Prólogo "Mata tu inocencia"
(...)
"¿Realmente quieres regresar a tu hogar?", dijo una voz femenina, a su vez, hermosa y autoritaria. El olor a ceniza era penetrante, flotando en el aire en distintas direcciones, mientras los escombros no lograban esconder los miles de cadáveres esparcidos al horizonte en las ruinas de la ciudad. Además, había miles de charcos de sangre inundando muchas zonas de la calle principal.
Un joven caminaba lentamente por este páramo desolador, evitando mirar aquellas vidas que fueron arrebatadas injustamente. "Sí", contestó el joven a la pregunta del extraño ser que solo él podía escuchar y entender. La desconocida entidad continuó con un tono burlesco, "Este es un mundo cruel, tú mismo lo has experimentado en carne propia. ¡Míralos! Muertos, todos débiles ante las desafortunadas circunstancias".
El joven no podía evitar mirar los cadáveres a su alrededor por las declaraciones que había dicho. "Quiero irme, no tengo nada aquí, solo sangre en mis manos", dijo mirando sus manos manchadas de sangre. "Nada puede asegurar que tus seres queridos estén ahí, ¿seguro?", preguntó la voz. "Es un riesgo que puedo correr. Mi mundo está tan podrido como este, pero sé que pertenezco ahí", dijo el joven, apretando su puño con fuerza.
De repente, algunas llamas del fuego de los incendios alrededor se movieron en una sola dirección, especialmente a un par de metros del chico. "En este mundo, la riqueza, el poder, el éxito depende de tu capacidad de obtenerlo, de los medios para conseguir y, por último, tu voluntad por tenerlo", dijo la voz, mientras las llamas se expandían para crear una figura angelical. La figura llegó al suelo con elegancia, su cabello café y liso, sus labios finos como una flor, su tez blanca, como se esperaría de un ser divino, y su ropa modesta.
La figura habló seriamente, "Tu alma está tan manchada como tus manos, ahora está agonizando. Aquel brillo que vi antes se está desvaneciendo; ahora solo veo una oscuridad creciendo en tu ser. Solo te queda poco por ofrecer, pero será suficiente".
"Yo...", él no sabía qué contestar.
"El mundo te ha mostrado lo cruel que puede ser con la inocencia que tenías. Te ha demostrado que no puedes salvar a tus seres queridos con la compasión que acostumbrabas".
Lo único que pudo decir fue:
"Es verdad", dijo mientras caía de rodillas en un profundo charco de sangre.
"Si es regresar a tu mundo lo que deseas, sabes que necesitas hacer lo que sea necesario para obtenerlo. Lo sabes mejor que nadie".
"Sí", asintió el joven.
"El poder que yace en ti necesita que tu inocencia sea asesinada por tus propias manos".
"¿Qué?", ahora estaba en estado de shock.
"Mata lo que eres y el poder del fuego arderá con el rencor y oscuridad que almacenará ese vacío en tu interior. Tu pago será estar unido a ese poder por la eternidad y la poca inocencia que te queda".
De repente, más llamas comenzaron a incendiar los cuerpos a su alrededor, rodeando al chico como si fuera un gran cuadrado.
"Sólo necesitas aceptarlo y asesinar tu inocencia".
"Yo...", dudó.
No lo había pensado mucho, pero por inercia había aceptado. Sólo se necesitó un apretón de manos para desatar el infierno cuando el fuego se extendió por el horizonte, borrando lo que alguna vez fue una ciudad y su gente.
10 años después...
(...)
Aquel joven que los había salvado de ser devorados por el dragón de tierra era impresionante. Con una habilidad extraordinaria con la espada, los había salvado de una muerte inminente. Los comerciantes no habían visto los movimientos que había hecho para cortar en pedazos al monstruo.
A pesar de su pose profesional, parecía alguien con un carácter sereno y serio, lo que les daba confianza para hablar y agradecerle a su salvador.
Pero al acercarse a él, mostró su verdadera personalidad: otro joven soñador e ingenuo.
—¡Para mí luchar contra una criatura como ésa fue pan comido! —dijo sonriendo.
Era un joven de estatura promedio o menor, con cabello castaño algo largo y ojos verdes. Su atuendo característico consistía en pantalones negros y botas largas, una camisa y un suéter de lana color marrón amarillento. Parecía muy alegre para la horrible situación de la sociedad actual.
—Por cierto, mi nombre es Tatsumi. Será mejor que lo recuerden, ya que será un nombre famoso en la capital —añadió con cierta arrogancia.
El hombre frunció el ceño en respuesta.
—No creo que sea buena idea que vayas allí. Hay monstruos en ese lugar.
—¿Qué clase de monstruos? —preguntó Tatsumi antes de recordar algo— Ah, espera. Creo que olvidé avisar a mi amigo de que ya es seguro aquí.
El chico silbó lo suficientemente fuerte como para ser escuchado a distancia. Luego, otro joven salió de entre los árboles, vestido como un comerciante.
—¡Ya es seguro, Izuku! —gritó Tatsumi.
—Gracias por derrotar a ese monstruo, Tatsumi —dijo el chico sonriendo.
