Disclaimer: si leen algo y les parece familiar, no es mío.


17 de octubre de 1997, Andaline, Norwich

El pueblo de Andaline, ubicado un par de kilómetros al este del centro de Norwich, se encontraba casi en silencio a esa hora de la tarde. Sólo un par de aves se habían tardado en encontrar refugio para el inicio de la noche, y sus agudos y breves cantos era lo único que rompía el silencio, además del viento azotando la vegetación que los rodeaba. El sol ya había desaparecido hace una buena hora, llenando el pequeño pueblo de sombras, dándole un aspecto y un aire místico.

Además, al parecer, en esa parte del país el clima era bastante distinto al que habían tenido un par de horas antes, en la casa de Ulrich. En la cede de La Resistencia, se corrigió mentalmente Cassandra de inmediato. Estaban intentando pensar en esos términos ahora.

En resumen, hace treinta minutos, Cassandra se había encontrado a gusto en sus jeans gastados, botas de cuero, camisa sin mangas y sudadera azul con capucha. Ahora, al otro lado del país y casi en la costa este de Inglaterra, tenía congelados órganos que pensó que no tenían receptores para temperatura. Órganos que pensó que ni siquiera tenía, maldición.

El frío viento la golpeó casi físicamente, y dando una rápida mirada a sus compañeros de viaje, notó que no era la única sintiendo los estragos de los probables y escasos dos grados celcius.

El primero en hacer comentario sobre la vestimenta no apropiada para el clima fue Ulrich, que había salido tal como había estado cuando había entrado a la cocina con una cerveza fría en mano un par de horas antes. Es decir, vaqueros oscuros, y una camisa a cuadros blanco y azul marino.

Por supuesto, el hombre del bosque no había sido tan diplomático para hacer el comentario. Y las orejas de Cassandra, que habían adquirido un tono escarlata al escuchar las palabras del hombre, eran testigo de ello. "Vestimenta inapropiada" y "difícil clima" no habían sido las palabras que habían cruzado su boca, no. Sino más bien algo en las líneas de "Santa mierda", "frío del carajo" y "se me van a congelar las pelotas".

Y Sirius había hecho de inmediato un sonido de "estoy de acuerdo", con ese último comentario, el de bolas congeladas.

Merlín la librara. A ella y a las otras dos mujeres de pie a su lado.

April se había inclinado hacia Darian, en lo que Cassandra pensó que era una forma de buscar calor y Darian había de inmediato cruzado un brazo por sobre sus hombros, cubriendo la parte posterior de su cuello, que quedaba al descubierto debido a su coleta alta.

Callista no había abierto la boca para hacer comentario alguno, pero se había se había parado muy rígida y había comenzado a sobarse con ímpetu los brazos buscando generar algo de calor, a la vez que levantaba una ceja censuradora en dirección a Ulrich.

–¿Qué? – preguntó Ulrich en dirección a la ceja alzada y luego a la mirada desaprobadora de Cassandra –Si tuvieran un par de pelotas por las que preocuparse no tendrían reparos contra mí. O contra Sirius o Darian, ya que vamos al caso.

Darian soltó una pequeña risa, que April cortó con un suave manotazo en uno de sus brazos; mientras Sirius aprovechó el momento para moverse y trasladarse hasta pararse al lado izquierdo de Cassandra, tomando su mano de ese lado, la que no estaba ocupada con su varita, y guardándola junto a su propia mano en el bolsillo derecho de su chaqueta.

Cassandra le sonrió, agradecida por el gesto y por poder sacar al menos una de sus manos del casi quemante frío.

–Estoy segura de que Cassandra comparte también aquella preocupación por las bolas de Sirius –interrumpió Callista, logrando que Cassandra dirigiera una mirada avergonzada en su dirección, a la vez que Sirius reía en voz baja –. De todas maneras, yo tengo otro par de cosas que se van a congelar rápidamente si no nos ponemos en marcha. Vamos.

Ulrich abrió la boca para contestarle –algo claramente no apto para los oídos de Tommy y Rossie y quizá ni siquiera los de Monique-, pero cerró la boca cuando el grupo abandonó el tema y como un solo bloque comenzó a moverse por la calle principal de Andaline.

La tierra del camino estaba húmeda y, debido al frío, congelada en su superficie; y se acumulaba en los bordes de la amplia calle haciendo parecer a simple vista que era nieve acumulada después de una breve tormenta y no tierra sobre lo que estaban caminando.

Cassandra notó además que el hielo se agolpaba también en las hojas de los arbustos en los costados del camino y en las ramas vacías de los árboles. El hielo, el frío y el hecho de que ningún sonido podría escucharse, además del ruido de sus pasos sobre la tierra congelada, le daba un aire lóbrego y espeluznante al lugar, resultando en un escalofrío a lo largo de su columna.

Lo único que descartaba la idea de que el pueblo estuviese abandonado y completamente vacío eran las luces débiles de las altas farolas y en las ventanas de las casas, tras las gruesas cortinas, donde la gente del pueblo había buscado refugio sin saber los peligros que escondía la noche.

Cuando se acercaron a las primeras casas de las muchas que se veían en fila delante de ellos, se detuvieron y se demoraron algo así como dos minutos en sacar del bolso multicolor de Cassandra las capas oscuras y las largas tiras de tela a modo de pañuelos que Monique había insistido que llevaran. No para protegerse del frío, aunque Dios sabía que sí las usarían también para eso, sino para ocultar rasgos que hicieran fácil que los identificaran. La chica les había recordado que ahora eran parte de una asociación secreta y debían intentar mantener en secreto quiénes eran sus integrantes, sobre todo los fundadores.

Cassandra ya había dejado claro en su cabeza que Monique siempre pensaba en los detalles en los que nadie más reparaba, sí.

Cassandra envolvió la oscura y fina tela alrededor de su cuello, acumulándola de tal forma que finalmente sólo sus ojos, cejas y frente quedaban al descubierto, antes de subir la capucha de la capa y ocultar su melena despeinada, que bajo el brillo de los faroles se veía más rojiza de lo normal.

Una vez estuvieron todos cubiertos, los seis se abrieron paso lenta y cuidadosamente, buscando pistas sobre dónde encontrar al grupo de magos que actuaban en contra del Régimen de Voldemort. O en busca de los Carroñeros o Mortífagos que probablemente usarían aquella misma fría tarde para intentar hacer lo mismo que ellos. Encontrar a los subversivos.

También existía la posibilidad de que el grupo de magos, y los muggles e hijos de muggles que supuestamente habían estado ocultando, hubiesen escuchado la transmisión de Potterwatch aquella tarde y hubiesen escapado ya hace horas. Lo que no era muy tranquilizador tampoco, porque no quitaba la posibilidad de que terminaran ellos seis batiéndose a duelo con Carroñeros de todas maneras.

Berry -o Audrey- había mencionado que los que solían conformar estos grupos no podían ser destacados por su inteligencia, pero no pretendían correr riesgos. Era por eso que avanzaban abiertamente por la calle principal de un pueblo muggle, en la mitad de la noche, con las varias firmes y alzadas en sus manos, concentrados en cada sonido, ruido y movimiento alrededor de ellos.

El plan era sencillo.

Si el grupo de magos ocultos en el pueblo los veía, reconocerían las varitas en sus manos e intentarían atacar o, si la vida era buena, establecer alguna comunicación con ellos antes de llegar a las maldiciones. Si los Carroñeros los veían antes, no preguntarían nada y dispararían a capturar o a matar y, si el grupo de magos seguía en el pueblo, acudirían ante la conmoción que causaría un duelo en la mitad de una silenciosa noche. Si ya no estaban en el pueblo...pues le patearían el culo a los idiotas defensores de sangre pura y se marcharían luego.

Luego de aproximadamente diez minutos caminando en silencio, Cassandra comprendió que la escasa cantidad de habitantes en el pueblo no significaba que tuviese que caminar poco. La calle principal era principal sólo y exclusivamente porque no había otra. El pueblo se formaba en las dos largas hileras a lo largo de un, al parecer, eterno camino -la calle principal- con subidas y bajadas que tuvieron a Cassandra jadeando ante el gélido aire que salía y entraba de sus pulmones, incluso con las capas de tela sobre su nariz y boca.

Cuando llegaron a la cima de la segunda pequeña colina en lo que llevaban recorrido de camino, Cassandra soltó un gemido que hizo juego con el "rayos" de April. Ante ellos, había más camino de tierra congelada. Mucho más camino y por lo menos un par de lomas/pequeños cerros más.

Cassandra, que estaba dedicándole mirada de pocos amigos al pueblo que se extendía ante ellos, se estremeció cuando una ráfaga de frío viento se coló entre ellos, haciendo bailar con furia las capas que llevaban. Sirius la distrajo de la forma más efectiva de todas.

–Por cierto –le dijo, luego de besar una de sus ya entumecidas mejillas –, feliz cumpleaños, amor. Teníamos planificada una pequeña fiesta para hoy, por eso no lo había mencionado antes. Era sorpresa y Mamá Oso del Bosque pasó la mañana cocinando una tarta de cumpleaños. Te lo digo por si se nos pasa la hora. No me gustaría que pasara el día y que yo no te hubiese, que sea, saludado.

Cassandra le sonrió ampliamente, esperando que en aquella sonrisa Sirius viera lo contenta que estaba.

¡Se había acordado!

Lo besó rápidamente, antes de dirigirse a Mamá Oso del Bosque, que miraba con cara de pocos amigos a Sirius.

–Gracias, Ulrich.

–Sí, sí...no fue nada.

–Tendremos que posponer la fiesta, entonces.

Cassandra no había terminado de decir la última palabra, cuando gritos y destellos de múltiples colores aparecieron más allá de la siguiente loma en el camino, unos cien metros frente a ellos.

–Llevémosle la fiesta a los mal nacidos, señores –dijo April, en un tono de voz divertido y, a la vez, siniestro que prometía una fiesta bastante movida.

Abandonando toda discreción, Cassandra se apareció junto al resto del grupo en la siguiente loma de tierra congelada y alcanzó a ver, por medio segundo, la batalla que se estaba desarrollando a unos veinte metros del lugar donde se aparecieron, antes de sentir una explosión de adrenalina en sus venas y echar a correr cerro abajo, el sonido de sus apresurados pasos sobre la tierra escarchada uniéndose a los sonidos y gritos de batalla y al resonar de su pulso en sus oídos.

Lo primero que pensó Cassandra, sumergiéndose de golpe en la batalla a la vez que gritaba "¡protego!" para proteger la espalda de una mujer baja de cabello rubio hasta los hombros, fue "gracias a Dios que los idiotas vinieron uniformados". Porque ella, Sirius, Ulrich, April, Darian y Callista en sus respectivas capas grises se unieron a, por lo menos, quince personas más gritando y disparando maldiciones en todas direcciones. Pero...era fácil saber a dónde dirigir sus maldiciones. Sólo había que apuntar a los imbéciles en capa negra disparando a matar.

Lo segundo que pensó, fue que las cinco personas que había ya identificado como "no-mortífagos", tres hombres y dos mujeres, intentaban proteger el edificio de dos pisos a sus espaldas, manteniendo una formación lineal frente a él. Cassandra no fue la única en notarlo, porque Ulrich y Darian se unieron junto a ella a aquella formación, mientras Sirius, Callista y April tomaban el flanco contrario, al otro lado del grupo de mortífagos que ya comenzaba a intentar mezclarse y atravesar la formación.

Lo tercero que Cassandra pensó fue que Darian era malditamente bueno usando hechizos protectores, porque de alguna forma se las estaba arreglando para cubrir no sólo a los cinco magos, ella y Ulrich, sino que también al edificio y al resto del grupo al otro lado.

Lo cuarto que pensó fue que debía recordar no enfadar a Ulrich, porque estaba arrasando con mortífagos con una eficacia y una violencia que provocó que los cabellos de su nuca se erizaran en alerta. Tenía a uno de ellos temblando en el piso después de una breve pero intensa maldición Cruciatus, y Cassandra lo vio mover con fuerza y brusquedad su varita, hasta lanzar al suelo a un mortífago y por los aires a otro realmente grande en dirección a una gruesa y afilada rama en uno de los árboles frente al edificio que defendían.

A Cassandra no le hizo falta escuchar el grito ahogado para saber que aquel mortífago no iba a bajar del árbol en un futuro próximo, y quizá no lo hiciera estando vivo.

Lo quinto que pensó Cassandra era que debía abrazar luego a Callista, que se había puesto a espaldas de Sirius para defender su retaguardia y, además, era excelente usando hechizos no verbales. Disparaba una maldición tras otra a una velocidad espeluznante, dándole a Cassandra una sensación de tranquilidad en lo que a la seguridad de Sirius y del resto del grupo respectaba.

Lo sexto que pensó Cassandra fue que debía prestar un poco más de atención a sus alrededores cuando se encontraba en la mitad de una pequeña pero infernal batalla, porque por dedicarse a mirar con asombro a sus compañeros de batalla, no notó que alguien pasaba a través de las barreras de Darian y disparaba en su dirección.

Cassandra no supo qué maldición fue la que la alcanzó en el costado izquierdo, de hecho, no supo que había sido golpeada con fuerza hasta que se encontró de espaldas contra la fría tierra, intentando respirar.

Hijo de puta...

Intentando liberarse un poco de la presión que sentía sobre las costillas, logró colocarse sobre su costado sano, siendo medianamente consciente de que Darian y la mujer rubia a la que había protegido cuando habían llegado, y entre los que se había posicionado ella en un comienzo, cerraron la formación, otorgándole cierta protección mientras lograba mover su adolorido culo hasta una posición vertical o, al menos, una posición medianamente defensiva.

O todo lo defensivo que podía lograr estando desparramada en el suelo.

Si tan sólo pudiese respirar, maldición.

Cassandra contó los segundos en su cabeza, intentando concentrarse en moverse, sin quitar su atención de lo que ocurría a su alrededor.

Dos segundos. Los gritos continuaban. Maldiciones siendo gritadas, o gritos adoloridos y enfadados. Cuatro segundos. Más gritos, pero esta vez de pánico, e inmediatamente después del sonido de cristal rompiéndose, lo que le dijo a Cassandra que habían logrado disparar contra el edificio que intentaban defender y que los mortífagos habían logrado desarmar la formación que habían mantenido y defendido en ese tiempo.

Lo que le decía también que su trasero estaba tan desprotegido como el cristal de las ventanas que ahora reventaban en un ritmo triste y sombrío. Y si no hubiese llegado a aquella conclusión ella sola, lo habría hecho al levantar la vista y encontrarse con la punta de una varita siendo apuntada en dirección a sus ojos y luz plateada iluminando su cabello, que se extendía en el suelo, frente a su cara. Y si eso no hubiese sido suficiente para darle a entender que estaba jodida, la voz alarmada de Sirius llamándola habría hecho el truco.

¡Protego!

Luz dorada y plateada chocaron, electrizando el aire frente a su cara y de un empujón se encontró siendo arrastrada hacia atrás, sujetada por un fuerte brazo cruzado a lo largo de su torso, por debajo de sus pechos.

La fuerza del tirón sobre su costado adolorido, pero que extrañamente comenzaba a entumecerse, avanzando a lo largo de su brazo y muslo izquierdo, la hizo soltar un siseo que apenas sonó por sobre los gritos y las explosiones. El suave "carajo, lo siento" que resonó bruscamente cerca de su oído la sorprendió casi tanto como el hecho de que aquel desconocido la hubiese salvado de terminar con la cara desfigurada.

Cuando Cassandra sintió el muro del edificio contra su espalda y se encontró a unos tres metros de la formación lineal que aún intentaban desesperadamente mantener, Cassandra se dirigió al hombre que la había arrastrado fuera del peligro, notando que su cabello rizado y claro estaba oscurecido con lo que claramente era sangre y que sus ojos eran de un color ámbar tan brillante que estuvieron a punto de cortar su "gracias".

De todas formas, no fue el extraño color de los ojos del hombre lo que impidió que la palabra abandonara sus labios, dejándola con la boca abierta a medio camino, sino lo que llamó su atención más allá de él, y más allá de las miradas preocupadas que enviaba intermitentemente Ulrich en su dirección, entre maldición y maldición que lanzaba.

Más allá de un grupo de mortífagos que intentaba armar su propia formación de ofensiva, y más allá de un par de algunos bultos oscuros que eran evidentemente mortífagos caídos en batalla, estaba Sirius en el suelo, de espaldas. Un hombre muy alto con rasgos duros y enfundado en su capa negra estaba de pie frente a él, su varita apuntando el pecho de Sirius.

Si Cassandra no hubiese estado sentada en el suelo, no habría podido ver entre los cuerpos de la gente –mortífago y no- batallando aireadamente. En el medio segundo que Cassandra dedicó para observar en silencioso pánico, notó la expresión de dolor en la cara de Sirius y esperó con toda su alma que, en su mano izquierda, que quedaba oculta de su vista, aún tuviese su varita.

En el medio segundo que siguió a eso, Cassandra se encontró sintiéndose muy, muy enfadada. Enfadada por no haber estado a la espalda de Sirius cuando hizo falta, enfadada por estar tan lejos de él, en el piso y sin hacer nada. Enfadada con los mortífagos y sus malditas capas negras y sus cerebros deficientes que no les permitían ver más allá de las palabras engatusadoras y los ideales de poder ciego de Voldemort. Enfadada con el maldito mundo que ponía en peligro a gente que merecía una vida maldita y medianamente feliz, libre de maldiciones asesinas y mutiladoras, maldición.

Antes de que percibiera sus propios movimientos, Cassandra usó el brazo que aún sentía y alzó su varita en un puño tan apretado que el blanco de sus nudillos resaltó con fuerza con la luz de la lámparas de edificio a sus espaldas.

La palabra "imperio" siendo susurrada en una voz furiosa y que sonó desconocida en sus propios oídos fue seguida de "gladio frigore".

Luego, cuando todo hubo terminado, Cassandra se sorprendería de haber recordado ese y varios otros hechizos que pensó que no conocía, pero que evaluando los resultados, claramente había leído de los muchos libros prohibidos de la Mansión de su Madre.

En la mitad de la batalla, se abrió paso un sonido que ella no había escuchado nunca, esperaba no volver a hacerlo, pero que no pudo evitar sino alegrarse de escuchar. Porque significaba que aquel mortífago, el que había apuntado a Sirius con ojos asesinos, no podía hacerle daño a quien ella defendería hasta la muerte. Porque ahora estaba muerto. El hombre, ya lejos de su propia voluntad y profundamente atrapado en su Maldición Imperius, alejó su varita del pecho de Sirius y la alzó hacia su propio cuello, a la vez que una afilada cuchilla de hielo se formaba en la punta de la varita.

El resultado: en la mitad de un grito y un gorgoteo lleno de pánico, el mortífago anónimo murió ahogado en su propia sangre.

Sirius, sobresaltado ante la ducha de sangre que lo cubrió, se alejó arrastrándose por el piso, buscando con un leve deje frenético el origen de la nueva amenaza. Cassandra no se fijó si Sirius la ubicó en el piso, a la distancia, oculta parcialmente tras el cuerpo de un sorprendido hombre de ojos amarillos; pero no le preocupó. La amenaza no era en contra de él.

Desviando la mirada encontró a April, su otrora coleta alta y majestuosa transformada en un mar de cabello oscuro embarrado, un río de sangre corriendo por un lado de su frente, cuello, hasta perderse bajo su ropa sucia y rasgada; luchando de forma furiosa contra tres capas negras. Un cuarto acercándose por su espalda. Escuchó que Darian gritaba el nombre de su novia, su voz envuelta en aguda angustia. Un hombre pelirrojo empujó a Darian fuera del trayecto de un rayo de luz azul brillante, al que Darian no le había dedicado ni un solo segundo de preocupación, su vista cien por ciento enfocada en April. El hombre, alto, corpulento y pelirrojo cayó entonces bajo un hechizo aturdidor, quedando de espaldas ante un encorvado y bajo mortífago de sonrisa tan cruel como amarillenta.

Aun sintiéndose ajena a su propio cuerpo y a la sensación de furia que parecía recorrerla de pies a cabeza, incluso si no podía sentir el lado izquierdo del cuerpo, Cassandra volvió a mencionar "imperio" y utilizó toda su concentración para poner a batallar entre ellos a dos de los mortífagos que atacaban de frente a April, dándoles sólo la libertad mental necesaria para permitirles utilizar las maldiciones que ellos quisieran. A la vez que abatía la voluntad del hombre que apuntaba su varita al hombre pelirrojo, dejándolo congelado en su lugar, su varita apuntando inofensivamente al suelo.

Sicca abyss... –murmuró aún con voz ausente, siendo sólo parcialmente consciente del hombre de ojos amarillos utilizando hechizos protectores y ofensivos para defenderla y defenderse, desde su lugar junto al edificio. –¡Pressio maxima!

Mientras los dos mortífagos que habían atacado a April se disparaban maldiciones mutuamente, dándole espacio a April para aplastar y enviar una maldición asesina contra el tercer mortífago, Cassandra encerró en el fondo de su cabeza la pequeña y desagradable presencia que era en su mente el mortífago parado con ojos vacíos en la mitad de la batalla, frente al pelirrojo; y apuntó con ambas maldiciones oscuras al maldito que había intentado atacar a April por la espalda.

El hombre regordete y de cabello grasiento, notó Cassandra ahora que lo vio perder la capucha con el golpe de su primer ataque, se llevó la mano al pecho, su varita cayendo sin hacer ruido al suelo congelado. Sangre comenzó inmediatamente a brotar entre sus dedos y fue esa la apertura que usó Cassandra para la segunda parte de su ataque.

Cassandra observó con muda indiferencia, como el hombre caía de rodillas, su cara una máscara de terror a la vez que adquiría tonalidades violetas; sabiendo a la perfección lo que estaba sintiendo aquel mortífago. El calor y el extraño hormigueo extendiéndose por todas partes. La sobrecogedora sensación de la sangre agolpándose en las sienes, tras los ojos, en torno a la garganta. El pánico al notar que el aire dejaba de circular hacia los pulmones. La estremecedora sensación que implicaba cada uno de los sentidos agudizándose hasta casi lo insoportable, para luego apagarse uno a uno. La turbadora comprensión de que era el fin.

Lo sabía muy bien porque ella misma había sido víctima de aquella maldición en una oportunidad.

Mientras la batalla seguía desarrollándose, incluso si por uno o varios minutos todo pareció ponerse en cámara lenta para Cassandra, y con Sirius otra vez sobre sus pies y con varita en mano gracias a Dios y todos sus ángeles, santos y otras deidades; Cassandra vio como el mortífago daba su último suspiro, ríos de sangre corriendo desde sus ojos, oídos, nariz y boca, e intentó ignorar el hecho de que había asesinado por lo menos a tres personas, intentando concentrarse en lo importante. Los suyos seguían en pie y medianamente sanos y salvos.

¡Protego!

El grito del hombre de ojos ámbar la sacó de su breve análisis de la situación de la batalla, de la que había logrado concluir que estaban logrando superar en poder al grupo de mortífagos. Frente a ella, mantenía una postura defensiva y Cassandra, saliendo ya del entumecimiento en el que había estado sumida, se sintió agradecida, porque aún no se sentía capaz de mover la mitad de su cuerpo, menos ponerse de pie. Alcanzó justo a levantar la vista cuando uno de las maldiciones rebotó con un clink contra el hechizo protector de...su protector, haciéndolo rebotar lejos, pero permitiendo el paso de un haz de luz verde brillante que le puso los pelos de punta de inmediato. Mientras siguió con los ojos aquella maldición, que sabía que marcaría el fin o de ella o del hombre frente a ella, entendió que ninguno de los dos tenía suficiente tiempo para esquivarlo y si era realmente la Maldición Asesina, no lograrían salvar el pellejo incluso si intentaban bloquearla con otro hechizo.

Cassandra pensó que cerraría los ojos, esperando el final, pero en vez de hacerlo, sus ojos parecieron quedarse pegados y muy abiertos, mirando por debajo de uno de los brazos de su nuevo mejor amigo.

Y qué suerte, porque si no, se habría perdido un movimiento espectacular del tercer hombre del grupo de magos de Andaline, con el que Cassandra aún no había cruzado miradas y que saltó frente a ella y Ojos-Amarillos con la agilidad de un gato. A la rápida alcanzó sólo a notar el color de piel oscuro y la mata de cabello negro.

¡Saeptum terrae! –gritó del hombre negro, acompañando el grito de un violento movimiento de ambos brazos hasta golpear el piso y, de la nada, Cassandra se encontró detrás de un enorme muro de tierra y piedras. Y con la boca abierta.

Whoa.

Combatir una maldición asesina con tierra. No se le habría ocurrido nunca. Duh.

Escuchó que Sirius gritaba su nombre y quiso responderle que estaba bien, que no pasaba nada. O un "¡¿Sirius, viste eso?!, por lo menos. Pero estaba demasiado ocupada mirando con asombro la pared protectora que había formado el hombre negro. No que pudiese ver mucho más. La maldita cosa era enorme.

Sólo cuando Ojos-Amarillos volvió hasta su lado y la tomó en sus brazos, sin su permiso debía agregar Cassandra, entendió que la batalla había llegado a su fin.

Los dos hombres se movieron con rapidez, con ella vergonzosamente en brazos de uno y asida firmemente del cuello de Ojos-Amarillos en busca de estabilidad y de evitar poner tanto de su peso, que no era poco, en los brazos del hombre.

Cuando salieron tras el muro de tierra, Cassandra pudo ver varias personas, todas vestidas con capas negras, gracias a Merlín, inmóviles en el piso. El suelo escarchado ahora brillaba con el reflejo de las lámparas del edificio sobre las pozas y manchas de sangre y gritos ahogados aún podían escucharse desde el interior del edificio de dos pisos.

–¡CASS!

Cassandra saltó un poco en los brazos de Ojos-Amarillos, sobresaltada, pero feliz de escuchar la voz de Sirius, incluso si estaba gritándole.

Antes de que pasara otro segundo, Cassandra cambió de brazos y se encontró con la cara enterrada en el cuello de Sirius, descubierto después de, aparentemente, perder el trozo de tela que en algún momento usaron para cubrir sus caras.

–Se supone que no debes decir mi nombre, amor, estamos de encubiertos.

–Me importa un carajo ¿Estás bien?

–No siento la mitad del cuerpo, pero creo que sí.

Intentado acomodarse en los brazos de Sirius, lo que resultó ser una tarea difícil porque el lado que no podía mover quedó pegado al pecho de Sirius, Cassandra siguió inspeccionando la nueva situación.

No habían sido silenciosos, muggles acudirían a ver qué había sucedido. Habían mortífagos muertos y heridos repartidos por el piso y heridos en sus filas también. Darian se encontraba más o menos intacto, sino fuera por la mano izquierda cubierta de sangre, que a Cassandra no le quedaba claro si era su sangre o la de April, que se sujetaba uno de los brazos intentando detener una hemorragia que no se veía nada pequeña.

Callista estaba de pie junto a ellos, aun vigilando la oscuridad que los rodeaba, la varita en mano y con un lado de la cara amoratado y una mancha rojo oscuro cubriendo casi por completo uno de sus muslos. Su capa oscura no estaba por ninguna parte.

Ulrich parecía salido de una guerra. De esas que su tía Sarah veía en películas muggles, donde en vez de usar hechizos, se mutilaban unos a otros con cuchillos y espadas y balas. Estaba cubierto casi por completo de sangre, con la excepción de un lado de la cara. Si Cassandra no lo hubiese visto de pie y paseando de allá para acá con expresión sombría y atenta, como un león esperando el siguiente ataque, le habría preocupado que cayera muerto en cualquier momento.

Sirius tenía sangre en el cabello y en el cuello y apoyaba más el peso en un lado del cuerpo, lo que le hizo pensar que una de sus piernas podía estar herida. Pero se veía vivo y bien.

Frente a ellos, el grupo de magos de Andaline se reagrupaba, acercándose a la puerta de entrada del edificio.

La mujer rubia estaba siendo sujetada en posición vertical por el hombre negro y se sujetaba uno de los costados, la sangre resbalando entre sus dedos y pálida como la escarcha que los rodeaba. Ojos-Amarillos los miraba. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en Cassandra y ella le sonrió, agradeciéndole en silencio, a lo que Ojos-Amarillos sólo respondió con un leve asentimiento. Además de la sangre en el cabello y la ropa desordenada, él se veía bien. El gran hombre pelirrojo, que ahora que ella lo veía mejor medía mucho, mucho más que ella, tenía los brazos, el cuello y la cara llenos de arañazos, pero se veía listo y dispuesto para el round seis.

Y una segunda mujer, que Cassandra no había visto para nada, además de cuando la contabilizó como el quinto integrante del grupo de magos, tenía el cabello de color negro azabache y muchísimos rizos que caían desordenados sobre sus hombros. Era de más o menos su edad y estaba sentada en el piso sujetándose la cabeza con cara de sentirse miserable.

Somos dos, hermana.

–¿Y qué pasó con mantener el anonimato, Cass? –preguntó Callista, acercándose a ella, una sonrisa cansada, pero no por eso menos burlona, en los labios, tomando entre los dedos uno de los muchos mechones de cabello rojo que caían sobre sus hombros. ¿En qué momento había perdido la capa y el pañuelo? –El mortifago que escapó de seguro contará la historia de la pelirroja que hizo explotar desde adentro hacia afuera a uno de sus coleguitas.

Ah, diablos. Los coleguitas incluían a sus hermanos.

–¿Escapó alguien? –dijo el hombretón pelirrojo, dirigiendo su aguda mirada en dirección a Callista e interrumpiendo el "oh, cállate, Call" que iba a acompañar el leve puchero en el labio inferior de Cassandra.

–Sí –respondió la mujer, alejando el cabello de su cara utilizando ambas manos y acomodándolo tras sus orejas. Al parecer había declarado la zona como "libre de peligro" porque se había guardado la varita en el bolsillo de los pantalones –, eran quince. Catorce contra ustedes cuando llegamos, uno oculto tras nosotros. Acá tenemos seis muertos, más el que Ulrich dejó de adorno en aquel árbol, son siete. Más el que sepultó vivo tu amigo, son ocho. Más seis heridos. Nos falta uno.

–No podemos entretenernos, hay que moverse –dijo con voz trémula la mujer de los rizos, aún desde su posición en el piso.

–Volverán más –añadió Ojos-Amarillos.

–¿Quiénes son ustedes? –la voz levemente chillona de la mujer rubia, que aún intentaba parecer consciente y no-herida mientras se sujetaba al hombre negro como si la vida se le fuera en ello interrumpió a Ulrich que en ese momento abría la boca para decir alguna cosa. Su voz era acusadora y llena de desconfianza y Cassandra sintió como Sirius se tensaba.

–Oh, de nada, no te preocupes, linda. Fue un gusto ayudarles. –esa, por supuesto, era Callista. Los brazos cruzados bajo sus pecho y su mirada desafiante fija en la mujer rubia. Esa mirada decía "te arrancaré la cabellera, aunque estés herida, perra mal agradecida".

O quizá era el cansancio que hacía que Cassandra viera cosas.

La mujer rubia abandonó un poco el color blanco-pergamino que había adquirido inicialmente, de seguro por la pérdida de sangre, para tornarse un color que a Cassandra le gustaba llamar "rosa indignado". Abrió la boca, lista para enviar una respuesta igual de afilada, pero la interrumpió el hombretón pelirrojo.

–Suficiente, Charlie –La rubia, Charlie, parecía dispuesta a discutir pero se calló ante la mirada del hombre negro que aún la sujetaba. Entonces se dirigió a Callista, quien para sorpresa de Cassandra, no se encogió ni se inmutó ante la intensa mirada del hombre pelirrojo –. Estamos agradecidos por la ayuda, pero ¿quién demonios son ustedes?

Callista le dirigió una sonrisa arrebatadora de cien mil watts, contra la que el hombretón pelirrojo sólo pudo pestañear en silencio.

–Nosotros, amigo, somos La Resistencia.


Hola, hola. Si vieron alguna de las actualizaciones de mis otras historias sabrán ya que mi computador, que había resucitado, volvió a explotar hace unas semanas y aún no logro solucionarlo. Estoy intentando avanzar desde el celular, pero está dificil. Mil disculpas por los muy poco elegantes atrasos para subir actualizaciones, es sin querer absolutamente :( Ojalá puedan escribirme para saber si les gusta como va la cosa. ¡Besos para todos y gracias por seguir leyendo!