Antes de comenzar quisiera agradecerle a mi amiga y Beta Reader Lumikki993 que me ha aguantado durante estos meses escribiendo este fanfic. A Oscar Wilde porque me leí de corrido "El Retrato de Dorian Gray" de corrido solo para saber como escribía este texto y por supuesto, ¡a quienes leen esto!

Nombre: Actúa para Mi

Pareja: Kazuma Asogi / Ryunosuke Naruhodo

Rating: M (Escenas subidas de tono, temaa de homosexualidad y homofobia de época)

Alerta: Spoilers, The Great Ace Attorney


Kazuma nunca le había hecho pedidos extravagantes a Yuujin Mikotoba en absoluto, ni siquiera en su inmenso orgullo a la hora de mantener su honor, autoproclamándose el último samurái de la casta Asogi, de quien juró con profundidad mantener su legado, promesa tal que no debía sacarse de la mente. Aunque destacara en su ámbito social como un ser con conocimiento variado y eminencia académica, el haber caído en cuestiones de lenguaje frente a un tercero le golpeó profundamente su ego, aunque peor destino es el caer en garras del sentimentalismo por el ser que dejó su ego mancillado, con sus labios amoratados y constantes mordeduras de lengua con solo repetir aquellos juegos de palabras que no entendía como su contraparte decía con aquella facilidad y emoción. Debía decírselo en algún momento, que aquella caída de su inmaculado orgullo había sido por su efervescente personalidad, su histrionismo y el rakugo.

No era un consumidor asiduo del arte rakugo, ni siquiera un conocedor del teatro en general, por mucho que se lo preguntaran, su primera vez en cercanía con aquel trance teatral de delirante existencia fue por aquella inocente pregunta de él, sí, de Ryunosuke Naruhodo, aquel hombre de marañas lingüísticas desafiantes y de timidez inexistente al increpar sobre sus conocimientos ante las artes escénicas de la tierra del sol naciente. Variando del habitual tema de la arquería, las artes marciales y partidas de shogi demostraban la capacidad de aquel artista polifacético de tener una pizca de lógica en aspectos generales.

— ¿Alguna vez has visto obras de teatro, Kazuma? — Aquel cuestionamiento de aquel hombre, lo había tomado en aquel principio como una extrañeza, más la mentira en el código de honor de Asogi nunca estaba en sus límites, negando con tranquilidad.

— Lamento no compartir aquel conocimiento contigo, Ryunosuke, ¿acaso tengo al frente mío un actor teatral? — Cuestionó Kazuma con aquella elocuencia característica, manteniendo una curiosidad genuina por reconocer las razones por las que su contraparte tenía tal talento lingüístico del que su persona carecía a la hora de cerrar discursos con tan grata grandilocuencia.

— ¡Ya desearía ser un actor!, si no hubiera sido un estudiante de tan prestigioso instituto y la lengua inglesa no fuera mi rama de estudio, sería en definitiva, actor, un rakugo, desgraciadamente los dioses no me bendijeron con la capacidad ni la musicalidad que un Kabuki o un artista Nō destacan en el escenario. — Exclamó Ryunosuke con un tono conciliador pero con un deje de ilusión. — Más solo queda un conocimiento y una visita constante a estos lugares.

Kazuma evidenciaba en su expresión, a pesar de que, en definitiva era imposible compartir tales gustos con su contraparte, tenía un interés genuino en reconocer y consumir otras fuentes y corrientes entre las artes, ¿quién lo diría?, un abogado con un orgullo inquebrantable y una sonrisa de suficiencia teniendo interés en temáticas que comparte alguien que en un principio, había sido un amigo más en un contexto inesperado. Más sorprendente aún aquella respuesta de labios del hombre que le sugería tal como un reto que actuara para él.

— ¿No me deleitarás, tú, con aquello que tanto sabes, Ryunosuke?

Ryunosuke había admitido derrota un tiempo atrás para mostrar sus dotes teatrales a otros amigos que consideraba cercanos; la ignorancia y la falta de interés ante el tema eran el talón de Aquiles ante todo, y que al menos alguien quisiera verle actuar, era satisfactorio, aunque en definitiva era un simple amateur con gracia y capacidad para expresar ideas (a veces de maneras exageradas) todas las ideas que le cruzaban por su mente, incluyendo en la educación en general. Incluso sentía curiosidad y sus deseos de cuestionar lo que quería demostrarle a él eran evidentes, aunque en ningún momento lo hizo, todo era de ensueño, ¿le estaba pidiendo en verdad una actuación?

Su sonrisa era incluso bobalicona, ¿que aquel hombre que le llamaba con tal devoción su mejor amigo le permitiera actuar frente a él?, se repetía internamente las preguntas, la incredulidad es mayor que su felicidad.

Sabía bien que Kazuma le gustaba llenar de conocimientos varios su mente, incluso en el tema de las artes, pero ¿le había pedido un ejemplo?, ¡pocos de verdad lo hacían en su primer contacto con el teatro y escucharlo hablar sobre eso!

— Admito no ser un erudito absoluto si eso es lo que se estima, pero si esta vez el público tiene ese deseo, ¿quién soy yo para negarme? — Ryunosuke asintió, tomando una posición arrodillada e imitando con sus manos el movimiento de un abanico.

Esta vez con aquel imprevisto divirtiose haciendo una historia que para su mente era fácil, la historia de un hombre quien en su encuentro con un Shinigami, sabio ser que quería conducirlo a la muerte, inventando cada excusa y cada motivo para evadirla cada día.

El acto en sí no duró más de media hora, las palabras fueron medidas, las voces del estudiante de lengua inglesa eran increíblemente creíbles para el gusto de estudiante de derecho, quien perdía su mirada a las expresiones exageradas de su contraparte, aquellas manos que debían sostener artilugios y su ropaje escolar, que no hacía justicia al acto que veía, el despliegue dialéctico del otro en definitiva estaba siendo la perdición y la eficaz caída de su orgullo impoluto, ¿cómo podía describir a Ryunosuke Naruhodo, si no era como un bufón de culto lenguaje?

Finalizada la intervención, levantose aplaudiendo el talento del hombre, que no hacía más que aquella sonrisa inocente que entremezclada con aquella pose nerviosa de sus manos detrás de su cabeza lo hacían ver como si él no hubiera hecho nada del otro mundo más que mostrar algo que se le había pedido con anterioridad, una actuación.

Curiosamente no sería la primera vez que le pediría con fervor, tal y como esa primera vez, que actuara de nuevo, que expresara su arte frente a su mirada atenta, su risa socarrona y su mirada orgullosa que gustaba cada una de las desopilantes historias que aquel hombre le había contado alguna vez en tal lugar.

Tal vez esa era la principal razón por la que en su cabeza, repiqueteaba aquella idea de un orgulloso plan de invitarlo a su próximo viaje local a las afueras de Kioto en aras del disfrute, ¿pero cómo hacerlo si sus palabras podían carecer de tacto con tan noble artista? Su idea ahora mismo era exagerada, pero si el rakugo los unió, que sea esta la razón por la que caiga en su lecho. Pero primero debía ser seguro y precavido. Incapaz era el hombre de defraudar en su honrosa actitud samurái al pedirle a quien ha considerado una figura de autoridad y respeto, aquella bendición que sus dioses le pedían.

Muy a su pesar, no esperaba (y menos a estas alturas de la vida) pedirle a quien sería su padre adoptivo y figura de autoridad algo que podía ser, inicialmente, algo descabellado y más aún para ser solicitado de una manera privada cual reunión se tratase, sin la presencia de Susato, encantadora dama que protegería incluso si su vida le costara. Esto era sin más ni menos que una reunión que a Yuujin le sorprendió, a sabiendas de que Kazuma era quien menos favores le había pedido en su vida. Y todas las veces que lo había hecho su cabeza era agachada, como si de su señor feudal tratase, exageración misma para Mikotoba quien a pesar de que le pidiera amablemente que no lo hiciera, la moral de la casta Asogi no dejaba de ser más firme que su persuasión.

— Disculpará usted, padre Mikotoba por llamarle así y solicitar su apoyo y más tratándose de esta forma. En mi corta vida nunca le he hecho pedidos que rozan la extravagancia, más, sépame disculpar si esta solicitud lo hace. — Comentó con una voz increíblemente trémula, para nada apropiada para el hijo de samuráis que era.

— Quisiera ver a un artista rakugo, en acción, en frente mío e invitarlo a una velada en este mismo sitio, si se me permitiera. — Kazuma acertó a decir al mayor.

— Rakugo, ¿eh?, no conozco muchos actores de por aquí, pero si eso puede hacerte feliz, Kazuma la verdad yo…— Respondía Mikotoba con aquella jovialidad característica, interrumpido de inmediato por su hijo adoptivo.

— Mis deseos no se limitan a cualquier actor… Mi deseo es que él venga aquí y actúe para mí, al menos una noche, que duerma en nuestro techo, que el calor del fuego cobije su monólogo y que su arte me acompañe en mi próximo viaje. — Acertó a comentar al mayor. —

Ryunosuke Naruhodo. Ese es su nombre. Ojalá mi deseo profundo de que él sea aquel actor se cumpla. — Hizo una venia con elegante ademán, sosteniendo a Karuma como si fuera a caerse frente a tal acto de respeto mismo.

Aquel comentario grandilocuente hizo que el mayor soltara una carcajada, se había acostumbrado a aquellos comentarios de alto valor prosódico, más la indirecta de querer invitar a un amigo a su casa se le era permitida sin problema alguno aunque se lo pidiera de la manera más elegante que se le pudiera ocurrir. Acertó a reconocer aquel nombre como uno de sus tantos alumnos, más no cuestionó en absoluto que aquel nombre fuera una cara conocida entre sus educandos y menos aún se lo reprocharía en público; agradecido era que su hijo adoptivo lograra ablandar su orgullosa alma y confesar lo que consideraba uno de sus más profundos deseos, aunque el menor lo considerara burdo o banal o incluso, una extravagancia imposible. Colocó su mano en la cabeza del muchacho, pidiendo con este acto que levantara su rostro y se erigiera, mirándole a los ojos, dándole el visto bueno y la confianza que requería para invitarle a casa a su supuesto rakugo.

— No voy a negarte aquel deseo, Kazuma. Ese actor de quien hablas puede venir aquí y podrá acompañarte el tiempo que requieras. Nunca te negaré algo que te haga tan feliz como eso y si eso es lo que dará felicidad a tu alma, que así se cumpla. —

Sonrió aquel hombre bonachón y sensible para alegría de Kazuma, quien en su siempre firme protocolo, se retiraría con una reverencia y un agradecimiento a quien le debía mucho de lo que era, por mucho que no fuera su padre biológico, gran hombre de la casta Asogi, debía su confianza y el inmenso respeto que le mostraba sin falta alguna, hasta para favores tan mundanos como esos. Aquel primer paso era el que liberaba uno de los mayores pesos de su alma, más, ¿cómo podría invitarlo a él a casa sin que sonara tan vulgar y mundano como una visita de estudios y entretenimiento?

Entró a su habitación, arrodillándose frente a su mesa de estudio en sepulcral silencio, sus manos volvían a fascículos enteros de filosofía, sus deberes en aquella materia legal habían sido hechos horas atrás, bajo la curiosa mirada de Susato, aquella mujer con quien debatía sobre las leyes japonesas como si fuera un tema abierto, como si no tuvieran que guardar secretos, como si el hecho de la feminidad de la dulce niña de la casa Mikotoba no fuera un limitante para albergar tan extenso conocimiento sobre los temas de hablaban, como si de su hermana biológica tratase. Ahora mismo Kazuma no era el gran abogado defensor de orgullosos ademanes, y de destacado nivel que enorgullecía a una casta completa, ahora era simplemente Kazuma Asogi, hijo de Genshin Asogi, heredero y fiel servidor de la casa Mikotoba.

Aquel estudio de un arte muerto era irónico, en los tiempos que corrían, no podía pretender ser algo que ya no existía en su actualidad, pero ahí estaba, manteniendo la firmeza de su herencia con vida, bajo la tenue luz de la lámpara de aceite que su mesa resaltaba. Se desconcentraba cada tanto (algo impropio de él) solo por sentir el arrepentimiento de querer invitar a Ryunosuke a su casa, ¿por qué lo hacía?, ¿en serio aquello era por cuestiones netamente artísticas? ¿sentía algo más por él?, aquello era lo que más le atemorizaba, que el rechazo le golpeara más que su ego caído, pero ya no podía echarse atrás. Era inútil desistir de la idea, fiel era ante los principios inculcados, entre ellos el tener una sinceridad absoluta. Aquella frase entre sus principios repicaba en su mente: "cuando un samurái dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. Nada en esta tierra lo detendrá en la realización de lo que ha dicho que hará".

Nada en la tierra, nada en su corta estancia en el mundo terrenal podía detenerlo, y menos al ser de promesas firmes y palabras juradas; era una regla no escrita, si dices algo, lo haces y si padre Mikotoba, con aquella actitud apacible aceptaba sus propuestas, eran por obvias razones de realización, pero ¿por qué tenía que titubear y hesitar cuando podía ser fuerte y claro frente a lo que decía o hacía en su vida cotidiana?

En definitiva, aquel hombre de cabellos castaños nunca se había entregado con tal profundidad a los sentimientos o a albergar un ápice de sensibilidad o sentimientos más allá de la mera cordialidad por alguien y menos aún, por un ser de su mismo género.

Claro, nunca se niega abiertamente a la expresión sensible, a no callar la emoción que podía acogerle el ver al contrario mostrarse tan presto al histrionismo y tan sincero en su actuar (especialmente frente a su persona), pese a que Kazuma no era para nada explícito; más sus palabras rozaban la tosquedad al luchar internamente el cómo podía explicar lo que lograba aquel hombre de multifacético carácter frente a su persona de una u otra manera.

Escribirle podía ser una opción, más lo sentía impropio e impersonal, pareciera más una invitación a un encuentro formal más que de un pedido desesperado de su compañía. Aquello era para él, débil, como si quisiera ocultarse bajo las palabras y la tinta.

Necesario era pensarlo todo con cabeza fría y más con una mente agotada y un manojo de nervios que podían entorpecer tan importante propuesta para su persona, quien, en su inmenso frenesí mental estaba sacando mil y una posibilidades que podía dar aquel hombre a su propuesta, que seguía siendo descabellada y fútil, a manos del hijo de samuráis. Cada palabra, cada expresión, cada pequeño mohín, todo podía jugar en contra y aunque el pesimismo no fuera su ideología predilecta, en aquellos momentos se sentía como un impetuoso adolescente incapaz de confesar sentimientos a un tercero. En definitiva, debía cerrar los ojos y que el siguiente día fuera el que hablara por él y le contara sus deseos a aquel hombre de histrionismo eterno, aquel bufón de palabras elegantes, el hombre que lo hacía desvariar y que en su más profundo deseo pudiera actuar para él, sí, solo para él.

El día había llegado, aciago, para Kazuma, claro está. ¿En serio estaba tan nervioso solo por eso?, aquello parecía una sandez, pero en el fondo, era la expresión más real de lo que era su alma, tan libertina y apasionada por sí misma, el deseo de que fuera él quien le acompañara en el mayor nivel de confianza que la moralidad nipona aceptaba entre dos almas del mismo sexo; la desnudez en el cálido y burbujeante ambiente de un onsen.

Debía buscar el momento indicado, medir cada momento, como si fuera el dueño del tiempo y del espacio albergado, irreal como nunca, a sabiendas de que era un humano, uno con ganas de comerse el mundo.

Lo había vuelto a ver en su particular descanso, los bosques alejados del instituto Yumei, la frescura de los bosques de roble japonés, las flores caídas bajo la mirada atenta del cielo azulado y el lugar dónde apreciaba los graciosos movimientos de Ryunosuke, quien siempre tenía aquella rutina con Kazuma luego de una de constantes prácticas de arquería, que compartían con pasión. Salir al bosque, una partida de shogi contra él y terminar sin importar quién fue el ganador de tal impronta con una noble actuación, la caída del sol era solo el fin de su rutina y quien marcaba el tiempo en el que Kazuma debía hablar y expresar sus deseos. Si el sol caía, sería un día perdido y corrida esa época, los días podrían volar y escaparse de sus manos, tal como la oportunidad de que el contrario oyera aquella propuesta.

Si debía hacer algo, era apurarse y hablar antes de que el sol, en su inmensa timidez quisiera ocultarse de la luna traicionera que tantos deseos tenía de verla. Cada paso del anterior algoritmo rutinario estaba andando sin inconveniente alguno; el carcaj de ambos descansando bajo la sombra de los robles, vigilada por la mirada emocionada de sus dueños y la palabrería de Ryunosuke, quien expresaba mejoría en tal importante deporte para ambos, justo antes del posterior comienzo de la partida de shogi que quería acompañar a la luz del sol primaveral, el que hacía que el corazón de Kazuma bombeara con constancia, con fulgor y deseo de que su plan no flaqueara por un mero olvido, incluso sus movimientos en el tablero estaban siendo lentos, medidos y sin la firmeza que destaca en su actuar, ¿estaría notando esta extrañeza al actuar su compañero?, esperaba que este no fuera el caso, sería una vergüenza completa actuar de tal manera frente a tal hombre solo por su anticipación a los hechos.

Luchaban entre las fichas como si de eso dependieran sus vidas, buscando no desconcentrarse el uno al otro, era parte de su respeto como jugadores, aunque jugaran para matar el tiempo libre y divertirse profundamente mientras que sus horas de retirada llegaran, la trampa era imperdonable o desconcentrarse con imprevistas inútiles. Lástima que pocas veces Kazuma ganaba tales partidas, juraba, justo antes de conocerlo a fondo, que la mente del estudiante de letras era apartada a la lógica y a las artes de los tableros, equivocado estaba al dudar de sus movimientos y más aún en aquel día que sus deseos debían ser expuestos.

Kazuma miraba el cielo, los nervios lo carcomían, pero no podía dejarse llevar por ellos. El guardado de las fichas del juego acompañaban el llamado del estudiante de abogacía y la mirada dubitante del de letras, quien ladeaba la cabeza al escuchar su nombre pronunciado. Era ahora o nunca.

— Ryunosuke, antes de que el sol baje y tu actuación emerja con la caída del sol, quisiera que en casa, actuaras para mí y que mi pago sea con calor de un onsen. — Carraspeó ante tal declaratoria, deseoso de respuestas.

Si la reacción de Kazuma era una a la hora de expresar con tal sinceridad tan profundo deseo, siendo sus mejillas sonrosadas delatoras, sin importar que su expresión orgullosa estuviera presente en todo momento, la expresión del artista era de sorpresa absoluta, sus ojos abiertos, su corazón bombeando con fuerza, ¿aquello era un pedido de compañía con su persona?, Ryunosuke no sabía que decir, una noche, un posterior viaje, estar frente a un ser como lo era Kazuma, el deseo de quitarse las vergüenzas y estar ahí, actuando solo para él.

No era un chiste, muy a pesar de la risa nerviosa de Ryunosuke, aquella por la que Kazuma se frustraba y con la que soñaba al mismo tiempo, aquella expresión de yo no fui que lo ponía de los nervios, ahí estaba, en boca de su compañero. Aquello lo dejaba en ascuas, podía ser el inminente colapso de un plan cuasi perfecto, más los dioses, cada vez más piadosos tenían otra respuesta para el orgulloso abogado que pasaba del nerviosismo a la euforia en su cabeza.

— Actuar en tu casa e ir a un onsen, he ido a alguno pero que sea invitado por ti me alegra por completo. más… — Ryunosuke titubeó, para inri del contrario, muy a pesar de esa positiva reacción al inicio. — ¿Por qué?, ¡no me malinterpretes, Kazuma!, es… extraño ser invitado a un plan así.

Ryunosuke no se consideraba un tipo especialmente cercano con muchas personas muy a pesar de ser alguien que se consideraba amigable, siendo Kazuma quien tenía el nivel de confianza más alto en la escala de entre sus conocidos, incluso era su mejor amigo, según los estándares que estaban visualizando, ¿por qué él?, ¿que vio en él para ser invitado?, aquello era incluso muestra de una falta de confianza que tenía en sí mismo, desbordante en Kazuma, aquello era por lo que se complementaban.

La sonrisa socarrona del otro lo sacó de sus pensamientos, y más ante sus manos, fuertes pero seguras rozando su rostro, las sentía increíblemente distintas a las suyas, un mayor tamaño, menos magulladas, incluso se atrevía a decir que eran suaves, extrañas para él, comparadas con sus manos callosas y enrojecidas, su protector de muñeca en su mano derecha lo evidenciaba, era casi un complejo, pero el sentir en su rostro aquellas manos lo había dejado por lo demás, avergonzado y aún con un tinte rojizo que resaltaba y complementaba el calor del tacto de Kazuma. La respuesta de este era inclusive, mejor que sus cuestionamientos.

— El histrionismo albergado en ti, hace que mi deseo quiera ser cumplido, Ryunosuke; y el único Rakugo que deseo ver antes de partir con este para disfrute del onsen, eres tú. Salir de la rutina por una vez. Entonces, ¿aceptas mi propuesta?

Las palabras resonaban en la cabeza de Ryunosuke, el nivel de confianza era tal que cuestionaba si verdaderamente estaba cumpliendo aquel profundo deseo de poder estar con él, sin importar que terceros se negaran. Asintió respondiendo.

— Nunca me negaré a ir a un onsen y menos si es contigo, Kazuma. ¿Cuándo es? ¿A qué hora debo de ir a tu hogar?, ¿puedo quedarme a dormir? ¿Algún pedido de historia en específico?, ¡tengo varias! — Del nerviosismo absoluto, pasó a la emoción, bombardeando de preguntas a su compañero, tal como si de un niño pequeño se tratase.

Aquel día no iba a ser el día de actuaciones bajo la puesta de sol, ni el día que sería invitado aquel desopilante actor a los aposentos de la casa Mikotoba. Debían esperar hasta el fin de semana próximo para planear aquel viaje y buscar llevar lo necesario, especialmente Ryunosuke, quien había preguntado una cantidad enfermiza de veces si era cierto que iba a poder compartir un espacio en los aposentos de Kazuma, quien respondía afirmativamente, con la amenaza de arrepentirse si seguía azorándole con aquella infantil pregunta. En el fondo nunca culparía a su compañero de tan inocente conducta, de tan emocional actitud y las ganas de compartir con él.

Un fin de semana, tiempo suficiente para alejarse de aquel lugar medianamente conocido, sacarse de la mente cualquier problema que estuvieran atesorando y disfrutar de un ambiente que podía describir con una palabra, perfecto.

Kazuma, muy a pesar de mantenerse tranquilo ante la llegada de los días, sentía que, al invitar un artista de tal calibre a sus aposentos, debía por lo menos honrarle con las ropas adecuadas, como los artistas vestían, como el escenario lo requería, aquello lo preocupaba profundamente, no por nada en especial, había visto tantas actuaciones por parte de aquel hombre que sentía la imperiosa necesidad de ver su cuerpo engalanado como un verdadero rakugo, cumplir el deseo de Ryunosuke, indirectamente, lo estaba motivando a hacerlo. Buscó entre sus atavíos la ansiada pulcritud entre los yukatas de uso diario, aquella pureza del blanco resaltado entre sus variopintas prendas de vestir encontradas. Rogaba a los dioses que aquella contextura, apenas distinta a la suya lograba lucir tal ropaje, con el terror mismo de que no sintiera un ápice de incomodidad por algún mínimo error, eso para él era imperdonable. Su búsqueda paró al encontrar un lugar perfecto para que Ryunosuke lograra arrodillarse, colocando el yukata perfectamente doblado, pero sentía que faltaba algo, un abanico, elemento esencial que un buen artista usa como medio actoral diverso, obviado, para su desgracia en las actuaciones a las afueras del Yumei ya que Ryunosuke mismo le admitió con vergüenza que no contaba con uno.

Entre sus cosas admitía que los paipais y los abanicos no estaban anotados, una lástima puesto que podía llegarlo a pasar increíblemente mal en los veranos. Debía ir a por uno, más su opción más rápida era el préstamo, arrepentimiento mismo de no poder regalarle uno a aquel hombre, más esa era su primera idea y opción más efectiva, y la resolución tenía inclusive un nombre propio, Susato. Su hermana adoptiva, la niña que protegería aunque ella lo hiciera sola, a quien le enseñó defensa personal a escondidas de la sociedad, siendo su padre el único que aprobaba tales ideas y quien como consejera en terminología y asistente legal era excepcional. No podía confiar más en ella, incluso a sabiendas de que pedirle uno de sus abanicos era poco usual, incluso si la temporada no lo apremiara. Aquel pedido iba a ser simple, con la indecencia de interrumpir la lectura de la dama, quien con un ladeo de cabeza y una sonrisa dulzona respondía a su llamado.

— Susato, hermana mía, ¿podría pedirte prestado uno de tus hermosos abanicos? — Había cuestionado el mayor, de manera simple. Por ella su sonrisa dejaba de ser orgullosa, cambiaba totalmente su aura, no era más que una mirada sincera, tranquila y hasta compasiva; todo ante el rostro confundido de la dama, que ladeaba su rostro con suavidad.

— Kazuma-sama, ¿por qué necesita un abanico?, el verano no ha tocado las puertas aún, aunque por su rostro, he de suponer que no es para usted. — Exclamó la joven con una risa furtiva y elegante, que era complementada por una añadidura a su respuesta. — He oído de boca de padre que pronto harás una visita a las afueras de la ciudad en aras de placer, ¿acaso un invitado necesita un abanico?, si es así, la respuesta siempre será afirmativa.

Susato leía a Kazuma como un libro abierto, imposible era enojarse con ella al reconocer sus secretos, al saber sus deseos y al escuchar a padre Mikotoba hablar con ella de su viaje; después de todo, era intuitiva, perspicaz y no menos importante, una dama, una que se había criado con su persona y tenía la posición privilegiada de ser la mujer más cercana a su persona, la única con aquel privilegio como hermana adoptiva que era. El mayor no podía hacer más que asentir, había ganado esta vez ella, quien sin chistar y con una risa entregó uno de sus abanicos a su hermano adoptivo, la feminidad de este gritaba a los cuatro vientos quien era su dueña, la elegancia de la seda y un paisaje primaveral bajo las flores de cerezo decoraban aquel bello artefacto. La belleza del abanico era inmensa, más la promesa de devolución al finalizar el viaje era lo que más lo movía. ¿cómo no iba a cumplir aquella promesa si ella se lo pedía con tanta delicadeza? En definitiva, un caballero o mejor dicho, un samurái como él, cumpliría sin esfuerzo alguno, aquellas promesas que habría hecho a su familia y más aún cuando lo rogaba Susato con tanta tranquilidad.

Ryunosuke por su parte era un manojo de nervios a la hora de elegir los atavíos que en su viaje le acompañarían, A pesar de que recordaba que solo iba a ser un fin de semana, descartando a su fiel daruma como objeto de acompañamiento personal, pero ¿en serio le agobiaba tanto el verse bien frente a Kazuma y el cómo se presentaría?, se sonrojaba de solo pensar que estaba buscando impresionar a ese hombre, ¿se estaba poniendo así solo por esas palabras y el suave tacto en su rostro? Aquello era lo que más recordaba de tan extraño pero deseoso pedido, incluso a veces de tocar su rostro, reminiscencias de aquellas manos rodaban por su cabeza; debía ignorarlo, no podía perder el tiempo ni ser impuntual para su pronta estancia en un hogar ajeno al suyo, no se perdonaría cumplir una cuota de impuntualidad solo por aquellos sentimientos, más los nervios que iban en el maletero. Había puesto entre sus objetos además de un yukata simple pero que consideraba de los más presentables que tenía entre sus ropas, un hermoso reloj de bolsillo, que había sido regalado por un familiar cercano a su persona al saber que había entrado al instituto Yumei como estudiante de lengua inglesa, no podía dejarlo en casa, era un objeto de importancia alta para él, por ende guardó dicho objeto con celo.

No podía mentir que había revisado una y otra vez que todo estuviera bajo control. Tal vez por ansiedad o tal vez porque temía de verdad olvidar algún objeto importante que entorpeciera su estancia en casa de su amigo.

Ambos habían propuesto encontrarse de una u otra manera el día del encuentro nocturno, siendo la propuesta ganadora aquella de salir del instituto e ir directamente a casa de Kazuma, era extraño para el contrario seguir los pasos del joven, seguro del camino a seguir y de lo que había elegido desde la semana anterior, su resolución estaba clara, y no había marcha atrás; ni siquiera cuando los nervios de ambos fueran disimulados por la caminata tranquila y las conversaciones nimias que se tornaban en el camino, la llegada había sido incluso más temprana de lo usual, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto para ambos, como si las manecillas del reloj de bolsillo de Ryunosuke hubieran parado el tiempo que estaban juntos en las charlas intrascendentes bajo el soleado camino que los llevaba al hogar del estudiante de abogacía. A la llegada de ambos, descalzaron sus pies por completo, como era tradición, andando bajo el lecho con un par de zapatillas de tela que cubrían sus pies por completo, sería incluso irrespetuoso por parte del inquilino no hacerlo, y tampoco se perdonaría olvidar tan importante norma de cortesía. Además de descalzar sus cansados pies, ambos se habían retirado la capa de su uniforme, además de Ryunosuke dejar su gorra de uniforme perfectamente colgada entre los objetos de la entrada. Kazuma se notaba más liberado al ser claramente su hogar, su chaqueta uniformada había sido dejada a un lado para dejar ver una pulcra camiseta blanca de botones de manga larga, adornada por unos tirantes de cuero, con elegantes hebillas doradas, cual hombre occidental se tratase, solo de verlo, su katana resaltaba aún más, y su ancha espalda se veía marcada de manera evidente. Ryunosuke no había visto antes a Kazuma despojado de la elegancia de su uniforme y menos sabía que su cuerpo adornado por aquellos tirantes y hebillas doradas resaltaban de una manera que le resultaban majestuosos a sus ojos, ahora con pupilas dilatadas, muy a pesar de que lo estaba viendo de espaldas, estaba intentando mostrar un respetuoso pudor frente al contrario, imposible estaba siendo, puesto que aquello le generaba un calor en su rostro que intentó ignorar, imposible ante la tranquila respuesta del contrario que incitaba familiaridad y confianza.

— No debes preocuparte por usar aquel saco de tu uniforme frente a mí, tal como lo he hecho, puedes liberarte de esta y sentarte junto a mí. Libérate, por favor de la modestia y la carga de avergonzarte frente a mí, por favor Ryunosuke. Casi es la hora del té y mi deseo ahora es que me acompañes. — Kazuma incitó a Ryunosuke a dejar el decoro que estaba mostrando, incluso demostrado en sus hombros tensionados por falta de cercanía con el hogar, pidiendo la imitación del despoje de su chaqueta.

El contrario aunque podía estar nervioso, y la expresión ajena fuera netamente inquisitiva, no dudaría ni un segundo en cumplir aquel pedido, hecho con familiaridad absoluta, si así estaba de solo ver su contextura apenas marcada y aquellos tirantes tan elegantes, ¿qué depararía de sí mismo al ver su torso desnudo y su gallardía frente a su mirada?, esperaba ahora mismo que su cuerpo no le hiciera una mala pasada ante su avergonzada mente, la cual hacía que sus manos fueran lentas y temblorosas para retirarse la chaqueta y dejar ver, aunque la misma pulcra camisa manga larga de blanquecino tono, nada más que una desordenada manga culpa de su protector de muñeca, apenas notoria, puesto que adornaba su antebrazo, este hacía que su manga derecha estuviera arremangada casi por completo, siendo organizada en cuestión de segundos al verse tan poco pulcro a comparación del otro. Respiró profundamente, arrodillándose en la mesa de té junto a su anfitrión, quien pedía paciencia, al faltar solo minutos para tan dichoso acto, que podía al menos hacer olvidar por unos momentos al invitado que estaba pensando y actuando de una manera que podía hacer cuestionar su salud mental frente a sus familiares, profesores y conocidos, solo porque su cuerpo y su corazón estaban deseando ver más allá del aprecio y respeto a un ser de su mismo sexo.

Los pensamientos de Ryunosuke habían sido interrumpidos por la llegada de una dama de rosa, de juventud evidente y mirada tranquila, por la cual Kazuma había suavizado su mirada y relajado su sonrisa, escuchando que le agradecía; aquella dama había llegado con el té, acompañado por varios dulces, que según había comentado Kazuma, eran especialidad de Susato, quien supuso, era aquella joven mujer que había llegado con todo aquello. Alguna vez había escuchado a su contraparte hablar de la dulzura de una hermana, más no la había visto con tanta cercanía anteriormente.

La hora del té estaba siendo por lo demás, un momento de inmensa tranquilidad, en el caso del invitado de la casa Naruhodo, el amargor del té aunque le resultaba invasivo, complementado con la dulzura de los exquisitos postres estaba complementando, incluso disimulando que se había quemado la lengua alguna que otra vez. Para Kazuma, el té era sagrado, tomado en sorbos lentos en aras de disfrutar aquella quemante sensación y alivio en su estómago, disfrutado por aquel regalo de la niña de la casa, los delicados dulces que degustaba con elegancia, muy al contrario del invitado, que se le notaba poco acostumbrado al calor y al amargor de la bebida, aquello incluso en su mente parecía parte del encanto de Ryunosuke, aquellas expresiones faciales cambiantes y legibles cual libro, lo lograban a veces desconcentrar y llevar su mirada por todo el rostro y parte del cuello ajeno, le parecían incluso detalles que lo hacían aún más agraciado al estudiante de lengua inglesa, nunca se había detenido a mirarle con tal detenimiento y menos en un momento tan íntimo como la hora del té, su atracción a la personalidad excéntrica y vigorosa del otro lo hacían por lo demás magnético, pero apreciar la cercanía de sus expresiones en la cotidianidad hacía que el atractivo del contrario aumentara frente a sus ojos, en definitiva, no se estaba arrepintiendo en absoluto de las razones por las que lo elegiría a él por encima de algún otro hombre para acompañarlo bajo el calor del onsen a pocas horas de que en verdad sucediera.

La hora del té había pasado, agradecieron por el disfrute de este momento, siendo un momento idóneo para practicar expresión corporal y debate, lo que antes del rakugo, los había unido, el disertar sobre temáticas de razón popular, el futuro de la región nipona, las leyes o inclusive la apertura económica que hacía pocos años se había dado en la región. Cada uno tomaba un punto de vista, como si fuera un debate real, variando de los monólogos y cansados soliloquios que solían describir frente al público; aquello había durado por lo menos, una hora y media.

El sol ya mostraba dejes de timidez frente a los ojos de ambos, queriendo ocultarse de manera lenta después de tantas palabras y terminología variada que manejaban ambos hombres, siendo la luna llena, la que iluminaría junto con las estrellas, la gala de las artes que se daría entre aquel amateur artista y aquel hijo de samuráis, incapaz de dejar atrás su alma.