Volví, señoras y señores! Llegué anoche de mis vacaciones y terminé recién de escribir este capítulo. Estoy un poco indecisa sobre cómo abordar los próximos capítulos, pero todo saldrá bien, lo juro C:
Ojalá les guste y cuéntenme qué le parece! Planeo subir pronto el siguiente.
Saludos y amor para ustedes! (:
Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
Sólo sus reflejos sobre-desarrollados (gracias a sus años de animago) permitieron que Sirius pudiera esquivar a Kingsley, Arthur y a Remus y llegara hasta la chica antes de que su cabeza diera contra el suelo.
Con una mano sujetó la parte de atrás de la cabeza de la chica, aún cubierta por la tela de la capa mojada que traía puesta y rodeó su cintura con el brazo libre, bajándola lentamente al suelo de la cocina.
–¿La conoces Minerva? –escuchó que preguntaba Molly a sus espaldas.
–¿Que si la conozco? ¡Albus volverá a la vida sólo a maldecirme si algo le pasa! ¿Está bien? –respondió la profesora en una voz aguda. Más aguda de lo normal, si eso era posible.
Era una buena pregunta, pensó Sirius. Ignoró el resto de la conversación entre Molly y Minerva y se concentró en la chica, Cassandra. Sirius ya había decidido que era digna de confianza. Algo en las tripas se lo decía.
El grueso cabello de la chica, que en un comienzo había creído negro, pero ahora notaba que era de un extraño rojo oscuro, le ocultaba la cara. La lluvia haciéndolo parecer más oscuro aún, probablemente.
Con una mano le quitó el cabello mojado de los ojos. Estaba pálida.
Y era joven. Debía tener unos 18 años, quizás un poco más y era guapa, aunque Sirius ya lo había notado durante su discurso enfadado. La ira había hecho que sus ojos adquirieran un brillo inusual. Había sido digno de admirar.
–¿Esta bien? –la voz de Arthur lo sacó de sus pensamientos.
Rápidamente buscó el pulso de la chica. No era que pensara que estaba muerta, veía su pecho subir y bajar con cada respiración, pero parecía ser lo primero que debía hacer: chequear su pulso.
Había uno. Lento. Mala cosa. Y muy extraño.
Remus la había sacudido fuerte, pero no tanto. Solo esperaba que estuviera bien. No solo por la chica, Cassandra, a quien ahora le debía la vida al ser ella quien había salvado a Harry; sino por su amigo también. Sabía que Remus, cuando todo volviera a la calma, iba a sentirse culpable por tratarla así. No era habitual en su amigo comportarse de manera violenta. Era un pacifista, por eso era tan terrible para él tener que convivir con su lado salvaje.
–No lo sé –respondió Sirius recordando que le habían hecho una pregunta.
Desabrochó la capa de la chica, que estaba amarrada al cuello de ésta. La abrió y se quedó congelado.
–Mierda –fue todo lo que pudo decir.
–¿Qué? –Preguntó Arthur, asomándose por sobre su hombro.
La chica tenía puesto un vestido sin mangas, que en sus mejores tiempos había sido azul claro. Ahora era de un rojo oscuro, casi por completo.
–¿Qué le hiciste, Remus? –preguntó en un susurro Arthur, espantado seguramente por la visión de la chica desangrándose en su cocina.
Sirius hizo una mueca al escuchar su pregunta. No era algo que deseaba que le dijeran a Remus después de su ataque de ira. Él también pensaba que se le había pasado un poco la mano, pero no iba a decírselo.
–No...no le hice nada. –respondió su amigo tragando saliva. Su voz dejaba entrever que, en realidad, se estaba cuestionando si en verdad le había hecho daño de alguna forma.
–No fuiste tú, Remus –se apresuró a decirle a su amigo, mientras sacaba con cuidado los brazos de la chica de la capa que vestía y le quitaba el bolso que llevaba cruzado.
–Sirius, llevémosla adentro –le dijo Molly, que se había asomado por sobre su otro hombro, sus ojos serios y preocupados.
Vagamente escuchó la voz aguda de Minerva McGonagall preguntando (otra vez) por la chica. No le prestó atención mientras la levantaba en sus brazos y seguía a Molly, dejando en el suelo la capa ensangrentada y mojada.
La cabeza de la chica, Cassandra, rodó hasta acomodarse contra su pecho. Pesaba menos de lo que esperaba.
Siguió rápidamente a Molly hasta la sala de la casa para acomodar a la chica sobre el sofá, dudando un segundo, pensando en las manchas de sangre que podrían quedar en él. A Molly parecía importarle poco, así que sólo la puso encima, acomodando con suavidad su cabeza en una almohada.
Sirius no era nada cercano a un sanador, pero sabía lo básico. Habiendo participado de una guerra había aprendido una que otra cosa útil. Con eso en mente, se arrodilló frente a ella y se dispuso a buscar la causa de toda esa sangre.
Buscó la orilla del vestido de la chica y lo alzó por sobre sus caderas. Estando el lado izquierdo del vestido más manchado que el derecho, apostó a que el origen de toda la sangre estaba en ese lado. El abdomen plano de la chica quedó a la vista y luego una fina herida que, para el desmayo de Sirius, aún sangraba.
La herida estaba, como esperaba, en el costado izquierdo de la chica. Descubrió lentamente la herida, intentando no tirar mucho de la tela que se había adherido a su piel herida. Se detuvo cuando alcanzó a vislumbrar la orilla de la ropa interior de la chica. Sostuvo el vestido y lo acomodó sobre sus pechos, intentando proteger su modestia. No hacía falta mostrar más de lo debido. Todo un caballero, eso era él.
Se quedó mirando la larga y fina lesión y luego recorrió su contorno con los dedos, teniendo cuidado de no tocar la herida en sí. No pudo evitar notar lo suave de su piel. Sirius se preguntó por un segundo si todo el resto de su piel sería igual de suave.
Notó que Molly ya no estaba a su lado y se imaginó que había ido por las provisiones para hacer su papel de sanadora. Mientras él se dedicaba en pensar en lo suave que era su piel.
Sirius se insultó mentalmente e intentó recordar que la pobre chica se estaba desangrando frente a sus ojos. Intentó recordar también que tenía edad suficiente para ser su padre. Todo un caballero, si claro.
Tomo su varita y se dispuso rápidamente a detener la hemorragia, mientras esperaba que Molly volviera. Fuera lo que fuera que había ido a buscar, Sirius estaba seguro que era exactamente lo que la chica necesitaba. Puede que no tuviese el título de sanadora, pero la mujer era una experta en heridas, mágicas y no mágicas. Después de todo había criado a 7 hijos.
–Va a estar bien, ¿cierto? –dijo su amigo hombre lobo, que ahora estaba parado a los pies del sofá, sosteniendo el bolso y la capa de la chica.
Sonaba apenado. Si había algo que odiaba Remus Lupin era perder el control. Se había pasado toda la vida intentando demostrarle al mundo que no era "peligroso" sólo por ser hombre lobo. Y no lo era. Era sólo que la situación los tenía a todos en el límite.
–Creo que sí, Lunático, creo que sí.
Y de verdad creía que sí.
No pudo evitar notar que, además de la herida (que por suerte ya no sangraba), había otras marcas en su piel, en sus brazos y abdomen. Y un par de morados que ya comenzaban a desaparecer.
Sirius arrugó el ceño pensando en lo que había dicho la chica antes. Vivía en la Mansión Lestrange. La única que iba quedando, pues la de Rodolphus y su querida prima Bellatrix no era más que un edificio abandonado al borde del derrumbe.
Elessa Lestrangre era la cuñada de su prima. Eso transformaba a Cassandra en algo así como una sobrina muy muy lejana.
Pasó un dedo sobre una fina cicatriz que tenía la chica cerca del hueso de la cadera. Era antigua, pero era evidencia de la clase de vida que había llevado. Una Hufflepuff en la mansión de los Lestrange. ¿Por qué no había huido hace años, como lo había hecho él? ¿Cómo era que aún vivía?
–No bromeaba cuando dijo que su madre no estuvo muy contenta con ella, ¿no? –Preguntó alguno de los gemelos. Ambos estaban de pie cerca de Remus.
–Harry acaba de despertar -dijo Hermione, asomándose desde la cocina e interrumpiendo el silencio que había caído en la habitación.
Sirius la miró de inmediato.
–¿Esta bien?
–Sí, está bien. Sólo adolorido y con una jaqueca terrible. Y dice que es verdad. Cassandra lo ayudó a escapar. Por cierto, ¿cómo está?
–No estoy seguro, ya no sangra y Molly está...
–Ella está bien -dijo una voz débil desde el sofá.
Sirius dirigió la vista hacia abajo, para encontrarse a la chica, Cassandra, intentando sentarse.
–No, no, no. Quédate donde estas. –le dijo, empujándola por los hombros.
–Estoy bien, en serio –respondió Cassandra, luchando contra sus manos. Por su voz, Sirius sabía que estaba medio adormilada aún.
–Bien y un cuerno, haz perdido mucha sangre y…
–Tengo que irme –lo interrumpió, aunque ya no luchaba contra su agarre.
–Usted no va a ninguna parte, señorita Lestrange –dijo Molly entrando a la habitación. Utilizó la voz de "que alguien se atreva a contradecirme" que funcionaba tan bien con sus hijos. Y con él. Y con todos, en realidad.
Al parecer también funcionó con Cassandra, porque se calló de inmediato. Molly dejó todo lo que traía en sus manos sobre la mesita junto al sofá y le dirigió una sonrisa a la chica.
–Te has portado maravillosamente con nosotros, Cassandra. Cuidaste a Harry y ahora cuidaremos de ti. Curaré esa herida fea, tomarás una poción para recuperar la sangre y luego dormirás para reponerte. Luego tomarás un buen desayuno y después de todo eso, podrás decidir a dónde ir. Pero por el momento, te quedas donde estás.
Cassandra se quedó mirándola. Por la cara que tenía, Sirius sabía que había entendido la mitad de lo que le había dicho Molly, pero que no se atrevía a decir nada para contradecirla. Sirius la entendía. Molly lograba ese efecto en él también. Daban ganas de abrazarla y de correr lejos. Al mismo tiempo.
La chica hizo el ademán de encogerse de hombros, sólo para arrugar la cara en dolor y soltar una palabrota que Sirius no había esperado que ella siquiera conociese. Molly alzó las cejas, pero no hizo comentario.
Sirius se alejó y dejó a Molly trabajar en la chica. La mujer pelirroja se arrodilló frente a la herida de Cassandra, apuntándola con su varita. Comenzó a murmurar en voz baja, luz azul-plateada saliendo de su varita.
Sirius no tenía ni idea de qué estaba haciendo, pero por la expresión de la chica, debía doler un montón. Tenía los ojos firmemente cerrados y el ceño fruncido, pero no dejó escapar ni un grito.
Sirius no pudo evitar sonreír para él mismo. Y, extrañamente, sentirse un poco orgulloso de ella. Era valiente como ella sola. El estúpido sombrero estaba loco. Debió ponerla en Gryffindor sin pensarlo dos veces.
Sin pensarlo mucho, Sirius rodeó el sofá y se paró tras él, a la altura de la cabeza de la chica. Apoyándose en una mano, se inclinó por sobre el respaldo del sofá y tomó con una mano la cara de Cassandra, girándola hacia él.
–Hey, hey. Mírame. –le dijo con voz suave. Sabía que se estaba ganando un par de miradas extrañadas, pero le importaba poco. La chica estaba sufriendo y él sufría con ella.
No sabía si era porque le había salvado la vida a Harry, porque sus historias familiares eran similares o porque era una sobrina muy, muy lejana; pero Sirius sentía que tenía una extraña conexión con ella. Aunque tan sólo la conociera hace unos minutos.
Cassandra abrió los ojos, su ceño aún fruncido. Molly seguía con su cántico.
Sus enormes ojos eran de un suave color café. Como chocolate derretido. Sirius sentía en los huesos que la conocía de alguna parte. Ni idea de dónde. Era mucho menor que ella, era de Hufflepuff. La única cosa en común que tenían era uno que otro familiar y Sirius estaba seguro que no era por eso que la conocía.
–Te conozco. –le dijo en voz baja Cassandra, verbalizando el pensamiento que había pasado hace un segundo por la mente de Sirius.
Sirius no logró decir "Ya lo sé", como pretendía, pues otro largo juramento abandonó la boca de la chica. Molly ahora estaba limpiando la herida con una poción apestosa y Cassandra se movía inquieta, intentando alejarse de las manos de la mujer.
Sirius movió el pulgar sobre el pómulo de la chica, buscando llamar su atención.
–No, quédate quieta.
Cassandra le dedicó una mirada enfadada que decía claramente donde creía ella que podía meterse su comentario.
–Vamos. Molly está casi terminando, queda poco. –le dijo, sonriéndole –pero puedes seguir maldiciendo, tengo curiosidad por saber qué otras palabrotas conoces.
Cassandra soltó un poco elegante bufido y cerró los ojos, pero no se alejó del toque de Sirius.
–Ya. Eso es todo lo que puedo hacer. Un poco de vendaje y quedarás como nueva –dijo Molly. –Ayúdame a sentarla, Sirius.
–¿Sirius? –preguntó la chica, levantando repentinamente la cabeza y mirándolo con curiosidad.
–Sí –le respondió, apresurándose a hacer lo que le había pedido Molly. Sostuvo a Cassandra bajo los brazos, desde su posición tras el respaldo de sofá, mientras Molly la rodeaba con un grueso vendaje. La chica volvió a bajar la cabeza apoyándola en uno de los brazos de Sirius.
–Hmm. –fue toda la respuesta que obtuvo de ella.
–¿Qué? –le preguntó Sirius, la curiosidad sonaba fuerte y claro en su voz, incluso en sus propios oídos. Cassandra había dicho que lo conocía. Quizás ahora recordaba de dónde.
–No, nada. –al tener la cara apoyada en su brazo, pudo sentir como una sonrisa se formaba en los labios de Cassandra, aunque no podía verla. La pequeñaja se reía de él.
Arrugó el cejo y se quedó mirándola. Iba a insistirle, pero se arrepintió en el último segundo. Daba lo mismo, decidió Sirius, ya descubriría de dónde la conocía.
