Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío.


19 de agosto de 1997

Sirius estaba considerando seriamente abandonar su forma humana para siempre, limitarse a las cuatro patas, correr lejos hasta algún pequeño pueblo donde lo más interesante que pasara en el año fuera una gallina rompiendo el record local de postura de huevos y dedicarse a vivir como Canuto y a ser feliz.

Porque ser Canuto era completa y absolutamente mucho más fácil que vivir su vida de humano. De eso Sirius no tenía ni la menor de las dudas, no después del desastre de día que acaba de atravesar.

No, que aún estaba atravesando. El reloj aún no daba las doce. El maldito día aún no acababa.

Aunque decir "día" quizá no era justo, no todo el día había sido tan terrible. Su día había iniciado mal, comenzado a ir bien, ido muy bien, amenazado con irse al carajo, vuelto a ir bien, para luego irse, efectivamente, al carajo.

Y no un poco, sino al carajo en grande.

Cuando se había levantado esa mañana, no en su cama que estaba siendo ocupada por Cassandra, sino de la alfombra en el cuarto de Buckbeak que le gustaba usar cuando estaba en forma de Canuto, Sirius no tenía la menor idea de que se volvería una jornada tan intensa.

Si hubiese tenido alguna señal divina de que así sería, se habría preparado mejor psicológicamente.

Pero no.

Primero, había bajado a desayunar, tardíamente, para encontrarse a Kreacher preparando el almuerzo.

Muy bien, había bajado bastante tardíamente.

Había comenzado sentándose en la mesa, esperando ansioso las papas asadas de Kreacher, mientras ignoraba a Harry en un desesperado intento de no terminar, por centésima cuarta vez, discutiendo a gritos con él. Pero no había alcanzado a hacer nada de eso.

No había discutido con nadie, pero tampoco había logrado comer en la mesa en silencio, como había sido el plan inicial.

No.

Había terminado, una hora después, robando pequeños bocados del plato de Cassandra, mientras hablaban de todo un poco, de eso y de aquello, sentados en su cama.

"De eso y de aquello", después de haber discutido sobre los puntos importantes de la relación que tenían (y seguirían teniendo) ambos:

Punto uno: ella no era una molestia para él y si a ella se le ocurría moverse lejos de él…pues podrían decir que él no iba a estar nada contento.

Punto dos: él la encontraba hermosa e irresistible en todos los aspectos. O al menos en todos los aspectos importantes.

Punto tres: sus cicatrices sólo significaban que Sirius tendría que ponerse a trabajar pronto si quería cobrar venganza contra cada uno de los infelices que se habían atrevido a tocarla.

Punto cuatro: el trasero de Cass no era enorme, sino exquisitamente generoso, en su más humilde opinión.

Punto cinco: que Cassandra ni siquiera pensara en huir lejos de él, porque Sirius la perseguiría hasta los confines del mundo y la arrastraría de vuelta. Sí, ese era él, todo un romántico. Y el punto cinco se parecía al uno, pero hizo falta que Sirius recalcara un poquito más la idea.

Y punto seis: debían establecer habitaciones separadas, incluso si Sirius disfrutaba tanto teniéndola en su propia cama.

Debían hacerlo precisamente porque Sirius disfrutaba mucho teniéndola en su propia cama. Al parecer tenía problemas para controlar sus más bajos impulsos y Sirius, en un caballeroso acto, uno de los más caballerosos jamás conocidos por el hombre, insistió en que Cassandra tuviese su propio espacio y, más importante aún, su propia cama.

Cassandra era joven, ingenua y estaba aún recuperándose y lo último que necesitaba era un hombre viejo (él, por supuesto) saltándole encima.

Merlín sabía que había pocas cosas en el mundo que Sirius quisiera más que saltarle encima. De hecho…eso era precisamente lo que había sucedido.

No bien habían terminado de limpiar el plato de papas asadas, cuando prácticamente la había asaltado. Ella lo había incitado, sí…pero Sirius deseaba haber tenido un poco más de autocontrol.

Bastante más autocontrol.

Cassandra no se había quejado y si, de hecho, hubiese soltado algún quejido, no había sido de molestia o dolor.

No, señor.

Sirius estaba seguro de ello y se llevaría a la tumba el recuerdo de aquellos pequeños ruiditos, dulces y llenos de fuego, que habían llegado hasta sus oídos en forma de susurros ahogados.

Sólo porque Merlín era grande y todopoderoso las cosas no habían terminado con él desnudándola como si estuviese en juego alguna clase de record mundial de ¿quién desviste a la mujer de sus sueños más rápidamente?, y con ella perdiendo la virginidad antes de que se enterara de qué estaba sucediendo.

Bueno, suponía que Cassandra era virgen…no habían debatido ese punto en particular, pero Sirius suponía que así era. Y aquel detalle lograba que se echara a sudar como pocas veces lo había hecho en su vida.

Era un recordatorio más de lo joven que ella era. Lo inocente y pura. Lo confiada que era.

Todo lo que él no era.

No podía evitar sentirse atraído hacia ella. No podía evitar desear besarla hasta que la pobre perdiera el sentido. No podía evitar quererla para él, sólo para él, tenerla a su lado, no dejarla ir. Protegerla como si realmente tuviese derecho a hacerlo.

Pero maldición si tampoco podía evitar sentirse como un viejo pervertido.

Y lo peor de todo era que, pese a sentirse de esa manera, Sirius no pretendía echarse atrás. No quería, ni lo haría. Aunque se pasara años luchando contra sus instintos básicos y tuviese que amarrarse las manos a la espalda.

Le había prometido ayudarla y protegerla y era eso lo que iba a hacer. Si resultaba que eso era todo lo que hacía con ella, él sería un hombre feliz de todas formas.

Y eso sonaba como lo más correcto en sus oídos, incluso si establecer límites entre ellos se sentía totalmente incorrecto.

Soltando un suspiro, Sirius dejó caer la cabeza sobre la mesa del comedor, su frente encontrándose con la superficie de madera con un "tuck" que resonó por la habitación vacía.

Llevaba al menos un par de horas sentado en el mismo lugar, con la única compañía de la chimenea encendida, una botella de whisky de fuego y un vaso vacío.

O que al menos en ese momento estaba vacío.

El silencio y la tenue iluminación eran tan tranquilizadores como agobiantes.

Sirius volvió a enderezarse en la silla, quitando de un manotazo el cabello que cayó sobre sus ojos, su ánimo volviéndose tormentoso con rapidez al pensar en cómo se había desarrollado su día a partir de ese momento que había compartido con Cassandra, los dos en su cama, riendo y hablando, inmunes a todos los males del mundo que los rodeaba.

Cassandra había dormido por cerca de tres horas después de comer y Sirius separó su tiempo entre verla arrugar la frente en lo que él pensaba eran sueños poco agradables, escuchar su suave respiración e imaginar qué le diría ella cuando él le comentara que roncaba como un oso con sobrepeso, aunque fuera mentira.

Por supuesto, Cassandra había soltado un gritito indignado y lo había golpeado en el brazo, alegando injuria y calumnia en su contra, y Sirius la había callado con un rápido beso que, pese a no ser más que un toque de labios de no más de un segundo y medio, hizo que Sirius se sintiera más tranquilo de lo que se había sentido en mucho tiempo.

Cassie se había sonrojado, pero también había sonreído y eso sonaba como una sola palabra en la mente de Sirius: aceptación.

Ni idea de qué iba a resultar de todo, ni de cuáles iban a ser los siguientes pasos, pero estaban bien. Ella estaba bien con la situación. Iban a tomarlo con calma, porque las cosas estaban…bien.

Habían bajado juntos hacia la cocina y se habían detenido en varias oportunidades en el camino, Sirius aprovechando el momento para hacer un pequeño tour por la propiedad.

Cassandra ya había estado en una o dos ocasiones en Grimmauld Place, cuando era pequeña y su madre la había arrastrado hasta alguna asquerosa reunión de "familias puras", pero las cosas habían cambiado mucho desde aquellas visitas.

Cuando llegaron al segundo piso, Sirius hizo una parada en la habitación que Walburga Black solía utilizar para las visitas "importantes", pensando que sería un buen lugar para que Cassandra estableciera el "espacio" del que habían discutido con anterioridad.

Entendiendo "espacio", por supuesto, como un lugar que Cassandra pudiese cerrar con llave desde adentro en caso de que Sirius perdiera el control y quisiera, por ejemplo, desnudarla con los dientes.

Nunca se podía estar lo suficientemente seguro, no. Sobre todo después de que ella casi lo mata por verla desnuda.

Por Merlín y todos sus amigos mágicos de antaño...Sirius podía morir en cualquier momento ahora, no le importaba. Cuando sucediera, moriría feliz, porque iba a invocar en su mente la imagen de Cass, mirándolo a los ojos (ojos de perro, pero qué importaba), desnuda excepto por unas sugerentes braguitas de un color que su cerebro no alcanzó a registrar...sus pechos, hermosos y redondeados, expuestos a su mirada y que parecían ser justo, justo del tamaño de sus propias manos, como si estuviesen hechos para que él...

Ay, Dios...

Sí...era una excelente idea que tuviese su propia habitación. Con llave.

Por suerte, la habitación estaba en condiciones perfectamente habitables para humanos. La suave capa de polvo sobre los muebles era solucionable con un par de movimientos de varita y el olor a encierro no duraría más de un par de horas una vez abrieran las ventanas.

Y, para el gusto y disgusto de Sirius, Cassandra se había mostrado de lo más feliz con la habitación, comentando lo agradable que era la combinación de colores de los muros y los muebles y lo contenta que estaba con la forma en que la luz entraba a través de la amplia ventana que daba hacia el pequeño patio trasero, iluminando por completo la habitación.

Sirius se había debatido entre estar satisfecho ante la visión de Cassandra feliz por algo, o sentirse ofendido porque Cassandra se veía tan feliz de abandonar pronto su habitación y su cama.

Después de establecer que volverían a limpiar el lugar para dejarlo libre de polvo y posibles boggarts, bajaron al comedor, Sirius sintiéndose extrañamente tranquilo y sonriente.

La sonrisa había flaqueado un poco, durante los cinco minutos posteriores a eso, porque Cassandra había insistido en conocer el cuadro de su queridísima madre; la que, por supuesto, había terminado gritando a los cuatro vientos (y todos los otros posibles vientos existentes que quisieran escucharla) que ni para buscarse esposa servía y que, como era de esperar con un traidor de sangre como Sirius, había buscado compañía con una mujerzuela traidora.

Sirius había gritado indignado cuando el discurso de su madre había llegado a ese punto, pero Cassandra se había doblado de la risa, comentando que el cuadro había logrado conservar todo el encanto de su madre. Sirius no pudo hacer menos que reír con ella.


Cassandra aún se reía cuando llegaron a la puerta de la cocina, Sirius gruñendo en voz baja que se encargaría personalmente de crear un cuadro de Elessa Lestrange cuando la vieja murciélago estirara la pata, a ver si a Cass le gustaba tener a una bruja regordeta malas pulgas por siempre en el vestíbulo de su casa.

–¿…y no crees que los del Ministerio van a notar que algo anda mal? No somos exactamente maestros de la infiltración, precisamente, ¿sabes?

La voz de Ron llegó hasta ellos, sus palabras logrando matar de inmediato las risas de Cassandra y el buen ánimo de Sirius.

–Un poco más de optimismo sería fantástico, Ron –escucharon que decía Harry con voz hastiada.

–Eh, disculpa si dudo un poco de nuestra capacidad de salir vivos de esto, ¡pero es el maldito Ministerio!

–Oh, vamos Ron, si planificamos todo cuidadosamente no debería haber…

–Oh, no lo sé, Hermione –interrumpió Sirius, entrando a la cocina sin poder contenerse. No podría creer lo que estaba escuchando –Infiltrarse en el Ministerio suena un poco como una misión suicida, si me preguntas.

Sirius vio como los tres adolescentes saltaban sobre sus respectivas sillas y se giraban a mirarlo sobresaltados. Claro, no habían notado que él escuchaba tras la puerta sus planes más secretos, pero creían que podrían engañar y ser más silenciosos y rápidos que un centenar de magos ministeriales…¿en qué carajo estaban pensando? ¡Estaban locos!

–Sirius… –Hermione se puso de pie lentamente, viéndose pálida y asustada.

–¿Están locos? –Sirius no sabía si era lo mejor que podía decirle a un trío de jóvenes dispuestos a llegar a las medidas más desesperadas en su intento de salvar al mundo porque un viejo, sabio, pero al parecer loco mago les había dejado una misión imposible…pero el control de Sirius estaba escapando rápidamente hacia un oscuro, oscuro lugar donde él no podía tocarlo ni recuperarlo.

–No es asunto tuyo, Sirius.

Ese era Harry.

¿Quién necesitaba control, de todos modos?

–¡Claro que es mi puto asunto, maldición –escupió Sirius, sintiéndose enrojecer de enojo –, es mi asunto si debo proteger a mi familia, mi única familia, que intenta iniciar una cruzada tan imposible como ridícula!

Harry se puso de pie de un salto, logrando que la silla en la que había estado sentado saliera disparada hacia atrás con un estrépito.

–¿Proteger a tu familia, Sirius? ¡Cómo si eso hubiese resultado muy bien en el pasado!

Las palabras de Harry lo golpearon con fuerza, pero Sirius había llegado a su límite y Harry se iba a enterar, no iba a retroceder ahora. ¿Creía que conocía a la familia Black? ¿A Regulus?

–No metas a mi hermano en esto, Harry –respondió Sirius, su voz sonando tensa y fría en sus propios oídos –Regulus fue un idiota que se dejó llevar por muy malas amistades, estuvo fuera de mi alcance en el momento en que mis padres decidieron aplaudir sus estúpidas decisiones así que…

–Oh, Sirius…–la voz de Harry era dura y llena de burla, tan distinto a su tono habitual que era doloroso de escuchar. ¿Qué había sucedido con Harry Potter, su ahijado de corazón amable y noble? –Regulus fue mucho más persona y mucho más valiente que cualquier otro integrante de su familia.

–¿De qué carajo estás hablando ahora?

–Pero claro que no ibas a saberlo, ¡cómo podrías, si nunca vez más allá de lo que crees que es importante y que raramente lo es!

Ron y Hermione estaban uno al lado del otro, con caras preocupadas y pálidas, silenciosos como la muerte. Sirius sintió más que vio como Cassandra daba un paso más cerca de él y Sirius dio un paso adelante, enojado ahora también de tener que estar discutiendo en presencia de tanta gente. Si iba a resolver las cosas con Harry, prefería mil veces hacerlo sin un público, maldición.

–¿Cómo voy a saber cualquier cosa, si no me dices nada? ¡Si mantienes todo en secreto, si te niegas a responder absolutamente todo! ¡Me empujas lejos y luego resulta que es culpa mía!

–¡Es lo que debo hacer!

–¡Deja de ser tan…tan egoísta! Tienes a todo el mundo preocupado, arrastras a esto a Ron y Hermione y te importa una mierda!

La situación estaba escalando en temperatura y Sirius lo sabía. Le importaba poco, pero lo sabía. Con ambos gritando, era difícil no notarlo. Y Cassandra debió verlo también, porque intento tomarlo de un brazo mientras lo llamaba con suavidad por su nombre, algo que Sirius ignoró a propósito, deshaciéndose de su agarre algo bruscamente y acercándose a Harry, a la vez que éste abría la boca viéndose encolerizado.

–¡¿Yo egoísta?! ¿Crees que me gusta estar en esta situación, Sirius? Para ti todo es muy fácil, todo lo que tienes que hacer es precisamente lo contrario. ¡Mientras yo expongo el cuello, tú escondes el tuyo en la casa de tus padres! ¡Y ahora sí que estarás contento, tienes una mujer bajo el mismo techo! Estoy seguro de que disfrutarás mucho más su compañía de lo que disfrutas la de Kreach...

Sirius vio rojo. Le había ocurrido en pocas oportunidades, pero le ocurrió en ese momento. Antes de que su cerebro siquiera lo procesara, estaba encima de Harry tomándolo de la parte delantera de la camisa, con la varita firme en la otra mano, dispuesto usarla.

Y entonces, tan rápido como se había movido él hacia Harry, Cassandra se había puesto entre ambos, siendo flanqueada por Ron y Hermione, y empujándolo lejos de su ahijado con un firme golpe en el pecho que logró desestabilizarlo por un segundo.

–Sirius, no –le dijo Cassandra con voz firme, mirándolo directamente a los ojos –, Harry es tu familia, deben estar unidos, no peleando.

–¿Y quién eres tú para hablar? ¿Qué vas a saber tú de familias?

Sólo la mirada herida de Cassandra y el silencio que llenó la cocina por completo hicieron que Sirius registrara las palabras que habían salido de su boca.

Así, tan rápidamente como había llegado, el rojo en su visión desapareció y antes de que pudiese hacer algo, lo que sea, Cassandra se retiró de la cocina con paso firme y ojos fijos en el piso.

No debió pasar mucho más tiempo para que Harry, Ron y Hermione hicieran lo mismo.


Un chasquido proveniente del fuego de la chimenea hizo que Sirius volviera a la realidad, con el peso del eco de sus palabras llenas de resentimiento presionándole el pecho.

Sirius simplemente no podía creer lo que había salido de su boca horas atrás, no podía creer los gritos que habían llenado la misma habitación que ahora sólo le ofrecía silencio.

La diferencia entre ambos ambientes, con un par de horas de separación, era dolorosa.

Sirius sabía que debía repartir disculpas a todos, pero se sentía demasiado avergonzado como para hacerlo en ese preciso momento.

Harry…a Harry siempre lo había considerado una responsabilidad. Era todo lo que tenían, uno del otro. O al menos así lo había pensado siempre.

Le debía los cuidados, la protección. El asegurarse de que todo estaría bien.

Siempre quiso darle lo que debió tener fácilmente con James y Lily y que se le fue negado. Un ambiente en el que crecer feliz. Comprensión, protección.

Consejos sobre chicas. El dinero para comprar una moto. Una casa a la que invitar a su novia a conocer a su familia.

Nada de lo que podía darle siendo un perseguido de la justicia, de todas formas. Quizá por eso se esforzaba tanto en protegerlo y ayudarlo cuando sí podía. Y si de luchar o hacer planes en contra de magos oscuros se trataba, él sí podía ayudar.

Quizá no estaba en su mejor momento, sus años dorados como miembro de la Orden del Fénix habían sido hace muchos años, pero tenía la experiencia de una guerra en el cuerpo. Sin intención de presumir, era inteligente…su mente rápida había sido la encargada de muchas de las estrategias que utilizó la Orden para combatir más de quince años atrás.

¿Por qué no podía ayudar justo en lo único que se le estaba permitido y que podía hacer sin terminar de vuelta en Azkaban?

Recordando la pelea con Harry, Sirius no pudo evitar pensar en el hecho de que nunca, en todos sus años de amistad, nunca había sucedido nada así con James. Habían tenido desacuerdos, sí…se habían gritado el uno al otro un par de veces, eso era cierto.

Pero la discusión con Harry había sido a un nivel mucho más personal. Habían buscado herirse mutuamente con palabras nacidas de un enojo del que, ahora que lo pensaba bien, ninguno era muy responsable.

Harry…no era James. Y tampoco era un niño, ya no.

Sirius quería ayudar. No a cualquiera, sino a su ahijado. A su familia. Y se iba a morir antes de decidir que el bienestar de Harry no estaba en el número uno de sus prioridades. Sin importar en qué lío estuviese metido, él iba siempre a buscar alguna forma de ayudarlo. Y Harry estaba muy equivocado si lo culpaba por querer ofrecer su ayuda o por preocuparse hasta el casi desmayo cuando escuchaba alguna información sobre lo que, en la mente de Sirius, aún sonaba como un plan suicida.

Por otra parte, Sirius debía aceptar que él tampoco podía culpar a Harry por intentar manejar toda la situación de la forma en que lo estaba haciendo.

Había vivido años solo, valiéndose por sí mismo y defendiendo sus propios intereses. Si algo habían hecho bien los Dursley era formar a Harry como una persona independiente y capaz de tomar decisiones incluso en la más difícil de las situaciones. Y "difícil" era una palabra que apenas alcanzaba a cubrir la situación actual.

Fuera cual fuera la misión que Albus había dejado encargada a Harry, tenía que ver con la forma de derrotar a Voldemort, lo que transformaba la vida de Harry en una enorme, enorme misión.

El futuro de todo el maldito mundo mágico estaba en estos momentos sobre los hombros de Harry Potter. Si fuera Sirius el encargado de llevar adelante la cruzada "salvemos el mundo", bueno…se habría quedado calvo ya hace mucho tiempo.

Así que sí…no le gustaba, pero sí lo comprendía. Y había hecho de todo menos demostrarle a Harry precisamente eso. Que lo entendía.

Y Harry era sólo una de las personas que en esos momentos encabezaban la lista de "Gente que merece una disculpa por mi idiota actuar".

Le había prometido a Harry estar siempre de su parte…y lo había acusado de ser un egoísta suicida.

Le había prometido a Cassandra que estaría ahí para ella y…

Por Dios, no sabía por dónde comenzar a disculparse con ella.

Quizá estaba haciendo más promesas de las que debería hacer. Quizá debía rendirse y dejar de intentar ser parte de la vida de otras personas. Él no era el mismo Sirius de tantos años atrás. Lily le había dicho una vez que él entraba a la vida de la gente que conocía como camión en una florería.

Arrasaba con todo a su paso, pero el millar de pétalos de colores volando en todas direcciones terminaba por considerarse una cosa buena.

Un desastre bonito.

El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de golpe de sus pensamientos. Los ojos de Sirius encontraron los de Harry por unos segundos. Aquellos ojos verdes decían algo muy distinto a lo que le habían dicho los de Lily.

Ya no había nada de bonito en los desastres que armaba.

Harry no dijo nada, pero entró a la cocina cerrando con suavidad la puerta tras él y en silencio se acercó a la mesa para sentarse frente a Sirius.

–Lo siento, Harry –soltó Sirius de golpe. No pudo evitar notar que su voz sonaba tan apagada como él se sentía.

–Yo también lo siento, Sirius.

Incluso si las palabras eran pocas, Sirius sintió como el silencio en torno a ellos se volvía mucho menos tenso y más cómodo.

Sintiéndose más seguro y tranquilo, Sirius decidió que era el momento de comenzar la ronda de explicaciones y disculpas. Primero Harry, luego subiría a rogar perdón a cierta pelirroja que, al parecer, llevaba encerrada toda la tarde en la habitación que habían revisado temprano, antes de bajar a la cocina.

–Harry…lamento haberte gritado, estaba enfadado y últimamente he notado que mi control flaquea más de lo que debería y…

–Sirius…

–No, por favor…deja que termine, ¿sí? Necesito que me escuches. –Harry lo miró a los ojos con ese verde único y especial que siempre había sido capaz de ver hasta el más oscuro de los rincones de su mente –Entiendo que…sé que sea lo que sea que te dejó Albus antes de morir, es algo que necesitas hacer solo. No sé por qué, y me gustaría que así no fuera, pero…lo respeto. O al menos lo intentaré con más ganas de ahora en adelante. Albus y tú enfrentaron más crisis en lo que respecta a Voldemort de las que yo nunca podría soñar en enfrentar, ni quisiera enfrentar…y hasta el momento ha salido todo bien…dentro de lo posible. Estas vivo y eso para mí ya es suficiente prueba. Pero necesito, necesito que entiendas que me estoy volviendo loco, Harry. El no tener ni la más mínima idea sobre lo que sea que estás pensando hacer hace que mi mente se vuelva loca trabajando en posibles alternativas y, créeme, cada alternativa es peor que la anterior y…maldición, Harry, quiero ayudarte. Quiero a Voldemort muerto, pero te quiero más a ti estando vivo.

Al final de sus palabras, el tono de Sirius era desesperado, pero qué demonios, así se sentía. Desesperado por dar a entender su punto. Por defender su caso.

Harry se quedó en silencio, al parecer asimilando todo lo que Sirius había dicho a toda velocidad. Esperaba no haberlo mareado con su acalorado discurso, porque no se creía capaz de volver a repetir cada palabra.

Un minuto después, Harry se estiró sobre la mesa para tomar el vaso vacío de Sirius, antes de servirse a sí mismo unos dedos de Whisky de Fuego.

Suspirando y mirando con atención el líquido dorado en el vaso, Harry tomó un pequeño sorbo antes de mirarlo nuevamente a los ojos.

–Lo lamento, Sirius. Sé lo que es sentir que te están dejando afuera de algo que te incumbe…no es nada lindo. No es que no confíe en ti, Sirius. En serio. Confío en ti más que en muchas personas. Eres mi padrino y mi familia. Siento que si mi papá me ve de alguna forma, desde donde sea que esté, lo hace a través de ti, ¿sabes? –carajo, Sirius iba a llorar. Ahí, sentado en la oscuridad de la cocina de sus padres. Como una niña –Tú haces que los sienta cerca, a mamá y papá. Tú haces que se sientan reales. Y siempre has estado ahí para sacarme de problemas…y han sido muchos problemas –era cierto, Harry parecía tener una facilidad especial para encontrarse metido en las situaciones más complejas e increíbles –¿Recuerdas esa noche en el Departamento de Misterios?

Ah…¿cómo podría Sirius olvidar ese día? El susto había hecho que envejeciera veinte años de golpe. Había despertado sobre el frío suelo de piedra junto al arco del velo, en la Cámara de la muerte. Un arco que era la entrada al mundo de los muertos.

Había despertado, de hecho, porque le había parecido escuchar la voz de James susurrándole al oído, como lo había hecho muchas veces cuando lo despertaba en las mañanas después de una noche de alcohol y trasnoche en sus tiempos de juventud. Había abierto los ojos, recordando vagamente haber sido knockeado de un golpe, para enterarse de que Harry creía que estaba muerto y que había corrido tras Bellatrix y directo a los brazos de Voldemort. Sirius casi se había vuelto a desmayar ahí mismo.

–Pensé que habías muerto –continuó Harry, hablando en voz baja –. Sentí que te había fallado. Que todo era mi culpa. No quiero que te sientas así Sirius…mi destino está en mis manos y sólo en las mías y si lo peor sucede…estará en mi acciones y mis manos, nunca en las tuyas.

–Pero…

–No, Sirius, escúchame tú ahora…aunque no lo creas, no estoy intentando matarme –Harry sonrió al decir eso, pero era una sonrisa desganada –, simplemente intento hacer lo que debo. El Profesor Dumbledore me dejó una misión, es cierto. No puedo contarte todo, pero creo que sí te debo parte de la información que te incluye. A ti y a tu hermano. –Sirius retuvo el aire que tenía en los pulmones. No sabía qué era lo que tenía que decir Harry, pero por fin iba a escuchar algo más que "tenemos una misión, no es tu asunto". –Lamento haber sacado a colación a Regulus de esa forma…últimamente me es difícil controlar mi temperamento. Estoy unido a Voldemort de más formas de las que piensas y él está muy enojado últimamente. Es contagioso –Okay, ese era un pedazo de información preocupante. Sirius lo dejó pasar por el momento, deseando escuchar más, pero también temiendo hacerlo –. Estoy buscando…cosas. Cosas que debo destruir, para así poder matar a Voldemort. Regulus tuvo la misma idea hace muchos años y murió intentando lo mismo. Pero Regulus estuvo sólo en ese tiempo, yo no lo estoy. No pretendo que compartamos el mismo destino.

Sirius no podía respirar. Tuvo que sacar todo el aire que tenía en los pulmones antes de intentar formar alguna palabra. ¿Regulus intentando eliminar a Voldemort?

–Regulus…

–Sirius, Regulus tomó decisiones malas…un montón de ellas –amén…–, pero murió intentando revertir el daño. Robó con ayuda de Kreacher un…una de aquellas cosas que debo destruir, pero murió antes de lograr destruirlo. Kreacher me lo confesó hace algunos días.

Whoah…era mucha información para procesar. Con Regulus…nunca perdió la esperanza de que el pequeño idiota de su hermanito volviera a la luz. Saber que lo había hecho, incluso si hacerlo lo había llevado a la muerte, le llenaba el pecho de una calidez que sólo podía identificar como orgullo.

¿Pero con Kreacher? ¿Qué carajo?

La voz de Harry lo trajo de vuelta al mundo.

–Yo…Sirius, yo sé que puedo contar contigo para lo que sea. Eso me da seguridad para empezar esta maldita misión, teniendo un plan B de respaldo. No creo que estés escondiéndote, fue una idiotez decir eso. No lo pienso, ni lo creo –la boca de Harry se arrugó en una mueca –Y lamento haber metido a Cassandra en la discusión, eso fue un golpe bajo.

–Ah, sí…sospecho que tendré que ponerme de rodillas en grande. Será como volver a mis viejos tiempos de Hogwarts…

Harry rio divertido, y Sirius sintió que un peso enorme era quitado de sus hombros. Estaban bien…o eso pensaba.

–¿Estamos…estamos bien entonces, Harry? –pregunto Sirius necesitando estar seguro.

–Sí, Sirius, estamos bien –Harry hizo desaparecer de un solo trago el contenido del vaso, antes de dejarlo sobre la mesa, lejos de ambos –. Me iré a dormir. Tú…deberías ponerte en marcha e ir a por Cassie… –Sirius lo miró extrañado, el doble significado de sus palabras llegando hasta él con claridad –No me mires así. Deja de darle tanta vuelta y usa el encanto del famoso Sirius Black del que todas las chicas en Hogwarts hablaron alguna vez. Y las madres de las chicas también, probablemente –Sirius echó la cabeza atrás y se rió con ganas –.Y si eso no resulta…ojos de perro, Canuto. Usa los ojos de perro.

Harry daba excelentes consejos.


¡Hola, hola! Los he extrañado, intenten no odiarme )': Acá hay un nuevo capítulo, después de un mes de ausencia...estoy inspirada, esperen otro pronto ;D Como siempre pido disculpas por la eterna espera, pero entre el trabajo y el intentar avanzar con otros capítulos...se puso difícil la cosa. Además, he estado pensando/trabajando en otra historia...esta vez original, no un fic. Tengo una idea y quiero saber qué sale ajajaja.

Gracias a todos por leer, por darse el tiempo de dejar un comentario y por seguir acompañándome en la cruzada "démosle a Sirius el final que se merece". Besos y abrazos!