Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es MeilleurCafe, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to MeilleurCafe. I'm only translating with her permission.
Capítulo 2
Bella se despertó a las 6:30 a.m. y supo de inmediato que algo diferenciaba ese día de los demás. Una sensación de anticipación la recorría desde el estómago a la punta de sus dedos, deliciosamente llenándola de calor.
Era una sensación que, para ella, podía solo ser inspirada por alguien que patrullaba las calles de Manhattan y jugaba al baloncesto de manera increíble.
Bella inhaló profundamente y soltó un chillido mientras se hundía en las mantas. Se quedó allí por un momento, y entonces se rio de su propia tontería. Esta noche era su primera cita real con Edward. Después del partido en las canchas de la calle Cuatro Oeste, de inmediato preguntó por ese paseo al Museo de Arte Moderno. Cuando llamó para invitarla a salir, ella aceptó sin problemas. Ella tenía mucha curiosidad sobre su opinión sobre el arte… y todo lo demás.
El Museo de Arte Moderno estaba abierto por la tarde durante el verano, y era su mejor opción si querían ir juntos antes que toda la temporada terminara. Edward raramente tenía el fin de semana libre; era parte de ser un policía. Él se negaba a esperar más de unos días, y su impaciencia le encantaba y la entusiasmaba.
—Esos cuadros que queremos ver podrían irse si no estamos allí pronto —dijo él por teléfono—. Ya sabes, el impresionismo podría ser solo una moda pasajera.
—Es verdad —contestó ella, igualando su tono solemne—. Toda esa fruta Cezanne podría pudrirse en cualquier momento. No se puede saber cuánto tiempo falta para que apeste el lugar.
Hubo un silencio por un momento.
—Estás volviéndote buena en esto —dijo él.
—Eso espero.
Después de un cierto tiempo discutiendo de manera afable, decidieron encontrarse cerca del apartamento de ella alrededor de las 6 p.m. El turno de Edward terminaba a las cuatro.
—¿Por qué no solo partimos desde mi oficina? Se encuentra más cerca —sugirió Bella.
—Eh, no. Tengo que ir a casa y ducharme primero —dijo él firmemente—. No iré a ninguna parte contigo hasta que lo haga. Estaré caminando todo el día, y hace calor allí afuera.
Bella sintió decepción de que él no fuera con su uniforme, aunque sabía que eso era ridículo. Por supuesto que él querría ir con ropa de calle. Ella siempre estaba pensando en una manera de verlo en su ropa de trabajo. Era como un tipo de fijación opuesta a la vestimenta formal. En vez de que Edward quisiera verla como, digamos, Mujer Maravilla, ella quería verlo de policía. Excepto que ese realmente era su trabajo.
Quizás él quiera que me vista como Mujer Maravilla y simplemente no ha dicho nada aún. Ahora esa es una idea.
Ella no podía recordar haberse sentido tan tonta o feliz en su vida. Edward la hacía sentir más ligera de lo que ella había creído posible. Y todos lo notaban: Angela, su compañera de piso; los colegas que veía todos los días, y —ella juraba que era verdad— las personas que llenaban las calles del Upper East Side.
Incluso Mike parecía finalmente entenderlo, optando por una conversación cortés que estaba estrictamente relacionada con el trabajo. Bella creía que estaba emanando feromonas especiales de alegría que le advertían a Mike que se mantuviera alejado. Mientras que sus rechazos verbales habían fracasado, su química corporal finalmente tuvo éxito.
Ella flotó durante su día, completando un análisis necesario para la iniciativa de asistencia médica que estaba supervisando en las Dakotas, y ayudando a una colega con su revisión técnica para una solicitud de subvención.
Rosalie pasó para preguntar si quería salir a almorzar con ella.
—Mmm… no, no creo que pueda —dijo Bella distraídamente—. Quiero asegurarme de salir de aquí a tiempo esta noche. Pero si no te molesta traerme algo… —añadió con esperanza.
—Eso depende. ¿Por qué, de repente, no te quedarás hasta tarde trabajando? ¿Tú, que solías plantar tus pies en el marco de la puerta si intentábamos sacarte de aquí arrastras a las cinco?
Bella sonrió y negó con la cabeza ante la presión de Rose para que dijera lo obvio.
—Saldré con Edward después del trabajo. —Ella movió su mano sobre su escritorio en una invitación dramática—. Adelante, dilo.
—Ah. Edward. —Rose entrecerró los ojos y asintió como si esto fuera una revelación—. ¿Los dos están, eh, saliendo ahora? —preguntó ella, arrastrando las palabras.
—Supongo. —Bella frunció el ceño mientras consideraba seriamente la pregunta—. Eso espero.
—Oh, vamos —dijo Rose, exasperada—. Están locos por el otro.
Bella intentó lucir casual mientras acomodaba cuidadosamente los bolígrafos dispersos en un tazón sobre su escritorio. Había una caricatura de The Far Side en el tazón con una mujer regañando a su gato; el felino no reconocía la presencia de su dueña. Había sido un regalo de cumpleaños, y Bella se preguntó en su momento si el colega que se lo dio creía que ella estaba en camino a convertirse en una señora de los gatos.
—¿Edward le ha dicho algo a Emmett o a ti? —preguntó ella con cuidado.
—¿Sobre qué? —Rose no iba a hacer esto fácil para Bella. A ella le encantaba tomarle el pelo.
Bella lanzó las manos al aire.
—Sobre si los apartamentos en Brooklyn se están volviendo tan caros como en Manhattan.
—¿Por qué? ¿Piensas mudarte?
—Necesitaría un compañero de piso. Me llevo muy bien con Angela, así que, si me mudo, tendría que asegurarme de que la situación fuera ideal. —Bella fulminó con la mirada a Rose con frustración. La dirección de esta conversación, y las bromas evasivas, de repente la ponían nerviosa.
Y, por supuesto, ella había caído en el juego de Rose.
—Entonces, sí es serio lo tuyo con Edward. ¿Están pensando en mudarse juntos ya?
Bella entró en pánico.
—¡No! No. Estoy bromeando, Rose. Dios, tendremos nuestra primera cita de verdad esta noche. Solo quería ver si Edward me mencionó.
Rose tuvo piedad con su amiga. Bella era demasiado dulce como para bromear, y Rose realmente creía que Edward ya significaba algo para ella. Ella notaba la mirada en el rostro de Bella; la expresión inquieta que desapareció semanas atrás había regresado.
—Oye, pequeña, no estás preocupada por esto, ¿o sí?
Bella se encogió de hombros.
—Creo que es un reflejo para mí el preocuparme —dijo—. Cuando conocí por primera vez a Edward, estaba tan segura que él llamaría, y lo hizo. Tengo una pequeña lista de expectativas, pero él las ha superado a todas hasta ahora. Supongo que simplemente no estoy segura si estoy a la altura de las suyas.
El corazón de Rose se conmovió por esta chica callada que se preocupaba sobre si encontraría la felicidad. Ella sabía que la alegría de Bella dependía de encontrar alguien bueno, en vez de conseguir un apartamento más grande, un aumento, o un puesto superior en el trabajo. Ella sospechaba enfáticamente que Edward presentía eso sobre Bella, y era por eso que él se sentía atraído por ella. Rose esperaba no tener que patear su trasero para que le dijera eso a Bella.
Ella se estiró sobre el escritorio y tomó la mano de Bella.
—No tienes que preocuparte por Edward. Le gustas mucho, estoy segura de ello. —Le dio un apretón a los dedos de Bella una última vez antes de soltarlos—. Créeme, si creyera que estás desperdiciando tu tiempo, te lo diría. Y si Edward fuera un imbécil, jamás le hubiera permitido estar cerca de ti en primer lugar.
—Gracias, Rose. —Bella se encogió de hombros y sonrió, tratando de darle poca importancia.
—Realmente creo que las cosas estarán bien con Edward —dijo Rose firmemente—. También creo que te traeré ese almuerzo. Ensalada de espinaca, ¿cierto? ¿Con vinagreta de balsámico?
Bella sonrió y le sopló un beso.
Ella logró concentrarse en su trabajo lo suficiente para terminar sus deberes, satisfecha que los había hecho bien a pesar que Edward se filtraba en sus pensamientos, con persistencia pero no desagradablemente, todo el día.
Luego esa tarde, Edward firmó su salida del precinto, agradecido de que su guardia hubiera sido tranquila. Solo unos arrestos y podría estar tapado de papeleo por horas, arruinando completamente su noche con Bella. Él necesitaba el tiempo suficiente para prepararse, y ciertamente no quería llegar tarde. Él quería que su primera vez fuera perfecta.
Esta primera vez… y quizás otras también.
El viaje de regreso en el tren L a su apartamento en Greenpoint incluía una falta de retrasos inexplicados bien recibidos. Edward tomó eso como un buen presagio. Él se encontraba atípicamente nervioso, así que recibía con brazos abiertos cualquier indicación de que esa noche iría bien.
El nerviosismo no era una buena cualidad para un policía. El lograba evitarlo la mayoría del tiempo, pero no había manera de hacerlo ahora. La atracción que sentía por Bella cada vez que pensaba en ella —lo cual era a menudo— lo hacía estar determinado a que esta cita saliera bien. Su conexión era sólida a pesar de su novedad, y Edward sentía que mientras más tiempo pasaban juntos, más se fortalecía.
Él tenía buena intuición con las personas, una cualidad que siempre había poseído pero que había refinado una vez que se volvió un policía. Ese instinto le decía que Bella era una rareza, o al menos, el tipo de mujer que estaba crónicamente escondiéndose. Ella parecía ser cariñosa e inteligente; él podía ver que ella ejercitaba su intelecto, y le hacía querer explorar todo lo que a ella le interesaba. Creía que era hermosa y natural. Ella era la suma de todas las cosas que eran difíciles de encontrar en Nueva York.
Y él fue el que la encontró. Se maravillaba con su suerte.
Pero Edward también era práctico; él llegaba preparado para la decepción. Él había aprendido, también, que las personas no siempre eran lo que aparentaban ser. El tipo en la senda peatonal que se vestía como indigente resultó tener una oficina en la avenida Madison; la matrona bien vestida con una manicura cara era una drogadicta o una ratera. Un pequeño rincón de su mente permanecía práctico a pesar de su esperanza.
Él simplemente quería que funcionara. No, quería que ardiera. Que ardiera, y luego que funcionara.
Edward prácticamente corrió a casa desde la estación de metro, determinado a asearse antes de ver a Bella. Sus llaves tintinearon y casi se zafaron de sus dedos ansiosos mientras calculaba cuánto tiempo tenía antes de tener que salir del apartamento y regresar al metro—asumiendo que el tren L fuera a cooperar de nuevo. Noventa segundos más tarde, tenía la ducha encendida.
Una vez que el agua caliente tocó su piel, Edward pudo sentir de inmediato que los nudos en sus músculos se aflojaron. En cualquier otro momento, él estaría tentado de quedarse allí solo para relajarse. En cambio, Edward se secó rápidamente, y entonces se deshizo de la toalla de camino a su cuarto, dejándola colgada en un picaporte. Se colocó las prendas correctas —casual, pero no casual de ver a los Knicks en casa— y se colocó un par de zapatos mientras abotonaba su camisa.
Un maullido indignado lo distrajo de su apuro. Casi se olvidaba de alimentar a Mookie, el gato atigrado que había adoptado unos años atrás.
—Ven aquí, muchacho —dijo, tomando el gato en sus brazos y rascando sus orejas. Pelaje suelto flotaba de Mookie y se pegaba a la camisa de Edward. Maldiciendo ligeramente, se sacudió el frente lo mejor que pudo, y entonces sirvió medio plato de comida en el cuenco de Mookie y vertió agua fresca. Después de respirar profundamente, Edward tomó sus llaves y se dirigió hacia la puerta.
A las cinco en punto, Bella tomó el tren de regreso a Stuyvesant Town, donde ella vivía con Angela, su amiga de la universidad. Ellas compartían un increíble apartamento, considerando que era Manhattan: renta controlada, con dos cuartos de tamaño decente en un enorme complejo con muchas comodidades y ventajas. Bella había tenido la suerte suficiente de conseguir a Angela como compañera de cuarto en la universidad de Pensilvania, donde se conocieron. Se volvieron muy cercanas, así que no hubo dudas de que vivirían juntas cuando cada una aceptó un trabajo en Nueva York.
Angela no había conocido a Edward aún, y su curiosidad por él crecía cada vez más sin restricciones. Ella vio el cambio casi inmediato en Bella después que su amiga salió con Rose a ese partido de baloncesto. Aunque estuvo aliviada cuando escuchó que él era amigo de Rose —Angela confiaba en el juicio de Rose— ella aún estaba preocupada de que Bella estuviera metiéndose en ello muy rápido y que saldría lastimada.
Así que, cuando Bella entró al apartamento momentos después que ella llegara a casa, Angela le preguntó sobre sus planes de esa noche con el maravilloso, aunque no puesto a prueba, Edward.
Bella soltó unas risitas mientras corría hacia su cuarto.
—¿Quién eres, mi mamá? —Sacó un par de jeans de una gaveta y tomó una blusa roja que había reservado la noche anterior.
Angela se apoyó contra la puerta y se cruzó de brazos.
—Ciertamente no quiero actuar como si fuera tu mamá. Solo quiero asegurarme de que estés bien. Quiero decir, que él esté bien.
Bella inclinó la cabeza y le dio a su amiga una mirada de afecto puro.
—Aw, Ang. Eres muy dulce, ¿sabes? Pero deja de preocuparte. Él está bien. Yo estoy bien. —Lanzó su vestido de trabajo a la cama y metió sus piernas en sus jeans, colocándoselos mientras escaneaba el cuarto en busca de sus zapatos.
—¿Crees que él querrá conocer a tus amigos pronto? —comentó Angela.
—Lo conocí por medio de mis amigos —Bella le recordó. Cerró la cremallera de sus pantalones y se colocó la blusa—. En serio, Edward es increíble. Para nada un chiflado. Quiero decir, es un policía.
—¿Y eso debe hacerme sentir mejor? —Angela arqueó una ceja.
Bella estalló en carcajadas.
—Todos estos meses que te quejabas de que no salía lo suficiente, y ahora te metes con mi cita.
—¿A dónde van, de nuevo?
Bella puso los ojos en blanco.
—Al MoMa, mamá.
Angela sabía que esto era mejor que ver a Bella sentada en la casa durante otra noche. Y Bella parecía realmente emocionada, así que decidió dejarla tranquila.
—No llegues a casa tarde, y no te olvides de tu impermeable —dijo con dulzura.
Bella se detuvo en la entrada.
—No puedo creer que dijeras eso —dijo sin darse la vuelta, y resopló—. Nos vemos luego.
Bella salió del edificio cerca de la calle Catorce, por la estación del metro donde se encontraría con Edward. Era finales de junio pero solo estaba ligeramente húmedo, y la temperatura era muy placentera. Este era uno de los mejores momentos para estar en la ciudad, pensó: el clima era hermoso y el sol proyectaba un brillo dorado sobre todo, incluso los lugares y las partes de Manhattan que no eran muy atractivas. Ella caminaba tanto como podía cuando el aire era cálido y seco. Cuando hacía frío, a menudo tenía ganas de tomar un taxi solo para cruzar la calle.
Hoy, ella se sentía más viva de lo que había hecho en años, a pesar que su modo normal después del trabajo era retirarse y descansar. Sonrió y se estiró para pasar una mano suavemente por las plantas de hibiscos que florecían al borde del complejo. Cuando levantó la mirada, vio a Edward de pie a tres metros de distancia.
Él estaba apoyado contra una máquina expendedora de periódicos, vistiendo jeans y una camisa azul oscuro con las mangas enrolladas. Sus manos estaban metidas en sus bolsillos delanteros, los músculos de sus antebrazos firmes y expuestos. Algo en la manera en que él sonreía para ella le decía que él la había estado observando antes de que ella estuviera consciente de él, y ella agachó la cabeza de manera cohibida. Cuando levantó la mirada de nuevo, él levantó una mano en saludo.
Edward se apartó de la máquina y caminó derecho hacia ella. Una brisa levantó su cabello, pequeños mechones flotaron, y Bella sintió su corazón contraerse al verlo. Se apresuró hacia él, y entonces se detuvo a un paso en frente suyo.
—Hola.
—Hola.
Él se inclinó y le dio un suave beso en la mejilla, solo lo suficiente por ahora.
—Qué bueno verte de nuevo. Te ves realmente bien —dijo. Su mirada bajó hacia la blusa roja que resaltaba el tono moreno de su cabello.
—Es bueno verte también. Estoy contenta de que quisieras salir —contestó Bella, aún sintiéndose un poco tímida.
Edward señaló hacia la entrada del metro.
—Vamos. No tenemos mucho tiempo antes de que cierren.
Bella pensó en su conversación con Rose temprano ese día. Edward la acababa de besar por segunda vez; seguramente podría arriesgarse un poco, y estaría a salvo.
Ella se estiró y fácilmente deslizó su mano en la suya. Él echó un vistazo rápido donde los dedos de ella se envolvían alrededor de su palma, y Bella captó la sonrisa furtiva mientras él miraba hacia la estación. Esa sonrisa hacía que la línea de su mandíbula luciera incluso más fuerte, y muy apetitosa.
Las escaleras estaban abarrotadas, y Edward sostuvo fuerte su mano mientras descendían. Fuertes chirridos metálicos de un tren saliente hacía imposible que pudieran hablar hasta que llegaron a la plataforma.
—Y bien, ¿te gusta vivir en StuyTown? —preguntó.
—Me gusta mucho. Leí sobre él en línea antes de mudarme aquí con Angela. Varias personas se quejaban del complejo, sobre el mantenimiento o la seguridad. Pero no me ha parecido un problema.
—Esto es Nueva York. Las personas se quejan por cualquier cosa —contestó—. Está tan inculcado en ellos como recordar quién ganó la Serie Mundial en 1969, incluso si no estaban vivos entonces.
—Los Mets, ¿cierto?
Él volteó completamente hacia ella.
—Esa es mi chica. —Su mirada cálida, así como sus palabras, provocó un temblor de placer en su espalda.
Avanzaron así como cientos de otros trabajadores de Nueva York para abordar un tren y entonces conectar con otro. En el segundo viaje, solo alrededor de la mitad de pasajeros se bajaron, y parecía que el doble de ellos ingresaron apretadamente. No había asientos, por lo que se acomodaron contra uno de los postes de metal. Edward se paró derecho contra Bella, su pecho contra la espalda de ella. Ella inhaló suavemente, dándole la bienvenida a su cercanía.
El clima cálido quería decir que no había abrigos gruesos entre ellos. Bella acababa de encontrar otra razón para preferir el verano.
Pero eso hacía que el tipo con el sobretodo fuera incluso más obvio en la multitud. Se encontraba a un metro de distancia, meciéndose con los movimientos del tren, su mirada fija en Bella.
Un sobretodo en un metro en junio usualmente implicaba una cosa para un policía. Los hombros de Edward se encorvaron de manera protectora alrededor de Bella mientras miraba con furia, incapaz de apartar la atención del tipo de ella. Las manos del extraño se encontraban en sus bolsillos, juntos al frente de su abrigo sin abotonar.
Edward había pasado por este tipo de aventura más veces de lo que le importaba recordar. Se inclinó hacia adelante y dijo, «Ni siquiera pienses en ello. Soy policía, y sacaré tu trasero de aquí tan rápido que tus zapatos quedarán en el tren».
El tipo arrugó el rostro con incredulidad.
—No eres policía.
Edward rápidamente sacó su insignia de su bolsillo trasero.
—Hace un poco de calor aquí, ¿no? ¿Quieres quitarte el abrigo quizás? —La expresión del tipo cambió a una de temor.
—Tu cremallera, los botones de tu abrigo, úsalos. Manténlos cerrados hasta que llegues a casa. Y créeme, sabré si no lo haces —rugió Edward.
Todo sucedió tan rápido que Bella apenas tuvo tiempo para procesarlo. El metro se detuvo en la estación, y entonces Edward estaba guiándola firmemente por la puerta con su mano en su espalda baja.
—Espera… ¿qué…? ¿Ese tipo iba a…?
—Sí. Sucede mucho en el metro. No esta vez. No a ti.
Edward odiaba la idea de que alguien tan repugnante estuviera cerca de Bella. Él estaba determinado a protegerla de la sordidez que siempre acechaba en la ciudad, especialmente en el metro. Él sabía mejor que nadie que era imposible, pero solo le hacía desear controlarlo todo mucho más.
Una vez que pasaron por el torniquete, Edward se detuvo.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo Bella, estremeciéndose—. Ni siquiera lo noté hasta que lo enfrentaste. Jamás he visto a alguien hacer algo como eso.
—No sabes lo contento que estoy de escuchar eso —contestó Edward, intensificando su agarre alrededor de su cintura.
—¿Realmente se hubiera… expuesto a sí mismo? ¿En hora pico en el metro?
Él podía ver su incredulidad, y la inexperiencia subyacente.
—Eso es lo que le encanta —contestó él sombríamente.
Los ojos de él tenían una mezcla de emociones: disgusto, preocupación, y lo que ella creía que era frustración de que una persona asquerosa hubiera estropeado su primera cita. Bella llevó una mano hacia el brazo de Edward.
—No voy a dejar que esto arruine nuestra noche —dijo ella firmemente—. Jamás le daría esa satisfacción al tipo.
»—Y de todos modos, no pasó nada. Incluso con el sobretodo abierto, no había nada para ver —añadió ella furtivamente.
Bella no tenía idea de dónde salió esa ocurrencia; probablemente del fuerte deseo de tranquilizar a Edward. Le hacía sentir espontánea por una vez, en vez de cohibida. Mientras él estallaba en carcajadas, ella vio la tensa postura de sus hombres visiblemente aflojarse. Sentía que había marcado una pequeña victoria.
Las pocas cuadras desde la estación a la entrada del MoMa en la calle 53 fueron afortunadamente placenteros. Los ojos de Edward brillaban mientras llegaban a las escaleras del imponente museo, y de repente ella tuvo que apurarse para seguir el ritmo de sus largas piernas. Él subía las escaleras de a dos escalones a la vez.
—Lo siento —se disculpó—. Estoy un poco impaciente.
—Puedo verlo —dijo Bella, riendo. Ella estaba contenta de lo feliz que él se veía de estar aquí. Quizás estaba tan emocionado por ello como ella.
La jaló hacia la recepción donde se encontraban dos guías del museo, una mujer que parecía tener alrededor de cincuenta años y otra más cercana a su edad. Edward la llevó hasta ubicarse detrás de otra pareja frente a la mujer mayor a pesar que la más joven no estaba ayudando a ningún visitante. Bella notó la breve decepción en el rostro de la chica, y la manera en que observaba a Edward de manera apreciativa.
Mantente lejos, cariño. Él está conmigo. Bella se sintió sorprendida, y luego divertida ante su instintiva reacción. Ella jamás se había sentido posesiva, como si estuviera lista para luchar con cualquier mujer que se acercara a Edward. Bella se preguntaba cuán a menudo sucedía esto. Frecuentemente, ella supuso, al ver el rostro apuesto y la complexión musculosa de Edward.
Los ojos de la guía se iluminaron una vez que llegaron a ella.
—¡Edward! —dijo ella, extendiendo sus manos sobre el escritorio.
—Hola, tía Maggie. —Se inclinó para darle un beso—. Estoy aquí para recoger nuestras entradas.
—Las tengo justo aquí —dijo ella, su mirada moviéndose hacia Bella—. ¿Quién es tu amiga?
Edward llevó su brazo alrededor de los hombros de Bella.
—Ella es Isabella Swan —contestó, con una pizca de orgullo en su voz—. ¿Puedes creer que ella jamás ha venido aquí antes? Bella, ella es mi tía Maggie Devaney.
Bella tomó la mano de la mujer nerviosamente. Ella no había esperado ser presentada ante alguien de la familia de Edward esta noche. Ella notaba las similitudes en el cabello broncíneo inusual y los ojos verde oscuros de ambos.
—Es un placer conocerte —dijo ella.
—Es un placer también —dijo Maggie con cariño—. ¿Edward te mostrará el lugar?
—Sí.
—Bueno, estás en buenas manos. Él conoce el lugar mejor que yo.
Edward apartó la mirada, ligeramente avergonzada, y Bella guardó este momento para futura referencia. Él era incluso más adorable cuando se quedaba sin palabras.
Aunque no duró mucho.
—Oye, llevaré a Bella al tercer piso y le mostraré esos muebles de los 70 que donaste.
—Qué chico sabio. Jamás te quejaste de aplastar tus pompas en mis sillas de plástico de mierda cuando te hacía esos pasteles de cumpleaños. —Ella volteó hacia Bella con una sonrisa satisfecha—. Él me rogaba que tuviera un dibujo de glaseado de las Tortugas Ninja Adolescentes Mutantes. Amaba esas cosas.
—¿En serio? —dijo Bella, inclinándose hacia adelante con interés.
—Está bien. Hora de irnos —anunció Edward.
—¡Adiós! ¡Un placer conocerte! —respondió Bella mientras él la llevaba hacia las escaleras—. Oye, me agrada la tía Maggie —protestó—. Solo nos estábamos conociendo.
—Sí. Lo noté. La próxima vez, me aseguraré de que no esté trabajando —dijo secamente.
—¿Tortugas… Ninja… Adolescentes… Mutantes? —dijo ella en tono burlón.
—¿Cómo sabes que ella no lo inventó?
—No lo haría —contestó Bella con certeza.
—¡Acabas de conocerla! Confía en mí, no tienes idea de lo que ella es capaz.
Se encontraban en el rellano entre el primer y segundo piso, y Bella lo apartó de la multitud que bajaba las escaleras. Le indicó que se inclinara.
—Lo dejaré pasar por ahora porque soy una buena persona —dijo suavemente. El calor húmedo de su aliento lo hizo estremecer, y ella lo acercó aún más.
—Pero no crees que lo olvidaré —dijo ella, con voz ronca.
Edward gruñó suavemente, aunque Bella creyó que era debido a su amenaza. Él volvió a tomar su mano y señaló las escaleras.
—Suficiente con las tortugas, los muebles, y mi familia demente. Hagamos esto.
Bella sentía la misma sensación de expectativa en su vientre que había sentido en la mañana. Ella estaba casi ansiosa de ver las obras de arte más famosas en existencia —y con Edward. Le echó un vistazo de nuevo, y la expresión en su rostro seguramente coincidía con su propio entusiasmo. Una corriente de felicidad la invadió tan fuerte que casi la detuvo en seco, para sentirla mejor. En ese momento, mientras ella observaba el perfil de Edward, jamás había estado tan contenta de encontrarse exactamente donde se encontraba.
Con una mirada de satisfacción, él la llevó hacia la sala frente a ellos. Bella miró a su alrededor, y "La Gitana Dormida" de Rousseau captó su mirada primero.
Caminó hacia el cuadro. Edward soltó su mano, mirándola.
Bella inclinó la cabeza y se detuvo a varios pasos de la gitana, primero absorbiendo los colores. Se concentró en la luna suspendida en la parte superior derecha de la pintura, su brillo perfectamente capturado. Entonces, miró de cerca al rostro pacífico de la gitana mientras dormía ignorando que un león se encontraba a milímetros de ella.
Edward simplemente observó, preguntándose qué estaba pensando Bella y esperando el momento para preguntárselo.
Ella se maravilló con la decisión del artista de capturar este preciso momento. La tranquilidad de la escena hacía creer a un observador que el león podría dar una zancada sin lastimar a la persona. Bella estudió el rostro impasible del enorme gato, la ropa de la gitana y su instrumento, y la posición de su brazo sobre su pecho.
Caminando lentamente detrás de ella, Edward masculló, «Rousseau era un artista de clase trabajadora. Tenía un trabajo como oficial de aduana. Prácticamente nadie lo tomaba en serio. Se burlaban de él, pero él jamás perdió la fe en sí mismo».
Ella suspiró.
—Muy pocos lo hicieron. Todos los demás creían que él era demasiado ingenuo. Él no tenía ninguna formación. Pero mira qué brillantes son sus colores —dijo, señalando donde colgaba "El Sueño"—. Todo es tan vívido, es como si estuviera allí mismo —añadió, su voz volviéndose un murmullo de nuevo—. La representación no tiene que ser exacta. Sabes lo que es, y lo ves.
Bella cerró los ojos y asintió, invocando la pintura en su mente.
—Y lo sientes también. —Cuando los volvió a abrir, Edward se encontraba muy cerca, observándola intensamente.
Ella casi se sentía inquieta bajo su mirada hasta que otro cuadro captó su atención. Sus ojos se agrandaron, y Edward siguió su mirada hacia el óleo de Van Gogh ubicado más adelante en la misma pared.
Siempre había una pequeña muchedumbre de pie tan cerca de "La Noche Estrellada" como era permitido, pero en ese momento varios turistas se fueron, abriendo un pequeño espacio frente a esta. Bella se acercó lentamente y se detuvo, fascinada.
Edward la siguió sin hablar, sintiéndose abrumada y modesta como él lo hacía cada vez que se encontraba aquí. Observó las pinceladas gruesas y apasionadas de pintura: los amarillos trayendo casi un brillo atomentador a los espirales azules, y los verdes y marrones en un crudo y prominente contraste. Era difícil ignorar el poderoso dibujo de la pintura a pesar que él la había visto numerosas veces.
Pero Edward finalmente regresó su atención a la mujer a su lado. Bella se encontraba parada en silencio sin moverse por varios segundos. Levantó las puntas de sus dedos contra sus labios, presionando ligeramente, y Edward la escuchó mascullar un «Oh», como el suspiro más suave. Una lágrima se escapó por el rabillo de su ojo y rodó por su nariz. Él sabía que ella estaba completamente cautivada como él lo estuvo la primera vez que había posado su vista en este cuadro.
Ella era la mujer perfecta para invitar aquí. Él sabía que jamás podría traer a otra.
Edward no quería nada más que envolverla en sus brazos, pero respetuoso de una ensoñación que comprendía, él gentilmente llevó sus manos a sus hombros primero. Ella asintió, reconociendo su presencia, y entonces se inclinó hacia él ligeramente. Él tomó eso como una señal muy deseada y se movió así podía rodear su cintura con sus brazos. Instintivamente, Bella colocó sus manos sobre las suyas, las cuales ahora estaban unidas sobre su vientre.
—Es increíble —dijo ella, su voz un poco temblorosa—. No tenía idea.
Él no podía resistirse a reírse de ella un poco.
—Te lo dije, deberías haber venido aquí antes.
—No, estoy feliz de no haberlo hecho —dijo ella contundentemente—. No querría ver esto con nadie más que tú.
Edward sintió que el aliento le había sido arrebatado, y era mucho más encantador de lo que hubiera imaginado. Había personas alrededor de ellos paseando por la galería, así que sabía que tenía que estar un poco contenido. La giró lentamente así podía verla a los ojos. Suavemente, trazó su dedo índice y dedo del medio por el costado de su rostro, y entonces se inclinó y la besó.
Fue mucho más poderoso que su primer beso esta noche, pero para nada cerca de lo que él quería. Tendría que esperar, y eso era muy difícil para Edward ahora mismo. Una suave presión de labios no era suficiente para comunicar las cosas que no podía expresar de ninguna otra manera.
No había muchas situaciones donde Edward se encontraba sin palabras, y sucedió dos veces esta noche en menos de una hora. Bella era como una serie de primeras veces para él. Estaba intrigado por las reacciones que ella inspiraba. Quería escuchar lo que ella pensaba, sentir lo que ella sentía, y tener la satisfacción de saber que su intuición con ella era, como había esperado profusamente, correcta.
Después de pasar otros instantes con la belleza de la obra de arte de Van Gogh, exploraron otras artistas en el piso. El resto de su corta visita fue pasado con Cezanne, Chagall, Monet, Magritte, e incluso Dalí, aunque Bella creía que gran parte de sus últimos trabajos eran un poco perturbantes.
—Así tiene que ser —discutió Edward mientras salían de la galería.
—Lo sé; solo me desagrada. No es placentero mirarlo. Mucho de lo que él pinta… simplemente no está bien.
Edward suspiró.
—Tampoco eso. —Señaló la pintura que estaba colgando en una pared justo frente a las escaleras, junto a una mesa del Servicio de Atención y un cesto de basura.
Bella lo reconoció de inmediato como el famoso "El Mundo de Cristina" de Andrew Wyeth.
—¿Qué está haciendo eso aquí? —preguntó ella, desconcertada—. ¿Por qué no se encuentra en una de las galerías?
Él levantó los brazos en un gesto exagerado.
—¿Cierto? —resopló. Edward la notó encogerse ligeramente ante su tono brusco, y suavizó su voz al instante.
—Es un ícono. Debería tener un lugar de honor. No incrustado en una pared donde todos simplemente caminan de pasada. Y junto a un cesto de basura, santo cielo.
La voz de él se alzaba de nuevo. Bella ahora comprendía su furia; estaba dirigida a algo por lo que él sentía pasión. No era algo aleatorio que lo hacía enfadar. Eso la hubiera desconcertado aún más. Le gustaba que él tuviera opiniones firmes sobre cada aspecto del arte.
—Arréstalos —dijo ella simplemente.
El rostro de Edward se relajó y comenzó a reírse.
—Créeme, lo haría si pudiera. Meterlos en la cárcel de arte.
Bella sonrió, sintiéndose muy satisfecha por hacerle reír. Parecía que ella estaba adquiriendo una facilidad para ayudarlo a sacarlo del mal humor, y eso le hacía sentir bien.
Alrededor de ellos, los visitantes comenzaban a salir del museo. Suburbanos y artistas del centro se mezclaban con la clase alta y los hipsters. Un chico gótico extendió una mano para ayudar a una señora mayor con un traje Chanel que estaba bajando las escaleras de manera insegura.
Bella estaba encantada con la mezcla de personas que se sentían atraídas por las mismas cosas que ella y Edward. De repente, sabía por qué él se sentía tan a gusto aquí. Él no estaba fuera de lugar. Nadie lo estaba.
Había un pequeño patio afuera de la entrada del museo, justo cerca de la tienda de regalos mientras salían. La pared de cristal detrás de ellos reflejaba las luces blancas y rojas de los coches que se movían por la calle 53. Bella había pensado hace tiempo que ella jamás sería una verdadera neoyorquina, pero de repente eso no importaba. Sentía que pertenecía allí ahora, como si hubiera algún sentido en su vida que estaba atado a quien era ahora, y no su "qué" o "dónde".
Ella posó su mano en su brazo para detenerlo.
—Espera. Vengamos aquí de nuevo. Quiero pasar todo el día contigo la próxima vez que tengas el día libre. —Bella sintió una repentina urgencia de demandarlo, como si jamás tendría una oportunidad que importara tanto.
Sin hablar, Edward la jaló hacia él, rodeando su rostro con sus manos. La besó fuerte, de la manera en que había deseado hacerlo en la presencia de Van Gogh. La sintió tensarse en sorpresa, y entonces derretirse casi de inmediato. Cada emoción despertada por lo que ella acababa de decir —saber que este lugar era tan importante para ella como para él— se vertía en su beso. Bella se lo devolvió, suspiro por suspiro, caricia por caricia, mientras ella se hundía en la cálida suavidad de sus labios y su lengua.
Cada beso es como un capítulo en una historia que me deja deseando más, deseando ver qué sucederá luego. Y Edward realmente sabe cómo contar una historia.
Él dejó un camino de besos por su cuello, inhalando el ligero aroma que él había disfrutado arriba en la galería. Él cerró los ojos y presionó sus labios una vez más cerca de su cuello, y entonces se apartó para observar su rostro. Se sonrieron, manteniendo lo que podría ser el silencio más suave en Nueva York afuera de una iglesia hasta que Edward rompió el hechizo.
—¿Tienes hambre? Conozco un lugar mexicano increíble en Village… —Su voz se fue apagando con esperanza.
Ya eran las 8 p.m., y si cenaban ahora, significaría una noche muy tarde. Bella tenía que comenzar su día temprano al día siguiente. En cualquier otra situación, ella hubiera puesto excusas y se hubiera ido a casa. No esta noche. Se quitaría el reloj y permitiría que algo más que la hora fuera su guía.
—Vamos —dijo ella, tomando su mano.
Tan lindo cómo se enamoran *-*
¡Gracias por leer!
