30 de octubre de 1997, La Resistencia, Hampshire
Cassandra estaba enamorada.
Enamorada y deprimida.
Muy enamorada y muy deprimida.
Y a esa hora de la noche, o de la casi-mañana dependiendo de cómo se viera, el cielo azul-claro y el frío complementaban de forma hermosa su estado de ánimo y su posición actual. Sentada de espaldas a un grueso tronco, la cabeza apoyada atrás, los ojos fijos en las estrellas en lo alto del cielo, que lentamente comenzaban a desaparecer con la llegada de la luz del día.
Si hace un año le hubiesen dicho que estaría luego sufriendo por el amor de un hombre, Cassandra se habría reído a lo largo de por lo menos dos horas. y quizá hasta se habría hecho pipí de la risa. ¿Ella? ¿Sufriendo? Claro que sí.
Pero, ¿por un hombre? Pffff.
Después de tres horas dando vueltas entre las sábanas sin poder formular ni la mitad de la paz mental necesaria para dormir, Cassandra había decidido que mejor era dejar de intentarlo y salir de la cama y de la Casa de una vez por todas. Estaba demasiado nerviosa, de todas formas.
O quizá era que llevaba demasiadas noches durmiendo junto a Sirius y su ausencia a su lado le había pegado muy duro. Mucho más duro de lo que pudo haber imaginado, al parecer.
Suspirando, Cassandra alejó la vista de las estrellas para mirar, bajo la escasa luz matutina, el brillo suave de la pequeña estrella en su mano, la fina cadena enredada entre sus dedos.
Nunca le habían regalado algo que quisiera tanto como aquella joya. Y no que Cassandra fuera una mujer de gustos lujosos de ese tipo, pero viniendo de Sirius, aquella pequeña estrella se había transformado en mucho más que un simple colgante. Significaba pertenencia. Significaba que, pese a todo, alguien la amaba. A ella, por Morgana. A ella.
Significaba una promesa.
Aquel día, el de su cumpleaños, Cassandra había insistido en que la llevara en brazos hasta la casa, acusando que ahora que era "su mujer" debía tratarla como tal. Entre risas, Sirius la había complacido y la había llevado en sus brazos hasta la misma cama que compartían en el segundo piso de la Casa, ambos ignorando las miradas de "¿qué mierda?" que le lanzaban todos a su paso. Se había quedado dormida sosteniendo su colgante de estrella, su espalda pegada al pecho de Sirius, sintiéndose malditamente afortunada.
Maldición, como lo extrañaba. Pero la verdad era que tampoco quería verlo. No aún, por lo menos. Lo extrañaba, pero aún se sentía herida. Maldito fuera.
Volviendo la vista a las estrellas, cada vez más tenues sobre su cabeza, Cassandra volvió a repasar por cuadragésima quinta vez lo sucedido, intentando mantenerse firme en su idea de que, desde su parte, no había nada de lo que arrepentirse. Ni por lo que disculparse, ya que estaban con cosas.
Seis días atrás, habían seguido una pista que River había dejado caer sobre ellos en la última transmisión de Potterwatch y habían visitado la tranquila y clásica vecindad de Wickford, al este de Londres. Berry, o Audrey, había comentado a River que La Oficina del Uso Incorrecto de Magia había recibido informes de magos menores de edad usando sus varitas y faltas al Estatuto Internacional del Secreto Mágico en los alrededores de Wickford y que ninguno de estos informes estaba llegando realmente al destino que debía. Eso les hacía pensar que quienes incurrían en estas faltas eran, además, parte de las listas de magos y brujas buscados por el Ministerio para ser interrogados. Y, encima de todo, menores de edad.
Les había ido bien, la verdad. Habían hecho guardia todo un día y, a media tarde, habían logrado identificar a una joven bruja comprando leche y pagando, accidentalmente, con un galeón, antes de corregirse y pasarle a la dependienta del mini-súper dinero muggle.
La habían seguido; Sirius, Fillippa, Darian, Basile y ella, hasta una pequeña cabañita casi a la salida de la calle principal. Y en la cabañita, luego de una tensa presentación que terminó con una pequeña ventana estallando frente a ellos y con Basile con un pequeño corte en la frente, encontraron a cuatro jóvenes magos más.
La chica a la que habían seguido; alta, rubia-oscura, y de facciones casi angelicales; se llamaba Karin Wilson, tenía diecisiete años y tenía, además, una gemela idéntica: Kate. Y eran las orgullosas culpables de la frente adormecida de Basile. Sólo tenían caritas de ángeles, porque eran un par de demonios cuando de maldiciones y hechizos explosivos se trataba. Y eran de Estados Unidos, quién hubiese imaginado.
Los otros tres chicos eran Ginger Greenville, una bruja de quince años, pálida y de cabello negro y liso; Liam Weller de catorce años, pecoso y de anteojos; y Moira Callister de dieciséis, de cabello muy corto y negro.
Y, hasta ese momento, la mayor preocupación de Cassandra había sido que, con la velocidad con la que adquirían inquilinos, pronto no recordaría el nombre de nadie.
Y entonces, lo había arruinado todo.
No, Sirius lo había arruinado todo.
En la tarde, durante la cena del segundo turno -porque ahora eran tantos que había que usar el comedor en turnos- Cassandra había mirado a los últimos cinco magos en llegar a La Resistencia, mientras se tomaba un café muy dulce. Sentada sobre la encimera, con la mano de Sirius dibujando círculos sobre uno de sus muslos, los observó con detenimiento mientras llegaba la hora del tercer turno en el comedor, donde los "fundadores", como solía llamarlos Callista, se reunirían no sólo a comer, sino a discutir temas relacionados a la Resistencia, novedades, planes nuevos, etcétera.
Los había mirado, sentados en la mesa, aún con expresiones levemente recelosas y desconfiadas, pero sonriendo ante los comentarios de Basile y de las gemelas. Los había mirado y había pensado en que, si las circunstancias fueran distintas, deberían estar aprendiendo algo útil en Hogwarts, donde pertenecían los últimos tres y a donde iban a estudiar su último año las gemelas extranjeras.
En Hogwarts, haciendo eso y aquello. Insultando mentalmente a los profesores, lloriqueando sobre las montañas de deberes y ensayos por escribir. Compitiendo por quién lograba jugarle una broma a Pevees. O consiguiendo cita para la fiesta de Halloween.
Pero estaban ahí, lejos de todo eso, escondiéndose. Luchando. La mayoría de ellos no era siquiera legalmente adultos y ya se habían encontrado en la necesidad de defender sus vidas, por Merlín.
Cassandra, por motivos que en ese momento le parecieron obvios, sintió aquella injusticia como propia y deseó poder ayudarlos. Distraída, se había dejado guiar por Sirius, que la observaba con ojos atentos, pero que la dejó tranquila con su mente, hasta la mesa y había cenado sin estar muy segura sobre qué era lo que se estaba llevando a la boca.
¿Cómo podía ayudarlos? Esa era la pregunta que cruzó una veintena de veces por su cabeza, en aquel momento. Aunque ella no fuera mucho más que una Lestrange odiada por su familia, sin casa ni muchas ambiciones, debía haber algo que sí pudiese hacer por ellos, ¿no?
Y ya cuando los platos habían sido retirados de la mesa, llegó a una respuesta que la había dejado satisfecha y decidió compartirlo con los presentes. Después de todo, sí había algo que ella sabía hacer muy bien. No solía practicarlo, pero sí que lo había estudiado durante toda su infancia y adolescencia. Estudiado de mala gana, sí, pero estudiado al fin y al cabo.
Y, en los tiempos como estaban, que aquellas mentes jóvenes aprendieran un poco de magia negra para poder defenderse cuando el momento llegara...no sonaba mal en los oídos de Cassandra.
Pero como la vida era un asco, había sonado muy, muy mal en los oídos de Sirius.
Callista, Darian y Ulrich habían respaldado la idea. Había hechizos que no se enseñaban en una clase cualquiera en Hogwarts, pero definitivamente eran hechizos y maldiciones que podrían salvarle la vida a alguien con recursos levemente en desventaja ante mortífagos entrenados para causar daño y herir de tantas formas distintas.
Y Cassandra se había pasado su estadía en la Mansión Lestrange aprendiendo, a golpes y maldiciones muchas veces, ese tipo de maldiciones y hechizos. Quizá era momento de darle alguna utilidad a tanto tiempo invertido en su entrenamiento para unirse a las filas mortífagas.
Sirius había pasado de una expresión que decía "me voy a reír, porque claramente estás bromeando", a una expresión que decía a gritos "me tienes que estar jodiendo".
Tanto así que Cassandra terminó defendiéndose ante aquella mirada, incluso si Sirius no había dicho una sola palabra.
-No, Sirius. No estoy jodiendo. Hay maldiciones útiles y que pueden salvar vidas, más allá del origen de la magia. Quizá por algo aprendí tanto de mi familia.
Callista nuevamente la había respaldado, comentando que quizá podrían hacer un repaso previo de aquellas maldiciones que valían la pena enseñarles a los nuevos integrantes de su pequeño ejército de La Resistencia. Algo positivo que aportara la familia Lestrange después de tanto daño, ¿no?
Sirius, después de interrumpir con "mierda", "maldición" y "me estás jodiendo", cada comentario a favor que salía a la mesa, de todos menos de April que aún no se sentía muy a gusto con la idea, decidió cortar toda discusión con un solo golpe de la porcelana de su taza de café sobre la madera de la mesa, callándolos a todos de la forma más efectiva de todas, antes de subir la voz lo suficiente como para lograr que cada vello en la nuca de Cassandra se erizara en alerta.
-Ah, ¿ahora son tu familia? ¿no? ¿Vamos a mostrarles nuestro agradecimiento ahora, por haber casi traumatizado a una niña, intentando enseñarle la mejor forma de torturar y matar? Porque de eso estamos hablando, Cassandra, de matar y torturar. No serás más que otra más del ejército que exitosamente siguen formando, maldición. Máquinas de tortura. Asesinos. Mis amigos y familia murieron bajo esas mismas maldiciones que quieres enseñar, Profesora Lestrange. Espero que lo recuerdes en la mitad de tu maldita planificación docente.
Sirius había abandonado el comedor a toda velocidad, volcando su silla en el proceso, dejando a Cassandra y a sus ganas de llorar en la compañía del resto de los "fundadores" de La Resistencia.
Pestañeando lejos las lágrimas y volviendo al presente, Cassandra volvió a centrar su atención en las estrellas ya casi invisibles a esa hora de la mañana. Desde aquella noche, Sirius se había mantenido alejada de ella en todo momento del día. Si había que trabajar en los distintos puestos repartidos en los terrenos de La Resistencia, se aseguraba de que quedaran separados. Tampoco habían compartido turnos durante las comidas. Ya no dormía en la habitación con ella y esquivaba cada pequeño intento de Cassandra por acercarse a él, en los breves momentos en que ella se sentía lo suficientemente débil como para importarle un carajo que le hubiese dicho "asesina" a la cara.
Que al parecer era cuando ya no daba más con el dolor en el pecho que traía consigo un corazón roto.
Hacía caso omiso a las miradas que Cassandra enviaba en su dirección, no sin antes mirarla breve pero fijamente, como para que no se olvidara del color gris de esos ojos, que fueron de ella y que por alguna maldita vuelta retorcida de la vida, parecían ya no serlo.
Más allá del corazón roto, Cassandra estaba enojada y herida. Ella no era una asesina. No estaba en su naturaleza causar daño por diversión, como sí era el caso de sus hermanos, por ejemplo. No era como ellos. Era distinta. Era por eso que estaba donde estaba y no siendo parte de las reuniones con el resto de su familia, mirando con ojos de adoración a uno de los homicidas más grandes de la historia, mágica y no mágica.
Era por eso que la vida la había llevado hasta ellos, ¿no? Hasta Harry. Hasta Tonks y Remus. Hasta Sirius.
¿Cómo podía mirarla a los ojos y pensar que ella disfrutaría de torturar a alguien? Satisfacción, podría sentir si lograba defender a alguien usando ese tipo de magia. Pero no disfrutar.
¿No comprendía, él que ya había vivido una guerra, que eran tiempos difíciles? ¿Y que los malditos tiempos difíciles traen consigo tareas y misiones difíciles?
Lo había hablado con Callista, quien percibiendo su estado de depresión máximo, se había sentado a su lado en una de las muchas tardes de soledad que habían seguido a la bendita discusión. Ella pensaba que Sirius se merecía una buena patada en el culo por gritarle de esa manera, pero que, incluso si merecía una paliza, estaba en una situación en la que no todos estaban.
Callista no sólo era sensual, sino que también muy sabia.
Sirius tenía la experiencia de una guerra previa, conocía las estrategias, los movimientos, las necesidades que una guerra traía consigo, sí. Pero también había vivido de primera mano las consecuencias más terribles. Lily y James Potter habían sido familia para él. Y habían dejado un enorme espacio vacío en su alma. Harry se había criado lejos de él. Remus había tenido que subsistir solo, sin la ayuda y compañía de sus amigos más cercanos, Sirius incluído. Su hermano, Regulus, había sucumbido ante la idea de poder que traía Voldemort y su maldita guerra, y había muerto en el intento. Pettigrew había caído también. Todo su mundo se había caído a pedazos.
Y bueno, Cassandra estaba decidiendo abrazar una pequeña parte de lo que ella pudo haber sido. Un Lestrange más. Un asesino más.
Pero no lo era, maldición. Y él debía saberlo. Decía amarla.
Nadie la conocía más que él.
Y eso era lo que más la hería.
Las aves madrugadoras la llevaron de vuelta al mundo, recordándole que un nuevo día comenzaba. El sexto día sin besarlo. Sin sentir su calor cerca. Sin sentirse abrazada por él en cada sentido imaginable.
No sólo la había insultado, sino que además la privaba de su presencia en su vida. Demonios, sí que iba a golpearlo cuando tuviera la oportunidad.
Que quizá no fuera pronto, porque una nueva misión estaba a la vuelta de la esquina y eso ocuparía todo su tiempo y atención. Al día siguiente, de hecho.
Llevaban días planificando una redada, la primera de La Resistencia, a la Mansión Burke. La familia Burke, una de las más antiguas familias de "sangre pura", llevaba años en el mercado de los mortífagos y la defensa de su sangre mágica y ultra-pura.
Ya que Cassandra estaba sola y se sentía levemente suicida (y ante la ausencia de nuevas informaciones de parte de Potterwatch), se había ofrecido a hacer una visita al Callejón Diagon, de encubierto, por supuesto.
Cassandra pensó que la idea sería rechazada de inmediato, sobre todo por Sirius, que siempre se había dejado llevar por su alma sobreprotectora cuando de ella se trataba. Cassandra no iba admitirlo en voz alta, pero le gustaba que Sirius se comportara así con ella.
Sirius no se mostró en desacuerdo en ese momento. Aunque tampoco se mostró de acuerdo, ya que estaban.
Ulrich y Darian habían tomado el asunto en sus manos y se habían encargado de dibujar a su alrededor una defensa y evaluar la seguridad con la que contaría en aquel pequeño viaje. Y no le había ido mal.
Le había ido muy bien, la verdad.
Se había cruzado inesperadamente con gente que sí conocía. La verdad había chocado y caído sobre la amiga de Charlie y Charlie mismo había tenido que desenredar la maraña que habían formado las dos en el suelo de la calle principal del Callejón.
La habían invitado a comer y se habían puesto un poco al día respecto a todo. La familia Weasley. Harry, Ron y Hermione. Potterwatch. La guerra. La Resistencia. Y la última pista que tenían, en busca de refugiados.
La Familia Burke. Que además de ser unos infelices sedientos de sangre, eran infelices sedientos de poder y dinero, ganado de formas poco respetables, por supuesto. Borgin & Burkes, incluso si se movían en aguas turbias, seguía siendo un negocio altamente rentable y su fama iba más allá de los límites nacionales.
Ignatia, que era la "amiga" de Charlie y vivía en el Callejón, contaba con la vista perfecta de los movimientos de la gente que habitualmente concurrían al lugar. Y, cómo estaban los tiempos, cada vez eran menos las familias y gente respetable los que visitaban las tiendas, y cada vez eran más los magos con sed de querer ser parte del nuevo régimen, en busca de una oportunidad para subir en los nuevos rangos repartidos por el Ministerio y los mortífagos.
Y fue así como Cassandra consiguió la información que había llevado a la Resistencia a moverse y planificar una redada, a lo grande.
Holler Burke, ahora cabeza de la familia, seguía siendo la mano principal en su tienda, con la ayuda de sus hijas. No sabían los nombres de las dos brujas, pero eran caras habituales en las vitrinas de Borgin & Burkes. Aunque los comentarios eran que las hermanas parecían no compartir ni una gota de sangre. Una de cabello rubio platinado, alta y enfermizamente delgada. La otra de piel clara, pero cabello negro como el azabache, con facciones claramente asiáticas.
Ambas, un par de días antes, habían discutido abiertamente en la calle, afuera de la tienda, llamando la atención no sólo de los transeúntes del Callejón Knockturn, sino también de los que paseaban por el Callejón Diagon, cómo Ignatia Fenwick.
Ignatia le había contado como Chica-Burke-Asiática le había gritado a Chica-Burke-Platinada que estaban todos "malditamente enfermos". Que ella no iba a ser parte de ello.
¿Qué era el "ello"? No tenían cómo saberlo con exactitud. Pero la discusión se llevó a cabo frente a la tienda, y junto a un carromato repleto de bultos envueltos en sacos grises. Bultos, que más allá de la posible imaginación asustada-enfermiza de Iggy, parecían ser cuerpos.
Chica-Burke-Asiática se había retirado de la escena, su larga melena lisa y negra sacudiéndose con enfado cuando se giró y entró a la tienda hecha una furia, y fue su hermana la que tuvo que levitar todos esos bultos adentro de la tienda.
Charlie e Ignatia se habían colado la noche siguiente en la tienda, y casi murieron en el intento cuando se encontraron con más de un objeto maldito en el camino, pero no encontraron ni un solo rastro de los bultos-cuerpos. Lo que no decía mucho, porque la Familia Burke era famosa por ser expertos en maldecir y hechizar objetos, incluso con largas distancias de por medio. Los cuerpos, si realmente lo eran, podrían estar muy bien acomodados en algún lugar de confianza para la familia Burke.
Cassandra había regresado aquella tarde a La Resistencia con toda aquella información nueva. Sirius había estado sentado en la mesa del comedor, con una cerveza en la mano y había levantado la cabeza y repasado con los ojos de arriba abajo a Cassandra antes de volver su atención a su botella y escuchar en silencio la historia que ella tenía que contar.
Emerick, Cyril. Charlie, Basile y Filippa se habían unido a April, Callista, Darian, Ulrich, Sirius y ella en la planificación, tanto en defensiva como en ofensivas y ya llevaban varios días practicando formaciones y estrategias.
Filippa tenía buena mente para planificar estrategias de ataque, años de Quidditch asumía Cassandra, y junto a Darian parecían formar el equipo perfecto.
Se definieron equipos, a los que iban a ir sumando gente, a medida que fueran llenando la Sede de La Resistencia.
El Primer Asalto, era el equipo de entrada. La primera ofensiva, los primeros en reconocer terreno y poner la cara. Sirius, April, Callista y Emerick estaban en ese equipo. Sirius tenía excelentes reflejos, y le daba al equipo la respuesta rápida que necesitaban ante lo que sea que se encontraran en los primeros minutos en una misión. April tenía alma de líder y mantenía al equipo como uno. La unión sí hacía la fuerza en aquel caso y su voz de mando era la que iba a moverlos a todos. Callista era como una maldita ninja con varita. Ágil y rápida, de cabeza fría y condenadamente buena con hechizos ofensivos. Y Emerick era como un muro. E iba a hacer precisamente eso. La contención. Era fuerte y poseía una fuerza bruta que traspasaba a sus maldiciones y hechizos, más o menos como lo hacía Ulrich. Para ser los primeros golpes en una misión, era excelente. Iba a ser confuso para ellos no saber qué carajo les había dado tan fuerte.
Ulrich pertenecía al Segundo Asalto, junto a Cyril, Charlie, Filippa y las gemelas Wilson, Kate y Karin. Las gemelas eran muy nuevas dentro de sus filas, pero Callista y Cassandra habían insistido en incluirlas. Cyril era bueno en hechizos ofensivos, había quedado claro en el momento en que frenó de golpe una Maldición Asesina casi en las narices de Cassandra y, probando y entrenando, habían descubierto que era todo un maestro utilizando tierra y rocas para formar líneas de ataque y defensa. El ser parte del Segundo Asalto le aseguraba ya poseer una visión de lo que tenían en frente y poder moverse con libertad en el nuevo escenario, asegurando al Primer Asalto y llevando la voz de mando en el Segundo Asalto. Filippa era rápida como un gato. Y ya que estaban, pequeñita como un gato también. Y le daba el punto de agilidad al grupo, como lo hacía Callista en el primer equipo. Ulrich cumplía más o menos la misma misión que Emerick dentro del Primer Asalto, hacer la contención. Su violencia al momento de atacar, sin perder la cabeza ni la frialdad le daban el "remate" a la misión. Charlie no era la duelista más rápida del oeste, pero sus hechizos y maldiciones eran precisas y poderosas. Y las gemelas eran el toque final. La cereza del postre.
Cereza explosiva. Las gemelas habían dedicado sus pocos años a ganar experiencia y conocimiento suficiente como para contar con decenas de hechizos y maldiciones explosivas de su propia creación. Y para dar un golpe final, eran perfectas. Además, pese a lo joven e incluso si les recordaban casi dolorosamente a los gemelos Weasley, el par de gemelas era serio cuando debía serlo y seguían muy bien instrucciones en los entrenamientos. Entrenamientos en los que Callista y Cassandra las habían tomado bajo su ala. Y, que Sirius se fuera al carajo, sí estaba enseñándole algunas maldiciones del viejo libro de su madre.
El tercer grupo, era el grupo invisible. Quienes iban a mirar todo con ojos atentos y se asegurarían de que todos salieran vivos. Sombras. Centinelas. Así llamaron a ese equipo, y Darian, Basile y Cassandra eran los únicos tres integrantes. Estaba claro el porqué de Damian en el grupo, era el encargado de la seguridad de toda La Resistencia, pensaba rápido, conocía muchos hechizos de defensa y todos y cada uno de ellos era lo suficientemente fuerte como para darles a todos una real chance de salir vivos de cada misión. Basile, como buen metamorfomago era muy bueno acomodándose a cualquier situación, era observador y tenía ideas para todo. Y, dato nuevo, era muy bueno en legeremancia. Y Cassandra había descubierto en la boda que era buena con los hechizos vinculantes. Así que el Equipo Centinela, después de un par de arduos días de esfuerzo, lograba trabajar como una sola mente. Literalmente. Y, además, Cassandra había llegado a la conclusión de que tenía memoria muy buena, porque con un poco de trabajo, había logrado recordar con bastante detalle un número muy, muy grande de maldiciones oscuras que su querida Madre se había esforzado tanto en que ella aprendiera.
La vieja murciélago se sentiría terriblemente orgullosa si supiera, Cassandra estaba segura.
Y ahora, con la misión ya planificada, repasada y muy estudiada, Cassandra se sentía incapaz de concentrarse, un día antes de la fecha establecida. No podía concentrarse, porque el nudo de nervios ocupaba casi la totalidad de su mente. Nervios por ella, en su primera gran misión. Por Sirius, en una misión. Por ellos, que al parecer entrarían de cara a la guerra, sin haber solucionado o hablado nada. Nervios por estar nerviosa y quizá arruinarlo todo. Nervios porque el día siguiente, no sólo era el gran día de la redada, sino que era un día especial.
Para Sirius. Y, por lo tanto, para ella.
El 31 de octubre era una fecha difícil, casi imposible para Sirius. El día en que lo había perdido todo. Y Cassandra se ponía el doble de nerviosa al pensar que quizá Sirius no estaría todo lo concentrado que podría estar en una misión.
Si algo llegaba a pasarle, se moriría.
Así de simple. Se moriría.
31 de octubre de 1997, La Resistencia, Hampshire
Cassandra tenía más o menos veinte minutos para levantarse desde el borde de la cama, donde llevaba sentada cerca de una hora, y salir a encontrarse con su Equipo.
El gran día había llegado. Llevaban bastante tiempo planificándolo y si todo salía bien, podrían rescatar a un buen grupo de gente. O cuerpos.
Existía también esa posibilidad.
Aún no había hablado con Sirius. Y ya no se sentía herida, ni indignada. Se sentía asustada. La idea de que lo que estaban por hacer no era una etapa más de un juego, daba vueltas por su cabeza. Esto era...guerra. Podría salir todo mal. Podría morir gente.
Podría no volver a ver a Sirius. O a sus amigos.
Podría ser el fin de la corta existencia de Cassandra Aponine Lestrange, en su primera redada, en su primera guerra. No en su primera pelea, ni en su primer baño de sangre. Pero en su primera batalla como parte de algo más grande que ella. Gente dependía de ella y ella dependía de mucha gente. Y esa falta de control y aquella necesidad de confianza ciega la tenía más asustada de lo que hubiese pensado posible.
Dando un rápido vistazo al reloj de muro a los pies de la cama, la que solía compartir con Sirius, decidió que era el momento de respirar profundo y salir a dar la cara al mundo.
Maldito mundo, no podía ponérselo fácil, por supuesto. No podía así sin más regalarle el futuro soleado y lleno de felicidad que quería para ella y para Sirius. No pedía mucho. Una casita, un columpio en un árbol. Un perro, quizá. Café y azúcar para toda la vida. Pero claro que no. Estúpido Universo, seguía con su vendetta personal en su contra, claramente.
Ya estaba vestida para la misión, con calzas simples y negras, con un largo bolsillo en uno de sus muslos, para su varita, y un vestido corto, de manga larga. También negro. Combinaba perfecto con su capa larga y amplia, sobre sus hombros, por supuesto negra también. Eran el Equipo Centinela, las sombras del resto de los equipos, después de todo.
Y combinaba con su estado de humor negro, también. Ja.
El resto de la gente, de ambos Asaltos, llevarían las capas grises y los pañuelos oscuros de la primera misión en Andaline, asegurándoles que no serían confundidos con las capuchas negras de los mortifagos que podrían aparecerse a saludar en cualquier momento de la redada.
En Merlín confiaban para que lograran salir del lugar antes de que eso pasara.
Cassandra se levantó de la cama y se acercó al espejo junto a la puerta del baño. Se veía más o menos como se sentía. Sombría, fría y asustada. Más pálida, en contraste con su cabello rojizo, que aquella tarde se veía más oscuro, trenzado desde lo alto de su cabeza, hasta caer libremente sobre uno de sus hombros, pequeños rizos rebeldes enmarcando su cara. Sus pecas resaltaban más, también.
Se sintió tan joven como realmente se veía. Y era, qué diablos.
El golpe de un puño contra la puerta de su habitación la hizo sobresaltar y luego regañarse mentalmente. No era el momento para ese tipo de pensamientos. Eran La Resistencia.
-Pase.
La cabellera corta y oscura de Callista se asomó por la puerta, antes de hacer pasar el resto de su cuerpo y cerrar la puerta tras ella. Cassandra encontró sus ojos a través del espejo.
-Muy bien, te ves algo pálida, pero sexy como el diablo en aquella ropa de femme fatale.
-No me siento muy sexy, la verdad -respondió Cassandra, con una sonrisa. Había que esperar que Callista hiciera ese tipo de comentarios , ¿está Sirius abajo, ya?
-Sí. Con cara de estar de un ánimo de los mil perros del infierno, pero sí.
-Carajo.
-Carajo, estoy de acuerdo. ¿Vas a hablar con él antes de irnos?
-¿Me ves preparada para tener esa conversación?
-Touché. Bueno, vamos antes de que el novio tuyo ese contagie con su ánimo al resto de las almas masculinas en esta casa. Esa sí sería guerra, mi amiga.
Con un bufido y una sonrisa, Cassandra miró por última vez su reflejo en el espejo y se giró para acompañar a Callista escaleras abajo. Se iban a reunir en la cocina antes de salir, al caer la noche.
La Mansión Burke estaba algo alejada del círculo que geográficamente ocupaban las principales familias mágicas dentro de Inglaterra, en la localidad de Hexham, muy, muy al norte de la Sede de La Resistencia.
El día anterior, habían ubicado la zona apareciéndose de ida y vuelta, hasta lograr conocer su ubicación lo suficientemente bien como para no entorpecer el inicio de la misión, y como para poder escapar en caso de emergencia, sin tanta dificultad.
Esperando, claro estaba, que los alrededores no estuviesen tan protegidos como lo estaban los kilómetros a la redonda de la Casa principal en el bosque de Ulrich. Si era así, estaban un poco jodidos, pero iban a correr el riesgo. Se sentía como necesario e iban a llevar a cabo la misión sí o sí. Más tiempo de planificación y ensayo podía significar vidas menos.
Y ese sí que era un riesgo que no iban a correr.
Cuando Cassandra y Callista cruzaron el umbral del comedor se encontraron con todo el resto de la multitud que participaría esa noche en Hexham. Eran las últimas en llegar. April, tomada de la mano con Darian, se miraban a los ojos en un solemne silencio. Filippa se veía muy distinta con el cabello tomado. Tenía facciones casi aristocráticas ocultas tras la maraña de rizos oscuros. Emerick miró con una intensidad casi quemante en dirección a Callista, cuando hicieron aparición ambas. Y esos fueron los únicos detalles que alcanzó a captar Cassandra, antes de encontrar con la mirada a Sirius.
Apoyado en el borde de una de las encimeras en torno a la mesa del comedor, estaba su hombre. Brazos cruzados por delante del pecho, cabello aún húmedo debido a una ducha, lo más probable. Tenso. Y la miraba directamente.
April hizo callar al grupo y dijo unas palabras a la multitud. Era ella la líder de la misión. Las palabras debieron ser de lo más motivadoras, porque cuando la gente comenzó a moverse fuera de la cocina-comedor, hacia el patio principal, había un nuevo brillo en sus ojos. Casi de emoción, se atrevería a decir Cassandra.
No que estuviese prestando demasiada atención tampoco. Su cerebro estaba enfocado en dos tareas. Tres, más bien. Una, poner un pie delante del otro, en dirección a Sirius Black. Dos, no quitarle los ojos de encima, memorizándolo. Tres, respirar y, dentro de lo posible, disminuir las posibilidades de desmayarse por déficit de oxígeno.
Sirius no movió un músculo, mientras ella avanzaba. Mientras la habitación se vaciaba lentamente. Si alguien notó que había dos integrantes de la misión que no estaban dirigiéndose a ninguna parte fuera del comedor, no se hizo comentario alguno.
O quizá sí, pero a ella le importaba poco.
En sólo unos segundos, Cassandra se encontró justo frente a Sirius, sus manos tomando con fuerza los antebrazos del hombre, aún cruzados sobre su pecho. Casi de forma coordinada, Cassandra alzó la cara y Sirius bajó la suya, sus frentes chocando suavemente en un contacto que resultó ser mucho más tranquilizador de lo que ella pudo pensar que sería.
No hubo besos. Ni palabras de disculpa ni de ratificación de las ideas que habían defendido días atrás. Sólo las manos de Cassandra sobre sus brazos, frente contra frente. Suspiros compartidos y silenciosa complicidad.
Lo primero que pensó Cassandra cuando se apareció junto a su equipo, fue que Hexham se veía infinitamente más siniestro aquella noche en comparación con las veces que se habían aparecido ahí, en los ensayos. La Mansión Burke estaba ubicada más o menos en el centro de Hexham, en una zona llamada Greystead. En la mitad de lo que parecía ser el bosque más tétrico de aquella parte del mundo.
Árboles altos, con troncos gruesos y blanquecinos y ramas parcialmente secas. Pequeñas montañas con pequeños pasadizos y cuevas por ahí y por allá. El terreno era, a falta de una mejor palabra, incierto e inestable.
El Primer Asalto ya debía estar en su posición, medio kilómetro al suroeste de donde estaban ellos, más cerca de la entrada principal de la Mansión Burke. Porque sí, iban a entrar por la maldita puerta principal, y al diablo con todo. El Segundo Asalto iba a hacer contacto justo tras el Primer Asalto y el Equipo Centinela entraría desde el ala este de la Mansión, donde los amplios ventanales en ese muro de la construcción daban mejor visión de lo que ocurriría adentro, en caso de que la acción se trasladara al interior del edificio antes del tiempo previsto.
Darian sacó de entre su capa negra un guardapelo dorado-oscuro y lo abrió, para encontrarse, en cada una de las caras internas del pequeño dije, con la visión de los rostros de April y de Cyril, a través de pequeños espejos. Una cara en cada espejo.
April y Cyril tenían uno también, así los tres equipos estaban comunicados.
Idea de Sirius, por supuesto.
-¿Listos? Cyril, ¿ya están en posición?
-Todo listo acá -la voz ronca de Cyril llegó, levemente amortiguada, hasta ellos a través del espejo.
-¿Cariño?
-Todo listo acá también, Darie -la voz de April era un poco más que un susurro.
Por eso el par le caía tan bien a Cassandra, estaban enamorados y les importaba dos cuernos quien los escuchara.
-¿Cómo se ve todo?
-En silencio y apagado, como esperábamos. No se ve movimiento alguno -esa era April nuevamente.
-Okay. Cuenten hasta treinta, señores, y que comience el espectáculo.
Dicho eso, Darian cerró el guardapelo y lo dejó colgar entre sus ropas.
Sanguinis unio, vigiliae, fue lo que repitió Cassandra un par de veces cerrando los ojos, luego de cortarse las palmas y tomar los antebrazos de los dos hombres que la acompañaban, hasta sentir la presencia de Basile en su mente. Un hechizo vinculante a "aquellos que vigilarían" y Basile usando legeremancia, hicieron el truco y Cassandra se encontró, compartiendo sus propias ideas y pensamientos con los otros dos.
Una mirada a la expresión levemente desconcertada de Darian, le dijo a Cassandra que él también sentía a Basile en su cabeza.
Era una sensación extraña, invasiva y confortante, todo a la vez.
-Veinte segundos – avisó Darian, mirando su reloj de pulsera. Basile estaba ocupado en su papel de madre gallina, revoloteando alrededor de las palmas heridas de Cassandra, envolviéndolas rápidamente en vendajes limpios.
La cuenta regresiva comenzó en la cabeza de Cassandra, mientras avanzaron entre los lúgubres y mustios árboles, hacia la Mansión.
Nueve, Ocho, siete...
La Mansión Burke apareció frente a ellos, la silueta de la gran construcción apenas notándose en la oscuridad de la noche. A través de los ventanales, lo único que parecía tener algo de vida eran dos candelabros, con tres velas de aspecto triste en cada uno de ellos, sobre lo que a lo lejos parecía ser una gran mesa.
Cuatro, tres...
-¡Santa mierda!
Decir que Cassandra se asustó sería el eufemismo del maldito siglo. El grito, agudo y ahogado, vino desde justo detrás de donde estaban los tres de pie y, con las mentes conectadas, Basile y Darian saltaron en sincronía con Cassandra, cada uno soltando la palabrota de su uso preferido -la de Basile siendo algo en la línea de "¡santos plátanos fritos!"-, antes de gritar maldiciones apuntando con sus varitas.
La cara de una mujer joven, de rasgos asiáticos y claramente igual de asustada que ellos, se iluminó brevemente bajo los tres distintos rayos de luz que abandonaron las varitas del Equipo Centinela. Su largo y liso cabello brilló contra la luz, igual que sus ojos, rasgados pero amplios de miedo.
Y, entonces, la mujer desapareció.
El ruido de uno de los viejos árboles cayendo bajo el peso de tres maldiciones los volvió a sobresaltar, antes de que se pusieran espaldas contra espaldas, en busca de la mujer, que gracias a la descripción de Ignatia, estaban seguros de que era una de las hijas de Holler Burke.
Segundos pasaron y en silencio, y en sincronía gracias a las mentes conectadas, bajaron las varitas, antes de mirarse entre ellos.
-¿Qué mierda fue eso? -ese, por supuesto, fue Darian. Basile no maldecía. A menos que fuera para insultar frutas, al parecer.
-No lo sé -respondió Cassandra, llevándose una mano al pecho. Aunque no hacía falta hablar en voz alta entre ellos, aún no se acostumbraban a eso de la mente colectiva -. Era una de las hijas de Burke, creo. ¿Qué hacía fuera de la Mansión a esta hora?
En la planificación habían contabilizado a cuatro habitantes en la Mansión. Burke, su señora esposa Collina y sus hijas. Más los elfos domésticos. Más un par de guardias, asumiendo que estaban en lo correcto y había gente atrapada en alguna parte de la casa familiar.
-Agh, no hay tiempo para esto, avancemos, el resto ya comenzó. Y si realmente era una de las hijas Burke, ya perdimos el elemento sorpresa.
Cassandra no contradijo a Darian, tenía toda la razón. Basile no decía palabra alguna, lo que era algo raro en él, pero el silencio otorgó para él también.
Con el corazón apretado y elevando una plegaria a sus antepasados -los que no la odiarían por traicionar el apellido, por supuesto- para que Sirius se mantuviese a salvo, Cassandra esperó a que el Primer Asalto diera la señal.
Y no tuvo que esperar mucho. Ni cinco segundos después, el brillo de un hechizo en el cielo les dijo que el Primer Asalto estaba ya entraba en acción.
Con eso, Cassandra, Basile y Darian echaron a correr hasta las posiciones que se habían establecido previamente. Al este, al norte y en la entrada principal, hacia el sur. Todos bajo encantamientos desilusionadores.
La posición que a ella le correspondía, era la entrada sur, la puerta principal. Por donde había entrado el Primer Asalto ya, y donde haría aparición además el Segundo Asalto en cualquier momento.
Entre las sombras, y concentrada en la oscuridad más allá de la puerta principal de la Mansión, Cassandra sintió más que vio como el equipo de Sirius se movía en el espacio de lo que tenía aspecto de ser una sala de estar.
Maldiciones siendo gritadas más allá de la puerta principal le dijo a Cassandra que el equipo de Sirius había encontrado resistencia y que ahora no sólo era reconocimiento de terreno, sino que defensa contra ataques directos.
Y el ruido ensordecedor de cristal quebrándose en la mitad de una explosión y la misma mente de Basile haciendo presencia en su propia cabeza, le dijo a Cassandra que por el ala este el metamorfomago había pasado de "defensa sutil" a "al carajo con las sutilezas".
Justo cuando Cassandra puso un pie en el umbral de la puerta principal, agachando la cabeza para esquivar un rayo de luz violeta que hizo reventar un florero sobre una mesita justo a su derecha, escuchó el inconfundible sonido de gente apareciéndose a sus espaldas.
Maldición, el Segundo Asalto llegaba demasiado pronto. Aunque como sonaba de infernal la batalla dentro de la casa, quizá llegaban en el momento preciso.
-¡Cyril! ¡Los necesitan adentro, las gemelas se quedan conmig-!
Cassandra, entre las sombras y bajo el encantamiento desilusionador, logró ocultar su sorpresa cuando en vez de encontrarse con cinco capas grises, se encontró con una multitud creciente de capas negras. Y máscaras plateadas.
Y la expresión de sorpresa y espanto pudo quedar oculta, sí. Pero su posición... por supuesto que no.
Entre improperios y encantamientos protectores, Cassandra logró esquivar casi todas las maldiciones que fueron disparadas en su dirección. La palabra clave siendo "casi".
Aprovechando la protección que significaba ser transparente, Cassandra se lanzó bajo una mesa, en una esquina de la gran sala de los ventanales, aquella que pudieron ver desde el bosque, sosteniendo el brazo en el que había recibido un par de maldiciones.
Ser transparente era además bueno, porque le evitaba el susto de notar que, quizá, le faltaba medio brazo y no se había dado cuenta. Y ser transparente era malo, muy malo, porque se había tenido que esforzar en esquivar no sólo las maldiciones provenientes de las varitas mortífagas, sino de sus propias filas también.
Aquella era una dificultad que no habían considerado.
Su posición era la de vigilante, cerca, pero no en la mitad del caos. Por lo demás, estaba segura de que la maldición que le había dado en la espalda justo antes de lanzarse de cabeza bajo la mesa, había salido de la varita de April.
-¡Protego!
Aunque no pudo visualizarlo, la voz de Sirius llegó hasta ella, tranquilizándola como nada más podría.
Respirando profundo, aún bajo la mesa que decidió usar como guarida y sujetando firmemente su varita, ignoró su brazo izquierdo que se negaba a funcionar, y se apoyó de espaldas contra el muro al que estaba arrimada la mesita.
El desastre era absoluto, con maldiciones yendo y viniendo, siendo gritadas, en susurros o con violencia. Trozos de madera y de concreto volando por el lugar. Capas negras y grises desplazándose en la mitad de una nube de polvo. Y, vaya a saber por qué, el Universo jugaba esta vez a su favor, porque había logrado posicionarse en el lugar perfecto.
Todos parecían ignorar a la pequeña e inocente mesita contra el muro. Y, Merlín, sí que iba a aprovechar aquello. Con Basile y Damian aún presentes en su cabeza, lograba tener una visión desde los tres puntos de vista. La oportunidad era una en un millón.
Dejando bien a resguardo el trocito de mente que había mantenido en uso para el hechizo vinculante, enfocó la totalidad de su concentración en utilizar maldiciones y hechizos de forma no verbal, para proteger su posición -accidentalmente- estratégica.
La sala; donde su mesita protectora, y en la que utilizó un par de hechizos para protegerla aún más de ojos enemigos, estaba situada; era enorme. Más que la sala de estar de la Mansión Lestrange en la que había crecido, y eso ya era decir mucho. Y el que fuera tan grande la transformaba en el espacio ideal para desatar una batalla descomunal.
Porque "descomunal" era una muy buena palabra para definir la pequeña guerra que estaba llevándose a cabo frente a sus ojos.
Intentando ignorar el ruido casi ensordecedor a su alrededor, movió su varita a una velocidad que hizo que los músculos de su brazo protestaran. En el fondo de la sala, quien parecía ser April si consideraba la altura de la figura, se movía con rapidez girando y haciendo bailar la capa gris en la que estaba envuelta, devolviendo y frenando ataques que le llegaban desde todos los flancos.
Cassandra notó que dos mortífagos que le daban la espalda eran parte del club que quería echar abajo a April, disparando en su dirección y sin pausa maldiciones que a duras penas seguía devolviendo la mujer. Aprovechando el momento, Cassandra usó un hechizo desarmador, seguido de hechizos paralizantes y luego aturdidores.
Con dos varitas menos apuntándole, April se deshizo rápidamente de los otros dos que la atacaban y Cassandra movió su varita en la otra dirección, hacia donde había escuchado gritar a Callista, quien ahora estaba siendo arrastrada por el piso, tomada del pelo por un encapuchado que parecía medir dos metros y medio.
Enfadada, Cassandra tiró a Goliath hasta el otro lado de la habitación con un primer movimiento de varita, y lo lanzó fuera de la habitación y hacia el patio, escuchándolo gritar al encontrarse de cara contra los dientes filosos de los ventanales rotos. Satisfecha, dejó a Callista para que se recompusiera y siguió disparando contra todo aquello que tuviera capa negra o cara de mortífago.
Era increíble como la mente lograba trabajar en situaciones de estrés, asumiendo parcialmente un modo de piloto automático, disparando y devolviendo ataques, sin pausa para observar con demasiado detenimiento nada. Sólo actuar, pensar requería concentración extra, así que no quedaba más que confiar en sus reflejos e instintos. Sólo pareció despertar momentáneamente de su adormecimiento cuando vio por el rabillo del ojo como Sirius era lanzado de espaldas, el ruido de su caída quedando oculto entre el ajetreo a su alrededor. El mortífago que lo había logrado desarmar era bastante idiota, o al menos eso alcanzó a pensar Cassandra antes de, enfadada como el demonio, ponerse en acción. En vez de utilizar su varita y terminar con el oponente de forma rápida, elemento esencial en la mitad de una batalla que involucraba a tanta gente, el tarado guardó su varita, se lanzó sobre Sirius y alzó un puño con la clara intención de llevar su lucha mágica a los golpes. Idiota.
-¡Aeternum!
Cassandra vio como el descerebrado era envuelto en llamas azules y corría lejos de Sirius, gritando, antes de apuntar la varita a un grupo de mortífagos a un par de metros, entre Sirius y quien parecía ser Charlie, por los mechones rubios que escapaban de su capa.
Siguió por sólo Merlín sabe cuánto tiempo, disparando anónima y defensivamente, hasta que lo inevitable sucedió. La suerte la abandonó (no que Cassandra esperara que su suerte durara mucho, de todas formas) y su refugio-mesita fue volcada violentamente por el tremendo y enorme peso de quien, por el color de la capa que ahora Cassandra tenía sobre los ojos y por el olor rancio que desprendía aquella misma capa, no podía ser más que un muy poco afortunado mortífago que alguien había decidido lanzar en su dirección.
El aire la había abandonado de forma tan brusca que Cassandra no fue capaz de utilizar su varita para quitarse de encima el pesado mortifago; y no porque no pudiese usar un simple encantamiento locomotor de forma no-verbal, pero la sensación de pánico que significaba no ser capaz de respirar, al parecer, sacó a flote sus instintos más hommo sapiens y envió al carajo su varita mientras intentaba empujar lejos al hombre que amenazaba con aplastarla hasta la muerte.
Cassandra sólo había alcanzado a asomar la nariz por debajo de lo que tenía pinta de ser el hombro del mortífago más grande y corpulento del condado y a tomar una gran y aliviada inspiración, antes de que el peso fuera retirado de forma repentina.
"Gracias, Merlín bendito" no había alcanzado a cruzar por su mente, cuando entendió que alguien la golpeaba y palmeaba en el brazo y en la cabeza mientras le gritaba.
-¡Cass! ¿Cassandra?
-¡Sí! ¡Soy yo! -le gritó/susurró de vuelta a Darian, intentando hacerse escuchar por sobre los gritos y explosiones, a la vez que intentaba detener las manos del hombre que siguían golpeándola. Obviamente intentaba buscarla a ciegas, aún estaba transparente después de todo. Probablemente Darian había sentido en su propia mente el pánico que traía consigo de la idea de morir ahogada bajo un peso maloliente.
-¡Necesitamos salir de aqu- Protego! ¡Y ahora!
Cassandra no podía estar más de acuerdo. Sabía, gracias al vínculo mental que de milagro aún compartían, que Basile estaba al otro lado de la habitación y que tenía a una de las gemelas inconsciente sobre un hombro, mientras respaldaba a la otra gemela y a Ulrich en un duelo contra un grupo de capas negras. Basile, en su mente; o en la de Darian, no podía estar segura, tenía claro que no tenían bajas fatales en sus equipos, que tenían un prisionero y que el Primer Asalto había logrado registrar los sótanos y el segundo piso sin hallazgos, además de una decena de objetos malditos que lograron esquivar sólo parcialmente.
-¡Cassandra!
-¡Sí, dame un segundo!
Sacudiéndose mentalmente, Cassandra cortó uno de sus antebrazos usando su varita, maldiciendo en el proceso la necesidad de usar sangre para aquel maldito hechizo y cortó el vínculo con Darian y Basile, para establecer uno nuevo. Breve, pero útil.
Sanguinis unio, Resistentia.
Cassandra casi se auto-aplaudió cuando sólo necesitó unos segundos para establecer vínculo con todos aquellos que venían con ella de La Resistencia, antes de usar otro hechizo, como habían planificado que fuera la señal de "retirada". Y Merlín, sí que estaban en necesidad de una retirada. Una rápida.
-¡Flugur spinae! -gritó/susurró Cassandra, apuntándose a sí misma.
Un escalofrío la recorrió desde la nuca hasta la parte baja de la espalda, de la misma forma que debieron sentir todos los conectados a su vínculo.
De inmediato, comenzó la retirada. O al menos eso quiso pensar Cassandra. Quitándose de encima el hechizo desilusionador, Cassandra se levantó con la ayuda de Darian y echaron a correr hacia la puerta principal, que ahora era más bien un enorme agujero en la pared, esquivando cuerpos, escombros y restos de lo que en un mejor día fue la decoración de interiores de la Mansión Burke.
La tierra explotando a sus pies la hizo frenar de golpe en la loca carrera por salvar el pellejo que había iniciado junto a Basile. El plan ahora se ponía algo difícil para ella. Debía encontrar a Darian y juntos debían esperar a que todos desaparecieran. Ella, como dueña del hechizo vinculante, sabría cuando todos desaparecieran y en ese momento, estarían listos ellos también para desaparecer.
El problema era que ese era el plan en condiciones ideales. No cuando tenían a la mitad de la población mortífaga detrás de ellos. Y definitivamente no cuando Cassandra no podría ver a Darian por ninguna parte.
-¡Vamos! -Basile, que había detenido su caída cuando tuvo que frenar de golpe, ahora la tiraba del brazo, sus ojos amarillos brillosos y abiertos de par en par, arrastrándola hacia el bosque.
Ya no estaban conectados mentalmente, pero al parecer sus instintos sí lograban funcionar a la par. Simultáneamente ambos rodaron con el piso, Cassandra haciendo una mueca de dolor en el proceso, cuando usó el hombro izquierdo para amortiguar la caída, pero poca importancia tenía, cuando ambos habían logrado escapar a alguna clase de maldición explosiva que había hecho volar por los aires el árbol que había estado justo frente a ellos.
Sin esperar mucho más, volvieron a correr, adentrándose en el bosque, la visión periférica de Cassandra informándole que La Resistencia hacía lo mismo. Sólo esperaba que no estuvieran dejando a nadie dentro de la Mansión Burke. Mentalmente ya había empezado a contar a la gente unida a su vínculo que desaparecía. Iba en tres.
-¡¿Cómo va la cuenta, Cass?!
Basile no se había detenido para gritarle eso y Cassandra se estaba esforzando para mantenerle el paso. Dos personas más desaparecieron.
-¡Cinco!
-¡Mierda!
Mierda, Cassandra estaba de acuerdo. Quizá el bosque sí estaba protegido y por eso estaban obligados a correr más lejos antes de desaparecer. Pero ya había desaparecido gente y no había pasado tanto tiempo como para que algunos hubiesen logrado correr tan lejos si el resto no lo estaba logrando. Pero la alternativa era que, quizá, había gente que simplemente no estaba escapando y esa era una alternativa que no quería considerar. Sirius podría...
-¡¿Cass?!
-¡Ocho!
Basile disminuyó la velocidad y Cassandra se detuvo a su lado, las manos apoyadas en las rodillas, intentando recobrar el aliento. Los estallidos y gritos sonaban lejanos y Cassandra pudo ver a sus espaldas flashes de luz intermitentes rompiendo con la semi-oscuridad a su alrededor.
-¿Cuánt-?
-Aún ocho.
Cassandra se retiró el cabello de la cara y se enderezó cuando sintió más que vio movimiento a su derecha. Basile se movió sigilosamente hasta quedar a su lado, su varita en alto. La luz de la luna hacía posible ver con bastante claridad, y por medio minuto, estuvieron de pie, quietos, sus respiraciones visibles en el aire gélido de la noche.
-No dispares, somos...soy yo.
La voz llegó a ellos en un jadeo ahogado, pero ambos reconocieron de inmediato a quién pertenecía y se acercaron rápidamente Darian, cuando lo vieron aparecer con una April inconsciente desparramada en sus brazos.
El vapor que acompañaba su respiración le dijo que estaba viva, pero no se veía muy bien.
-Cass...¿Cuantos quedan? -le preguntó Darian, apoyando una rodilla en el piso y sosteniendo el peso de April con la otra. La preocupación y la angustia eran tan claros en sus rasgos como en su voz.
-Cuatro, incluyendo ustedes.
Basile seguía inspeccionando con atención sus alrededores y Cassandra tenía medio cerebro pendiente de los ruidos que los rodeaban. El patrón de respiraciones de Darian cambió notoriamente, y Cassandra entendió que intentaba calmarse y que su cerebro ya buscaba una alternativa al plan, si es que era posible alguna.
-Muy bien -comenzó Darian luego de una última respiración profunda, acariciando uno de los bordes de la cara de April-, Basile, toma a April y v-
-No, Darian, ve tú con ella.
-Pero...
-Darian, sólo ve. Ahora. -agregó cuando una maldición en forma de una explosión de luz celeste apareció en el cielo, no tan lejos de ellos.
Darian la miró por un segundo, con ojos serios, antes de abrazar a April y desaparecer con un suave crack.
Al menos ahora sabían que sí podían desaparecerse en esa zona. Por el momento, al menos.
Basile se acercó a ella y la tomó por un brazo, aún escaneando con la mirada los alrededores.
-Hey, Bass.
-¿Mmh?
-Desaparece y ayuda a Darian. Eres mejor que varios en esa mansión cuando de tratar heridas y maldiciones se trata y una de las gemelas no se veía muy bien la última vez que la vi.
-No.
-Y si entendí bien, tenemos un prisionero. Ulrich lo asesinará antes de que le saquemos alguna información. Tú eres el de la legeremancia.
-No.
Cassandra se giró a mirarlo a la cara, buscando sus ojos, pero Basile se negó a apartar la vista del grupo de árboles que tenían en frente.
-Basile...
-No voy a dejarte sola. Queda sólo una persona por desaparecer, ¿cierto?
-Sí, y es por eso mismo que te pido que vayas adelante. Tengo la corazonada de que esa persona no desaparecerá lejos hasta que lo encuentre personalmente. Porque tampoco me iré hasta verlo. No me arriesgaré a que se quede buscándome. El muy idiota y yo tendremos que hablar seriamente sobre seguir las instrucciones de seguridad, incluso si hay dudas de este tipo.
-Puedo acompañarte de todas formas, encontremos al idiota juntos.
-Cuidado, Bass. "Idiota" está bastante cerca de ser una palabrota.
Basile le sonrió brevemente antes de volver a mirar a su alrededor.
-Ve, Basile, no me mires así -agregó cuando el hombre se giró a verla-, no me estoy haciendo la valiente, estoy muerta de miedo, pero necesito que avances. Es más fácil para mí mantener la mente en el hechizo vinculante cuando tengo atado a mí a una sola persona y puedo cuidarme las espaldas hasta encontrar a Sirius. Que Darian refuerce la seguridad. Nos apareceremos en el puesto siete, que el resto quede sellado, ¿sí?
Basile volvió a mirarla, sus ojos amarillos recorriendo su cara, como en busca de algo. Sea lo que sea que buscaba, pareció encontrarlo, porque suspiró y su expresión cambió de terco a una de rendición.
-Cassandra, sabes que mi conciencia no me dejará en paz nunca más en la vida si resulta que te dejo y te matan o algo así, ¿cierto?
-Sip.
-No te atrevas a comprometer mi conciencia con esto, ¿me escuchas?
-No me atrevería, Bass.
Basile se acercó y la abrazó brevemente antes de alejarse un paso y desaparecer.
La noche pareció cerrarse a su alrededor, apenas se quedó sola. Los sonidos parecían intensificarse y pudo ver con mayor claridad. Si fue porque sus ojos por fin se acostumbraban a la oscuridad, por la adrenalina que parecía alcanzar una curva alta en su sangre o por milagro divino y la luna simplemente se volvió más brillante, Cassandra no estaba segura.
Se quedó quieta en el pequeño claro que formaban seis árboles altos a su alrededor, rodeados a su vez de plantas, arbustos y matorrales. El sonido de su respiración y el vapor tibio que la acompañaba se unieron al ruido de ramas meciéndose con el viento.
¿Qué debía hacer? ¿Qué era mejor idea? ¿Volver por sobre sus pasos, hacia la Mansión? En esa dirección al menos habían visto los últimos destellos de batalla. ¿Esperar dónde estaba, a ver si Sirius la encontraba primero? Él era mejor que ella rastreando gente/cosas, pero ahora era un blanco fácil si los mortífagos ya habían iniciado persecuciones.
¿Y si-?
Cassandra se enderezó bruscamente en su lugar, cuando dejó de sentir a la última persona unida a su hechizo vinculante.
¿Había Sirius finalmente desaparecido lejos? ¿Era Sirius o su corazonada había estado equivocada?
Cassandra cerró los ojos intentando concentrarse, algo no le calzaba. Aún sentía algo unido a ella, cerca. Pero definitivamente había existido algún cambio. Maldijo en voz baja, ante la duda. No conocía bien todas las condiciones que podrían presentarse con el hechizo vinculante. ¿Debería sentir si alguien, por ejemplo, caía inconsciente? ¿Si alguien...moría?
Cassandra abrió los ojos, obligándose a respirar calmadamente y no sucumbir a las casi irrefrenables ganas de hacerse bolita en el suelo y llorar ante la sola idea de Sirius muerto.
Quizá...quizá no estaba muerto. Ni siquiera herido. Quizá había escapado a su forma de Canuto.
Cassandra, sintiendo ya las lágrimas agolparse en sus ojos, se quitó la capucha y el pañuelo que le envolvía el cuello y la cabeza, para liberar su cabello y sacudirlo en el aire.
La idea de Sirius en su forma de animago era mil veces mejor que las otras dos ideas y pretendía aferrarse a aquella idea hasta el final. Si estaba en lo correcto, no sólo él podría moverse mejor en la oscuridad, sino que además, podría sentirla a ella a larga distancia, gracias a su superdotado sentido del olfato. Él conocía su olor. El olor de su shampoo. El olor de su piel.
Él llegaría a ella. Y luego ella lo mataría por darle tal susto.
Cassandra se quedó en su lugar, plantada, intentando mantener bajo control su creciente sensación de pánico. Si no llegaba...si no llegaba, debía irse. Debía ayudar a terminar lo que ambos habían ayudado a iniciar. Por él, por Harry.
Santo Dios, no podía pensar en esa línea.
Un sollozo escapó de sus labios y Cassandra respiró hondo y aguantó el aire en los pulmones, en un intento de evitar hacer ruido.
Un arbusto a sus espaldas se movió violentamente, logrando hacerla saltar fuera de su piel. Cassandra levantó su varita en esa dirección y no tuvo que esperar más de un segundo para ver aparecer una silueta de cerca de un metro de alto...y de cuatro patas.
Y entonces estuvo en la mitad del abrazo de Sirius.
El alivio fue tal, que Cassandra no logró decir ni una palabra de las muchísimas que cruzaron su cabeza en menos de un segundo. Sólo pudo soltar el aire que había estado sosteniendo, antes de que las explosiones y los destellos aparecieran a su alrededor nuevamente. Fue parcialmente consciente de la sensación que venía en conjunto con intentar aparecerse, de una palabrota siendo gritada en su oído y entonces Sirius estuvo arrastrándola por el bosque, con una velocidad que podía ser sólo en respuesta de una persecución de vida o muerte.
Ya superando brevemente la sorpresa, Cassandra desechó mentalmente el hechizo vinculante y logró concentrarse lo suficiente como para correr más a la altura de Sirius, sin que tuviese que arrastrarla tanto, agachando la cabeza cuando sentía venir alguna maldición en su dirección. Intentó aparecerse en conjunto, como sospechaba que Sirius ya había intentado, pero no tuvo éxito.
Carajo.
Las astillas saltaban en todas las direcciones, los árboles cayendo bajo maldiciones esquivadas. Repentinamente, Cassandra sintió que de un tirón la levantaban del piso y era lanzada contra un suelo ya no de tierra húmeda, sino de fría roca. El golpe hizo que el poco aire que tenía en los pulmones, luego de varios minutos de correr por el bosque, saliera de golpe en un sonido ahogado que resonó a su alrededor, pero no alcanzó a quejarse ni por eso ni por el brazo adormecido sobre el que había caído, antes de notar que Sirius la había lanzado dentro de lo que parecía ser una pequeña cueva y ahora estaba de pie en la entrada, su silueta enmarcada por la brillante luz de la luna, varita en alto y diciendo un hechizo protector tras otro.
Cassandra se tragó la queja que había tenido en la punta de la lengua y se paró a su lado a repetir los mismos hechizos y encantamientos, su voz haciendo eco de la de Sirius.
Cuando ya no hubo más hechizos que decir en voz baja, se quedaron uno junto al otro, en silencio, tensos, esperando que sucediera algo. Lo que fuera.
Cassandra casi se infartó cuando escuchó ruidos de pasos cerca de ellos, entre los árboles frente a la cueva y en pasmado silencio, con una mano firme en torno a la muñeca de Sirius, vio como un hombre alto y calvo, seguido de otro hombre, más bajo y de barba pasaban a un metro de la entrada de la cueva, miraban hacia ellos por medio segundo y seguían sin prestarles atención.
Mudos, esperaron en la misma posición, sin atreverse a mover un músculo, hasta que no se escuchara ni un solo ruido que no fuera propio del bosque. Seis hombres más pasaron frente a la cueva. Ninguno los vio.
Cassandra no supo exactamente cuánto tiempo estuvieron parados, simplemente escuchando atentos a cualquier ruido que no fuese el de sus propias respiraciones agitadas. Pudo haber sido perfectamente una hora, pero a Cassandra le importaba poco y nada. Acababa de pasar uno de los peores sustos de su vida, podía esperar sin problemas otra hora más.
De reojo, miró a Sirius, que aún tenía la varita alzada en dirección a la entrada de la cueva.
Lo primero que hizo Cassandra, fue revisarlo de arriba a abajo con la mirada, bajo la potente luz de la luna, en busca de heridas. Si las había, estaban ocultas. Tanto por su ropa, desordenada y un tanto sucia, como por su expresión, que no mostraba más que fría concentración.
Lo segundo que hizo Cassandra fue pensar que su novio (y esperando que aún fuera su novio y no hubiese terminado con ella y después olvidado avisarle), era tan jodidamente guapo que le entraban ganas de rezar agradecimientos a sus antepasados por ponerle en el camino a semejante hombre y por mantenerlo vivo.
Lo tercero que hizo fue pensar en cómo diablos mantenía la varita en alto tanto tiempo sin que se le acalambrara el brazo. Lo que la llevó de inmediato a un nuevo pensamiento, similar al segundo. Debía ser por los magníficos y recientemente trabajados músculos en sus brazos. Sirius se había dedicado a cortar, sin magia, suficiente leña como para vivir 6 inviernos en Alaska. Mientras se dedicaba además a ignorarla, claro está. Y Cassandra había mirado de lejos como esos maravillosos brazos ganaban aún mejor forma de la que ya tenían antes.
Y ahora, con las sombras que provocaba la luz de la luna sobre él y su ropa, podía notar claramente los músculos tensos de sus brazos y hombros.
Tragando saliva, Cassandra desvió la vista hasta los ojos de Sirius, buscando su mirada. Si se sintió observado, no hizo comentario al respecto. Tampoco la miró de vuelta.
El silencio, que hace unos minutos se había sentido como la gloria porque significaba que, por el momento, estaban a salvo; ahora, ya con sus respiraciones trabajando más tranquilamente, se sintió como una opresión en el pecho.
No estaban en la mejor de las condiciones , incluso si ya no escuchaban signos de gente en las cercanías. Aún los buscaban, eso era seguro. Aún estaban en la mitad de la nada, sin mucha claridad de dónde, exactamente. Y aún así el nerviosismo de Cassandra poco tenía que ver con esas desafortunadas condiciones.
Estaba sola con Sirius, después de días, que se sintieron como semanas enteras. Con Sirius, que al parecer no quería mirarla. Aunque siendo justos, quizá el sí estaba actuando como la situación lo ameritaba y estaba atento a lo que sucedía en el bosque, atento al peligro. Mientras ella admiraba sus musculoso brazos, Merlín la disculpara. Quizá estaba en shock.
Cuando ya habían pasado otros tres minutos, de los que Cassandra sí estaba segura esta vez porque había contado los 180 segundos, decidió que no podía soportar más el silencio. Su silencio, más bien. Aun había ruidos afuera. Una lechuza comunicándose quizá con quién. Grillos dando concierto a esa hora de la noche. Ramitas en lo alto de los árboles, sucumbiendo bajo el viento.
-Sirius... -dijo en voz baja, luego de aclararse la garganta.
Lo que ella quería decir era "Sirius, creo que ya se fueron". Lo que alcanzó a decir fue sólo eso, porque entonces tuvo a Sirius sobre ella, empujándola bruscamente contra la pared de roca de la cueva, reclamando su boca en su beso que le magulló los labios, pero que la hizo casi llorar de la felicidad.
Cassandra, que sólo se demoró un segundo en superar la sorpresa y devolver el beso, aprovechó de hacer lo que llevaba días deseando hacer y lo tomó por el cabello y por los hombros y lo acercó a ella hasta que no sintió espacio entre sus cuerpos, enrollando además sus piernas en torno a la cintura de Sirius.
El beso se alargó en tiempo y creció en intensidad. Cassandra tenía la sensación de que Sirius estaba casi respirándola, tomándola con fuerza como si no quisiera que se alejara de sus manos nunca más en la vida.
Que sonaba como un maldito buen plan en la mente de Cassandra.
No pasó mucho antes de que ambos recordaran que tenían una gran y básica misión en la vida, respirar, y se separaran un poco tanto para permitir que el aire pasara a sus pulmones, como para mirarse a los ojos; Cassandra aún en la nube número siete, intentando convencerse de que era verdad estaba ahí, con Sirius justo frente a ella, los dos vivos y, más importante, él mirándola a los ojos sin enfados ni malos entendidos colgando entre ellos.
Apoyándose en el muro de roca, Cassandra se dejó caer hasta el piso, apoyando su peso en los talones y cubriendo su cara con las manos. El corazón martilleaba contra sus costillas y Cassandra, parcialmente oculta del mundo, se enfocó en calmar sus nervios. Pensó que lo había perdido. Su pequeño mundo se había tambaleado de forma peligrosa y recién en ese momento, sentía que la crisis había pasado. Se sintió mareada. Quizá cuando lograra convencerse de que Sirius no había muerto ni la había abandonado, pudiera sentirse aliviada. Por el momento quizá sólo vomitara.
Sintió como Sirius se sentaba a su lado, antes de sentir que la tomaba por la cintura y la acomodaba sobre su regazo.
Cassandra hizo lo que había querido hacer hace unos minutos y se hizo pelotita, esta vez en sus brazos, y escondió la cara en su cuello, mientras Sirius la abrazaba con fuerza.
-No era parte del plan que te quedaras a buscarme -lo acusó Cassandra un minuto después, aun en el refugio que le ofrecía el cuello de Sirius.
-Lo sé. Pensé en ti esperando que todos se fueran y me entró el pánico. Lo siento.
Cassandra no dijo nada. Se enderezó y enmarcó con las manos la cara de Sirius. Sus ojos encontraron los de ella de inmediato. Y aún sin decir otra cosa, lo besó brevemente en los labios.
Cuando se alejó de él, Sirius mantuvo los ojos cerrados y Cassandra aprovechó el momento para inspeccionarlo.
-No tienes ni un sólo rasguño. Eres mi héroe. Cuando grande quiero ser como tú.
Los labios de Sirius se estiraron en una sonrisa, antes de abrir los ojos nuevamente.
-Tú eres mi héroe -le dijo, acomodando un mechón de su cabello rojo detrás de una de sus orejas-. Si no tengo un rasguño es porque cuidabas mis espaldas.
-Y tu trasero. También cuidaba tu trasero, le tengo especial cariño.
Sirius se rió bajito, antes de volver a abrazarla contra su pecho y Cassandra sintió que por fin podía respirar tranquila.
-¿Estás herida?
-Adolorida, la espalda y este brazo -le dijo moviendo el brazo izquierdo, el que había quedado atrapado entre ella y él-, pero no parece ser nada serio. ¿Crees que debemos movernos ya? Necesitamos evaluar los daños, después de este desastre de misión.
-Ninguna misión es un desastre. De todas se puede aprender algo.
Mm...su Sirius, siempre tan sabio.
-Le dije a Basile que bloquearan todas las entradas y puestos, excepto el siete.
-Bien pensado. Sellaron este sector para aparecerse, vamos a tener que caminar.
-Lo sé.
-Aún nos buscan, eso es claro, pero si somos sigilosos, deberíamos poder avanzar sin problemas.
-Lo sé.
-No dejaré que nada te pase, Cass.
-Lo sé.
Hola, he vuelto. Lamento la larga espera, han sido meses...difíciles, a falta de una mejor palabra. Gracias por leer (si es que siguen conmigo ajaja). No les digo para cuándo hay otro capítulo, porque han notado mejor que yo que no me resulta mucho eso de cumplir plazos. Un abrazo enorme, gracias por leer y, si pueden, cuéntenme que les pareció este nuevo capítulo. Les adelanto que en el capítulo que viene, habrá reencuentro entre hermanos Collingwood. En el que sigue, un poco de calma antes de nuevas tormentas. Y el que viene, no sólo habrá acción otra vez (de todo tipo de acción, si saben a qué me refiero ;) ), sino que además, abro espacio para otra historia paralela, que ya está en proceso. Si, ya sé, que me deje de agregar historias cuando no logro terminar las anteriores, pero ya lo tenía planeado de hace meses, así que...quiéranme como soy ajaja
¡Besos!
Nicola.-
