Capítulo 4: Mezcolanza de emociones.
Unas semanas antes de que Satoru se rompiera la pierna había tenido que pasar mucho tiempo con Suguru debido a que el profesor Yaga consideraba que eran la dupla perfecta para cumplir con misiones de alto rango. Seguían sin ser amigos pero ya no se peleaban cada cinco minutos ante la más mínima provocación. Eso sí, su rivalidad seguía saliendo a flote en medio de las batallas, pues en lugar de trabajar en equipo lo tomaban como una especie de demostración para ver quién era el más fuerte.
Con el paso de los meses Geto había logrado entablar una buena amistad con Shoko, por lo que ahora en sus tiempos libres habían tomado el hábito de estar los tres juntos; para la chica era muy divertido observar como sus dos amigos peleaban por tonterías y se daba cuenta que para el mismo Satoru también era divertido, pues aunque con sus palabras quisiera aparentar que Suguru le era alguien molesto en realidad nunca le impedía que lo tocara. Gojo podía evitar cuando quisiera que su compañero le pusiera una mano encima y aún así lo dejaba, dejaba que lo empujara, que lo jalara o que lo apresara con sus brazos en esas peleas físicas infantiles en las que siempre terminaban después de discutir.
—Te divierte mucho molestar a Satoru, ¿verdad? —le preguntó la chica a Suguru, un día que le acompañó a fumar en uno de los jardines.
—No es mi culpa que el tipo se enoje conmigo de la nada —se rió un poco— pero estás de acuerdo conmigo en que se ve adorable cuando se enoja.
Shoko levantó una ceja mirándolo extrañada, ella quería mucho a su amigo Satoru pero para nada le parecía lindo o tierno cuando se enojaba.
Acercó su rostro a él para no perder detalle de su expresión.
—¿Me estás diciendo que te gusta Satoru?
Geto simplemente se encogió de hombros y sonrió de manera adorable.
—Mejor olvídalo, amigo —se llevó el cigarro nuevamente a la boca— Satoru te odia —intentó decir con seriedad, pero luego se rió.
Satoru regresó a casa con dos grandes maletas nuevas que había comprado esa tarde. Al entrar se agachó un poco para volver a observarlas, esperando que fuera suficiente para todas las cosas que Megumi se quisiera llevar; de todas formas el resto se lo podría enviar por paquetería después. Cuando el niño llegó a su casa hace más de 4 años había llegado prácticamente sin nada, ahora tenía muchas cosas que pensó que querría llevarse con él.
El momento en que Megumi explotó de tristeza tan solo había sido la noche anterior, pero supuso que era mejor tomar acciones inmediatas; ni siquiera habían tenido tiempo de hablar del tema, Satoru en realidad prefería evitarlo.
Se sentó a esperar a Megumi dejando las maletas casi en la entrada de la casa. El chico no tardó mucho en llegar, venía recién de la escuela.
—¿Y esto? —le preguntó a Gojo al entrar.
—Buenas tardes, Megumi, también me da gusto verte —le recibió mientras se levantaba, pero no se acercó.
Megumi ignoró su saludo y volvió a cuestionarlo.
—¿Y estas maletas? —insistió, tratando de ocultar el nerviosismo que le causaba ver esos objetos en la entrada, como si lo estuvieran esperando.
Gojo seguía manteniendo su distancia.
—Te voy a llevar con Tsumiki, creo que es lo mejor para ti —comenzó a explicarle tratando de ignorar el gesto que comenzaba a formarse en la cara del niño—. No te preocupes, me seguiré encargando de que no les falte nada ni a ti ni a tu hermana. Cuando estés más grande podrás entrar a la escuela de hechicería si así lo deseas, mientras tanto yo me encargaré de que los Zenin no los molesten.
Gojo se había expresado con tanta ligereza que Megumi realmente empezó a pensar que para el mayor el tema no tenía demasiada importancia.
Soltó una pequeña risa irónica y bajó la cabeza para observar sus pies mientras hablaba.
—Ya veo… Debí saber que no ibas a querer seguir entrenando a un cobarde que se pone a llorar en las noches —Gojo se preocupó al instante de escuchar sus palabras, pero no tuvo tiempo de interrumpirlo porque Megumi continuó—: Y olvídalo, no necesito que te ocupes de mí —alzó más la voz al tiempo que levantaba la mirada—, ni quiero llevarme nada de lo que me has dado —una furia que ni él comprendía se apoderó de su cuerpo y pateó con fuerza las maletas logrando tirarlas al suelo—. ¡Y para tu información Tsumiki no es mi verdadera hermana! —se dio la vuelta y salió corriendo por donde había entrado, no quería que Gojo lo viera llorar de nuevo por lo que prefirió alejarse sin rumbo fijo.
Satoru se tardó en reaccionar porque no entendía lo que estaba pasando. La noche anterior sintió el rechazo por parte de Megumi, no pensó que fuera a importarle mucho si se separaban en ese momento. Para Gojo el principal motivo por el que había acogido al niño era para no estar solos, pero si después de esos años no lograba que ninguno de los dos dejara de sentir soledad entonces pensó que no servía de nada.
Soltó un gran suspiro.
—Soy la peor persona para entender los sentimientos ajenos.
Y en ese momento Suguru pasó por su mente. No podía dejarlo así, precisamente por no entender los sentimientos de Geto fue que no pudo estar a su lado cuando más lo necesitaba y fue por eso que lo perdió para siempre.
—Qué extraño —Satoru se detuvo mientras se ponía una mano en la barbilla—. Debe ser una clase de enemigo muy poderoso, no nos permite salir de aquí pero al mismo tiempo no puedo sentir nada de poder maldito… ¡Qué gran habilidad!
—No seas idiota —exclamó Suguru al tiempo que le daba un coscorrón—. ¡Estamos perdidos! Pero qué gran burla vamos a ser en la escuela, los más fuertes venciendo a la maldición en menos de cinco minutos y se tardan horas en regresar porque al parecer ninguno tuvo sentido de orientación y se perdieron en unas estúpidas colinas —se palmeó el rostro para después tallarlo en señal de frustración.
Gojo lo observó con burla.
—¿Qué pasa, Suguru? Con tan poco pierdes los estribos —se empezó a reír al tiempo que el otro lo miraba entrecerrando los ojos.
—¿Sabes qué? Te voy a ignorar, a ver si no te pierdes más estando solo —soltó haciéndose el ofendido y empezó a caminar sin esperar a que el otro lo siguiera.
Satoru por su parte dejó de reírse y empezó a caminar rápido para alcanzar a su compañero.
—Oye, Geto, no seas infantil, no puedes enojarte en serio por eso —se quejaba mientras iba tras de él, pues Suguru estaba cumpliendo su palabra de ignorarlo.
Al ver que no le hacía caso Satoru intentó ignorarlo también aunque seguía caminando detrás de él en su intento por bajar de la colina. Ninguno de los dos sabía exactamente a dónde iban, pero el chico de cabello blanco parecía moverse con exageración: azotaba los pies con fuerza al caminar, pateaba la tierra, se estiraba constantemente y se quejaba de cualquier cosa, todo con tal de que el otro volteara a verlo, pero ninguno de sus intentos tuvo éxito.
Se estaba empezando a impacientar; desde el momento en que Suguru llegó ese primer día a la escuela de hechicería no le había quitado los ojos de encima y ahora parecía que Satoru no podía tolerar que lo ignorara intencionalmente por unos minutos.
—Geto… ¡Oye, Geto!
Su compañero seguía fingiendo que no le escuchaba aunque en realidad se estaba divirtiendo mucho con la actitud del chico.
Satoru gruñó y se detuvo un poco para tomar impulso.
—¡Suguru! —le llamó por su nombre por primera vez y corrió para lanzarse encima de su compañero en un intento de llamar por completo su atención.
Suguru se sorprendió por ambas cosas y en un intento de quitárselo de encima utilizó mucha fuerza para empujarlo. Satoru cayó sobre uno de sus pies pensando que con eso se había salvado, pero no contó con que el piso donde quedó se agrietó para después hundirse provocando un socavón en el que el chico cayó.
—¡Satoru! —gritó un alarmado Geto que estiró el brazo inútilmente, pues su compañero ya había caído al fondo del derrumbe que se había formado. Bajó saltando con gran habilidad tratando de visualizar al otro en medio del levantamiento de tierra que había por todo el lugar. Lo primero que vio fueron los lentes de Satoru que se habían quebrado al caer al suelo, pero seguía sin ver a su compañero.
Volvió a gritar su nombre hasta que logró escuchar un fuerte quejido que le permitió localizarlo con más facilidad.
La nube de polvo estaba desapareciendo cuando se encontró con Satoru, quien tenía los ojos fuertemente cerrados y no paraba de quejarse.
—Satoru, ¿qué te pasa? —un asustado Suguru trataba de observar todo el cuerpo de su compañero hasta que notó que una de sus piernas, a la altura de la pantorrilla, presentaba una deformidad evidente—. Espera, no te muevas, te rompiste la pierna, idiota —lo estaba regañando, pero la verdad era que estaba muy preocupado por él. Sacó su celular solo para verificar que seguían sin señal, no podía pedir ayuda así que debía encargarse él mismo de la situación.
Como pudo lo tomó entre sus brazos, lo principal era sacarlo de ahí y salir del peligro en caso de que volviera a desplomarse la zona. Escaló por algunos peldaños de tierra que se formaron sujetando a Satoru con fuerza, pensó que quizá lo estaba lastimando pero la prioridad era ponerlo a salvo.
Una vez arriba lo dejó con cuidado en el suelo, tratando de evaluar la situación. Respiró agitado varias veces, hasta que logró controlarse.
—Pensé que nada podía tocarte, pero ya vimos que sí te pueden romper un pie —le dijo riendo un poco, más que nada para tratar de mitigar la situación.
—No siempre me da tiempo de activar mi ritual —se defendió, que aunque en esta ocasión había sido así más que nada lo dijo para que Suguru no se diera cuenta que todo este tiempo había dejado deliberadamente que lo tocara cuando peleaban o se molestaban entre sí.
Suguru no dijo nada más. Se quedaron viendo el uno al otro por unos momentos; era una situación muy extraña el que estuvieran tan tranquilos estando juntos que hasta les diera tiempo para contemplarse mutuamente.
—Qué bonitos ojos tienes —le quitó suavemente el cabello de la frente con una de sus manos, acariciando levemente uno de sus mechones blancos; en ningún momento dejó de mirarle.
Satoru hizo todo lo posible para disimular la sensación de nerviosismo que le invadió el cuerpo, una especie de escalofrío que le recorría por completo y que centraba toda su fuerza en su estómago. Por supuesto que Suguru no era la primera persona que lo halagaba con respecto a sus ojos, pero nunca antes le había importado tanto lo que otra persona pensara de su apariencia.
Se quedaron viendo directamente hasta que otra punzada de dolor le hizo entrecerrar los ojos.
—Ven, ya sé cómo vamos a salir de aquí —Geto invocó a su dragón arcoíris para que observara el territorio desde lo alto y pudiera guiarlos hasta el camino correcto, que en realidad saliendo de esa colina no estaban muy lejos de la escuela de hechicería.
Geto se acomodó para que Satoru subiera a su espalda.
—Vamos, haré lo posible para no lastimarte más.
—Pero, Geto… tan solo para llegar a la escuela son muchísimas escaleras, ¿seguro que puedes?
—Claro que puedo, no solo soy el más fuerte por las maldiciones que tengo —alardeó, pues aunque tenía una gran habilidad al momento de pelear tampoco era que fuera el más fuerte físicamente hablando. Satoru decidió confiar en él y se acomodó con ayuda del chico para que pudiera cargarlo—. Eso sí, no creas que te haré el favor sin pedirte nada a cambio —una sonrisa discreta se dibujó en su rostro, mientras un ansioso Satoru esperaba en escuchar qué le pediría a cambio—. Tendrás que llamarme por mi nombre de ahora en adelante como lo hiciste hace rato que saltaste sobre mí. Para ti quiero ser Suguru de ahora en adelante.
Satoru se sostuvo con fuerza de su cuello mientras Suguru elevaba sus piernas al ponerse de pie. El herido hundió su cara en el cuello del otro, sintiendo como un hasta ahora desconocido olor dulzón entraba por su nariz. Cerró los ojos para apreciar mejor ese aroma. No necesitó asentir ni nada, cumpliría su parte del trato.
