Disclaimer: si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).


1 de septiembre de 1997, Grimmauld Place.

La sensación de aire frío corriendo por su espalda trajo a Cassandra de vuelta al mundo de la gente despierta.

No recordaba bien qué había estado soñando, pero fuera lo que fuera, dejó de importar una vez que abrió los ojos.

Frente a la ventana, iluminado por la fría luz de la mañana, estaba de pie Sirius, con cara de estar pensando algo realmente desagradable.

La visión era tanto preocupante como iluminadora. Iluminadora, porque explicaba claramente por qué Cassandra se estaba congelando en la cama de su, oh por Dios, amante.

No es que haya sucedido mucho más de las maravillas que Sirius había hecho con ella sentada en ese escritorio (Santo Escritorio, pronto a ser canonizado oficialmente), pero que alguien se atreviera a siquiera pensar en contradecirla cuando hablara de "amante". Merlín sabía que así era. Y así se sentía.

Y era una visión preocupante porque no era esa la cara que Cassandra esperaba ver después de la noche que habían pasado juntos, revolviendo la ropa de cama.

Luego de que Sirius arrastrara el cuerpo deshuesado de Cassandra hasta la cama, habían pasado gran parte de la noche compartiendo besos, calor y horas de calma debajo de las mantas.

La camiseta azul (Santa Camiseta, la siguiente en la lista de canonización, después del escritorio) había desaparecido en algún momento de la noche; al parecer junto con la camisa de Sirius, que ahora se encontraba en toda su esplendorosa semi-desnudez junto a la ventana.

–Están vigilando la propiedad –le explicó Sirius sobresaltándola antes de que ella pudiese abrir la boca para algo más que para babear. Al parecer había percibido además que Cassandra lo miraba con cara de pregunta –Es como si esperaran que algo sucediera...

Cassandra se sentó en la cama, quitándose el cabello de la cara, mientras que con la otra mano sujetaba la sábana contra su pecho, ocultando su sujetador de la vista.

–Es por la fecha –dijo Cassandra, aclarándose la garganta e intentando reenviar al resto de su cuerpo la sangre que se apresuró en acumularse en sus mejillas al recordar otra vez el motivo por el que estaba casi desnuda–. Hoy es primero de septiembre, quizá esperan que Harry vaya a King's Cross o algo así.

–Pues si es así, son los idiotas más grandes que pisan la Tierra.

–Bueno, son idiotas optimistas, después de todo, ahora para los estudiantes es obligación ir ¿no?

Un "uhm" fue todo lo que obtuvo de vuelta y Cassandra se encontró en el siguiente minuto revolviéndose nerviosa, sentada sobre la cama. No era así como había pensado comenzar la mañana. Su mañana ideal habría comenzado como mínimo con un beso. No con silencios y frío en la espalda.

¿Debía irse? Quizá no era mala idea, necesitaba una ducha de todas formas. Ya volvería luego a exigir sus derechos de ciudadana, como el derecho de recibir su beso matutino.

Sí, era un derecho. Cassandra estaba segura de que estaba escrito en alguna parte de la constitución, junto al derecho de contar con un mínimo de gramos de caramelos mensuales para asegurar una vida dulce y amena.

Con un encogimiento mental de hombros, Cassandra se puso de pie sin soltar la sábana y envolviéndose en ella, antes de acercarse velozmente a Sirius.

–Iré por una ducha, ¿sí? –le dijo Cassandra abrazándolo por la espalda y dejando un beso en una pequeña protuberancia de la columna de Sirius. Aún no conseguía recuperar por completo el peso que debía tener en sus tiempos pre-Azkaban, asumió Cassandra.

Cassandra sintió como Sirius se estremecía y antes de que pudiera dar la media vuelta, Sirius secuestró sus manos y tiró de ella, dejándola fija en el lugar, la sábana manteniéndose en su lugar sólo al estar sujeta entre sus cuerpos.

–No, quédate.

Cassandra tuvo que controlar un gritito de ratón recién nacido que quiso salir a toda velocidad de su boca.

Mantén la compostura, Cassandra, mantén la compostura.

–¿Qué me ofreces para que me quede?

–Uhm...

Sirius de verdad pareció pensarlo por un segundo, pero cuando el silencio se mantuvo, Cassandra entendió que estaba atento a lo que ocurría afuera, donde una decena de personas ocultas en capas oscuras caminaban por Grimmauld Place, hasta detenerse junto a unos árboles justo en frente del número 13.

Cassandra tomó a Sirius por los hombros y lo giró para poder mirarlo a la cara, antes de tirar de él hasta su altura para besarlo en los labios. El beso se extendió un poco más de lo que Cassandra pretendía y cuando Sirius comenzó a empujarla en dirección a la cama, Cassandra rompió el beso intentando recuperar el aire.

–Sirius –intentó decir Cassandra, pero salió algo similar al croar de una rana soprano. Tomó la sábana que sólo de milagro se había mantenido en su lugar y se aclaró la garganta, desviando la atención de Sirius (que estaba muy ocupado evaluando el tamaño del trasero de Cassandra) hacia lo que ella estaba diciendo – Qué te...¿qué te parece si nos vemos abajo en, no sé, veinte minutos y así tienes tiempo para pensar en esa oferta que tienes para hacerme?

Sirius ladeó la cabeza, haciendo mueca de estar pensándolo, viéndose similar a cuando hacía lo mismo en su versión Perro-animago.

–Muy bien, señorita Lestrange –dijo Sirius después de unos segundos–, ha obtenido usted un trato. Veinte minutos, hago mi oferta y te quedas conmigo hasta que yo decida lo contrario.

Uh, mandón...

La mayoría de las personas cerrarían un trato con un apretón de manos. Cassandra debió imaginar que aquello, en el libro de Sirius Black, era equivalente a un apretón de nalgas.


Sirius vio como Cassandra cerraba la puerta tras ella y soltó una carcajada cuando la escuchó maldecir en voz alta desde el otro lado, cuando la sábana que arrastraba tras ella quedó atrapada en el marco de la puerta.

Con la sonrisa pegada en la cara, como un idiota sin remedio (debía ser el primero en aceptarlo, la aceptación era el primer paso, después de todo...), y mientras observaba cómo el borde de la sábana desaparecía entre tirones y maldiciones amortiguadas, Sirius dejó que un pensamiento que llevaba rondando los bordes de su mente entrara de lleno en ella.

Estaba, como mínimo, un poco enamorado de Cassandra Lestrange.

Lily, años y años atrás, se había aburrido de describirle, una y otra vez, lo que significaba estar enamorado de alguien, lo que se sentía, lo que sucedía; con la esperanza de que, si algún día ocurría "el maldito milagro", como solía llamarlo ella, Sirius supiera quién era "la elegida". La elegida entre la larga, larga lista de chicas que desfilaban dentro y fuera de su habitación en Hogwarts. Y dentro y fuera de los armarios del séptimo piso. Y del tercer piso. Y de su apartamento en Londres. Y de los baños de varios bares de Londres.

Merlín sabía que había tenido suficiente acción antes de sus veintiún años, como para compensar la ausencia absoluta de acción en los doce años que le siguieron a eso.

Y si Lily tenía razón en una cuarta parte de las cosas que le había enumerado y descrito, Sirius debía comenzar a evaluar la idea de que "la elegida" tal vez sí existiera después de todo. En la forma de una pelirroja terca y con un sentido del humor más negro que las intenciones de su familia y la de Sirius, juntas.

¿Estaba enamorado? Sonaba idiota el sólo pensarlo. Pero idiota y todo, Sirius debía admitir que le gustaba la idea. Quince años atrás, habría huido despavorido ante la sola mención de aquella palabrita de cuatro letras. Ahora...ahora era muy distinto. Y preocupante. La guerra estaba encima de ellos. Encima, debajo y en todas malditas partes. Tenían a Voldemort eliminando magos y muggles como si fuera deporte y quisiera ir por la puta medalla olímpica. Tenía a Harry planeando la salvación de todos a costa de su propia seguridad. Tenía a Remus a sólo un par de meses de ser padre. Tenían una Orden del Fénix desarticulada y desorganizada, muy poco preparada para enfrentar lo que se venía. Y tenía a Cassandra, ocupando de alguna forma un pequeño espacio en todo lo anterior. Ocupando cada vez más espacio en su cabeza. Y en su vida.

Y, Merlín, Sirius la quería así, ocupando espacios. Exigiéndolos. Usando sus camisetas antiguas y barriendo con sus intentos de comportamiento caballeroso. Besando lejos sus preocupaciones, aunque fuera sólo por un par de horas.

Era cierto, complicaba todo un poco, pero por algún motivo extraño, Sirius se sentía mucho más capaz de enfrentar lo que la vida quisiera echarle encima ahora. El instinto le decía que Cassandra tenía un sentido de lealtad que Sirius había conocido sólo siendo parte de los Merodeadores.

¿Se venían batallas contra cientos de mortífagos? Sirius podía imaginar fácilmente a Cassandra parada a su lado, ojos brillantes y varita en mano. ¿Años de oscuridad, bajo el poder de Voldemort? Podía ver a Cassie oculta en las sombras, junto a él. ¿Más años en Azkaban? Sirius podía casi oír el resonar de sus pasos ligeros sobre el suelo de piedra de la prisión, camino a dejarle montañas de dulces.

¿Pararse sin dudar entre Harry y Voldemort?

Y a Sirius le entraba un miedo de mierda, porque sabía que ahí estaría Cassandra también, ofreciendo su seguridad e incluso su vida por proteger aquello que era más valioso para él. Ya lo había hecho antes y él había estado muriéndose lentamente por dos largas semanas.

La estaba arrastrando al peligro. La muerte rondaba el futuro de Sirius, tal como había rondado su pasado y Cass ahora estaba en medio de todo eso. Y lo único que impedía que Sirius colapsara y gritara "¡Obliviate!" en dirección a Cassandra y la enviara a algún rincón del mundo lejos de todo el caos, era que Cassandra insistía en ignorar todas sus (pobres y débiles, Sirius debía admitirlo) advertencias. Cassandra quería ser arrastrada al caos y Sirius, simplemente, no se sentía con las fuerzas para contradecirla y echar abajo los esfuerzos de la mujer.

Cassandra era tan tozuda y porfiada que llegaba a ser agotador. Y, aunque fuera un maldito y egoísta hijo de puta, Sirius no quería batallar más en su contra y quería sólo dejarla actuar. Dejar que lo envolviera con su brillante y cálida presencia. Con sus sonrisas honestas y llenas de sentido.

Cassandra debía ser lo que el Karma le enviaba en nombre de toda la mierda que le había hecho pasar en sus treinta y cuatro años, pronto a ser treinta y cinco.

Él se merecía una Cassandra en su vida, ¿no? Dios sabía que treinta y tantos años sin ella ya habían sido suficientes.


Cassandra se quedó quieta cuando sintió pasos provenientes desde la puerta principal y el plano y enfadado "yo no te maté" que llegó hasta sus oídos le dijo que Harry había estado afuera esa mañana y que ahora volvía de mal ánimo.

Lo vio bajar por el pasillo y entrar a la cocina, llevando una capa arrugada bajo el brazo, sin dedicarle ni una mirada. Definitivamente de mal ánimo.

O quizá simplemente no la había ni visto. No sería raro, Cassandra estaba sentada en el primer escalón de las escaleras, apenas iluminada por la luz de una vela sobre un mueble junto al muro.

Definitivamente la propiedad Black necesitaba un poco más de iluminación. No se iba a hacer responsable si se tropezaba en la mitad de la oscuridad, caía sobre Kreacher y lo mataba.

Cassandra se giró cuando escuchó a Sirius, bajando la escalera con paso firme.

Cassandra se había apresurado en ducharse y vestirse para...no hacerlo esperar mucho.

Qué carajo, eso no se lo creía ni ella. Simplemente se moría de ganas de volver a verlo.

Se había metido bajo el agua durante menos de cinco minutos y se había lanzado encima su camiseta preferida, la de gato (que ahora era la segunda preferida, después de la de los Puddlemere United), unos jeans ajustados y había bajado corriendo, para luego volver a correr al segundo piso cuando notó que había olvidado ponerse en los pies algo más que calcetines.

De todas formas, no importaba mucho el motivo de su apuro, Sirius había llegado después que ella.

–¿Tan difícil es encontrar algo que ofrecerme que te tardas...uhm, veintiún minutos?

Sirius llegó hasta ella y la tomó por la cintura, alzándola en el aire, hasta que quedaron cara a cara.

–¿Qué puedo decir? Eres una mujer difícil de complacer. Aunque, bueno, después de anoche, ya no estoy tan seguro de eso.

El muy infeliz...

–Oh, cállate, ¿quieres? ¿Tienes algo que decirme?

–Me gusta esa camiseta de gato.

–Estoy de acuerdo.

–Apuesto que se vería muy bien en el piso, junto a mi escritorio.

Cassandra se rio con fuerzas antes de acercarse hasta su oído.

–Estoy de acuerdo con eso también –Cassandra tuvo que sonreír cuando sintió que Sirius se estremecía, con ella susurrando cerca de su oído. Hacerlo temblar se podría convertir perfectamente en su nuevo pasatiempo preferido –Pero, Sirius...¿el ofrecimiento?

Sirius se rio en voz baja y se alejó de ella para mirarla a los ojos antes de besar la punta de su nariz. Cassandra pataleó feliz, aun estando en el aire, entre los brazos de Sirius. Benditos fueran sus pocos centímetros de estatura.

–Merlín, qué insistente eres –le dijo Sirius con voz divertida.

–Y las de cosas que no hubiesen ocurrido si yo no fuera insistente...

Una risa-ladrido resonó por todo el lugar.

Touché, mi bella dama, touché – Sirius se quedó en silencio y Cassandra alzó una ceja en su dirección esperando transmitir el mensaje. ¿Dónde está el maldito ofrecimiento? –Por Dios, muy bien. Tengo lo siguiente: tú y yo en la cocina, una sola silla, café muy, muy dulce.

Cassandra se quedó mirándolo sin poder creerlo...¿Eso era todo?

Y entonces tuvo que sonreír, contenta.

¿Realmente eso era todo lo que hacía falta para hacerla feliz?

Sí era bastante fácil de complacer, después de todo. Iba a tener que trabajar en subir sus estándares de exigencias...

Un segundo después, Cassandra estaba enviando sus estándares de exigencia derechito por la ventana, porque Sirius estuvo entonces besándola. Sus estándares se podían ir al infierno, ella estaba de lo más contenta tal cual y cómo estaba: entre los brazos de Sirius, contra un muro, en la oscuridad, como un par de chiquillos escondiéndose de la Profesora McGonagall.

Cassandra dio un salto y se alejó de Sirius justo para ver la puerta de la cocina abrirse de golpe y a una agitada Hermione aparecer desde la cocina para luego desaparecer a toda velocidad pasillo abajo.

Ambos se quedaron mirando hacia el punto donde la chica había corrido hasta desaparecer, antes de encogerse de hombros casi simultáneamente, Cassandra aún en el aire, entre Sirius y la pared.

–Hey –dijo Sirius llamando su atención –estábamos en algo, no te distraigas.

Cassandra se rio en voz baja antes de volver a ese "algo" del que hablaba Sirius. Era un buen "algo". Un "algo" espectacular y maravill...

Cassandra dio otro salto y esta vez también soltó una palabrota, porque Hermione apareció de la nada, golpeando la muralla con lo que parecía ser un gran retrato de alguien, antes de volver a entrar a la cocina.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Sirius pareció pensar lo mismo, porque la situación había escalado en la escala de "¿Qué carajo?" de un dos a un diez en menos de un minuto.

Sirius la bajó hasta que Cassandra pudo apoyar nuevamente los pies en el piso.

–Será mejor que veamos qué hacen –le dijo a Cassandra, mirando por sobre su hombro hacia la puerta de la cocina que ahora estaba abierta –, antes de que decidan redecorar la casa y al cuadro de mi madre le dé un infarto y no podamos callarla nunca más.

–Y no queremos que tu encantadora madre se infarte, retrato en óleo o no.

–Exactamente.

Cassandra no alcanzó a dar cinco pasos detrás de Sirius antes de que él se detuviera junto a la puerta.

–...trabajan para el Mantenimiento Mágico usan túnicas azules –llegó la voz de Ron hasta sus oídos. Sirius se apoyó contra la muralla, con expresión seria y Cassandra se quedó de pie justo frente a él, quieta como una estatua.

–¡Pero nunca nos lo dijiste a nosotros! –esa era Hermione –¡Aquí no hay nada sobre túnicas azules, nada!

–¿Y eso importa? –esa era una buena pregunta, pensó Cassandra, ¿por qué discutían por túnicas azules?

–Ron, ¡todo importa! Si vamos a entrar en el Ministerio sin delatarnos a nosotros mismos cuando tienen que estar buscando a intrusos, ¡todo importa! Ya te lo he explicado una y otra vez, quiero decir, ¿cuál es el punto de todos estos viajes de reconocimiento si no nos estás diciendo nada?

Mierda.

Eso fue todo lo que pudo pensar Cassandra. Por la cara que tenía Sirius, estaba pensando lo mismo.

–¿Es que no te das cuenta que no hay lugar más peligroso en todo el mundo que el Ministerio de...

–Creo que deberíamos hacerlo mañana.

Ese era Harry y la palabra "mierda" siguió repitiéndose en una eterna retahíla en la mente de Cassandra. Sirius se veía a punto de explotar. O desmayarse, Cassandra no estaba segura.

–¿Mañana? No estarás hablando en serio, Harry.

Sí, Harry, no estarás hablando en serio...

–Lo estoy –carajo...–No creo que estemos más preparados que ahora si nos quedamos en la entrada del Ministerio por otro mes. Mientras más esperemos, más lejos puede estar el medallón. Ya hay una oportunidad de que Umbridge lo haya tirado, porque no abre.

¿Y ahora qué pasaba con un medallón? Cassandra no estaba entendiendo mucho, pero lo poco que sí entendía era muy, muy poco prometedor. Estaban pensando en entrar a escondidas al maldito Ministerio de Magia, santísimo sea Merlín y toda su mágica descendencia. Se habían vuelto locos...

–Ya sabemos todo lo que es importante –estaba diciendo Harry y Cassandra se enfocó nuevamente en la conversación que estaban teniendo los chicos en la cocina, ignorantes al hecho de que tenían audiencia. –Sabemos que no se puede aparecer ni desaparecer en el Ministerio. Sabemos que nada más los altos miembros del Ministerio pueden conectar sus casas a la Red Flu, porque Ron escuchó a los dos Inefables quejándose sobre eso. Y sabemos dónde está la oficina de Umbridge, por lo que has escuchado del hombre con barba diciéndole a su amigo.

–Estaré en el nivel uno, Dolores quiere verme.

–Exactamente. Y sabemos que entras usando esas monedas raras, o fichas, o lo que sea que sean, porque vimos a esa bruja pidiéndole una prestada a su amiga.

A Cassandra cada vez le parecía que era un plan más y más malo. Y ella era una experta en planes que no salían para nada según lo planeado.

–¡Pero no tenemos ninguna!

–Si el plan funciona –énfasis en el "si", por favor, en el "si" –, las tendremos.

–No sé, Harry...no sé. Hay muchas cosas que podrían salir mal, hay tanto que depende de la casualidad.

¡Oh, la voz de la cordura! Cassandra casi deja a Sirius ahí parado como estatua para entrar a abrazar a Hermione.

–Eso aún sería igual, aunque pasáramos otros tres meses preparándonos. Es hora de actuar.

La voz de Harry le dijo una cosa a Cassandra. El tema estaba zanjado. Miró a Sirius, sintiendo el corazón pesado. Y se quedó en silencio, mientras miraba con tristeza como los ojos del hombre se llenaban de nubes.

Estaba ahí, quieto como una foto muggle, tenso y con las manos apretadas en puños, luchando contra lo que Cassandra sabía era lo primero que le gritaba el instinto que hiciera: tomar a Harry por el pescuezo arrastrarlo hasta la azotea y encerrarlo ahí hasta que Voldemort se muriera de viejo.

Conmovida por lo que era claramente un Sirius intentando disimular una tormenta interna, Cassandra se acercó a él y tomó sus manos, desarmando los puños y envolviendo sus dedos en los suyos.

Sirius bajó la vista de inmediato, para mirarla a los ojos y Cassandra se estiró todo lo que su poca estatura le permitía para besarlo en los labios, intentando transmitir el "todo saldrá bien" que no podía plasmar en suficientes palabras como para expresarlo con toda la sinceridad que realmente sentía.

Sirius devolvió el beso después de unos segundos, antes de separarse lo suficiente para apoyar su cabeza contra la de ella, sus mechones de cabello húmedo pegándose a la frente de Cassandra.

Y entonces Harry apareció por la puerta viéndose pálido e, incluso, un poco verde. No los vio junto a la puerta y subió a tropezones las escaleras. Sirius hizo amago de seguirlo, pero Cassandra lo empujó de forma suave, pero firme, contra el muro.

Sí, Sirius quería ir tras Harry y tenía todo el derecho a hacerlo, pero nada bueno iba a salir de aquello. Sirius estaba esforzándose en mantenerse en plan "dejarlos hacer lo que necesiten hacer, esperar que ellos pidan ayuda cuando realmente la necesiten". Y Cassandra sintió que era necesario que, en ese momento, le diera un empujón a Sirius, para alejarlo de todo.

Cuando Ron y Hermione salieron corriendo detrás de Harry, viéndose sorprendidos y sobresaltados de encontrarlos de pie junto a la puerta, donde claramente llevaban un buen rato parados, Sirius pareció relajarse un poco.

Harry...no estaba solo.

Cassandra respiró profundo, lo tironeó un poco desde el borde de la camisa gris que se había puesto Sirius después de la ducha e intentó sonreír.

–Vamos por ese café que me prometiste, ¿sí?


2 de Septiembre de 1997, Grimmauld Place

El silencio era una cosa a la que Cassandra debería estar acostumbrada. La mayor parte de sus días, antes de salir de la Mansión Lestrange, estaban rodeados de silencio, roto sólo por los maullidos y ronquidos de Mina, la tetera hirviendo desde la pequeña cocina que había en su habitación, Tinkie, ofreciéndole tartaleta o su propia voz, hablando para sí misma, a Mina, a Tinkie o a nadie.

El silencio nunca le había molestado. Había sido una parte habitual de su existencia. Algo que era parte y que conformaba lo único que ella conocía como "vida". El silencio era algo que ella solía agradecer, porque la opción eran los gritos provenientes del sótano, de las prisiones. O los gritos de sus hermanos y su madre, cuando requerían su presencia.

Y si su presencia era requerida, cosas malas sucedían.

El silencio era algo que Cassandra siempre había abrazado, como señal de que sería un buen día. Un día tranquilo. Un día más, entre muchos otros días que se perdían entre el mar de días silenciosos que era la vida de Cassandra Lestrange.

Pese a todo eso, en ese preciso momento, Cassandra sentía que el silencio no hacía más que oprimirle el pecho. Hacer que el respirar fuera un trabajo complejo.

Era como si el silencio hubiese decidido volverse algo tangible y espeso, y mezclarse con el aire que Cassandra intentaba echar dentro de los pulmones.

Llevaba más o menos dos horas sentada en el centro de la cama deshecha de Sirius, abrazando sus piernas, con la cabeza sobre sus rodillas.

La luz de la mañana, a un par de horas de convertirse en tarde, llegaba hasta ella entre las hebras algo enmarañadas de su cabello, que caía despreocupadamente sobre su cara.

La voz de su padre diciéndole que su cabello se iluminaba y aclaraba si su estado de ánimo también lo era, llegó a su mente. Debía tener razón, porque incluso con la luz matutina sobre él, su cabello se veía casi negro.

Como su estado de ánimo.

Había despertado hace más de dos horas, un poco después de las ocho de la mañana, para encontrar la cama vacía, a excepción de ella misma. El día anterior, ella y Sirius habían compartido el café del que tanto habían discutido. Habían compartido también una sola silla, y Cassandra había intentado disfrutar de aquel momento, sentada sobre el regazo de Sirius, cuchicheando cosas sin sentido con él. Pero había sido difícil. La mente de Sirius estaba en otra parte, igual que la de ella.

Harry, Ron y Hermione habían vuelto cerca de treinta minutos después y se habían sentado a la mesa, dirigiéndoles miradas llenas de cautela. Hermione había recogido a toda velocidad la tonelada de pergaminos que habían quedado sobre la mesa y que ni ella ni Sirius habían mirado, aunque era claro que se morían de ganas de hacerlo.

Habían comido juntos, hablando una que otra cosa, en un ambiente tranquilo y silencioso, pero lleno de electricidad. Algo iba a suceder, lo sabían ellos, lo sabía Harry, lo sabía Sirius.

Lo sabía ella.

Los últimos días en Grimmauld Place habían sido intensos, pero, dentro de todo, Cassandra sentía que se había encontrado, de alguna manera, en la mitad de un oasis. Un periodo de refugio, de tranquilidad, de recuperación.

Ahora el oasis dejaría ver en cualquier momento que no era sólo una pausa en el camino, sino un espejismo también. El árido desierto seguía ahí, siempre lo había estado y haría aparición en cualquier momento.

Cassandra podía sentir su calor, como una presencia cada vez más cercana.

Cuando había caído la tarde, Cassandra había acompañado a Sirius hasta su habitación y se habían dormido juntos, abrazados, sin compartir muchas palabras. Cassandra sintió que había sido la forma en que él se despedía de los días buenos.

Los días en que estuvo en su antigua casa, con su ahijado bajo la seguridad que ofrecía Grimmauld Place, a su alcance, bajo su atenta mirada. Los días que estuvo en casa, con un elfo doméstico que ya no era un constante recordatorio del fracaso que había significado él para la familia Black. Los días que estuvo en casa, con ella a su lado, vistiendo camisetas de equipos de Quidditch y casi nada más debajo.

Cassandra se había dormido, envuelta en el calor y aroma a aire libre que ya asociaba por completo a Sirius, pensando que los días serían distintos, pero no tenían por qué ser malos. Pensando en las formas en que ella podía ayudar a Sirius a no sentir tanto el vacío que quedaría a partir del día siguiente. Porque sí, el plan del trío de adolescentes era volver una vez que el plan de infiltración en el Ministerio estuviese terminado y fuera exitoso.

Pero Cassandra sentía en las tripas que no sería así. Harry emprendería el viaje para el que llevaba meses preparándose mentalmente. Debía enfrentar a Voldemort. Y eso no incluía a Sirius. Al menos no aún.

Esa mañana, Cassandra había despertado sola y el silencio que parecía ocupar todo el oxígeno de la habitación ya no era una buena compañía. Era una sentencia. Harry, Ron y Hermione ya no estaban en el 12 de Grimmuld Place y Cassandra podía visualizar con facilidad a Sirius sentado en la oscuridad de la cocina, un café frío sobre la mesa y una vela enmarcando su silueta, resaltando aún más la triste y negra tormenta que se desataba en lo profundo de su mente.

Cassandra llevaba todos esos minutos, sentada, con esa imagen en la cabeza, contando en reversa el tiempo que decidió que le daría a Sirius, para que enfrentara parte de sus demonios estando solo.

Ahora, el tiempo casi llegaba a cero nuevamente y Cassandra se enderezó de su posición en modo pelotita y bajó las piernas por el borde de la cama. El suelo frío contra la piel de sus pies la terminó de despertar y un plan se formó rápidamente en su cabeza.

Se puso de pie de un salto y buscó a su alrededor...¿dónde estaba esa hermosa, oh, hermosa camiseta?

Serían días distintos, pero días buenos. Y Puddlemore United auspiciaría.


Cassandra se sentía más idiota con cada peldaño que bajaba. Empezaba septiembre y el aire de casi otoño se sentía a la perfección contra sus piernas desnudas y sus pies descalzos.

Cuando llegó hasta la cocina, caminando sobre la punta de sus pies, encontró la puerta entre abierta y, sorpresa, más silencio.

La puerta pareció ponerse a tono con el ambiente silencioso, porque por primera vez desde que Cassandra había puesto un pie en esa casa, se encontró con que las estúpidas bisagras no despertaban a los vecinos y a toda la cuadra con sus chirridos.

Sirius estaba, más o menos, en la misma posición en la que Cassandra pensó que lo encontraría. La única diferencia era que no era sólo una vela la que iluminaba la expresión acongojada de Sirius, sino que toda la lámpara del techo estaba encendida.

Era sólo una pequeña mejora.

Sirius pareció no escucharla ni notarla hasta que estuvo a un metro de él y, sobresaltado, se enderezó sobre la silla y la miró con ojos de un gris torturado que Cassandra esperaba no volver a ver nunca más en sus ojos.

–Hola Sirius –dijo Cassandra, acercándose más y pasando una pierna por sobre las de él, quedando sentada a horcajadas sobre su regazo –desperté y pensé, hey, estamos solos en la casa, deberíamos darle un buen uso a la recién adquirida soledad...

...antes de que entremos de cabeza en la guerra inminente.

Cassandra no quiso terminar la frase, aunque quedó de todas formas flotando en el aire a su alrededor.

Sirius sonrió brevemente, antes de suspirar y envolverla en sus brazos.

Se quedaron así un rato, aún envueltos en el silencio, pero esta vez respirando con tranquilidad. Una tranquilidad triste y llena de resignación, pero al menos era un pequeño cambio.

–Me gusta esa camiseta.

–Eso ya me lo habías dicho antes –le respondió Cassandra, aún oculta contra su pecho.

–Porque es cierto. Aunque te equivocas, mi querida Cassie, no estamos solos. Kreacher aún circula en alguna parte de la casa.

–Kreacher es un buen elfo doméstico, respetará tus espacios.

–Nuestros espacios –la corrigió Sirius y Cassandra sintió como sus mejillas adquirían color–. Aunque, no sé si Kreacher quiera respetar nada si supiera lo que quiero hacer sobre su mesa del comedor...

Okay, si no parecía tomate antes, ahora definitivamente lo parecía.

Cassandra tuvo que aclararse la garganta antes de volver a hablar. Se acomodó pesadamente sobre el regazo de Sirius, acercándose más y escuchó como el aire abandonaba los pulmones de Sirius en un siseo.

Se lo tenía bien merecido, por hacerla sonrojar.

–Estás jugando con fuego, Cass...

Oh, lo estaba.

–Ya lo sé...y tú quieres que jueg–

Un fuerte ruido y gritos desde el piso superior los tuvo a los dos de pie en menos de un segundo.

Sirius tomó su varita, que había estado sobre la mesa, junto a la tasa de café y se colocó entre Cassandra y la puerta abierta antes de acercarse y salir con dirección a la escalera, con Cassandra firmemente asida de un brazo.

Los ruidos seguían y los gritos crecieron en magnitud y Cassandra sintió como los cabellos de su nuca se erizaban. Fuera lo que fuera que estaba pasando, no era bueno y ella había abandonado su varita dos pisos más arriba, maldición.

Y peor aún, no había más salidas desde ese piso, que la escalera que los llevaba directamente al caos que sucedía arriba. La cocina era una de las habitaciones que se encontraban en el nivel menos uno, algo así como un sótano, y Cassandra no pudo evitar sentirse atrapada.

Sirius se giró a mirarla, su cara una máscara de tranquilidad y decisión.

–¿Dónde está tu varita? –le susurró.

–En tu habitación, sobre el mueble junto a la cama –Sirius asintió, viéndose para nada contento.

–Vamos a subir todo lo rápido que podamos y tú correrás directo a por tu varita, ¿entendido?

A Cassandra no le gustaba el plan. El plan implicaba que se separaran y eso era lo último que quería en ese momento. Pero asintió de todos modos.

Los tres minutos siguientes a eso sucedieron en un borrón de maldiciones de colores, gritos y madera y papel mural volando en todas direcciones. Cassandra no se sintió asustada, mientras corría junto a Sirius, hasta que vislumbró, en la mitad de todo, un rostro que reconocería en todas partes.

Galladen Yaxley.

El hombre, amigo de su "familia", amante de las "cenas familiares" que incluyeran discusiones sobre lo asquerosos que eran aquellos que se sentían con el derecho de negar su sangre pura, adicto a enviar en la dirección de Cassandra, cada vez que podía, miradas llenas de deseo y malas intenciones.

Y el asqueroso mal nacido estaba ahora en Grimmauld Place, en la sala de estar del número 12. Número 12 que, se supone, era secreto. Y en los dos segundo que tuvieron para mirarse y reconocerse el uno al otro, Cassandra tembló bajo la sensación de miedo y asco que provocaron los ojos del mortífago recorriendo primero su cara, luego sus piernas desnudas. Su expresión siendo una mezcla de deseo y la más fría y pura furia.

En algún momento, Sirius la tiró contra las escaleras y la sacó de su estupor al chocar con fuerza sus piernas contra la dura madera. No hizo falta que Sirius le gritara que corriera arriba (aunque lo hizo de todas formas) para que Cassandra terminara esquivando maldiciones y trozos de inmobiliario mientras subía a toda la velocidad que le permitía su cuerpo adormecido por la sorpresa.

Cassandra entró corriendo a la habitación de Sirius y en su apuro, terminó en el suelo, volcando la mesita de noche y todo lo que había en ella. Recogió del piso su varita, con el corazón retumbando en sus oídos y volvió a ponerse de pie, para correr escalera abajo, siguiendo la voz de Sirius que se dividía entre gritar maldiciones y gritar su nombre.

Asustada como el infierno, Cassandra llegó al primer piso y se unió a las maldiciones que Sirius disparaba contra cuatro hombres, dos de los cuales Cassandra no reconoció. Los mortífagos retrocedieron, ante la nueva oleada de maldiciones, pero aún así se interponían entre ellos y la salida. Necesitaban salir.

¡Avada Kedavra!

La voz de Yaxley se hizo escuchar por sobre el resto de los gritos y Cassandra vio verde, para luego ver rojo. El hijo de puta disparaba a matar. En su dirección.

La cabeza de Cassandra dio con fuerza en el suelo de madera, cuando Sirius la tiró al piso usando todo la fuerza que ofrecía su propio peso corporal.

Si todo lo anterior había ocurrido en un borrón de cosas, lo que siguió a continuación fue como una nebulosa para Cassandra.

Confundida, porque ahora sólo veía siluetas oscuras, escuchó que Sirius la llamaba a gritos. Y luego, extrañamente, le gritaba a Kreacher que desapareciera lejos. Entonces el suelo desapareció bajo su espalda, la luz la cegó por un segundo y la oscuridad terminó por tragarse todo.

Los gritos. Las luces. Todo.


Hola, señores. Mucho tiempo sin leernos. Han sidno semanas intensas, debo decir...esa es mi mejor excusa ajaja Hubo muchísimos turnos de 24 horas, mi mamá hospitalizada (ya está mucho mejor :) ), problemas en el trabajo, hasta un funeral. Tuve que comprar otro computador, porque el otro se negó a cooperar JUSTO cuando intentaba escribir un capítulo, lo que era imperdonable en mi libro. Así que, bueno...he ahí el motivo (varios) de mi desaparición. Más allá de la tardanza, espero que les haya gustado este capítulo. Está bastante arriba en mi lista de capítulos ordenados según qué tanto me han gustado ajaja

Como siempre, gracias por leer y por comentar sobre los capítulos, ayudan un montón a hacerme la idea de lo que ocurrirá después. Y ya les había dicho, la calma previa a la tormenta debía acabarse en algún momento. La guerra ha llegado, señores.

¡Besos y abrazos! ¡Gracias por el apoyo! Gracias a los que después de taaaaaanto tiempo, aún me leen, son los mejores del mundo entero :') (Mañana les subo otro!)