Capítulo 3: Heridas que traen cambios a nuestra vida.
Shoko se encontraba fumando en una de las bancas que estaban a un costado de la entrada de la escuela de hechicería. La realidad era que estaba escapando de sus responsabilidades, no tenía el don de la pelea y no necesitaba esas horribles clases de resistencia física que el profesor Yaga quería implementar con ella, así que aprovechando que sus compañeros favoritos se encontraban en una misión no veía motivo para sufrir sola, por lo que se había fugado de la clase como era su habilidad.
En ese momento del día el sol comenzó a pegar muy fuerte del lado hacia donde Shoko había estado mirando, estuvo a punto de bajar su mirada para protegerse de la luz cuando divisó una figura que se acercaba. Entrecerró los ojos para tratar de verla mejor, parecía acercarse muy lento y había algo raro en su posición... No, no era solo una persona, era una persona cargando a otra en la espalda, era... Suguru Geto cargando en la espalda a su archirrival: el mismísimo Satoru Gojo.
—¡¿Quéeeeeeeee?! —la sorpresa de Shoko fue inaudita al ver esa imagen: Geto levantando las piernas de su compañero, una a cada lado de su cuerpo, al tiempo que Satoru se sostenía por el cuello del otro. Gojo estaba ocultando su cara en el cuello de Suguru por lo que la chica por un momento se preguntó si estaría desmayado o algo así, pero cuando se acercaron se dio cuenta que no era así pues el chico se sostenía con firmeza del agarre.
—El idiota se rompió la pierna —anunció Suguru con una adorable sonrisa mientras caminaba hacia su compañera.
Por su parte Satoru seguía sin querer moverse de su posición; la vergüenza no le dejaba levantar la cara, pero principalmente porque no quería dejar de oler el cuello de Suguru... Había descubierto que la fragancia que emitía el cuello de su compañero era un dulce aroma que no quería dejar de percibir jamás.
Satoru se despertó en medio de la madrugada. Había estado teniendo un sueño intranquilo y en lugar de quedarse a dar vueltas entre las sábanas tratando inútilmente de obligarse a dormir de nuevo, prefirió levantarse por un vaso de agua. Sus pies descalzos no hacían ningún ruido al caminar, pero estos se detuvieron antes de llegar a su destino debido a una débil voz que logró captar aparentemente de la habitación de Megumi.
Eran casi las tres de la madrugada, solo esperaba que ahora que el niño tenía 10 años no empezara a tomar el hábito de querer estar despierto toda la noche haciendo tonterías como suelen hacer los adolescentes; aún le parecía pequeño, pero después de todo Megumi nunca se comportó como alguien de su edad. Pensar en eso le hizo agobiarse al darse cuenta que no estaba nada listo para tratar con la pubertad de Fushiguro, suficientemente difícil había sido tratar de criar a un niño como él hasta ahora.
La puerta del chico se encontraba entreabierta, por lo que antes de poder entrar a regañarlo por estar despierto tan tarde tuvo ante él una escena que le aplastó el corazón: El pequeño Megumi sentado en el piso, rodeado por los dos perros divinos que había aprendido a invocar hace un par de años, abrazando por el cuello a uno de ellos mientras el otro buscaba apoyarse en su pecho en un intento por consolar a su amo. El niño tenía los ojos cerrados, apretándolos mientras muchas lágrimas corrían por sus mejillas; murmuraba a los perros un "ustedes no me dejen solo, por favor".
La escena fue muy impactante para Gojo quien nunca había visto a Megumi mostrar tal quiebre emocional, ni siquiera lo había visto llorar ante las palizas que llegó a darle en los entrenamientos desde que era más pequeño, pero sobre todo sus palabras: "no me dejen solo". ¿Megumi se sentía tan terriblemente solo como para ponerse así en las noches? ¿Tan horrible estaba siendo su papel de intento de padre para ese niño?
Decidió entrar a la habitación y al instante los perros se pusieron a la defensiva. El sorprendido Megumi intentó en vano limpiarse la cara para disimular lo que estaba pasando y al percatarse que Gojo no se acercaba más decidió desaparecer a sus perros en espera de la burla de su mentor; era demasiado tarde para seguir fingiendo que era una persona emocionalmente inquebrantable.
Gojo dio dos pasos al frente, como midiendo la situación, estaba cayendo en cuenta lo difícil que resultaba que dos personas que se obligaban a ocultar su dolor pudieran apoyarse en los momentos de pena.
Se acercó más y se agachó para quedar a su altura. Lo miró con seriedad.
—Discúlpame por la terrible figura paterna que estoy siendo... Cada día de mi vida estoy consciente de que yo no soy tu padre, pero créeme que desde el primer día mis intenciones fueron ser un apoyo para ti, y no solo para que seas fuerte y no te falte nada material, realmente me importas pero me cuesta mucho entenderte si no me permites acercarme a lo que estás sintiendo... —supo que de alguna forma se estaba mordiendo la lengua, pues le estaba pidiendo a Megumi que le diera algo que para el mismo Gojo era complicado dar.
El niño le miró en silencio por unos segundos, luego tragó saliva con miedo de expresar aquello que le estaba haciendo sufrir en esos momentos.
—Tú conoces a mi papá, ¿verdad?
Satoru casi se queda sin aire al escuchar su pregunta. ¿Por qué se lo preguntaba como si Toji siguiese vivo? El se lo había dicho cuando lo conoció... No. ¡No! No lo había hecho, Megumi había interrumpido el monólogo que había estado practicando y no le permitió siquiera decirle que su padre ya no estaba en este mundo, mucho menos que él mismo se había encargado de quitarle la vida.
—Megumi, yo... ¿Realmente te interesa saber sobre él? —le respondió con otra pregunta, en un intento de postergar el momento de la revelación.
—No sé —murmuró, triste y molesto a la vez—. ¡No lo sé! —comenzó a sollozar con fuerza. Satoru no pudo más que abrazarlo y cerrar los ojos mientras sentía el agitado llanto del niño. Quería consolarlo pero no estaba seguro de cómo hacerlo, no tenía esa experiencia ya que nunca nadie lo había consolado a él.
Megumi estaba muy enojado por lo que le había hecho su padre, pero eso no quitaba que en el fondo de su corazón aún lo quería y deseaba encontrarse con él nuevamente; pero, al mismo tiempo, no quería volver a verlo para no experimentar de nuevo el dolor de su rechazo. Una tremenda ambivalencia dominaba su corazón.
—No quiero saber dónde está... no quiero regresar con él, ¡solo quiero que no me importe nada! —empujó al mayor para que dejara de abrazarlo y se levantó para rápidamente subirse a la cama y acostarse boca abajo; seguía llorando aunque ahora trataba de hacerlo en silencio. Fushiguro odiaba el hueco en su interior, pero no quería permitir que Satoru Gojo se acercase para tratar de llenar ese vacío. Sentía que un día se cansaría de él y lo dejaría a la deriva; si a su padre con el que tenía lazos de sangre nada lo detuvo, menos a este hechicero que ninguna obligación tenía de estarlo aguantando.
En su dolor y frustración Megumi no se daba cuenta que Satoru en estos años realmente había aprendido a quererlo y que esta noche una pequeña herida se había formado en su corazón, en ese corazón que ni siquiera había terminado de cicatrizar las heridas del pasado cuando nuevas lesiones estaban comenzando a formarse.
