Hola, señoras y señores! He vuelto (: Y traigo un capítulo nuevo 1313. Me he dado cuenta que a mi historia le está faltando SERIAMENTE algunos diálogos entre personajes. Los capítulos hasta ahora han sido más de monólogos internos, que de interacción, lo que se solucionará cuando Cassandra se una al equipo anti-Voldemort. Lo que, por lo demás, espero que sea en el capítulo 7. El capítulo 6 ya está en proceso de escribirse, así que si todo va bien, debería estar publicado entre mañana y el sábado, oh sí.

Y tengo grandes planes para la relación Cassie-Tonks ;D Ya saben, dos mujeres jóvenes, a favor del amor-sin-importar-edades, luchando contra el mundo...promete, eh?
Gracias
a todos los que le han dado una oportunidad a mi humilde historia, a quienes han dejado un review, o han seguido o han puesto en sus favoritos a Ovejas Negras.
Ya, ojalá les guste y cuéntenme qué les parece!

Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).


Llevaba más de 24 horas despierto, de las cuales 12 las había dedicado a un sólo pensamiento: "¿Qué hicimos mal?".

Sirius se había levantado el día anterior con muy buen ánimo. ¿Por qué? Porque todo iba según el plan. Habían dejado correr el rumor en el Ministerio de que Harry abandonaría la casa de los Dursley el día anterior a su cumpleaños, con la intención de desviar la atención de lo que sucedería 5 días antes: el sábado, al caer el sol, abandonarían la casa que Harry se había obligado a llamar "hogar", para trasladarse al número doce de Grimmauld Place. Con él. Finalmente.

Había dos formas de romper el hechizo de protección que Lily había dejado a Harry al morir. La primera, que Harry cumpliera la mayoría de edad. Al cumplir los 17 años, Harry se encontraría sin protección; pero por otro lado, podría hacer magia libremente, sin que el Rastro le siguiera cada paso. Era un buen momento para huir, y así se lo habían hecho saber a las ratas infiltradas en el Ministerio.

La segunda forma de romper el hechizo de protección, era que Harry dejara de llamar "hogar" a la casa de sus tíos. Harían que la familia de Harry (aunque Sirius no consideraba que esa tropa de imbéciles pudiesen considerarse su familia) abandonara la casa y luego, cuando Harry dejara el lugar para siempre, sin utilizar magia para que el Rastro no lo siguiera, el hechizo se rompería. Pero Harry estaría a salvo con ellos. Con él, su única y verdadera familia. Tomar este camino era más complejo, pero era lo que Voldemort no esperaría.

Habían tardado varios días en planificar todo y cubrir todas las bases. Sirius había estado despierto durante horas y horas repasando el plan, asegurándose de que todas las piezas estuviesen en el lugar correcto. No había forma de que algo saliese mal. Pero salió mal. Y muy mal.

Esa noche, con ayuda de un poco de poción Multijugos, hubo siete Harrys volando en direcciones distintas, cada uno con un compañero. Fred con Arthur, George con Remus, Fleur con Bill, Hermione con Kingsley, Ron con Tonks y Harry, el verdadero, con Hagrid. Y él, Sirius, con Moody.

Le habría gustado volar con Harry, pero Moody no estuvo de acuerdo, y con razón: primero, no era bueno que se mostrara en público y si él era uno de los Harry, nadie lo reconocería (y dos Harrys volando juntos, claramente, llamaría la atención). Y segundo, probablemente, si alguien los divisaba, creerían que Harry volaría con Moody, que era la opción más segura; así que Sirius ocuparía su lugar y le haría frente a los malditos Mortífagos que intentaran ponerle un dedo encima a su ahijado. Aunque fuera él y no Harry al que atacaran.

Incluso habían pensado en el detalle de que Harry, volando tan bien como vuela sobre una escoba, tendría como primera preferencia utilizar una escoba para huir y los Mortífagos lo sabían. Por eso lo habían puesto sobre la moto voladora, junto a Hagrid. Habían pensado hasta en réplicas para Hedwig, por amor a Merlín.

Y aun así, con todas las precauciones tomadas, había salido todo mal. No una parte del plan, no un detalle. Todo el plan.

Habían estado cinco segundos en el aire y ya se habían visto rodeados. Había visto aparecer frente a sus ojos a la causa de todos sus males y pérdidas. Al mismísimo Voldemort. Y volando a cientos de metros de altura sin ayuda de nada, el muy maldito.

Sirius no lograba recordar muy bien el momento en que había pasado de mirar a los ojos a Voldemort, a batirse a duelo con una decena Mortífagos. Habría sido más complejo si la mitad de los imbéciles no hubiesen estado demasiado ocupados intentando no caerse de su escoba, y él aprovechó esa ventaja mientras la tuvieron. La batalla comenzó, bajo la mirada atenta de Voldemort, que sólo se quedó ahí, en el aire, observando.

Ya se había encargado de cinco Mortífagos con sólo un rasguño en la cara como saldo, cuando escuchó que alguien gritaba la maldición asesina. Ni dos segundos después alguien gritó algo. Algo incomprensible a los oídos de Sirius, que estaba demasiado ocupado viendo caer el cuerpo ya sin vida de Alastor Moody.

Y, de pronto, todo había acabado. Lo habían dejado ahí, en el aire, solo e intentando respirar y entender que había pasado. Habían matado a Moody, eso había pasado. Y habían descubierto quién era el verdadero Harry, entendió un minuto después. Era evidente que, si sabían que Harry abandonaría la casa de los Dursley ese día, tenían conocimiento del resto del plan. Es decir, sabían que habría más de un Harry en el aire esa noche. Los habían rodeado a todos y de alguna forma habían descubierto quién era Harry de verdad.

De inmediato se dirigió al traslador que aguardaba en la casa de Alastor. En ese momento le pareció la mejor idea, reunirse con el resto, averiguar cuál era la situación y actuar con eso de base. Ahora, sentado en la cocina de La Madriguera, se arrepentía de no haber recuperado el cuerpo de su amigo. Sí, era una persona oscura y sobre todo muy reservada, pero sí había sido su amigo y su mentor también.

No sabían muy bien qué había ocurrido con Harry. Ted y Andrómeda habían enviado un Patronus diciendo que habían encontrado sólo a Hagrid, estrellado contra los pastizales que rodeaban su casa, pero que no había ni rastros de Harry.

Miró a la gente reunida en la cocina, las expresiones alicaídas de sus compañeros de batalla y amigos, recordándole la promesa que, por mucho que lo intentara, no lograba cumplir. James debía estar maldiciéndolo donde fuera que estuviese. Y Lily estaría al lado, golpeándolo por decir malas palabras.

En cualquier otro momento, esa imagen lo habría hecho sonreír. Las discusiones entre su amigo y su esposa siempre eran dignas de observar y reír. Les encantaba verlos, llenos de afecto, incluso cuando están en medio de una discusión. No que Sirius lo haya dicho antes en voz alta, después de todo él fue el primero en quejarse cuando vio que lo de James y Lily iba en serio. No quería perder a su amigo. Una estupidez en realidad.

Ahora no podría sonreír ni aunque la vida se le fuera en el intento. La visión de Remus, sentado en otra de las sillas de la mesa del comedor, los codos sobre las rodillas y la cabeza en sus manos. Era la representación de la desesperación que sentía cada uno de los que estaban en esa casa, rezándole a todos los dioses que pudiesen estar escuchando que Harry, de alguna manera, llegara a La Madriguera diciendo "Hey,¿quién diablos estaba a cargo de los trasladores? Terminé en Rumania".

Nymphadora, estaba sentada al lado de Remus, una mano en su hombro, intentando contenerlo. Podía ver en los ojos de su "sobrina" una profunda preocupación por su amigo. Le alegraba saber que ahora ella estaba ahí para él y que Remus había dejado de negarse a sí mismo algo que necesitaba como nunca. Apoyo e incondicionalidad. Y amor.

En el suelo, y contra la muralla, estaban sentados Ron y Hermione. No habían dicho más de dos palabras desde que habían llegado a la Madriguera. Los ojos enrojecidos de la chica miraban fijamente el piso. La mirada perdida de Ron estaba enfocada en alguna parte de la muralla de enfrente.

La última persona en la cocina era Ginny, la algo-así-como-novia de Harry. Estaba sentada en la encimera de la cocina, las rodillas cerca de su pecho, rodeadas por sus brazos. No había dejado caer una sola lágrima. Sirius la aplaudía por eso.

El resto de la gente estaba repartida por la casa.

Un fuerte crack seguido por un agudo grito lo hizo saltar cerca de dos metros en el aire. La reacción había sido similar en el resto de la habitación, donde ahora todos sostenían en alto su varita, apuntando al aire, buscando con la mirada el origen del peligro. La única que seguía en su lugar era Hermione (quien era responsable de ese grito que habría hecho sentir orgullosa a cualquier Banshee), sólo que su mirada ahora era aterrada, fija no en el suelo como en las últimas 12 horas, sino que en un gato negro sobre su regazo. Gato que definitivamente no había estado ahí un minuto antes.

El gato soltó un largo maullido haciendo que todos volvieran a saltar asustados.

–¿De dónde salió ese gato? –preguntó Fred…o George desde la puerta. El grito de Hermione había alertado al resto de los habitantes la casa. Y del Reino Unido, considerando como Sirius se sentía medio sordo aún. Detrás de él estaba su gemelo, y sus padres.

–Tiene algo atado al cuello –notó Tonks, sosteniendo una mano sobre su pecho. A Sirius le agradó saber que no había sido el único que casi había muerto de un infarto por culpa de un gato.

Con manos temblorosas, Hermione comenzó a desamarrar un paquetito que tenía el gato atado al cuello, además de su collar azul. El gato se quedó en silencio e inmóvil.

Después del tercer intento, Hermione logró desatar el paquete, que resultó contener un trozo doblado de pergamino. Hermione miró rápidamente a Ron, manteniendo una conversación en silencio. Bajo la atenta mirada de todos, desdobló el papel y miró por unos segundos lo que decía en él. O lo que Sirius pensaba que estaba escrito en él. Desde su posición, sólo veía el reverso en blanco del pergamino.

Sea lo que sea que decía, hizo que dos ceños se fruncieran casi al mismo tiempo. Ron y Hermione miraban el papel, con cara de no entender nada.

Cuando un segundo maullido hizo que Sirius no sólo saltara en el aire sino que además soltara un muy poco digno gritito, el animago tuvo suficiente. En dos zancadas se acercó a Hermione, tomando con una mano al gato, abrazándolo contra su pecho. Con la otra mano, tomó el papel de las manos de la chica y lo leyó.

Estoy en camino, tengo a Harry.

–¿Qué demonios? –preguntó Sirius a nadie en particular. Su única respuesta fue otro maullido que; esta vez, afortunadamente; no lo hizo saltar. Mucho.