Lily corrió a abrir la puerta, sin tener tiempo de quitarse el delantal, y se quedó muda al encontrarse frente a una Rose bañada en lágrimas.

–¡Rose! ¿Qué ha pasado?

–¿Puedo pasar? –sollozó Rose.

–Claro –Lily se apartó para dejarle paso, y cerró la puerta tras ella–. Pasa al salón y ponte cómoda, James no está.

Rose obedeció y se sentó en el sofá, sin dejar de llorar. Lily se sentó a su lado, cada vez más preocupada, y la cogió de las manos.

–Rose, cielo ¿Qué ocurre?

Entre sollozos, Rose le contó a su amiga todo lo que había pasado entre Severus y ella, y le habló de la profecía, intentando recordarla lo más fielmente posible. Lily la escuchó sin interrumpir, y cuando Rose acabó, la abrazó con fuerza.

–Quería... avisaros –sollozó Rose–. Porque... vosotros coincidís... con la profecía.

–Cálmate, Rose. Sólo son los desvaríos de una bruja loca. Ni siquiera sabemos si sus predicciones se cumplen de verdad.

–¡No es cierto! –insistió Rose–. Esa... pitonisa, adivina o lo que sea estaba en trance cuando...

–Ya, deja de llorar –Lily secó la cara de su amiga–. Y no te preocupes por nada, James y yo estaremos bien. En cuanto a... él, no volverás a verle, le olvidarás, y todo volverá a ser como antes.

Rose agitó la cabeza. Aquello no iba a ser tan fácil.

–¿Puedo quedarme a dormir? –preguntó, mirando a su amiga con ojos suplicantes.

–Por supuesto que sí. Espero que no te importe dormir en la habitación del bebé.

–Sabes que no –Rose había dejado de llorar, y sonreía débilmente.
Lily también sonrió, y le acercó a su amiga un cuenco de bombones.

–¿Quieres uno? Desde que me quedé embarazada no dejo de comerlos.

–¿Chocolate? ¿Eso no engorda?

–Si, y también es bueno para la tensión, los antojos... para mejorar el humor...

Rose captó la indirecta y comenzó a quitarle el envoltorio a uno de los dulces, mientras Lily intentaba hacerla sonreír. Poco después, las dos mujeres hablaban de forma animada, como si nada hubiese pasado.

Y sin embargo, los ojos de Rose seguían tristes.

...

Severus cerró la puerta de su casa y se apoyó contra la madera, soltando un hondo suspiro.

Entonces, sin avisar, un gran sentimiento de rabia, odio, furia y decepción le llenó por dentro, y Severus descargó todo eso contra los muebles de su salón, arrasando todo a su paso.

Tiró los cuadros, arrancó las cortinas, rasgó el papel de las paredes, volcó las mesas, las sillas y los armarios, rompiendo la vajilla, y finalmente, se dejó caer al suelo, lanzando un alarido salvaje de rabia y dolor.

¿Pero qué había hecho? ¡Había mandado a la mierda lo único bueno que le había pasado en toda su vida!

A ella, la única mujer a la que había amado, a la que había estado buscando durante dos años, con la que había esperado poder compartir una vida normal, la había insultado, humillado y herido de la forma más vil ¿Cómo había podido ser tan cerdo?

Severus sintió que estaba llorando, pero sabía que eso no servía de nada, porque lo que había hecho no tenía solución. Con amargura, recordó los sucesos acontecidos unas horas antes.

La noche anterior, Severus se había aparecido ante su señor, tras la reunión con Dumbledore, y no pudo disimular su nerviosismo al sospechar que había sido seguido y espiado.

–¿En qué puedo servíos, mi señor? –preguntó, inclinándose ante él. Lord Vóldemort le fulminó con sus ojos rojos.

–Hoy se ha producido un ataque contra un grupo del Ministerio por parte de mis mejores mortífagos –siseó–. Y sin embargo, tú no has acudido, aunque era tu deber –Severus guardó silencio, temeroso de lo que iba a pasar, ya que tenía el presentimiento de que Vóldemort sabía dónde había estado y con quién–. Lo mismo sucedió la semana pasada, y la anterior –continuó diciendo Vóldemort–. De hecho, llevas ignorando mis órdenes desde hace más de un mes –Severus siguió callado, porque sabía que no tenía ninguna excusa para darle a su señor. Era bien cierto que había desobedecido muchas de las órdenes recibidas para complacer a Rose–. Mi paciencia se ha acabado, mortífago –la voz de Vóldemort era fría, y sonaba como el chasquido de un látigo–. Y tú vas a pagar por tu traición ¡Crucio!

Antes de que Severus pudiese reaccionar, la maldición le alcanzó, y él cayó al suelo, gritando de agonía.

–¿Desde cuándo le pasas información a Dumbledore? –preguntó Vóldemort–. ¡Contesta!

Por una vez, Severus estuvo tentado a abrir su mente sin oponer resistencia, y así poder demostrar que era inocente y dejar de sufrir, o por lo menos, morir con rapidez, pero resistió con todas sus fuerzas, consciente de las consecuencias que habría si Vóldemort veía la profecía.

Aunque entonces, se le ocurrió una idea que podría salvarle la vida si jugaba bien sus cartas.

–¡Tengo... información! –gritó, sintiendo que su cabeza iba a estallar por el dolor. Pero su truco dio resultado, ya que Vóldemort detuvo la tortura, interesado.

–¿Qué clase de información? –preguntó. Severus consiguió ponerse de rodillas, a pesar del intenso dolor de su cuerpo, y miró a su señor a los ojos.

–Tengo... un arma –jadeó, intentando respirar a pesar del dolor–. Hay una profecía... relacionada con vos.

–Muéstramela –ordenó Vóldemort, utilizando la Legeremancia.

Severus le permitió la entrada a su mente, pero distorsionó un poco sus recuerdos.

Le mostró cómo había ido a la Cabeza de Puerco, esperando para poner en marcha su plan y poder infiltrarse como espía en el bando de Dumbledore, fingiendo arrepentimiento y retractándose de todo lo que había hecho. Esto Vóldemort lo sabía porque además de las imágenes de su mente, también podía compartir los pensamientos y emociones que Severus había tenido en ese instante.

El Severus de los recuerdos se cansó de esperar y subió por las escaleras hasta llegar frente a la puerta de Dumbledore, donde escuchó las voces, y por lo tanto, la primera parte de la profecía, al igual que Vóldemort. Sin embargo, cuando se iba a escuchar el resto, el camarero agarró a Severus del hombro y le separó bruscamente de la puerta, y los dos hombres comenzaron a discutir acaloradamente hasta que Dumbledore abrió la puerta, preguntando qué pasaba.

Tanto Vóldemort como Severus miraron por encima del hombro del director, pero lo único que pudieron ver fue a una Trelawney desorientada y confusa.

Era cierto, sólo había confesado la mitad de la profecía, pero Severus no encontró ningún consuelo en eso, ya que no lo había hecho por remordimiento, ni por respeto hacia Dumbledore. Ni siquiera lo había hecho por Rose.

Si Severus se había guardado la mitad del secreto para él era porque creía que esa información le podría resultar útil en cualquier otro momento.

Y eso le hacía sentirse aún más miserable.

...

–Rose, me voy a trabajar –Lily se había asomado a la habitación que ocupaba su amiga–. James no regresará de su misión hasta mañana, así que estarás sola todo el día ¿Vas a estar bien?

Pero Rose no contestó, sino que siguió sentada en la cama, mirando al vacío sin hacer ningún gesto.
Entre sus manos tenía un aparatito muggle que Lily le había comprado esa mañana, y que explicaba que el repentino aumento de sus poderes, las náuseas y los mareos matinales no se debían al estrés, sino a algo más... inoportuno.

Como siempre, Lily había sido capaz de detectar lo que le pasaba antes de que ella misma se diese cuenta.

–¿Rose? –Lily se acercó a ella y le puso una mano en el hombro–. ¡Rose! –la morena reaccionó y la miró.

–¿Qué?

–¿Has estado llorando? –Lily se fijó en los ojos rojos y en la cara húmeda de su amiga. Rose se secó la cara con las manos.

–Estaré bien –respondió, con la voz ronca.

–¿Estás segura? Puedo pedir el día libre si quieres –Lily miró de reojo al pequeño artefacto, entendiendo la actitud de su amiga.

–No, vete. Estaré bien, de verdad –aseguró Rose, forzando una sonrisa–. Vete ya o llegarás tarde.

–Si necesitas cualquier cosa utiliza la lechuza. O mejor aún, ven al Ministerio por la chimenea.

–¿Y qué dirán si me ven aparecer?

–Que se atrevan a detenerte.

–No será necesario. Estaré bien.

Lily sonrió y se despidió de ella, pero no pudo borrar la imagen de su amiga de su mente, ni la conversación que habían tenido la noche anterior.

Lily llegó al Ministerio gracias a los polvos flu, y se dirigió a su puesto de trabajo sin detenerse.
Echaba de menos a James y a Rose a su lado, pero no dejó que eso frenara su ritmo de trabajo, y en menos de una hora, terminó el informe que Battleman le había encargado.

Fue al despacho de su jefe para entregarlo, pero lo encontró vacío, a excepción de una lechuza que ululaba como loca. Lily le desató el mensaje que llevaba y se dispuso a dejarlo sobre el escritorio de su jefe, pero no pudo evitar leer la nota.

"Informe sobre el paradero del mortífago Severus Snape."

Lily se quedó quieta, con el pergamino en la mano, dudando sobre lo que debía hacer.

Nunca, en toda su vida, había quebrantado una sola norma: se sabía de memoria los reglamentos, las normativas y las leyes, y ahora, por primera vez, se enfrentaba a un problema que podría exigirle romper todo aquello.

En ese momento, Battleman apareció por la puerta, y ella tuvo que dar explicaciones.
Tras una larga discusión, Lily se decantó por lo que a ella le parecía más correcto, y terminó saliendo del despacho, dejando sobre la mesa el informe que llevaba, y dirigiéndose a toda prisa hacia el ascensor, con la mirada de Battleman puesta sobre su espalda.

Llevaba la carta de su jefe en el bolsillo.

Porque en el amor y en la guerra todo vale.

...

Severus estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la cabeza enterrada entre sus brazos. A su alrededor, reinaba el caos más absoluto, pero él no estaba interesado en darse cuenta de eso.

En su mente se repetían una y otra vez las últimas palabras de Rose, como una maldición, y él se hundía más y más en aquel pozo de oscuridad que él mismo había creado y del que no era fácil salir.

–Eres un cabrón –Severus levantó la cabeza y miró hacia la mujer pelirroja, quien estaba bastante apartada de él y le apuntaba con la varita–. ¿Sabes? Debería matarte por todo lo que has hecho –siguió diciendo Lily–. O mejor aún, llevarte hasta el Wicengamont para que te juzguen y te condenen al beso del dementor, que es lo que te mereces.

–Pero no lo vas a hacer –dijo Severus, con la voz cansada del que no tiene esperanza–. Porque si hubieras venido a eso, ya lo habrías hecho.

–Correcto –asintió Lily, bajando ligeramente su varita y acercándose un poco más a él.

Severus podría haber aprovechado el momento para sacar su varita y atacarla, pero no lo hizo. No tenía fuerzas para hacerlo.

–¿A qué has venido? –susurró, apoyando su cabeza contra la pared.

–No sé exactamente si a escupirte o a rogarte que te levantes y sigas vivo.

–¿Y eso por qué?

–Por Rose –dijo Lily, con la expresión seria. Al instante, la cara de Severus se contrajo en una mueca que reflejaba indignación, interés y remordimiento.

–No la metas en esto –por primera vez en toda la conversación, su voz adquirió un tono peligroso, pero Lily no se inmutó.

–Me temo que ya es demasiado tarde para eso. Tú mismo lo has hecho, y ella está pagando las consecuencias de tus acciones.

–¡Yo no he hecho tal cosa! –exclamó él, enfadado.

–¿Ah, no? Entonces explícame por qué fue expulsada del cuerpo de Aurores –la voz de Lily tembló de rabia–. Ella me lo ha contado todo. Sé lo que has hecho. Sé lo que pasó anoche. Rose no ha dejado de llorar desde entonces. Maldito seas, Snape.

–Escúchame...

–¡No, escúchame tú a mí! –gritó Lily, muy enfadada, haciendo que de la punta de su varita saltasen chispas–. Ya va siendo hora de que alguien te diga las cosas a la cara. He sabido lo que pasaba entre vosotros desde nuestro último curso en Hogwarts, y el cielo sabe que jamás me he entrometido. Es más, animé a Rose para que siguiese a tu lado, porque la vi feliz, más feliz de lo que había sido nunca, y todo fue gracias a ti –dijo–. Y luego te fuiste, desapareciste sin más para unirte a lord Vóldemort como mortífago, y ella lo aceptó sin rechistar, confiando en que volverías –Lily tomó aire y prosiguió–. Estuviste ausente durante de dos años ¡Dos años, maldita sea! Sin una carta, un mensaje o una señal que indicase que seguías vivo. Rose te estuvo esperando durante todo ese tiempo, y tú ni siquiera te molestaste en ponerte en contacto con ella –Lily le señaló con un dedo–. Rose pudo haber rehecho su vida con cualquier hombre, pero no lo hizo, porque seguía enamorada de ti. Sé perfectamente que lo ha pasado muy mal durante todo este tiempo, aunque intentase ocultármelo ¡Miraba en los periódicos para ver si tu nombre aparecía en la lista de los mortífagos apresados o muertos! ¡Robaba informes secretos para saber si tú aparecías en ellos! –exclamó–. Y de repente, apareces de la nada, y ella vuelve a ser feliz, porque tú comienzas a llenarle la cabeza de esperanzas que no se cumplirán nunca...

–Yo jamás...

–¡Lo hiciste! –gritó Lily–. ¿O acaso no te veías a escondidas con ella, como si no pasase nada? ¿Me lo vas a negar? ¿Me vas a negar también que te has estado acostando con ella?

–¡Ya basta! –exclamó Severus, incorporándose. El discurso de Lily le había hecho reaccionar, y no precisamente para bien.

–¡Quédate donde estás! –la varita de Lily apuntaba directamente a su cara, y Severus tuvo que obedecer–. ¡Y escúchame! Si, sé lo que he visto, y lo que Rose me ha contado, y puedo jurar ante un tribunal que hiciste a Rose muy feliz, ¡pero también la has puesto en un grave peligro! ¡Has destrozado su vida!

–Si me escucharas...

–¿Escuchar el qué? ¿Tus patéticas excusas para no escapar del bando tenebroso? –preguntó Lily, furiosa–. Rose me lo ha contado todo –explicó, al ver la expresión de desconcierto de Severus–, al fin y al cabo, somos amigas, por si no te acuerdas –se produjo un incómodo silencio entre los dos–. Y a pesar de todo, Rose te defendió. Te ha estado defendiendo siempre –Severus la miró con curiosidad–. No ha dejado de luchar por ti, y de dar excusas por tu comportamiento. Cuando Battleman la despidió, no dijo ni una sola palabra en tu contra, y cuando James te insultó, casi le parte la cara –Severus la miró con más incredulidad aún–. No me mires con esa cara, Snape, lo que te estoy diciendo es cierto. Rose se enfrentó a sus mejores amigos por ti –los dos se mantuvieron la mirada durante un buen rato–. Tú eres lo que ella más quiere en este mundo ¿Lo sabes?

–Pero yo le he hecho daño y la he puesto en peligro –murmuró Severus, con un inconfundible tono de arrepentimiento.

–Ya iba siendo hora de que te dieses cuenta –bufó Lily, mirándole con desprecio. Sin embargo, luchó por controlar sus emociones, y respiró hondo, recordando el motivo por el que había acudido a esa casa–. Estamos en una encrucijada, Snape.

–¿A qué te refieres?

–Soy Auror, por si no te has dado cuenta, y mi deber es encargarme de que la gentuza como tú reciba su merecido, y por otro lado, eres el tipo que le ha amargado la vida a mi mejor amiga, haciéndola llorar, y eso es algo que me cabrea bastante. Comprenderás que no tengo muchas opciones.

Severus se levantó entonces del suelo, y avanzó hacia ella con lentitud.

–¿Qué haces? –preguntó Lily, poniéndose en guardia.

–Espero mi castigo –dijo él, sin hacer ningún gesto para sacar su varita–. Has dejado claro que no merezco otra cosa.

–Si dependiera de mí, te mataría –confesó ella, con el odio reflejado en su mirada y en su voz.

–Entonces hazlo –Severus se cercó tanto a ella que la punta de la varita se le clavó en el pecho. Lily, sin embargo, bajó el brazo.

–He dicho que lo haría si dependiese de mí –puntualizó, masticando sus palabras–. Pero para tu suerte o desgracia, no seré yo quien te juzgue.

...

Rose miraba a través de la ventana, sin llegar a ver el espléndido paisaje que se divisaba desde allí. Se sentía miserable y asustada, y estaba perdida en sus pensamientos. Sabía que debía tomar una decisión antes de que fuese demasiado tarde, pero todas las opciones le resultaban difíciles y angustiosas.

No sabía qué camino tomar, ni si sería capaz de hacerlo. De hecho, estaba tan sumida en sus pensamientos y recuerdos que ni siquiera oyó los pasos que se le acercaron por la espalda.

–Perdóname.

Rose reconoció la voz, pero no se movió ni hizo gesto alguno que demostrara que la había escuchado.

No había esperado volver a verle, y menos aún en esa casa. Temía lo que pudiese oír, pero aún más lo que pudiese pasar.

Severus no se atrevió a tocarla, pero vio en el reflejo de los cristales su expresión ensombrecida, y eso le dolió más que el discurso con el que Lily le había estado sermoneando todo el camino, recordándole lo abominable que podía llegar a ser y todo el daño que había causado.

Se sentía culpable por ser el causante del dolor de Rose.

–Sé que nada de lo que diga arreglará lo que dije y lo que hice –dijo Severus, en un murmullo perfectamente audible–. Pero quiero que sepas que lamento haberte hecho daño. Yo nunca quise que sufrieras por mi culpa, y por eso desaparecí durante tanto tiempo, sin darte ninguna pista de donde estaba. Pero terminé haciéndote más daño aún, y ahora, con lo de la profecía... –Severus no supo muy bien qué decir–. No puedo decir que me arrepienta por haberla revelado, porque en ese momento fue lo que creí más correcto, pero sí lamento, y mucho, haber dicho... lo que te dije –admitió Severus.

Sus palabras fueron recibidas en silencio por la mujer inmóvil.

–Rose... –llamó, pero ella no reaccionó, como si no le estuviese escuchando–. Rose, lo he intentado, de veras que he intentado hacerte feliz –dijo, con una nota de derrota en la voz–. Pero la experiencia me ha demostrado que haga lo que haga y diga lo que diga, tú acabas perjudicada, y no quiero que esto continúe así –Severus suspiró–. Me voy, y esta vez será para siempre –anunció–. No quiero seguir dándote falsas esperanzas. No quiero seguir poniéndote en peligro. No quiero que tengas que ocultarte el resto de tu vida, ni que la gente te rechace porque estás conmigo. No quiero que... llores por mi culpa –Severus se acercó a la mujer, sin tocarla, y se inclinó sobre su oído–. Te quiero, Rose. Eres lo más maravilloso que me ha pasado, y juro que tu recuerdo ha sido lo único que me ha hecho sobrevivir durante todo este tiempo. Pero no quiero hacerte más daño.

Se acercó a su pelo para oler su perfume por última vez, antes de girarse para marcharse de allí y desaparecer de su vida para siempre. Pero entonces, Rose se giró y le cogió de la manga de la túnica, haciendo que se detuviera. Le miró con sus ojos, enormes y negros, bañados en lágrimas.

–No quiero que te vayas –susurró, sin dejar de llorar. Severus no pudo resistir el impulso de secarle las lágrimas con la mano.

–Sería lo mejor. Si me quedo seguiré poniéndote en peligro y terminaré haciéndote daño de nuevo.

–No lo hagas, por favor –suplicó Rose–. Necesito que te quedes. Tenemos que hablar, hay algo que debes...

–Puedes empezar tu vida desde cero –insistió Severus, aunque le costaba muchísimo decirlo–. Puedes ser feliz sin mí.

–No me estás escuchando ¿Verdad? –le increpó ella, irritada–. Has tomado tu decisión y seguirás adelante sin importar lo que piense yo ni lo que esté pasando a tu alrededor.

–Anoche dejaste muy claro que no querías volver a verme –replicó él, soltándose de su mano–. He venido porque tu amiga ha insistido en que debía pedirte perdón, pero no veo cómo esto va a solucionar nada. Todo sigue igual que ayer. Yo sigo siendo un mortífago, y tú...

–Estoy embarazada, Severus.

Durante unos segundos, el silencio inundó la habitación, mientras él la miraba con incredulidad.

–¿Qué has dicho?

–Ya lo has oído –Rose se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, nerviosa.

–¿Estás embarazada?

–Si, Severus, has oído bien –ella se cruzó de brazos, frunciendo el ceño–. Estoy embarazada. Espero un hijo tuyo –Severus la miró boquiabierto por la sorpresa, intentando asimilar la noticia–. Sé que no es lo que esperabas oír, y no lo teníamos planeado, pero... ha ocurrido –Rose se encogió de hombros, abrazándose a sí misma–, y necesito... tenemos que tomar una decisión.

–¿Una decisión? –él seguía sorprendido por la noticia, pero su mente pensaba a toda prisa–. ¿Te refieres a...? ¿Quieres que me mude contigo?

–¿Qué?

–Benson Hill es el lugar más seguro para esconderse, mucho más seguro que mi casa en la Calle de la Hilandera. Y tus hechizos de protección son prácticamente inquebrantables.

–¿De qué estás hablando? –ahora era el turno de Rose de mirarle confundida. Él se cuadró de hombros, alzando la barbilla con decisión.

–Tienes razón, esto no estaba planeado. Pero eso no significa que vaya a dejarte sola. Quiero hacerme cargo, Rose –la mujer seguía mirándole sin palabras, y él frunció el ceño–. ¿No era esto a lo que te referías con lo de tomar una decisión?

Rose abrió la boca, pero no consiguió decir nada. Carraspeó, mirando al suelo y agarrándose las manos, nerviosa.

–No me esperaba que fueses a mostrarte tan positivo –confesó–, ni que quisieras ser padre.

Él la miró en silencio durante unos segundos, antes de comprender.

–¿Tú no quieres seguir adelante?

–Yo no he dicho eso. Pero quería contar con tu opinión antes de tomar ninguna decisión.

Severus no respondió de inmediato, sino que se acercó a Rose, cogiendo sus manos entre las suyas.

–Yo no tengo ningún derecho a imponer mi opinión, y menos aún después de todo lo que he hecho. Cualquier cosa que decidas estará bien. Lo digo en serio –le aseguró, al ver la mirada interrogativa de la mujer–. Te ayudaré en todo lo que pueda, da igual lo que elijas.

Rose respiró hondo, apretando sus manos. Notaba su corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

–En tal caso... me gustaría que formásemos una familia –susurró, mirándole con timidez. Él asintió, apretando sus manos.

–Puede que no haya tenido la mejor figura paterna, pero intentaré hacerlo lo mejor que pueda –se acercó a Rose, y apoyó su frente sobre la de ella–. Te lo prometo –Rose no fue capaz de decir nada, pues su garganta se negaba a responder. Sin embargo, pasó las manos alrededor de la cintura de Severus, abrazándole en silencio–. Te juro que no volveré a hacerte daño, ni a ti ni a nadie a quien tú quieras –murmuró, abrazándola con suavidad.

Permanecieron abrazados, en silencio, durante unos minutos, sin necesidad de decir nada más.

...

Lily exhaló un suspiro cuando les vio bajar por las escaleras. Rose la miró a los ojos y esbozó una ligera sonrisa, indicando que todo estaba bien.

–¿Os vais ya? –preguntó, mirándoles alternativamente. Rose asintió.

–Tenemos muchas cosas de las que hablar –abrazó a su amiga con fuerza–. Gracias por traerle, Lily. No sé qué haría sin ti.

–Sólo quiero lo mejor para ti. Espero que él pueda estar a la altura –Lily taladró a Severus con una mirada iracunda.

–No permitiré que le pase nada.

Lily iba a replicar con una respuesta envenenada, pero Rose la interrumpió.

–No es necesario que empecéis a pelear –intervino, mirándoles con cara seria–. Lily, necesito que me hagas otro favor ¿Puedes contactar con Albus? Necesitamos hablar con él, pero no creo que se fíe de mí en estos momentos. Quizá tú puedas convencerle de que no tenemos malas intenciones.

–Haré lo que pueda –prometió Lily, mirando con asombro a su amiga–. Pero hasta entonces, tened mucho cuidado.

–No te preocupes, ya sabes que soy la experta en encantamientos protectores –sonrió Rose, antes de despedirse de Lily y abandonar la casa, seguida de Severus.

Lily les miró desde la ventana, y esperó a que el coche rojo se perdiese en la distancia, antes de sacar su varita e invocar a su Patronus. La cierva plateada se alejó velozmente, y unos minutos después, la chimenea rugió, iluminada por las llamas verdes, mientras Battleman, entraba en el salón.

–Ya está hecho, señor –informó Lily–. Ha sido más rápido de lo que me esperaba.

–He de confesar que su plan es muy atrevido, señora Potter.

–Pero funcionará –le aseguró ella–. Snape ama a Rose, y ahora que sabe que ella está embarazada, hará cualquier cosa por protegerla. Rose nunca ha dejado de insistir para que él renuncie al bando tenebroso, y es posible que éste sea el detonante para que él escuche. Quieren pedir la ayuda de Albus Dumbledore. Estoy convencida de que Snape ayudará a nuestro bando a partir de ahora.

–Si eso ocurre, me replantearé el readmitir a la señorita Benson de nuevo en el cuerpo, con todos los honores que la corresponden.

–Estoy segura de que Rose lo agradecerá –murmuró Lily, aunque en el fondo, sabía que no iba a ser tan fácil.

Sería muy sospechoso que la misma mujer que había sido despedida por confraternizar con un mortífago regresase al cuerpo como si nada semanas después.

Lo que más le preocupaba a Lily, era la lealtad de Snape. Si de verdad ella estaba en lo cierto, habrían ganado un valioso espía para la guerra contra el bando tenebroso.

Pero si Lily se equivocaba, y Severus seguía siendo fiel a Vóldemort, estarían perdidos.