Capítulo [3] "Una promesa" (2/3)

(...)

Heldrick Rumford podría definirse como un vulgar mercenario, dedicado al saqueo y robo de mercaderes. Él mismo se considera una persona cuya alma no debería entrar al Valle de las Almas y que no merece el perdón de la Diosa Aris. Sabe que está condenado a la Fosa de los Desafortunados por las atrocidades que ha cometido en su vida.

Mientras su destino final llegue, él seguirá con su trabajo habitual como segundo al mando de su grupo de mercenarios y con su misión actual.

Por ahora, su jornada ha comenzado bien ya que su grupo ha capturado una caravana que se dirigía al recinto del gobierno hace solo unos días. Es un buen botín y las mujeres prisioneras son hermosas para ser utilizadas por un tiempo. No puede quejarse de la captura de hoy.

Para ser un lugar bastante concurrido, las desafortunadas personas que se encontraron no tenían casi nada que ofrecer debido a su pobreza. Era un milagro que algún comerciante pasara por allí en lugar de tomar el camino de tierra que empezaba en la ciudad cercana. En cualquier caso, cualquier oportunidad era bienvenida.

En general, él se sentía confiado de que la jornada de atracos resultaría excelente y podrían prolongar su estadía dentro del recinto gubernamental un poco más.

Tenía razones más que suficientes para afirmar esto. En primer lugar, la Tercera Legión de la Armada del Imperio estaba en una incursión en las Tribus del Norte y Esdeath, la general a cargo de dicha legión, también estaba fuera.

Para cualquier persona con sentido común, esto representaba una oportunidad de escapar impunes. Pero, incluso su jefe Shepard sabía que había límites a la hora de ser un criminal y debía priorizar la prudencia. Era bien sabido que ser un objetivo de Esdeath significaba una sentencia de muerte.

"Ella es una de las piezas clave del poder militar del Imperio. Al igual que un desastre natural, es imparable e impredecible como la misma naturaleza", pensaba él. Incluso sospechaba que la gran mayoría de las personas que conocían su poder compartían su opinión.

Era un monstruo que al fin y al cabo los habría marcado como objetivos. Él no era ingenuo y sabía que podían salirse con la suya momentáneamente, pero las repercusiones de parte de las autoridades imperiales serían graves. Peor aún, había otro monstruo que habían conocido en el pasado que estaba casi a la altura de esa mujer y que seguramente llegaría antes que ella para terminar su trabajo.

Atraer su atención era el principal objetivo del plan de su jefe, pero sus subordinados ingenuos no sabían la magnitud del peligro que enfrentaban. En este tipo de vida, eran fácilmente desechables para los planes en marcha.

Aunque el plan de su jefe era riesgoso, osado y tenía una alta probabilidad de fallar, sentía la suficiente lealtad hacia él como para acompañarlo en su estrategia suicida contra ese monstruo. Después de todo, sabía que tarde o temprano tendrían que morir.

(...)

Leyasu había estado esperando el momento adecuado para dar apoyo a sus amigos con fuego de cobertura. Afortunadamente, los hombres que amenazaban a los inocentes de la caravana no se habían percatado de que estaban siendo atacados, por lo que la estrategia acordada estaba siendo ejecutada sin contratiempos.

—Vaya, tenías razón Izuku —comentó en voz baja el chico con una pequeña sonrisa—. Esto es realmente efectivo.

Ser el que proporcionaba apoyo a distancia a sus amigos le había dado la oportunidad de ser testigo de lo que se considera una "emboscada silenciosa", término que Izuku les había enseñado. La pequeña pieza de metal colocada en el arma, llamada "mira", era el instrumento perfecto para observar desde la distancia cómo se estaba ejecutando la emboscada.

Izuku fue el primero en atacar, esperando a su primera víctima desde un lugar entre la espesa maleza de plantas, cerca del lugar donde algunos de los hombres de la unidad patrullaban en caso de que la Guardia Imperial los atacara o hubiera enemigos externos. Pasaron solo unos minutos cuando el chico silbó una melodía asociada a los pájaros silvestres. Uno de los hombres fue alertado y decidió investigar quién o qué había hecho ese ruido.

Poco después, una vez adentrado en la espesa maleza, el mercenario no pudo prever que una cuchilla le atravesaría el cuello sin posibilidad de contraatacar ni de vengarse. Lo último que sintió fue una mano agarrando firmemente su cuello desde el lado opuesto y otra mano sosteniendo su abdomen, empujándolo hacia atrás. Finalmente, murió acostado en el suelo del bosque con las manos sosteniendo su cuello firmemente, tratando de detener su inevitable desangrado.

El ataque duró solo unos segundos, pero nadie se dio cuenta de que habían perdido un hombre. Con el paso de los minutos, Izuku y compañía se aseguraron de que perderían más de los suyos sin la posibilidad de pedir ayuda entre ellos.

Luego, fue el turno de actuar para Sayo y Tatsumi, quienes emboscaron a dos guardias que patrullaban cerca de los árboles donde se escondían. Fue suficiente con lanzar una piedra cerca de ellos para llamar su atención, tal como había recomendado Izuku.

Inicialmente, uno de ellos dio problemas porque era espadachín y casi logró gritar que estaban atacando a la unidad, aferrándose al antebrazo de Tatsumi para evitar el ataque con el cuchillo. Pero Tatsumi fue rápido y se liberó del agarre del hombre, atravesándole el corazón antes de que pudiera cumplir su cometido.

Mientras tanto, Sayo logró darle un golpe limpio en el cuello a su víctima para luego mover el cuchillo y ampliar la zona de daño, principalmente para causar una muerte rápida.

—Sinceramente, Tatsumi, nunca habíamos derrotado a estos despreciables con tanta facilidad —dijo Sayo con voz baja, un poco aliviada de que, por ahora, habían derrotado a uno.

Al mismo tiempo, la chica limpiaba su cuchillo con un trapo de seda, misma acción que su contraparte realizaba con su propia arma.

—Estoy de acuerdo, hermana. Debemos continuar así para salvar a estas personas —dijo Tatsumi en voz baja y decidido—. Aunque siento que nos harán falta más trapos para limpiar la sangre que hemos derramado.

—En el camino de un guerrero, nunca serán suficientes. Palabras de nuestro maestro -respondió Sayo.

—Tienes razón —suspiró Tatsumi pesadamente—. Debemos seguir...

Una vez que movieron los cuerpos un poco más adentro del bosque, continuaron con sus ataques hacia sus enemigos , casi en paralelo con Izuku.

Durante ese período de tiempo, Leyasu se dio cuenta del nivel de habilidades y técnicas que su empleador poseía. Era obvio que sabía defenderse, pero nunca imaginó que el chico fuera capaz de matar a tantos mercenarios con facilidad.

—¿Realmente necesitaba nuestra protección? —se preguntó a sí mismo Leyasu en voz baja mientras seguía observando a través de la mira.

De repente, notó que una de las víctimas femeninas había detectado la presencia de Sayo detrás de otro árbol y ésta le había hecho señas para mantener silencio y así poder continuar con la emboscada.

A ese punto, ya se habían encargado de la defensa perimetral de la unidad. Solo faltaban los hombres que estaban cerca de las víctimas.

Cuando Tatsumi logró deshacerse de un mercenario que estaba a unos pocos metros de otra víctima, no se dio cuenta de que otro ya lo había visto, mismo que rápidamente apuntó su pistola hacia él.

—¡Cerdo, hijo de puta! —exclamó el mercenario al quitar el seguro de su pistola.

—No en mi vista, animal.

Leyasu finalmente dio su primer disparo, acertando en el pecho del hombre.

Tatsumi solo pudo agradecerle:

—Gracias, amigo.

—¡ATENCIÓN! —gritó alguien.

Ahora todos los hombres estaban alertas al ver a uno de los suyos asesinado frente a Tatsumi.

—Adiós al factor sorpresa —dijo Leyasu con frustración, mientras se apresuraba a cubrir a sus amigos.

La verdadera batalla había comenzado, y tenían que luchar contra diez hombres. Algunos ya habían empezado a disparar contra Sayo.

—¡Sayo, cúbrete! —exclamó Tatsumi a su hermana, quien corrió hacia una roca cercana.

—¡Hijo de perra! —exclamó una voz cercana.

Uno de ellos no esperó y atacó a Tatsumi con una espada curva. Fue un ataque que logró defenderse, al desviarse de la trayectoria con su espada.

—¡¿Eso es todo, bastardo?! —exclamó Tatsumi con una sonrisa, sosteniendo su espada con firmeza.

—¡Morirás!

Su estilo era brusco y sus ataques cargados de fuerza, pero totalmente predecibles. Uno de los consejos de su maestro para luchar contra alguien con ese estilo fue...

—Te cansas fácilmente...

De repente, uno de los ataques del hombre fue tan débil que Tatsumi pudo agarrar su antebrazo y luego clavarle su espada en el estómago.

Mientras tanto, Sayo tenía problemas. Si bien Leyasu había sido de ayuda cuando logró matar a otros tres sujetos, algunos adivinaron de dónde venían los disparos de francotirador y comenzaron a disparar a su dirección. Eso obligó al chico a refugiarse detrás de otro árbol.

Por lo que solo Sayo podía refugiarse detrás de la roca.

—¡Mierda! —exclamó ella.

Sabía que no podía contar con Tatsumi porque estaba ocupado luchando con otro espadachín. Peor aún, Izuku pareció desaparecer hace unos minutos.

—¿Dónde estás, Izuku? —Se preguntó a sí misma mientras se cubría los oídos por el sonido constante de las balas.

De repente, Izuku apareció detrás de ella con sus dos pistolas disparando a los hombres, quienes respondieron con fuerza al ataque.

—Aquí, Sayo.

Dijo Izuku, quien se había refugiado como ella para evitar que las balas los alcanzaran.

—¿Dónde estabas? —Preguntó ella con un poco de molestia.

—Me refugié detrás de un árbol para evitar las balas.

Una parte de ella dudaba de la veracidad de las palabras de Izuku, pero ahora tenía cosas más importantes en las que concentrarse, como no morir.

—Gracias por cubrirme. —Dijo Sayo.

Un buen guerrero siempre agradece el apoyo, era su lema.

—De nada. —Dijo Izuku, quien disparó de nuevo.

De repente, los disparos cesaron. Ambos esperaron unos segundos, principalmente para no confundirse y ser sorprendidos. Pero la voz de Tatsumi fue inconfundible.

—Chicos, ¡todos están muertos! Pueden salir, hay que ayudar a las víctimas.

Entonces Leyasu también apareció, caminando hacia ellos con su arma en la mano y una bolsa de pertenencias de los mercenarios que mató.

—Obtuvimos una buena ganancia —Dijo Leyasu bastante emocionado.

Habían ganado la batalla contra los últimos mercenarios de la Unidad por algunos motivos. Afortunadamente, Leyasu había matado a los que les dieron problemas en un tiroteo previo, lo que lo llevó a robar munición y terminar el trabajo a quienes justamente les disparaban a su hermana.

Afortunadamente, Tatsumi fue rápido y remató a un tirador herido que quería matarlo.

—Disculpen —Dijo Tatsumi volteando a ver a los miembros de la caravana—, ¿Alguno está herido?

De repente, las personas que habían sido amenazadas se abalanzaron contra Tatsumi y Leyasu, abrazándolos y agradeciendo que los hayan salvado.

Sayo no se escapó de las mujeres, que no tardaron en abrazarla también, separándola de Izuku en un abrir y cerrar de ojos.

"¡Nuestros héroes!"

"Gracias, mis hijos están a salvo."

"Les pagaremos lo que ustedes consideren justo."

"Gracias por protegernos", dijo una niña que abrazaba a su madre y miraba a los chicos con una expresión de inocencia y emoción que solo un niño podía tener.

Todo eso hizo que no se dieran cuenta de que Izuku no estaba entre ellos, sino que tenía cuentas pendientes con otra persona.

(...)

En otro lugar

Heldrick no tuvo la oportunidad de huir para avisar al resto. Solo logró llegar a unos 100 metros de trayectoria antes de que un chico peliverde apareciera en frente de él. El ambiente se había vuelto tenso y el silencio había reinado durante varios minutos.

Finalmente, Izuku rompió el silencio y saludó a Heldrick con una expresión seria. Le preguntó por qué Shepard se había arriesgado tanto atacando un recinto del gobierno Imperial, sabiendo de los peligros que esto implicaba en el Imperio.

—Con que eres tú— Dijo Heldrick al examinar al joven Es raro no verte sin esa capucha y Máscara, incluso la última vez que nos reunimos, tenías un distinto tipo de cabello. Pero se que eres tú.

El hombre era fornido y rubio, con una armadura plateada y una gran espada. Aunque sabía que tenía una sentencia de muerte en su camino, nunca dejó de sonreír petulantemente.

—¡Dilo!—Exclamó Izuku.

—Te lo diré monstruo, pero antes te haré una pregunta—Dijo Heldrick al clavar momentáneamente su espada en el suelo— ¿Hasta qué punto crees que un hombre haga al perder un ser querido?

Entonces, Izuku se dió cuenta a qué se refería, pero necesitaba estar seguro.

—¿Dime que paso?

—Hay que ser honestos señor "Conejo", los tres somos escorias. Hombres que han asesinado y cometido pecado por diversos motivos, pero pocas veces se nos ve un rastro de humanidad si tenemos a la persona correcta en nuestro lado.

El peliverde estaba perdiendo la paciencia.

—¿Qué le ocurrió a la niña?

De repente sus ojos cambiaron de un tono rojo, mientras que unas cicatrices prominentes se hicieron notar alrededor de sus ojos.

—Se que tuvieron un desacuerdo, por el precio de las armas. Sabía que aceptaste a regañadientes, pero nunca me imaginé que nos vendiste las armas con tan baja calidad. Cuando nos dimos cuenta, era demasiado tarde. Un empresario nos contrató para robar a un terrateniente esclavista, salió mal por qué las armas no funcionaron, nadie murió, pero perdimos dinero. Supongo que era tu intención.

De repente, Heldrick sacó su espada del sueño y la puso en posición de combate.

—El terrateniente se vengó contratando a otro grupo de mercenarios para matarnos y al empresario. Nuestra base en la frontera fue atacada, uno de ellos mató a su hija. No nos pudimos defender gracias a las porquerías que nos diste. Él está furioso, lleno de irá y rencor, no le importa si después los generales le persigan, mientras te haga sufrir. ¡Así como hizo sufrir al terrateniente y a su familia!

—Con que así fue...

Izuku solo pudo apretar las manos de impotencia. De repente, se le había generado un poco de resentimiento hacia sí mismo.

—Vas a sufrir, ¡así como tus acompañantes! Shepard no es tan débil como para subestimarlo.

El iba alzar su espada en contra de Izuku, pero su acción fue detenida por qué un látigo negro le había atravesado el estómago. Izuku solo tuvo que mover su dedo índice y dirigir su ataque hacia él.

—¡Maldito!

Ahora era inevitable que escupiera sangre por su boca y diera un grito ahogado de agonía. Poco a poco, dejo de moverse y quedarse tendido en el aire, debido al látigo negro se había quedado en su cuerpo.

—No te preocupes, quien sea digno de matarme, lo dejaré si tu jefe así lo desea. Cómo dices, somos escorias...

Posteriormente el retiro su látigo negro, dejando una estela de sangre en el suelo boscoso. Para que su cadáver finalmente cayera al suelo.

—... Opino que solo me queda esperar la muerte por mis acciones. Pero, hasta que eso suceda, ayudaré a mis nuevos amigos.

Dijo esto último con una expresión determinada.


Continuará…..

Bueno, eso es todo, espero que les haya gustado.