Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
El niño que vivió. Por Merlín, el niño que vivió. Harry Potter estaba en la Mansión. Gritando, encadenado y probablemente siendo torturado, considerando la cantidad de gritos que había escuchado desde la noche anterior. Torturado, mientras ella resolvía crucigramas viejos, hablaba con su gata y cocinaba pescado. Cassandra no podía creerlo.
Siendo sinceros, Cassandra no conocía personalmente a Harry, pero sabía que era un buen chico. Lo había visto pasar a su lado algunas veces y había escuchado hablar de él, su nombre siempre asociado a algún rumor sobre una aventura que sólo un valiente Gryffindor podría llevar a cabo. Pero sólo habían hablado una vez en Hogwarts, en la biblioteca, algo así como "¿estás ocupando ese libro? ¿Puedo tomarlo? Gracias". No una conversación precisamente emocionante.
Cassandra sabía que Harry iba dos cursos más abajo que ella: cuando él llegó a Hogwarts, Cassandra estaba empezando su tercer año. Sabía también que era amigo de Hermione Granger, una chica brillante con la que sí había hablado más. Como dos veces. Y de Ron Weasley, el hermano pequeño de los gemelos Weasley que iban en el mismo nivel que Cassandra, sólo que ellos estaban en Gryffindor. Le agradaban los gemelos, siempre tenían algún profesor al que molestar; aunque con ellos tampoco habló nunca.
Y también sabía que Harry ocupaba el puesto de buscador en el equipo de Quidditch, pero además de eso, no sabía mucho más.
Bueno, también estaba el hecho de que se rumoreaba que era El Elegido. Como Luke Skywalker, sólo que Voldemort definitivamente no era el padre de Harry. Sip, era una fiel seguidora de La Guerra de Las Galaxias. Culpa de su tía Sarah.
Y si Harry realmente era El Elegido, el único capaz de hacerle frente y derrotar a Voldemort, estaban metidos en un gran aprieto. Harry, ella y todo el mundo. Porque si Voldemort ganaba la guerra (porque siendo francos, era una guerra, aunque el Ministerio de Magia le gustase decir que estaba todo perfectamente bien), era el fin. La gente como su madre y hermanos ganaría. La gente como Harry y Hermione perdían. Y ese no era precisamente un futuro prometedor, al menos no uno del que Cassandra quisiera ser parte.
Cassandra dio un salto de aproximadamente un metro de alto cuando Mina apareció de la nada a su lado. Asustada miró hacia sus hermanos, sólo para encontrar que la habitación vacía. No sabía muy bien cuánto tiempo llevaba acurrucada detrás de la maceta, pero había sido el suficiente para que le dolieran las piernas. Se perdió el resto de la conversación entre sus hermanos y cualquier dato importante que hubieran compartido, todo por estar perdida en su propia mente.
Soltando un juramento que haría que su madre se desmayara, repasó nuevamente con la vista la gran habitación para asegurarse que sus hermanos ya no estaban y, cuando no vio señales de ellos, se echó a correr por el pasillo hacia su habitación, la gata negra corriendo ágilmente a sus talones.
En menos de quince segundos ya se encontraba en la seguridad de su habitación, con la puerta bien cerrada detrás de ella, pero ni así pudo darse el lujo de relajarse. Casi sin notarlo, comenzó a pasearse nerviosamente por la habitación.
Tenían a Harry. Y ella tenía que hacer algo. Debía hacer algo. Si no lo hacía, Voldemort iba a asesinarlo, eso era algo seguro, y se acabaría todo. Voldemort ganaría y ella no habría hecho nada para evitarlo.
–Mina, creo que quizás este es el momento –le dijo a la gata que la miraba atentamente desde la puerta. Llevaba 4 años encerrada en la Mansión, sólo porque ella no había querido hacer nada para solucionarlo. No existía motivo alguno para irse. No había nadie afuera extrañándola, lamentando su ausencia. Nadie dependía de ella, además de Mina, pero su gata estaba ahí con ella, así que no contaba. No tenía amigos que ir a visitar. Y no tenía muchas ganas de salir a recorrer el mundo, al menos no sola. Así que se había quedado donde estaba, en la comodidad de su habitación. En un lugar que conocía. Y que, aunque no era un lugar para nada amistoso, era un lugar conocido, siempre sabía qué esperar de su madre y hermanos.
Sonaba muy deprimente, pero Cassandra había aprendido con el tiempo a verle el lado positivo a las cosas. Tenía sus cosas, una varita, a Mina, un baúl lleno de dulces y eso era todo lo que por el momento necesitaba. Aunque nunca se sabía lo que podía traer el futuro.
Como ahora, que le había traído a Harry. Las circunstancias eran otras, los tiempos habían cambiado. Eran definitivamente tiempos más desesperados. Lo único que seguía siendo lo mismo era ella. Y Cassandra podía sentir en su alma que éste era el momento del cambio. Podía hacerlo. Podía sacar a Harry de la Mansión. Nadie conocía más la Mansión que ella misma, de tanto escapar de su familia había descubierto pasadizos que ni los elfos domésticos, en su eterna sabiduría, conocían. No tenía la más remota idea de qué hacer una vez que escaparan, pero un paso a la vez. Un triste y desesperado plan a la vez. Ahora, tenía que pensar, planificar y actuar. Y debía hacerlo rápido.
Los gritos habían empezado el día anterior en la noche. Sábado en la noche. Ahora era cerca de las 2 de la tarde, es decir, llevaba más de 15 horas encerrado. Lo que le decía dos cosas: primero, que Harry necesitaría más que un poco de ayuda para escapar, más bien ayuda para caminar. Y, segundo, que gracias a Merlín su madre y sus hermanos eran tan idiotas. Seguían esperando y esperando, para ver si Harry se transformaba en alguien más, cuando pasara el efecto de la poción Multijugos, cuando claramente el efecto había caducado hace mucho. Lo máximo que alguien podía ocultarse usando esa poción era una hora. A veces un poco más, a veces un poco menos. Pero si después de 15 horas, Harry, en el sótano, seguía siendo Harry…es que bueno, era Harry.
Entonces: tenían a Harry Potter, encadenado en alguna parte del sótano, probablemente en la celda más lejana a la entrada, para evitar que alguien lo viera. Lo que era muy bueno para Cassandra, porque ella conocía otra entrada hacía el pasillo de las celdas. Una entrada que (oh, que oportuno), estaba precisamente cerca de esa última celda.
Con la ruta de escape lista en su mente, Cassandra se detuvo en la mitad de la habitación, recién en ese momento notando que había estado paseándose de un lado a otro. Miró a su alrededor, memorizando el espacio, pues algo en las tripas le decía que no volvería nunca más. Lo que era bueno. Muy bueno. Y si seguía diciéndoselo a sí misma, quizás se lo creería. Estaba asustada como el infierno.
–Muy bien, Mina, nos vamos. Necesito que te adelantes y le lleves esto a Hermione Granger. –le dijo a la gata, mientras se acercaba a su escritorio y rebuscaba entre los cajones en busca de pergamino y una pluma. –La recuerdas, ¿no es cierto? Una chica con mucho cabello, cara amable. Bueno, da lo mismo, se llama Hermione Granger y sabrás encontrarla. Entrégale el mensaje y espera por mí.
La gata se quedó quieta mientras Cassandra amarraba un pequeño saco a su cuello, con el trozo de pergamino escrito dentro.
–Todo saldrá bien, amiga mía. Nos vemos. –Le tomó la pequeña y peluda cara y le dio un beso en la nariz. Luego se alejó y la vio desaparecer con un pequeño crack.
Su gata era especial. No sabía muy bien por qué, pero tenía cualidades mágicas que ningún otro gato tenía. No uno que ella conociera al menos. Podía entregar mensajes como una lechuza. No volando, obviamente, sino que apareciéndose. Pero siempre era capaz de encontrar a la persona a la que iba dirigido el mensaje o carta. Y Cassandra podía traerla de vuelta a su lado, utilizando su varita. Pero no lo haría, necesitaba que estuviese a salvo y que entregara el mensaje a Hermione. Que decía más o menos que iba con Harry.
Tomó su bolso, que estaba colgado en un perchero junto a la puerta y utilizó un encantamiento de extensión en él. Por dentro, podría guardar su habitación entera, mientras que por fuera, seguiría siendo su lindo y pequeño bolso de colores. Aunque no intentó meter toda su habitación en el bolso, no había tiempo.
Esa mañana se había vestido con unos simples jeans y una camiseta demasiado ancha para ella. Se acercó a su armario, insultándose mentalmente por tener la necesidad de ponerse ropa linda para empezar su misión. Parte de ella entendía que era una idiotez, que daba lo mismo mientras salieran vivos de la mansión, ella y Harry. Pero otra parte de ella, se negaba a dar el gran paso vestida así. Si tenía que crear una imagen mental de ella misma, siempre se imaginaba vestida con un vestidito, calzas y botas. Si iba a morir, iba a ser vestida con ropa que dijera "soy Cassandra". Mina estaría burlándose de ella si estuviese ahí, Cassandra estaba segura.
Rápidamente se vistió y luego se puso frente al espejo que estaba colgado en una de las puertas del armario. Posó la vista en sus botas de cuero, gruesas y resistentes y de color café claro. Luego miró sus simples calzas color sandía. Le gustaba ese color y eran gruesas y cómodas. Miró su vestido azul, corto, sin mangas y con el cuello cuadrado. Le quedaba bien. Luego miró el largo arete de pluma que tenía colgado en el lóbulo de la oreja izquierda. Era de color naranja y lo llevaba puesto siempre, menos en la ducha o para dormir. Había sido un regalo de su tía Sarah. Vio su largo y grueso cabello rojo, que en ese momento se veía negro.
Finalmente, fijó la vista en su propia cara. Limpia de maquillaje. Sus ojos mostrando algo que no recordaba haber visto antes. Decisión. Iba a buscar a Harry e iba a rescatarlo. Iba a llevarlo a un lugar donde estuviese a salvo. Y luego, buscaría un empleo y empezaría a hacer algo que ya llevaba mucho tiempo sin hacer. Vivir.
No pudo evitar sonreír a su reflejo. Sonaba como un muy buen plan. Uno que podía llevar a cabo. Uno que quería llevar a cabo.
Se miró por última vez y tomó una profunda respiración. Era el momento.
En menos de tres minutos, ya había recorrido su habitación recogiendo las cosas que quería conservar y las que eran esenciales. Las fotografías que tenía con su tía Sarah y su padre. Una montaña de barritas de cereal y una bolsa de dulces que podía durarle al menos un par de meses (o un par de semanas, dependiendo de su ánimo). Su bolsito con dinero, tanto mágico como muggle. Su joyero, que contenía parte de lo que había heredado de su tía. La llave de su bóveda en Gringotts. Un bolso con ropa interior. Su colección de esmaltes de uña muggle. Y dos frazadas. Una que había sido tejida a medias, entre ella y su tía, y una que llevaba sólo por si acaso. Mejor prevenir que curar, decía su tía.
Se acercó por última vez a su armario y rebuscó hasta que encontró una capa grande y gruesa que nunca había ocupado. No tenía idea ni de quién era, pero probablemente a Harry no le importaría, mientras pueda cubrirse con algo. Y descolgó la suya, su favorita, de color verde esmeralda. Ambas capas tenían capucha, lo que era bueno, considerando el sonido de truenos que escuchaba a la distancia.
Se cruzó su bolso, se puso sobre los hombros su capa, asegurándola bien para evitar perderla en la carrera desesperada por salvar su vida, que seguramente le tocaría vivir en un par de minutos y colgó en su brazo izquierdo la capa para Harry.
Tomó firmemente su varita en la mano derecha y tomando otra profunda respiración, abrió la puerta.
-Ay, Merlín, Que La Fuerza me acompañe.
Hola, gente guapa, he ahí el capítulo número 4. Espero tener el siguiente listo pronto y estaba pensando en hacer en el Cap 5 la gran aparición de Sirius, qué les parece? (El cómo y el por qué Sirius aún vive, se sabrá a medida que avance, no se preocupen).
Muchas, muchas gracias a quienes han estado siguiendo la historia, a quienes la agregaron a Favoritos y a quienes me dejaron un lindo review (':
Si han llegado hasta acá, gracias y si no llegaron, bueh, gracias igual!
Que estén bien! Nos estamos leyendo ;D
