Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío.


Finalmente, ni ella ni Sirius resultaron heridos durante el escape de Essex. Al menos no heridos de gravedad. Sirius tenía un corte feo en la frente y un moretón del tamaño de Kreacher en uno de los costados, pero además de eso, estaba sano y salvo.

Ella, por su parte, tenía la piel del brazo izquierdo algo sensible y enrojecida, donde le había caído el agua hirviendo de la tetera explosiva y el lado derecho de la cara lleno de pequeños cortes, que no recordaba haberse hecho, pero que ahí estaban.

Eso había sido hace dos días y ninguno de los dos había logrado dormir mucho. Tenían apuro por recuperar el tiempo que pasaron simplemente huyendo. Sirius le había pedido que enviara un patronus a Remus, pensando que el suyo sería reconocido si alguien más lo veía.

Un perro lanudo ladrándole a Remus Lupin en público no era la mejor manera de mantenerse al margen. Ni de ser sutil, no.

Así que el de Cassandra tendría que servir. No que un maldito y enorme elefante brillante y plateado fuera mucho más sutil, pero era lo que tenían.

Remus había enviado un patronus, o más bien le había pedido a alguien que enviara el patronus y, un par de horas después, un pingüino plateado les había dado una fecha, unos números y una palabra. Sirius llevaba horas y horas dándose cabezazos contra las mesas, sillas y muebles en general, intentando descubrir qué era lo que le querían decir.

Habían decidido trasladarse a un vecindario de magos, en vez de uno muggle, en una pequeña, pero muy acogedora casa abandonada en Cliffe Woods, llamado Tea Valley, al norte de Rochester, en Kent. Hasta el momento, era el lugar que más le había gustado a Cassandra. El patio era hermoso, lleno de malezas y flores muertas, pero prometía primaveras coloridas. Tenía un árbol atrás, un manzano, y un pequeño estanque. Era el tipo de lugar donde a ella le habría encantado vivir.

Que fuera un vecindario mágico también les permitía llenar el lugar de hechizos protectores y no llamar tanto la atención, no eran los únicos intentando proteger sus propiedades. Y el lugar estaba abandonado desde hace unas buenas semanas, o al menos eso habían escuchado de los vecinos.

–Entiendo la fecha, es claro, es hoy. La hora, también es obvio. El nombre...puede ser alguna clase de contraseña, pocos están relacionados o conocen ese apellido, la línea ya desapareció con Fabian y Gideon. ¿Pero qué carajo quieren que haga con los números? Quieren comunicarse, pero...¡AHG!

Cassandra no se molestó en responderle. Lo había intentado al principio, pero Sirius descartaba con un manotazo al aire cada una de sus ideas y cada vez gruñía más y más, así que Cassandra dejó de intentarlo. De hecho, estaba segura de que ni siquiera le hablaba a ella, sino a sí mismo.

El mensaje había sido: Doce de octubre. Once PM. 104 9. Prewett.

Era doce de octubre y eran las...las 10:31 de la noche, confirmó Cassandra mirando el reloj sobre la chimenea apagada...y Sirius se estaba volviendo loco. Y la estaba volviendo loca a ella.

Las cortinas de las ventanas estaban en su lugar, llenando la sala de estar y el comedor de penumbras, que ellos combatían con dos velas sobre la mesa y otro par repartido por el lugar. Querían mantener la imagen de casa abandonada y eso incluía luces apagadas y ventanas cerradas.

Cassandra decidió dejarlo hablar solo y siguió con su tarea...es decir, pelar fruta y picarla sobre un pequeño bol. Esa sería la cena, no tenían mucho más de donde elegir.

El número era algo que también estaba molestando a Cassandra, si debía ser sincera. ¿Un número de calle? ¿Una dirección? ¿Una -?

–¿Sirius, qué fue eso?

Sirius también había detenido de inmediato su sinfín de palabrotas al escuchar un puño golpeando contra madera. Eso era claramente alguien llamando a una puerta.

Grande era Merlín y su misericordia, porque no era la puerta de ellos la que estaba siendo aporreada.

–Creo que es la casa de al lado.

Cassandra sopló las velas, para apagarlas a la vez que Sirius se acercaba a una de las ventanas a un costado de la casa que ocupaban desde dos días atrás.

Cassandra lo alcanzó unos segundos después y metió la cabeza bajo el brazo de Sirius para ver lo que pasaba afuera.

Pasaba que tres enormes hombres intentaban echar abajo una puerta, bajo la apariencia de "llamar a la puerta". En aquella casa vivía una mujer con sus dos hijos y Cassandra se encontró de inmediato temiendo por la seguridad de la pequeña familia de brujos.

El ángulo no les permitía ver la puerta, pero cuando los hombres se detuvieron y el más alto de ellos alzó la cabeza y comenzó a hablar, Sirius y ella se pusieron en movimiento.

Usando encantamientos desilusionadores en ellos mismos, salieron por la puerta trasera y saltaron la valla que separaba ambas propiedades antes de acercarse a la puerta rodeando la casa de sus nuevos vecinos.

–...no lo comprendo –la voz de la mujer sonaba asustada como el infierno–, fui a Hogwarts, mi marido también, somos magos-

–Permítame dudarlo, señora. Por orden del Ministerio de Magia, debe presentarse en la fecha indicada ahí, frente a la Comisión de Registro de Nacidos Muggles, para ser interrogada y comprobar sus antepasados mágicos, pues, usted entiende...sólo sangre mágica da origen a sangre mágica. No queremos usurpadores de poderes mágicos entre nosotros, ¿no?

¿Usurpadores de poderes mágicos? ¿De qué carajo estaban hablando? No podía ver la cara de Sirius, pero algo le decía que ella no era la única que se lo preguntaba.

–Pero...

–En la fecha indicada. Y lleve a los niños. Que tenga buena noche, señora.

Los hombres comenzaron a moverse nuevamente y Sirius la abrazó, y la empujó hasta llevarla casi al suelo, aun estando ambos bajo los efectos de los encantamientos desilusionadores.

Los hombres no cruzaron hacia el espacio entre ambas casas, lo que fue tanto un alivio como una pequeña desgracia. No pudieron ver los rostros, ni siquiera las vestimentas de los hombres. Pero al menos no se acercaron hasta la puerta de la casa que ellos estaban ocupando.

El sonido de una puerta siendo cerrada suavemente, trajo a Cassandra de vuelta al mundo real y con un tirón en el borde de su blusa, Sirius le dijo que era momento de volver a la seguridad de su casa recientemente alquilada. Hicieron el recorrido en silencio, tomados de la mano, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

La mente de Cassandra continuaba en la casa de su vecina. ¿Era esta la forma que utilizarían para infringir algún tipo de castigo a los nacidos de hijos muggle? ¿Acusarlos de no ser dueños de su magia, de haberla robado y darles a todos un pasaje de ida a Azkaban?

Cuando alcanzaron la entrada trasera de la casa, se detuvieron en la entrada, en el porche, ocultos entre la oscuridad. Cassandra no hizo ademán de abrir la puerta y Sirius pareció no molestarle tampoco hacer una pequeña pausa.

Quedaba no más de una hora para media noche, la oscuridad era casi absoluta y los únicos presentes, además de ellos mismos, parecían ser los insectos que cantaban y gritaban entre los árboles y plantas que rodeaban la pequeña propiedad. Tea Valley quedaba medianamente alejado del centro de Cliffe Woods, que tampoco era un pueblo demasiado grande, lo que permitía que, a esa hora, se pudiese apreciar el cielo y la noche en su máximo esplendor.

Cassandra respiró profundo, y apoyó la espalda en el muro de la casa, junto a la puerta. Pensó que podían permitirse ese pequeño minuto de aire libre, llevaban demasiado tiempo encerrados.

De reojo, notó que Sirius parecía estar pensando en una línea similar a la de ella. Se veía tranquilo y contento, sólo con estar parado en la oscuridad y respirando el aire fresco de la noche. Aún tenía una de sus manos sobre uno de los brazos de Cassandra y no parecía querer soltarla, incluso viéndose tan relajado como se veía.

–¿Qué crees que fue todo eso?

La voz de Cassandra interrumpió el cómodo silencio que habían mantenido por ya algunos minutos y lamentó de inmediato el haber abierto la boca cuando Sirius soltó un suspiro que parecía estar cargado de pesadumbre.

Sirius la tiró hasta que la tuvo bajo uno de sus brazos y la abrazó, haciendo algo de fricción sobre su brazo izquierdo, cuando notó su piel fría, teniendo cuidado con su piel quemada.

–Eso, mi pequeña y pelirroja secuaz, es el nuevo régimen del Ministerio dando sus primeros pasos. Van a iniciar una persecución y no va a ser lindo.

Cassandra se quedó esperando a que dijera algo más, pero cuando no hubo más palabras, decidió dejar el tema. Era momento de entrar.

Una vez estuvieron de vuelta en la sala de estar, Sirius se encargó de prender las velas nuevamente, y volvió a ocupar su sitio en el pequeño sillón, justo frente al pequeño pergamino que tenía anotado lo que se había transformado en el último de sus misterios.

Doce de octubre. Once PM. 104 9. Prewett

Cassandra se levantó de la silla donde había aterrizado su trasero después de la pequeña incursión hasta la casa de los vecinos, y se acercó a la cocina para lavarse las manos y terminar de pelar la fruta que tenía la misión de convertirse en la cena de ambos.

–Quizá quieren que escuches la BBC-radio.

Cassandra habló sin pensarlo mucho, su cabeza al otro lado de la cerca, con la Señora Fergguson y sus dos chiquillos. Sólo registró sus palabras, cuando notó el silencio absoluto que las siguió. O al menos todo lo absoluto que permitía el ruido del agua corriendo en el lavaplatos.

Mirando sobre su hombro, Cassandra vio a Sirius mirándola muy serio, parado en el umbral de la puerta, un ceño fruncido adornando su frente.

–¿Sirius?

–¿Qué fue eso?

Cassandra suspiró, alejando la vista de Sirius y enfocándose en sus manos mojadas. Cerró la llave del agua, sintiendo venir una jaqueca. Sirius estaba estresado. Se notaba en su extrema sensibilidad con el tema de Harry o descubrir algo sobre él. O sobre el mensaje en clave que le había enviado Remus con el pingüino-patronus.

–Sirius...no me estaba burlando, en serio. Tenía la cabeza en otra parte y era sólo una tonter-

–No, Cass –Sirius la tomó por la cintura y la giró en un rápido movimiento que hizo a Cassandra perder levemente el equilibrio. Ni siquiera le había sentido acercarse –, ya sé que no te burlas, no es tu estilo. Pero, ¿a qué te referías?

Cassandra miró a Sirius y notó que estaba tan serio como la maldita muerte. ¡Y ella sólo había hablado por hablar!

–No...no era nada, sólo que ese número, ciento-cuatro y nueve, son también los números de una emisora de radio muggle. Una muy conocida. Pero claramente Remus no quiere que escuches noticias muggles.

¿O sí?

Cassandra miró con fascinación como Sirius pasaba de mirarla directamente a los ojos, a desviar la mirada y quedarse pegado mirando algún punto cercano a la ventana frente al lavaplatos...para luego ver aparecer con casi dolorosa lentitud una sonrisa que parecía ir desde una de sus orejas a la otra.

Santo Merlín, sí que era guapo cuando sonreía así. O cuando se estaba riendo...o cuando estaba serio. O cuando dormía...o cuando tosía...o cuando estaba disfrutando alguna comid-

–Cass...eres brillante.

También se veía muy guapo cuando decía verdades.

Sirius no se dio el tiempo de explicarle nada, pero Cassandra no hizo ademán de quejarse al respecto, porque Sirius entonces la besó corta, pero acaloradamente, antes de salir corriendo en dirección a la sala de estar.

El hombre estaba loco. Se había enamorado de un hombre loco. Pero que besaba muy bien, lo que compensaba el detallito de la locura, en opinión de Cassandra.

El sonido de algo pesado cayendo sobre el piso y alguien, claramente Sirius, revolviendo todo a su alrededor, hizo que Cassandra se sacudiera mentalmente y se asomara fuera de la cocina para ver si lograba enterarse de cuál era el motivo de tanto alboroto.

Cassandra encontró con la vista a Sirius justo en el momento en que, de uno de los muebles bajos junto a la ventana principal, sacaba una pequeña radio, que tenía aspecto de haber visto tiempos mejores y se sentaba en el piso, a la vez que colocaba el artefacto sobre la mesita de centro.

No pensará que de verdad tenían que escuchar la BBC, ¿no es cierto?

La pregunta alcanzó apenas a cruzar su mente, antes de que Sirius comenzara a hablar y le dejara en claro que escuchar la maldita BBC radio era precisamente lo que iban a hacer.

–Cuando estábamos en Hogwarts –comenzó Sirius al parecer percibiendo el aura de "qué carajo" que rodeaba a Cassandra –, Remus nos contó de unas pequeñas radios que los muggles usaban para comunicarse a distancias largas, usando...eh, frecuencias. Sí, frecuencias distintas. Coincidimos, junto a James además, que era una buena forma de comunicarse en secreto, porque podías ir cambiando las frecuencias cada vez que quisieras, ¿entiendes?

–Eh, creo que sí.

–No hay muchas frecuencias, o al menos no las suficientes como para que alguien muy paciente no la encuentre después de revisarlas todas, pero si tomas otras precauciones...Entonces –Sirius encendió la radio, que soltó un sonido como de motor oxidado que variaba de volumen con la velocidad con la que Sirius movía la pequeña palanca que tenía en un costado; y Cassandra se acercó hasta él, acomodándose en el sofá frente a la mesita en la que ahora estaba el pequeño aparato –, tenemos la radio, la frecuencia y...la palabra clave. Prewett.

Sirius dijo la palabra apuntando su varita a la radio y la voz de un hombre muggle contando sobre un accidente en una de las rutas principales de Londres, desapareció entre el ruido blanco y vacío de interferencia, que se mantuvo y mantuvo con el pasar de los segundos, en la mitad de un silencio tenso.

Cassandra, sin mover más que los ojos, buscó el reloj sobre la chimenea. Marcaba las once y un minuto.

Cassandra sintió ganas de gritar, cuando otro minuto pasó y no hubo nada nuevo. Ruido de interferencia, sombras que se iban y venían con el movimiento de las llamas de las velas que tenían repartidas por la habitación, Sirius sosteniendo el aliento.

Un ruido fuerte y agudo marcó el fin del ruido que ya parecía haberse transformado en la banda sonora de la vida de ambos en los últimos minutos. Sirius saltó de su lugar en el piso y terminó, luego de perder levemente el equilibrio, de pie junto a la mesa, con los ojos clavados en la pequeña radio. Cassandra, por su parte, y con mucha menos gracia, había rebotado en el blando sofá a la vez que soltaba una palabrota digna del más querido y recurrente cliente del Cabeza de Puerco.

Cassandra sólo alcanzó a mirar de reojo a Sirius, cuando la radio se quedó en absoluto silencio, antes de volver a sobresaltarse, esta vez debido a una voz que le resultó vagamente familiar.

–Buenas noches, aquí River iniciando nuestra novena transmisión de Potterwatch.

El grito de "AHA!" de Sirius interrumpió el "me tienen que estar..." de Cassandra y ambos se miraron con caras de asombro y alegría.

Sirius se sentó a su lado, y tomó una de sus manos entre las de él, antes de concentrarse nuevamente en la radio.

–Esta vez me encuentro solo, haciendo llegar a todos ustedes la información que otros medios no han considerado lo suficientemente importante como para hacerla parte de sus entregas. De antemano, además, he de pedir disculpas. Será una transmisión breve, pues me ha llegado información de que nuestros siempre queridos amigos Mortífagos podrían estar acercándose más de lo que me siento cómodo en aceptar, en la búsqueda de nuestra locación de transmisión. Podría ser que la teoría que discutimos profundamente la semana pasada, sobre si eran o no más idiotas que un Troll bajo los efectos de hongos alucinógenos, podría tener una respuesta distinta a la esperada –Cassandra soltó una risa y Sirius se giró a verla, más feliz de lo que Cassandra lo había visto en algún tiempo –. Primero, quiero volver a mencionar una información que logramos confirmar hace unas semanas, lamentablemente más tarde de lo que nos hubiese gustado. Sé que los tiempos han cambiado en los últimos años y nada me alegra más que saber que cada vez más magos y brujas de todas las edades toman partido en esta guerra contra aquellos que tanto daño quieren causar, sólo por afán de poder y un egoísta sentido de dominio. Los incentivamos a hacerse parte de todo esto, a proteger a los suyos y a los que lo rodean, a ayudar a las familias muggles que conozcan y que se encuentran en aún más peligro que el resto, al ser ignorantes al peligro real que implica a veces simplemente salir de sus casas. Los incentivamos a no creer en las mentiras que cuenta el Ministerio y a no permitir que se vulneren sus derechos de magos, sólo por ser de origen muggle. Pero no caigan en falsas valentías ni seguridades. Para empezar, la primera alternativa debe ser siempre correr. Estos infelices no dudarán en disparar a matar y viajan generalemtne en grupos grandes. Y segundo, no digan y repito el NO, para que quede claro. No mencionen el nombre de Quién-no-debe-ser-nombrado. –Sirius y Cassandra se miraron algo sorprendidos con la vehemencia con la que aquel hombre -River- dijo eso. ¿Qué pasaba con eso de no temerle a un nombre? –El nombre se encuentra maldito. Lo que es una ironía por sí misma, porque el dueño del nombre también es un maldito mal nacido, pero el punto es que NO deben mencionar el nombre. Ellos, en su máxima inteligencia, han asociado el mencionar el nombre de Quien-no-debe-ser-nombrado con aquellos que establecen abiertamente su desacuerdo con él y con el nuevo régimen que busca instaurar. Quien lo nombre, será rastreado y arrestado. El nombre es tabú, NO lo mencionen.

River permitió un pequeño momento de silencio, como esperando que sus palabras lograran un impacto mayor a que ya habían tenido y Cassandra no pudo evitar volver mentalmente un par de días atrás, intentando recordar si habían mencionado o no a Voldemort cuando fueron atacados.

Bueno, ahora, la sección que menos nos gusta, pero que es absolutamente necesaria, pues no podemos permitir que ninguna muerte quede en silencio. Lamentamos el fallecimiento de Honoria y Ergus Patil, nuestro más sentido pésame a su familia, en especial a sus sobrinas, que sabemos están resistiendo desde Hogwarts. Estamos con ustedes. Además, una nueva familia de muggles fue atacada anoche, en Rochester. Es sobrecogedor anunciar el fallecimiento de los nueve integrantes de aquella familia, dos de los cuales no tenían más de dos años.

Cassandra sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Malditos fueran. ¿No tenían ni honor ni remordimiento? ¿Ni alma? ¿Qué amenaza significaban dos niños de dos años? Una idea hizo repentina aparición en su mente, helándole instantáneamente la sangre ¿Dudarían en levantar sus varitas contra Tonks, embarazada, si no se detuvieron en hacerlo contra dos bebés?

–Por Dios...

Sirius no hizo comentario, pero la abrazó y besó su cabello, percibiendo que la calma la había abandonado.

Quisiera además mencionar a Romona Inglebee, quien se encuentra desaparecida desde el miércoles. Su madre y hermano esperan desesperados algún dato o noticia de su paradero. Muy bien, terminando ya esta transmisión, mencioné que me encontraba sólo, pero tengo dos recados de nuestros habituales colaboradores. Primero, Royal pidió que les mencionara que cuenta con información confiable y segura, tan segura como que la próxima túnica que se pondrá será de un brillante púrpura –Sirius soltó una carcajada. Era claro para ellos quién era Royal –, que ya no es seguro intentar ocultarse entre los bosques en las cercanías de Ringwood; debido a la estricta vigilancia que el Ministerio tiene ahora en ellos. Segundo, Romulus también tiene un mensaje, dirigido a dos personas en particular –el corazón de Cassandra agarró velocidad. Tenía una no muy vaga idea de quién podía ser Romulus –. Hocicos, primero esperamos que tú Roja estén bien y ocultos en algún lugar no muy lejos del país. No nos hemos conocido en persona aún, pero estoy ansioso por hacerlo. Hocicos, tu reputación te antecede y esta guerra tiene muchas más esperanzas de ser ganada contigo de nuestra parte y, bueno, Roja...las malas lenguas dicen que dejaste el culo de Romulus estampado en el piso de una cocina en su primer encuentro y eso ya es suficientemente espectacular para que te tenga en lo alto de mi lista de Gente-que-espero-pronto-conocer. Además, dicen que te ves muy bien en vestido, al contrario del resto de los colaboradores con los que me codeo. Aunque quizá algunas de las túnicas de Royal pueden considerarse vestidos. –A esa altura Cassandra se reía abiertamente, secándose lágrimas de los ojos. Por Merlín, también esperaba conocer pronto a este River –. Pero volviendo al mensaje. La gente está siendo cazada y está haciéndose difícil proteger a aquellos que logran escapar, con la esperanza de sobrevivir lo suficiente, a la espera de que la amenaza termine. Roja eres buena escapando, dicen, y tú Hocicos, eras uno de los mejores estrategas en la vieja guerra. Romulus está en difícil situación, bajo vigilancia y con una pequeña preocupación que se hace más grande con el paso de los meses. –Ay, Tonks...– No sabemos en qué están ahora, pero estamos flaqueando por aquel lado, quizá ustedes logren llegar a una solución. Ah, y Romulus también quería que les hiciera saber que casi lo matan del susto cuando enviaron el elefante mensajero, sea lo que sea que eso signifique. Muy bien, queridos oyentes, llegamos al final de este Potterwatch. Sé que muchos han oído sobre el episodio de hace algunas semanas, en el Ministerio. Harry Potter estuvo ahí, les hizo frente en sus propias narices, liberó a varios magos y brujas que estaban siendo interrogados y luego huyó. La lucha empieza y continúa. Esperamos poder transmitir pronto, estén atentos. La siguiente clave será Lily. Manténganse alerta, no bajen la guardia, protéjanse unos a otros. Cuídense y mantengan la fe. Buenas noches.

Nuevamente el ruido de interferencia inundó la sala, pero ya no traía con él una sensación de incertidumbre, sino de algo similar a la tranquilidad y de decisión.

La guerra había empezado y los estaba esperando.


12 de octubre de 1997, Tea Valley, Cliffe Woods, Kent

Cassandra había despertado hace un buen par de minutos, pero se encontró a sí misma queriendo no moverse de la comodidad que ofrecía el abrazo de Sirius.

Si tres meses atrás le hubiesen dicho que estaría en la casa de un par de magos desconocidos, en la cama, con una pierna entre las de un hombre, su propia mano extendida sobre el pecho de ese mismo hombre y la cabeza apoyada junto a su mano, subiendo y bajando con cada una de las respiraciones del ya mencionado (y por lo demás, muy sensual) hombre, Cassandra les habría dicho que dejaran de fumar raíces de mandrágora.

Cada vez se convencía más de que el destino se había dado un par de minutos para trabajar específicamente en la historia de ambos, para juntarlos en aquel momento. Estaba enamorada y él también lo estaba...Sirius le había confesado que enamorarse había estado en el número 540 de la lista de "Cosas que quizá, quizá ocurran algún día" cuando él era joven, pero que después de Azkaban ni siquiera estaba en la bendita lista. Y ella...había vivido presa toda su vida en la mansión de su madre y de verdad pensó que aquel sería el lugar donde muriera, cuando alguno de sus hermanos no controlara algún repentino ataque de furia.

Y sin más, dos meses y medio después, Cassandra no se imaginaba los días que vendrían, sin Sirius. Quizá terminaran ambos muertos, bajo alguna maldición asesina, pero no imaginaba que eso ocurriera sin que Sirius estuviese al menos cerca de ella.

El cambio en el ritmo estable y regular del corazón resonando en su oído le dijo que Sirius comenzaba a despertar. Había notado que Sirius no se movía mucho durante el sueño, incluso cuando estaba recién despertando. Su pulso se aceleraba levemente, sus respiraciones se hacían menos profundas, pero no había más movimiento que eso, hasta que abría los ojos y miraba a su alrededor, casi como para asegurarse de que era seguro moverse.

Debía ser cerca de las ocho de la mañana, calculaba Cassandra. Muy poca luz se colaba entre la gruesa tela que cubría las ventanas, pero las aves residentes de los árboles cercanos ya cantaban con un fervor similar al de Sybill Trelawney en la mitad de una profecía inventada.

La mano de Sirius, que hasta ese momento había estado en la curva de su espalda, se deslizó suavemente hasta otra curva, esta vez la de sus nalgas y Cassandra alzó una ceja en la oscuridad, ante tal especial manera de empezar el día.

No que le molestara mucho, pero un "buenos días" previo no habría estado mal.

Cassandra levantó la cabeza para mirarlo y se encontró con que Sirius ya la miraba, una sonrisa ladeada en los labios, al parecer expectante de su reacción.

–Buenos días, Pelirroja.

Y ahí estaba el "buenos días". Cuatro segundos después del apretón de culo, pero pudo ser peor. Por lo menos mantenía los buenos modales, sin importar las circunstancias.

–Buenos días, Hocicos.

–Oh, vamos –dijo Sirius, en la mitad de una mueca, aún con la mano firmemente apoyada en su retaguardia casi descubierta –, no me parece justo que yo deba quedarme con ese apodo, sólo porque no había otra forma de hablarme en clave por radio, cuando tu nombre clave es...medianamente sensacional.

Cassandra sonrió encantada. Roja era un maldito buen apodo.

–¿No es cierto?

–Dije "medianamente". No es para tanto. Y debo decir que yo prefiero...Pequeñaja Pelirroja.

Cassandra se rió antes de volver a apoyar la cabeza en su pecho, usando la mano que aún tenía apoyada en él para jugar con el escaso vello que ahí había. Sirius pareció estremecerse, pero no hizo mayor movimiento que ese.

–No seas llorón Sirius, River también mencionó tus capacidades como estratega.

Sirius buscó con una de sus manos el mentón de Cassandra y haciendo uso de la mano que aún tenía en su trasero, la empujó hacia arriba hasta atrapar sus labios con los suyos.

El beso lento y lleno de calor hizo estragos con los nervios de Cassandra, quien movió las manos hasta enmarcar la cara de Sirius, no queriendo ponerle fin a aquel beso.

Sirius, compartiendo el mismo entusiasmo que sentía Cassandra en ese momento, la empujó hasta que estuvo a horcajadas sobre él, manteniendo una mano en cada uno de los muslos de Cassandra.

El beso subió rápidamente en la escala de "Santo cielo, voy a hacer combustión espontánea", que era una nueva categoría que Cassandra había tenido que crear con la entrada de Sirius a su vida.

La posición y la fricción que se había creado entre ellos le dijo a Cassandra, en un mensaje muy claro y, sobre todo, muy grande, que Sirius la deseaba. Y en nombre de Morgana y sus hormonas mágicas, ella también lo deseaba.

–Cass...–susurró Sirius contra sus labios, su voz ronca y ahogada.

–Mmh...

Lo que se demoró en decir ese "mmh" fue todo lo que Cassandra permitió antes de retomar la dulce y caliente labor que era besar a Sirius.

–Cass...detente un momento, por favor.

Fue el "por favor", dicho en voz casi suplicante, lo que detuvo realmente a Cassandra. Alejándose unos metros, buscó en la poca luz que tenían, los ojos de Sirius. No dijo nada, pero la pregunta estaba en el aire, entre ellos.

–Antes de que empieces a llenar esa cabecita con preguntas y dudas, déjame decir que no hay cosa que desee más que arrancarte la poca ropa que tienes encima y tener sexo desenfrenado contigo –Santa mierda, dijo "sexo desenfrenado" –, pero no va a ser ahora. No en la cama de un par de magos que no sólo no conocemos, sino que ni siquiera sabemos si siguen vivos.

Justo cuando Cassandra iba a abrir la boca para preguntar si podía ser entonces en el piso alfombrado del par de magos desconocidos, Sirius se acercó para besarla en la punta de la nariz y se impulsó hasta quedar medio sentado, medio acostado sobre los almohadones, arrastrándola hasta acomodarla bajo uno de sus brazos.

Cassandra decidió que no era buena idea presionar con el tema. No era un buen momento, ni un buen día, y ni siquiera estaba segura de que fuera un buen mes para intentarlo; pero decidió también que, hasta el momento, no habían apresurado nada y las cosas habían salido medianamente bien. Para que tentar a la mala suerte, si la mala suerte ya parecía tener algo personal con ellos.

–Entonces, Roja –dijo Sirius luego de aclararse la garganta –¿alguna idea sobre como enfrentar esta pequeña misión que nos encargó personalmente Remus?

–Pensé que el estratega estrella eras tú.

–Cierto, pero he descubierto que esa cabeza tuya puede funcionar a favor de algo si te esfuerzas un poquito.

–¡Hey! –Cassandra enfatizó su desacuerdo con un pequeño golpe sobre el pecho de Sirius, quien se rió como si insultar su inteligencia fuera el mejor de los pasatiempos. Idiota pomposo.

Sirius volvió a reír, porque eso último escapó de los límites de sus pensamientos y salió de su boca en forma de un susurro enfadado.

–No, hablo en serio, eres buena haciendo planes, ¿no?

–No...soy muy buena haciendo planes.

–¿Quién es la de la actitud pomposa ahora?

–Sigues siendo tú, querido. Pero bien, volviendo al tema. River dio a entender que la gente está optando por escapar, antes de presentarse a las interrogaciones. Supongo que en un comienzo la gente sí iba al Ministerio cuando eran citados, pero que dejaron de hacerlo una vez notaron que la gente comenzaba a ser apresada, ¿no? –Sirius hizo un sonido de asentimiento – Y, por lo que mencionó River sobre los bosques de Ringwood, la gente ha pensado similar a nosotros, decidiendo ocultarse entre árboles y pequeños cerros. Lo que es inteligente, pero a la vez riesgoso en esta época del año –Cassandra imaginó a la Señora Fergguson y a sus dos niños intentando capear el frío en la mitad de un bosque. O a Tonks, con una gran panza de embarazo, abriéndose paso entre la nieve. Las imágenes mentales eran de todo menos tranquilizadoras –. Este otoño promete ser frío y la nieve hará aparición pronto. Algunos podrán acomodarse a las dificultades climáticas y a la intemperie, pero no son sólo adultos los que están escapando.

–Eso es cierto. Están atacando y asesinando a niños. No van a dudar con las mujeres y los ancianos.

–Exacto. Así que...no sólo hay que hacerle frente a estos grupos que al parecer están cazando a los que escapan...sino que también necesitamos un refugio. Uno muy bien ubicado, pensado y protegido. Un refugio y un centro de mandos. Y necesitamos a más gente que esté dispuesta a ayudar.

–Y, mi brillante y pelirrojo cerebrito –dijo Sirius después de unos momentos de silencio, depositando un breve beso sobre una de sus cejas –, ¿dónde se te ocurre que lograremos encontrar más gente y un lugar para refugiados?

Cassandra sintió como su frente se arrugaba en un ceño profundo, antes de soltar una pequeña risa.

–Sirius...no sé sobre "más gente", pero sí se me ocurre una persona y el lugar adecuado.


–Whoa, detén ahí tus thestrals. Inmediatamente. Quieres que esta casa, se transforme en un...refugio. Mi casa. No es que importe mucho, pero ¿cómo carajo llegaron a la conclusión de que mi casa y yo éramos la solución a todos los malditos problemas?

Cassandra se encogió un poco ante el tono de voz del hombre que tenía justo en frente. Cuando pensó en quién, además de ellos, estaría dispuesto a sacrificar su vida por defender a quien lo necesitara, por algún motivo la cara de Ulrich Collingwood había aparecido en su mente. Él, Tommy y Rossie.

Sirius no había estado muy contento con la idea, pero Cassandra había insistido. Algo en las tripas le decía que Ulrich podría ser un muy poderoso aliado.

Eso, y el hecho de que el tipo le caía bien.

–Hey, cuida tus palabras, hay una dama presente.

Y ese era Sir Sirius, defendiendo su honor de Dama Inglesa.

–¿Lo dices por Rossie? Porque ella se va a la cama en este mismo instante, ¿no es cierto, Rossie?

Cassandra miró por sobre su hombro, al lugar donde Ulrich tenía clavada la mirada. La chiquilla estaba parada en el umbral de la puerta y no se veía muy contenta con la idea de irse a la cama.

–Hola, Cassie.

–A la cama, Rose. –La voz de Ulrich interrumpió su intento de saludar de vuelta a la niña, quien con expresión de absoluta derrota se retiró, no antes de devolverle a Cassandra la seña que ella había hecho con la mano, diciendo tanto "hola" como "adiós".

Con la niña ya fuera de vista, Ulrich se acercó a la puerta y salió a mirar afuera, como para asegurarse de que la niña le había hecho caso. Dando por terminada su pequeña revisión, volvió a la cocina y cerró tras él la puerta, antes de dejarse caer pesadamente en la silla frente a Cassandra, en la gran mesa de madera en la mitad de la enorme cocina, que estaba adornada sólo con las tres tazas de café humeante frente a ellos.

Sirius, a su lado, trataba de mantenerse calmado, dibujando círculos imaginarios en el dorso de la mano de Cassandra y ella agradeció de verdad que hiciera el intento. No era un secreto que a Sirius no le agradaba para nada el Hombre del Bosque.

–Ulrich, mira...no es que queramos abusar de tu hospitalidad, pero Sirius y yo estamos tratando de armar algún plan que nos permita ayudar a los que están escapando del Ministerio. No sólo defendiéndolos, para lo que claramente necesitaremos más gente, sino dándoles un lugar donde quedarse. Los están cazando. Me imagino que has escuchado sobre eso, ¿no? Tú nos dijiste que Tommy y Rossie habían estado huyendo junto a su madre, hasta que se separaron y los encontraste.

Ulrich tomó un sorbo de su café antes de contestar.

–Cuando encontré a los niños dijeron que los habían confundido con muggles. Asumí que estaban siendo blanco de mortífagos, por ese motivo. Y Marge...bueno, ella es squib. Siempre ha estado en una peligrosa situación.

–¿Quién es Marge?

–Oh, es cierto, vino acá después de que ustedes se fueron. Margarette Milovan, tiene sesenta años, pero se mueve como si tuviese veinte y cocina como los dioses. La encontré sentada en una banca, en una plaza en Totton, cuando fui a comprar provisiones. Se veía perdida y algo asustada, pero la lechuza negra en una jaula junto a ella me dijo que no era una viejecita cualquiera. No me dijo qué tipo de encuentro tuvo con mortífagos, pero la mujer tiene un carácter endemoniado, debe haber sido algo grande si finalmente quedó reducida a un ratoncito anciano y asustado. Así que ahora vive acá.

Cassandra quiso hacer el comentario de que cada vez le daba más la razón en aquello de que él era perfecto para ayudarlos a establecer un refugio.

Por la cara que tenía Sirius, como si lo estuviese contemplando en una luz completamente nueva, no era la única pensando así.

–Me alegro saber que pudiste ayudarla, Ulrich –le dijo Cassandra, hablando en serio y siendo totalmente sincera –. Si no estuviese aquí, estaría probablemente muerta –Ulrich buscó sus ojos, su mirada era seria y enfadada, pero Cassandra no se echó atrás y le sostuvo la mirada –. No la atacaron sólo porque es squib ni a los niños porque los confundieran con muggles. El Ministerio está obligando a todo hijo de muggles a presentarse con su familia para ser interrogados. Decidieron que los acusarían de robarles la magia a los verdaderos magos, los sangre pura. Los están encarcelando, aunque no sé dónde exactamente...una parte de mí se niega a pensar que estén dándole nuevo uso a las instalaciones de Azkaban –Sirius, apretó un poco la mano de Cassandra que aún tenía entre las de él –. La gente comenzó a huir y el Ministerio abrió la temporada de caza.

–¿Los hijos de padres muggles, dices? –La voz de Ulrich era tensa y había empalidecido notablemente.

–Sólo basta un antecesor muggle para entrar en el libro negro del nuevo Ministerio. –contestó Sirius, adelantándose a Cassandra.

Ulrich tragó saliva compulsivamente, antes de apoyar los codos en la mesa y hundir la cabeza en sus manos. Cassandra debía admitir que estaba un poco sorprendida. Pensaba sensibilizarlo un poco, con la información de la gente siendo literalmente cazada, pero no esperaba tal reacción. Ulrich parecía dispuesto a echarse a llorar en cualquier momento. O a desmayarse.

–¿Eres hijo de muggles?

Ulrich soltó una risotada vacía de todo humor ante la pregunta de Sirius. Una pregunta bastante insensible, en opinión de Cassandra, quién envió una mirada reprobadora en dirección del animago. Sirius sólo se alzó de hombros y gesticuló un "¿qué?"

–No, Black...sé que no tienes muy buena opinión de mí, Merlín sabe que yo no tengo una muy buena sobre ti –oh, diablos...ahí vamos otra vez –, pero no. No es por mí por quien me preocupo. Tengo una hermana pequeña, ¿sabes? La idea de que esté ocultándose para evitar ser atacada no es muy agradable.

–Oh, ¿dónde está ella ahora?

La pregunta de Cassandra fue seguida por unos segundos de silencio, en los que Ulrich pareció recomponerse. Apoyando completamente la espalda en el respaldo de su silla, la miró a la cara, sonriendo. Era una sonrisa triste.

–¿En este mismo momento?, no estoy muy seguro. No la veo mucho. Verás, crecí como hijo único, hasta los ocho años. Mis padres se divorciaron...bueno, más bien mi padre huyó de mi madre. La vieja bruja tenía el genio de un murciélago rabioso. Mi padre se enamoró de una mujer muggle que conoció en un café. Era un buen hombre, me dijo que hasta que la conoció, no supo que lo que sentía por mi madre no era más que un poco de respeto, nada más. Se separaron y mi padre tuvo, no mucho tiempo después, una hija. Audrey tuvo una infancia medianamente tranquila, hasta que murió mi padre. Yo tenía trece años y Audrey cuatro. No la veía mucho antes de eso, pero mi madre se encargó de que no la volviera a ver más. –Ulrich sonaba dolorosamente apenado. Cassandra no esperaba aprender tanto de Ulrich cuando le pidió a Sirius hacer esa visita, pero le alegraba que así fuera. Confirmaba la idea que tenía del hombre que tenía en frente, que se veía fortachón, grande y fuerte, tenía un corazón amable –.Volví a saber de ella cuando apareció un día en la casa de mi madre. Recuerdo haber bajado la escalera y haberme quedado de piedra cuando la vi. Estaba muy distinta a la última vez que la había visto, enana y con apenas cuatro años. Seguía bajita y linda, esta vez con diez años, pero reconocería sus ojos en cualquier parte. Los ojos de mi padre. Creo que era ese detalle lo que más le molestaba a mi madre de la presencia de Audrey. Que se pareciera tanto a él. Tenía sus ojos y sus cejas y su sonrisa amplia. Eso, y el cabello rubio y ondulado de su madre. Un recuerdo de la mujer que, en sus ojos, le había robado al marido. En resumen, la vieja sapo odiaba a mi media hermana. Y yo...me mantuve indiferente, si he de ser sincero. Desapareció de mi vida por tantos años que...simplemente la olvidé. Hasta ese día. Creo que es uno de los días que más lamento, ¿sabes? –Cassandra asintió, atenta a la historia que le estaba contando. Sirius, a su lado, escuchaba atentamente también – Audrey venía a "comunicar" que su madre había muerto hace un par de días. Era obvio que no era una visita sólo informativa. A sus diez años, descubrí, era orgullosa, pero inteligente y sabía que en aquella casa vivía lo último que tenía de familia. Lamentablemente fallé de forma miserable como única familia, porque mi madre la expulsó sin miramientos de la casa, acusándola de querer aprovecharse de nosotros y querer sacarle dinero. Y yo no hice nada al respecto. La vi tragarse las lágrimas e intentar mantener la compostura, una misión tremendamente valorable a su edad. La vi mirarme, pidiendo ayuda en silencio. Y la vi marcharse. Y no hice nada.

Ulrich hizo una pausa, para tomar un par de tragos de su café.

Ulrich estaba resultando ser un hermano de mierda, pero estaba arrepentido, incluso después de tantos, tantos años y Cassandra no pudo evitar preguntarse si algún día alguno de sus hermanos lamentaría los malos tratos que tuvieron con ella. Muy probablemente...nop.

–¿La volviste a ver después de eso?

–Sí –la voz de Ulrich sonaba más tranquila esta vez –, cuando ella volvió a aparecer ese día, yo tenía dieciocho y ya había terminado Hogwarts. Ese día, que me quedé como estatua enfrenté a mi madre por la forma en que la había tratado. Reaccioné tarde, pero lo hice...y ese día salí de esa casa y no volví más. Encontré a Audrey en la casa de unos vecinos de ella. La mujer, que era muy amiga de la madre de Audrey la había acogido en la casa que compartía con su hijo. No recuerdo el nombre del chico. En fin, me recibieron ese día, y Audrey no me dirigió ni siquiera una palabra, pero Anna, la mujer, me bombardeó con preguntas, porque habían recibido una lechuza anunciando que Audrey debía ir a Hogwarts. Tuve que contarles todo. Le dejé dinero mágico también y mantuve el contacto a lo largo de los años con Audrey, a través de cartas. Nos vemos todos los años en navidad. Y creo que ya no me odia tanto. Sé que trabaja en el Ministerio...no sé en qué oficina.

El silencio ocupó entonces la cocina. Sirius miraba con ojos perdidos el fondo de su taza vacía y Ulrich miraba algún punto sobre la cabeza de Cassandra.

–Bueno –Cassandra se sobresaltó cuando Ulrich volvió a hablar, al parecer su mente también había flotado lejos de la conversación, en la mitad del silencio –, ¿quieren iniciar la resistencia desde aquí? – Cassandra asintió en silencio – , ¿y quieren iniciar un refugio aquí también? –Cassandra y Sirius asintieron luego de mirarse de soslayo y Ulrich les sonrió ampliamente –. Pues habrá que hacer modificaciones y arreglos. Será un buen par de días, pero...que pasen los refugiados.


¡Hola! Lamento la larga espera. Gracias a quienes siguen leyendo incluso después de tanto tiempo. El martes les subo otro capítulo :) Besos!