Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!


Capítulo 3: La viuda negra

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Parecía ocupado mientras descargaba las pieles del lomo de Henry, pero no podría haber estado escuchando con más atención, aunque su vida dependiera de ello, cuando una tal señora Stanley empezó a cotorrear sobre la gente del pueblo.

—...El señor Swan, se está haciendo mayor. Qué maravilloso trabajo está haciendo Isabella al cuidar de él, renunciando a sus propias perspectivas, tal como eran...

De alguna manera, aunque las palabras de la Sra. Stanley eran conmiserativas, la inflexión en ellas era despectiva. Era obvio que la vieja vaca estaba diciendo realmente que Isabella no tenía perspectivas.

Isabella.

No tenía ni idea de quién podía ser ella para el anciano señor Swan. ¿Su esposa? ¿Su enfermera? ¿Tal vez su hija?

Aunque no había razón para albergar esperanzas de que la mujer de la falda blanca e Isabella fueran la misma, se sentía extrañamente eufórico por haber averiguado ese nombre, e incapaz de aceptar la odiosa eventualidad de que fuera la esposa del anciano.

Permaneció entre los productos secos de la tienda de John Banner mucho más tiempo del necesario, pero la señora Stanley ya había pasado a otros temas más lascivos, y no volvió a mencionar a Isabella.

Esta vez, al dejar atrás el pequeño poblado, se sintió esperanzado.

Y así continuó. Durante meses, había estado viniendo a Forks para ver a Isabella.

A veces vislumbraba su trenza, tierra contra blanco, cuando entraba en una tienda. Otras veces tenía la suerte de verla de cerca, de seguir cada uno de sus movimientos con sus ojos hambrientos, memorizando el ángulo de su barbilla resuelta, su nariz delicada y ligeramente pecosa, los elegantes dedos de sus manos blancas, con las uñas redondeadas y cortas.

No se cansaba de esos momentos.

La aspiraba, olvidándose a veces de fingir actividad y quedándose completamente quieto para observarla con toda la diligencia de un alumno aventajado que memoriza sus lecciones.

Sus viajes al pueblo eran cada vez más frecuentes, pero, de algún modo, su necesidad de ella no disminuía. Parecía que cuanto más conseguía, más deseaba.

Con cada movimiento de su trenza sobre su delgado hombro y cada leve levantamiento de sus brillantes faldas para mantenerlas alejadas de la suciedad, él caía más profundo y más fuerte, y se volvía más desesperado.

Conocía cada uno de sus gestos, podía reconocer su forma de sauce a kilómetros de distancia. Nunca se cansaba de catalogar sus complejidades y matices.

Como un avaro, los guardaba todos en la bóveda de su corazón, sólo para hundir sus manos una y otra vez en el cofre del tesoro y dejarlos caer entre sus dedos como monedas de oro.

Tropezó con el río y se tiró, riendo y llorando, deseándola tanto que le dolía respirar.

En la oscuridad de la noche, podía fingir que eran el uno para el otro, como amantes.

Y entonces, un día, todo cambió.

Lo supo con sólo echar un vistazo a su forma familiar y codiciada.

Porque ese día, ella vestía de negro.

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Anteriormente...

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Isabella era muy consciente de la opinión que el pueblo tenía de ella, y aunque le era indiferente cómo la percibían a ella misma, le dolía mucho saber que su padre podía verse afectado por las habladurías.

Esperaba que, después de tantos años, la gente dejara de roer su tragedia como el hueso viejo que era y la enterraran en silencio.

Hizo todo lo que estuvo en sus manos para evitar convertirse en pasto de habladurías y rumores, que en su caso consistió en no hacer nada en absoluto para llamar la atención, a diferencia de otras jóvenes.

No se daba cuenta de que eso sólo hacía llamar más la atención sobre ella.

Mientras que ellas llevaban vestidos de colores con diminutas cinturas encorsetadas e intrincados encajes sobre sus abultados pechos, como era la moda, ella vestía la ropa anticuada de su propia madre, con sus siluetas más esbeltas y columnares.

Isabella llevaba los vestidos de Renée Swan a pesar de sus frívolos y poco prácticos colores claros y sus cortes pasados de moda por recuerdo: era todo lo que tenía de su madre.

Donde otras jóvenes pasaban horas en su arreglo personal (incluso en el pequeño y viejo Forks), Isabella no pasaba nada de tiempo, prefería su cabello trenzado rápidamente y el agua limpia en la cara cada mañana, su tez sin manchas y pálida como resultado.

Donde las doncellas desfilaban despreocupadamente en parejas, esperando llamar la atención de un soltero adinerado, Isabella mantenía la modesta casa de su padre, realizando todas las tareas que antes hacía su propia madre.

Mientras aquellas vírgenes virtuosas acudían a la iglesia cada domingo, con un aspecto recatado y casadero (mientras sus madres acompañantes evitaban las miradas de admiración de los vigorosos hijos del pueblo), Isabella se sentaba rígidamente en los bancos, con los ojos bajos y las manos entrelazadas.

En resumen, donde antes era una curiosidad y una desgraciada digna de lástima, se estaba convirtiendo rápidamente en una mujer vieja, la solterona, la marginada del pueblo.

Donde intentaba desaparecer, se convertía en la que saltaba a la vista.

Mientras que una vez (de hecho, dos veces) había podido elegir a los jóvenes del pueblo, ahora estaba destinada a llevar la marca de paria y, aunque nunca se había casado, el mote de «la Viuda Negra».

Aunque a su padre le gustaba asistir a los sermones del pastor Newton, Isabella los consideraba la peor tortura, que sólo soportaba bajo la mayor coacción: la de anteponer la felicidad y la paz de su padre a la suya propia.

Asistía a los sermones semana tras semana como si estuviera sobre un lecho de clavos, tolerando la ridícula idea de que Dios existía y de que le importaba una higa su vida mortal.

Y así sucedió que, cierto domingo, se encontraba de nuevo en la pequeña y congestionada iglesia, con el brazo alrededor de la cintura de su padre mientras se dirigían a la puerta al final del sermón.

El pastor Newton esperaba, estrechando manos e intercambiando cumplidos con los feligreses.

Aunque Isabella quería irse rápido, el andar arrastrando los pies de su padre siempre los llevaba a la puerta de la iglesia después de que todos los demás se hubieran ido.

Tal era el caso este domingo, y ella lo temía, porque el pastor Newton era muy persistente.