Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!


Capítulo 2: Vela blanca (3)

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Sin pensar en nada más que en el trueque que esperaba hacer por sus pieles, observó a la gente del pueblo ocuparse de sus asuntos desde debajo del ala de su sombrero, indiferente a sus vidas.

Con una mano en el muslo y la otra apoyada en el pomo de la silla, había mirado hacia la puerta de la iglesia, a los feligreses que salían a la luz de la mañana.

Su labio se había movido con silenciosa diversión ante los buenos cristianos que cantaban alabanzas a un Dios omnipresente sentados en ordenadas filas dentro de un edificio oscuro, en lugar de agradecerle su creación al aire libre en una hermosa mañana como aquella.

Con desprecio y el ceño fruncido, casi se había dado la vuelta cuando su rápida mirada se topó con algo blanco, que salía de la puerta de la iglesia como la vela de un barco en una brisa juguetona.

No había nada blanco en su mundo de la montaña.

Sólo existía el marrón del rico suelo y el verde exuberante del bosque. El destello blanco fue inesperado, fulgurante.

Miró atentamente la tela que ondeaba hasta que reveló unos pies calzados con botas.

Pesadas botas negras, bien atadas.

Oculto por las sombras bajo el ala de su sombrero, observó a una mujer de oscuro cabello trenzado que salía a la rara luz del sol de Forks, rodeada por un halo brillante de faldas blancas.

El contraste monocromático le atrajo y no pudo evitar seguir el movimiento de la falda con ojos curiosos, para ver a la mujer que combinaría la falda blanca y crujiente de una dama con las botas pesadas y sencillas de la funcionalidad.

Cuando la vio, todo lo demás se volvió como ceniza en el viento; insustancial.

—Tranquilo, viejo amigo. Tranquilo, Henry—murmuró al caballo, manteniéndolo firme con movimientos uniformes de la mano, con los ojos estudiando todos sus movimientos.

Con un brazo alrededor de la cintura de un anciano y la otra mano bajo su codo, salió lentamente de la pequeña iglesia, sosteniéndolo como si fuera algo precioso.

Sus brazos eran tan pálidos en contraste con el traje oscuro del hombre, la inclinación de su muñeca tan delicada en el puño de la manga, que él luchó contra un impulso inexplicable de ayudarla, de quitarle el peso de los brazos.

En lugar de eso, la observó subrepticiamente mientras salía lentamente de la iglesia, guiando y conduciendo al enfermo por los escalones de madera hasta la tierra del camino.

A diferencia de la mayoría de las mujeres en las que se había fijado, que no eran muchas, ella iba desprovista de adornos, salvo un chal de tejido que llevaba sobre los hombros.

La sencilla falda blanca se ceñía suavemente a sus estrechas caderas y quedaba perfectamente recogida bajo una chaquetita; el chal ocultaba su torso de la forma más modesta.

Era evidente que no era el tipo de mujer que llamaba la atención.

Esto se confirmó cuando se dio cuenta de que, a diferencia de la mayoría de las mujeres que salían de la iglesia, ella no llevaba una tonta cofia, y no había alfileres ni coloridos adornos que atrajeran las miradas hacia un intrincado peinado.

Todo lo que vio fue la trenza sin complicaciones ni pretensiones, espesa y oscura como una serpiente que se enroscaba en su espalda y desaparecía bajo el chal.

Pequeños mechones de cabello oscuro se habían escapado de la trenza y seguían la dirección de la brisa para azotar su rostro como bocanadas de humo.

Sólo la sencillez de aquel momento había hecho que su piel calentada por el sol se estremeciera con una felicidad inesperada e incomprensible.

No lo entendió, y siguió cabalgando más allá de la iglesia y hacia el pueblo, con su imagen grabada en el interior de su cráneo mucho después de que ella hubiera desaparecido de su vista.

Su falda se había removido y agitado a su alrededor, el ruido tan diferente de la quietud terrenal y la tranquilidad de su hogar en la montaña.

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Pasaron varios días antes de que admitiera que, efectivamente, era incapaz de dejar de pensar en ella, preguntándose qué clase de mujer era realmente para llevar aquellas botas de trabajo en lugar de los extravagantes artilugios de tacón preferidos por otras damas.

La contradicción no tiene ningún sentido, pensó mientras cortaba leña para el fuego.

Ella lo dejó confundido.

Le pareció que las botas funcionales pertenecían a una mujer práctica, hecha de una materia más dura que otras que había conocido.

Le gustaba la idea de una mujer tenaz.

Dios sabía que le gustaba mucho.

Dejó caer el hacha, se alejó de su casa y se adentró en el bosque tirándose con saña de la barba, necesitando deliberar un poco más.

La idea de una mujer tenaz hacía que su cuerpo curtido y endurecido se sintiera débil por el hambre y la necesidad.

Reprendiéndose a sí mismo, se preguntó si en realidad hacía demasiado tiempo que no tenía una mujer (como a menudo bromeaba Shĩ-Pa (4); descubrió que las putas pintadas de Port Ángeles lo repugnaban, mientras que la idea de tomar por esposa a una mujer fastidiosa y huidiza lo dejaba completamente frío.

Tanto, que cuando Shĩ-Pa sugirió una mujer de su propia tribu, había abandonado la tienda de su amigo quileute sin decir palabra, seguido de risas burlonas a su costa, la carcajada de Shĩ-Pa más sonora entre ellas.

Desde entonces, todos le llamaban El Frío, pero por suerte se había dejado de hablar de emparejarlo.

Pasaron meses antes de que aceptara otra invitación para sentarse a fumar con un contrito Shĩ-Pa frente a su hoguera.

Transcurrieron varias semanas antes de que cediera a su incansable fascinación y cabalgara de vuelta al pueblo, tras convencer a su amigo de que le permitiera llevarse algunas pieles de foca para venderlas en nombre de la tribu Quileute.

Tomó la misma ruta a la misma hora del día, pero no la vio, y después de descargar las pieles a John Banner, se sentó sombrío y apático en la silla de montar mientras Henry, como si percibiera el mal humor de su amo, caminaba lentamente hacia casa, ambos con la cabeza gacha.

El siguiente viaje, sin embargo, había sido un pequeño éxito, pues, aunque no la vio, podría haber averiguado su nombre sin saberlo.

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(3) En este caso, se refiere a la vela náutica, aquella superficie utilizada para propulsar una embarcación mediante la acción del viento sobre ella.

(4) Shĩ-Pa - pronunciado Shih-Pa- Quileute, significa 'Negro'. La autora ha utilizado esta palabra como nombre para ya sabes quién, aunque reconoce que no tiene forma de conocer los nombres tradicionales Quileute. No se pretende ofender a nadie.