Primero que todo, mis disculpas por la demora. Ya les había dicho que iba a ser un mes difícil para mí y que me costaría un poco actualizar, pero lo siento de todas formas.
Hoy decidí que TENÍA que actualizar y llegué temprano, directo a escribir (:
Espero que les guste, si todo sale bien, debería actualizar el fin de semana que viene.
Eso, damas y caballeros, si pueden dejen un review para saber qué les pareció!
Gracias por todo!
Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar no es mío (y).
Cassandra, con los ojos cerrados y las palmas de las manos apoyadas en el frío muro de la ducha, intentó disfrutar lo más posible la sensación del agua caliente recorriendo su adolorida espalda. Cassandra calculaba que llevaba cerca de 15 minutos bajo el agua y no quería abusar de la hospitalidad de La Madriguera, así que planeaba salir de la ducha dentro del próximo minuto y medio. Aunque tuviese que esforzarse y reprimir con todas su fuerzas las ganas que tenía de quedarse bajo el agua por lo menos hasta diciembre.
Soltando un triste suspiro (y pensando en que Molly no estaría muy contenta si se quedaba en su ducha por los próximos cinco meses), Cassandra cerró la llave del agua y salió de la pequeña bañera, asegurándose de pisar sobre la ropa que se había sacado antes de meterse y que había acomodado cuidadosamente en el piso del baño. No quería que sus pies, calientes por el agua, tocaran el frío suelo.
Una vez fuera de la ducha, se envolvió con la blanca, gorda y esponjosa toalla que Molly le había pasado, teniendo cuidado de no presionar la herida de su costado y asegurándose antes de que el vendaje estaba aún intacto gracias al hechizo impermeabilizador que había usado en él. La herida dolía y picaba bastante, pero ya no sangraba. Lo que era excelente, porque no quería manchar con sangre la limpia e impecable toalla.
Usando la otra toalla que Molly le había pasado, envolvió las puntas de su largo cabello, intentando quitarle la mayor cantidad de agua. Lo que, como siempre, era una tarea hercúlea, porque Cassandra tenía mucho cabello. Mucho. Quizás era el momento de un corte.
O quizás no.
Mientras sus manos se concentraban en la tarea que tenían en frente, su mente se concentraba en algo más. O en alguien más, si iba a ser sincera.
Cassandra sabía que era una ridiculez hacer tanto escándalo por Sirius, pero no podía evitarlo, el escándalo ya estaba en pleno proceso en su estómago, las cientos de mariposas bailando al ritmo de quizás que música.
De Ricky Martin, probablemente.
Lo conocía hace como un día, por amor a Merlín. Y sí, era tremenda e increíblemente atractivo, pero no era motivo para ponerse nerviosa, ¿o sí?
Ya le había pasado un par de veces, eso de las mariposas enloquecidas. En Hogwarts le habían gustado tres chicos y nada bueno salió de eso.
Cuando estaba en segundo, Timothy Jackson había sido algo así como un mejor amigo. Como por una semana.
Era de Hufflepuff, guapo, con cabello oscuro y ojos verde-amarillo y Cassandra lo habría seguido hasta el fin del mundo si Timothy no hubiese salido corriendo, casi tropezándose con sus propios pies, cuando se enteró de que era la hermana de los gemelos Lestrange. Y sus hermanos ni siquiera estaban en Hogwarts ese año, se habían graduado el año anterior.
El siguiente episodio de mariposas salvajes fue durante su cuarto año en Hogwarts. El muchacho en cuestión también era de Hufflepuff y era muy tierno y simpático con ella. Era menor que Cassandra, por dos años, pero era alto y bastante más maduro que un mocoso de 12 (casi 13) años, así que a Cassandra no le importaba mucho la diferencia de edad.
Esa vez en particular (y por primera vez) Cassandra decidió usar el consejo de la Profesora McGonagall y no le dijo su apellido materno. Al ser más joven y haber entrado dos años después que ella, el chico no había escuchado nada sobre Cassandra así que no podía establecer conexión con su verdadera familia. Durante varias semanas fueron muy amigos, estudiaban juntos (más bien Cassandra lo ayudaba con sus estudios) y se hicieron muy cercanos.
Las mariposas hicieron aparición en el estómago de Cassandra y cuando todo iba perfectamente, aparece un estúpido basilisco y lo petrifica. Y bueno, al parecer un episodio con una serpiente mística manipulada por el mismísimo Voldemort era el límite del pobre Justin Finch-Fletchey, porque cuando Cassandra finalmente le contó que su apellido era Lestrange, el chico corrió como si a la Cassandra misma le hubiesen salido escamas y colmillos.
¿A quién le pasa que está casi-saliendo con un chico y todo termina porque al chico en cuestión lo petrifica una mega-serpiente que se supone que no existía? El Universo la odiaba, definitivamente.
La última vez que le había pasado, eso de las mariposas locas, fue en su último año en Hogwarts, cuando tenía 15 años. Y después de esa vez, Cassandra llegó a la conclusión de que sus mariposas eran unas hijas de puta. Unas malditas con muy mal criterio para elegir por quién volverse locas.
Sinceramente, era un episodio que Cassandra hubiese preferido olvidar.
Cassandra siempre fue una persona solitaria que se movía por los pasillos de Hogwarts en silencio y tomando caminos que, en general, los otros estudiantes no usaban. Por eso se había sorprendido tanto cuando, caminando por un pasillo que habitualmente estaba completamente desierto, chocó con otra persona. Una persona alta que la tiró directamente sobre su enorme trasero. Cuando Cassandra había alzado la vista, prácticamente había OÍDO al batallón de mariposas abrirse paso hacia su estómago. Y cuando el chico le sonrió y le ofreció una mano para ayudarla a ponerse de pie, Cassandra se había quedado mirándolo como idiota. Estaba bastante segura de que hasta había babeado.
Era alto y corpulento, pero no enorme como un oso. Tenía cabello rizado de color rubio rojizo. Sus ojos azules, brillantes, la miraron directo al alma. La sonrisa que le dedicó era hermosa, sus dientes blancos y perfectamente alineados. En resumen, el infeliz era la descripción gráfica de "perfecto".
Cassandra sabía que era de quinto año de Slytherin, que era cazador en el equipo de Quidditch de su casa y que se llamaba Cassius Warrington. Y el solo hecho de que fuese de Slytherin debería haberla puesto de sobre aviso, pero por Merlín, ¡sus nombres empezaban igual! Si eso no era una señal divina, Cassandra no sabía qué era.
Cuando ella no había tomado la mano que Cassius le ofrecía, el chico se había agachado y la había tomado por los brazos para ponerla sobre sus pies nuevamente. Y sobre el planeta Tierra.
En realidad, había varias cosas que deberían haber activado la alarma de "corre lejos" en su cabeza. Primero, lo más obvio, era de Slytherin. Era de su mismo año, así que había conocido a sus hermanos, al menos de nombre, y por lo tanto debía saber quién era ella. No es que Cassandra pensara que era muy famosa, pero cuando la hermana pequeña de dos hijos prodigios de Slytherin entra a Hufflepuff…la gente lo sabe.
Segundo, la había tirado sobre su culo y no se había mostrado apenado. Es decir, si alguien choca con una chica que mide un poco más de metro y medio y la tira lejos, esa persona se muestra un poco más arrepentida y contrita, ¿no? Sí, Cassius le había dicho "lo siento", pero se lo había dicho mientras sonreía. ¿Quién se ríe cuando tira al suelo a alguien que no conoce? Nadie mentalmente sano, pensaba Cassandra. O lo pensaba ahora, casi cinco años después
Tercero, nadie, NADIE, NUNCA, usaba ese pasillo. Estaba lejos de cualquier aula, había que caminar mucho para llegar a cualquier parte. Simplemente nadie lo usaba. Pero ese día había aparecido Cassius, de la nada. Sin un libro en la mano, sin un bolso en el hombro. Sólo había aparecido, como si la hubiese estado esperando.
De todas formas, a la Cassandra de 15 años le había importado poco. Cassius la había ayudado a ponerse de pie y le había sonreído y ella pensó que era una acción de lo más caballerosa. Aunque el mismo caballero hubiese sido quien la había tirado al piso.
Cassius le había preguntado si estaba bien. Cuando Cassandra logró poner en acción su cerebro, le dijo que sí, que estaba muy bien. Entonces Cassius le dijo que le daba mucho gusto conocerla, que esperaba verla otra vez y que le iba a dedicar el triunfo que obtendría su casa en el partido de Quidditch contra Gryffindor.
Cuento corto: Cassandra cayó rendida a sus pies.
Durante la siguiente semana, Cassius parecía saber exactamente qué caminos tomaba Cassandra, porque siempre aparecía de la nada. Con una flor en la mano y una sonrisa en la cara.
Ocho días después de conocerlo, Cassius la encontró bajo un árbol, leyendo. O intentando leer, porque la luz del día ya había comenzado a extinguirse. Apareció de la nada, le regaló una flor pequeña y blanca (siempre eran flores pequeñas y blancas) y le dijo que era peligroso estar tan tarde en los terrenos, fuera del castillo, por todo el asunto de Sirius Black. La acompañó a la entrada de su sala común. Y antes de que Cassandra se alejara, le tomó las manos y la acercó a él.
Y antes de que ella supiera qué pasaba, estaba en la mitad de su primer beso. Y qué beso.
Había sido un beso lento y apasionado y Cassandra sólo se había dejado llevar. Ella estaba bastante segura de que su primer beso no había sido uno muy bueno, por su inexperiencia, pero a Cassius parecía haberle importado poco, la había mirado a los ojos, le había sonreído, le había dado otro beso, pequeño y corto, y le había dicho que la vería al día siguiente en el desayuno.
Y así había sido. Durante los días siguientes, si no estaba durmiendo o en clases, estaba sentada al lado de Cassius. Había empezado a sentarse en la mesa de Slytherin durante las comidas, haciendo vista gorda a las miradas perversas que le dedicaban los ocupantes de la mesa de Slytherin y las miradas llenas de rechazo de sus compañeros de casa.
La hermosa historia de amor terminó 12 días después de su primer beso, con Cassandra corriendo a media noche por los pasillos del castillo, su blusa mal abotonada y manchada de sangre, lágrimas corriendo por su cara, feos morados formándose en sus brazos y su varita firme dentro de su puño, deseando nada más que esconderse del mundo bajo las sábanas de su cama.
Por supuesto, considerando como el Universo la odiaba, no logró cumplir su deseo, porque Sirius Black había elegido precisamente ese día para intentar meterse a la torre de Gryffindor y asustar casi hasta la muerte a la Señora Gorda, quien era guardiana de la entrada. Una hora después, estaba dentro de un saco de dormir en el Gran Comedor, en posición fetal intentando llorar en silencio.
Sus mariposas danzarinas tenían pésimo gusto en hombres, porque el infeliz de Cassius quería sólo una cosa. Dos cosas en realidad: acostarse con ella y ganar una apuesta.
Cassandra estaba bastante orgullosa de que el muy maldito no hubiese logrado ninguna de las dos cosas.
Cuando Cassandra notó que lo que ella creía que iba a ser una linda e inocente cena nocturna bajo las estrellas en la torre de Astronomía se estaba transformando en triste y decadente escena salida de una película de terror, intentó inventar una excusa y retirarse. Por supuesto Cassius no estuvo muy contento.
Había comenzado a tener pequeñas dudas cuando sus besos se volvieron más bruscos y la mano de Cassius había empezado a moverse bajo su falda. Había comenzado a tener SERIAS dudas cuando Cassius comenzó a desabotonarle la blusa. Había comenzado a pelear contra él cuando lo vio desabrocharse los pantalones. Y cuando la había sujetado por los brazos contra el suelo, utilizando su peso para mantenerla quieta bajo él, Cassandra abandonó toda sutileza y le rompió la nariz de un cabezazo. Y cuando el maldito se alejó chillando, tomó su varita y lo tiró con fuerza contra el muro de piedra, para luego rodearlo con firmes sogas.
Sólo cuando estuvo segura de que Cassius no podía moverse ni liberarse de las sogas, se puso de pie y se abotonó la blusa a toda velocidad, tratando de ignorar la sangre que había en ella, proveniente de la nariz de Cassius.
Y entonces, como el Universo le tenía especial cariño, se abrió la puerta y apareció Graham Montague, amigo de Cassius y compañero de él en el equipo de Quidditch. Graham, que se había quedado de pie en la puerta, le dio un vistazo rápido a Cassandra y luego miró a Cassius en el suelo. Y entonces se rió. No una risa pequeña, más bien una carcajada, fuerte y ruidosa que hizo que su tremendo cuerpo de gorila se agitara con fuerza.
Cassandra alcanzó a escuchar que Graham decía entre risas "sabía que no lo conseguirías, me debes 20 galeones" antes de darle un empujón, apartarlo de la puerta y salir corriendo.
Un triste, triste episodio en la vida de Cassandra Lestrange.
Después de eso, se había mantenido alejada de todo el mundo, sobre todo de aquellos pertenecientes al sexo masculino. Y al final de ese año escolar había dejado Hogwarts para siempre, así que ya no tuvo que preocuparse por chocar con psicópatas en los pasillos.
Y ahí estaba ahora, ella y sus mariposas, en la mitad de un baño que no era el suyo.
Cassandra sabía que Cassius era un maldito trastornado malvado de alma negra y que definitivamente no todos los hombres eran como él. Y que, más importante aún, Sirius no era como él. Gracias a Merlín. Pero si algo había logrado el Universo, era que Cassandra, a sus 19 años, fuera mucho más cauta y cuidadosa. Sobre todo con la gente que recién conocía, por lo que no podía hacer menos que desconfiar de sus amigas, las mariposas enamoradizas.
Pero, ¿de verdad estaba pensando en esos términos? ¿Ella y Sirius?
Era varios años más viejo que ella. Más de diez años, seguramente. Pero eso daba lo mismo. Había sido amable con ella. La había ayudado. Sabía que su apellido era Lestrange y no le importó. Había estado 12 años en Azkaban y seguía siendo…persona. Eso lo transformaba automáticamente en la persona más fuerte que Cassandra hubiese conocido en su vida. Era un poco exasperante, pero tenía buenas intenciones. Era sexy. Había contado sus pecas. Tenía 89, quién iba a pensarlo. Su madre definitivamente lo desaprobaría. Era un buen partido.
Aunque el problema no era si él era o no una buena persona o si era o no un buen partido.
Cassandra utilizó una de sus manos para limpiar el espejo que estaba sobre el lavabo y que se había empañado con el vapor de la ducha. Se fijó en su propia cara, pálida y de aspecto cansado, y en las múltiples cicatrices que cubrían sus brazos desnudos. Pensó también en las otras tantas feas cicatrices que tenía bajo la toalla blanca que la cubría. Miró hacia el dorso de su mano derecha, que aún estaba apoyada contra el espejo. Ahí había una cicatriz especial, distinta al resto que tenía. Una que había adquirido en la navidad de su primer año y que decía "DESHONRA", escrita con su propia letra. Por lo menos su letra era linda y la cicatriz se notaba poco.
A quién engañaba, el asunto no era si le gustaba o no Sirius, aunque lo conociera oficialmente hace un día. El punto estaba en que Sirius no se fijaría en ella, al menos no en esa forma. No era atractiva, su cuerpo estaba marcado y su trasero necesitaba perder al menos cinco kilos.
Resignada, Cassandra decidió que era el momento de bajar y enfrentar a la gente que le había dado asilo durante la noche. Y si iba a bajar, prefería hacerlo con ropa encima, así que comenzó a vestirse.
En menos de cinco minutos, ya estaba vestida. Sus cómodas calzas de color verde claro combinaban bien con la camiseta sin mangas color ciruela de la hija de Molly. Le gustaba esa camiseta. Era un lindo color y el gato que tenía en la parte delantera era sensacional. Y era lo suficientemente ancha como para que cayera por sobre sus caderas y le cubriera el trasero sin quedar ajustada. En resumen, era la camiseta más perfecta del mundo.
Y a propósito de gatos, debía preguntar por Mina. No la había visto desde que la envió donde Hermione el día anterior.
Se calzó rápidamente sus botas café y se puso el chaleco blanco que le habían prestado. Dobló las toallas y el camisón que había usado la noche anterior y notó que no tenía idea qué hacer con ellos, así que salió del baño, volvió a la habitación de Sirius y dejó todo junto con el jeans y la ropa interior de la hija de Molly que no había usado.
Tomó su bolso de colores y salió de la habitación. Su nueva misión: encontrar la cocina.
No le costó mucho trabajo, sólo tuvo que seguir a su nariz. El rico olor de tostadas y café recién hecho la iba a guiar directo a la cocina.
Con cada escalón que bajaba (y eran muchos escalones), Cassandra se encontró sintiéndose más y más nerviosa. La noche anterior los habitantes de La Madriguera se habían portado bien con ella. O al menos al final lo habían hecho, pero quizás sólo lo habían hecho porque ella había estado medio muerta.
Y ahora que estaba bien, quizás la echaran de la casa.
No es que Cassandra esperara que la invitaran a vivir con ellos, pero necesitaba asilo al menos hasta tener listo el plan…K. De Kamikaze. Estaba a punto de salir al mundo, sin casa, sin más ropa que la poca que tenía en el bolso, sin trabajo, sin amigos y sin mucho dinero. Un futuro pro-me-te-dor.
Cuando llegó al primer piso, identificó de inmediato la habitación que buscaba. Reconoció el living y el sofá en el que había estado tirada cuando despertó después de su poco digno desmayo en la cocina. Y al costado del living, estaba la puerta a la cocina.
Podía oír voces y se acercó en silencio para escuchar qué decían, apoyándose contra la pared cerca de la puerta. Si estaban planeando su asesinato o algo así, quería saberlo.
–…unos seres de lo más ruines, si me preguntan. –esa era la voz de la Profesora McGonagall. En cuanto a los "seres ruines", Cassandra no tenía ni idea –Creo que ambos tomaron como un insulto personal el que un miembro de su familia no fuera admitido en Slytherin. Y se lo hicieron saber a la niña de inmediato.
Ah, sus hermanos, por supuesto.
–Por lo que Cassie me contó –continuó la profesora desde la cocina–, nunca fueron muy amables con ella, pero se volvieron especialmente crueles luego de que el sombrero gritara Hufflepuff sólo un segundo después de que tocara su pequeña cabecita. Y bueno, el segundo golpe lo dieron sus compañeros de Hufflepuff, que se asustaban al escuchar que era una Lestrange. Y los niños pueden ser muy crueles a veces.
Sí, muy crueles. Unos más que otros, eso sí.
–Ella dijo algo sobre que usó el apellido de su padre. Por eso no lograba recordar a ninguna Lestrange en mi clase. –Desde su posición escondida, Cassandra identificó la voz de Remus Lupin.
El profesor sonaba apenado. Cassandra hizo una nota mental para no olvidarse de hablar con él antes de irse de La Madriguera. No lo culpaba por arrastrarla por el piso y lanzarla contra un mueble. Bueno, lo culpaba un poco, pero entendía sus motivos.
–Ah, sí. –esa era la profesora nuevamente– El apellido de su padre era Walsh, aunque Lestrange siempre ha sido el oficial. Thomas Walsh era un buen hombre. Ni Merlín debe saber qué cruzaba por la mente del pobre hombre cuando se casó con Elessa Lestrange.
Amén a eso.
Cassandra tampoco lo entendía, ni lo entendería nunca. Era francamente algo increíble. Sus padres eran como el aceite y el agua. Negro y blanco. Jeans y zapatos de taco. Simplemente no eran compatibles.
–…y volvió sólo minutos después hecha una furia. Nunca la había visto así, ¡tan enojada! –seguía hablando la Profesora McGonagall, sobre cuando la Profesora Sprout fue a buscarla a la Mansión, en el primer año. Nunca se olvidaría de la expresión de la profesora, terriblemente enfadada, roja como un tomate –Nos dijo, a mí y a Albus, que Elessa no quería que Cassie volviera a Hogwarts. Y bueno, ahí me enfadé yo, ¿quién se creía que era, la vieja murciélago?
Ja. Por eso amaba tanto a Minerva McGonagall. Por eso y muchos otros motivos. La profesora había sido como una segunda tía, además de su tía Sarah. Había mantenido el contacto con ella cuando su tía murió y Cassandra abandonó la escuela. Le escribía seguido y, como si fuera poco, era una animaga. Una animaga GATO.
–Y bueno, ahí apareció Cassie –estaba diciendo la animaga en cuestión– y fue el turno de Albus de estar enfadado. Imagínense a una niña bajita y delgada, con una montaña de pelo rojizo oscuro, con la carita morada. Todavía me pesa el alma cuando recuerdo que tuvimos que dejarla ahí ese día y que nos demoramos una semana para sacarla legalmente de la mansión.
Los ocho días más largos de la historia.
Una fuerte carcajada hizo que Cassandra diera un salto de cerca de un metro en el aire. Si no hubiese estado apoyada contra la pared, habría terminado en el suelo.
Era Sirius el que se reía. ¿Qué diablos? ¡Están hablando de mi triste y abusada infancia!
–¿Qué? –dijo Remus, con voz indignada. Exactamente, ¿qué?
–Nada, nada. Sólo acabo de notar algo –dijo Sirius, la risa aún presente en su voz.
Umh…notar algo, ¿eh? Quizás recordó de donde la conocía. De sólo pensarlo a Cassandra también le entraron ganas de reír. Si de verdad la recordó de cuatro años, dejándole dulces en Azkaban, se demoró mucho menos de lo que esperaba.
Pensando que ya llevaba demasiado tiempo oculta (y ya que había descubierto que no estaban planificando su asesinato, sino discutiendo su vida), Cassandra se obligó a tragarse los nervios y aprovechó el momento para dar un paso adelante y asomarse por la puerta.
Había cinco personas sentadas en la mesa. Molly y Arthur Weasley, sentados uno al lado del otro, con tazas humeantes en la mesa, delante de ellos. Frente a los Weasley, Remus Lupin, con una taza en la mano. Al lado de Remus, pero dándole la espalda a la puerta, estaba Sirius. Y frente a Sirius, y mirando a Cassandra a los ojos, estaba una sonriente Minerva McGonagall.
Unos segundos después, las dos cabezas pelirrojas y la del hombre lobo se giraron hacia ella y, finalmente, Sirius se giró sobre su silla para mirarla también.
Y bum. Mariposas otra vez. Malditas fueran todas.
