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Mahad siempre supo que estaba destinado a ser el mejor hechicero, finalmente podía ver cómo su sueño se hacía realidad. Pero no siempre las cosas salen como quieres. Culpó a la única persona inocente de aquella habitación.

Mahad había soñado con ser el mejor hechicero desde pequeño había hecho tantos planes de servir al Faraón, lo admiraba tanto por ser un Rey Noble y justo.

Sus hermanos solían burlarse de él, no eran comentarios negativos al contrario eran palabras de aliento. Orión quien era el mayor solía decirle que sería el mago más fortachón de todos, Marduk, su hermano menor decía que Mahad se iba a olvidar de todos porque se volvería muy importante.

La única que solía observarlos a todos, sonreía porque sabía que él lo conseguiría era Saida. Su pequeña hermana, la más joven de la familia.

La niña de cabello castaño animaba a su hermano cada día, la mayor parte de su infancia fue feliz.

A veces Mahad quisiera poder volver a esos tiempos dorados.

En su aldea reinaba la paz, hasta que pasó lo impensable, otro pueblo quiso adueñarse de su magia, aquella peculiaridad pertenecía a todos los que habían nacido en aquel lugar. No era que podías arrebatarlo, estaba en su sangre, la magia era parte de cada uno, en Alwaham todos sus habitantes habían nacido con el don.

Algunos podían aprenderlo, pero quienes ya habían nacido con el serían más fuertes, superiores a quienes solo podían imitar.

Mahad y Saida resultaron ser los más poderosos de su familia, apenas unos niños que debían entrenar, luchar para proteger a su pueblo. Desde que empezó la guerra Mahad fue advertido de lo que podría pasar si no se controlaba.

–Mahad, reconozco que eres el hechicero más poderoso que ha tenido Alwaham, me atrevería a decir que eres incluso más hábil que el actual Hechicero Real del trono del Faraón. Deberías sellar una parte de tus poderes. – Su maestro le dijo en medio de un arduo entrenamiento antes de uno de sus combates.

–¿Por qué debería hacerlo? Has reconocido que soy el mejor entre todos. – Por primera vez desde que había empezado a luchar, Mahad se atrevió a ser altanero. Si era el mejor debían saberlo todos. Ocultarlo solo era demostrar debilidad.

–Podrían haber consecuencias. Si no eres capaz de controlar tu magia, los brotes accidentales que has tenido, podrías lamentarlo. – Sabía que no podía obligarlo a sellar sus poderes pero la advertencia había sido dicha.

–Eso solo pasa cuando estoy enojado. De lo contrario mi poder está controlado.

–No te confíes, lo digo por tu bien.

Mahad no respondió, se burló de su maestro en silencio. ¿Qué debía sellar su poder? Eso jamás iba a ocurrir, el no necesitaba hacerlo, no iba a pasar nada malo.

Mahad. Quizás deberías escuchar al maestro. Él sabe porque te está diciendo lo que piensa. – Marduk no solía opinar nada al ser el tercer hermano más joven, pero cuando tenía un mal presentimiento lo decía sin rodeos.

–No pasará nada. Todo está bajo control. ¿Acaso me temes porque soy más poderoso que tú?

–Cállate tarado. – Marduk esperaba que solo fuera una etapa de su hermano, todavía eran demasiado jóvenes, pero no quería que su hermano fuese un soberbio.

Al final salieron victoriosos de aquella guerra, su aldea, su familia estaba a salvo. La paz volvió a ser parte de su rutina, sus hermanos volvieron a ser felices, Saida era quien más anhelaba la paz.

A Saida no le gustaba luchar, aunque era experta en el arte de la arquería, nunca quiso ser participe, ella quería viajar, conocer al mundo.

Para todos fue una gran sorpresa el día que una comitiva del Faraón llegó hasta la aldea, había sido enterado de la guerra que enfrentaba uno de sus pueblos más lejanos, incluso había apoyado con soldados que habían reforzado el ejército.

El Faraón se había interesado en Mahad, quería tomarlo como Aprendiz para su corte, ya que estaba buscando a quien pudiera ser el Hechicero Real para su hijo, el príncipe Atem, el siguiente en la línea de sucesión en Egipto.

La comitiva partiría en 3 días. De no poder partir con ellos, tenía un año para poder ser parte de la corte real. Mahad se sentía emocionado, pidió permiso a sus padres para poderse ir con la caravana, Hamadi le dijo que si podía irse para poder cumplir su sueño.

Saida lo abrazó con fuerza felicitándolo sabían que por la distancia posiblemente se verían en un par de años. Pero un día antes de poderse ir, ocurrió lo que Mahad siempre consideró su más grande tragedia: Hamadi fue elegido para ser el líder de la aldea, pero debía llevarse a un sucesor y un aprendiz. El viaje podía durar un año a un año y medio, se llevaría a sus hermanos Orión y Marduk, pero eso obligaba a Mahad a quedarse como el hombre de la casa, a esperar el regreso de sus familiares. No podía dejar sola a su hermana pequeña y a su madre.

Si se quedaba perdería la oportunidad de ser parte de la corte real del Faraón, apenas era un adolescente dejó que sus impulsos lo dominaran.

–¡Mahad! ¡Yo..! – Saida no sabía que decir para calmarlo.

–¡Por tu culpa debo quedarme aquí! – Gritó con tanta fuerza que pudo notar que había lastimado a Saida pero no se detuvo.

–No tienes que quedarte. Puedes irte después que papá y nuestros hermanos se hayan marchado.

–Si no fueras tan inútil podría hacerlo. Pero siempre necesitas que te cuiden las espaldas. – Mahad no fue capaz de medir la magnitud de sus palabras, solo dijo lo que pensaba, lo que sentía en aquel momento, volcó toda su rabia contra ella, con la única persona inocente en esa habitación.

Sus palabras hirieron a Saida, no quería seguirlo escuchando, concentrada dirigió su palma derecha hacia el rostro de Mahad, le dio una cachetada tan fuerte que la mejilla se tornó roja, volteó su rostro hacia un lado. En ese momento la chica solo deseo que su hermano se marchara.

Los años han pasado ya sobre Mahad, ya no es un adolescente de 16 años. A veces cierra los ojos pensando siempre en ese momento de su pasado.

Ha extrañado a Saida desde entonces.