Este es el último capítulo y les anexare el epílogo en cuanto termine de editarlo... un par de horas a lo máximo.
—Echo de menos a lord Uzumaki. —Hina dejó las cartas sobre la mesa.
—Vuelve a cogerlas —la riñó Mei—. Puedo ver tu próxima jugada.
—Ya no tengo ganas de jugar. ¿Dónde está? Hace dos días que no le veo. Se lo he preguntado a lady Ino, pero me ha dicho que estaba «por ahí». ¿Qué significa?-
Mei soltó el aliento y dejó las cartas en la mesa antes de apoyarse en el respaldo de la silla. Estaba cansada y se sentía muy desgraciada, y tampoco tenía ganas de jugar. Se lo había sugerido a Mei para animarla porque la joven se había tomado tan mal como ella la ausencia de Naruto.
—Significa que no quiere que le encuentren, Hina. Ella entrecerró los ojos.
—¿Qué has hecho, Mei?-
—¿Que qué he hecho? ¿Cómo sabes que es culpa mía?
—Tal vez sea joven e ingenua, pero no soy estúpida. El duque se paseaba por todos lados henchido como un pavo real y tú apartas la mirada siempre que alguien menciona a lord Uzumaki.
Mei tragó saliva. Una parte de ella esperaba que Naruto entrase un momento en cualquier habitación donde estuviera sólo para poder verlo y asegurarse de que estaba bien. Otra parte temía que eso sucediera porque sabía el daño que le había hecho. El corazón le dolía cada instante.
—Señora Mitzukage.
Mei levantó la vista y abrió los ojos sorprendida al ver a lord Uchiha. Era alto y desprendía un aura salvaje apenas contenida; resultaba intimidante con ese pelo tan negro y tan largo y esos ojos tan intensos. Allí de pie, en medio de un salón lleno de mujeres, su presencia resultaba abrumadora.
—Lord Uchiha. —El corazón le latió más rápido porque sabía que el único motivo por el que ese hombre iría a verla estaba relacionado con Naruto.
Él señaló dos butacas vacías que había allí cerca.
—¿Le importa? No le robaré mucho tiempo.
—Por supuesto, milord.
Uchiha encajó su imponente físico en el asiento y apoyó las manos entrelazadas en el regazo.
—Lord Uzumaki me ha enseñado su mapa y los libros que lo acompañan, señora Mitzukage. Mei se llevó una mano a la garganta.
—¿Eso ha hecho?
—Sí. Lady Uchiha y yo viajamos al Caribe cada año cuando termina la temporada para visitar a su padre. Lord Uzumaki me ha pedido que la lleve con nosotros el año que viene, y me ha dado el dinero necesario para financiar una larga expedición para buscar el tesoro. También ha hablado con lord Rokuidame y ha hecho los arreglos necesarios para que usted pueda seguir viviendo en su residencia.
Tragó saliva y miró a Hina, cuyos ojos entrecerrados y labios apretados la condenaban. Ella también se estaba condenando a sí misma porque sabía lo difícil que debía de haberle resultado a Naruto hablar con Chōjūrō y decirle que ella le había rechazado. Lord Uchiha se aclaró la garganta y Mei volvió a mirarlo. Él mantenía su atractivo rostro impasible, haciendo que fuera imposible adivinar lo que pensaba.
—Le diré lo mismo que le he dicho a lord Uzumaki: a lo largo de los años muchos han ido a buscar ese tesoro en las aguas del Caribe y han fracasado, señora Mitzukage. Dudo que usted tenga más probabilidades que ellos de encontrarlo, a pesar de la generosidad de lord Uzumaki. Aun así, Uzumaki ha insistido en seguir adelante, y dado que le considero un amigo, he accedido a ayudarla. —Se puso en pie—. Tengo su dirección. Me pondré en contacto con usted cuando empiece con los preparativos del viaje y se acerque la fecha de zarpar. - Ella le cogió por el brazo para detenerlo.
— ¿Cómo está él?- Uchiha arqueó una ceja y la observó detenidamente.
—Tan bien como cabe esperar de un hombre al que le han roto el corazón.-
—Oh. —Dejó caer la mano. El tono de Uchiha le dejó muchas cosas claras—. No le gusto,
¿Verdad, lord Uchiha?-
—No me gusta que le haya hecho daño a mi amigo, pero me alegro de que le haya rechazado. Yo he tenido la fortuna de encontrar la felicidad en mi matrimonio y deseo lo mismo para él. Sí, ahora tiene el corazón destrozado, pero se recuperará. Y espero que un día vuelva a amar, aunque mi opinión le parezca pasada de moda, y que la próxima vez la afortunada también lo ame.-
Mei apartó la mirada al instante y contuvo un sollozo. La imagen que evocaban las palabras de Uchiha le dolió profundamente: fue como si le estrujasen el corazón.
—Yo le amo —dijo con la voz trémula, pero bien clara.
—Señora Mitzukage —suspiró él—. No conozco su historia, pero le aseguro que quedarse aquí sentada mientras el hombre que la ama está sufriendo no es amor.- Mei lo miró.
—Tomé mi decisión por su bien, por el bien de ambos. Tengo mis motivos y...-
—Estoy convencido de que los tiene. Pero el amor es cuestión de fe, y a menudo no entiende de motivos ni de razones. —Le hizo una reverencia—.Uzumaki se ha encargado de todo para que usted pueda partir mañana de regreso a casa. ¿Le parece bien?
Mei asintió tensa y Uchiha se alejó llevándose con él las miradas de admiración de todas las damas presentes. Hina se puso en pie.
—Eres una cobarde —la acusó con un susurro—. ¡Quieres volver a esa mansión y dejar que se te escape de entre los dedos lo mejor que nos ha sucedido nunca sin luchar!- Mei parpadeó atónita, nunca antes había visto a Hina decirle nada desagradable a nadie.
—Eso no es verdad. Estoy haciendo lo que es mejor para todos. Apenas le conocemos y su pasado...-
—Su pasado no es el problema, es el tuyo. Tienes miedo de confiar en él. Llevas tanto tiempo cuidándote sola, ocupándote de nosotros, que no sabes cómo confiar en otra persona y dejar que te ayude a llevar la carga.-
—Tú eres demasiado joven para entenderlo, Hina.
—¿ Cómo es posible que creas que vivir con Uzumaki será peor de cómo estamos viviendo ahora? ¡Aun en el caso de que él se arruinase, cosa que dudo, por lo que he oído no seremos más pobres de lo que somos ahora, y le tendremos a él!-
Mei se puso en pie y levantó la barbilla para contener las lágrimas que amenazaban con derramarse. Apenas había conseguido cerrar los ojos y descansar esas dos últimas noches, y la conversación con lord Uchiha la tenía hecha un lío. Miró a su alrededor y vio que varias damas la observaban curiosas.
—Me niego a seguir hablando de esto delante de tanta gente. —Salió del salón con Hinata pisándole los talones.
—Piénsalo, Mei. Piensa en lo felices que hemos sido. Toby y Kabuto nunca se habían sentido tan orgullosos de sí mismos, y es gracias a que lord Uzumaki nunca ha sido condescendiente con ellos y a que no los trata como si fueran inferiores por sus minusvalías. Tayuya le adora. Incluso le gusta a Artemis. —Hina perdió el aliento al perseguir a Mei por la escalera—. Esa noche no fui a su dormitorio por casualidad. Quería verle y quería que él encontrase el pasadizo secreto. Quería que supiera que debía ir más allá de las apariencias.- Mei se detuvo en el rellano con la respiración acelerada y se giró furiosa.
—¿Qué has dicho?- Hina alargó una mano y se apoyó en la barandilla para recuperar el aliento.
—Cuando Toby y Kabuto me hablaron del conde, pensé que podía ser él, el amor de tu vida. Y cuando Tayuya me contó lo de las jarras decidí que tenía que averiguarlo. Y cuando te vi la cara tan resplandeciente y los ojos tan brillantes, lo supe. Y Artemis también. ¡Lo que no entiendo es cómo es posible que tú no lo sepas!- Aturdida, Mei no dijo nada. —Te he admirado desde que tengo uso de razón, Mei. No me quites eso, por favor.-
Hina pasó junto a ella y desapareció tras una esquina, dejando a Mei con la cara llena de lágrimas y con demasiadas cosas en las que pensar.
Mei apartó la cortina que cubría la ventana y observó el paisaje invernal que se desplegaba ante ella. El corazón se le aceleró descontrolado al ver a Naruto y a Neji Hyuga acompañando a sus monturas hasta el establo; los cascos de los caballos dejaban tras ellos un claro rastro en la nieve.
En cuanto Naruto desapareció de la escena, Mei dio media vuelta y observó la habitación en la que estaba y donde había pasado las últimas veinticuatro horas intentando decidir qué quería hacer con su vida. Tenía el equipaje listo junto a la puerta. Hoy se iba de esa casa, y sabía que si partía jamás podría volver. Pero antes de que llegase ese momento estaba dispuesta a hacer una última y desesperada apuesta.
A lo largo de la última noche de insomnio había descubierto algo sobre sí misma, algo que debería haber sabido desde el principio: era una cobarde, como le había dicho Hinata. Una cobarde que tenía miedo de creer que alguien la podía amar, de creer que alguien podía preocuparse por ella y desearle lo mejor. Darle esa clase de control a otra persona le resultaba muy difícil, pues prácticamente se había cuidado sola y sin la ayuda de nadie desde que nació. Pero era una cobarde a la que le daba más miedo perder a Naruto Uzumaki para siempre que depositar su destino, y el de las personas que dependían de ella, en las manos de él. Las manecillas del reloj que había en la repisa avanzaban con dolorosa lentitud. La siguiente media hora se le hizo eterna, y en cuanto transcurrió, abandonó el dormitorio y cruzó varios pasillos hasta llegar al ala donde se encontraban los aposentos de Naruto. Se detuvo ante la puerta; le temblaban las manos y tenía la respiración entrecortada. Giró el picaporte y entró antes de que el valor la abandonase.
—Vete —dijo Naruto cortante—. No he pedido nada.-
Los ojos de Mei se llenaron de lágrimas al oír su voz. La había echado de menos, había echado de menos el modo en que le hablaba en la oscuridad, o cuando estaba ronca y emocionada. Él le había ofrecido una vida repleta de felicidad, y ella la había rechazado como una tonta.
Naruto estaba frente a la ventana, mirando al jardín trasero. Se había quitado la levita y el chaleco; tenía los anchos hombros cubiertos por la camisa de lino blando, los fuertes muslos encerrados en el pantalón y las botas. Durante un instante se limitó a observarlo: la firme curva de su trasero, el pelo alborotado por el viento, el elegante arco de sus brazos mientras sujetaban las cortinas. Le había echado tanto de menos que llegó a pensar que se moriría de pena. Incluso ahora tenía tal nudo en la garganta que era incapaz de hablar. Naruto miró por encima del hombro y se quedó helado. Durante un instante, Mei pudo ver un dolor descarnado en los ojos de él, pero lo ocultó de inmediato y se mostró imperturbable cual jugador nato.
—¿Qué quieres? —le preguntó apartando la mirada. Mei entró en el dormitorio y cerró la puerta.
—Lord Uchiha me ha explicado que has llegado a un acuerdo con él para que me lleve al Caribe.- Naruto no dijo nada.
—Me ha dicho que has pagado mi pasaje y que vas a financiar toda la expedición.-
—Te dije que te ayudaría sin que tuvieras que darme nada a cambio —le recordó sarcástico—.
Aunque supongo que como no confías en mí es de esperar que te sorprenda.- Ella se mordió el labio inferior y tardó unos segundos en ser capaz de contestarle.
—Me lo tengo merecido.-
—¿No te vas hoy? —le preguntó él enfadado.
—Sí. Hina y yo nos iremos dentro de unas horas.-
—Buen viaje. —Movió la mano por encima del hombro para indicarle que podía irse.
Mei levantó el mentón. Era culpa suya que él estuviese tan enfadado con ella e iba a soportarlo con estoicismo. Haría la penitencia que fuera necesaria con tal de que él la perdonase y volviese a amarla. Respiró hondo y dio un paso hacia él.
—¿No quieres decirme adiós, Naruto?-
—Ya nos hemos despedido.-
—Al parecer tú sí que te has despedido de mí, pero yo no. No como es debido.- Eso le hizo girarse. Naruto se quitó la corbata y, al quedarle el cuello al descubierto, ella pudo ver un atisbo del vello dorado que le cubría el torso. Él la recorrió con la mirada de la cabeza a los pies y Mei no intentó ocultar el deseo que sentía por ese único hombre. Naruto se rio con amargura.
—Ah, no puedes confiar en mí y soy un inconsciente, pero al parecer sé follar. Bueno, es un alivio saber que sirvo para algo.- Mei hizo una mueca de dolor.
—Sirves para muchas cosas, Naruto Uzumaki. Y soy una estúpida de proporciones épicas por haberte hecho dudar de ti.- Él apretó los dientes.
—No estoy de humor para tus juegos.-
Mei se acercó lo bastante como para oler su perfume, que era una mezcla de piel, caballos y el viento. Las fosas nasales de él se dilataron al ver que ella se acercaba, y también entrecerró los ojos.
—Te he echado de menos —susurró Mei. Intentó cogerle la mano, pero él se apartó, reacción que ella interpretó como buena señal. No podía serle tan indiferente como aparentaba, o no habría tenido miedo de que lo tocase—. No creí nada de lo que me dijo Rokuidame. Ni siquiera por un segundo. Pero me dio la excusa que estaba buscando.-
—Sal de aquí —le ordenó.
—No puedo —le sonrió triste—. Te necesito, Naruto. - Él sacudió la cabeza y se apartó.
—No, no me necesitas. Puedes cuidarte sola; no necesitas que nadie te salve. Yo, sin embargo, he descubierto que necesito que me necesiten. Y por algo más que por mi polla.-
Mei se colocó detrás de él y le puso una mano en la espalda. Flexionó los dedos para sentir la fuerza de los músculos que se escondían bajo la camisa. Naruto se tensó y ella apoyó la cabeza en él, confiando en silencio en que no se apartaría; si lo hacía, se caería al suelo.
—Te necesito y te quiero. No tienes ni idea del tormento que he sufrido estas tres últimas noches sin ti. No he echado de menos sólo tu cuerpo. He echado de menos tu voz, tu risa, tu sonrisa. No puedo vivir un día más si no forman parte de mi vida.-
—Mei. —Tenía la voz dura—. No digas nada más. Sólo vete.-
Ella le rodeó la cintura con los brazos, saboreando la sensación de tenerlo. Extendió los dedos en el abdomen de Naruto y notó que flexionaba los músculos al gemir. Hundió entonces el rostro en la espalda de él e inhaló profundamente.
—Quiero entrelazar mi futuro al tuyo, Naruto. Confío en que eres de la clase de hombre del que me puedo fiar.-
Él entrelazó los dedos con los de ella, le apartó las manos y salió de entre sus brazos. Dio media vuelta para mirarla con una fría expresión en el rostro.
—¿Por qué estás haciendo esto?- No podía aferrarse al orgullo o al miedo, ya no.
—Porque te amo.-
—Se te pasará.-
—No quiero que se me pase.-
—Lo siento. No sé qué más puedo decirte.- Mei tendió las manos hacia él.
—Dime que no sientes nada por mí y me iré. No volveré a molestarte.- Dudó un segundo.
—Te deseo mucha suerte en tus proyectos futuros, pero eso es lo único que siento por ti.- Retrocedió porque las palabras de Naruto la hirieron físicamente.
—Estás mintiendo.-
Decidido, Naruto esquivó a Mei y se dirigió al salón que había adjunto a su dormitorio. Todo su cuerpo se moría porque ella lo tocase, pero se obligó a dejarla y a mantener el rostro impasible. Había demasiado en juego. Mei no había dudado en abandonarlo sólo porque había oído un chisme malintencionado de boca de un hombre al que despreciaba. Antes de volver a arriesgarse con ella, Naruto necesitaba saber si era sincera. Tenía que estar seguro de que Mei no sentía sólo gratitud por haber sido tan generoso con ella, sino amor.
Se sirvió una copa. Y luego otra. Un segundo más tarde sintió las pequeñas manos de Mei acariciándole la espalda. Cerró los ojos y saboreó la caricia. Cuando las manos se deslizaron hasta sus nalgas y las apretaron, se soltó la trabilla del pantalón y liberó la erección. La sujetó y empezó a acariciarla, desesperado por aliviar el deseo que lo embargaba antes de tocar a Mei.
Se había pasado tres noches solo en ese dormitorio, consciente de que ella estaba a unos metros de distancia, deseándola con acuciante y dolorosa intensidad. Que ella estuviese allí ahora tal como él había imaginado era insoportable. La deseaba demasiado, la necesitaba demasiado. Si ella seguía provocándolo, dudada de que pudiese controlarse.
—Deja que lo haga yo —murmuró Mei moviendo las manos por la cintura de Naruto, presionando sus pechos, y los pezones erectos, en la espalda de él. Cuando le sujetó el miembro con ambas manos y empezó a masturbarlo, Naruto respiró entre dientes de lo intenso que era el placer. Ella descansó la mejilla en la espalda de él—. He echado de menos tocarte, abrazarte.
—Soy el mismo hombre que era hace tres días —dijo él enfadado, dejando caer la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.
—Sí —susurró ella—. Eres el hombre que amo.-
Naruto empezó a mover las caderas rítmicamente y a deslizar el miembro por las manos de Mei. Ella sabía cómo tocarlo, si tenía que apretar con fuerza o soltarlo, sabía lo rápido que podía hacerle llegar a ese éxtasis al que sólo ella podía llevarle. A Naruto le costó respirar; el fuego de su propio deseo se extendió por todo su cuerpo, lo llevó al límite de la cordura. Su miembro creció, se le apretaron los testículos, un gemido de dolor escapó de su garganta mientras se preparaba para eyacular... Mei dejó de mover las manos y se apartó de él justo antes de que alcanzase el orgasmo.
—Maldita seas. —Naruto dejó la copa con un golpe en el aparador. Cerró los puños, pero no pudo contener el temblor que lo sacudió de la cabeza a los pies—. ¿Acaso has venido a este mundo para atormentarme?-
Mei se colocó delante de él para mirarlo, y los ojos verdes le brillaron como esmeraldas por el deseo que sentía.
—He venido a este mundo para cuidar de ti, Naruto, para darte placer, para satisfacerte, para demostrar que te amo y volver a conquistarte.-
Colocó las manos en el aparador y dio un salto para sentarse encima. La curva de los pechos se sonrojó por encima del escote y dejó al descubierto las pecas que Naruto conocía tan íntimamente porque las había lamido una a una. Mei se sujetó la falda y se la subió hacia arriba con tantas prisas que delató el fuerte deseo que sentía por Naruto. Lo primero que vio él fueron las piernas cubiertas por las medias, y después los rizos rojos que cubrían los sensuales labios de su sexo.
Atraído sin remedio, Naruto eliminó la distancia que los separaba hasta que el perfume floral de Mei le saturó los sentidos con los recuerdos. Ella se echó con cuidado hacia atrás y apoyó los hombros en la pared, colocando las caderas de tal manera que él pudiese penetrarla mejor. Naruto se dio cuenta de que se estaba moviendo hambriento por ella, de que la miraba con adoración, y con cuidado le separó los labios con una mano mientras que con un dedo de la otra le acariciaba el clítoris. Ella gimió y arqueó la espalda, acercándole los pechos. Incapaz de resistirse, Naruto se inclinó hacia delante y le lamió el cuello.
—Sí... —exclamó ella—. He estado a punto de morirme sin tus caricias, sin el calor de tu boca...-
La piel de Naruto quemaba y estaba empapada de sudor. Apenas podía pensar o respirar. Movió las caderas y la punta de su erección apareció en la entrada del cuerpo de Mei y se impregnó del deseo de ella. Estaba lista, y Naruto deslizó el prepucio dentro sin demasiado esfuerzo. El cuerpo de ella le dio la bienvenida y él estuvo a punto de llegar al final. Tenía el aliento acelerado y entrecortado; flexionaba los dedos con tanta fuerza en los muslos de ella que le dejaría marcas. Se detuvo y la miró a los ojos.
Y esperó. Aunque le estaba matando.
Mei movió las manos hasta colocarlas en los hombros de él y después alrededor del cuello. Le pasó los dedos por el pelo de la nuca.
—Te pertenezco, Naruto. Y seré tuya de la manera que quieras.-
A él se le detuvo el corazón un instante, y cuando reanudó la marcha latió frenético. Le temblaban los muslos del anhelo que sentía por poseerla, por hacerla suya. Le dolían los brazos de las ganas que tenía de abrazarla.
—¿De la manera que quiera?-
—Seré tu esposa o tu amante, lo que tú quieras. No me importa. Lo único que te suplico es que no me pidas que me vaya. Te amo, Naruto. —Colocó los labios encima de los de él y Naruto rugió—. Te amo —volvió a susurrarle en la boca. Las lágrimas de Mei le mojaron el rostro a Naruto y salaron su beso—. Siento mucho haberte hecho daño. Esto es muy duro para mí, me cuesta confiar en la gente..., pero confío en ti. Confío en ti... y te amo.-
Naruto cubrió la boca de Mei con la suya, acunó su espalda entre las manos y le colocó las caderas en el extremo del aparador, deslizando su sexo por encima del de él, hasta que su miembro quedó por completo dentro de ella.
—Maldición —farfulló pegándola a él—. Pensé que no ibas a venir a buscarme. Tenía miedo de que te hubieras ido, de haberte perdido para siempre.-
—Jamás. Oh, Naruto... —Apretó la vagina alrededor de él—. Por favor...-
Naruto la levantó en brazos y la llevó hasta el sofá; cada paso que dio con ella hizo que la penetrase más y más, que el calor de Mei se pegase más a él. Cuando alcanzó su destino y se sentó en los cojines, creyó que iba a morir de placer.
—Cabálgame —le ordenó colocándole las manos en los muslos para que se moviera.-
—Quítate la camisa —le pidió ella.
Naruto se deshizo de la prenda al instante y recibió una gran recompensa. Mei se levantó hasta que la erección casi salió de su cuerpo y después volvió a descender despacio. El dulce gemido de placer de ella prendió fuego al ardor de él. Estaba enloquecido, como un salvaje. Quería sujetarle las caderas a Mei y tomar el control, hundirse dentro de ella hasta haber saciado la desesperada pasión que sentía. En vez de eso, aflojó las manos y se sujetó en el sofá, consciente de que en pocos segundos alcanzaría un orgasmo magnífico. Un orgasmo que sería infinitamente mejor que los demás porque la mujer que lo tenía dentro de ella, en su lugar más íntimo, lo amaba.
Mei apoyó las manos en los hombros de Naruto para tener más equilibrio y marcó un ritmo duro y rápido con su cuerpo. Subía y bajaba encima del miembro de Naruto como si jamás fuese a saciarse de él. A Naruto le pesaron los párpados, el éxtasis se manifestó en todos los músculos de su cuerpo; los dedos con los que se sujetaba al sofá lo apretaban con tanta fuerza que Mei temió que fuera a romperlo.
—Te amo —confesó él con la voz ronca por la emoción.
Mei dejó de moverse.
Él no.
Naruto la tumbó en la alfombra y apoyó la parte trasera de los muslos de ella en la delantera de los de él y la penetró con fuerza. Sus movimientos fueron constantes y firmes y mantuvo la mirada fija e intensa en los ojos de ella en todo momento. Mei se sonrojó y entreabrió los labios carnosos; los ojos esmeraldas le brillaron de amor. Ella alcanzó el orgasmo con un gemido, arqueó la espalda hacia arriba y se estremeció alrededor del miembro de Naruto hasta que a él le fue imposible moverse, retroceder. Los suaves sonidos de sus cuerpos haciendo el amor llenaron la habitación junto con los gemidos de Mei.
Naruto la siguió hacia el orgasmo, se derramó dentro de ella y la llenó con la felicidad y el amor que sentía. Fue una entrega tan devastadora que Naruto supo que jamás volvería a sentir nada igual.
—Tienes que casarte conmigo, Mei-
—¿Estás seguro? No soy la mujer que te conviene.- Él se rio.
—Por supuesto que me convienes. Y estás pasando por alto todas las ventajas que conlleva el matrimonio.-
Mei se acurrucó entre sus brazos allí en el suelo y le acarició el torso.
—¿Como cuáles?-
—El lecho matrimonial, para empezar.-
—Ah, sí, el lecho. Bueno, eso estaría bien. Tal vez si nos casamos llegaremos a hacerlo allí más a menudo...
