Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).


16 de Agosto de 1997, Broom Road, Londres.

La vida era muy injusta.

Ese era el único pensamiento que rondaba en ese momento por la mente de Remus Lupin, mientras repasaba su situación actual y lo que lo rodeaba, sintiéndose asqueado con el mundo y la injusticia que había en él.

Remus era una persona pesimista. Lo sabía y lo asumía.

¿Cómo esperar que cosas buenas sucedan, si cuando lo haces, todo se va al infierno?

Más aún…¿para qué querer cosas buenas si eventualmente todo le sería arrancado de la manera más cruel?

Así había sido con toda su vida. Con su infancia, que a los cinco años había terminado de forma abrupta. Con sus amigos, que uno a uno fueron cayendo, como piezas de dominó.

Primero James y Lily, de inmediato Peter y Sirius. Luego Harry, que fue alejado de él sin siquiera permitir que pudiera despedirse del pequeño.

Remus sintió como se apretaba su garganta con los recuerdos. Y el álbum de fotos que tenía en el regazo no ayudaba mucho.

Era más de media noche, pero ahí estaba él, sentado en la sala de estar de su nueva casa. La casa que compartía con Dora. Dora a quien estaba extrañando en ese momento, porque estaba en alguna misión secreta del Ministerio de Magia. Remus sólo esperaba que fuera de verdad una misión y no una forma de buscar "traidores" entre sus filas.

Suspirando, Remus volvió a su actividad actual, el álbum.

Una a una fue recorriendo las páginas tapizadas con imágenes de personas sonrientes, haciendo eco de historias felices, con finales que no lo fueron. James y Sirius de 15 años sonriendo a la cámara, ignorantes a lo que ocurriría un par de años más tarde. Lily durmiendo en el sillón de la sala común, mientras él mismo y sus tres amigos, los cuatro merodeadores, se reían detrás, en silencio para no despertarla.

Muchos no lo verían como él, pero lamentaba cada una de sus pérdidas, incluyendo a Peter. Peter había sido su amigo y ya nunca lo volvería a ser. Los traicionó de la peor forma, pero hace tiempo que ya había dejado el enojo y el odio atrás, al menos en lo que respectaba a Peter. No tenía sentido, ahora sólo quedaba la pérdida.

Y con Sirius…lo consideraba una pérdida también. Poco quedaba de quien fue su amigo por tantos años en Hogwarts. Ese joven alegre, despreocupado, confiado y extremadamente narcisista, sí, pero fiel y leal hasta el fin.

Luego de 12 años en Azkaban, recuperó sólo la sombra de lo que solía ser su amigo. Ya no había confianza, ni en él mismo ni en nadie. Había mejorado con los años, el compartir con Harry y el volver a estar juntos, los dos merodeadores que aún vivían, había ayudado para que recuperara lentamente el sentido de…vivir.

Pero simplemente, al parecer, había cosas que podían transformar para siempre a un hombre. La pérdida de un hermano, la traición de los más cercanos, 12 años conviviendo con seres desalmados. Cuatro años atrapado en la antigua casa de la misma familia que lo despreció y rechazó…

Lo más cercano que había visto al antiguo Sirius, a su amigo de los viejos tiempos, había sido en las semanas del mes de julio. La planificación del escape de Harry, que significaba que ahora podía vivir con su padrino, o al menos eso significaba en la mente de Sirius. El convivir con los Weasley, el preparar una boda, que aunque parecía fuera de lugar, era un evento que permitía, aunque fuera por un tiempo corto de tiempo, olvidar que el mundo era un lugar donde las cosas buenas no ocurrían.

El compartir con Cassandra también había conseguido sacar del baúl de los recuerdos algunos flashes de lo que había sido Sirius hace tantos, tantos años.

Lo había visto sonreír, lo había oído reírse, lo había visto coqueteando, por Merlín. Cassandra podría haber sido la salvación de su amigo.

Pero la chica, ahora, era parte de la muy larga lista de personas que le habían sido quitadas de forma cruel.

Remus no esperaba que su pérdida le doliera tanto, pero así fue. Después de días de analizarlo, había llegado a la conclusión de que Cassandra le recordaba a Lily, a quien siempre consideró una hermana. No sólo porque compartían características físicas, como el cabello rojizo, sino porque era amable, pese a que la vida la había tratado mal. Pero tenía carácter y era muy fuerte. Pondría las manos al fuego por ella, y él no confiaba mucho en la gente, no como estaban los tiempos ahora.

Y Sirius…Sirius estaba destruido; lo que, por lo demás, había sido un poco sorpresivo. Cassandra había pasado muy poco tiempo con ellos, después de todo.

Sorpresivo para el resto quizá, pero no para Remus, que había visto como los ojos de su amigo brillaban cuando miraba a Cassandra. Brillaban con expectativa y esperanza.

El día de la boda, no sólo Cassandra había desaparecido, sino que Harry volvía a estar fuera de su alcance y…era más de lo que el hombre podía soportar. Remus había visto a Sirius quebrarse frente a sus ojos. Otra vez.

No había llorado, ni nada. Pero no era necesario que lo hiciera. Los ojos vacíos y las botellas de alcohol vacías daban una buena pista.

Quizá existía un límite de cosas que una persona podía perder y él ya había alcanzado ese límite.

Remus cerró los ojos y recordó la noche del matrimonio en La Madriguera, hace ya dos semanas y un día.

Estaba siendo una velada maravillosa.

No sólo los novios eran felices, sino que todos, la bendita felicidad parecía ser contagiosa. Él, al menos, no podía dejar de sonreír. Había sostenido entre sus brazos a la mujer más bella del lugar, que por lo demás, era su mujer. Había bailado con ella largos minutos, intentando memorizar el momento. Memorizar la música que sonaba de fondo, cómo los ojos de Dora brillaban, cómo se sentía la tela del vestido que ella estaba usando contra su mano, que descasaba en su cintura. Vestido que casi había logrado que le diera un infarto, por cierto.

Memorizar la media sonrisa que había en sus hermosos labios. Su mano, pequeña, encerrada en la suya. Los deseos de besarla. Y el deseo que sintió al hacerlo.

Remus se había sentido en el cielo. No era que no sintiera lo mismo todos los días, porque sí lo hacía. Besarla durante las mañanas, verla tropezar con todo a su camino cuando iba tarde a trabajar, verla reír histérica cuando Remus le saltaba encima y se la comía a besos. Sentirla a su lado mientras dormía, hacer el amor con ella. Era el cielo, sí. Pero un cielo que, en todo maldito momento, temía perder. La vida no le había dejado ser feliz por mucho tiempo, nunca en sus 35 años, ¿por qué iba a ser esta la excepción? Por eso, su felicidad y sensación celestial mutaba con facilidad y rapidez a puro miedo. Miedo a perderla.

Aunque el miedo, en ese momento, no era ni la mitad de grande del que sentía a diario dos semanas después. Ahora que sabía que no sólo podía perder a Dora, sino a su pequeño hijo o hija. Sobre todo cuando tanto, tanto, podía salir mal. Sobre todo en la vida de Remus Lupin, donde todo, siempre, salía mal.

Pero en ese momento, en la boda, todo era tan brillante que era difícil no sentir que todo iba a salir bien. No recordaba nada de lo que le había dicho Dora mientras estaban sentados en un rincón, ella sobre su regazo. Le había hablado y hablado, pero él no había estado escuchándola…estaba demasiado concentrado en memorizarla.

De los pocos segundos que despegó los de ella recordaba a los novios en la mitad de la pista de baile, bailando abrazados; a Harry sentado en el otro lado de la carpa, hablando con Ginny; y a Sirius, bailando con Cassandra, antes de que la tomara de la mano y la llevara afuera. Remus le había comentado ese último detalle a Dora y ambos se habían reído de lo lindo y, de golpe, todo había terminado.

Todo había pasado muy rápido. El patronus de Kingsley avisando que el Ministro estaba muerto, que mortífagos venían. Harry desapareciendo, gente huyendo. Gente quedándose a pelear, gritos y copas quebrándose.

En resumen, de la nada, se encontraron en la mitad de una guerra con decenas de magos oscuros. Peleó junto a Dora, su espalda apoyada en la de ella, el miedo por ella oprimiéndole el pecho y el enfado inundando sus venas. Después la misma batalla los había separado y Remus había tenido que realmente esforzarse para concentrarse en lo que hacía y dejar de buscarla con la mirada.

Fue luego de uno o dos minutos que notó que estaban perdidos. Eran superados fácilmente por número, tres es a uno, según lo que había podido ver a simple vista. Él intercambiaba hechizos y maleficios con dos mortifagos; Dora, con dos más. Pronto pasó a batirse a duelo contra cinco hombres, junto a Sirius; mientras Dora, que no estaba muy lejos, peleaba codo a codo junto a una chica rubia que no había visto antes. El resto estaba más o menos igual. Al menos Harry había desaparecido de la escena, junto a Ron y Hermione.

Remus recordaba muy bien el minuto en que todo había cambiado. Había terminado de aturdir al último de los mortifagos con los que batallaba y se había girado hacia su mujer, para ayudarle. La había reconocido a la distancia, su cabello rojo brillante resaltando en la oscuridad del lugar. Había dado un paso hacia ella y, de la nada, Remus no había podido respirar, como si el aire se hubiese vuelto espeso, congelándolo en el lugar. Tenía los ojos fijos en Dora, sus ojos reflejando el pánico que él mismo comenzaba a sentir. Había escuchado a Sirius gritar con voz ahogada el nombre de Cassandra, y desvió los ojos, buscando a la chica pelirroja. La encontró un par de metros a la derecha, de pie, con las manos alzadas frente a su cara. Varita en mano y ríos de sangre recorriendo sus brazos desde sus muñecas, ahora abiertas…pero la sangre pronto se volvía negra y se esparcía en el aire a su alrededor. La visión era, por lo mínimo, horrenda.

Y duró apenas unos segundos, porque entonces el aire no sólo se volvió espeso, sino negro. Como si no estuviesen en la superficie, sino bajo agua y alguien hubiese vertido un frasco de tinta en ella. En menos de dos segundos estaban envueltos en oscuridad y silencio, sin poder respirar ni moverse. Remus por un momento pensó que estaba inconsciente, que alguien lo había aturdido, pero pese a no poder mover ni ver nada, aún sentía el calor de su varita en la mano.

De un momento a otro, todo se desvaneció y los mortífagos ya no estaban a la vista. Tampoco Cassandra. El grito furioso y desesperado de Sirius hizo que se erizaran cada uno de los cabellos de la nuca de Remus.

Apoyando la cabeza en el respaldo del sofá, Remus abrió los ojos, pestañando para alejar las lágrimas. ¿Qué podía hacer alguien como él para ayudar a Sirius? Alguien pesimista como él, alguien que ya no confiaba en lo que la vida podía entregarle.

Suspirando cerró los ojos, con la intención de rendirse al cansancio que parecía acompañarlo siempre, incluso cuando ya habían pasado varios días de su última transformación.

Su casa, recién adquirida, estaba en absoluto silencio. El único sonido era el avanzar de los segundos del reloj de la sala en la que estaba. Y sólo ese silencio le permitió escuchar el ruido sordo y débil proveniente de la puerta de entrada.

Abrió los ojos de inmediato y puso atención a cualquier otro ruido. Tomando su varita, y apuntando al reloj, detuvo el sonido del segundero, para escuchar con mayor claridad. Pero nada llegó a sus oídos. Con la varita en alto, abandonó la sala de estar, caminando lentamente e intentando hacer el mínimo de ruido. No encontró nada en el camino a la puerta, que estaba tan cerrada como la dejó cuando había llegado hace algunas horas. Maldiciendo mentalmente por no haber colocado aún el mirador en la puerta, para ver si había alguien afuera, optó por lo viejo y tradicional.

–¿Quién es? –preguntó Remus en voz alta. No hubo respuesta. Tampoco esperaba alguna. Quizá sólo era algún gato o habían lanzado una revista a su puerta. No tenía por qué ser un pequeño ejército de mortífagos. No. Ni el mismísimo Voldemort, viendo si estaba o no en casa.

Tomando una última respiración profunda, quitó los pestillos de la puerta y tomó la manilla con una mano, mientras que con la otra alzaba su varita. Contando mentalmente hasta tres, abrió de un tirón la puerta, ahogando un grito cuando, pese a no haber nada a la vista, algo golpeó sus piernas.

O alguien, más bien, como notó cuando bajó la mirada y descubrió a una herida, delgada, sucia y muy poco vestida Casandra a sus pies. En un segundo ya estaba de rodillas a su lado.

–Merlín…¿Cassandra? Hey, hey…Casandra. –dijo Remus intentando despertarla, levantando su cabeza del suelo y golpeando suavemente una de sus mejillas. Remus miró hacia la calle, intentando ver en la oscuridad si había alguien observándolos, pero no vio a nadie. Tomándola bajo un brazo y bajo las rodillas, e intentando ignorar el pensamiento que le decía que seguramente pesaba cerca de 45 kilos, cerró de una patada la puerta y se dirigió a la sala que había abandonado hace algunos minutos. O segundos, ya no estaba seguro.

La dejó suavemente sobre el sofá, tratando de pensar en qué hacer, pero le era difícil concentrarse. Claramente, Cassandra no se encontraba bien. Estaba delgada, prácticamente en los huesos. Ya era delgada un mes atrás, ahora daba susto. Su pelo rojizo oscuro se veía más oscuro aún y Remus rezaba para que sólo fuese tierra y no sangre lo que manchaba su cabello. Estaba sucia y herida. Tenía un moretón en la sien derecha y un rastro de sangre seca que bajaba por el costado de su cara, resaltando aún más la palidez de su piel. Una herida larga cubría uno de sus hombros, desde la base del cuello, hasta el inicio del brazo derecho y otro corte, por uno de sus costados, que se perdía hacia su cintura. Sus muñecas estaban inflamadas y rojas. Estaba descalza, sus pies heridos, las rodillas también. Y el aire abandonó de golpe a Remus cuando sus ojos siguieron subiendo por sus piernas heridas y encontraron el rastro de sangre en la cara interna de los muslos de Cassandra.

–No…Dios, no…

¿Tan bajo habían llegado esos malditos? No debería sorprenderle, pero estaba impactado. ¿Cómo…cómo pudieron?

Remus, que ahora estaba sentado en el suelo, intentó despejar su cabeza, y ponerse en acción. Se acercó a la cabecera del sofá y puso dos dedos en la base del cuello de Cassandra. Su pulso era débil y lento. No era bueno. Debía moverse, buscar ayuda.

St Mungo estaba descartado. Primero, porque el Ministerio estaba atento a todos los magos que ingresaban, y si estaba el Ministerio, indirectamente también lo estaba Voldemort y sus seguidores. Y, segundo, porque en el minuto que Sirius se enterara, estaría corriendo hacia el hospital, sin importar que terminase de vuelta en Azkaban.

Sirius…

Debía moverse hacia allá, quizá su amigo quedara en el mismo estado de shock que él, por la sorpresiva aparición de Cassandra cuando, al menos él, ya la daba por perdida. Pero dos personas en shock eran mejor que una, definitivamente. Luego contactarían a Molly para que fuera a ayudarlos y a Dora, luego de que volviera de su misión. Y Hermione estaría ahí también. Sí, era un buen plan.

Remus tomó del respaldo del sofá su abrigo y, levantando con un brazo el toso de Cassandra, la envolvió con él, suprimiendo el escalofrío que sintió cuando notó lo fría que estaba su piel. Cuando ya la tuvo en sus brazos, bien segura, envuelta en su abrigo, tomó la varita con la mano que tenía bajo las rodillas de la chica y se dirigió a la puerta.

Apenas la cerró tras él, se apareció en el escalón de entrada del número 12 de Grimmauld Place.


16 de Agosto de 1997, Grimmauld Place, Londres

Sirius se había levantado tarde ese día.

Había abierto los ojos y se había quedado mirando el techo de su habitación por aproximadamente una hora antes cambiar la vista hacia la ventana, quedándose pegado ahí otra hora.

No había mucho sentido en levantarse de todas formas, no existía en ese momento otro lugar en el que quisiera estar.

En realidad sí, había dos lugares donde sí quería...necesitaba estar. El primero de ellos era en el comedor, junto a Harry, planeando como eliminar de una vez por todas a Voldemort.

No que eso fuese a ocurrir en ningún momento cercano. El planear junto a Harry, quería decir. No el derrotar a Voldemort.

Ya lo había intentado, sin éxito, las suficientes veces como para entender que Harry no daría su brazo a torcer. Maldito fuera el sentido de honor que había heredado de su padre. Era fiel a los deseos de Albus incluso cuando ahora dudaba un poco sobre la integridad moral de viejo mago.

No lo había dicho en voz alta, y menos a él a quien no le hablaba mucho en los últimos días, pero Sirius lo veía en los ojos de Harry cuando mencionaban el nombre de Dumbledore o cuando leía algún número viejo de El Profeta. Veía como su mirada se perdía en la nada, seguramente intentando buscar detalles y momentos compartidos con Albus, buscando la evidencia de que todo lo que leía sobre él era falso y sin fundamento.

Por su parte, a Sirius le importaba un trasero de gusarajo lo que dijeran de Albus. Si era cierto o no, no importaba mucho, el hombre que él había conocido era la persona que a Sirius le importaba; aunque siendo justos, la relación que Harry tuvo con Dumbledore había sido mucho más profunda.

Sirius se giró en la cama, para quedar de espaldas sobre su cama sin deshacer y miró a su alrededor. Su habitación había sufrido varios cambios de lo que fue su versión adolescente. Desde que había regresado a la casa de sus padres cuatro años atrás, la habitación había ido mutando poco a poco, pero era en el último tiempo donde de verdad habían sucedido cosas grandes.

Un año atrás, se había conformado con transformar su cama en una más amplia y limpiarla de polvo, telas de arañas y pergaminos viejos. Ahora, ante la muy grande necesidad de ocupar su tiempo en algo que no fuera sucumbir ante las casi inaguantables ganas de gritarle a su ahijado, había remodelado todo. Las paredes estaban libres de pósters muggles de mujeres semi-desnudas, aunque las había guardado con mucho cuidado en una carpeta, antes de colocarla en uno de los cajones de su nuevo mueble-escritorio. No sabía muy bien para qué quería un escritorio, pero le había parecido lo adecuado para tener en una habitación. Era parte de la lista de cosas normales que poner en un dormitorio, ¿no?

Una cama, una mesita junto a ella, una lámpara sobre la mesita, un armario para ropa, un escritorio, una pequeña biblioteca. Cuadros sobre los muebles o en las paredes.

El cambio era…tremendo. Ahora sí se veía el papel gris con diseños de las paredes y lo único que quedaba en ellas, además de uno que otro estandarte rojo-dorado de Gryffindor, era una fotografía enmarcada de él con más o menos 17 años, hombro a hombro con sus tres mejores amigos. Cuando la vida era buena y fácil.

Ahora su vida no era buena y fácil. Era una mierda. Tenía que conformarse con quedarse encerrado en la maldita casa de sus padres, incapaz de hacer algo para evitar que su única familia cometiera suicidio lanzándose directamente a los brazos del mago más asesino y psicópata del mundo y atrapado en la eterna y llena de esperanza espera, aguardando el momento en que Cassandra, linda y vestida con ropa ancha con gatos en ella, apareciera por la puerta, viva. A salvo.

Se había pasado los primeros tres días, después de dejar La Madriguera, sentado en la cocina, en una mezcla por conseguir escuchar lo que hablaba el trío de adolescentes y esperar a que hubiese noticias sobre la chica pelirroja. Se pasó los siguientes dos días, maldiciéndose a sí mismo, por no haberle comentado a Cassandra sobre su casa en Grimmauld Place.

¡Cómo iba a encontrar el camino hacia la seguridad que él podía ofrecerle, si no sabía dónde estaba la maldita seguridad!

Sí…esos primeros cinco días habían sido un asco y Sirius estaba bastante seguro de que se le había caído un tercio del cabello y había adquirido un par de úlceras gástricas sólo por el estrés y la preocupación. Y los litros de café y los vasos de Whisky de Fuego tampoco ayudaban mucho a su pobre estómago.

Ahora, dos semanas después del caos de la boda de Bill, Sirius no estaba asustando, ni angustiado. Estaba enfadado. Y para evitar caer preso de un ataque de furia y partir en dos su recién adquirido escritorio, se limitaba a quedarse en la comodidad de su cama la mayor parte del día.

Estaba enfadado con Harry, por negarse a considerar alternativas. No le pedía que le confesara todos sus secretos, no le pedía que se fueran de inmediato los cuatro e iniciaran la cruzada para asesinar a Voldemort. Le pedía que lo considerara a él, su padrino, su familia, para apoyarse en busca de ayuda. Que lo considerara como respaldo. Que si se ve en problemas, que si necesitara lo que sea, lo que fuera, pensara en él. Sólo que no lo dejara al margen de todo. Sirius estaba bastante seguro de que no era mucho pedir.

Pero no era lo único por lo que estaba molesto. No…"molesto" era muy poco. Furioso era una mejor palabra.

Estaba furioso con Cassandra Lestrange y su maldita alma de buen-samaritano. ¡Qué infiernos sucedía con la gente y los movimientos suicidas! ¿Dónde estaba el sentido de supervivencia de la gente que lo rodeaba, en nombre de Merlín y toda su condenada descendencia? Querer ayudar al resto era una cosa, pero uno no podía lanzarse siempre de cabeza al peligro mortal. Estaba seguro de haber leído eso en alguna parte. Debía encontrar ese trozo de texto y hacerle llegar una copia a Harry y a Cassandra, a ver si lograba meter un poco de sentido común en sus benditas cabezas duras.

Sí, Cassandra había logrado con éxito alejarlos a todos de los maleficios y de, incluso, algunas maldiciones asesinas. Y sí…Sirius esperaba con todo su ser que Harry tuviese éxito en su misión, fuera cual fuera. Pero, ¿quién lo salvaba a él de los infartos y las eternas noches de insomnio? ¿De la terrible y asquerosa sensación de preocupación, que parecía retorcerle las tripas, atrapándolas en un puño de hierro caliente?

Y si Cassandra iba a lanzarse directamente a las fauces del dragón, por lo menos que lo hiciera preparada. Y "preparada" incluía llevarse consigo la maldita varita, que ahora reposaba sobre su escritorio, muy, muy lejos de su dueña.

Siempre debía haber alternativas para todo. Sólo había que esforzarse lo suficiente para encontrarlas. O inventarlas, si hacía falta. La vida era algo demasiado valiosa, como para tratarla así, tan a la ligera. Era, de hecho, lo único valioso que existía en el mundo. La pérdida de una vida era lo peor que podía sucederle a alguien y Sirius lo sabía de primera mano. Muchas vidas se habían apagado a su alrededor. Demasiadas, como para seguir viendo como sucedía lo mismo con Harry y ahora Cassandra.

No.

Sirius miró hacia la ventana otra vez y notó que afuera ya estaba oscuro. Se había pasado horas tirado en su cama, otra vez, igual que los últimos…muchos días. Quizá era el momento de admitir que estaba deprimido, carajo.

Se levantó de la cama, decidiendo que debía hacer algo además de sólo estar tirado sobre su culo, encerrado en su habitación. Iba a tomar una larga ducha e iba bajar a comer algo.

Dándole un rápido vistazo a la varita sobre su escritorio, Sirius no pudo evitar sentir una punzada en las tripas al pensar que Cassandra estaba en algún lugar, rodeada de mortífagos, a kilómetros de su varita. Sirius travesó la puerta que llevaba directamente al baño, pensando que luego el siguiente paso sería sentarse, con pluma y pergamino en mano, a trazar un plan que alejara de una inminente muerte a su ahijado y a la mujer que, qué-demonios-vamos-a-admitirlo, le gustaba. Un poco.


40 minutos más tarde, Sirius volvió a su habitación y se vistió rápidamente con unos pantalones de jean oscuro, y una camisa gris. No sé molestó en secarse el cabello, su cerebro estaba demasiado ocupado considerando la opción de que Kreacher quizá hubiese cocinado para la cena sopa de cebolla.

Sirius no sabía qué habían hecho Harry, Ron y Hermione con el elfo, pero el cambio había sido de 360 grados. Ya no refunfuñaba, ni insultaba. Ni vagaba como alma en pena por la casa de su difunta y querida ama. Estúpido elfo, estaba haciendo difícil su misión de ser el líder del club Odiemos a Kreacher Hasta Que El Maldito se Muera.

Ahora estaba siempre limpio, moviéndose para allá y para acá. A Sirius aún no le agradaba, pero tenía que admitir que la sopa de cebolla que cocinaba…

Los pensamientos de Sirius se detuvieron de golpe. Al igual que su pierna derecha que estaba a medio camino de dar un paso en dirección a la puerta de la habitación.

Sirius clavó los ojos en su recientemente adquirido escritorio, específicamente sobre el trocito de superficie donde debería haber estado la varita de Cassandra.

La palabra clave siendo "debería", porque Sirius no veía la varita por ninguna parte.

¿Dónde estaba? ¿La había tomado alguien? Si Kreacher había puesto sus sucias manos sobre la varita de Cassandra iba a colgarlo de las p…

–¿Sirius? –la voz llegó hasta él desde alguno de los pisos inferiores. Y no fue el volumen de la voz de Remus lo que hizo que Sirius saliera corriendo de la habitación, pues el llamado había sido bajo, seguramente buscando evitar que el cuadro de su madre despertara. No…fue el tono de urgencia con que fue dicho su nombre lo que tuvo a Sirius bajando las escaleras de dos en dos, siguiendo la voz de su amigo, cuando lo llamó una segunda vez.

Cuando giró al final de las escaleras, casi chocó con la espalda de Remus.

–Lunático, ¿qué es lo que suc…? –su voz desapareció al final de la frase, cuando el aire lo abandonó de golpe, como si Buckbeak lo hubiese pateado en pleno pecho.

Remus se había dado la vuelta rápidamente, cuando lo escuchó llegar al final de las escaleras y Sirius intentó absorber la visión que tenía enfrente, haciendo el esfuerzo por controlar una oleada de náuseas que lo golpeó de forma inesperada. Ahí, frente a él y en los brazos de su mejor amigo, se encontraba la persona culpable de muchas de las horas en vela que había pasado, esperando un milagro.

El milagro había ocurrido, pues ella, su Cassandra, se encontraba ahí, aunque no en la forma que esperaba.

Sirius sabía que, una vez que volviera, iba a ser necesario un tiempo para que se recuperara, después de todo había estado semanas en manos de mortífagos. Pero nada, absolutamente nada, podría haberlo preparado para verla así. Su mente sólo alcanzó a entender que Cassandra se encontraba en muy mal estado, pero no hubo tiempo para reparar en cada detalle. La voz de Remus logró sacarlo de su estado de conmoción.

–Sirius, ¡Sirius! ¡Por Merlín, despierta de una vez, necesito que me ayudes! –una mirada a la cara de Remus, sumado a su tono de voz, le dijo algo enorme a Sirius. El hombre lobo estaba absoluta y completamente aterrado. Sirius pasó de inmediato a modo Auror, aunque nunca lo había sido oficialmente.

Concentrarse en lo esencial, actuar. AHORA.

–¿Qué carajo pasó? ¿Dónde la encontraste? –en dos nanosegundos, Sirius ya estaba a su lado. Hizo un ademán de tomarle el pulso a Cassandra, pero se contuvo en el último segundo, por miedo a lo que podía descubrir. Subió la mirada para encontrar la de su amigo. En sus ojos vio que luchaba por mantener en control. Pero en ellos también había esperanza. Esperanza de que lo ayudara. Con Cassie.

–Su pulso es débil, lo comprobé hace un minuto. No tengo idea de qué pasa, Sirius. Estaba en mi casa, sentí un ruido y la encontré en la puerta. –dijo Remus, muy rápidamente, moviendo a Cassandra hacia los brazos de Sirius. –Necesitamos hacer algo, ahora, antes de que…antes de que...

Sirius entendió lo que su amigo quería decir. "Antes de que sea demasiado tarde". Recibió rápidamente el casi inexistente peso de Cassandra, la cara de la chica quedando apoyada en el pecho de Sirius y se movió rápidamente hacia la superficie más cercana a ellos. La mesa del comedor.

Sirius abrió casi con una patada la puerta del comedor, sobresaltando al trío de chicos que estaba sentado adentro.

Mientras la recostaba sobre la mesa, escuchó que Hermione decía "oh, por Dios" y Sirius tuvo que estar de acuerdo con ella. Oh, por Dios, precisamente. Tenía a Cassandra frente a él, una de las dos cosas que más había querido en los últimos 15 días y medio. Pero no la quería así, la quería despierta y sonriente.

En cambio la tenía inconsciente, sucia y herida. Era tal el contraste con la última vez que la había visto que Sirius tenía ganas de llorar. Quería abrazarla y llorar.

Quería romper algo. Quería…

–¡…Sirius! –la voz de Harry lo sacó de sus pensamientos.

–Está fría como hielo, hay que hacer que entre en calor. –esa era Hermione –Sirius, llévala al baño y llena la tina con agua caliente, pero no tan caliente. Yo iré por algunas pociones. Ron, ve por toallas limpias, todas las que encuentres. Harry, pide a Kreacher que nos consiga vendajes. Remus, acompaña a Sirius.

Sirius estaba un poco en shock en ese momento como para admirar la capacidad de manejo de crisis de Hermione, pero estaba bastante seguro de que luego lo haría. En ese preciso minuto sólo iba a hacer lo que la chica le había dicho.

–Hermione, creo que es mejor que tú lleves a Cassandra a la tina…

Las palabras y el tono estrangulado en la voz de Remus hicieron que Sirius interrumpiera sus acciones. Tenía un brazo bajo los hombros de Cassandra y otro bajo sus rodillas cuando se congeló y miró hacia su amigo. ¿Pensaba que iba…él, Sirius Black, a aprovecharse de Cassie, en el estado en que estaba? ¿O en cualquier otro estado? ¿O era que no confiaba que tuviese la estabilidad mental necesaria para manejar una situación como esa? ¿Que no sería capaz de cuidar de Cassandra?

La furia se abrió paso en las venas de Sirius, opacando en parte la sensación de adormecimiento que le había dejado la sorpresa.

–¿Qué carajo, Lunático? ¿Qué…?

–Tienes razón. Ve tú por las pociones Sirius, yo la llevaré al baño.

Sirius abrió la boca de inmediato, para protestar con indignación y hacerles saber qué pensaba sobre sus intentos de alejarlo de Cassandra. Algo que NO iba a suceder en ningún momento cercano. Pero se detuvo antes de poder hacerlo. Su mente, dejando de lado las palabras de Hermione y Remus, captó detalles que no había notado antes. La voz de su amigo sonaba estrangulada porque estaba al borde de las lágrimas. Y Hermione se veía tan pálida y asqueada que Sirius pensó que se desmayaría. O vomitaría.

Lamentablemente su cerebro aún estaba en un estado similar al de la avena húmeda, por lo que, por mucho que lo intentara, no lograba entender qué estaba sucediendo. Pero no había tiempo. Cassie necesitaba que todos se movieran YA.

–Miren, no sé qué está pasando, pero estamos perdiendo el tiempo. Llevaré a Cassie arriba, ahora.

Sirius volvió a tomarla en sus brazos y, tan suavemente como pudo, comenzó a subir los escalones hasta el piso de su habitación. Era una de las pocas habitaciones con puerta directa a un baño y le pareció la mejor idea. No sabía si el resto de la gente lo estaba siguiendo o no y tampoco entendía por qué Remus y Hermione habían actuado así. Hasta Harry había palidecido un poco.

No era importante, de todas formas. No iba a separarse de ella. Cassandra había hecho su parte, había vuelto a él. Casi sin vida, pero había vuelto. Ahora le tocaba a él interpretar su parte. Y no iba a permitir que nadie la alejara de su lado.


Hola! Ya sé, soy de lo peor ajajajaja. No quise desaparecer sin antes dejarles este capítulo. El próximo lo subiré, más o menos en 3 semanas más, después de dar mi úuuultimo examen (es el 10 de diciembre, para que prendan velitas!). Cuando terminé de escribir este capítulo me dio la impresión de que lo alargué mucho, que quizá se vuelve muy aburrido en algunas partes, pero dejé fluir todo y así quedó. Espero que les haya gustado. En el próximo tendremos la visión de Cassandra y de Sirius. No está escrito aún, pero les dejo el título: Quiebre.
Gracias por leer! Gracias por todo en realidad, por la paciencia y la compañía. Y el feedback. Son los mejores. Hemos llegado juntos a las 100 mil palabras! Quién iba a pensarlo :') Besos, abrazos y amor para todos!

Y para ustedes que no tienen cuenta y no les puedo responder:

MeisterTezca: ajajaja Gracias a tí! Y, entre nos, siempre me esfuerzo para dejar el capítulo en el momento preciso! Le da el toquecito de gracia, creo c; Besos!

Anna: Gracias por la paciencia, en serio! Y sí, nuestra Cassie es un poco torpe, pero la amamos igual ajajaja Un abrazo! (:

Fran: Espero que hayas encontrado el párrafo con dedicatoria para ti! ajajajaja Malditos movimientos suicidas! Un beso enorme, gracias por estar siempre! c:

Summmer: Oh, yo también los amo a todos! 3 Gracias por leer! Besos! (: