Disclairmer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío.
9 de octubre de 1997; Toot Hill Road, Toot Hill, Essex, Inglaterra.
La oscuridad llenaba de sombras casi cada una de las superficies en la habitación. El armario no era más que una silueta apenas visible, el pequeño sofá a los pies de la cama era un borrón gris-oscuro en la periferia de su vista. El resto era sólo oscuridad y sombras. La mesita junto a la cama, la lámpara sobre dicha mesa.
Oscuridad y sombras.
Lo único que las sombras no lograban consumir por completo era la silueta de la mujer acostada a su lado, sobre y entre sábanas blancas. La luz de la luna, casi llena en el cielo, entraba con una intensidad casi ficticia a través del espacio que quedaba entre las cortinas entreabiertas de la gran y única ventana de la habitación, resaltando su piel clara y llena de cicatrices.
Sirius llevaba cerca de dos horas haciendo nada más que contemplar. Contemplarla. Y no necesitaba hacer mucho más.
Era extraño como algo que antes le había causado tanta molestia y desesperación, ahora lo llenaba de una calma de la que aún no lograba convencerse por completo.
En Azkaban, el silencio y la falta de otro estímulo además de los gritos de sus siempre amables vecinos, lo obligaban a caer en un eterno círculo de recuerdos que no hacían más que llenarlo de la más terrible de las angustias. Para luego volver mentalmente a la oscura realidad que ofrecía la sucia y fría celda en la mitad de la nada. Era desesperante. Y lo había sido durante doce largos, muy largos, años.
Ahora el silencio era su amigo. Le permitía escuchar con toda claridad la suave respiración de Cassandra. Y las sombras lo obligaban a completar los detalles faltantes usando su memoria. El lunar con forma de granito de arroz en su hombro derecho, justo encima de una cicatriz alargada. Sus manos, pequeñas, y que solía cerrar en puños cuando caía en sueño profundo. Aquella peca particularmente grande, pero a la vez más tenue, en el espacio entre su nariz y su ojo izquierdo, a la altura del lagrimal. La forma en que su pecho izquierdo reposaba sobre el derecho, cuando se acostaba hacia ese costado.
Sirius no pudo evitar que su boca se estirara en una sonrisa desvergonzada. No estaba desnuda en ese momento, pero las pocas ocasiones en las que la había tenido parcialmente sin ropa frente a él habían sido suficientes para grabar cada una de sus curvas en su memoria. ¿En qué momento Cassandra había logrado metérsele tan profundo, debajo de la piel? Era algo casi increíble. La había conocido hace tan sólo dos meses, pero de alguna forma definía, casi por sí sola, gran parte de lo que él consideraba toda su maldita existencia.
A Sirius le hubiese encantado conocerla en otra vida. Una en la que él fuese un mago, más o menos, como cualquier otro; con un trabajo que le gustara, con un jefe al que insultar en secreto a diario, con una casa a la que llegar, una que estuviese libre de cualquier vigilancia. Una casa que compartir con ella.
Debía ser la crisis de los casi 40, pensó Sirius con una sonrisa que se perdió en la oscuridad. No tenía más explicación.
Había pasado su juventud riéndose de James, que sólo soñaba con vivir una vida de casado junto a Lily, mientras él se vanagloriaba de lo que, esperaba, fuera una larga y muy fructífera soltería.
Luego, después de una pequeña pausa de doce años, había vuelto a su vida sólo con la idea de venganza en su cabeza. Harry había sido el que había cambiado eso, con la enorme sonrisa que le devolvió, cuando él se atrevió por un minuto a soñar con una vida junto a la única persona que tenía en ese momento, su ahijado. Harry era un recuerdo, vivo y que respiraba, de la forma en que le había fallado a Lily y a James; pero, sorprendentemente, no fue para nada difícil transformarlo en el motivo por el que ahora sí haría las cosas bien.
Y ahora, justo después del deseo de eterna soltería y la angustiosa necesidad de venganza, estaba pensando en la maldita casa con cerca blanca y un gato negro en el patio delantero. Con Cassandra en la mitad de todo aquello.
La quería con él, de eso no dudaba y ya no le daría ni la más mínima pizca de vergüenza confesárselo a quién quisiera preguntar al respecto.
Quería poder besarla todas las mañanas, reírse de las tonteras que hacía a veces, ayudarla a sanar de sus antiguas heridas, porque de alguna forma eso le ayudaba a sanar las suyas. Quería esforzarse para que lo disculpara cuando se enojara con él por decir alguna estupidez hiriente, sin querer. Quería poder abrazarla por las noches y mirarla dormir durante las horas de la madrugada, cuando él no podía dormir. Quería memorizar su cuerpo con las manos y grabar una y otra vez su risa en su mente.
Maldición, quería escribirle un poema y recitárselo luego a Voldemort.
Quería hacer, más o menos, lo que ya llevaba algún par de semanas haciendo, pero por Merlín...quería hacerlo de verdad. Quería vivirlo de verdad. No aquel escenario falso en el que estaban en ese momento. Era una vida ficticia, una que no era la de ellos.
No eran un par de personas huyendo de sus destinos, queriendo encontrar el propio. No eran un par de amantes ocultándose de la vida injusta que les había tocado.
No.
Ella era una joven mujer, que había pasado largos años siendo esclava de su propia familia. Una pelirroja que había crecido escuchando insultos y agravios antes de decidir enfrentar lo que la vida le había tirado en la cara y huir de su familia. Era alguien con más cicatrices que buenos recuerdos. Alguien que tenía problemas para poner su seguridad antes de la del resto. Alguien que solía meterse en problemas por culpa de su corazón valiente.
Y él...él era un buscado por la justicia, acusado del asesinato de su mejor amigo y única amiga. Era ex miembro de la gran Orden del Fénix y había sido parte importante del movimiento que intentó sin parar derrotar y detener el reinado de terror que había logrado instaurar Voldemort en el mundo. Era padrino de Harry Potter que, para infortunio de muchos, era la maldita clave para derrotar al mago más poderoso de los últimos cien años. Era alguien enamorado de una pelirroja algo loca.
Y cómo le encantaría pasar los días como lo habían estado haciendo desde que escaparon de Grimmauld Place, pero la dura verdad, al parecer, había logrado alcanzarlo finalmente. Había sido hermoso olvidarse de los motivos por los que escapaban y jugar a que podían vivir y pasar las horas aprendiendo uno del otro. Pero no podía olvidarse de quién era él, además del tipo estúpidamente enamorado. Aún era el ex prisionero de Azkaban. Aún era el padrino de Harry. Aún se sentía en deuda con James. Voldemort aún seguía vivo y arruinando diez vidas distintas por cada día que pasaba. Aún había mucho que hacer.
Sintió el cambio en la respiración de Cassandra y supo que, aunque no fueran ni las cinco de la mañana, estaba a punto de despertar y, entonces, un solo pensamiento ocupó y se esparció por su cabeza: Iba a ver a Voldemort derrotado e iba a tener la maldita cerca blanca, con una sonriente Cass apoyado en ella, aunque fuera la última maldita cosa que hiciera en la vida.
Cassandra despertó sin saber exactamente qué la había despertado. No le costó más de dos segundos saber que estaba sobre una cama, en alguna parte al este de Londres, con Sirius no muy lejos de ella. No era difícil, ya había despertado muchas veces en el mismo escenario.
El inicio del otoño había traído consigo mañanas especialmente frías, augurando un invierno gélido. No había tenido muchas pesadillas desde que dormía con Sirius, así que era habitual abrir los ojos, olvidando de inmediato lo que había estado soñando. Se demoraba un par de segundos en entender que no estaba en su habitación en la Mansión de su madre, sino que en alguna casa arrendada o "ocupada sin permiso, pero que devolveremos sin que nadie lo note", junto a Sirius. Entonces su piel registraba el aire frío en la habitación y se giraba para buscar calor en él. Quizá para dormir unos minutos más, quizá para ocupar esos mismos minutos en algo más interesante, como perderse en sus manos y su boca.
Cuando la piel de gallina hizo aparición, Cassandra soltó el aire que tenía en los pulmones antes de girarse en la cama y cruzar un brazo por sobre el pecho de Sirius, acomodando además una pierna entre las de él.
Ah, la sensación era la gloria y Cassandra sentía que nunca iba a cansarse de abrazarlo por las mañanas. Sólo esperaba poder contar con la oportunidad de seguir haciéndolo por mucho tiempo, si no se moría antes intentando...
Cassandra, aún sin abrir los ojos, suspiró profundamente e intentó olvidarse de aquellos detalles deprimentes de su vida. ¿Para qué quería recordar que su familia quería matarla y que se escondían de mortífagos que, al parecer, estaban en una pequeña misión personal de cazarlos; si podía concentrarse en abrazar al hombre que quería y pensar en cuál sería el siguiente lugar al que irían?
Llevaban seis días en Essex y se acercaba el límite de aproximadamente una semana que habían instaurado, en lo que a "tiempo que nos quedamos en el mismo lugar" respectaba y Cassandra estaba pensando en que quizá podían ir nuevamente a un lugar en el campo. Le había gustado su última residencia. Menos vecinos, más césped...
La sensación de estar siendo observada interrumpió su línea de pensamientos y Cassandra acomodó el mentón sobre el pecho de Sirius, para poder buscar su cara en la oscuridad.
La luna estaba casi llena, al menos según el calendario que había mirado el otro día, y no debía ser tan temprano en la mañana si aún había suficiente luz de luna para poder mirarlo y lograr visualizar sus facciones afiladas sin tanto esfuerzo.
Sirius le sonreía, pero Cassandra supo de inmediato que no sería una mañana como todas las otras anteriores, ni una mañana como las que hace un minuto había estado soñando que vendrían.
Su sonrisa era amplia y amable, como lo era todas las mañanas, pero aun así, por algún motivo, no era lo mismo.
Cassandra se demoró un par de latidos en descubrir el origen del cambio. Sus ojos.
Sus ojos eran serios, llenos de algo que no lograba descifrar. Como si estuviese decidido a llevar algo a cabo. Un hombre en una misión, pero una misión importante.
Algo grande.
Sirius se quedó mirándola, recorriendo su cara y tomándose todo el tiempo del mundo. Si hubiese sido otra persona, Cassandra lo había golpeado después del tercer segundo de mirada fija, pero con Sirius, no le molestaba para nada. Que la mirara todo lo que quisiera; la hacía sentir linda y Merlín sabía que ella se quedaba horas observándolo a él, sus ojos grises y su buen trasero.
Sirius retiró un mechón rojizo de cabello de su cara y lo colocó con suavidad detrás de su oreja, antes de inclinarse y besarla en la punta de la nariz.
-Buen día, señorita... -le dijo en voz baja, volviendo a acomodarse en las almohadas -¿Señorita qué eres esta semana? ¿Belby? ¿Bentley?
-Bingley, como el rubio adinerado de esa novela muggle que leía mi tía. Y es Señora Bingley. No intentes escapar de este matrimonio tan pronto, sólo llevamos una semana, Señor Bingley.
La risa ronca de Sirius ocupó toda la habitación y Cassandra sonrió algo triste, notando que tampoco era la risa de ladrido despreocupada a la que ya se había acostumbrado. Algo le molestaba a Sirius y ella aun no lograba poner el dedo sobre el problema.
-No me atrevería a escapar de un matrimonio contigo, amor.
Cassandra volvió a acomodarse en el pecho de Sirius, ocultando de la vista su sonrisa satisfecha. Eso de "amor" era algo relativamente nuevo. Se lo había dicho por primera vez hace como una semana y a Cassandra casi le había dado un infarto cerebral con lo rápido que se había agolpado la sangre en su cabeza. No estaba segura si lo había dicho en el contexto del juego de marido-y-mujer que estaban llevando a cabo o si realmente había querido decírselo porque lo sentía, pero el punto era que casi se había desmayado y había seguido usando aquella pequeña palabrita infartante. Y a Cassandra le encantaba.
Tonks le había dicho una vez que, incluso si no había terminado su educación en Hogwarts, sí era una profesional. Una profesional en escapar de los problemas. Sí...la muy infeliz se había transformado rápidamente en una especialista en molestarla, pero bueno...era su amiga.
Debido a ese comentario, que había terminado con ella pidiéndole que cambiara el color de su cabello y cara y se hiciera invisible de una vez por todas, para no verla más, Cassandra había hecho la nota mental de intentar enfrentar los problemas cuando le cayeran encima. Sirius parecía tener un problema y su instinto le decía que el problema, de alguna forma, la incluía a ella.
Con algo de suerte, el problema no sería ella.
Con un suspiro, se apoyó en uno de los hombros de Sirius hasta quedar sentada sobre la cama ocultando a Sirius entre las sombras que provocó al interponerse entre la luz de luna que entraba por la ventana y él.
-Muy bien, afuera con ello. ¿Cuál es el problema, Sirius?
Sirius ni siquiera intentó negar que existía un problema, lo que, siendo sinceros, preocupó más que un poco a Cassandra. Observó con atención como Sirius se sentaba también apoyando la espalda en el respaldo de la cama antes de volver a mirarla a la cara, con ojos brillantes.
-Cass...creo que ya no podemos seguir jugando a esto.
Cassandra sintió como si sus tripas se hubiesen vuelto de hierro e intentó que su expresión no lo demostrara.
-Me gusta esto -continuó luego de una breve pausa-, tú y yo viviendo juntos ha sido un alivio en los tiempos de mierda en los que vivimos, pero, ¿sabes?, está lejos de ser la solución. Necesito hacer lo que debo hacer. Ayudar a Harry, proteger a mi gente, buscar la forma de derrotar al maldito que ha arruinado nuestras vidas de quince maneras distintas. Y nada de eso incluye el nosotros...viviendo la vida de otras personas. Ha sido...
-...lindo mientras duró...sí. -terminó Cassandra por él, sintiendo que su corazón se agrietaba un poco. De verdad le gustaba Sirius. Carajo, quizá hasta lo amaba...lo que era una pena si realmente la consideraba un "alivio" de su vida. Un alivio que sólo pudo durar un par de semanas, antes de que su propia vida lo alcanzara. Se aclaró la garganta, intentando alejar la tristeza de su voz y sus ojos, antes de volver a hablar. -Me imagino que ya tienes un plan, ¿no?
-Creo que sí -Cassandra sonrió a su pesar. Claro que tenía un plan. La vida lo había vuelto precavido y raramente daba un paso sin haberlo pensado antes, a menos que fuera una situación inesperada, ante lo que generalmente tenía movimientos y decisiones igualmente inesperadas. -No es un plan perfecto ni es uno completo, pero creo que es un buen lugar donde comenzar.
Cassandra sólo pudo pensar en lo lindo que habría sido si hubiese llegado el momento en el que él buscara planificar las cosas en su compañía. Pero lo entendía. Realmente lo hacía. Y sólo por eso aún no estaba llorando como una niña.
Al contrario que ella, Sirius era una persona con vínculos antiguos y arraigados en él, con personas que habían sido su pasado, eran su presente y seguirían estando en su vida a futuro. Porque así era él. Leal hasta su último suspiro. Era una de las cualidades que tanto le atraían de él. Ella, en cambio, era un vínculo reciente. Quizá cuando la crisis pasara, podrían tener la oportunidad de una vida juntos. Quizá.
Y al diablo todo. Por Merlín, sí que se iba a aferrar a ese quizá.
-Bueno, sé que es temprano, pero -tuvo que volver a aclararse la garganta -...creo que bajaré a prepararnos algo para comer. Así me cuentas sobre ese plan tuyo...si quieres, por supuesto.
Sin mirarlo a los ojos, se movió hasta el borde de la cama, alejando de su camino las sábanas blancas y las mantas. Se había ido a la cama con una camiseta liviana sin mangas y unas pantaletas como pijama y, no estaba segura de si era el frío de la habitación o la breve conversación de la que acaba de ser parte, pero parecía no poder librarse de la piel de gallina. Quería salir rápido de la habitación, así que descartó mentalmente la opción de buscar ropa para cambiarse, pero tomó en el camino un grueso y amplio suéter de lana marrón claro que se había transformado de alguna forma en su prenda de ropa preferida.
Cerró con un suave click la puerta tras ella y caminó con paso ligero y con el corazón pesado hasta las escaleras que llevaban al primer piso de la propiedad que ocupaban hace seis días, y que desde su punto de vista actual, parecían haber empezado hace una eternidad.
Estaba bien, se dijo Cassandra, mientras ponía la tetera sobre el fuego y alejándose luego para cruzar la puerta hacia el living que alguien más había decorado con tanto esmero. Era lo correcto, eso era cierto, pensó mientras se apoyaba en el brazo de uno de los sofás. Estaba viviendo una vida prestada. Cosas más grandes que él y, mucho más grandes que ella, estaban sucediendo. Voldemort. Harry. Muertes y atentados. Aquello llevaba años sucediendo, pasando desapercibido para ojos y oídos poco atentos. Harry acababa de comenzar una misión que, todos esperaban, sería el fin de Voldemort. Pero Voldemort no se iría sin luchar, lo que pronosticaba prontamente una guerra a gran escala.
Era obvio que no tendría tiempo para tontear con ella. Ahora que lo pensaba, Cassandra se sentía algo idiota, además de enojada consigo misma. Sus prioridades eran una mierda. Sirius Black era un hombre responsable. Cabezotas y, a veces, molesto...pero que tomaba muy a pecho sus responsabilidades. Tenía sus prioridades claras, muy al contrario de ella.
Se había sentido responsable por ella...eso había sido. Y Cassandra lo agradecía. Había logrado en parte sanar sus heridas...y aunque ahora tenía más cicatrices, físicas y mentales, se sentía un poco más preparada para hacer una vida. Armar una vida. Una que quizá en un futuro sí pudiese compartir con él. Quizá podía-
-Te amo, ¿lo sabes?
La voz llegó de la nada, justo junto a su oído y Cassandra habría terminado en el suelo alfombrado, en la mitad de un agudo y asustado grito, si no fuera porque el dueño de la voz, que vendría a ser Sirius vestido sólo con unos pantalones negros, la sujetó por la cintura, salvando su nariz del golpe.
-Dios...¡Sirius! ¿Era ese tu plan secreto? - Santa Morgana... - ¿Matarme del susto para librarte de mí?
Cassandra sabía que estaba siendo un poco injusta con eso último, pero qué diablos, casi se había muerto del susto. Él y sus malditos movimientos ninjas.
Llevándose una mano al pecho, se alejó del medio abrazo de Sirius, intentando obligar a su corazón a latir un poco más lento y con la idea en mente de moverse hasta la cocina y hacer como que estaba haciendo algo...como vigilar el agua mientras hervía. No logró dar más que un paso, de todas maneras.
Antes de que lograra hacer nada, Sirius la había atrapado nuevamente y, sentándose en el mismo brazo del sofá en el que ella había estado apoyada, la giró hasta que la tuvo entre las piernas, rodeando su cintura con sus firmes brazos, mirándola directamente a los ojos.
O todo lo directo que le permitía la diferencia de estaturas, al menos.
Por su parte, Cassandra estaba considerando golpearlo. ¡¿Quería cortar con ella o no?! ¿Y ella que ya se había estado haciendo la idea! Era el Día Internacional de las Señales Mixtas, o qué infiernos. Si estaba pensando en un último intento de tener sexo antes de alejarse a cumplir sus muchas misiones bien podía ir y meterse el-
-Creo, mi dulce Señorita Lestrange, que usted me ha mal entendido. -Ah... ¿okey? -Escúchame atentamente, porque tú y yo sabemos que soy mucho peor con las palabras de lo que la gente podría pensar. -Cassandra, sin dejar de mirarlo a los ojos, cruzó los brazos por sobre su pecho, en un intento de prepararse y protegerse de alguna forma y de detenerse a sí misma a albergar esperanzas tontas -Sé que me has escuchado llamarte "amor" muchas veces ya, y sé también que piensas que ha sido parte del juego... pero no. Me tomo estas cosas muy enserio, Cass. La última maldita cosa que pensé que me ocurriría en la mitad de una guerra es sentir...esto que siento por ti, ¿sabes? -Cassandra tragó saliva y recorrió con los ojos el semblante serio en la cara de Sirius. Dios, sí que estaba serio -. Ha sido inesperado y ha hecho que todo sea más difícil...pero también lo ha hecho todo más fácil, a la vez. Eres...bueno, algo que pensé que la vida ya me había vetado, ¿entiendes? Eres mi esperanza de vida, la vida que por años no quise y que, después, por años no me atreví a querer. Y qué carajo, ahora sí la quiero. Aunque, por el momento, no podrá ser más que eso...sólo una esperanza. No podemos tener nada, pelirroja, no así como están las cosas. Tengo que ayudar a Harry y necesito ayudar en todo lo que pueda para derrotar a Voldemort, porque entonces sí podré tener esa vida. Ha sido mi objetivo final desde que vi a Harry, con trece años, ponerse frente a una varita, para salvarme de los dementores. Lo ha sido desde que vi el miedo en los ojos de James y de Lily, cuando supieron que Harry era el nuevo blanco de Voldemort. Cuando ya estaba lejos de Azkaban y vi a mi ahijado otra vez, sólo pude pensar que, si llegaba a vivir aunque fuera cinco años más, o qué diablos, diez años más, quería hacerlo sabiendo que Harry estaba bien, que llevaba la vida que quería, con seis chiquillos de pelo rojo y ojos verdes, junto a Ginny. Quería vivir en un futuro donde mi ahijado no debiese temer por su vida, como teme ahora. Y eso era todo lo que quería para mí...con eso yo podía vivir feliz. Hasta que apareciste tú. -Sirius llevó una de sus manos hasta su cabello enmarañado por las horas de sueño y Cassandra cerró los ojos ante la sensación, antes de volver a abrirlos cuando lo escuchó seguir con su discurso. Uno malditamente bueno, en opinión de Cassandra -Llegaste en la mitad de uno de los peores momentos de mi vida. Harry estaba perdido, y todo era mi culpa. Llegaste empapada como una rata callejera, pequeña y enfadada -okay, quizá no el mejor discurso que ella hubiese escuchado...-y con Harry sobre uno de tus hombros. No sé cómo lo lograste, pequeña, pero diste vuelta mi maldito mundo. Te lo digo mirándote a los ojos. Te amo, Cassandra. A ti, no a mi esposa ficticia que cambia de nombre una vez a la semana. Así que...con riesgo de hacer la propuesta más egoísta de la historia de la las propuestas hechas en este siglo y quedar como el completo idiota que tú sabes que soy... ¿Quieres ayudarnos, ayudarme,a pelear una guerra imposible, contra un ejército de idiotas adictos a las maldiciones imperdonables y contra su líder lunático que quiere asesinar a mi ahijado adolescente y a todos los traidores de sangre donde, por lo demás, estamos incluidos nosotros; para que podamos mudarnos a vivir a la cuidad o al campo o al maldito Tibet si quieres, esperar pacientemente a que junte el valor suficiente para pedir que te cases conmigo, y vivir juntos hasta que te aburras de verme la cara todas las mañanas?
Cassandra estaba absolutamente sin palabras. Y quería llorar. Sirius sí que tenía un buen plan después de todo, maldito fuera él y su corazón loco. Porque debía de estar loco si decía amarla. Y qué carajo, ella lo amaba también, loco y todo.
No dijo nada. Y tampoco lloró. Lo que sí hizo fue reírse y abrazarlo con fuerza.
Sirius reacomodó su agarre en su cintura y la levantó un poco del piso y Cassandra no se había sentido más feliz en toda su vida.
-¿Eso es un sí a la espectacular propuesta que acabo de hacer?
Cassandra se empujó hasta volver a apoyar sus pies descalzos en el piso y lo miró a los ojos esperando que él viera lo feliz que se sentía en ese momento. Las manos de Sirius se movieron hasta sus caderas, atento a su respuesta. ¿De verdad le quedaba alguna duda sobre cuál sería su respuesta?
-Sí, Sirius, es un sí. Y no es necesario el Tíbet, tranquilo, y tampoco pretendo aburrirme de verte la cara en las mañanas. O noches. -Ah, ahí estaba esa sonrisa que tanto le gustaba. Amplia y acompañada de ojos grises contentos, arrugados en los bordes -Me gustaba nuestra rutina hasta el momento, pero tienes razón, es momento de dejar de esconder la cabeza. Tienes cosas importantes que hacer y puedes contar conmigo para ayudarte en todo lo que necesites. Debemos contactar a los Weasley, a Remus o a Tonks. Debemos conseguir información sobre la situación actual. Sobre Harry y de cómo hacerle saber la forma en que contactarnos. Puede ser poderoso, pero podemos hacerle frente, podemos resistir desde el frente opuesto. Voldemort puede ser la ofensiva, seremos la resistencia y Harry será la respuesta...Fue fantástico, el tiempo que tuvimos, ¿sabes?, pero fue tiempo prestado.
Sirius sonreía como si la navidad hubiese llegado antes de tiempo y Santa Claus le hubiese traído cada una de las cosas de su carta de peticiones. Si creyeran en aquel anciano regordete en traje rojo, claro.
-Y cuando necesitemos un pequeño espacio para nosotros, aún podemos obtenerlo.
Cassandra sólo alcanzó a levantar una ceja en pregunta, antes de que las manos de Sirius encontraran el borde de su amplio suéter y lo alzara por sobre su cabeza. Cassandra, con sobresalto, pensó que el muy idiota intentaba meter la cara entre sus pechos, por debajo de su ropa, hasta que las cabeza de Sirius siguió subiendo, lo suficiente como para que el cuello del chaleco se alzara por sobre su cabeza también.
Sirius la miraba sonriente, iluminado por la luz de la lámpara de la cocina que se filtraba por entre la lana del suéter. Era lo suficientemente grande como para permitirles mirarse debajo de algo así como una pequeña carpa de lana sobre sus cabezas.
-¿Ves?, acá hay espacio sólo para los dos.
Cassandra tuvo que reírse y él sonrió contra sus labios, cuando Cassandra se inclinó para besarlo. Sirius definitivamente estaba loco. Y ella se sentía malditamente afortunada de tenerlo bajo su suéter. Sabía que había un motivo por el que la bendita prenda de ropa era su favorita. Después de la camiseta de Puddlemere United, por supuesto.
Fue Sirius el que interrumpió el beso. Y Cassandra se puso alerta de inmediato.
Sirius solía terminar sus besos de forma lenta y a Cassandra siempre le hacía pensar que era cómo si no quisiera alejarse de ella, pero qué demonios, alguien debía sacar la cara por los dos, hacer lo correcto y dejarles volver a respirar.
Esta vez, se detuvo en la mitad del beso y se quedó quieto como estatua.
Algo andaba mal.
Sirius se alejó un par de centímetros de ella y llevó uno de sus dedos a los labios de Cassandra.
Silencio.
Carajo, algo andaba realmente mal.
En un solo y fluido movimiento, Sirius salió de debajo de la ropa de Cassandra y tomó una de sus manos firme en una de las suyas, mientras con la otra sostenía en alto su varita.
Mierda.
-Sirius -dijo Cassandra apenas alzando la voz sobre un susurro. Sirius se giró medio segundo a mirarla, para decirle que la escuchaba, antes de volver a concentrarse en sus alrededores -, adivina quién volvió a dejar su varita en la habitación.
Sirius soltó una palabrota entre dientes y Cassandra se encogió un poco al escucharlo. La ruta de escape planificada era a través de la cocina, por la puerta que daba hacia el patio trasero. Patio que, a su vez, daba hacia un pequeño bosquecito que servía a la perfección para ocultarse. Y ella volvía a dejar su varita en un piso superior a la vía de escape. Y volvía a estar medio desnuda.
Realmente ella no aprendía de sus errores.
Un pequeño ruido, como algo chocando con otro algo, hizo que se giraran en la mitad de un salto, hacia la puerta de la entrada principal. Alguien estaba rondando la casa y se acercaba a la puerta.
Sirius, aun sosteniéndola de la mano, la empujó hasta el descansillo del que nacía la escalera hacia el segundo piso, junto a la entrada de la cocina.
-Ve por tu varita y por el bolso, te quiero de vuelta acá en quince segundos, Cass. No más, quince segundos, ¿entendido?
Cassandra dio un breve asentimiento en su dirección y echó a correr escaleras arriba, sus pies descalzos casi sin hacer ruido sobre la madera de los escalones, los segundos corriendo en reversa en su cabeza.
Doce.
Abrió la puerta sin siquiera dedicarle una mirada a la habitación. Podía haber un intruso allí, pero nada podía hacer ella sin su varita. Cuando la tuvo finalmente en la mano, barrió el espacio con una sola mirada y localizó su bolso y la mochila de Sirius. Por suerte, no localizó ningún mortífago entre las sombras.
Ocho.
Cassandra saltó por sobre la cama, encontró sus botas y se las puso a toda velocidad mientras rodeaba la cama y recogía los zapatos de Sirius y los metía con apuro en su bolso, junto a la mochila de Sirius. Un solo bulto que cargar.
Cinco.
Cassandra cruzó el umbral de la puerta de la habitación y evitó sólo por milímetros no chocar ruidosamente con la pared del fondo y corrió escaleras abajo, justo en el momento en que la luz de la cocina se extinguía.
Dos.
Cassandra alcanzó el pie de la escalera, el miedo aferrándose a su pecho en un puño de hierro. ¿Dónde estaba Sirius?
Un chillido agudo le dijo a Cassandra que el agua en la tetera que había puesto más temprano elegía el mejor momento de todos para hervir.
-¡Sirius! -el sururro gritado de Cassandra casi no se escuchó por sobre el grito de la tetera. No alcanzó a hacer un segundo intento porque entonces la puerta de entrada estalló en la mitad de luz roja y una lluvia de astillas.
Los instintos de Cassandra hicieron aparición y se tiró al piso justo para ver como un rayo de luz azulado volaba en la dirección de quien había destrozado la puerta.
Sirius.
Un golpe sordo le dijo que la maldición había encontrado su destino.
La voz de Sirius apareció de la nada, a la vez que la ponía de pie con un tirón de su brazo y la empujaba hacia la cocina.
-¡Son por lo menos seis, ve por la cocina y nos encontramos afuera! -Cassandra lo tomó por el cuello y lo tiró con ella un poco hacia el piso, cuando desde algún rincón del living una luz verde casi le da en la cabeza. La luz pasó lo suficientemente cerca de ellos como para iluminar sus caras y la sonrisa decidida de Sirius -¡Vamos a hacerles gritar, Cass!
Sirius dio media vuelta y corrió hacia la puerta, saltando sobre el tipo que había intentado entrar hacie unos segundos y Cassandra casi se echó a reír. Oh, claro que los iban a hacer gritar.
Entendiendo que no había tiempo para decir más, Cassandra se giró y cruzó en tres zancadas la cocina, solo para frenar cuando la puerta que daba al patio trasero estalló en llamas.
-¡Desmaius!
Su grito se agregó a la sinfonía que se había formado entre el aullar de la tetera, vidrio quebrándose al otro lado de la casa, gritos y, ahora que su hechizo rebotaba con el muro, una pequeña explosión de madera y loza.
La persona, oculta tras la mesa en el centro de la cocina, devolvió el ataque en forma de un rayo de color violeta brillante. Cassandra no tenía ni una maldita idea de qué era esa maldición, pero sabiendo que no debía ser nada bueno, se tiró al suelo sin pensarlo mucho.
Con ayuda de su varita, Cassandraa empujó las ollas y platos sobre los estantes y los lanzó hacia el espacio donde estaba el o la encapuchada.
-¡Aqua erecto!
El hechizo alcanzó a extinguir el fuego justo lo necesario para que Cassandra se lanzara contra la puerta, a la vez que con la varita y con un ¡Bombarda! Hacía explotar la tetera hirviendo, terminando de golpe con el agudo sonido, pero creando uno nuevo. El encapuchado era el que gritaba ahora.
La explosión de agua caliente alcanzó a golpear uno de sus brazos, pero Cassandra se obligó a ignorarlo. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse, como por ejemplo que le pegó con tanta fuerza a la puerta que no sólo se abrió de un solo golpe y su hombro dolía como los mil infiernos, sino que estaba a punto de darle un narizazo el césped, porque voló por encima de los pequeños escalones al final de la puerta.
Alcanzó a evitar el feo golpe con los brazos y soltó una palabrota tanto por su brazo adolorido, como por el hechizo que hizo explotar la tierra justo a su lado. Asustada, se puso de pie de un salto y encontró rápidamente a su nuevo atacante a un par de metros a su derecha, corriendo hacia ella.
-¡Everte statum! ¡Desmaius!
Cassandra usó una de sus combinaciones preferidas de encantamientos, haciendo primero tropezar al hombre para luego golpearlo y aturdirlo a medio camino al suelo.
Más gritos se escuchaban del otro lado de la casa y Cassandra corrió como si el diablo la persiguiera, el aire fresco de la mañana golpeando con fuerza sus piernas desnudas y congelándole los pulmones con cada respiración.
Acabada de bordear la esquina cuando chocó con alguien tan fuerte que cayó sobre su espalda con fuerza, quedándose sin aire.
-¡Expulso! -su grito no fue más que un ahogado y penoso susurro, porque de verdad no se había quedado sin aire, pero tuvo el efecto esperado. El hombre, alto y moreno, que la había tirado al piso y que había comenzado a alzarse sobre ella, voló un par de metros hacia atrás, dándole el tiempo para reponerse un poco.
Cassandra vio como el tipo se ponía de pie y la miraba, su mirada llena de odio. Y entonces Cassandra ya no tuvo miedo, sino rabia. El muro junto a su cabeza explotó, cuando se lanzó sobre las rodillas y ocultó la cara para evitar ser alcanzada por una nueva maldición. El tipo era mucho más rápido de lo esperado. De todas formas, daba lo mismo. Cassandra ya levantaba la varita y estaba enfadada.
-¡Incendio!
En cuestión de segundos, el fuego envolvió por completo la capa negra del hombre, quien comenzó a gritar, casi compitiendo con el chillido agudo de la tetera. Cassandra sólo se detuvo a mirarlo correr y tirarse al piso por dos segundos más, antes de echar a correr nuevamente. Necesitaba encontrar a Sirius.
Un par de ¡desmaius! e ¡incarcerous!, un par de mortífagos en el suelo y un par de golpes contra el piso y Cassandra pudo alcanzar el frontis de la casa.
Y Cassandra estuvo asustada nuevamente. El lugar estaba cubierto por completo de un humo denso y oscuro, que se expandía por segundos. Y el silencio. Merlín, el silencio.
No debería estar en silencio. Debería haber gritos, debería escucharse hechizos y maldiciones siendo rechazadas o recibidas.
-¡Sirius! -Cassandra se adentró en la nube de humo, y giró a su alrededor intentando encontrarlo, sin lograr ver ni oír nada -. ¡Sirius! ¡Mierda!
Dios. Tenía que calmarse. Hiperventilar en la mitad de una montaña de humo era mala idea, sobre todo porque ya se sentía ahogada. Tenían planificado un punto de encuentro en el bosque, en caso de que se separaran. Ya había algo de luz de día y podía lograrlo sin tanto problema. Habían evaluado la opción de ser separados, no pasaba nada. Calmarse y pensar y...
-¡Sirius! ¡Sir...!
Su grito murió a medio camino de ser dicho, cuando un brazo la cogió por atrás y la rodeó por los hombros, a la vez que una mano cubría su boca.
Cassandra ya había hundido con fuerza el codo en las costillas de su atacante, cuando escuchó su voz y casi lloró del alivio.
-¡Maldición Cass, soy yo!
-¡Oh, Merlín! -Cassandra se giró y se lanzó sobre su cuello -¡No podía encontrarte! Pensé que...
-Shh, ahora no, muévete, ahora, ahora.
Antes de terminar el segundo "ahora" ya estaban corriendo hacia el bosque, hacia el árbol que tenían previamente protegido con hechizos para mantenerlos ocultos. Pensaron que era mejor idea que proteger la casa misma, pues llamarían la atención si alguien estaba buscando precisamente eso. Lugares protegidos.
En dos minutos, ya estaban junto al árbol y Cassandra notó que Sirius no sólo estaba sin camisa y cubierto de pequeñas manchas de sangre, sino que además iba descalzo.
Con un breve gracias, Sirius se puso los zapatos que Cassandra sacó de su bolso, sin dejar de vigilar los árboles que los rodeaban; para luego ayudarla a trepar el árbol.
Arriba, se acomodaron en el espacio que ya habían preparado con anterioridad. Sirius, que estaba sentado tras ella, cubrió sus piernas desnudas con una manta que Sirius había insistido en guardar ahí, y la rodeó con los brazos.
Cassandra se sintió segura y volvió a respirar con algo de tranquilidad.
-¿Sabías que la próxima vez que corriéramos, iba a hacerlo medio desnuda?
-Por supuesto que sí.
Cassandra se rió en voz baja y acomodó la espalda en el pecho de Sirius. Ahora quedaba sólo esperar.
Capítulo nueeeevo. Espero que les haya gustado. Subiré el que viene el fin de semana :) Se vienen noticias de Remus y de Harry. Y vuelve Ulrich, señores y señoras ;D
Gracias por seguir leyendo, incluso con la distancia de tiempo entre los capítulos. Son los mejores !
Si pueden, cuéntenme qué les pareció! Besos y abrazos!
