
Imágenes fugaces cruzaron por su mente: calles, niños jugando a lo lejos, una de mujer, un coche rojo...
Severus hizo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse consciente y levantó la barrera invisible que impidió el paso de Vóldemort a sus pensamientos más privados, sustituyendo la imagen que el mago oscuro buscaba por un recuerdo de su infancia, en el que salía Eileen.
Al instante, Vóldemort renovó el Cruciatus, y lo mantuvo durante mucho tiempo, con el fin de hacer que el mortífago se desmayara y así poder investigar su mente a sus anchas. Sin embargo, Severus resistió, y al borde de la consciencia, mantuvo a raya la Legeremancia de su señor.
Sabía que podía acabar volviéndose loco por el dolor o morir, pero no estaba dispuesto a rendirse. Iba a mantener su barrera hasta el final, a pesar del dolor, a pesar de las consecuencias que su desobediencia podía ocasionarle.
Debía impedir que Vóldemort viese a Rose.
...
Al final, Rose se quedó a cenar en el Valle de Godric, aunque la velada no fue tan animada como otras veces.
Tuvo que confesarles a Lily y a James todo lo que había estado haciendo durante el último mes, asegurándoles que ella no había estado pasando información al lado oscuro, y que tampoco sabía nada de los planes secretos de los mortífagos.
–Te creo, Rose –dijo Lily–. Aunque me cueste asimilarlo, te creo. Sé que tú nunca nos traicionarías.
Sin embargo, James era otra cosa muy distinta, ya que, aunque creía la historia de su amiga, no apoyaba sus razones.
–No me puedo creer que te estés relacionando con un mortífago –bufó, después de dos horas de discusión en las que había regañado a Rose por ser tan incauta y crédula–. Podría traicionarte en cualquier momento. No son más que alimañas al servicio de su amo.
–Él no va a traicionarme –insistió Rose, tan irritada como él–. Y quizá deberías empezar a pensar en él como un ser humano.
–¿Un ser humano? –preguntó él, atónito–. ¡Es de Snape del que estamos hablando!
–Precisamente por eso. Deberías empezar a darte cuenta de que no me gusta cómo hablas de él.
–¡Por favor, Rose! –exclamó James, soltando los cubiertos y alzando las manos.
–¿Por favor, qué? –Rose elevó el tono de voz–. Él es importante para mí.
–Ah, claro, me olvidaba que has estado acostándote con él durante todo este tiempo –ironizó James, tan enfadado como ella–. Por eso te han despedido ¿no?
Rose se levantó de la mesa, más que dispuesta a darle una mala contestación, partirle la cara o ambas cosas a la vez, pero Lily se impuso, interponiendo sus brazos entre los dos.
–¡Ya basta! –exclamó–. Tengamos la cena en paz. Por favor, James, deja de insultar a Snape delante de ella, y tú, Rose, siéntate de una vez.
Rose obedeció a regañadientes, pero James y ella se fulminaron con la mirada, mientras terminaban de cenar en silencio.
Finalmente, James apartó su plato, sin ganas de seguir comiendo.
–Dime ¿desde cuándo te ves con él? –preguntó, mirando a Rose–. Porque no me creo que tan magnífica amistad surja de repente en un autobús.
–James, por favor.
–No, Lily, quiero saberlo –insistió él, mirando a Rose–. ¿Desde cuándo?
–¿Qué más te da? No vas a pensar mejor de él, diga lo que yo te diga.
–Responde a mi pregunta.
–No me da la gana.
–Rose...
–Desde el colegio –confesó entonces Lily–. Ya estaban juntos en el colegio, en séptimo curso.
–¿Y tú lo sabías? –James miró a su mujer sorprendido.
–Todo el mundo lo supo después de la pelea con Malfoy ¿o no te acuerdas?
–Lo había olvidado –masculló él.
–De todas formas, yo lo sospeché desde mucho antes, desde que casi lo ahogáis en el lago, y Rose le defendió –confesó Lily–. Aunque creí que no habías vuelto a verle desde... lo del tren –dijo, mirando a Rose e ignorando la mirada interrogante de James.
–No le he vuelto a ver hasta que me encontró en el autobús –respondió Rose, más tranquila.
–Y no nos dijiste nada –gruñó James, con rencor evidente. Al instante, Rose volvió a enfurecerse.
–¿Acaso no has visto cómo te has puesto al enterarte? –preguntó ella–. ¿O cómo ha reaccionado todo el mundo?
–¿Qué querías, que te aplaudiésemos? –preguntó James, también enfadado–. Es un mortífago, por Merlín. No me puedo creer que estés siendo tan tonta.
–¡Es el único hombre que me ha tratado bien en toda mi vida! –Rose había vuelto a levantarse, golpeando la mesa con las manos, y con la cara roja por la ira–. ¡Él me defendió, y me ha estado protegiendo durante todo este tiempo!
–¡Eso no borra todo lo que ha hecho! –gritó James, que había adoptado la misma pose que ella–. ¡Toda esa gente a la que ha matado y torturado...!
–¡No me importa! –chilló ella–. ¡No me importa en absoluto! ¿Por qué no podéis comprenderlo? ¿Por qué no podéis comprender que él no es así? ¿Y por qué no se os mete en la cabeza que yo le quiero? ¡No le conocéis! ¡No sabéis nada de lo que...!
De pronto, Rose se puso pálida, y ante el asombro de Lily y James, se desmayó.
...
Severus se despertó dolorido, magullado e incapaz de enfocar la vista.
Era consciente de que había estado a punto de morir, y de que pronto pagaría por su desobediencia y rebeldía, pero no le importaba, porque había conseguido mantener aislada su mente. Había protegido a Rose. Severus sabía que, si Vóldemort se enteraba de lo importante que era Rose en su vida, la buscaría para matarla, o algo peor, y eso era algo que debía impedir a toda costa.
Además, él recordaba muy bien que Rose había desafiado a Vóldemort, aunque indirectamente, al escapar y no permitir que él la marcase como mortífaga, cosa que empeoraría el castigo que el Señor Tenebroso le daría si la encontraba. Por eso, Severus era muy consciente de la importancia de mantener su mente aislada, para proteger la vida de Rose. Aunque eso significase su propia muerte.
...
Rose se despertó en una pequeña cama, rodeada de peluches y juguetes, así que dedujo que ese era el cuarto del futuro bebé de los Potter.
Se sentía muy débil, y aún estaba mareada, cosa que le impidió levantarse, y además, aunque ella no lo recordaba, había estado vomitando. A través de la puerta cerrada, podía oír cómo James y Lily discutían, y se sintió culpable al saber que se gritaban por su culpa.
Poco a poco, las voces se fueron apagando, hasta que la casa se quedó en silencio, pero Rose no se pudo dormir.
No dejaba de darle vueltas, no sólo a su problema, sino también al de Severus. No le preocupaba su propio futuro, ya que había heredado tanto dinero como para no necesitar volver a trabajar jamás, pero sabía que Severus iba a tener muchísimas complicaciones a causa de ella.
Rose sospechaba que el mortífago había sido torturado por Vóldemort en más de una ocasión, a causa de las cicatrices que lucía últimamente sobre su cuerpo, y eso le preocupaba. Sabía que, si Vóldemort descubría algún día que Severus la estaba protegiendo, no dudaría en matarle por prestar ayuda a una traidora de sangre.
La situación empeoraría según pasasen los años, sobre todo si ambos seguían juntos y decidían formar una familia... Tarde o temprano, Vóldemort se enteraría de la verdad, al igual que ya había hecho Battleman, y las consecuencias serían terribles.
La única solución posible era contar con la ayuda de alguien con el poder necesario como para intimidar a Vóldemort.
Alguien en quien pudiesen confiar y que fuese capaz de darles una oportunidad a ambos. Alguien que fuese tan admirado que nadie dudase de su palabra...
...
Severus se preguntó seriamente cómo había llegado a esa situación.
Aún recordaba su última conversación con Rose, en la que ella le había hablado de las razones de su despido y le había rogado que accediese a ir esa noche a entrevistarse con Albus Dumbledore, con la excusa de pedirle trabajo. Severus había discutido con ella casi toda la noche, dando los mismos argumentos que utilizaba siempre para negarse a pedir ayuda al director, pero al final, Rose le había dado un ultimátum.
La situación era demasiado peligrosa para continuar con su relación, y si no contaban con la protección y ayuda del director, Rose prefería dejar de ver a Severus, aunque eso le rompiese el corazón, antes que seguir arriesgando la vida de ambos con aquel peligroso secreto.
Al final, Severus había tenido que ceder. No podía imaginar una vida sin Rose, y además se sentía culpable por su despido y por el rechazo que ella estaba sufriendo por parte del mundo mágico, aunque también se preguntaba cómo le iba a ayudar Dumbledore si sabía perfectamente que él era un mortífago.
Sin embargo, allí estaba él, en la Cabeza de Puerco, esperando sentado en una mesa porque el camarero le había dicho que Dumbledore estaba reunido.
Pero Severus se sentía demasiado impaciente y expuesto, y no estaba dispuesto a quedarse allí esperando, así que subió a la habitación donde estaba el director. Se acercó a la puerta, pero antes de que pudiese llamar, oyó el sonido de unas voces, y siguiendo una antigua costumbre muy mal aprendida, pegó el oído a la puerta, para intentar oír algo.
Durante toda su carrera como mortífago, Severus había aprendido que cualquier información podía resultar útil en el momento menos imaginado, así que no sintió ningún remordimiento por estar espiando al hombre que se suponía que le iba a ayudar, aunque sí se sorprendió al oír lo que se estaba diciendo al otro lado de la puerta.
"El único con poder de derrotar al Señor Tenebroso se acerca... Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes"
Severus se quedó de piedra al escuchar la voz. La piel se le erizó al comprender que no estaba escuchando unas palabras normales, pero no pudo evitar el pegarse más a la puerta.
"Y el Señor Tenebroso lo marcará como a un igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce... Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida..."
–¡Eh, usted, no puede estar aquí! –exclamó una voz detrás de Severus.
Él se sobresaltó y se apoyó en el picaporte, abriendo la puerta. La visión de Trelawney en trance, con los ojos en blanco, y la expresión de Dumbledore al mirarle fueron dos cosas que Severus jamás lograría borrar de su memoria.
"El único con poder para derrotar al Señor tenebroso nacerá al concluir el séptimo mes..."
Los tres hombres se quedaron en silencio, mirándose fijamente, mientras Trelawney volvía a la normalidad y miraba a su alrededor confusa.
...
Estaba amaneciendo cuando Severus se apareció frente a las puertas de Benson Hill.
Sacó su varita y envió a su patronus, rezando para que Rose estuviese despierta y lo viese. Tras unos minutos de espera en el frío de la noche, Severus vio las luces del coche que se acercaba, y se hizo a un lado para dejarlo salir. Rose le abrió la puerta para que montase, y condujo marcha atrás hasta llegar frente a la casa. Entraron corriendo en el interior, porque hacía demasiado frío para ponerse a hablar fuera, y Rose se apresuró en encender una lámpara.
–¿Qué tal te ha ido? –preguntó, guiándole hasta la cocina. Severus se fijó en que llevaba un camisón y lucía unas grandes ojeras, como si no hubiese dormido.
Él respiró hondo y procedió a contarle todo lo que había ocurrido esa noche con Dumbledore, incluido el pasaje de la profecía.
Rose le escuchó asombrada mientras preparaba té, y se sentó en una silla.
–Increíble –susurró al comprender el significado de sus palabras–. El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso... ¿Sabes lo que se podría hacer con esa información? –preguntó, mirando a Severus–. Quien sepa la verdad podría tener el control... es como un arma ¿Sabes lo que Vóldemort daría por enterarse?
Severus se movió incómodo y carraspeó.
–No lo sabes todo. Después de esa reunión, mi marca comenzó a arder... y tuve que presentarme ante él.
–Bueno, eso no importa, mientras no le hayas dicho nada... –dijo Rose, aunque la expresión que puso Severus le reveló toda la verdad–. ¿Se lo has dicho? –preguntó, inclinándose hacia delante.
–Tuve que hacerlo, antes de que volviese a indagar sobre ti.
–¿Qué? –la taza de Rose resbaló de sus manos–. ¿Le has contado lo que escuchaste? ¿Acaso no sabes lo que puede hacer ahora que sabe la verdad?
–Rose...
–¡Es una profecía auténtica, Severus! –exclamó ella–. Ahora Vóldemort sabe que nacerá un niño capaz de derrotarle.
–¿Y qué? –preguntó él, sin entender su alarma.
–¡Le buscará para matarle! –Rose se puso en pie, demasiado nerviosa para seguir sentada. Fue a lavarse las manos.
–Rose, hay cientos de niños en el mundo –Severus estaba algo molesto por la reacción de la mujer–. No encontraría al adecuado, aunque le buscase toda una vida.
–Pero matará a todos los que coincidan con su descripción –rebatió ella, secándose las manos con fuerza–. No hay tantos magos que se hayan enfrentado a él tres veces y que vayan a tener un hijo en el séptimo mes.
–¿Y tú conoces a alguno? –preguntó él, excéptico.
–¡Mi amiga Lily ya se ha enfrentado a él dos veces, y dará a luz en julio! –exclamó ella–. Es cuestión de tiempo que se enfrente a él por tercera vez.
–¿Por qué no me sorprende? –bufó Severus, con desdén, apoyando los brazos sobre la mesa.
–¿Qué es lo que no te sorprende? –preguntó ella, con un peligroso tono de voz.
–¿Por qué tienen que estar tus amigos en el centro de todas tus preocupaciones? –le irritaba muchísimo que Rose nombrase a los Potter delante de él.
–¿Tanto te molesta? ¡Son mis amigos! –Severus resopló de nuevo–. Ah, claro, se me olvidaba que tú no sabes lo que es eso.
Rose se arrepintió de inmediato de haber dicho eso, pero era demasiado tarde para remediarlo.
–No tienes ni idea de nada –gruñó Severus, muy enfadado–. Durante todo este tiempo me he estado jugando la vida por ti, para que no se supiera de tu existencia, para ocultarte y mantenerte a salvo. La única manera de evitar que el Señor Tenebroso siguiera hurgando en mi mente era dejar que viese esa maldita profecía, y lo hice para salvarte a ti ¡Lo hice por ti! –repitió enfadado–. Y ahora me dices que voy a ser el culpable de la hipotética futura muerte de tus amigos ¿Qué es lo que quieres? ¡Dime! ¿Qué es lo que quieres? –preguntó, poniéndose en pie–. ¿Qué se supone que esperas de mí?
–Ya basta –suplicó ella–. Antes no eras así –dijo, refiriéndose a la forma de comportarse que tenía él.
–Ya te dije que había cambiado –siseó él, con la voz fría–. Tuve que hacerlo ¿Es que no entiendes lo que he tenido que hacer para sobrevivir? No me arrepiento por haber revelado esa profecía, y nunca lo haré, porque gracias a ello tú y yo seguimos vivos.
–¿Y qué pasará cuando la gente comience a morir? –preguntó Rose, furiosa–. ¿Qué excusa me darás si mis amigos mueren?
–¿A quién le importa lo que les pase? –preguntó él, tan enfadado como ella–. ¡Los seres humanos mueren, Rose! Todos los días muere gente, y tus amigos terminarán muriendo también, tarde o temprano. Que ellos tengan más posibilidades no cambia nada –añadió, con un tono que Rose nunca le había oído utilizar.
Las palabras de Severus hirieron a Rose en lo más hondo, y más aún después de haberse enfadado con sus mejores amigos para defenderle a él. Ella empalideció de repente, y se apoyó en la mesa para no caer, porque las piernas le habían fallado ante un repentino mareo.
Cerró momentáneamente los ojos y respiró hondo, con las últimas palabras de Severus retumbándole en los oídos. Cuando abrió los ojos, fulminó a Severus con la mirada. Él se había quedado muy quieto, y no se atrevía a hablar, consciente de que había cometido un gran error.
–Fuera –masculló ella, con la voz contenida. Las luces de la habitación parpadearon repetidamente tras sus palabras.
–Rose... –susurró él.
–Fuera... de mi casa –repitió Rose, temblando, con la vista puesta en la mesa, que comenzaba a ponerse borrosa ante sus ojos.
Las copas de una vitrina comenzaron a temblar.
–Rose, por favor.
–¡Fuera de mi casa! –chilló ella. Una de las copas se hizo añicos sin que nadie la tocara, y las demás la siguieron de inmediato, un tras otra, según la ira de Rose salía a relucir–. ¡Largo de aquí! ¡No quiero volver a verte nunca más, maldito monstruo traidor!
–Pero...
–¡Fuera! ¡Vete ahora mismo! –Rose estaba fuera de sí, y por toda la cocina comenzaron a estallar los cristales, muchos volando peligrosamente cerca de ellos–. No vuelvas a acercarte nunca más a mí. ¡Largo! –gritó, señalando con la mano a la puerta, que casi salió volando por los aires.
Rose comenzó a verlo todo borroso mientras a su alrededor reinaba el caos más absoluto, pero no varió su postura, ni siquiera cuando un cristal le arañó la cara.
Ni siquiera lloró cuando la puerta se cerró tras la salida de Severus, aunque su chasquido fue un fiel reflejo de lo que le había pasado a su corazón.
