Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
Cassandra tuvo que esforzarse, realmente esforzarse, para no sucumbir ante las tremendas ganas que tenía de correr a buscar un espejo y asegurarse de que su cabello no pareciera un nido de acromántula.
Después tuvo que esforzarse, realmente esforzarse, para no patearse a sí misma por casi comportarse de forma tan ridícula. ¿Qué importaba si parecía una rata mojada? Tenía derecho a parecer una rata mojada, había escapado de Voldemort y casi se había desangrado en el intento, ¿no?
Entonces, ¿por qué sentía la casi irrefrenable necesidad de verse bien delante de una multitud de magos? Entendiendo "multitud de magos" como un solo mago.
Entendiendo "un solo mago" como Sirius Black, claro.
¿Por qué? Porque era una idiota redomada. O quizás la pérdida de sangre la había dejado con algún grado de daño cerebral. Ya había establecido que el (guapo, atractivo y sexy) hombre no iba a querer nada con alguien como ella. Que ella era una complicación en todo sentido.
Hija de magos tenebrosos, una prófuga dentro de su círculo familiar, una de las personas menos favoritas del mago tenebroso más grande de todos los tiempos.
Simplemente, el precio era demasiado alto y la recompensa dejaba mucho, mucho que desear.
A veces, la vida apestaba.
–¡Cassie, niña, por Merlín, ven aquí! – la voz de la profesora McGonagall la sacó de sus (muy) deprimentes pensamientos.
Cassandra se adentró en la cocina y se acercó a su antigua profesora, quien ya se había puesto de pie (al igual que todo el resto de la gente) y la esperaba con los brazos abiertos.
Cassandra debía confesar que estaba un poco sorprendida. La profesora no solía mostrarse así de…cariñosa, al menos no frente a más gente. Tenía una reputación que mantener, le había dicho una vez. Las risas, las bromas y las preguntas preocupadas las dejaban para cuando estaban solas. O con alguien de confianza, como el Profesor Dumbledore, por ejemplo. O Mina.
Bueno, la gente presente en ese momento debía ser de confianza, entonces.
El abrazo duró sólo unos segundos, pero fue suficiente para disolver la tensión que se había acumulado en los hombros de Cassandra en las últimas 24 horas.
Apenas estuvo fuera del alcance de los brazos de la profesora McGonagall, Molly la tomó de un brazo y la guió hasta la silla que ella misma había estado ocupando.
Junto a Sirius. Yei.
–Te sirvo desayuno de inmediato, Cassandra. Tú sólo siéntate ahí.
–No, no hace falta Señora Weasley, puedo hacerlo yo mism…
–Nada de eso, señorita –le dijo Molly empujándola hacia la silla y cortando de golpe lo que había sido un pobre intento de ponerse de pie –Primero, es Molly, no Señora Weasley y, segundo, dormiste sólo unas horas, debes reponer energías. Y ganar algo de peso, estás en los huesos.
¿En los huesos? ¿Acaso no había visto su enorme trasero? ¡Peso era lo último que necesitaba ganar!
Iba a verbalizar cada uno de sus indignados pensamientos, pero decidió en contra. Molly quería darle comida. Mucha comida. Y ella estaba muerta, MUERTA de hambre. E iba a tomar todo lo que Molly estuviese dispuesta a darle.
Y, además, estaba muy contenta de que aún no dijera nada como "¿Dormiste bien? Oh, qué bueno, ahora puedes largarte de mi casa". O algo en esas líneas.
Cassandra recorrió la cocina rápidamente con la vista. Ya lo había hecho antes, cuando recién había llegado, pero en ese momento había estado un poco distraída con el hombre lobo furioso que había tenido en frente.
El hombre lobo en cuestión tenía la vista enfocada en su humeante taza. Taza que, Cassandra creía, contenía té de hierbas. Lo miró por unos segundos, pero Remus Lupin no levantó la vista. No quería mirarla.
Muy contrario al hombre que estaba sentado a su lado, que tenía los ojos CLAVADOS en ella. Cassandra no lo estaba mirando, ni pensaba hacerlo por el momento, pero sentía sus ojos en ella. Cómo si no hubiese estado ya lo suficientemente nerviosa.
–¿Prefieres té o café, Cassandra? –le preguntó Molly desde la cocinilla, donde estaba la tetera con el agua hervida.
–Un café sería fantástico, gracias. –le respondió sonriendo.
Ahora, si a dicho café le agregaba unas tres o cuatro cucharadas de azúcar, ya no sería fantástico. Sería la gloria.
–¿Qué fue lo que sucedió, Cassie? –preguntó la profesora, interrumpiendo sus dulces pensamientos.
¿Qué fue lo que pasó? Era una pregunta un poco amplia. Muchas cosas habían pasado.
–Bueno… –Cassandra se detuvo cuando Molly le dejó una taza de café en frente. Olía maravillosamente. Además puso a su lado un plato con tostadas y huevos revueltos. –Oh, muchas gracias Molly. Huele delicioso –mientras le ponía azúcar a su taza, le regaló la más grande de sus sonrisas, la mujer pelirroja era un encanto. Y por lo visto cocinaba muy, muy bien, pensó Cassandra un segundo después, cuando probó su desayuno. Si la mujer lograba hacer que un par de huevos revueltos tuviera sabor a paraíso, era una genia. Ya podrían compartir recetas.
Algún día, quizás.
A la mitad de un gran bocado de pan y huevo notó que todos la estaban mirando. La profesora le había hecho una pregunta y ella estaba tragando pan como un cerdo después de semanas en huelga de hambre.
Haciendo gala de sus modales y causando buenas impresiones. Así se llamaría ese episodio en particular en la autobiografía de Cassandra Lestrange.
Aclarándose la garganta y limpiándose la boca con una servilleta, miró a los ojos a todos. Incluso a Sirius. Lo que, por cierto, hizo que su estómago se sintiera como si sus mariposas hubiesen armado equipos y estuviesen jugando un campeonato de fútbol usando sus tripas como porterías.
Molly se había sentado al lado de Remus y eso hacía que fueran seis personas sentadas en la mesa, cinco de ellas mirando una misma cosa. Y la cosa, era Cassandra.
Se habían portado maravillosamente con ella (excluyendo el pequeño episodio con el mueble de cocina cuando llegó, por supuesto). Merecían que relatara con todo el detalle posible su parte de la historia.
–Bueno, es una historia un poco larga. Ya saben un poco de mí, ¿no? No tengo muy claro en mi memoria lo que dije y lo que no cuando recién llegué, poca sangre en el cerebro, ya saben. Pero estoy bastante segura de que sí les dije que me llamaba Cassandra Lestrange. Y que escapé, junto a Harry, de la Mansión de mi Madre.
–Sí, sí lo dijiste, querida. Y déjame decir, no comprendo por qué no escapaste antes de ese lugar. Tu familia deja mucho que desear, sin intención de ofender.
Molly se veía completamente indignada. A Cassandra cada vez le agradaba más la mujer. Seguramente había sido y seguía siendo una madre maravillosa.
–Sí, bueno…no había motivo para hacerlo. Pero ¿no es bueno que haya esperado hasta ahora para salir de la Mansión? Si no, no habría podido ayudar a Harry. –Cassandra hizo una pausa para tomar un sorbo de su café.
A veces, el Universo sí sabía lo que hacía. Todo a su tiempo, todo ocurría a su debido tiempo.
–En cuanto a cómo llegó Harry a la Mansión, no tengo idea. Mis hermanos lo capturaron. No sé cómo, no son las manzanas más brillantes del cajón, precisamente...
–Harry dijo que apenas había caído en los terrenos de la casa de Andrómeda lo había cogido un hombre. Después no recordaba nada más, sólo despertar amarrado a una mesa. –el tono de voz de Sirius era siniestro. Estaba enojado, eso era más que claro.
Y, enojado y todo, su voz era música para sus oídos. O para los oídos de sus estúpidas mariposas. No bastaba con que fuera guapo, alto y de hermosos ojos grises, su voz tenía que ser de un tono rico y suave. TENÍA que serlo, ¿no?
Un momento…
–¿Andrómeda Tonks? ¿Antiguamente Black?
–Sí, ¿por qué?
Quizás la idiotez de sus hermanos había sido precisamente la causa del golpe de suerte que los llevó a capturar a Harry Potter.
Sus hermanos le tenían especial odio a dos personas. Dos personas en particular. Dos personas que habían sido borradas del ancestral árbol familiar de la familia Black. Dos personas que Elessa Lestrange siempre utilizaba como ejemplo, para recordarle a sus hijos lo que NO se debía hacer, traicionar la sangre que corría por sus venas, pura y digna. Y sus hermanos se habían pasado toda su infancia y adolescencia escuchando sobre aquellas dos personas, que habían cometido ese tremendo y terrible crimen.
Y esas dos personas eran Andrómeda Tonks y sí…Sirius Black.
Cassandra podría apostar…la mitad de su espectacular taza de café muy dulce a que, siendo tan limitados los cerebros de sus hermanos, sólo habían pensado en dos posibles lugares donde un traidor como Harry Potter podía intentar ocultarse. En alguna parte de Grimmauld Place y en la casa de campo de los Tonks. En las casas de los únicos dos famosos traidores pertenecientes a su familia.
Era estúpido, sí, porque claramente Harry debía haber tenido más opciones para ocultarse, pero con un poco de suerte, el triste plan de sus hermanos había tenido buenos frutos.
–Me imagino –comenzó nuevamente Cassandra– que ninguno de mis hermanos fue a intentar capturar a Harry con los otros mortífagos. Creo que se adelantaron y esperaron a que Harry llegara a ellos. Uno en la casa de los Tonks, el otro en las cercanías de Grimmauld Place, apostando que el traidor de Harry Potter buscaría refugio con alguno de los traidores de la gran casa de los Black. Un golpe de suerte, nada más.
Que injusto que sus hermanos tuviesen tanta suerte y ella tan poca.
–¿Cómo sabes que vivo en Grimmauld Place? –la voz de Sirius estaba cargada de amenaza.
Ah, e iban tan bien.
–Vamos, Black. La casa de tu familia es conocida. Tu madre era adicta a las fiestas con mala comida e invitados con mal humor y sangre pura. Puede que no sepa exactamente la ubicación, pero todos saben al menos la calle en la que se encuentra.
Sirius la miró atentamente por algo así como dos segundos, antes de suspirar con tristeza.
–Ah, sí…la comida era malísima.
Cassandra le estaba sonriendo antes de siquiera darse cuenta.
–Bueno –continuó Cassandra, interrumpiendo el grito de triunfo de sus mariposas enloquecidas –el punto es que el sábado en la noche, empezaron los gritos en la Mansión. No era algo raro, no me sorprendió. Los gritos se mantuvieron por una o dos horas y luego se acabaron. Lo que me sorprendió fue escuchar los gritos en la mañana, porque en general los prisioneros no duran tanto. Siempre que bajo a verlos, ya no hay mucho que hacer. En fin, la estupidez de mi familia jugó a nuestro en aquella oportunidad, porque sí, habían atrapado a Harry Potter, pero por alguna razón no estaban completamente seguros de que fuera el Harry verdadero. Dijeron algo sobre la existencia de muchos Harrys el día anterior. La cosa es que, cuando los escuché hablando, Harry llevaba atrapado en mi sótano por lo menos unas doce horas y los muy imbéciles aún esperaban que la poción multijugos dejara de hacer efecto. No querían llamar a Voldemort hasta estar seguros. –Cassandra ignoró como los dos pelirrojos se estremecieron cuando mencionó al mago oscuro –Recién ahí entendí quién era el que estaba en el sótano y puse la misión de rescate en acción, antes de que llamaran a Voldemort y ya fuera demasiado tarde.
–Pero Voldemort sí llegó –dijo Remus Lupin, terminando esa parte de la historia por ella e interviniendo por primera vez. Al parecer estaba tan concentrado en la historia que había olvidado que se sentía mal por tratarla como una bolsa de boxeo. Bien por él.
–Exacto. Pese a que reuní todo lo necesario en tiempo record y que envié a Mina, mi gata, con un mensaje a toda velocidad…no fue suficiente. Estuve en la celda, junto a Harry unos diez o quince minutos después de que me enteré de que era él el prisionero y Harry, pese a haber sido torturado por varias horas, se movió con una velocidad que no esperaba de él –agregó Cassandra, viendo como el orgullo brillaba en los ojos de Sirius y de Remus –Pero no fue suficiente. Voldemort llegó cuando estábamos a un par de metros de la puerta de salida de la Mansión, pero sólo se enteró de que el prisionero había escapado cuando Harry y yo ya estábamos corriendo lejos de la Mansión.
Cassandra terminó la última tostada de su desayuno, que había estado comiendo a pequeños bocados en mitad de su relato. Y, tomando su taza con ambas manos, se apoyó en el respaldo de la silla, mirando a su audiencia.
–El resto, creo que ya lo saben. Creo. Teníamos que llegar hasta el borde de los terrenos de la Mansión si queríamos desaparecer. Y ese era el plan hasta que las maldiciones empezaron a volar en nuestra dirección y Harry y yo fuimos alcanzado por un par de ellas. No sé de quién fue la maldición que le dio a Harry, quizás de Bellatrix, pero sé que mi herida se la debo a mi hermano Rufus. En fin, en menos de dos segundos, estuvimos los dos frente a Voldemort y una docena de mortífagos. –Cassandra se estremeció un poco al recordarlo –Nunca había estado frente a Voldemort, no sabía cómo enfrentarlo. Según contaban las historias, esa era tarea de Harry. El enfrentarlo, quiero decir. Pero ya que Harry estaba a mi lado, de rodillas, haciendo lo imposible para mantenerse consciente…tomé medidas desesperadas. –les dijo Cassandra, con una mueca de disculpa en la cara.
–Usaste legeremancia en Harry, para buscar ayuda en su experiencia. –terminó la profesora McGonagall. Si la conociera mejor, Cassandra hubiese pensado que sonaba hasta orgullosa.
–Exacto. Quise ser suave con él, pero Harry tiene una mente fuerte. Ha sido entrenado previamente para evitar invasiones mentales. Pero era necesario si queríamos salir con vida y fui un poco brusca con él. Por eso llegó acá en tan malas condiciones. Bueno, por eso y por como lo trataron en mi casa.
–¿Qué fue lo que le dijiste a…él? –le preguntó el Señor Weasley.
–Algo así como "No creo que matarnos sea buena idea, Tom". Si el cuerpo de Voldemort aún funcionase como el de cualquier otro mortal, podría asegurar que el pobre ensució sus pantalones.
La carcajada que soltó Sirius le llegó hasta la médula de los huesos. El maldito hombre tenía terribles efectos en su cuerpo. Y en su tranquilidad mental.
De todas formas, Cassandra le sonrió y siguió con su historia.
–Le hablé de una profecía –les estaba contando porque Hermione no había reaccionado mal cuando les contó el día anterior eso mismo. Es decir, la información era segura. –De la parte que él no había oído. De que quizás en esa parte de la profecía se hablaba de la hija de una de las familias más fieles a él. Le pregunté si iba a arriesgarse a arruinar nuevamente sus planes, como lo había hecho cuando intentó matar a Harry, cuando era un bebé. Y mientras estaba parado ahí, mirándome sin hacer nada, fui retrocediendo, arrastrando a Harry hasta que pude desaparecernos a los dos lejos de ahí.
Cassandra terminó su historia y pensó que quizás debería escribir un libro. La gente de verdad lo compraría. Podría cambiar los nombres de los personajes, para que no hicieran relación con Harry y el resto, pero sería un buen libro. Harry se llamaría…Barry. Barry Porter. Y ella se llamaría…Denissa. Siempre le había gustado ese nombre.
–¿Y cómo llegaste hasta acá, con Harry inconsciente? ¿Conocías donde vivía Ron o algo así? –le preguntó Remus.
–No. Es cierto que estuve en Hogwarts al mismo tiempo que Harry, Ron y Hermione, pero sinceramente nunca hablé con ellos. Nunca hablé mucho con nadie, en realidad. –cuando dijo eso último miró a la profesora McGonagall. La mujer había sido una de las pocas personas con las que había hablado más de una frase completa – De Ron sólo sabía que era pelirrojo como sus hermanos y que era amigo de Harry. Y que recibió un Vociferador cuando yo estaba en tercero –Cassandra, divertida, vio como Molly enrojecía hasta que el color de su cara se confundió con el de su cabello –No…tuve que golpear un par de veces a Harry para intentar sacarle algo de información. Conseguí sólo dos palabras "Madriguera" y "El Quisquilloso". No tenía idea de qué o quién era la Madriguera, pero sí sabía dónde estaba la revista El Quisquilloso, así que nos dirigí hacia allá.
No les iba a comentar que, en un comienzo, pensó que Molly y toda su familia podían ser una familia de roedores de orejas largas. No, no lo haría.
–Y fue terrible, si debo ser sincera. No sabía exactamente donde estaba la revista, sólo la ubicación general. Así que nos desaparecí de cerro en cerro, pidiendo un milagro. Por suerte, funcionó. Y cuando llegamos a El Quisquilloso, golpeé otro poco a Harry para que me diera más instrucciones. Y, bendito sea, logró mantenerse consciente el tiempo suficiente para darme instrucciones claras. Y eso es todo. Lo arrastré hasta acá. Llamé a la puerta. Y nos recibieron muy amablemente, con los brazos abiertos.
Cassandra había dicho eso último para levantar un poco el ánimo de la gente, pero se arrepintió de haberlo dicho cuando Remus Lupin hizo una fea mueca de lo que parecía ser arrepentimiento.
–Sí, sobre eso… –empezó el hombre lobo. Sip, era arrepentimiento.
–No, no hace falta, en serio. Tenías todo el derecho a desconfiar de mí, no les había dado ninguna razón para no hacerlo. Y la luna llena está cerca, así que era de esperar que estuvieses un poco sobre el límite. Quizás exageraste un poco con eso de lanzarme contra el mueble, pero pasado pisado. Ya no importa. Sólo no lo vuelvas a hacer, ¿sí? Me gusta el diseño floreado del mueble, pero no lo quiero en mi espalda de forma permanente.
Remus se quedó sin palabras…como por tres segundos.
–No, déjame decirlo, de verdad lo siento. En serio.
El hombre lobo parecía necesitar, de verdad, que le dijeran que estaba perdonado. Así que eso hizo Cassandra, decirle que estaba perdonado, porque lo estaba.
–Todo está bien, Señor Lupin, disculpas aceptadas.
Se sonrieron el uno al otro hasta que alguien se aclaró la garganta. Alguien cuyo nombre empezaba con "S" y terminaba con "irius".
–Bueno, ya que está todo aclarado, tengo otra pregunta para ti, Cassandra. –la forma en la que pronunció su nombre hizo que los cabellos de su nuca se pararan y la sonrisa que el hombre tenía en la cara hizo poco para calmar sus nervios– ¿le repartes dulces muggle a todo el mundo o sólo a los convictos de Azkaban?
Todos en la mesa se giraron a verlo, extrañados. Todos menos Cassandra que estaba demasiado ocupada tratando de respirar entre carcajadas.
Así que sí lo había recordado. Cassandra tenía que confesar que le había tenido mucha menos fe. Pensó que se demoraría mínimo unos días en establecer la conexión entre la niña que le dejó dulces en Azkaban y la persona que había entrado, desangrándose, a la cocina de La Madriguera.
Se limpió las lágrimas que su pequeño ataque de risa había provocado y lo miró. Sirius tenía una tremenda y radiante sonrisa pegada en la cara. Y se veía espectacularmente hermoso. Debería sonreír todo el tiempo.
El resto de la gente miraba de ella a Sirius y de Sirius a ella nuevamente, no entendiendo nada.
–Sólo a los convictos, Sirius, sólo a los convictos. –le dijo riendo bajito – Para ser sincera, no pensé que me recordarías. Al menos no tan pronto. Me ha sorprendido, Señor Black.
–¿Se conocían de antes? –preguntó la profesora McGonagall, verbalizando las pregunta que tenían todos en sus cabezas. No es que Cassandra pudiese leer mentes, pero las caras de "qué diablos" eran bastante claras en Molly, Arthur y Remus Lupin.
–Algo así –dijo Sirius, adelantándose a Cassandra, que ya había abierto la boca para contestar –Hace muchos años Cassandra pasó por afuera de mi celda de Azkaban. Me dejó un montón de dulces muggle y casi exigió que comiera unos que tenían chocolate, para que se me quitara el frío. Los de envoltorio…
–Azul. Los de envoltorio azul. –terminó Cassandra por él. Se acordaba de más detalles de los que Cassandra esperaba. Y su tono de voz era soñador, como si guardara con cariño en su memoria ese momento en particular. Eso hizo que el pecho de Cassandra se llenara de una sensación cálida.
Y que, por supuesto, sus mariposas empezaran a gritar histéricas.
Sólo cuando la profesora McGonagall se puso de pie aclarándose la garganta, Cassandra notó que se había quedado mirando como idiota directo a los ojos de Sirius. Sirius pareció salir de alguna clase de trance también, porque dio un pequeño saltito y se puso de pie.
–Bueno –dijo la profesora, dirigiéndose a la chimenea –debo retirarme. Si Severus va a ser director, debo prepararme antes. Ha sido un gusto verte, querida. Mantente en contacto ¿sí?
–Claro, profesora. –respondió rápidamente Cassandra.
–Ah, algún día lograré que abandones eso de "profesora". Molly, gracias por el té, exquisito como siempre. Dale mis saludos a los futuros novios.
–En tu nombre, Minerva. Y, por favor, mantennos informados sobre la situación en Hogwarts, aún tengo que enviar a Ron y a Ginny y me preocupa que el castillo se llene de Mortífagos.
–Eso haré, querida, eso haré. ¡Buenas noches!
Y con eso se retiró, en medio de una llamarada de fuego verde.
El silencio cayó sobre ellos y Cassandra se quedó quieta donde estaba, sentada en la gran mesa.
Quizás ahora que se había ido la profesora venía la parte donde la echaban a patadas de la casa. Qué bueno que había traído su bolso hasta la cocina. Y por lo menos se quedaría con la camiseta de gato.
–Iré a ver cómo está Harry y a dormir un rato. Nos vemos después.
Y así fue como Sirius abandonó la cocina sin dedicarle una sola mirada a Cassandra.
Mierda, quizás sí van a echarme después de todo.
–Y yo me iré a la oficina, ya retrasé demasiado mi llegada. Un gusto conocerte, Cassandra–le dijo el Señor Weasley y luego se levantó y se acercó a su esposa.
Cassandra murmuró un "igualmente", mientras observaba a Molly levantarse también y besar a su marido en los labios. Fue un beso corto, no más que un toquecito de labios, pero el amor entre ellos era más que evidente.
Varias de las mariposas enamoradizas de Cassandra se desmayaron ante la escena.
–Ve y ten cuidado. –fue todo lo que le dijo Molly.
Arthur se puso una capa y un sombrero y salió por la puerta de la cocina que daba a lo que Cassandra suponía era el patio trasero.
Molly se acercó a la ventana y se quedó mirando hacia el exterior, seguramente observando a su marido alejarse del edificio/casa.
Remus estaba mirando a Molly, parada junto a la ventana y luego miró a Cassandra a los ojos.
–Es difícil para ella verlo partir. –le explicó en voz baja – Son tiempos difíciles y uno nunca sabe cuándo será la última vez que verá a su familia o amigos. Sobre todo los que estamos de parte de Harry.
Cassandra guardó silencio y miró a Molly. Ella nunca había sentido esa sensación de…miedo. Miedo de perder a alguien. Miedo de no poder defender a quienes son más importantes para ella. Principalmente porque no había mucha gente importante guardada en su corazón. La profesora McGonagall podía cuidarse ella sola, no había motivo para preocuparse por su seguridad. Y qué decir de Albus Dumbledore que, hasta hace unas semanas, Cassandra había creído inmortal.
Su tía Sarah nunca se había sentido en peligro y había logrado transmitir esa seguridad a Cassandra. Y Mina…bueno, Mina siempre estaba a su lado y podía moverse más rápido que cualquier cosa que la amenazara.
Ampliar el círculo de gente importante para ella era un arma de doble filo. Un arma que no había hecho falta que Cassandra conociera. Tener muchos amigos y familia a los que querer podía llevar a grandes satisfacciones. Eso lo había visto en los ojos de algunas de las personas con las que se había cruzado en su vida. Pero también aumentaba las probabilidades de perder el corazón a pedazos.
La vida daba, pero también quitaba. Y mientras más se tiene, más se puede perder.
¿Valía la pena el riesgo? Cassandra no tenía ni idea. Quizás con el tiempo se enteraría.
–¡Wotcher, gente! ¿Por qué las caras largas?
Decir que Cassandra saltó en su silla sería, sin duda alguna, el eufemismo del año.
Cassandra se puso de pie bruscamente, asustada por la violenta interrupción de sus pensamientos, logrando que su silla golpeara el suelo con un ruido sordo. Claro, no eran pensamientos muy alegres los que había estado teniendo, pero no hacía falta que la mataran de un infarto.
En la puerta de la cocina, la que daba hacia el living de La Madriguera, estaba una mujer que, a falta de una mejor palabra, Cassandra podría describir como interesante.
Si es que el cabello rosa brillante podía entrar en la definición de "interesante", claro.
YEEEES! Tonks entra a escena, señoras y señores! Necesitaba TANTO que sucediera eso que abandoné mis estudios para escribir este capítulo. De verdad, no tienen idea cuánto quería escribir en un capítulo ese "Wotcher!" ajajajaja
Gracias a todas las personas que siguen leyendo a Cassandra y que no me han abandonado. Leer sus review (porque los leo todos, todos) me hace muy feliz.
Creo que ahora sí que actualizaré la próxima semana, debo ponerme al día con mis estudios u_u
Amor para ustedes! Y espero que les haya gustado este capítulo. Si pueden, cuéntenme qué les pareció! (:
Besos!
