Capítulo 5: Cambio de paradigma.


Ya habían pasado varios días desde el accidente que había tenido Satoru. Para Shoko fue muy fácil curar una herida como esa, pero la chica no pasó por alto que a partir de ese día la forma en que convivían Gojo y Geto cambió. El chico de cabello negro seguía invitándolo a iniciar peleas y buscaba diferentes formas de provocarlo que definitivamente antes hubieran funcionado muy fácilmente, pero ahora parecía que Satoru simplemente no tenía ganas de pelear. A veces respondía solo con un gesto y otras simplemente lo ignoraba; eso era bastante raro para la dinámica que habían llevado desde que se conocieron.

—Oye tú —una agresiva Shoko llamó al chico de lentes cuando lo encontró acostado en el piso en medio del patio de la escuela.

—¿Ah? Qué quieres niña, me tapas el sol —fingió que la presencia de Shoko le molestaba, aunque no era así.

—¿Pero qué es lo que te pasa? —comenzó a indagar con el cigarro en la boca, luego se lo sacó y se sentó en cuclillas para estar más cerca del rostro de su amigo—. Has estado actuando extraño estos días, ¿te sientes mal? —preguntó al tiempo que le tocaba la frente para sentir su temperatura.

—Estoy bien —le quitó la mano del rostro inmediatamente.

—Pues no parece —la chica apagó su cigarro contra el piso y se quedó viendo a ese lugar mientras continuaba— no sé si lo sabes pero puedes contar conmigo para lo que sea, ¿ok? Y si está en mis manos te ayudaré —lo miró de reojo mientras fingía seguir apagando el cigarro contra el piso, le era imposible ver los ojos de Satoru con esos lentes oscuros pero quería creer que le estaba poniendo atención.

Hubo un minuto de silencio hasta que Gojo decidió tomarle la palabra.

—Yo… —comenzó a hablar con duda— creo que estoy sintiendo… cosas —soltó esa última palabra casi de manera inaudible por lo que su amiga no le entendió, pero antes de que Shoko pudiera pedirle que repitiera lo que había dicho una pelota cayó con fuerza encima de Satoru y las risas de sus compañeros inundaron el patio—. ¡Ah! ¡Idiota! Vas a pagar —Gojo tomó la pelota y se levantó rápidamente para unirse a sus compañeros más grandes que estaban por iniciar un partido amistoso.

Shoko suspiró y fue a sentarse en una banca cercana para observar el juego. ¿Qué habría querido decirle Satoru? ¿Y si sí se sentía mal? ¿Acaso él también se enfermaba? Torció la boca y pensó si debería esperarlo a que terminara de jugar, se preguntaba si para entonces aún querría contárselo.

Unos minutos después la chica observó como Geto se acercaba a la bolita de estudiantes que jugaban con el balón y lo que vio le preocupó un poco. Al entrar Suguru al juego casi al instante Satoru le pasó la pelota a alguien más y se despidió con la mano para después alejarse de ellos y retirarse de ahí, los demás siguieron jugando como si nada pero Shoko se sintió tremendamente molesta. Se levantó del asiento y se acercó a los chicos que estaban jugando.

—¡Suguru Geto, ven aquí ahora!

Suguru volteó sorprendido hacia donde estaba su amiga, en los meses que llevaba ahí nunca la había visto molesta así que quizá era algo grave.

—¿Ahora qué hice? —preguntó con voz inocente rascándose la parte de atrás de la cabeza. Se acercó a ella sin entender qué pasaba.

—Eso es precisamente lo que quiero saber, ¿qué demonios le hiciste a Satoru?


Comenzaba a anochecer cuando Megumi se dio cuenta que no sabía dónde estaba. Al salir de la casa de Gojo corrió lo más rápido que pudo, sin ningún rumbo; cuando se cansó dejó de correr pero en ningún momento dejó de moverse, siguió caminando sin poner atención por qué calles estaba pasando. Por su cabeza solo pasaba la idea de que no quería ser abandonado de nuevo, ¿su papá también lo había abandonado por considerarlo débil? Quizá un estorbo, quizá algo que solo estaba complicando su vida… Sus ojos volvieron a ponerse llorosos, no quería que Gojo pensara esas cosas de él también.

Cuando empezó a desconocer todo a su alrededor se detuvo. Al instante recordó una de las primeras lecciones que Satoru le había dado: Conocer el área donde estaba para no estar en desventaja. Estaba acostumbrado a cuidar de sí mismo desde que había sido abandonado así que la situación no es que le asustara, pero su naturaleza le dictó que debía estar a la defensiva.

—Hey… hey, niño —una vocecita de mujer le llamaba en voz baja. Buscó su procedencia con la mirada y al encontrar que venía de unos arbustos desde los que parecía haber alguien detrás colocó sus manos en posición para invocar a sus perros divinos de ser necesario.

Escuchó como los arbustos se movían y la cabecita de una niña salió de ellos.

—Oye, tranquilo, solo queríamos saber si estabas solo —una niña más o menos de la edad de Megumi salió de atrás del arbusto. El niño se puso aún más a la defensiva, listo para atacar a la más mínima provocación.

Otra niña de cabello más oscuro salió detrás de la primera.

—Vamos, Nanako, te dije que podía ser peligroso —jaló a su hermana de la blusa pero la otra niña no se asustaba tan fácilmente.

—¿Quiénes son y qué quieren de mí? —Fushiguro en ningún momento bajó la guardia, se daba cuenta que esas niñas sabían usar la hechicería igual que él.

—Sabemos que eres como nosotras —habló Nanako—, te observamos desde que entraste en esta zona y nos pareció que estabas perdido.

Megumi pensó que quizá no eran un peligro, pero al estar solo no quiso confiarse.

—Si necesitas ayuda o estás escapando de alguien nuestro señor Geto puede ayudarte —habló la otra niña— él siempre busca ayudar a los hechiceros como nosotros, él puede ayudarte si necesitas…

El niño la interrumpió, no sabía de quién hablaban ni le importaba.

—No estoy perdido ni necesito ayuda, así que piérdanse de mi vista —habló de manera agresiva, de manera repentina le asustó la idea de estar solo en una zona donde había otros hechiceros desconocidos; las niñas no se veían peligrosas pero había algo en su insistencia que le puso nervioso.

—Oye no le hables así a Mimiko —la niña del cabello claro parecía más dispuesta a alterarse.

De repente Megumi sintió una presencia muy fuerte, un hombre se acercaba desde la oscuridad, a espaldas de las niñas y supo que era poderoso. Levantó la mirada y lo vio acercarse, tenía el cabello negro, largo, y vestía una túnica. El hombre se acercó a Nanako y le puso una mano en el hombro.

—Tranquila, no pasa nada —volteó a ver a Megumi y le sonrió. Suguru Geto se encontraba ahí, pero Fushiguro no sabía quién era él.


Satoru ya se encontraba en su habitación acostado en la cama, ni se molestó en quitarse el uniforme, tan solo se quitó los zapatos y los lentes, llevaba su camisa blanca arremangada como le gustaba usarla cuando no iba con el uniforme formal.

Miraba al techo sin poder dejar de pensar en lo que le había dicho hacía un rato a Shoko: Estaba sintiendo cosas, pero ¿qué cosas? Todo lo que estaba experimentando era nuevo para él, nunca había sentido nada así por nadie y ni siquiera estaba seguro de cómo llamarlo; solo sabía que esas sensaciones lo mantenían como en la nube pensando constantemente en Geto. Quizá por eso estaba evitando interactuar con él, le parecía muy extraño todo esto y no quería que esas sensaciones raras aumentaran de intensidad al tenerlo cerca… ¿o sí quería?

De repente alguien tocó la puerta de su habitación.

—¿Puedo pasar?

Antes siquiera de que Gojo preguntara quién era escuchó la voz de Suguru. Lo pensó por un momento. Se había ido del partido de hace un rato precisamente para no estar con él, pero ¿tenía algún sentido? En cualquier momento el profesor Yaga los mandaría a una misión juntos y ya no podría evitarlo más.

—Pasa —indicó con la voz un tanto apagada.

Suguru abrió la puerta despacio, ya venía algo predispuesto por lo que le había dicho Shoko, así que llegó sin ninguna intención de molestar o de bromear. Por supuesto que él también había notado el cambio de actitud en el chico de ojos azules durante los últimos días, pero en ningún momento creyó que fuera por algo que tuviera que ver con él. Además tampoco estaba seguro de cómo tratar con la situación, por eso había optado por fingir que no se daba cuenta.

—Shoko me dijo que quizá te sentías mal, así que quise venir a ver cómo estabas o si necesitabas algo… —aunque eso no era del todo cierto, pues su amiga le había dicho que fuera inmediatamente a arreglar cualquier cosa que le hubiera hecho a Satoru. Y ahí estaba él, sin saber qué era exactamente lo que debía hacer.

"Así que solo viniste porque Shoko te dijo que lo hicieras" pensó Gojo, pero no lo dijo. No tenía ningún derecho para hacer ese tipo de reclamos, apenas y se estaban haciendo amigos.

—Ya se lo dije a ella, no tengo nada —contestó con una voz de evidente molestia; en ningún momento volteó a ver a su compañero.

—Bueno, si no quieres decirme está bien, no puedo obligarte a que me tengas confianza —dijo mientras se acercaba a la cama del chico y como vio que aún así no lo volteaba a ver decidió sentarse en el suelo junto a la cama; recargó su espalda contra el mueble donde yacía su amigo y se quedó viendo a la puerta por donde había entrado.

Satoru lo miró de reojo. ¿Qué se supone que hacía? ¿Pensaba quedarse ahí sentado dándole la espalda sin decir nada?

Suguru por su lado estaba pensando. No recordaba haberle hecho nada al otro más allá de las peleas infantiles de siempre, ¿acaso se había sobrepasado en algo? Hizo memoria y captó que todo se dio después del día en que Satoru se rompió la pierna… Era extraño, incluso pensaba que esa situación iba a mejorar su relación pero ya no entendía nada; la verdad era que estaba extrañando la atención que Satoru le ponía cada día al rivalizar con él por todo… Pensó que quizá simplemente ya se había aburrido de él.

Mientras Suguru se ensimismaba en sus pensamientos Gojo no dejaba de verlo. Observaba detalladamente su cuello que dejaba al descubierto al traer su cabello recogido; casi podía jurar que desde ahí podía olerlo, ese olor que ya no había vuelto a sentir pero que su memoria no podía olvidar. Se apoyó en uno de sus codos para elevar su cuerpo un poco, su movimiento fue tan ligero que el otro no lo notó. Satoru no podía dejar de mirar ese cuello y casi inconscientemente comenzó a acercar su rostro a esa zona. Quería apreciar de nuevo ese olor, necesitaba olerlo.

Pero antes de que su nariz se acercara lo suficiente el chico de cabello negro volteó torciendo su tórax hacia ese lado, por lo que sus rostros quedaron casi pegados. Ambos se miraron con algo de sorpresa pero enseguida sus ojos se relajaron y se quedaron perdidos cada uno en la mirada del otro. La mente de Geto solo pensaba en lo hermoso que era Satoru y en cómo sus ojos tenían tal profundidad que podía y quería perderse en ellos para siempre.

—Suguru… —le llamó suavemente por su nombre, justo como le había pedido que lo hiciera.

Estaban tan cerca que sus respiraciones se tocaban y Geto pudo notar el momento exacto en que Satoru bajó la mirada hacia sus labios por lo que él hizo lo mismo y se acercó dejando apenas unos milímetros de distancia entre ellos. Deseaba besarlo, desde el día que lo conoció deseaba sentir sus labios, su boca, porque era evidente que a Suguru le gustaba desde el principio, pero no quería ser él quien diera ese paso.

Satoru por su parte tenía el corazón latiendo a mil por hora. Nunca había besado a nadie y quería que Geto terminara ya de unir sus labios con los suyos pero no se acercaba más. Los labios de Gojo temblaban un poco de lo nervioso que estaba y no se atrevió. Rompió el encanto de la escena haciéndose hacia atrás para volver a acostarse, pero esta vez se volteó contra la pared para que el otro no lo viera; estaba completamente sonrojado y sentía que el corazón se le iba a salir.

Suguru no supo bien cómo interpretar la situación, por un instante casi juró que la atracción era mutua pero quizá se había equivocado.

Se levantó dispuesto a irse aceptando su derrota, pues al final no había arreglado nada de lo que se suponía que iba a hacer.

—Perdón por las molestias, ya me voy —se esperó un par de segundos a ver si Satoru volteaba o le decía algo, mas no lo hizo. Empezó a caminar hacia la puerta para marcharse, pero se detuvo y se regresó. Se subió a la cama y en un solo movimiento volteó a Satoru y se puso arriba de él, lo tomó del rostro con ambas manos y se agachó para plantarle un beso en la boca. Prefería arrepentirse después por haberlo hecho que arrepentirse para siempre de no haberlo besado nunca.