Disculpen la tardanza! Perdónperdónperdón. Mi vida académica ha sido un caos últimamente, pero no los abandonaré, señoras y señores. Porque ustedes son los mejores (':
Espero que les guste, si pueden me cuentan qué les pareció!
Besos!
Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
La vida tenía que estar intentando decirle algo. Darle un mensaje. Enseñarle una lección, quizás. Una lección que por más que lo intentara, no lograba ver ni entender.
Porque tenía que haber una razón. La vida no podía ser tan injusta sin un motivo de fondo, ¿no? No podía ser tan cruel sólo porque sí. Sólo para probar la teoría "Veamos cuánto podemos doblar a Cassandra antes de que se rompa irremediablemente".
El Universo la odiaba, pero no tanto. O al menos eso esperaba.
Estaba sentada con las piernas dobladas bajo su cuerpo sobre una cama, comiendo chocolate y llevaba cerca de una hora mirando fijamente a la muralla que tenía en frente, de un lindo color lavanda, intentando encontrarle sentido a todo el asunto. Pero qué diablos, ¿cuándo su madre había hecho algo que tuviera sentido para ella? Eran casi como de mundos distintos, hablando diferentes idiomas. Necesitaría un diccionario Elessa-Español, Español-Elessa para lograr descifrar qué pasó por la cabeza de su madre cuando decidió, a varios kilómetros de distancia, quemarle el brazo.
A veces, de tanto pensar en su madre como un ser despreciable que lamentaba haber conocido, olvidada lo poderosa que era. Pocos manejaban tan bien la magia oscura como Elessa Lestrange.
Y Cassandra había aprendido de ella.
Su madre se había pasado horas y horas, durante años, enseñándole sobre las más terribles y crueles maldiciones existentes en la tierra. Cassandra se había demorado un par de meses en perder la capacidad de sentirse asqueada con cada maldición nueva. Después ya era un mero trámite. Cuando a los 15 años quedó de nuevo atrapada en la mansión, con su madre haciendo un último y desesperado intento por reformarla, decidió que si iba a tener que asistir a esas "lecciones", bien podía intentar aprender algo útil.
Seleccionó una decena de maldiciones oscuras que podían ser muy útiles en situaciones desesperadas. Así mismo había aprendido a usar Legeremancia. Sí, magia oscura. Malo, malo.
Pero bueno, si algo había aprendido con los años era que la vida pocas veces era buena con ella, y para los momentos cuando la vida fuera mala…conocer uno que otro hechizo o maldición de ese tipo no vendría mal.
Un ronco maullido la sacó de un salto de sus pensamientos. Mina, había estado sentada en la cama cuando la llevaron a su nueva habitación, casi como si hubiese estado esperándola. No le sorprendería que Mina ya hubiese sabido de antes qué iba a suceder, porque la maldita gata sabía TODO. En ese momento estaba echada frente a ella, con su pequeña cabecita sobre su regazo.
Cassandra terminó de comer su chocolate y dejó el envoltorio arrugado sobre el pequeño mueble junto a su cama.
La habitación, además de la cama donde estaba sentada en ese momento, tenía dos camas más, todas cubiertas con colchas amarillas. El espacio era poco, con tanto mueble metido dentro. Era claro para Cassandra que Molly se las había ingeniado para acomodar una cama extra en la habitación, para ella.
Los esfuerzos que hacía Molly para que ella estuviese cómoda la conmovían. Era una buena mujer. A Cassandra no le quedaba más que cruzar los dedos para que en su próxima vida le tocara una familia lo mitad de espectacular de lo que era la familia Weasley.
Suponía que la habitación pertenecía a Ginny, la hija menor de Molly. Y única hija, además. La otra cama debía estarla ocupando Hermione, pero cuando Molly la llevó hasta su nueva cama, la chica de cabello castaño no se veía por ninguna parte. Sólo Ginny había estado ahí, frente al espejo, arreglando su cabello y salió rápidamente y sin hacer preguntas cuando vio el estado en el que ella venía.
Que era un estado bastante deplorable, por cierto.
La harina y el agua habían transformado su pelo en una masa de engrudo y cabellos rojizos. Probablemente había estado pálida como un fantasma. Merlín sabía que se había sentido pálida. Casi cayéndose sobre sus pies. Su brazo envuelto en gruesa tela.
Por lo menos la camiseta de gato había quedado intacta y Molly había solucionado su cabello, gracias a Dios.
Una hora atrás, una vez que había vuelto en sí, se había encontrado sentada en la mesa de la cocina, mojada de pies a cabeza. No recordaba nada de lo que comenzaba a llamar "El incidente". Así se llamaría ese capítulo en su autobiografía. Ya había muchos capítulos, debía empezar a escribirla antes de que los olvidara.
No recordaba más que haber sentido calor y haber entendido luego de un segundo que su madre no se había olvidado de ella. Y después, nada. Pero estaba segura de que, aunque no lo recordaba, había gritado como loca. Eso explicaría las caras de Bill Weasley y su novia, que llegaron corriendo a la cocina, con sus varitas alzadas, en busca de mortífagos.
Era obvio que habían estado durmiendo, con el cabello rojo de Bill apuntando en todas direcciones. Por supuesto, Cassandra no sabía que se llamaba Bill hasta después, que Molly lo mencionó.
La única señal de que la mujer rubia, que luego supo se llamaba Fleur, había estado durmiendo era la bata que llevaba firmemente atada por la cintura, porque su cabello se veía casi recién peinado. Era muy bonita. Rubia, de ojos azul claro y alta. Y de cabello perfecto e inmune a las almohadas, aparentemente.
Ambos llegaron corriendo, expresiones de sobresalto en sus caras, seguramente, con el recuerdo de la noche del escape de Harry muy reciente en sus mentes. Pero en lugar de magos oscuros, encontraron a una chica asustada, mojada como rata, en los brazos del mago más buscado por el Ministerio de Magia, después de Voldemort y con un brazo siendo sostenido en alto por una mujer pelirroja que parecía decidida a no desmayarse.
Aproximadamente un minuto después de que estuvieran los cinco en la cocina, un fuerte ruido los hizo sobresaltar a todos. E hizo que, sin pensarlo, ella se lanzara sobre Sirius otra vez, recordó Cassandra sonrojándose.
Junto a la puerta, en el suelo, estaba su viejo baúl, el que usaba para ir a Hogwarts. Luego, después de que Bill lo revisara casi esperando encontrar a Bellatrix doblada en su interior, lista para atacar, se enteró de que eran sólo sus cosas. Ropa, adornitos que tenía en su habitación, sus libros de recetas, animalitos de peluche que tenía hace años. Casi toda su habitación en un solo baúl. Que amable era su madre, haciéndole llegar las cosas.
Si ese no era signo de que, definitivamente, había sido expulsada de la familia, Cassandra no sabía que era.
Luego de eso, habían vendado su brazo, mientras Sirius aún la sostenía y Bill ordenaba el caos que había quedado en la cocina. Luego Cassandra tuvo que pelear con cuatro de las personas más insistentes con las que se había cruzado, pero ninguno logró que cambiara de opinión.
No. Iba. A. Irse. Sin. Terminar. Sus. Bollos. De. Manzana y canela.
No, señor. Podía ser una tontera, pero era una tontera dulce y era su forma de agradecer a las personas de La Madriguera por la hospitalidad. Y por no asesinarla cuando llegó con Harry medio muerto al hombro.
Cassandra tuvo que sonreír al recordar cómo Sirius se había parado junto a ella, mirando con sospecha a todo lo que había alrededor, como esperando que algo más entrara en combustión, mientras ella terminaba de hacer el postre para el almuerzo.
Después de haber estado pegada a su cuerpo por quizás cuanto tiempo (el suficiente para hacer que sus mariposas aún estuviesen en estado comatoso), Sirius se había mantenido alejado de ella. Y, aunque le había gustado estar en sus brazos, incluso en la mitad de la crisis fuego-agua-tengo-una-nueva-cicatriz, Cassandra agradeció el espacio. Cocinar la calmaba, que era lo que necesitaba en ese momento.
Sirius, por otro lado, la ponía nerviosa. En vez de estar calmada, se sentía lista para saltar por sobre un precipicio. O sobre él.
Cassandra aún tenía que decidir qué hacer sobre eso. Sobre lo que le provocaba Sirius. Le provocaba calor y frío. Calma y miedo. Seguridad e incertidumbre. ¿Era eso lo que se sentía cuando alguien…le gustaba, un poquitito?
Cassandra, se recostó contra el respaldo de la cama y estiró las piernas. Mina aprovechó de inmediato de subirse encima de ella.
Acariciando el suave pelaje de la gata, intentó repasar lo que había sentido con sus únicos algo-así-como-novios. Con Timothy Jackson y con Justin había sido algo más…plano. Nada muy especial.
Eso sólo dejaba a Cassius El Maldito Warrington.
Tratando de dejar de lado los sentimientos de puro odio y los pensamientos sobre las distintas formas en que se podría castrar a un hombre, Cassandra intentó enfocarse en la parte bonita de la historia, la parte donde lo conoció.
Se había sentido afortunada. El mundo había adquirido un nuevo brillo. Se había quedado tan embobada mirándolo. Lo suficientemente embobada como para no darse cuenta de las verdaderas intenciones del muy infeliz.
Y bueno, las mariposas, por supuesto.
¿Podría ser lo mismo que le pasaba ahora con Sirius? No parecía ser lo mismo.
–Bueno, excepto por la parte en la que me quedo mirándolo como idiota y las mariposas. –le dijo a Mina, que ronroneaba con fuerza.
Aunque, tal vez, era distinto porque ella era distinta.
Ya no era la niña de 15 años, confiada e inocente. Bueno, seguía siendo inocente en algunas cosas, pero cuando se trataba de conocer gente nueva, era mucho más reacia a confiar.
Confiaba más en sus instintos.
Lamentablemente sus instintos le decían que le saltara encima a Sirius, lo tirara contra el suelo y se lo comiera a besos. Más o menos.
Sirius le gustaba, maldición.
–¿Qué voy a hacer, Mina? – le preguntó a la gata, en un susurro.
Cassandra podía ser buena actuando, escondiendo su miedo. Voldemort era testigo de ello. Pero cuando se trataba de hombres, era pésima disimulando. Él se enteraría de inmediato. Se pondría roja como tomate o se quedaría mirándolo como imbécil. No que no hubiese hecho eso ya.
Actuaría como una completa idiota y lo avergonzaría.
Porque ella, claramente, no era lo que estaba buscando Sirius en una mujer. Era un hombre adulto, que ya había sufrido lo suficiente en la vida y que ahora necesitaba calma. Ella no era calma, ella era problemas.
El "TRAIDORA" escrito es su antebrazo era prueba de ello.
Y estaba el hecho de que era bastante mayor que ella. Unos 15 o 16 años mayor, calculaba Cassandra. Sirius querría una mujer linda, delgada, más o menos de su edad y de mundo. Todos los hombres buscaban algo así. Sobre todo los hombres guapos.
Maldita fuera su suerte, porque ella no era muy guapa, su trasero distaba mucho, mucho de la palabra "delgado" y de mundo conocía Hogwarts, la mansión de su madre, un montón de cerros y árboles y la Madriguera.
Un golpe en la puerta interrumpió su deprimente línea de pensamientos. Mina detuvo de inmediato su ronroneo.
–¡Pase! –dijo Cassandra subiendo un poco la voz.
La puerta se abrió un poco y una cabeza cubierta de cabello rosa apareció tras ella.
–¿Puedo pasar? –preguntó Tonks, una sonrisa tímida en los labios.
Cassandra sospechaba que había escuchado lo que había pasado en la cocina, porque por lo poco que había visto de ella antes, la timidez no era algo habitual en la Auror.
–Sí, claro. –respondió Cassandra rápidamente.
Tonks se adentró en la habitación, cerrando la puerta a sus espaldas y se acercó a la cama que estaba utilizando Cassandra en ese momento. Cassandra movió un poco los pies para darle espacio para que se sentara.
–Supe lo que pasó temprano –sospechaba bien, entonces –Lamento mucho que tu madre haya hecho eso. Ya era suficientemente horrible que hayas resultado quemada como para que encima, haya sido tu propia madre.
Wow, si eso no era ser sincera y directa.
–Eh, gracias. No es para tanto, ya casi ni lo siento.
Lo que era una enorme y gorda mentira, le dolía un montón aún.
–Sirius comentó que tal vez no era la primera vez que pasaba, el asunto del fuego, quiero decir –le dijo Tonks, con voz seria. –Estaba preocupado.
–¿Preocupado? –Cassandra tragó saliva –Dile que no hace falta, en serio.
–Oh, Cassie, creo que Sirius no dejaría de preocuparse aunque usara la maldición Imperius en él.
Oh, bueno…
Cassandra decidió que lo mejor para su salud mental era ignorar el comentario.
–Pero tiene razón, no es la primera vez que mi madre usa esa maldición. Ni siquiera sé cómo se llama, nunca me quiso enseñar cómo hacía para que el fuego consumiera sólo lo suficiente como para marcar algo en la piel. Quizás temía que usara la maldición en ella y la dejara calva –la piel de Tonks se había vuelto un tono más pálida, así que decidió terminar con el tema rápido –Tengo el escudo de Slytherin marcado en la parte baja de la espalda. La vieja bruja no estaba contenta conmigo siendo una Hufflepuff.
Tonks parecía luchar por recomponerse.
–Bueno, tu madre está loca. Hufflepuff es, por lejos, la mejor casa de Hogwarts. –le dijo Tonks sonriendo.
–Amén a eso –le respondió Cassandra, su ánimo mucho más liviano.
Era amable, simpática, Auror, podía cambiar el color de su cabello y era de la misma casa que ella. ¿Podía la mujer ser más espectacular?
–Entonces, cuéntame. ¿Cuáles son tus intenciones con mi primo-tío Sirius Black?
Oh, bueno…
