Capítulo [4] "La libertad de Atacar"
(...)
Sayo ha sido testigo de lo peligroso y caótico que es este mundo desde que era pequeña. Su madre murió de la mortal viruela de dragón durante una cruel epidemia poco después de que ella naciera, por lo que su padre se hizo cargo de ella durante un tiempo. Desafortunadamente, cuando tenía 5 años, su padre murió a manos de saqueadores en un ataque devastador hacia el pueblo. Sayo presenció cómo lo asesinaron sin piedad con el filo de una espada corta, atravesando su cuello.
Todavía recuerda el momento en que tuvo que esconderse en un armario lleno de ropa para ocultar su presencia. A través del pequeño espacio entre la puerta y el armario, pudo ver los horrores que los hombres cometieron en su casa. Siendo una niña pequeña, no tenía forma de defenderse y ellos tenían el poder para imponer miedo en su corazón y causarle daño. Perdiendo así, a su querido padre.
Finalmente, el destino le fue favorable y sobrevivió a aquella desgracia. A partir de ese momento, se comprometió a entrenar arduamente en el combate junto con sus queridos hermanos. Se prometió a sí misma que jamás permitiría que alguien la tocara o le infundiera miedo, sin luchar hasta el último suspiro.
Tuvieron que pasar muchos años para ganar la poca, aunque eficiente, experiencia que adquirió. Esa experiencia le dio frutos cuando, por primera vez, atacaron por iniciativa propia a una banda de mercenarios que habían amenazado a gente inocente y desprotegida, tal como ellos fueron en su momento.
Por primera vez, ellos no eran las víctimas predilectas de los malvados y los crueles. Finalmente eran capaces de ejercer un poco de justicia por su cuenta.
Al observar los rostros aliviados y agradecidos de las personas a las que habían salvado, recordaron el ideal por el que habían luchado para llegar a la famosa capital del Imperio. Querían ser héroes como las legendarias figuras del pasado que fundaron estas tierras. Incluso, algún día podrían ser promovidos a generales, considerados héroes en la actualidad. Una vez que se cumpliera ese sueño, podrían llevar la prosperidad a las personas que los vieron nacer.
Este era solo el primer paso hacia su destino. Ahora, solo había una persona a quien agradecer por ese inesperado empujón, su ahora amigo, el comerciante Izuku Midoriya. Sin embargo, había desaparecido inesperadamente en el calor del momento de la multitud agradecida.
(...)
—Oigan, ¿saben dónde está Izuku? —preguntó Sayo, un poco preocupada, a Tatsumi y Leyasu, quienes ayudaban a los últimos civiles, dándoles instrucciones de dónde dirigirse a la ciudad más cercana para informar a las autoridades.
—No lo sé, lo perdí de vista cuando los civiles se nos amontonaron —dijo Leyasu, un poco preocupado, sosteniendo una pequeña bolsa con una cantidad considerable de monedas de oro. Una recompensa en estos tiempos siempre será bien recibida.
Una vez desocupado de despedir al último jinete que se dirigía al camino recomendado, Tatsumi le contestó a Sayo.
—Seguramente no debe estar lejos, explorando un poco el terreno.
Lo que el trío no esperaba era que el chico a quien buscaban regresaría justo a donde estaban, con un poco de sangre manchando su camisa.
—Disculpen por desaparecer de repente... —se disculpó Izuku, un poco avergonzado.
—¡Izuku! —exclamó la chica, asustada.
Al ver esto, Sayo corrió rápidamente hacia él para verificar qué heridas tenía. Izuku no previó que ella comenzaría a toquetear su cuerpo, lo que le tomó por sorpresa. Mientras tanto, los chicos se dieron cuenta rápidamente de que él estaba bien antes que su hermana. Solo les quedó darle una mirada burlesca a su nervioso empleador, ya que no podía aguantar el evidente sonrojo en sus mejillas al sentir que una chica le estaba tocando de manera inapropiada.
—¿Crees que Izuku es un chico apropiado para nuestra hermanita? —le comentó Leyasu en voz baja a Tatsumi por el oído.
—Mientras trate a mi hermana como una reina, estaré tranquilo —respondió Tatsumi seriamente a su amigo en voz baja.
Para él, proteger a su querida hermana de hombres patanes e infieles es una prioridad importante. Incluso prometió cumplir con su deber con su maestro antes de salir del pueblo.
Mientras tanto, Sayo se dio cuenta un poco tarde de que él no tenía ninguna herida en ese momento. También se avergonzó al ver que sus hermanos se estaban burlando discretamente del chico que empezaba a gustarle por el evidente sonrojo en su cara. Además, Tatsumi estaba siendo sobreprotector, como siempre.
Luego les reclamaría, pero por el momento tenía que regañar a Izuku por preocuparla.
—¡Por qué desapareciste, idiota! —preguntó ella muy molesta mientras se separaba del chico y se ponía de pie.
Izuku, mientras tanto, quería decir la verdad, pero con algunas excepciones. También quería encontrar una forma de mitigar un poco el enojo de esa chica linda, lo cual lo hacía sentir incómodo.
—Lo siento mucho. Tuve que perseguir a Heldrick Rumford, el segundo al mando del grupo de mercenarios. Se estaba escapando y tuve que perseguirlo. Al final, logré matarlo sin sufrir heridas. Estoy bien —dijo Izuku nerviosamente.
—¡Somos equipo, Izuku! —reclamó Sayo— No debes excluirnos de lo que haces. Además, ¡somos tu escolta contratada! Déjanos hacer nuestro trabajo también.
A la chica no le daba buena espina el hecho de que él se veía bastante cansado, como si hubiera caminado una gran distancia en poco tiempo. Peor aún, parecía que su respiración fluctuaba de manera anormal. Sentía que había aspectos de su salud que él no les había contado.
—Tienes razón, jefe. Por lo cansado que te ves, supongo que no fue una pelea fácil —dijo Tatsumi acercándose al dúo un poco molesto.
"¡Mierda! Debo ser más discreto con el desgaste de mi cuerpo por mi poder", pensó Izuku.
El peliverde sabía muy bien que no era la dificultad de la pelea lo que lo había cansado considerablemente. No tenía el lujo de decirles la verdad e involucrarlos en su propia y casi suicida misión personal, así que la tentación de ser honesto con ellos por ahora estaba fuera de discusión.
—¡No quieras llevarte toda la diversión, bro! —dijo Leyasu sosteniendo su rifle en su hombro, reflejando un poco su carisma— No eres el único que quiere que esas escorias se vayan al valle de la muerte.
Por ahora, él tampoco planeaba separarse de ellos nunca más. Al menos hasta que llegaran a salvo a la capital. Solamente cerca de ellos podría protegerlos.
Mientras tanto, tenía que mantenerlos tranquilos con respecto a su condición y prometer que no lo haría otra vez.
—Vale, chicos, no lo haré otra vez. ¡Lo prometo!—dijo Izuku un poco apenado mientras se rascaba detrás de su cabeza.
Inesperadamente, Sayo se acercó a Izuku y le tomó de la mano con un poco de fuerza.
—Yo me aseguraré de eso, Izuku. Además, también voy a vigilar tu estado porque tu condición no me tranquiliza —dijo la chica bastante decidida.
—¡Espera, Sayo!
Cualquier cosa que Izuku dijera no tendría efecto en la decisión firme de ella.
—¡Guíanos, Izuku!
Sin darle tiempo para sonrojarse otra vez, ella lo jaló para continuar el camino al lugar donde los mercenarios habían causado estragos.
Mientras tanto, ambos hermanos miraban divertidos cómo ese chico había caído ante la autoridad de su hermana.
—Una vez que lleguemos a la capital, le daré una charla a Izuku sobre cómo debe tratar a mi hermana —concluyó Tatsumi activando su instinto de hermano mayor.
—Cálmate, Tatsumi. Nuestra hermana está creciendo. Esto tenía que pasar —dijo Leyasu, moderando los humos de su hermano antes de alcanzar a la pareja que se alejaba.
Solo le quedó al castaño refunfuñar y también alcanzar a los demás.
Continuará...
Espero que les haya gustado este capítulo, ¡nos vemos en el próximo!
