Capítulo 10
El sonido de la campana que daba por terminada las clases fue como música para mis oídos. No veía la hora de salir de allí. Guardé mis cosas intentando parecer calmada, pero en realidad quería salir volando de allí.
—¡Qué lata! Siempre nos cargan a deberes los lunes —suspiró el pelirrojo a mis espaldas—. Ni siquiera han tenido compasión con Haku, su primer día y ya está embarrado.
—No uses a los demás como excusa cuando en realidad eres tú el que no quiere hacer nada y prefiere jugar videojuegos toda la tarde.
—Nara, a veces, me sacas de quicio, ¿lo sabías?
—¡Vaya, coincidimos en algo! —los miré por un momento antes de cargar mi bolsa.
—Nara, ¿nos vamos? Tenemos que ir a imprimir las fichas de lengua antes de que nos cierren —la apremié, dándole una mirada significativa. Asintió y me siguió, no antes de sacarle la lengua a Daichi, gesto que imitó con cierta diversión. Solté un escueto "hasta mañana" a nadie en particular antes de salir definitivamente del lugar.
—Buena tapadera para deshacerte de ellos. Daichi puede ser un dolor de cabeza a veces.
—No es una tapadera, tenemos que ir igualmente.
—Bueno, pero después vamos a tomar algo. Ver a Hiro me dará la paz que necesito —canturreó. El cielo estaba teñido de un naranja brillante, con nubes en un tono añil pasando despacio impulsadas por la brisa de la tarde—. Además, te servirá para despejar tu mente —hice una mueca.
«Dudo que un batido me haga mantenerme alejada de mis pensamientos, especialmente hoy».
—Chihiro.
Mis pies se detuvieron al instante, frenando en seco. Cerré los ojos por un momento.
«Vaya suerte la mía...»
Me giré despacio para ver a Haku de pie detrás de nosotras. Aún se me hacía raro verlo vestido con el uniforme de mi instituto.
—¿Tienes un momento?
—Ahora estoy un poco ocupada —solté, escueta. Pude sentir la incomodidad de Nara a mi lado, la pobre no sabía dónde meterse.
—No te robaré mucho tiempo —sus ojos resplandecían a la luz con ese color verde tan vivo—. Por favor —quise negarme, pero al oírlo sentí una súplica maquillada, como si de verdad quisiera hablar conmigo de algo importante.
Entonces, me paré a pensar que estaba en un mundo en el cual no conocía a nadie, excepto a mí. No conocía las costumbres, las reglas... Puede que se sintiera tan perdido como yo lo estaba en el mundo de los espíritus.
Sentí la culpa aflorar en mi interior, haciendo que suavizara un poco mi semblante y reconsiderara las cosas, aunque fuera solo por un momento. Me volví hacia mi amiga, la cual aún seguía ahí plantada.
—Creo que vamos a tener que dejar la salida para otro día —le dije con una mueca de disculpa.
—Descuida. ¿Estarás bien? —alzó una ceja, señalando con la cabeza sutilmente hacia el chico.
—Tranquila, mañana nos vemos —esbocé una sonrisa para hacerle saber que no pasaría nada. Con una última mirada hacia Haku, se despidió de mí y se alejó por la calle empedrada hacia la tienda donde íbamos siempre para imprimir las tareas. Algo me decía que pasaría por la cafetería igualmente, pensé con algo de diversión.
Pero poco me duró cuando me enfrenté cara a cara con el peliverde. Se había acercado más a mí, pero guardando una distancia prudencial entre ambos.
—¿Y bien? ¿Qué haces aquí? —había querido preguntarle eso desde el primer momento en el que lo vi al frente del salón.
—Quería hablar contigo.
—Dudo que hayas venido hasta el mundo humano solo porque quisieras hablar conmigo —señalé, dándole a entender que no me refería a ese instante en particular. Esperé pacientemente una respuesta, curiosa por lo que fuera a decir. Lo vi dudar, como si estuviese teniendo un conflicto interno consigo mismo. Nunca lo había visto tan nervioso. En otras circunstancias me habría parecido hasta tierno.
—La última vez que estuviste en la casa de baños, nuestra conversación no terminó muy bien.
—No, desde luego. Pero pensaba que ese tema ya había quedado zanjado. Me dejaste muy claro que no me querías allí.
—Nunca dije eso —me miró con expresión seria.
—Bueno, tus palabras parecían significar todo lo contrario —refuté.
—Me sorprendiste. No esperaba tu visita.
—Ya. También entendí muy bien que la promesa que me hiciste fue nada más que palabras vacías —no se lo dije despectivamente, sino con algo de decepción. Ya no me salía mostrarme enfadada—. ¿Sabes? Yo sí esperaba volvernos a ver. Para mí era importante —solté, mirando hacia otro lado. Un nudo se me formó en la garganta, haciendo que volviera a sentir esa sensación agobiante.
—Para mí también.
Sus palabras volvieron a traer mis ojos hacia él, dándome cuenta de que ahora estaba aún más cerca. Mi cabeza no llegaba más allá de su pecho en altura, haciendo que tuviese que echar la cabeza hacia atrás ligeramente para verlo mejor. Me miró con intensidad, no con la frialdad que mostró en la sala de calderas, sino con aquella calidez con la que una vez me miró, hacía ya muchos años atrás.
Antes de que pudiera alejarme de él, sujetó mi muñeca con suavidad, evitando que fuera mucho más lejos. Mi respiración se descompasó, así como los latidos de mi corazón. Sentí una brisa refrescante agitar mi cabello, llevándolo lejos de mi rostro, haciendo que fuera imposible ocultar mis mejillas enrojecidas.
—Quiero disculparme contigo, Chihiro. Por como te traté —soltó con pena, transmitiéndome culpa.
—¿Por eso estás aquí? Porque te sientes culpable —la última frase la solté como una afirmación. ¿Qué otra cosa podía ser sino querer sentirse en paz consigo mismo? —Te perdono, ya estamos en paz. Puedes marcharte —intenté retirarme, pero su agarre era firme. No tenía intención de terminar esa conversación. Iba a ser más difícil de lo que pensaba.
—No quería que te vieras involucrada con Yubaba de nuevo, por mucho que haya mejorado su carácter, si se hubiera enterado de tu visita te habría hecho firmar el contrato. Ya sabes como funciona mi mundo —explicó. Le di un leve asentimiento, dándole a entender que le estaba escuchando, ya que tenía mi vista puesta en otro lado. Me daba la sensación de que si lo miraba a los ojos, mis barreras se iban a debilitar hasta caer del todo—. Sé que te sientes decepcionada, tienes derecho a estarlo.
No dije nada, me mantuve callada. Se acercó un poco más, haciendo que inconscientemente volteara a verlo.
—Estoy aquí porque quiero cumplir esa promesa —miró directamente a mis ojos.
—Me parece que llegas siete años tarde.
—Y no estoy orgulloso de ello —su expresión denotaba genuina culpa—. He venido porque quiero remediarlo —no le respondí a eso, pero tampoco aparté mi vista de él—. No me crees, ¿verdad? —me pareció advertir cierto tono frustrado, como si estuviese desesperado porque confiara en él.
—¿Por qué debería? —alcé la barbilla para enfrentarlo—. ¿Crees que apareciendo de la nada todo se va a solucionar? ¿Que con presentarte en mi colegio como un estudiante más todo estará bien?
—Sería pretencioso de mi parte esperar eso —soltó con su típico tono calmado—. Tan solo te pido una segunda oportunidad, Chihiro. De verdad quiero arreglar las cosas contigo —sentí como sus dedos acariciaron el dorso de mi mano, así como sentí el rubor acudir a mis mejillas al verlo mirarme con esos ojos que podían clavarse en el fondo de mi alma.
¿De verdad estaba allí por mí, sin ningún otro motivo que no fuera hacer las paces conmigo?
Tenía dudas, pero al ver la sinceridad que transmitía su mirada supe que no mentía. Porque era la misma con la que me aseguró que todo estaría bien, cuando me encontró asustada y escondida tras uno de los edificios del pueblo abandonado. Por aquel entonces, solo lo tenía a él.
Ahora él solo me tenía a mí.
Dejé escapar un suspiro, haciendo una mueca mientras miraba hacia el cielo que ya estaba empezando a tornarse de un anaranjado pálido. No se movió, seguía sosteniendo mi mano con suavidad, esperando mi respuesta. Me armé de valor para confrontarlo de nuevo.
—¿Tienes dónde quedarte? —mi repentina pregunta pareció descolocarlo un poco.
—Un anciano alquila una habitación en su casa a las afueras de la ciudad —supe enseguida de quién se trataba. El señor Ishikawa vivía solo desde hacía ya un tiempo. Pocos meses atrás iba buscando un inquilino para poder sacar beneficios y pagar las rentas que generaba su pequeña floristería.
—¿Tienes dinero?
—He ahorrado durante años, ese dinero será más que suficiente. Al ser estudiante, el señor no me hará pagar cuotas desmesuradas —explicó.
—Supongo que tienes los documentos que hacen falta —no dudaba que Haku era un chico listo, se las había apañado muy bien sin ayuda en un mundo del cual no conocía nada. Asintió, sabiendo a dónde quería llegar a parar con todas aquellas preguntas.
—En cuanto al instituto, ¿cómo has conseguido entrar?
—No fue difícil crear documentos que acreditan mi traslado como estudiante de intercambio. Según el director, me darán una beca o algo así, ya que no tengo familiares.
—Lo has tenido bien calculado todo —solté mis pensamientos en voz alta. En ese momento, me mostró una media sonrisa misteriosa.
—Un mes es mucho tiempo para pensar tranquilamente. Además —hizo una pausa—, he tenido algo de ayuda.
Fruncí el ceño, confundida por unos segundos. Lo miré, esperando que dijera algo más, pero sabía que no soltaría prenda cuando me miró de lado con los ojos ligeramente entornados. Decidí dejarlo estar por el momento, pero lo averiguaría.
—Bien —me alejé de él con suavidad al notar que aún seguíamos muy cerca. Su proximidad me ponía nerviosa y no me dejaba pensar con claridad. Esa vez no protestó y me dejó mi espacio—. Ya que lo tienes todo controlado, nos vemos mañana en la escuela, a la misma hora de hoy. Tengo que irme o mis padres se preocuparán por mi ausencia —me excusé, girando sobre mis talones para seguir la calle que llevaba hasta mi casa.
—¿Eso significa que me puedo quedar? —me detuve ante su pregunta, volviendo la cabeza para verlo aún de pie allí. Mi corazón dio un vuelco al ver una amplia sonrisa en su rostro, aquella que había echado tanto de menos.
—¿Quieres quedarte? —no lo dije como una acusación o para generar un enfrentamiento, sino porque de verdad esperaba que esa respuesta fuera afirmativa.
—Sí —no dudó en decir—. Mientras tú quieras que me quede.
«Claro que sí» —soltó mi subconsciente, pero no dejé que eso llegara a mis labios.
—Ya se irá viendo, con el tiempo —mi respuesta algo ambigua no pareció hacer que su ánimo decayera, sino que lo hizo sonreír aún más.
—Gracias —me sorprendió que dijera eso. Verlo tan relajado y contento... Me provocaba una sensación extraña en el estómago. Asentí con rapidez.
—Hasta mañana, entonces —volví a hacer camino, pero su voz sonó de nuevo, llamándome desde atrás, pero esta vez oí como se acercaba.
—Deja que te acompañe a casa —pidió.
—No hace falta, no está muy lejos de aquí. En cambio, la tuya está al otro lado del pueblo.
—Te acompaño y antes de que anochezca estaré allí —insistió.
—Haku, de verdad, no–
—Cuanto más insistas, más pronto se hará de noche, si tanto te preocupa que vuelva tarde —esbozó una sonrisa al ver mi expresión algo molesta.
—Está bien... Pero luego no digas que no te lo advertí —agarré mi maletín con fuerza y me adelanté por el camino a paso rápido. No tardó en alcanzarme, era igual o más rápido de lo que recordaba. Eso me hizo preguntarme algo. Algo importante.
—¿Sigues teniendo tus poderes? —lo miré por el rabillo del ojo, ahora ya caminando más lento.
—Sí, pero no puedo usarlos a mi antojo, este mundo puede verse afectado —asentí, impresionada. ¿Qué tanto poder tenía?—. Desde que me devolviste mi nombre, mis poderes y habilidades han mejorado considerablemente con entrenamiento —explicó, supongo que leyó mi expresión y dedujo mis dudas—. El agua y el viento son mis elementos.
—Y... ¿aún puedes transformarte en dragón?
—Puedo, pero no debo. Me parece que los humanos no están muy acostumbrados a cruzarse dragones por la calle —no pude evitar soltar una pequeña risa. Imaginé a todos los vecinos correr por las calles horrorizados al verlo en su forma de dragón plateado con crines verdes.
—Es agradable —lo miré desde abajo, sin entender lo que quería decir—, oírte reír —por milésima vez ese día, me subieron los colores a las mejillas. No estaba familiarizada con que me dijesen esas cosas y si venían de él, ya era otra historia. Miré hacia otro lado algo avergonzada, lo cual hizo que él también soltase una carcajada—. No eras tan tímida hace siete años.
—No eras tan chistoso hace siete años —contraataqué.
—No me lo podía permitir —pensé en cuando estaba al servicio de Yubaba, cuando no podía ser él mismo. Llegamos al frente de mi casa, aquella con la fachada azul cielo. Me paré en frente de él, sujetando el maletín con ambas manos—. No has cambiado, Chihiro.
—Me gustaría pensar que tú tampoco.
—Eso lo irás averiguando, con el tiempo —me sonrió.
—Eso espero.
Me mantuve ahí de pie por unos momentos, parada como un pasmarote sin saber muy bien por qué. Supongo que en algún momento me perdí en ese mar verde jade que tanto adoraba pintar. Salí de mi letargo cuando oí la voz de mi madre a lo lejos, amortiguada por las paredes de la casa.
—Entra, te están buscando.
—¿Puedes oír lo que dicen?
—Oídos sensibles de dragón —se encogió de hombros—. Venga, esperaré.
Algo dudosa, me dirigí hasta la valla de casa y la abrí. Cuando me giré seguía allí con las manos metidas en los bolsillos.
—Hasta mañana, Chihiro —alcé la mano para despedirme, incapaz de decir nada. Todo aquello me parecía un sueño. Temía despertar y que ya no estuviese allí. Finalmente, cerré la valla y entré en casa. Me asomé por las ventanas con sutileza, mirando si aún seguía ahí fuera. En un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido.
—¡Chihiro! ¿Qué horas son estas de venir? ¿Sabes la hora que es? —la voz enfadada de mi madre hizo que me apartara instantáneamente de la ventana.
—Perdón, se me ha ido el santo al cielo —pasé por su lado para dirigirme a la cocina. Como esperaba, la cena aún estaba por hacer. Reprimí un suspiro y me lavé las manos en el fregadero.
—Hay que ver... —refunfuñó, pero no le hice mucho caso. Mi padre salió del baño justo en ese momento, echándome el sermón también. No tardó mucho en desistir y preparar la mesa.
Durante la cena, yo estaba en otro sitio. En otra persona. Aún no podía creerme que lo que había ocurrido había sucedido de verdad.
Y así me sentiría hasta ver que al día siguiente seguía allí junto al pupitre de Daichi, mirando en mi dirección cuando me viera pasar por el umbral de la puerta.
