Ludwig no entendía mucho esto. Chiara lo odiaba, ¿cierto? Es lo que decía siempre cuando eran niños, que él era un alemán y que por eso lo detestaba, que no sabía de cocina, que el país de donde venían sus padres fue el origen del mal y otras cosas igual de estereotípicas. Básicamente por eso no hablaban mucho.
Sin embargo, se había calmado con los años, notó ahora. Además, se estaba comportando muy amable últimamente.
—Puedes usar la ducha si quieres. Y meter tu ropa a la lavadora.
—¿Mi ropa? No es como que tenga algo qué ponerme.
—El abuelo no se dará cuenta si desaparecen algunas cosas, pensará que una mujer los tomó de recuerdo. Lo hará feliz.
Los ojos azules parpadearon ante ese dato innecesario. Sin embargo, aceptó pues el calor era realmente insoportable. ¡Fuera de la casa era un horno! La ropa se le quedó pegada a la piel por el sudor y si fuera algo como su hermano mayor se habría sacado la camiseta al instante, pero no lo hizo no porque le diera pena, sino que no iba arriesgarse a quemarse la espalda, al parecer el bloqueador solar no estaba funcionando bien. Debería revisar eso más tarde.
Bajó del segundo piso con la ropa que la dueña de la casa escogió para él. La castaña le dijo que se quedara en la sala de estar. Al cabo de unos minutos ella llegó con una bandeja que se levantó para ayudar acomodar. Fue a la cocina de nuevo y trajo dos botellas pequeñas de coca cola heladas.
—¿Está bien que comamos aquí?
—Acabo de cocinar hace unos cinco minutos. ¿Quieres comer en la segunda habitación más calurosa además de la cocina?
—Touché —dijo acomodando lo mejor posible la mesa de centro.
—Pensé que no te gustaban las salchichas o los embutidos.
Ella se encogió de hombros y agarró otra porción de la pizza calabresa.
—¿A ti no te gustan?
—Sí, pero-
—No lo pienses mucho, solo come.
La sala era realmente fresca aun si estaban sentados en el piso.
Él devolvió la vista a su plato. Le dolía el cuello de inclinarse para que no se fuera caer algo de comida al piso o la mesa de centro, pero pensó que era mejor que volver a su casa en este momento.
—Ludwig, hay una pregunta que quiero hacerte.
Él dejó de masticar y la miró intrigado. Ella no usaba su nombre. ¿Qué tan seria era esa pregunta?
—¿No te duelen los huevos por la falta de calzoncillos?
El rubio se atragantó y ella se rió fuertemente.
