(24 años antes)

La estación de King 's Cross estaba llena a rebosar. Era un lunes por la mañana, del 11 de septiembre y al tráfico ordinario de trabajadores, se añadía el de los estudiantes que, hasta un día antes habían estado disfrutando de unas largas vacaciones de verano. Los turistas, sorprendidos de aquel movimiento, se habían quedado atrapados en medio de aquel movimiento, en el calor de Londres. Pero no eran los únicos. Un grupo de gente vestida con túnicas largas y arrastrando largos y pesados baúles se paseaba también por la estación.

— Andén nueve y tres cuartos. ¡Por aquí!

La mujer que hablaba era alta y delgada. Tenía el largo pelo oscuro recogido en un moño apretado en el cogote y llevaba un bolso de un llamativo verde y escamas. Junto a ella caminaba un adolescente alto que, aunque se le parecía mucho, tenía el pelo de un color rubísimo, y una niña más pequeña, de unos once años. La pequeña miraba a su alrededor con avidez, tratando de absorber las escenas que veía a su alrededor.

— Lisa, ¡atenta!, no queremos llegar tarde — la niña asintió obedientemente y apresuró el paso. Unos pasos por delante del grupo, un hombre de larga melena rubia, parecía empujar él solo un carrito con dos grandes baúles. No obstante, para el observador atento, el hombre no tocaba el carrito, sino que aquel parecía conducirse solo.

La familia llegó ante la columna que separaba los andenes nueve y diez y se acercaron rápidamente a la pared, desapareciendo tras ella… para emerger, a continuación, en una estación distinta, llena de humo y de familias que, como ellos acompañaban a sus hijos al expreso que conducía a Hogwarts, la famosa escuela de Magia y Hechicería.

— ¡Cuídate mucho y escríbeme cada semana! — la madre de Lisa tenía los ojos llorosos, pero no hizo ademán de besar a su hija ni le dio un abrazo.

La niña asintió, tenía una bola del tamaño de un huevo en la garganta y le costaba tragar. Su hermano ya había subido al tren y había desaparecido.

— Sobre todo, tienes que ir a Slytherin. Recuerda que el honor de la familia está en juego. En mi casa no aceptaré a nadie que esté en otra Casa.

Lisa asintió. Su padre era un hombre severo y la voz con que decía aquello tenía un dejo de seriedad. Tampoco se abrazaron y Lisa, tras forzar una ligera sonrisa, se subió al tren.

Con un fuerte pitido, el expreso anunció su marcha y se puso poco a poco en movimiento, abandonando la abarrotada estación de King's Cross.

El pasillo estaba lleno de estudiantes. Siguiendo la recomendación de su hermano, Lisa se metió en el primer compartimento que encontró. Dentro, una niña pelirroja de grandes ojos verdes estaba sentada con un niño de pelo largo y negro.

— ¿Puedo sentarme aquí? — la niña pelirroja asintió y quitó el abrigo que había dejado en el asiento de enfrente.

— ¿Eres de primero?

Lisa asintió:

— Me llamo Lisa Malfoy. ¿Vosotros?

— Yo soy Lily Evans. Él es Severus Snape, también está en primero.

El chico de pelo negro apenas levantó la mirada.

— Encantada — respondió ella.

De repente, no tenía nada más que decir. El nudo que había sentido antes se le había atravesado en la garganta y tenía ganas de llorar. Miró por la ventana. Lentamente, el tren iba dejando atrás la ciudad: los edificios eran ahora grises y feos, tal vez de los suburbios, aunque Lisa no lo podría asegurar, porque jamás se había acercado allí.

Se quedó un rato en silencio, hasta que Lily lo rompió:

— ¿Cómo creéis que será la selección de las casas?

El chico llamado Severus intervino rápidamente:

— No estoy seguro, pero lo que está claro es que la casa que te toque será tu familia para los siguientes siete años.

— Dime otra vez los nombres de las casas, Sev.

– Bueno, está Hufflepuff, que es la casa de los buenos sin más. En Ravenclaw se supone que van los inteligentes. Los valientes — al decir esto, el chico había usado las manos a modo de comillas— acaban en Gryffindor y, en Slytherin los astutos. Yo espero que me pongan en Slytherin…

La puerta del compartimiento se abrió repentinamente y dos muchachos con las túnicas puestas se plantaron en la entrada. Las últimas palabras de Severus se habían quedado en el aire, pero uno de los chicos, de gafas redondas y pelo negro alborotado, dijo:

— ¡Pues yo espero que me pongan en Gryffindor! — se sentó al lado de Lisa e hizo señas para el otro chico, más bajito que él, que entrara también.

— ¿Prefieres los músculos al cerebro? — masculló Severus.

El chico de gafas no pareció haberlo escuchado porque siguió hablando:

— Toda mi familia ha ido a Gryffindor. Creo que si me tocase en otra casa me moriría. Por cierto, me llamo James y él —señaló al niño más bajo que llevaba el pelo ligeramente largo— es Sirius Black. Nos acabamos de conocer ahora.

Lily, Severus y Lisa también se presentaron.

— Pues yo no sé en qué casa quiero estar —dijo Lily —, pero Sev tiene clarísimo que quiere ir a Slytherin. ¿Vosotros?

— Toda mi familia ha estado en Slytherin — Sirius Black tenía la voz cansada, como si estuviese aburrido de recitar una lección. — Pero tal vez soy el primero que se cambia de casa. No me importaría nada.

Lisa le miró sorprendida. Recordaba todavía el comentario de su padre.

— Pues yo creo que mis padres no me dejarían volver si no me toca en Slytherin.

Los otros la miraron con extrañeza.

— Bueno… si te sirve de consuelo, los míos ni siquiera saben qué son las casas de Hogwarts — dijo Lily.

Lisa quiso decir algo, pero como a los otros les había parecido normal aquel comentario, se mordió los labios. De todos modos, seguramente tampoco hubiese sido de buena educación.

La puerta de el compartimiento se abrió nuevamente y una señora regordeta, empujando el carrito les preguntó si querían comer algo. De inmediato, James y Sirius hurgaron en sus bolsillos en busca de dinero. Severus negó con la cabeza y Lily le imitó. A Lisa le habían enseñado que picar entre horas no era propio de una señorita, pero le dió vergüenza que pensaran que era pobre, así que compró un poco de todo, para compartir con los demás. Al final, juntando lo de Sirius, James y lo suyo les dio para darse un buen festín.

Mientras disfrutaban de aquello, James no paraba de explicarles lo maravilloso que era montando a escoba. Sirius se reía de él. Aunque Severus no hablaba, su cara ponía de manifiesto que se estaba hartando del muchacho de gafas. Lily, en cambio, hacía muchas preguntas.

— ¿Tú también sabes montar? — le preguntó.

Lisa negó con la cabeza mientras masticaba con cuidado una rana de chocolate. Cuando la terminó se explicó:

— No está bien visto que las mujeres vuelen, ¿sabes? Las hace parecer ordinarias — al ver que todos la miraban, añadió: — Bueno, mi madre siempre dice eso. Así que nunca me han dejado volar.

— Es una estupidez — terció Sirius, hablando con la boca llena.

A Lisa le dieron ganas de darle un empujón.

— Pues yo pienso aprender — dijo Lily, con voz soñadora.— Siempre he querido volar.

Debían llevar varias horas de viaje porque fuera ya empezaba a oscurecer. En el pasillo del tren, algunos estudiantes se reían con fuerza. A Lisa todos le parecían mayores. Estaba un poco asustada y volvía a sentir el incómodo nudo en la garganta. Cuando nuevamente se abrió la puerta del compartimento, no pudo sino sonreír con ganas.

— Eh, Lisa, ¿cómo vas?

Su hermano Lucius, dos años mayor que ella, ya llevaba la túnica de Hogwarts puesta. Se había peinado con cuidado el pelo rubio e iba acompañado de dos amigos suyos: Rodolphus Lestrange y Theodore Nott. Lisa los había conocido aquel verano.

Pareció reparar en los otros pasajeros del compartimento.

— ¿Son también de primero? — Lisa asintió. — Soy Lucius, su hermano mayor.

Entonces Nott asomó la cabeza y dijo, señalando al chico bajito:

— Yo a ti te conozco. Eres Black, ¿no?

Sirius asintió con seriedad.

— Sí, eres el sobrino de los Rosier, ¿verdad?

— Druella Rosier es mi tía.

Lucius, Nott y Theodore miraron a Sirius con admiración. El niño siguió masticando su rana de chocolate con indiferencia.

— Deberíais cambiaros ya — añadió Lucius — no tardaremos en llegar. Y Lisa, nos vemos en Slytherin.