Capitulo [2] "Viejas Cuentas"

(...)

Un nuevo integrante se había unido al grupo, siendo este un joven comerciante llamado Izuku Midoriya. En apenas unos pocos días, había logrado integrarse bien al grupo y pasar de ser un simple cliente a un buen amigo. Si bien habían acordado un contrato verbal, su entrega al grupo había sido total.

A Tatsumi le encantaba escuchar las anécdotas de Izuku sobre sus viajes por diferentes lugares y eso había aliviado en gran medida la dura travesía para llegar al final del tramo del valle. Las baladas y canciones populares de su pueblo se habían acabado y estaban hartos de no tener un tema en el que hablar. El estrés del viaje les estaba empezando a afectar físicamente, y reír en compañía resultaba una buena forma de reducirlo.

—¿Me estás diciendo que los gitanos te robaron tu comida? —dijo Sayo riendo con una leve carcajada.

—Son gente buena, una vez que convives con ellos, pero para quienes viven al suroeste del Imperio, es de sentido común no confiar en ellos totalmente. Lo aprendí de la peor manera cuando desperté de una resaca y vi que mi jabalí gigante había desaparecido —dijo Izuku con un tono jovial.

—Mejor te hubieras contenido —dijo Leyasu riéndose también.

—Dejar que ese bastardo de su jefe me ganara en un reto del bebedor más valiente, ¡nunca!

—Solo demuestras que eres un alcohólico, Izuku —comentó Tatsumi en un tono burlón.

—Sayo me dijo que eres un adicto a apostar, ¿no es lo mismo? —dijo Izuku tratando de no reírse y tapándose la boca.

—¿¡Sayo?! —exclamó Tatsumi, rojo de vergüenza, mirando a ella.

—¡Perdiste nuestro dinero de un año de trabajo en el pueblo! Trataste de apostar con los adultos —comentó Sayo enojada.

—¡Oh, vamos! ¿Aún no me lo perdonan? —exclamó Tatsumi frustrado.

Al mismo tiempo, los dos amigos cruzaron los brazos y se enfrentaron con un poco de rencor a su amigo Tatsumi.

—¡No! —exclamó Tatsumi.

Entonces, empezó a reírse.

—Ya verán, jajaja. Se los pagaré con intereses a ustedes una vez que ganemos dinero en la capital.

—Eso lo veremos, hermano —dijo Leyasu mirándolo inquisitivamente.

—Me conoces, Tatsumi. No te dejaré olvidarlo —comentó Sayo con un puchero visible.

—Lo sé, Sayu. Desde niños, nunca has dejado de recordarme todo, incluso la más mínima cosa.

—A veces das miedo con los detalles, Sayo —comentó Leyasu un poco asustado de su amiga.

Entonces, Sayo replicó a sus amigos.

—Si uno quiere ser un excelente guerrero, debe guardar cada experiencia adquirida. Por ejemplo, aprendí de Izuku que en los caminos de tierra es más probable que las autoridades te cobren impuestos de manera excesiva. Usualmente cobran 15,000 monedas de cobre a las caravanas con un 15% de interés. Una tasa excesivamente alta...

En ese momento, Tatsumi intuyó que el Peliverde estaba conociendo la inhumana memoria de su hermana, ya que no hacía ni un día y medio que se lo había contado y era una información que había dicho con mucha rapidez.

Desde la perspectiva de Leyasu, el chico peliverde era bastante agradable y, además de las anécdotas que les contaba, les encantaba los diversos productos que ofrecía. Desde que se unió, el joven había probado distintos tipos de comidas o dulces extraños. Les había gustado tanto, que hasta se ofrecieron a ayudar a Izuku a preparar los platillos para que salieran más rápido.

Cuando sus amigos le dijeron que dejara de gastar el dinero en comida que no era tan necesaria, había entrado en una depresión momentánea, ya que por fin había probado un dulce llamado Chocolate, que Izuku había conseguido en un país llamado "La República de Suiza". Un manjar que se había vuelto adicto, y que era una tortura no poder comer cada vez que quisiera.

Pero Izuku le había dado una opción bastante oportuna, ya que una de las metas del chico era abrir un negocio de comida en la capital. Desafortunadamente, no había tenido suficientes personas para probar algunas de las recetas que había creado, ni los productos que había conseguido en los lugares que había visitado. Entonces, le dio uno de los trabajos temporales más hermosos que el chico pueblerino había tenido: ser catador de comida.

Leyasu podía oler la envidia que corroía a Tatsumi desde lejos mientras probaba los alimentos hechos por el peliverde, en su cocina personal cuando acampaban. Una lástima, considerando que Izuku le había dicho amablemente a Tatsumi que era demasiado tragón para ser un buen catador.

Algo le decía que su amigo se desquitaría tarde o temprano cuando llegaran a la capital. Pero mientras tanto, diría su lema, sin importar los sentimientos de su amigo y hermano de la infancia, cada vez que probaba un manjar del comerciante.

—¡A gozar los momentos que lleguen!

Mientras tanto, desde la perspectiva de Sayo, todo era bastante especial.

En el pueblo donde había crecido, era la única joven que había logrado llegar a la adolescencia en su generación. Unas hambrunas anteriores habían desafortunadamente matado a muchas niñas de su edad. Creció en un entorno donde la mayoría de la población era de hombres, pocos adultos en edad productiva y, peor aún, pocos jóvenes de su edad, siendo los únicos Leyasu y Tatsumi. Además de ellos, fue criada brevemente por una figura masculina que fue su maestro, y las amables mujeres que administraban el orfanato local.

A medida que crecía, tuvo un rol maternal con los niños huérfanos del pueblo y se había convertido en la gran hermana mayor del orfanato también, teniendo otra gran responsabilidad además de su entrenamiento militar con su maestro.

Todo esto hizo que olvidara lo que se sentía crecer siendo una chica, excluyendo los cambios en su cuerpo que le llegaron desde la pubertad temprana. Nunca había conocido lo que era sentirse atraída por un chico.

Ella amaba incondicionalmente a ambos chicos, como sus hermanos. Era un amor familiar que solamente una familia unida podía tener. Pero no se sentía atraída por ninguno de otra manera afectiva. Entonces, desde que llegó Izuku para integrarse al grupo, empezó a sentir lo que las ancianas del pueblo llamaban "El primer flechazo".

Principalmente, era la primera atracción que una mujer podía sentir en su vida hacia un chico. Sayo no tardó mucho en darse cuenta de ello, incluso desde el segundo día que lo conoció.

Se le hacía atractivo su cabello alborotado y verde, sus ojos verdosos y brillantes, su forma de hablar y desenvolverse en el grupo. Por último, pero no menos importante, su gran musculatura que podía compararse con la de sus amigos. Lo cual le parecía extraño, ya que la mayoría de los comerciantes eran tipos obesos de mediana edad.

Aún peor, sentía otra extraña sensación en su pecho y en su abdomen cada vez que lo veía. Además de extraña, era como si el mundo que la rodeaba se desvaneciera. Las ancianas jamás le habían contado lo que uno debería sentir físicamente, y eso la asustaba. Pero era algo que ella se sentía capaz de superar.

Una vez más, agradeció al destino por darle la oportunidad de conocer a otro chico y tener una sensación que jamás había experimentado si no se hubiera ido del pueblo.

Si bien todo el tiempo que había pasado con ese chico fue una buena experiencia para ella, sabía que no debía ilusionarse demasiado, ya que ambos tenían metas separadas. Él abriría un restaurante de comida en la capital y ellos serían soldados en busca de fama. Era más que obvio que él no correspondería sus sentimientos y probablemente nunca se volverían a ver una vez llegados allí.

Pero ella disfrutaría todo el tiempo que quedaba con el primer chico que le llegó a gustar. Aunque consideraba una desgracia que Izuku no fuera su esposo en un futuro próximo, ya que la comida que él hacía jamás podría ser superada en un buen tiempo. Daría todo para que él fuera el hombre que cocinaría para ella en las mañanas.

Todo eso, se lo guardaría para sí misma hasta la tumba. No quería que sus amigos obligaran al pobre a aceptarla, especialmente porque conocía lo sobreprotectores que eran con ella.

Finalmente, Izuku tenía su propia perspectiva acerca de sus nuevos compañeros de viaje. Le agradaba mucho el compañerismo que tenían entre ellos. Si su apoyo mutuo era tan grande como sus habilidades en la batalla, estaba seguro de que su viaje sería sin inconvenientes con ellos a su lado.

Afortunadamente, así fue. Solamente se encontraron con algunas criaturas salvajes de la zona, muchas de las cuales fueron servidas en la cocina de Izuku.

(...)

Justamente en el quinto día de viaje con Izuku integrado, casi habían logrado llegar a su destino. Faltaba poco para llegar, solo tenían que cruzar el puente para el paso de comerciantes y transeúntes que unía el último tramo del Valle de los Ríos Susurrantes con la carretera de tierra que daba hacia la entrada Este de la Capital.

Para el grupo, les había costado llegar hasta el mediodía al puesto de control de las autoridades, quienes vigilaban el paso de todo aquel que quisiera entrar desde el sureste del Imperio. Incluso desde allí, se cobraba la cuota de entrada y se aceptaba la documentación, facilitando a veces los trámites de entrada que se pedían desde las ciudades del Este.

Todo iba bien para los jóvenes, quienes desde un kilómetro atrás habían preparado sus papeles para poder ingresar. Además, seguían platicando jovialmente entre ellos con pasos despreocupados, ya que en esta parte del camino la Guardia Imperial Civil vigilaba estos caminos, lo que les permitía relajarse.

—Estos días he hablado mucho de mí, pero cuéntenme más de ustedes —dijo Izuku.

—¿Qué más quieres que te contemos?—preguntó Sayo un poco sonrojada.

—Lamento decepcionarte, bro, pero nosotros no somos muy interesantes —dijo Leyasu un poco desanimado.

—Vamos, chicos, ¡ustedes son increíbles! He visto grupos de aventureros menos unidos que ustedes. Son el equivalente a una familia.

Eso hizo sentir bien a Tatsumi, y no pudo evitar voltear a ver a sus hermanos.

—Solo podría contarte sobre nuestro maestro —dijo Tatsumi recordando el infernal entrenamiento que tuvo.

—A ver —dijo Izuku con curiosidad.

—Él era soldado en la época del ex Primer Ministro. No nos dijo mucho, pero recuerdo que...

—¡Espera!

De repente, fue interrumpido por Sayo, quien miró un montón de huellas en el suelo y algunas manchas de sangre.

—Aquí hubo una batalla. Recuerda lo que dijo el maestro, si ves sangre en el suelo, mira alrededor —dijo Sayo sacando su espada nueva con mucha habilidad.

—Deberías sacar tu arco, Sayo —le dijo Leyasu a su amiga.

—No sirve a cuerpo a cuerpo si fuéramos emboscados.

—¡En guardia! —dijo Tatsumi en posición, con su espada en la mano.

Lo que no sabían era que Izuku se había alejado un poco de ellos para encontrar un cadáver de un guardia imperial Civil cerca de los árboles. Se le hacía difícil de creer que no se hubiera dado cuenta del mar de cadáveres sacado del camino y oculto en los frondosos árboles. Lo guió el particular olor de la sangre.

—¡Izuku, mantente cerca! —comentó Sayo un poco preocupada. —Siendo comerciante, eres un blanco perfecto para los bandidos.

—Tiene razón, bro. Debemos llegar al puesto de control —dijo Leyasu, dándole la razón a Sayo.

—¿¡Acaso es un cadáver?! —dijo Tatsumi horrorizado al acercarse un poco más para ver lo mismo que el peliverde.

—¡No! Es una mala idea, Leyasu.

Izuku se había puesto en cuclillas para sacar una fecha del cadáver, con el detalle particular de tener una pluma roja con negra.

—Si no me equivoco, estos tipos vinieron por mí. Nos esperaron. No sé cómo, pero sabían que estaríamos aquí tarde o temprano.

La cara del grupo se horrorizó.

—¿Quiénes? —preguntó Tatsumi con desconfianza.

—Adam Shepard, un hijo de puta del Reino de Polonia, que tiene una banda de mercenarios en las fronteras del Imperio. Tiene miembros del Califato de Turquía y locales entre sus filas. Seguramente no hace mucho, atacó el puesto de control en el puente.

Es un mercenario de la etnia fauno, no es común aquí, pero fuera del Imperio son conocidos por ser feroces.

—¿Por qué te quiere muerto? —preguntó Leyasu con seriedad.

—Seguramente se enteró de que le vendí rifles con cáscaras con mucho óxido y materiales baratos del Reino de Lombardia —dijo Izuku avergonzado. —En mi defensa, se lo merecía por la mierda que me quería dar por las armas. Pero no creí que haría tanto por perseguirme.

Después de un incómodo silencio, dijo Izuku:

—Bien chicos, pueden desviarse. Tomen el camino secundario a la ciudad de Dresde. Los llevará al camino de tierra hacia la capital. Si quieren el pago...

—¿Eres idiota? —dijo Leyasu riéndose.

—¿Sabes lo que valdría un mercenario muerto de ese calibre? —dijo Tatsumi emocionado.

—Nos daría más fama y oportunidades si lo matamos —dijo Sayo concluyendo con una sonrisa para Izuku.

Eso no tranquilizó a Izuku del todo.

—Además, eres nuestro amigo, a pesar del poco tiempo que hemos viajado juntos —dijo Tatsumi dándole un pulgar arriba a Izuku.

—Además, nos deberás un favor —comentó Sayo, sonrojada, apuntando a Izuku—. Yo cobraré mi favor al llegar a la capital, además del dinero obvio.

Los hombres nunca entendieron completamente sus palabras.

—No te preocupes, Izuku, te protegeremos la espalda —dijo Leyasu, emocionado, blandiendo su espada.

A pesar de que le alegraba seguir viajando con el equipo, algo dentro de Izuku temía que fuera la última vez en que todos ellos mostrarían sus sonrisas inocentes ante una batalla. Él conocía lo que el mundo podía mostrarle.


Continuará...

Gracias por leer. Quisiera me dieran su opinión. Desde que ví akame GA kill siempre quise que Sayo viviera y quisiera aprovechar esta oportunidad. Siempre pensé que tenía potencial de waifu.