Y Zoë lo recuerda, es rápida y fugaz como lo fue ella misma en la batalla.
Ve el choque entre las diosas, la lanza de la reina y el arco de su señora. Ambas esquivan y bloquean. Aunque Zoë está fuera de su vista, imagina las líneas generadas en la frente de Artemisa al concentrarse.
Ve como ambas manos de Hera se cierran sobre su diosa, aplastando sus orejas y, si Artemisa fuera mortal, rompiéndole la cabeza.
La diosa de la caza cae hacia un lado, o eso cree Zoë, que ahora tiene la visita de dos hijos de Atenea que intentan desarmarla.
Es cuando le corta el cuello a uno que ve como su diosa está arrodillada en el suelo. Y a lo lejos, distingue las lágrimas corriendo por el triste rostro de Artemisa.
Zoë se gira para ver al semidiós, es más agresivo que su hermano fallecido, posiblemente porque Zoë lo estaba ignorando con creces. Pero no importa, nada importa.
Menos aun cuando sobre su propia cabeza, Artemisa vuela hacia los cielos, un leve rastro húmedo donde se había detenido brevemente.
La ira que había estado mostrando el semidiós no se comparó a la de Zoë, tampoco de los tres jóvenes siguientes, ni de nadie más en la orilla.
La presencia de Hera contrasta con el camino de muertos que Zoë creo. Pero incluso así, cuando ambas chocan miradas, la reina Hera le da una mirada de satisfacción y Zoë tiene ganas de arrancarle los dientes y clavárselos en los ojos.
Ella misma se tiene que contener de no intentarlo, si Artemisa no pudo ella tampoco podrá, se dice.
Las espadas y cuchillos siguen chocando, pero ya hay un claro perdedor en Troya.
A Zoë no le importa, no le importo antes, no le importa ahora, no le importará nunca. Tampoco lo hacen las personas que se acercan, ellos llegaron a la última línea del ejército troyano lastimados y tambaleantes. Zoë solo los está enviando al Hades con una velocidad de la que ni ella misma se da cuenta.
Se había alejado lo suficiente para que se necesite un pequeño grupo de cazadoras se movilice y la llamen.
"Teniente" Dice un tipo del agua, Zoë sabe quién es, solo que no le importa ahora recordar su nombre, al igual que todos en el barco (incluida ella misma), es inútil.
Todo es inútil, nada importa y poco queda.
Asiente hacia las cazadoras que curan a Afrodita. Las cuenta y gira su cabeza hacia la orilla lejana, en los que respecta a las cazadoras, hubo pocas bajas.
Zoë no nota que está jadeando como un caballo de carreras hasta que alguien le ofrece néctar.
Aunque consume con cuidado, no le importaría que sus huesos ardan en llamas y que su piel se derrita del calor agobiante. Así es como se siente por dentro.
El resto de la tripulación parece notar la furia que la envuelve, así que es dejada en paz con facilidad.
"Teniente" el calor familiar delata a Apolo, que no tiene sonrisas para mostrar.
De todas formas, tampoco hacen falta palabras, Zoë entiende y toma la mano que el dios le ofrece.
En el Olimpo reina el silencio, debe ser una de las pocas veces. A Zoë le importa una mierda, el Olimpo puede estar quemándose y ella lo único que buscará será a su diosa.
Corre por los pasillos y escaleras hasta llegar. No toma precauciones, a Zoë no le importa nada en ese momento.
Sigue las pisadas que manchan el suelo de sangre e icor y corre hacia los sollozos de la habitación principal.
Es casi penoso a primera vista, una diosa llorando a mares. Zoë hubiese matado si alguien lo hubiese comentado, o siquiera insinuado.
Artemisa está rodeada de tres ninfas, que se espantan al ver a Zoë y se retiran al pequeño bosque.
Se le achica el corazón al ver a su diosa taparse el rostro con vergüenza. El aura alrededor disminuía y aumentaba en segundos, podía dejar pasmada a Zoë en el piso en cualquier momento.
No importa, decidió.
"Aléjate" Su voz es ronca y a medida que Zoë se acerca ve todas sus lágrimas.
"Mi señora" se escucha a sí misma decir, antes de caer de rodillas frente a la nombrada.
No sabe quién se acerca primero, pero termina en sus brazos mientras la señora Artemisa llora en su pecho. Sus hombros son atacados con un agarre firme y fuerte, casi doloroso, pero a Zoë no le importa.
Artemisa está llorando y murmurando disculpas, temblando contra el cuerpo de su propia teniente. Nunca vio a Artemisa así.
Zoë se promete que nunca más la volverá a ver así.
Siente como las lágrimas de su diosa vuelven y como las pequeñas uñas se le clavan en la malla de su armadura.
Zoë quiere intentar decir algo, pero no puede, algo crece de su pecho y se enrosca en su garganta. Su propio cuerpo tiembla de furia.
Escucha los pequeños sonidos de desajuste y siente como su armadura es retirada y arrojada a un lado con poca discreción, junto con el arco, su carcaj y por último sus cuchillos.
Las lágrimas y el icor seco manchan la túnica de Zoë.
El agarre en sus hombros desciende y siente las manos de su diosa enredarse en su espalda. El rostro de Artemisa se hunde en su pecho.
Zoë empieza a tararear, meciendo suavemente a la diosa.
Después de un tiempo, el cuerpo de su señora deja de temblar y las uñas ahora solo raspan su piel.
El palacio de la diosa está de nuevo en silencio.
"Mi señora" Zoë murmura, no sabe qué quiere decir, pero sabe que no quiere ver las lágrimas en el rostro de Artemisa, nunca más.
Toma suavemente una esquina de las sábanas que cubren la cama y limpia los ojos amarillos plateados de su diosa.
El bello rostro de su señora tiene icor, posiblemente de los golpes de Hera. El nudo de su garganta se aprieta.
Se miran unos segundos, es un acuerdo sin palabras. Ambas se acercan y juntan sus frentes. Zoë cierra los ojos y frota la espalda de su señora para apaciguar completamente el llanto.
"¿Las cazadoras?" Su diosa pregunta, terminando el agradable silencio, pero sin separarse de Zoë.
"Están con lady Afrodita y con el señor Ares, tienen una parada antes de venir aquí. No hubo muchas bajas nuestras, mi señora." Zoë informa con un sabor amargo en la lengua.
Artemisa suspira y Zoë puede sentir su frente arrugándose suavemente. "Su hermano me trajo hasta aquí, mi señora, él está bien."
El silencio vuelve a reinar el lugar, pero ahora Artemisa está más tranquila.
"Mi señora." Zoë dice, llamando su atención.
Los ojos de su señora la observan.
"Esto no volverá a pasar." Promete, aun a centímetros del rostro de su diosa. "Nunca más permitiré que le suceda algo a usted y el victimario salga sin consecuencias."
La boca de Artemisa se abre, pero, por primera vez, Zoë es más rápida.
"Lo prometo por el río Estigio. Si alguien la burla, habrá consecuencias."
