Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
–¿Todo bien, Lunático? Te ves nervioso.
–Todo bien. Tan bien como podría estar.
Remus se veía algo más que nervioso. Pálido y preocupado era una mejor descripción, pero Sirius no quiso insistir. Si su amigo tenía algún problema, se lo comentaría eventualmente. Si necesitaba hacerlo.
Quizá sólo eran los nervios que sentían todos.
Se habían preparado para la ocasión, utilizando más hechizos protectores de los que podría contar usando los dedos de seis manos. Harry estaba disfrazado e irreconocible, gracias a un poco de poción multijugos, así que estaba a salvo de las miradas de posibles invitados no deseados, que en vez de ver al "niño que vivió", verían a Barny Weasley, primo de Ron; quien en verdad era un chico algo rollizo y de cabello rojo y ondulado de un pueblo cercano, al que Fred le había robado algo de cabello.
El disfraz de Primo-Weasley era al mismo que estaría utilizando Cassandra esa noche. Con el cabello de un tono más claro, si alguien preguntaba, se haría pasar por Cassie Weasley.
No que nadie se extrañara de ver primos nunca antes vistos, los Weasleys y sus parientes en primer, segundo y tercer grado eran eternos.
En ese momento, los invitados llenaban lentamente la carpa ocupando asientos dorados que estaban repartidos por todo el lugar y él y Remus miraban desde la entrada principal de la carpa como Harry, Ron y George acomodaban gente por todas partes.
Y, por suerte, nadie dirigía una segunda mirada en su dirección.
No se había querido esforzar mucho en camuflarse con el resto de los invitados. Molly había aceptado el "ahora está más mejor" de Cassandra y había dicho que un bigote y anteojos bastarían, ahora que se veía distinto al esqueleto enclenque que había sido hace cuatro años, cuando escapó de Azkaban. Y como, hasta que terminara todo el escándalo de la boda, la palabra de Molly era ley…él había obedecido. Esa noche lucía un enorme y abultado bigote negro y unos anteojos rectangulares.
Más mejor, pensó Sirius sonriendo. Cassandra lograba hacerlo reír incluso cuando no la tenía cerca.
Sabía que estaba disfrutando de la presencia de la chica más de lo que debería, pero poco podía hacer para evitarlo.
Aún no sabía exactamente qué edad tenía, pero rondaba la edad de los gemelos. Es decir, dolorosamente joven.
Su mente intentaba confortarlo con el pensamiento de que disfrutara mientras la tuviese cerca, porque seguramente encontraría pronto un lugar para vivir y no la vería más.
Mientras que otra parte de él intentaba no pensar en el momento en que Cassandra se marchara, lejos de él. No quería que se fuera. Le gustaba tenerla cerca.
Tenía un sentido del humor algo enfermizo, pero encantador. Después del segundo día, se había acomodado al resto de la gente, participando cuando veía el espacio, pero sin ser entrometida. Y el resto de la gente no se sentía incómoda a su alrededor, considerando que era una cara nueva en un grupo de gente que prefería alzar varitas y luego preguntar. Aunque esa parte sí la habían hecho la primera vez que puso pie en la casa de los Weasley, Remus se había encargado de darle la bienvenida habitual.
Tenía unos ojos enormes, que eran algo grandes para su cara, pero que eran hermosos y hablaban volúmenes. Era bonita y le buscaba el lado bueno a todo. Lo que era un malditamente bueno, porque para él era cada vez más difícil ver cosas buenas en el mundo. Su vida había sido un infierno, pero se había mantenido firme, respaldando el pensamiento que había cruzado su mente hace ya varios años, cuando conoció a una pequeña Cassandra de cuatro años en Azkaban: era una luchadora.
Además se veía espectacular en camisetas con gatos estampados, tenía un culo de muerte y pechos firmes, detalle que no había podido evitar notar cuando la había abrazado en su intento de evitar que cayera por la ventana del sexto piso.
Sí, estaba disfrutando más de lo que debería, definitivamente, maldición.
Sirius miró a su amigo, que apretaba las manos en puños, claramente nervioso. No quería molestarlo con más problemas de los que aparentemente tenía, pero…el hombre era casado, algún consejo tendría para ofrecerle, ¿no?
No que estuviera pensando en casarse en un futuro cercano. Nunca, más bien, pero se estaba volviendo loco y Remus, quizá, podía aclarar un poco todo el embrollo en el que se encontraba.
¿Quién pensaría que, casi 20 años después, sería él el que acudiría a Remus por un consejo sobre mujeres? Las cosas realmente habían cambiado.
–Lunático –le dijo, apenas alzando la voz y mirando a la gente que pasaba cerca de ellos –, creo que tengo un problema. ¿Recuerdas mi personalidad obsesionada con los traseros de las chicas de Hufflepuff, de hace 20 años? Pues creo que está de vuelta.
Remus no hizo comentario al respecto. De hecho, pareció ignorarlo.
Sirius se giró a verlo, enfadado porque esperaba aunque sea una pequeña reacción de su parte. Aunque fuera el habitual suspiro exasperado que obtenía cuando hacía ese tipo de comentarios, pero notó que su amigo miraba lejos, claramente distraído.
–Eh, ¿Lunático? Te estoy habland…–sus palabras se perdieron cuando siguió los ojos de su amigo –¿Es esa Nymphadora?
Sirius estuvo a punto de golpear al hombre lobo por mirar tan abiertamente y tan poco disimuladamente la desnudez de su sobrina pequeña, antes de recordar que bueno, Remus estaba casado con ella.
Y la sobrina en cuestión ya lo iba a escuchar, ¿en qué pensaba cuando se puso ese vestido? ¡La gente le estaba mirando las piernas!
Molly caminaba un par de metros delante de ella, por la gruesa alfombra que unía La Madriguera con la carpa, y mientras la mujer saludaba a todos a su paso, "todos a su paso" saludaban a Molly distraídamente, ¡porque "todos a su paso" se quedaban pegados mirando a Nymphadora!
A ella y a la chica pelirroja que caminaba a su lado, que balanceaba las caderas de allá para acá, atrayendo miradas como la miel atraía a las moscas, su vestido verde fluyendo con elegancia alrededor de sus muslos.
Era toda una visión y, ahora que la veía más cerca, podía notar que no sólo tenía lindas curvas, sino lindas facciones, con grandes ojos color choc…
Santa Madre de Merlín.
Era Cassandra.
Su cabello estaba más rojo, pero…pero era definitivamente ella.
Ahora sí que "todos a su paso" iban a morir asesinados si no dejaban de mirarlas fijamente. Ya tenía doce cargos por asesinato, un par extra no le molestarían.
–Cierren las bocas caballeros –les dijo Molly cuando llegó hasta ellos, su voz llena de risa –y se las encargo. Temo que si las dejamos solas terminaran asesinando a alguien con los zapatos que traen puestos. Luego de caer sobre el pastel y los invitados.
Molly se retiró y siguió saludando gente en su camino, y Sirius se quedó donde estaba, intentando restablecer las conexiones entre su cerebro y el resto de su cuerpo, pero fallando miserablemente mientras memorizaba la imagen de Cassandra caminando hacia él.
Era…hermosa.
Y él…estaba perdido.
Tonks fue la primera en llegar a ellos y se veía radiante de felicidad.
–Remus –dijo saludando a su esposo y aprovechando que ahora era un centímetro más alta que él para plantarle un beso en los labios. Remus pareció no notarlo, estaba demasiado ocupado mirando los pechos de Nymphadora. Ah, Lunático, ¡a los ojos, a los ojos! –Señor –lo saludó su sobrina, guiñándole un ojo, antes de tomar a Remus del brazo y arrastrarlo hacia la parte delantera de la carpa.
Sirius los vio alejarse, riendo para sus adentros, antes de girarse hacia Cassandra, que parecía estar esforzándose para no reír a carcajadas.
–Te ves contenta –comentó Sirius, cuando en realidad eran otros los adjetivos que quería utilizar para describirla.
–Estoy contenta. Sabía que Remus no podría resistirse, no con Tonks viéndose así de guapa y mostrando tanta pierna.
–¿Por qué iba a querer resist…? Olvídalo, no quiero saberlo. –le dijo, sacudiendo la cabeza – Eres tú la que está muy guapa, Cassie.
La chica no hizo comentario, pero le dedicó una hermosa y gran sonrisa que hizo que el corazón de Sirius se saltara un latido.
–¿Necesita que la lleve a su asiento, señorita? –le preguntó Sirius, mientras le ofrecía el brazo, haciendo gala de fingida elegancia.
–Oh, muchas gracias, señor –respondió Cassandra, tomando su brazo en los suyos, que estaban cubiertos por largos guantes de encaje verde –Usted, mi señor, tiene un bigote muy sensual, ¿se lo habían dicho?
Una carcajada abandonó la boca de Sirius, haciendo que varias cabezas se giraran en su dirección.
–Somos pésimos disfrazándonos, Cass, la gente nos mira cuando deberían ignorarnos.
–Sí, pero que importa, nadie nos conoce de todas formas. Sólo verán a una chica pelirroja, probablemente una de los muchos Weasleys, balanceándose sobre sus zapatos de taco extremadamente altos, tomada del brazo de un caballero de lentes, muy guapo y elegante.
Sirius volvió a reír, mientras llevaba a Cassandra hasta sus asientos, sintiéndose afortunado.
La boda había sido preciosa, logrando que todos los esfuerzos, todo el trabajo y las pocas horas de sueños valieran completamente la pena.
Cassandra realmente había disfrutado la ceremonia, de principio a fin, y había descubierto que no era ajena a la rutina habitual de las mujeres en las bodas. Había llorado como niña, desde más o menos la parte en la que el pequeño hombrecito que dirigió la boda dijo "estamos aquí reunidos para celebrar la unión…"
Sirius, que había estado sentado a su lado, se había reído de ella y le había pasado un pañuelo en silencio.
Meh, a Cassandra le había importado poco. Que se riera todo lo que quisiera, porque al parecer llorar en las bodas y tener dos cromosomas X iban siempre de la mano. Irremediable.
Por suerte Fleur y Bill se habían besado y dado por terminada la ceremonia antes de que sus silenciosas lágrimas se transformaran en penosos sollozos, ahorrándole la vergüenza, y la fiesta había comenzado.
La banda, todos vestidos de un vistoso dorado, había comenzado a tocar y los invitados, entusiasmados, se habían trasladado hacia la pista de baile, mientras arrancaban copas de champagne de las distintas bandejas que flotaban por todas partes y haciendo que el volumen de la celebración pasara de "alegre" a "muy, muy bullicioso".
En ese momento, Cassandra se encontraba de pie en un rincón de la carpa, junto a la mesa de los postres que ella misma había cocinado. Las copas de crema de cacao, adornadas con frutillas y crema de leche se veían tal como ella quería que se vieran. Deliciosas y elegantes.
Desde su lugar, mientras tomaba pequeños sorbos de su copa de champagne, se dedicó a mirar a la gente a su alrededor y notó que todos se veían felices y muy relajados. Algunos más felices que otros, seguramente proporcional a la cantidad de Whiskey de Fuego que consumían.
Molly estaba bailando con Arthur, sonriendo como loca mientras su marido le decía algo al oído. A Cassandra le daban ganas de aplaudirlos. Tantos años de matrimonio y se veían tan enamorados como los recién casados que, por cierto, bailaban a un par de metros de Arthur y Molly, perdidos en su mundo.
Buscó con la mirada a Tonks y la encontró sentada en el regazo de Remus, los dos hablando demasiado concentrados en ellos mismos como para notar nada de lo que sucedía a su alrededor.
Cassandra, sonriendo divertida, se preguntó qué diría Remus, el que insistía en que era demasiado viejo, si se viera a sí mismo con una guapa mujer sentada encima, pareciendo un jovenzuelo de veinti-y-tantos años. Bueno, si Remus podía mostrarse así sin que le importara un carajo quién estuviese mirando significaba que la misión había sido cumplida.
¡Go, Tonks!
Con un poco de suerte, en media hora más los encontraría detrás de algún árbol, revolcándose desnudos en el césped.
Cassandra siguió revisando con la vista el amplio espacio que cubría la carpa y, dos mesas más a la izquierda de la parejita feliz (y futuramente desnuda), encontró a Harry, también conocido como Barny Weasley…su primo Weasley de mentira. Se veía inmerso en una conversación muy seria con un señor anciano y con mucho cabello blanco y con la desagradable tía Muriel.
Cassandra había tenido la mala fortuna de conocerla en La Madriguera cuando iba saliendo hacia la carpa. La anciana le había dado un vistazo y le había dicho que tenía más cicatrices que su torpe elfo doméstico de 51 años, recordándole amablemente que había olvidado ponerse sus guantes de encaje.
Cassandra casi se había roto el cuello al subir a toda velocidad las escaleras con sus zapatos/zancos.
Ah, gente anciana…había que amarlos.
Y Sirius…Sirius no se veía por ninguna parte. Cinco minutos antes había estado hablando con Hagrid y, no es que Cassandra estuviese atenta a todos sus movimientos pero…bueno, sí. Antes de Hagrid había estado hablando con Charlie y, antes de eso, con Arthur.
¿Dónde se había metido ahora?
–Oh, por Dios –dijo una voz a su derecha.
Cassandra se giró rápidamente y se encontró con una mujer rubia de anteojos, comiendo uno de los postres de cacao y frutillas. Aunque quizá la palabra "tragando" era más…acorde a la visión que tenía Cassandra de ella que, con ojos cerrados, diciendo "oh, por dios" entre cucharadas y encorvada sobre su copa como queriendo protegerla, parecía estar disfrutando muchísimo el postre.
La mujer se detuvo con la pequeña cuchara a mitad de camino a su boca, congelada cuando notó que estaba siendo observada y se paró derecha dejando apresuradamente la copa sobre la mesa.
–Uh…está muy bueno –le dijo sonriendo sonrojada. –Oh, Charlie, ¡ven! Tienes que probar esto, es lo mejor que he comido en la vida.
Charlie que pasaba por el lugar, fue arrastrado hacia la mesa de los postres.
–¿Tú encontrando bueno un postre de chocolate, Iggy? Me sorprendes.
La mujer, que por lo visto se llamaba Iggy, lo golpeó en el brazo.
–Cállate, Charlie, harás que la gente piense que me trago todo lo que encuentro a mi paso –lo regañó, enviándole una pequeña sonrisa de disculpa a Cassandra.
Cassandra sólo le sonrió y Charlie, aprovechando el silencio (entre ellos, porque el bullicio en el lugar era tremendo), se apresuró a hacer las presentaciones.
–Ignatia Fenwick, vieja amiga de la familia, te presento a Cassandra, nueva amiga de la familia, quien además, es la creadora del postre de chocolate.
–¡No es cierto! ¿Tú los hiciste?
–Eh…bueno, sí. –respondió Cassandra, respirando tranquila después de que casi le diera un infarto. Por un momento pensó que Charlie la presentaría con su verdadero apellido.
Ignatia la miró con grandes ojos verdes mientras sacudía la cucharita de postre en el aire.
–Eso te transforma en mi nueva persona favorita del mundo entero. –Charlie la miró divertido –Hey, en serio, están muy buenos.
–Bueno –le dijo Charlie a Ignatia –, toma una copa para el camino. ¿Te molesta que te deje sola, Cassandra? La señorita aquí me prometió un baile y pretendo obligarla a cumplir su palabra.
Ah, Merlín…Charlie y sus sonrisas. Una combinación matadora.
E Ignatia parecía estar pensando lo mismo, porque lo miraba de reojo, intentando suprimir una sonrisa. Y fallando en hacerlo.
–Para nada, yo seguiré acá, alimentándome de los buenos comentarios sobre mis postres.
Cassandra los vio perderse entre la mucha gente que pasaba de allá para acá, y decidió que no podría mantenerse mucho tiempo más en su plan de "me quedaré parada donde menos moleste".
Sus pies la estaban matando.
–Oh, Dios. Necesito un dulce. –dijo Cassandra, mientras se sentaba derecha y cruzaba las piernas en una de las muchas sillas repartidas por el lugar, cuando en realidad lo que quería hacer era patear sus zapatos lejos y desparramarse en el suelo.
–Acá tiene, milady.
Cassandra se giró hacia Sirius, que se había acomodado en la silla ubicada a su derecha. Estaba sosteniendo frente a ella un caramelo de envoltorio morado y Cassandra sintió ganas de abrazarlo y llorar de alegría.
–Oh, eres un genio, Sirius. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Un obrador de milagros. Un oasis en medio de un desierto.
–Oh, vamos. Que Molly no te escuche comparar esto con un desierto. ¿Qué te aflige, Cassie Weasley?
–¿Qué me aflige, señor del bigote aristocrático, sin nombre conocido? –preguntó Cassandra, mientras Sirius se reía. –Estos zapatos me afligen. Son muy lindos y hacen maravillas con mis piernas, pero son una tortura. Si yo fuera Voldemort, abandonaría el uso de la maldición Cruciatus y repartiría zapatos de taco de doce centímetros. Al menos yo me siento lista para confesar mis más profundos secretos si alguien me ofrece unas pantuflas a cambio.
Sirius se reía otra vez y Cassandra no podría estar más encantada con el sonido de su risa. Era una risa fuerte y despreocupada y extrañamente similar a un ladrido, y ella era la causante.
–Todos tus secretos, ¿eh?
–Hasta los más ocultos.
–No puede ser tan terribl… –Sirius se detuvo cuando Cassandra le dedicó una para-nada-amistosa mirada –Okay, okay, no he dicho nada. ¿Crees que tus adoloridos pies puedan resistir un par de minutos de baile conmigo?
Cassandra casi salta de su asiento. Santo cielo, aceptaría aunque de pies sólo le quedaran los huesos de los tobillos. Tragó saliva y trató de parecer calmada.
Sus mariposas sostenían el aire, golpeándose unas a otras, mientas esperaban emocionadas por su respuesta.
–Mis pies resisten aún, estás de suerte.
–Excelente.
Sirius se puso de pie y le ofreció una mano, a la vez que le disparaba una sonrisa de diez mil watts.
Sintiendo como si alguien hubiese hecho desaparecer los huesos de sus piernas, Cassandra tomó su mano y se puso de pie, antes de seguirlo a la mitad de la pista de baile.
La revolución fue tal en su estómago que Cassandra casi pudo escuchar la melodía del Limbo, sus mariposas haciendo fila y bailando como poseídas. A ella misma le estaba costando mantenerse calmada. Sólo esperaba no desmayarse. Eso sería estar demasiado calmada.
La canción era desconocida en los oídos de Cassandra, pero tenía un ritmo marcado y era algo rápida. Pegajosa. Y antes de que supiera qué pasaba, Sirius la tenía moviéndose por todo el lugar, girando entre sus brazos y riendo como loca.
Cassandra no tenía idea de cómo lo había logrado, pero en el tiempo que duró la canción e incluso con sus mega-zapatos puestos, había evitado caer aparatosamente sobre su trasero. En parte era, seguramente, porque no se había preocupado por terminar en el suelo. Mientras más nervioso se ponía alguien, peor salían las cosas, y Sirius la tenía firme entre sus manos, así que no hubo razones para ponerse nerviosa. Aparte de las obvias, por supuesto...¡La estaba tocando!
Así que simplemente…se dejó llevar.
La canción cambió a una melodía lenta y suave y Cassandra se detuvo, intentando recuperar el aliento, pequeñas risas aún saliendo de su boca. Se estaba comportando como una chiquilla de 14 años, pero lo estaba pasando muy bien.
Iba a reír como ardillita si así lo quería y pobre del que hiciera algún comentario al respecto.
De todas formas las risitas no duraron mucho, porque de pronto Cassandra sintió que Sirius ajustaba su agarre alrededor de su cintura, acercándola a él, mirándola con ojos serios.
El corazón de Cassandra comenzó una loca carrera, cuya meta al parecer era escapar de su pecho. Lo que no era algo bueno, porque seguramente arruinaría su hermoso vestido.
Gracias a los zapatos de taco alto, a los que Cassandra ahora le dedicaba su eterno amor y agradecimiento, sus caras quedaban más o menos a la misma altura.
Mentira, quedaban a unos buenos diez centímetros quizá –estúpidos genes cortos-, pero era mejor que la distancia que en condiciones normales existiría entre sus labios y los de Sirius.
Sus ojos grises se veían nublados, mientras inspeccionaba la cara de Cassandra, meciéndola al ritmo de la música. Cassandra no podía creer que aún seguían moviéndose con ritmo. ¡Que alguien los aplaudiera, por favor!
Las manos de Sirius, que cubrían toda su espalda, dibujaban círculos hipnóticos sobre la tela del vestido, generando un escalofrío tras otro. Mierda, se iba a morir infartada.
Cuando una de las manos de Sirius abandonó su espalda, moviéndose hacia su cara, Cassandra sintió que le costaba respirar. Metió aire en los pulmones, pero no era capaz de expulsarlo.
Carajo, se iba a morir asfixiada.
Se sintió suspendida en un sueño, mientras Sirus cubría un lado de su cara con la mano y acariciaba con el pulgar su labio inferior, logrando que Cassandra se erizara por completo.
Oh, Merlín.
Ni idea de qué, pero de algo se iba a morir.
Los ojos de Sirius abandonaron los de Cassandra para mirar sus labios, los mismos que rozaba suavemente con el pulgar.
–Sígueme –le susurró Sirius, rompiendo la burbuja en la que Cassandra había estado flotado.
Que lo sig…¿qué? ¿A dónde?
Poco importaba la parte de "dónde", porque Cassandra ya seguía a Sirius, que la guiaba de la mano hacia una de las muchas salidas de la carpa.
En nombre de todo lo mágico, lo seguiría hasta los confines de la muralla china si se lo pedía. Y luego lo tiraría contra la muralla, china o no china, y le iba a saltar encima.
Una ovación se escuchó desde su estómago. Por supuesto que los estúpidos bichos iban a estar de acuerdo. Por supuesto.
Una vez afuera, Sirius se alejó un par de metros de la entrada/salida de la estructura de lona, y se detuvo junto a un arbusto floreado. Uno de los muchos que rodeaban la carpa y que Cassandra no había notado antes.
El color de las flores se perdía para los ojos de Cassandra, siendo la única luz disponible la proveniente de la luna, que se alzaba en lo alto sobre sus cabezas.
Cassandra se golpeó mentalmente por perderse entre pensamientos sobre flores y luz de luna y levantó la vista hacia Sirius. Su cara llena de sombras se veía aún más hermosa de lo normal, incluso con el "disfraz" que tenía puesto.
Sus ojos brillaban con la luz clara y Cassandra tuvo que esforzarse para transformar en palabras el aire que entraba y salía con rapidez de sus pulmones.
–¿Qué sucede? –le preguntó en un susurro, aún sosteniendo su mano.
Sirius no respondió, pero alzó la varita hacia su propia cara, haciendo desaparecer el ridículo bigote y los anteojos, dejando frente a ella al Sirius que conocía hace tan sólo unos días, pero que sentía conocer desde hace años.
Aunque, si no hilaba muy fino, podría decirse que sí lo conocía desde hace mucho tiempo. Desde que ella tenía cuatro años.
–He querido besarte desde apareciste caminando por esa alfombra y no quería hacerlo cubierto por un estúpido bigote.
Ah, bueno. Un momento, ¿qué?
Sirius tiró de ella, obligándola a dar un paso hacia él y la sostuvo de la cintura con una mano, mientras con la otra la tomaba del mentón, alzando su cara hacia la luz de la luna.
Cassandra vio, con pasmada fascinación, como la cara de Sirius descendía sobre la suya, para detenerse a milímetros de sus labios.
Ay, Dios. Ay, Dios. Aydiosaydiosayd…
–¿Vas a dejar que te bese, Cassandra? –le preguntó Sirius, sus labios haciendo cosquillas sobre los de Cassandra.
–Averígualo.
Antes de que Cassandra alcanzara a darse palmaditas mentales de felicitaciones por esa respuesta, cuando en realidad había querido gritar "¡Oh, infiernos, sí!", la boca de Sirius cayó sobre la suya, expulsando todo pensamiento de su cabeza.
Los labios de Sirius eran suaves y cálidos, mientras se movían sobre su boca con exquisita lentitud.
Cassandra, con algo de problema, logró echar a andar nuevamente su sistema nervioso central, y respondió al beso con entusiasmo, tomando con una mano las solapas del traje de Sirius, intentando traerlo más cerca, mientras que su otra mano se perdía en su cabello, fijándolo en el lugar.
Oh, no pensaba permitir que se alejara medio centímetro de su boca.
El beso pronto subió en temperatura y se volvió más apasionado y Cassandra deseó que de verdad la hubiese llevado hasta la muralla china. Así tendría alguna superficie firme en la que apoyarse, porque sus piernas no harían ese trabajo por mucho tiempo más.
Cassandra dejó escapar un pequeño gritito ahogado, cuando sintió la lengua de Sirius acariciar su labio inferior y Sirius aprovechó la oportunidad para profundizar el beso, arrancándole a Cassandra un sonido ronco similar a un ronroneo que ella no sabía que era capaz de producir y del que, luego, podría sentirse avergonzada.
Muy luego. En ese momento estaba disfrutando demasiado como para que le importara.
El beso era lento y pausado, pero intenso como el demonio y Cassandra se sintió perdida en una espesa nube del más puro y simple deseo.
Ah, las cosas que provocaba Sirius en ella.
Queriendo demostrarle precisamente eso, Cassandra se dejó llevar y tiró con los dientes del labio inferior de Sirius, mientras tiraba un poco el cabello que tenía envuelto entre los dedos.
El gruñido que salió de las profundidades del pecho de Sirius le dijo a Cassandra lo que quería saber.
Mensaje recibido.
Sirius rompió el beso y sujetó la cara de Cassandra con ambas manos, mientras acariciaba sus pómulos con ambos pulgares.
Cassandra por su parte, sin abrir los ojos, se tomó de los antebrazos de Sirius, en una mezcla de buscar apoyo para no terminar en el piso y evitar que se alejara mucho de ella.
Levantó lentamente los párpados y se encontró con Sirius mirándola, concentrado. De verdad tenía lindos ojos, pensó Cassandra. Deseó poder dibujar bien, para guardar en un pergamino por siempre su mirada. Lamentablemente sus obras de arte no pasaban de hombrecitos de palo.
Cassandra vio como Sirius abría la boca, con la clara intención de decirle algo y Cassandra cruzó los dedos mentalmente para que no fuera para condenar la forma en que ella besaba. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había besado a alguien. Desde…los 15 años.
No alcanzó a saber qué era lo que iba a decirle Sirius, porque un rayo de luz plateada pasó a toda velocidad tras ella, en dirección al interior de la carpa, dándole un susto de muerte. Cassandra estaba segura de que habría saltado dos metros en el aire si Sirius no la hubiese estado sosteniendo.
Sirius la soltó y dio un paso hacia la abertura de la carpa, colocándose entre ella y lo que fuera que hubiese sido la luz que había pasado junto a ellos.
Cassandra sintió que se le ponía la piel de gallina y tuvo la leve sospecha de que no era por la baja temperatura de la noche. Se asomó tras Sirius, esforzándose por ver en la oscuridad.
–¿Qué fue eso? –preguntó en un susurro.
Gritos provenientes de la carpa fueron su única respuesta y Cassandra buscó rápidamente su varita, mientras corría junto a Sirius.
Por Merlín, ¿qué estaba sucediendo? No eran gritos de sorpresa, eran de miedo. Ella había escuchado muchos gritos en su vida como conocer la diferencia.
Cassandra se detuvo, alarmada, cuando chocó con la espalda de Sirius, que se había detenido justo en la entrada de la carpa. Un vistazo por sobre su hombro le dijo a Cassandra el por qué de tan repentina detención.
El caos…era total.
La gente corría para todas partes, volcando mesas y sillas en el intento de escapar de lo que sea que creían que era una amenaza. Mujeres llorando, gritos de espanto.
Sirius le dirigió una mirada sobresaltada antes de perderse entre el gentío y Cassandra se adentró en el lugar, haciendo lo posible para que las personas no la tiraran al suelo en la mitad de su desesperado escape.
Fue entonces que Cassandra notó que no sólo había gente desapareciendo a su alrededor, sino gente haciendo su aparición en la mitad de la carpa, arrasando con todo a su paso.
Gente envuelta en capas negras.
Las maldiciones comenzaron a volar en todas direcciones y Cassandra tuvo que arreglárselas para correr agachada en sus zapatos de diez centímetros de altura, mientras gritaba "Protego!", al igual que muchos a su alrededor.
Las personas que no habían escapado desapareciéndose se dispusieron rápidamente a devolver el fuego enemigo, lanzando maldiciones y hechizos a los malditos que habían osado arruinar tan linda velada.
¿Cómo carajo habían atravesado las cientos de protecciones que había en el lugar? ¿Y a qué habían…?
Oh, demonios. ¿Dónde estaba Harry?
¿Y Sirius? Ya no estaba ocultando su cara. Podrían reconocerlo, podrían…
Un rayo de luz anaranjado pasó a milímetros de su cabeza, sacándola de sus asustados pensamientos y obligándola a poner más atención a lo que ocurría.
Se giró y alzó la varita, el miedo apretando su corazón dentro de un puño.
–¡Desmaius!
Su grito se unió a los muchos que se alzaban en la oscuridad y, por suerte, alguien más había decidido atacar a ese mortífago, que con el peso de las dos maldiciones, cayó como piedra al suelo.
Se giró a ver quién había tenido la misma idea que ella y se encontró con la cara asustada, pero decidida de Ginny. Vio además tres sombras alzándose a espaldas de la chica pelirroja y los pelos de la nuca le dijeron a Cassandra que las sombras no tenían intenciones amistosas.
–¡Protego horriblis! –gritó al ver como rayos de luces de varios colores volaban en dirección a Ginny.
La chica, más rápido de lo que Cassandra la habría creído capaz, se giró y devolvió el ataque, mientras los tres mortífagos levantaban protecciones en contra de sus propios maleficios y los de Ginny.
Ginny la miró durante un segundo antes de asentir y salir corriendo. El más alto de los mortífagos salió tras ella, y Cassandra supo que esa había sido precisamente la intención de Ginny.
Separar a los enemigos era un buen plan, pero eso la dejaba para hacerle frente a dos infelices del doble de su tamaño.
–¡Everte statum! –gritó cuando ambos corrían hacia ella, haciendo que uno de ellos tropezara y cayera –¡Desmaius!
Cassandra se encontró a sí misma estrujando su cerebro en busca de los hechizos y maldiciones adecuados, su mente trabajando a la velocidad de la luz, enumerando en una larga lista maldiciones para usar y repasando mentalmente todos los libros que había leído en su vida y algunas maldiciones oscuras que había escuchado a lo largo de sus años en la Mansión Lestrange, descartando de paso algunas que eran demasiado extremas.
–¡Expelliarmus! ¡Incarcerous!
El último de los mortífagos con los que se batía a duelo, cayó desparramado, en la mitad de una decena de cuerdas que lo envolvieron con fuerza y Cassandra se giró para valorar la situación en la que se encontraban, mientras limpiaba con el dorso de la mano la sangre que corría por un costado de su cara.
No alcanzó a hacer tal cosa. Cassandra se distrajo con la visión de una varita alzada en el aire amenazadoramente en dirección a Sirius, que ajeno a lo que ocurría a sus espaldas, batallaba con un hombre bajo y ancho como un camión.
El primer pensamiento que cruzó la mente de Cassandra fue "No".
El segundo fue "Hijo de puta, no te atrevas".
No hubo tiempo para un tercer pensamiento, porque Cassandra ya corría hacia el maldito que se había atrevido a alzar su maldito pedazo de quizá-qué-madera con la intención de hacerle daño a Sirius.
No mientras ella estuviese mirando.
Luz amarilla ya abandonaba la varita del mortífago y con el corazón golpeando dolorosamente contra sus costillas, Cassandra levantó su propia varita, el enojo abriéndose paso entre la nube de pánico que inundaba su mente.
–¡Partis temporus! –su grito resonó con fuerza en el lugar y Sirius que, al parecer, había ganado su duelo, se giró sobresaltado. – ¡Repello inimicum!
Cassandra había agregado eso último apuntado a Sirius, temiendo que la maldición que volaba en su dirección fuera más fuerte de lo que pensaba. Estuvo contenta de haberlo hecho, cuando parte del rayo de luz alcanzó a Sirius en un hombro, empujándolo levemente hacia atrás, pero dejándolo intacto de todas formas.
Entonces Cassandra se concentró en el mortífago, sus mariposas exigían sangre y ella iba a dárselas con gusto.
–¡Expelliarmus! ¡Verdimillious!
La varita del hombre voló lejos y una nube de gas verde lo envolvió, arrancando gritos de terror del mal nacido. Cassandra lo escuchó unos segundos, sus gritos sonando como música para sus oídos, antes de dar el golpe final.
–¡Expulso!
Su maldición golpeó con fuerza al maldito, haciéndolo volar por los aires, para luego caer varios metros más allá sobre una de las pocas mesas que no estaba volcada. Una montaña de copas vacías cayeron sobre el asqueroso mago y Cassandra volvió a apuntarlo.
–¡Confringo!
Las copas alrededor del tipo explotaron, cristales afilados saltando en todas direcciones y el mortífago se quedó quieto, su capa cayendo hacia atrás, dejando a la vista una masa ensangrentada que antes solía ser una cara.
Cassandra no se sintió mal ni por un segundo.
Un fuerte golpe la hizo caer al suelo con fuerza y alcanzó a girarse justo para ver rebotar maldiciones contra un escudo que mágicamente había aparecido frente a ella.
Sirius, que era probablemente el dueño del escudo protector, la tomó por el brazo, levantándola de un tirón del piso y devolviendo el ataque a la media docena de magos envueltos en capas negras que se acercaban a ellos.
Carajo.
–¡¿Estás bien?! –le gritó/preguntó Sirius, apenas haciéndose escuchar por sobre el caos.
–¡Estoy bien! ¿Dónde está Harry? –gritó de vuelta, disparando todos los hechizos, maleficios y maldiciones que se le ocurrían.
–¡Se fue!
Y eso fue lo último que hablaron.
Siguiendo el ejemplo de Ginny, Cassandra se alejó de Sirius, logrando separar al grupo de magos con los que peleaban. Lo que, otra vez, no era una cosa muy buena, porque quedó sola...y tres contra uno no era para nada una pelea justa.
Y al carajo con todo, ella quería una pelea justa.
–¡Imperio! –gritó apuntando a uno de los magos oscuros.
Ataca, lucha a mi lado…¡ataca!
El mortífago, siguió sus instrucciones de inmediato y se colocó a su lado antes de enviar maldiciones volando hacia sus compañeros.
La pelea no fue "justa" por mucho tiempo, porque un mortífago más se unió al grupo, desequilibrando todo otra vez. Y se volvía cada vez menos justa a medida que Cassandra se iba quedando sin energías y considerando, además, que intentaba mantener el control mental sobre su nuevo amigo mortífago.
–¡Deprimo! –gritó, apuntando al suelo entre ella y los magos, cuando los vio correr hacia ella.
El piso se abrió y un gran agujero apareció, tragándose a los tres mortífagos que terminaron muy profundo en la tierra antes de siquiera entender que había pasado. Tomando de la capa al tipo que había transformado a la fuerza en su aliado, lo lanzó al hoyo también, antes de gritar "¡Collapse!", haciendo que la tierra alrededor se removiera y cayera sobre ellos y sus capas negras, sepultándolos en el lugar.
No tardarían mucho en salir, pero Cassandra iba a aceptar el tiempo que se demoraran.
Apoyándose las manos en las rodillas, más cansada de lo que se había sentido en su vida, alzó la cabeza para ver lo que ocurría a su alrededor. Lo que vio, no le gustó.
Estaban perdidos.
Puede que Harry tuviese de su lado a algunos de los magos y brujas mejor capacitados del país, del continente y quizás del mundo, pero eso perdía algo de peso cuando se veían tan superados en número.
Cassandra vio a lo lejos como Ginny defendía la espalda de Charlie, mientras ambos disparaban a tres o cuatro personas encapuchadas que circulaban a su alrededor.
Ignatia, la mujer rubia y bonita que había disfrutado tanto de sus postres, estaba a unos metros de ellos, descalza y despeinada, batallando furiosamente con dos hombres que parecían medir tres metros.
Los gemelos se movían con sincronía protegiéndose mutuamente, no muy lejos de donde Cassandra estaba parada, sus trajes rasgados y ensangrentados.
Hacia su derecha vio a Tonks, parada en toda su estatura disparando maldiciones como si llevara toda una vida haciéndolo. No había mucha luz el lugar, pero su cabello, que ahora flotaba suelto sobre sus hombros, era de un color rojo tan intenso que no hacía falta una mejor iluminación para notarlo. Color que contrastaba con el rubio platinado de la mujer que peleaba a su lado, alta y esbelta, defendiéndose y devolviendo ataques casi de forma elegante, enfundada en su vestido rosa pálido, viéndose horriblemente fuera de lugar.
Detrás de ellos encontró a Remus y a Sirius, batiéndose a duelo con tantos magos que Cassandra no quiso ni contarlos. Y no muy lejos de los hombres, cerca de la entrada principal de lo que no hace mucho tiempo había sido una muy linda carpa blanca, estaban los novios.
El corazón de Cassandra se rompió un poco con la visión de Fleur, con su vestido de novia roto y manchado, siendo abrazada por Bill, cuya cara era una dolorosa máscara de pánico mezclada con la más pura de las furias.
Cassandra, que no llevaba más de cinco segundos parada junto a los mortífagos sepultados, supo en ese instante que estaban perdidos. No iban a ganar esa batalla y, a menos que se retiraran, probablemente el costo sería enorme.
Algo le decía que no iba a haber retiradas, de ninguno de los dos bandos. Y cada vez veía más maldiciones verdes cruzar el aire, lo que sólo auguraba que el tono de la batalla iría en aumento.
Repasó nuevamente la información que tenía almacenada en cada rincón de su cerebro, hasta encontrar un maleficio que había descartado durante su primera revisión.
Cassandra se paró derecha, intentando infundirse valor. Valor que sabía que no tenía, pero que tendría que inventar si hacía falta.
"A veces, cariño, uno tiene que renunciar a ciertas cosas para que alguien más pueda tenerlas…el equilibrio en el mundo se mantiene, mientras las personas que pierden no sean siempre las mismas."
Las palabras de su tía resonaban con fuerza en su cabeza, mientras apuntaba con su varita a una de sus muñecas y luego a la otra, intentando empujar al fondo de su inconsciente las ganas de llorar casi irrefrenables que sentía.
A veces…el Universo sí sabía lo que hacía, pensó Cassandra, mientras sostenía las manos frente a su cara, sintiendo como la sangre avanzaba por sus antebrazos. El Universo no le había ofrecido una vida sin oportunidades, después de todo. Sólo con oportunidades de hacer cosas distintas. Una vida de la que ella no sintió necesidad de escapar hasta que pudo darle un gran sentido a su escape. Una vida que, más allá de la pena que amenazaba con engullirla por completo, hacía que pudiera hacer lo que estaba haciendo, cuando probablemente otros no lo harían.
La magia oscura muchas veces requería pagos de sangre. Y ella estaba dispuesta a dar su sangre en agradecimiento por la lealtad que encontró en el grupo de magos que peleaban fieramente a su alrededor.
Cuando las opciones eran limitadas…alguien debía perder, ¿no?
Hace varios años, había aprendido sobre un maleficio vinculante. Un mago, pagando cierto precio, podía vincular a una persona con otra a través de la sangre, unirlos en todos los aspectos que dicho mago considerara pertinentes, hasta que decidiera romper el vínculo.
Cassandra no pensaba vincular a dos magos o brujas. Pensaba vincular a varios…a ella. Y, por eso, el pago era grande.
–Sanguinis unio, invocatus. Sanguinis unio, invocatus… –cantó en voz baja Cassandra, cerrando los ojos y concentrando el vínculo en una característica. Quienes no hubiesen sido invitados.
El ruido se extinguió en los oídos de Cassandra. Sólo el sonido de sus propios latidos interrumpían sus palabras.
Supo el momento exacto en el que el maleficio comenzó a tener efecto. Le pareció que alguien gritaba su nombre, pero lo empujó al fondo de su mente, junto con todas sus otras preocupaciones. No podía flaquear ahora. No iba a llorar. Y no iba a abrir los ojos.
Siguió diciendo entre alientos el encantamiento, sintiendo como su sangre tocaba diferentes personas, decidiendo si cumplían o no con los criterios necesarios y estableciendo conexiones con quienes habían irrumpido sin invitación. La sensación era, por lo bajo, extraña y trató de que el malestar que crecía con fuerza en ella no interrumpiera el maleficio.
Abrió los ojos y sólo vio negro.
No lo pensó más y dejando escapar las lágrimas que tanto se esforzó en contener, cerró los ojos con fuerza y desapareció lejos.
Hola, hola. No me maten! Esta parte fue una de las primeras escenas que imaginé cuando empecé a escribir sobre Cassandra, era inevitable. Espero que les haya gustado...un poquito que sea! Sobre todo ese beso, que realmente me esforcé en escribir ajajajaja
La mayoría de los hechizos son de los libros, películas o juegos, sólo el de la tierra y el último son creación mía. Viva google traductor.
No sé cuando podré actualizar nuevamente, espero que antes de que termine la semana. Porque después se acaban mis vacaciones y me quedo corta con el tiempo otra vez...haré mi mejor esfuerzo, lo juro.
Si pueden, cuéntenme qué les pareció...impresiones, opiniones, ideas e insultos son aceptados con los brazos abiertos C: (Feedback, por favor! Lo necesito!)
Besos y gracias por haber llegado hasta acá conmigo! Amor para ustedes!
