Por fin, ambos hombres habían llegado a la habitación del anfitrión, modesta y elegante, con papeles perfectamente organizados y notas de diversos tipos y terminología legal, se notaba quien era el dueño y señor de aquel espacio apenas iluminado, de reconfortante silencio y delicioso aroma, el amargor del té, combinado con el roble japonés y las flores silvestres. Cual niño pequeño escondiendo un regalo, Kazuma tenía las manos en su espalda, buscando generar expectativa en el contrario, quien con mirada inquisitiva dudaba si preguntar o si esperar que el mayor dijera las razones por las que pareciera tener algo a sus espaldas. La curiosidad terminaría matando al gato.

— Kazuma, ¿acaso me has traído aquí para mostrarme algo? — inquirió el más bajo, intentando moverse por la habitación, buscando que el contrario mostrase sus manos desnudas, si es que aquello era una especie de broma de llegada.

La simpleza de la pregunta hizo que una risa por parte de Asogi fuera emitida, sacando a la luz lo que más anhelaba ver puesto en Ryunosuke en aras de bufonesco disfrute, aquel ropaje que un rakugo usaría. Doblado a la perfección aquel yukata, y encima, aquel elegante y femenino abanico que contrastaba frente a la blanquecina tela; las palabras de quien ofrecía tales artilugios emergieron entre la sorpresiva expresión de Ryunosuke.

— He oído en boca tuya que los rakugos son artistas que expresan historias usando los atavíos más sobrios que la sociedad haya hecho, por ende, entrego a ti aquel sueño hecho realidad, lo que un rakugo necesitará esta noche para cumplir algo que ya he pedido bajo los robles cercanos al instituto. — Acertó a comentar, colocando en manos del contrario los objetos, sin un ápice de vergüenza, exclamando con firmeza su pedido. — Por favor, actúa para mí.

El joven del clan Naruhodo estaba atónito de solo escuchar aquellas palabras en boca del contrario, el pedido que cumplía sin falta cada que sus reuniones de ocio eran cumplidas, sin más testigos que la puesta de sol y la mirada atenta de Kazuma deleitándose de las agraciadas acciones y los delirantes comentarios en el momento de actuar; esperaba cualquier cosa, menos recibir una muestra de un sueño que iba a cumplirse, aunque de una manera casera. Otra vez el corazón de Ryunosuke bombeaba con tal fuerza que sentía que saldría de su urna de huesos y sangre. Respiró profundo, intentando calmar los sorpresivos nervios que lo agobiaban, como si tuviera un importante deber que cumplir frente a seres de importancia mayor.

— Kazuma, ¿buscaste estos implementos para cumplir un sueño que nunca pudo ser? — Su risa nerviosa lo delataba. — Me avergüenza profundamente recibir estos artilugios y más aún, sabiendo que será la primera y última vez que serán lucidos frente a ti. — admitió rascándose el cuello, dando aquella sonrisa de "yo no fui", aquella mirada dubitante que Kazuma admitía para sus adentros que lo enervaba y enloquecía al mismo tiempo. Respondió pocos segundos después. — ¡Lo haré!, más, ¿dónde podría vestirme con este yukata?

Aquella pregunta inocente de Ryunosuke hizo que Kazuma soltara una risa, después de todo, sabía que el pudor del contrario era evidente y más aun estando a solas. Era curioso, después de todo al practicar ambos el mismo deporte, no era extraño que se hayan visto en un cambio de ropa; solo por eso, soltó un comentario tranquilo.

— ¿Acaso la seguridad de mi habitación te abruma Ryunosuke? sabes que nadie más entrará a la habitación. — Admitió con tranquilidad, yendo a la entrada de la habitación, cerrando así el biombo, que los dejaba en la seguridad del encierro; iluminado por tenues luces de las lámparas, y una tranquila expresión de confianza.

Ryunosuke por su parte había quedado fuera de lugar de solo haberlo escuchado emanar tal nivel de confianza por parte del contrario para dejarlo cambiar de ropajes al frente suyo, en su propia habitación y prometerle casi que con su vida que no iba a entrar nadie a interrumpir su cambio de ropa. Se despojó con seguridad su camisa de vestir blanca y desabrochó la hebilla de su correa, desabrochando y despojándose de su pantalón uniformado. Tomó aquel yukata de pulcritud absoluta colocándoselo con temor, la suavidad del algodón era reconfortante muy a pesar de sus miedos. Acomodó la prenda y colocose el obi, cinturón que aseguraba el yukata, para tomar el abanico entre sus manos. Lo notaba de calidad alta y posiblemente por los colores era de la dama que había visto a la hora del té, después de todo aquello distaba de ser cualquier objeto que gritara el nombre de Kazuma Asogi. Esperó que el otro, al verlo vestido, abriera el biombo, a sabiendas que había podido trajearse con aquel yukata ajeno. Era apenas más grande que él, más la comodidad de este hacían olvidar por completo que había entrado en prendas que posiblemente había tocado el cuerpo del contrario, ni siquiera tuvo un momento para apreciarlo o buscar respuestas a sus dudas internas de su uso y reserva para un momento como este. Ahora mismo poco importaba, sabiendo que no había finalizado aquella sorpresa.

Kazuma, al verlo trajeado hubiera querido apreciar cómo el cuerpo ajeno lucía sus ropas, después de todo al ver al contrario cambiarse no evitaba hipnotizarse ante los movimientos de su cuerpo, como si cambiara de piel, un acto tan mundano, pero íntimo a la oscuridad de la habitación. Más, sus deseos de perderse en aquella corporalidad quería reservarlo a la llegada al lugar dónde actuaría, no muy lejos de la habitación del hombre de la casa Asogi, lugar que pareciera ser una sala de estar, acomodado de manera pulcra, casi imitando los escenarios verdaderos artistas del rakugo, sabios cómicos y entendidos de la materia.

Ryunosuke volvía a ladear la cabeza y a generar en su siempre expresivo rostro una mueca de sorpresa, después de todo, a pesar de tener conocimiento de que su invitación iba a ser para cumplir aquel anhelo por parte del contrario, nunca había pensado en sí mismo. Al mostrar interés por el teatro y al expresarlo a sus cercanos no evitaba exaltar en ellos muecas de desagrado y reprobación, al ser proyectos mundanos y falibles a ojos de sus mayores, buscar entre los institutos algún estudio de su interés había sido todo un reto, a sabiendas que el teatro quedaría relegado a un simple pasatiempo. Admitía que su amor por la lengua inglesa era grande y se consideraba un estudiante al menos decente, más aquella espina quedaría clavada a lo largo de los años. Acercaba sin permiso sus manos al escenario casero con emoción en sus ojos, un brillo apenas perceptible, el agradecimiento hacia el anfitrión era mayor a lo esperado, especialmente al cortar con aquel límite de espacio personal que se autoimpone culturalmente, acercando su cuerpo en un abrazo hacia el contrario, extrañamente aceptado por parte de Kazuma, extraño culturalmente hablando, claro está, quien no dudó a la hora de corresponder este, sintiendo como el rostro del otro se tornaba en su hombro, casi susurrando a su oído con una voz temblorosa exclamaciones constantes de agradecimiento. El hijo de samuráis nunca había visto la felicidad del contrario tan latente, ni había sentido el cuerpo ajeno con tanta cercanía. Aquel alejamiento del abrazo sería lento e incluso extraño, siendo Kazuma quien tomaría la palabra, sentándose en el centro de la sala.

— La emoción de tu rostro hace que valga aún más la pena de que aceptaras mi humilde invitación, más ahora, si tu sueño ha de ser este… ¡Cúmplelo frente a mí! — Exclamó con una evidente sonrisa al contrario, concentrando su mirada hacia el centro del escenario y al hombre de la casa Naruhodo acercándose al escenario para arrodillarse de manera solemne.

Como era evidente, no era la primera vez que Kazuma veía que el contrario actuaba para él, pero la seguridad de su hogar y el claro de luna iluminando su rostro junto con las lámparas lo deleitaba de sobremanera. Tal vez su concentración se estaba yendo las manos del contrario, hábiles con el abanico, cuidadosas, muy a pesar de estar levemente lastimadas por el arco y la flecha, al igual que a su respiración al contar con evidente maestría sobre un infante quien buscaba atrapar al viento. Su concentración iba y venía entre las palabras y la corporalidad ajena que desde hacía un tiempo hacía que su concentración desvariara en los momentos que menos lo estaba esperando. No solían hacer actos de longitud tan impropia, y menos al respetar la tradicionalidad y el descanso del rakugo, quien tan humano como cualquiera, agotaba sus energías en satisfacer a exigentes públicos, empero el acto duró un poco más de una hora, bajo la expresión agotada, temblorosa y con leves gotas de sudor por parte del rakugo amateur, quien olvidaba por un momento su agotamiento al ver al contrario aplaudiendo y felicitándolo; aquella era satisfacción suficiente que hacía notar que había hecho lo correcto.

Ambos hombres no habían notado que el tiempo los traicionó, siendo el hambre el que les recordaba la evidente humanidad que poseían. La hora clásica de tomar algo para cenar había pasado unos minutos atrás, el tiempo los había traicionado una vez más, aquello era imperdonable para el samurái, muy al contrario de la expresión del contrario, serena que seguía aún recuperándose de tan ajetreado actuar que había dado. Kazuma tenía una idea, más, tendrían que volver a salir, bajo el cobijo de la luna.

— Mi estimado Ryunosuke, tu actuación me ha conmovido, más, el tiempo traicionero nos ha hecho olvidar que la hora de cenar ha pasado. —

Exclamó el hijo de samuráis bajo un leve atisbo de vergüenza. — ¿Me permitirás invitarte a cenar en un restaurante cercano para compensar este irreparable acto de este humilde anfitrión?

Kazuma era elegante hasta para esos pedidos y Ryunosuke no evitaba perderse en aquel tono vigoroso y elegante hablar que mantenía su compañero; palpó de nuevo las ropas, no olvidaba que eran ajenas, y más aún, el cuidado abanico que había cerrado unos minutos atrás, tomó la palabra de nuevo.

— Espero no sea molestia salir a cenar afuera, ¡ya es mucho que me hayas invitado y hayas hecho tanto por mí!, cambiaré mis ropas para salir de nuevo.

Comentó Ryunosuke antes de ser interrumpido por una mano furtiva en su antebrazo, debajo de la manga del yukata, tocando la tela del protector de muñeca, los nervios lo traicionaban de nuevo, el cosquilleo en la zona debido a las yemas de los dedos ajenos había hecho que se encontrara la mirada de Kazuma al frente suyo, que estaba negando con la cabeza.

— No es necesario que me devuelvas mis ropas con tanta inmediatez, te luce tan perfecto que si se me permite darle un nuevo dueño a esto no dudaría por un momento dártelo. — Admitió sin un ápice de vergüenza. — Puedo darte un par de mis zapatillas de madera para salir y no tener que retirarte aquella segunda piel que tan bien luce en ti.

Las palabras del contrario habían hecho que Ryunosuke sintiera además de una aceleración en su corazón, una bochornosa sensación en su rostro, apenas enrojecido por el cumplido hecho hacia su persona y más aún, su cuerpo en ropas ajenas, en la piel de Kazuma, que tanto había admirado antes de lograr de manera impensable entrar en ellas, ¿se negaría a aquello solo por vergüenza?, no, no sería capaz, no podía herir al más alto de tal manera y menos con tanta hospitalidad que evidenciaba. Asintió para alegría del contrario, las palabras sobraban en la afirmación, por ende antes de la salida de Kazuma a por aquellas sandalias de madera, complemento perfecto para el otro, pidió amablemente que devolviera aquel abanico de sedosa textura y refinado diseño; las promesas hacia su dulce hermana, la heredera de la casa Mikotoba nunca serían incumplidas, por muy mundanas que fueran.

Kazuma en aquel proceso no había demorado más de 10 minutos en ir y volver, dejando en la habitación de la dulce joven Mikotoba, aquel bello abanico, bajo una nota escrita con caligrafía rápida, algo magullada debido a la oscuridad de la habitación un agradecimiento por el préstamo. En sus manos, un par de sandalias de madera que pidió a su huésped que usara y calzara (algo por lo demás, rápido y sencillo), mientras él se calzaba de nuevo para salir. Saldrían de nuevo a las calles japonesas, ahora bajo la mirada atenta de la luna, en la búsqueda de un lugar dónde pudieran ingerir alimento y volver a la calidez del hogar dónde habitaba Kazuma. La temperatura en la época del año no era fría en absoluto y el viento nocturno apenas calaba en sus pieles.

Ambos conocían un pequeño puesto de fideos soba, primer pensamiento y deleite callejero que apreciaban en aquellos momentos dónde las horas querían desaparecer con el viento, no podían pretender darse un festín tal y como lo solían hacer en aquel lugar para el almuerzo luego de las clases. Era un local pequeño y acogedor, de pocos artilugios, debido a las horas de la noche, muy a pesar de que no eran tan altas, estaba bastante vacío.

El local solo tenía un camarero visible, de lentes ovalados y mirada atenta, pese a que se veía algo apagada. El hombre que a la entrada de ambos dio una sonrisa apenas visible era un tipo pálido y de cabellera corta de un color azabache apenas adornado por mechones grisáceos en la raíz; su famélica corporalidad era igual de destacable, tanto como el trato que los cocineros le daban cada que salía una nueva orden, gritando el nombre de aquel camarero con una mezcla de ímpetu y evidente familiaridad, después de todo parecía ser un tradicional puesto familiar. Sentados ambos jóvenes en la barra del local, pidieron el mismo plato, un par de fideos zaru soba. El camarero les pidió unos minutos de espera con voz apenas audible por una tos constante, que hacía que su boca y labios fueran constantemente tapados por un pañuelo de mano, ambos habían visto con anterioridad aquello, más cada que cuestionaban al hombre, este restaba importancia, mostrándose tranquilo, sin perder su amable sonrisa, muy a pesar de que las comisuras de sus labios estuvieran apenas manchadas por un rastro de sangre, producto de las constantes crisis respiratorias sufridas. Ryunosuke y Kazuma sabían que era un caso perdido preguntar o sugerir ayuda, incluso hablando del tema entre el movimiento fugaz de los palillos y el choque de la cerámica con esos. Era más lo que hablaban ellos que las afirmaciones dadas por el camarero.

La entrega de la comida fue en un lapso regular, recibiendo con agradecimiento y respeto el manjar a digerir. Ambos hombres que habían llegado al local sentían el afán de querer entrar de nuevo a la seguridad del hogar dónde habitaba el joven Asogi, más, la hora de comer fluía de manera natural, perdiéndose ambos entre el sazonado sabor del caldo mentsuyu y el complemento del picante wasabi entre los fideos perfectamente hechos. El disfrute de aquella cena, improvisada gracias a la traición del tiempo era evidente, especialmente al agradecer minutos después la comida servida y ser Kazuma quien pagaría aquello, ya que Ryunosuke había olvidado totalmente llevar dinero en su posesión en el proceso.

Salir del local bajo la luz del claro de luna y las estrellas había sido tan reconfortante como el calor de la comida luego de la actuación de Ryunosuke bajo la luz de las lámparas. Kazuma olvidó por un momento que ambos que estaban en un pueblo apenas abierto a las muestras de afecto públicas, cerrado al contacto que no fuera lo estrictamente necesario, el vacío de las calles lo motivaba, el silencio de la salida, la concentración del heredero de la casa Naruhodo en el camino, tal como si fuera algo común, su mano tocó las yemas de los dedos de la mano contraria, aquella adornada por su protector de muñeca, la que no permitía sentir la calidez de la palma de la mano ajena. Asogi quería quitar aquella tela protectora en mitad de la calle solo para tomar las manos ajenas con seguridad, como si fuera este un acto infantil de protección.

Ryunosuke si bien se extrañaba debido a aquel repentino tomar de su mano y la mirada perdida de Kazuma, aceptó el contacto, caminando al lado del heredero de los Asogi como si el tomar de sus manos fuera un acto normal entre dos hombres, que en el fondo sabían lo que deseaban entre el caminar de la noche. Ninguno de los dos se atrevía a hablar, uno por su orgullo y el otro por la vergüenza generada desde días atrás. Uno quería sorprender al otro, querían ganarse al otro, sabiendo indirectamente sus intenciones; tal vez de eso no vive el hombre y desearían hablar de amar o desear o tal vez el descifrar que era verdaderamente ser compañeros. Si las manos hablaran, dirían que dejaran aquel silencio bajo el claro de la luna y dijeran de una vez que sus sentimientos eran más que una fachada de amistoso respeto.

La llegada al hogar fue relativamente rápida, entrando al hogar para apenas separar aquel contacto, el sentir que sus respectivas manos estaban cálidas a pesar de la suave ventisca que refrescaba el ambiente. Apenas descalzándose, ya Ryunosuke había entregado aquellas sandalias de madera, sin evitar mirar como el otro se descalzaba. La mirada gacha del otro hacía que sus cabellos se apreciaran mejor de lo que lo hacía antes, además de la destacable cinta roja que adornaba aquella cabellera tan particular; quería tocar aquellos mechones, más se inhibía por la vergüenza sentida y la incomodidad que podría sentir el contrario ante un contacto sin aviso previo.

Al descalzarse sentían ambos el peso del agotamiento en sus cuerpos, después de todo, no eran más que un par de mortales que sentían el peso de las horas y deseaban caer rendidos bajo los brazos de Orfeo, sabio recibidor de los sueños de ambos. Ryunosuke bostezaba tapando sus labios, buscando entre sus pertenencias un simple jinbei, tradicional prenda de carácter netamente de descanso, ropaje nocturno de sensación algodonada y colores neutros, en su caso, de un tono grisáceo oscuro. No iba a mentir que la comodidad de aquel yukata hacía que deseara quedarse con él (cosa que Kazuma aceptaría sin problemas) más, su código de higiene era tan tradicional como los valores y el código samurái respetado por Kazuma. Al ver el otro la búsqueda de aquella ropa de casa profirió una sonrisa calmada, esta apenas demostraba un deje de agotamiento evidente, pidiendo espera para buscar igual un ropaje del mismo tipo, de un tono terracota. Ambos, sabiendo la importancia de la higiene tenían la necesidad de tomar un baño antes de dirigir su mirada al mundo de los sueños. Kazuma tomó la palabra a sabiendas de aquel acto importante.

— Mi estimado compañero, quisiera que fueras tú primero, después de todo, tu actuación ha debido agotar tu cuerpo y espíritu.

Exclamó el joven Asogi, permitiendo el paso del otro al tradicional cuarto de baño, lugar del ritual del ofuro, el cual más que generar higiene, relajaba el alma y el espíritu por medio de la calidez del agua caliente bajo el cuerpo. Empero el obviar dicho acto iba a ser dado aquella noche; solo deseaban que las palanganas con agua cayeran sobre sus cuerpos y limpiaran toda suciedad del día, del pasar de las horas y las gotas de sudor rodando por sus rostros a lo largo de la jornada. Ryunosuke se negó en un principio, después de todo, el anfitrión del hogar había hecho demasiado, más la insistencia ajena hacía que terminara por ceder, desnudando su piel en la habitación, dejando de lado los ropajes prestados junto con el armazón que cuidaba su magullada mano derecha, procediendo a darse un baño nocturno, sintiendo como sus latidos se aceleraban levemente al pensar de nuevo en sus manos tomadas bajo la noche, ¿y si alguien los veía? ¿y si era mal visto que sus manos se rozaran?, sus dudas acumuladas eran tantas como sus deseos de sentir de nuevo aquellas manos. Aquel baño lo dejaba con más preguntas que respuestas, arropándose con sus prendas destinadas para la seguridad de la noche y saliendo del lugar con los ropajes blancos doblados perfectamente, entregándolo a manos de Kazuma y su protector de arquería guardado entre sus pertenencias. Podía ser incluso descuidado, pero aprendió que en las noches era más cómodo tener sus manos desnudas y descansar. Al ver de nuevo al contrario y recibir las ropas blancas que dejó en un cesto, caminó hacia el cuarto de baño, no sin antes darle una palmada en el hombro y entrar sin más dilación, deshaciéndose de sus ropas de salir con elegancia y desatando de sus cabellos castaños aquella cinta roja que comenzó a llevar como si fuera su castigo por no lograr proferir de sus labios los trabalenguas y juegos de palabras que el contrario le proponía. Sacudió su cabellera al deshacerse de la cinta de cabello, entregándose directamente al acto de la limpieza corporal. En su caso las preocupaciones eran menores, después de todo no se arrepentía de querer que aquellas manos lo cobijaran, aunque sus palabras no las consideraba correctas para expresar a la perfección lo que sentía ante la presencia ajena.

Finalizó el baño, se arropó igual con sus ropajes destinados para la noche y la cinta de sus cabellos entre sus dedos dejando ver la horma de la cabellera de Kazuma sin distracción alguna. Ryunosuke volvía a perder su mirada en el rostro del hijo de samuráis, en las leves gotas de agua apenas visibles en el cuello ajeno. en su cuerpo apenas marcado bajo las ropas para dormir. Si no fuera porque Kazuma exclamó repetidas veces su nombre, estaría embelesado hasta el fin de sus días. Sacudió de nuevo la cabeza, guiándose por la mirada de Kazuma, aquella que lo dirigía a la habitación de este, con una expresión confiada, apenas cambiada por el sueño. El anfitrión desdobló un tatami destinado para el sueño junto con su respectivo futón a ras del suelo, lo suficientemente grande para un descanso deseable; no era para nada peculiar, después de todo, para la sociedad japonesa no había nada que evocara tanta comodidad como aquello. Ambos se sentaron uno al lado, buscando estar cómodos en aquel espacio, era la primera vez que compartían una habitación, un mismo lecho y espacio en el bucólico ambiente nocturno. Ryunosuke soltó un suspiro, estando boca arriba en el lecho, ¿en serio iba a ser el fin de un día así? ¿sin palabras?, estaban sumamente agotados después de todo, pero ¿por qué él era el afortunado de compartir el mismo espacio de descanso que Kazuma?, tomó la palabra en un tono apenas trémulo mezclado con la inmensa duda.

— Kazuma, ¿por qué yo?

No titubeó al cuestionar, para sorpresa de Asogi, quien abriría levemente los ojos, dirigiéndolos hacia su compañero.

— ¿De qué hablas Ryunosuke?

Inquirió de vuelta el contrario, notando las manos ajenas apenas moviéndose, aquella mirada había sido apartada en el momento de responder.

— ¿Por qué me elegiste a mi para compartir contigo? ¿por qué cumpliste un sueño que nunca verbalicé?

Nervios, manos temblorosas, otro suspiro. Su cuerpo apenas estaba acostumbrándose al contacto ajeno, tener el cuerpo de un hombre y más aún, uno que le generaba las reacciones más variopintas en su ser, sintió como el otro se acomodaba, ahora sintiendo la respiración de este chocaba con delicadeza en su cuello, el vaho cálido apenas pasando por su oreja, el susurro de Kazuma era reconfortante a su vez que confuso.

— Cumpliría cada uno de tus sueños si los dioses me lo permitieran Ryunosuke. ¿Acaso aceptarías esa voluntad?

Los cuestionamientos de Kazuma podían parecer abstractos, aquella extraña declaración confundía a la par que hacía que el calor subiera desde el cuello al rostro del invitado; el cosquilleo mantenido por aquella susurrante y varonil voz ajena lo dejaban sin aliento. Ryunosuke acomodó su cuerpo, mirando ahora aquellos grisáceos orbes de Kazuma, ¿aquello era un cumplido o una declaración ante los sentimientos?, debido al tamaño de Ryunosuke, su respiración apenas tocaba el cuello del contrario, cerca de su mentón, aun pensando en el significado de las palabras ajenas. Nada, su mente seguía en blanco.

Kazuma rio levemente tomando las manos ahora desnudas del contrario, tibias al contacto, algo callosas pero con palmas suaves y delicadas que, comparadas con las suyas eran un poco más grandes y fuertes. Dio una mirada que emanaba seguridad acercando su rostro. Tenían apenas unos centímetros de separación entre sus rostros, Kazuma no midió palabra alguna, haciendo que sus labios chocaran con suavidad para sorpresa de Ryunosuke, quien, abriendo sus ojos frente al sorpresivo contacto más con inexpertos labios mantenía el contacto, correspondiendo a la caricia de los labios ajenos y los propios, bajo el calor de su rostro enrojecido. Su corazón acelerado quería salir de su urna de huesos y sus ojos cerrados hacían que sus otros sentidos despertaran, erizando su piel deseosa de más; aun así sentía como el contrario abría sus labios levemente en un intento de buscar algo más en el beso, con el fin de sentir aún más el aliento compartido. La separación de labios fue lenta y medida, abriendo los ojos con expresión fascinada. El aliento de ambos siendo recuperado con respiraciones agitadas y un vaho cálido que chocaba entre sus labios ahora separados hacía que aquel momento fuera aún más íntimo a pesar de no mediar palabra alguna. Aquel beso a pesar de no haber sido largo y haberlos llevado a más, hacía que sus cuerpos estuvieran apenas excitados por el contacto y que sus manos siguieran entrelazadas.

Olvidaban debido al éxtasis que no eran más que dos hombres deseando ser partícipes en el juego del amor, frente a una sociedad que buscaba que ambos sentaran cabeza, buscaran un buen trabajo, familia o que hicieran algo para mejorar el futuro de una población que pocos años atrás había abierto sus puertas a occidente. Eran dos hombres sedientos de curiosidad, dos hombres que cedieron al contacto y al choque furtivo de sus labios, bajo la excusa de una invitación netamente artística de un rakugo hacia un disfrutador del arte del teatro.

No quisieron ahondar en aquel contacto, ni siquiera cuestionar lo que podía equivaler el beso en su relación, el sol naciente ya les daría la señal para hablar de sí mismos y de sus miedos; ahora mismo querían que Orfeo los llevara al mundo de los sueños.

Caían entre brazos del sueño, no sin antes Ryunosuke acomodar su cuerpo en el pecho ajeno, perdiéndose en sus latidos, como si quisiera compensar el deseo de sentir la piel ajena más allá de un beso, mientras que en el caso de Kazuma, rodeaba sus brazos bajo el cuerpo ajeno, siendo sus manos las que se posaron en aquella espalda baja. Ninguno de los dos se despertó en mitad de la noche y solo el alba separaría la unión de dos almas extasiadas después de su primer beso quienes recuperaban su aliento en un profundo sueño.