Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).
Sirius entró a su habitación resistiendo las ganas de cerrar la puerta de un manotazo. Necesitaba liberar tensiones y golpear la puerta contra la muralla parecía ser una buena idea. Sin embargo, la buena idea iba a molestar a Cassandra, que aún dormía en su cama, así que la buena idea estaba descartada.
Sirius apretó los párpados y cerró la puerta con suavidad, antes de volver a abrir los ojos y acercarse a la cama.
Cassandra aún dormía, su cara era una máscara de tranquilidad. Sus ojos estaban cerrados, pero sin signos de tensión. Sus labios estaban levemente entreabiertos, dándole a Sirius un vistazo del blanco de sus dientes, que contrastaba con su labio inferior enrojecido e inflamado. Las pecas sobre sus mejillas y nariz resaltaban sobre su pálida piel, pero ya no era un pálido enfermizo, como cuando había llegado el día anterior.
En algún momento, en su ausencia, Cassandra había logrado sacar una mano debajo de las pesadas mantas y ahora la tenía junto a la cara. Se veía tranquila y relajada y Sirius se alegró de no haber sucumbido a su estado de ánimo agresivo un minuto antes. Cassie no tenía la culpa de que su ahijado fuera tan cabeza dura.
Había bajado a la cocina, necesitando más allá de lo impensable una taza de café extra amargo, cuando descubrió a los tres chicos discutiendo en la cocina. El desacuerdo llegó a su fin de golpe, apenas Sirius puso un pie en la cocina, pero no sin que antes escuchara "entrar al Ministerio" y "poción multijugos".
Las palabras en sí no decían mucho del malaventurado plan que el trío de Griffyndors tenía en mente, pero no sonaba para nada prometedor. ¿Entrar al Ministerio? ¿Harry, entre todos los magos más buscados del continente? ¡¿En qué diablos estaban pensando?!
Por supuesto, Sirius había aprovechado el silencio que había caído sobre la cocina para comentarle a los tres lo que él pensaba de su plan suicida.
Siendo justos, más bien les había gritado, a lo que Harry había respondido con más gritos.
Sirius le había gritado que James no habría estado para nada contento con su triste capacidad de crear planes sinsentido, cuyo único resultado sería la muerte de los tres. Que deberían permitir que personas; ¡como él, por ejemplo!; que tenían mucha más experiencia con la guerra, les ayudaran a formar un plan que sí fuera efectivo.
Harry, viéndose fuera de sí, le había gritado que él no era nadie para hablar de buenos planes, pues fue uno de esos planes el responsable de dejar a sus padres en las manos de Pettigrew, resultando en su actual estado de huérfano.
Sirius sintió las palabras como un golpe bajo y abrió la boca para responder, pero nada salió entre sus labios, ninguna palabra se formó en su garganta. En vez de responder, Sirius había dado media vuelta y había subido las escaleras.
Y ahí estaba nuevamente, en su habitación, enfadado y sin café, mirando a Cassandra mientras dormía.
Cuando Cassandra había aparecido frente a él, en los brazos de Remus, y luego, cuando la había tenido por fin a salvo y abrigada en su cama, Sirius había deseado que Cassie se tomara tu tiempo para prepararse y despertar, porque él mismo no se sentía preparado para que ella despertara.
No sabía bien en qué condiciones lo haría, después de todo. Sus heridas ya no se veían infectadas y casi no sangraban. Las manchas violáceas que había en su piel ahora estaban adquiriendo un tono oscuro horrible, pero eso no era lo que más preocupaba a Sirius…no.
Cassandra era, a sus ojos, una de las personas más resistentes y resilientes que jamás hubiese conocido; pero él, mejor que nadie, sabía que había cosas que podían cambiar para siempre a una persona, sin importar lo fuertes que fueran.
Y más le preocupaba no poder ayudarla. Merlín sabía que la lista de personas que requirieron su ayuda y no la obtuvieron era una lista muy larga. Muy, muy larga.
Sirius se sentó en el borde de la cama y retiró de la cara de Cassie un mechón de cabello que se había apartado del resto.
Un largo y pesado suspiro abandonó sus labios, mientras pasaba el pulgar por su labio herido. Cassandra no merecía tanta miseria. Él habría esperado que tener familias de mierda hubiese sido considerado como suficiente castigo, pero no. Sirius era muestra de aquello. Cassie también, por lo visto.
Por lo demás, Sirius se sentía al borde con toda la situación. Con la guerra, con Voldemort, con la muerte de Albus, con Harry y su misión secreta. Con las muertes y la persecución. Con los mortífagos siempre un paso por delante de ellos…pero no podía permitirse el caer a un lado del filoso borde. No podía.
Y Cassandra era un tremendo recordatorio de eso. Harry parecía pensar que todo lo que necesitaba para tener éxito y sobrevivir a la guerra estaba entre él mismo y sus dos amigos y, en el fondo de su alma, Sirius esperaba que así fuera, aunque sus propias esperanzas eran muy pobres.
Pero Cassie era harina de otro costal. Sirius sabía que, aunque la obstinada pelirroja lo negara o ignorara, no tenía gente en la que apoyarse. Primero negaría el necesitar ayuda en ningún caso y luego comprendería de que, aunque la necesitara, no tenía quien la asistiera.
Sirius estaba dispuesto a demostrarle que estaría equivocada. No sólo porque, más allá de la compasión que podría despertar en él la situación de una joven mujer sin familia y herida, sino porque el sólo pensamiento de alejarla de él parecía ser inconcebible. Sirius sabía también que ese detalle merecía una que otra vuelta por su cabeza, porque no era común en él ser sobreprotector, al menos no con personas que no fuera Remus, Nymphadora o Harry.
Pero ahí estaba. Negándose a siquiera pensar en separarse de Cassandra. Quería verla sonreír de nuevo y quería ser él la causa de ello. La pequeñaja se le había metido bajo la piel y ni siquiera lo había notado.
Sí, no había querido que despertara, porque estaba confundido como el infierno, pero ahora quería que abriera sus lindos ojos de espeso chocolate, no sólo para asegurarle que todo estaría bien, sino porque…qué demonios, iba a admitirlo, se sentía solo.
En sus huesos sentía venir el cambio, sentía venir el momento en que todo cambiaría a su alrededor y sentía además que el maldito cambio alejaría de él a las pocas personas que tenía cerca. Harry se iría, siguiendo a su corazón valiente, en búsqueda de la muerte de Voldemort. Remus debía poner sus prioridades nuevamente en orden y un pequeño Lupin estaría arriba en la lista.
No podía ponerse en contacto con nadie, porque corrían el riesgo de ser observados.
Sirius no sabía cuál debía ser su camino cuando el momento llegara y se sentía extrañamente abandonado a su maldita suerte. Y antes que "Sirius contra el mundo", prefería "Sirius y Cassie contra el mundo".
Era egoísta de su parte, el querer arrastrarla a todo su caos, cuando acababa de salir de uno, pero…
Con otro suspiro, Sirius se puso de pie y se sentó en la silla junto al estúpido escritorio. La bendita silla debía tener ya la forma de su trasero marcada en ella, con todo el tiempo que llevaba sentado ahí, simplemente esperando.
Se apoyó en el respaldo, buscando una posición cómoda, antes de bajar un poco la intensidad de la luz de la lamparita junto a la cama con su varita y luego concentrarse en el subir y bajar del pecho de Cassandra.
Debió quedarse dormido en algún momento, porque de pronto no estuvo mirando a Cassandra, sino el piso de madera, junto a su lugar en la silla.
Sirius pestañeó intentando aclarar su vista, evaluando que su posición desparramado-sobre-la-silla había adolorido su cuello al punto de despertarlo.
Llevando una mano a su adormecido cuello, se enderezó en la silla haciendo una mueca cuando sus músculos se quejaron a lo largo de su espalda. Y luego se quedó congelado, a mitad del movimiento de enderezarse, cuando por el rabillo de sus ojos notó movimiento.
No era su cuello torcido lo que le había despertado, entendió Sirius, sino Cassandra; que se sacudía en la cama, con la cara oculta tras sus manos, mientras sollozo tras sollozo abandonaba su cuerpo en un llanto silencioso.
Sirius se quedó quieto mirándola por unos segundos, sintiendo como su corazón se resquebrajaba ante la escena que tenía en frente. El que estuviese llorando en silencio, en lo que suponía era su forma de evitar despertarlo, terminó por quebrar su corazón en una multitud de pequeños trozos que cayeron pesados hasta su estómago.
La sensación de pesadumbre en lo profundo de las tripas fue lo que lo puso en marcha y en dos zancadas, estuvo junto a la cama, estirando las manos hacia ella, sin saber exactamente qué hacer.
Consolar gente no era su fuerte para nada, pero algo en lo profundo de él exigía que así lo hiciera y Sirius quería hacerlo, por lo que, abandonando todo fútil intento de pensar en qué debía hacer…simplemente actuó.
–Cassandra –dijo Sirius, casi en un susurro, a la vez que cubría sus pequeñas manos con las suyas, buscando ver sus ojos.
Cassandra dejó escapar un largo y agudo lamento que hizo que los cabellos en la nuca de Sirius se pararan. Su llanto dejó de ser silencioso entonces y entre jadeos y quejidos continuó ocultándose tras sus manos, haciendo caso omiso de los intentos de Sirius por alejarlas de su cara.
En un rápido y desesperado movimiento, Sirius la tomó por la espalda y piernas y, con mantas y todo, la puso sobre su regazo.
El movimiento pareció sobresaltar a Cassandra y Sirius alcanzó a ver por un segundo sus ojos húmedos y tan llenos de sufrimiento que parecía imposible que pertenecieran a una mujer tan joven; antes de que Cassie escondiera la cara en su cuello y lo rodeara con sus brazos, como si de ello dependiera su vida.
–Cassie…shh…todo está bien, todo está bien.
Sirius la rodeó con un brazo, mientras su otra mano fue a su nuca, masajeando e intentando transmitir con su contacto lo mismo que sus palabras. Que no llorara, que él estaba ahí ahora, que todo iba a salir bien.
Que él se iba a encargar de que así fuera.
Cassandra llevaba un sinfín de horas intentando salir a la superficie. Porque estaba segura de que estaba bajo el agua.
Primero había sentido como sus músculos se relajaban de la forma en que sólo lo hacían bajo el agua tibia, rodeándola por completo y alejando, con su suave presencia, la tensión que, por algún motivo, se había acumulado en su cuerpo.
Luego había sentido voces. Distorsionadas. Por supuesto, no iba a entender mucho si no salía del agua para escuchar las palabras.
Al comienzo no le había importado mucho. Después de todo, ¿qué podrían estar diciendo las voces que fuera tan importante como para esforzarse y salir del agua?
Definitivamente nada digno de los esfuerzos que tenía que hacer para moverse hacia la superficie. Prefería mil veces perderse en los sonidos sin sentido y quedarse tal como estaba, flotando a la deriva hacia algún lugar.
Pero sin importar lo lejos que flotara, sin importar lo mucho que la arrastraran las corrientes bajo el agua, las voces no se alejaban. Eran una presencia constante, por sobre su cabeza.
Entonces comenzó a evaluar que, quizá, las voces querían ser escuchadas y por eso no se iban y la dejaban en paz. Quizá, el mensaje era importante.
Así que comenzó a pelear contra la corriente. Y la corriente no estuvo contenta.
Porque mientras más luchaba por salir a flote, más pesada parecía volverse el agua sobre ella, haciéndole difícil respirar a momentos, así que decidió que era mejor desistir en sus intentos.
Apenas dejó de luchar y decidió que era mejor dejarse llevar, Cassandra se dio cuenta de algo que no había notado antes.
No podía sentir su cuerpo, y si eso no era suficiente para renovar sus esfuerzos, nada iba a serlo.
El alivio hizo aparición en su cabeza, cuando luego de lo que parecieron días y días, volvió a sentir su cuerpo. Ya no estaba bajo el agua. Pero no habían voces esperándola ya.
El silencio la acompañó mientras intentaba entender qué sucedía. Claramente había llegado muy tarde para escuchar lo que tenían las voces para decir, pero…había llegado muy tarde, ¿dónde?
El silencio pareció inundar su cabeza, colocándola en un estado de estupor que la tuvo quieta tal cual como había emergido del agua. Hasta que abrió los ojos.
El mundo a su alrededor estaba borroso y desenfocado, avivando su confusión. ¿Dónde estaba? ¿Y por qué estaba ahí?
Sus ojos aún no funcionaban bien, y Cassandra quiso limpiarlos de aquella niebla. Su mano cayó sin fuerza sobre su pecho, a medio camino de encontrar sus ojos para frotarlos. Y el dolor la atravesó sin piedad, obligándola a cerrar los ojos y a reemplazar el grito que casi abandona su garganta por la necesidad de respirar profundo, para alejar el dolor.
El dolor no se fue y en la mitad de su desconcierto, todo volvió a ella, como un muro de ladrillos cayéndole encima.
Oh, Dios…
Oh, Dios. Oh, Dios…
¿Dónde estaba? ¿Habían logrado los mortífagos finalmente matarla? ¿Era por eso que se sentía así? ¿Había muerto?
En la mitad del caos de su mente, una voz molesta detuvo el tren de histéricos pensamientos y le dijo dos cosas. Primero, estaba en una cama. Y, segundo, estaba sola, pero no lo estaría por siempre.
Su casi derrotado sentido de la supervivencia se reforzó ante el pensamiento, necesitando entender todo a la velocidad de la luz, antes de preparar un nuevo escape, de ser necesario.
Intentó moverse otra vez y nuevamente no pudo, el dolor apareciendo otra vez y llevando lágrimas a sus ojos. Volvió a quedarse absolutamente quita, enfadada pero resignada. Todo tenía que ser siempre tan malditamente difícil...
Ya no podía seguir escapando. Estaba tan cansada.
Ya no quería. No quería. Y retaba a alguien, a quien sea, a atreverse a juzgarla por eso.
Si iba a morir, en esa habitación, donde sea que estuviese, ella iba a aceptarlo.
Ya no le importaba. Merlín sabía que lo había intentado con todas sus fuerzas.
Las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos se desbordaron por los costados de su cara y su visión volvió a ella.
Ya no estaba mirando a una mancha marrón y negro, sino a un techo de madera, iluminado por la suave luz de lo que debía ser una vela.
Lentamente, e intentando no provocar otro ataque de frío dolor, Cassandra giró su cara hacia lo que parecía ser la fuente de la luz y se encontró, en lugar de una vela, con una pequeña lámpara que, para sorpresa de Cassandra, no sólo iluminaba la habitación.
También iluminaba la silueta de un dormido Sirius Black.
Cassandra se quedó mirando, embelesada y sin entender, como el pecho de Sirius subía y bajaba con un ritmo lento y constante. Estaba sentado en una silla de madera, junto a un mueble que parecía ser un escritorio, en una posición que no se veía para nada cómoda. Su cabeza había rodado sobre uno de sus hombros y el cabello le ocultaba parcialmente la cara, pero era definitivamente él.
Las lágrimas volvieron a sus ojos con furiosa velocidad y, sin importar lo doloroso del movimiento, Cassandra alzó sus manos para taparse la cara, en un triste y para nada exitoso intento de detener sus lágrimas y sofocar los lastimeros gritos que amenazaban con escapar sin su permiso.
Por Dios, la vida era tan injusta.
Dos destinos habían sido considerados para ella en un principio, cuando su cautiverio había comenzado. El volver a verlo, o el morir en manos de mortífagos. Y, pese a que prefería mil veces la primera opción, ella habría estado en paz con cualquiera de los dos destinos.
Pero eso…el estar ahí en la misma habitación con él otra vez…ya no era la primera opción. Era injusto. Era el infierno. Era el recordatorio de todo lo que podría haber sido y lo que ya no podía ser.
Tonks la había instado a soñar y ella había estado feliz de hacerlo una vez entendió que su suerte comenzaba a cambiar. Ya no iba a morir encerrada en la Mansión de su madre, sino que, quizá, su futuro estaba en otra parte. Había soñado con abrazos y risas. Con besos y caricias bajo la luz de la luna y entre arbustos floreados. Había soñado con una familia. Había soñado, como una adolescente enamorada, con una vida junto a Sirius Black.
Había soñado con amigos y ataques de risa.
Y ahora volvía a estar cerca de todo eso, cuando ya no era posible.
Ya no era la Cassandra que había parecido digna de ayudar, ante los ojos de todos los Weasley, Tonks, Remus, Kingsley y Sirius. Ya no.
Había estado ciega al pensar que todo volvería a ser como había sido antes de que ella despareciera lejos, el día de la boda. Sus esperanzas la habían traído de vuelta a sus…amigos, pero habían sido esperanzas vacías.
Lo veía ahora.
¿Cómo iban a mirarla ahora, sino era con lástima? ¿Cómo iba a querer Sirius tocarla, si la yema de sus dedos sólo iba a enmarcar sucias cicatrices? ¿Cómo iba ella a esperar que Sirius la mirara, si ella misma se estremecía sólo pensando en las uñas sucias y asquerosas que la marcaron en uno de los pocos sitios en ella que estaban libres de cualquier estigma? ¿Cómo iba a…?
–Cassandra…
La voz de Sirius, ahora a su lado, y el contacto de sus manos sobre las suyas se abrió paso en ella como fuego en el hielo, arrancándole un grito cargado con toda la desesperación que sentía. Sirius intentaba quitar sus manos y alejarlas de su cara y Cassandra luchó contra su agarre. Por Dios, que no la mirara. No así como estaba, no estando tan sucia, no cuando no se sentía lista para ofrecer nada.
Sintiendo más vergüenza de la que había sentido en su vida, Cassandra se escuchó a sí misma llorar como una niña, sus ahogados sollozos haciendo eco de lo que sentía dentro de ella. Se sentía ahogada. Se sentía triste. Se sentía lánguida, como lágrimas cayendo sin rumbo.
Antes de que Cassandra comprendiera que estaba pasando, se encontró moviéndose a una velocidad inesperada, desorientándola y obligándole a mover las manos lejos de su cara para buscar algo de lo que tomarse.
Ese algo que alcanzaron sus manos, fueron los firmes hombros de Sirius, que ahora la tenía sobre su regazo y la miraba con ojos oscurecidos. Ojos tristes y cansados. Cassandra pudo sostenerle la mirada sólo por unos segundos, antes de buscar refugio en el ángulo de su cuello y se abrazó a él con toda su fuerza, siendo incapaz de detener el flujo sin fin de lágrimas.
–Cassie…shh…todo está bien, todo está bien.
Cassandra lo abrazó con más fuerza, intentando agradecerle sin palabras el intento por mentir por ella. No estaba bien, nada lo estaba.
Ella ya no tenía derecho a sostenerlo entre sus brazos, como había soñado hacer durante los días que estuvo atrapada. Ya no tenía derecho, porque no tenía nada que ofrecer a cambio.
Había sido un sueño bonito, pero ahora era simplemente eso. Un sueño.
Y, Merlín, cómo quería dormir por siempre y seguir soñando que ella aún era digna de ser abrazada. Que aún valía la pena que alguien la amara. Soñar que, efectivamente, todo estaría bien.
Cassandra dejó que todos sus pensamientos la abandonaran, expresando todo de la única forma que tenía a mano. Sus lágrimas y sus brazos apretados alrededor del cuello de quien pudo ser su Sirius, si el mundo hubiese sido un poco más justo con ella.
Por lo menos podía tenerlo junto a ella una última vez, antes de retirarse para buscar el destino que había preparado para ella, fuera cual fuera. Podía abrazarlo y posar sus labios contra su cuello, áspero por la creciente barba.
Podía hacerlo por una última vez e iba a abrazar ese pequeño milagro antes de separar sus caminos. Y, con ese pensamiento en mente, Cassandra se dejó llevar, permitiéndose a sí misma, una última vez, la sensación de seguridad y tranquilidad que sentía al estar encerrada en sus brazos, como encerrada en una burbuja.
Una hermosa y brillante burbuja de cristal, flotando en la mitad del caos; que, más allá de sus deseos desesperados, estaba destinada a quebrarse.
Este capítulo...bueno, fue difícil de escribir. Lo terminé recién y tengo el corazón pesado. Espero que les haya gustado. Y espero subirles lo que viene antes de que termine la semana. Si pueden cuéntenme qué les parece hasta el momento. Gracias por la paciencia y los review! Que tengan linda navidad! Besos! (:
