Lecho
Los mensajes durante el día se habían intercalado confusamente entre las horas; muchas de las respuestas de él no tenían sentido o contestaban dudas cuya pregunta ya había caducado (¿vendrás a comer? ¿Llegó a tiempo el vuelo? ¿Crees que podrás terminar todo el día de hoy?); hubo también un par de llamadas que no rebasaron los diez segundos y que habían invertido cinco en reprochar que la señal era terrible. En fin, la noche había llegado y la esperanza madrugadora de verlo después de tantos días se había sepultado con culpa en ella.
La jornada del hospital no fue menos abrumadora, pero la hacía sentir egoísta y algo estúpida que no le hubiera generado mayor pesar por el consuelo de ver a su esposo al terminar. Tal vez él no pensó en ello; tal vez su mente tenía otras prioridades; a lo mejor una semana sin verse no era para tanto; a lo mejor a él no le era urgente el abrazo y el beso; quizás era ella quien tenía que concentrarse en un mundo más allá de tenerse mutuamente (aunque fuera de vez en cuando, aunque se pertenecieran amorosamente); o quizás, verla, tener que verla, tener que volver, era lo antónimo del alivio que se implora cuando las labores tensan las sienes.
Los últimos mensajes no habían sido contestados. Jan-di ya no quiso insistir. Estaba cansada y quería ahogarse entre las sábanas para no seguirse amonestando el egoísmo de su insistencia, pero también quería llorar por una noche más sin tener a Joom-pyo respirando en su diestra. Parecía otra realidad la memoria de sus fechas en la escuela, cuando los F4 tenían las horas a disposición de sus chequeras y bostezos. Pero la vida, después de ciertos eventos, al parecer sólo duraba veinticuatro horas al día, que se sentían como cinco minutos para lo agradable y mil años para lo inconveniente. Llegar a casa, por ejemplo, se le había hecho eterno, pero ya estaban entrando a la residencia cuando el chofer le preguntó si requeriría algo más de su parte. Ella agradeció con suma amabilidad, con el último entusiasmo que deja un viernes, pero cuando se percató de que no habían estacionado el auto donde acostumbraban y que, en cambio, una limosina estaba ocupando el sitio principal, ella tartamudeó un poco su despedida.
Intentó no correr al interior, mas la garganta sentía la euforia de resoplar. Sólo por esa ocasión dejaría las maletas en la sala y permitiría que las personas del servicio se hicieran cargo del abrigo, el gorro, la bolsa y todo cuanto se iba despojando mientras se aproximaba a la habitación. Antes, no obstante, se redirigió a uno de los cuartos de huéspedes para tomar una ducha fugaz ahí, y con las prendas más ligeras salió hacia su destino, despacio, sigilosa, tanto que sus pisadas descalzas flotaban, pero no todo estaba en silencio: apenas a algunos metros, pesados ronquidos hacían ecos sonoros. Jan-di se conmovió.
Dentro todo era oscuro, a excepción del halo más tenue de una lámpara alejada de la cama. Joom-pyo era un montículo de edredones que se elevaban y disminuían en cada jadeo. La cama era enorme y él estaba en el espacio que le correspondía, pero lucía tan, tan compactado con el colchón, que ella casi sintió que no cabría. El pensamiento anuló su sonrisa.
Claro que lo quería abrazar; quería besarlo, aunque fuera en la cabellera y muy despacio; quería decir 'Buenas noches. Bienvenido' y luego abrazarlo y dormir. Ahí sobrevino la culpa, no obstante, porque también quería haberlo despertado al entrar a la habitación, haberlo visto incorporarse haciendo una broma, haber descubierto que fingía dormir para atraparla cuando se recostara; también le hubiera gustado que la mirara desde la ventana, la siguiera hasta la ducha y la importunara, o que se hubiese escondido en la limosina para asustarla al bajar del auto. Eso y más, mucho más le susurró una expectativa que ella juzgó muy venenosa y despreciable. Ya estaba acostada, cubierta hasta la cabeza de cobijas, muy apartada de su esposo y queriendo salir de la cama, queriendo huir del lecho para dejarlo descansar, para descansar ella misma de su deseo de ser vista como antes, cuando ella se terminaba enterando que incluso era acosada y espiada por la protección del impertinente enamorado. Asimismo, envidiaba esos ronquidos atroces, esa capacidad de abandonarse al sueño sin percibir al amado llegar, sin, aparentemente, haberle dado mayor peso al proceso de viajar a casa tras una semana de trabajosa ausencia.
Jan-di sabía que estaba mal, sentía que estaba equivocada. No supo en qué instante durmió, pero toda la subconsciencia no cesó el argumento y, por eso mismo, su sueño estaba susceptible. De tal manera, cuando Joom-pyo comenzó a moverse demasiado llegada la mañana, Jan-di despertó sin abrir los ojos. Ella seguía en la esquina, apartada en todo aspecto y temiendo temblar, cuando sintió que en total dominio del lecho Joom-pyo se arrimó hasta ella y sin esfuerzo tomó su cuerpo para atraerlo hacia sí.
La abrazó como debía ser: brazo debajo de su cabeza, manos sobre su pecho, caderas ceñidas con profundidad contra sus glúteos, rostro suspirando con creciente insistencia en su nuca. Así debía ser. Ninguno de los actos ilusorios que ella lamentó durante la noche podrían costear la pasión que él desahogó esa mañana por ella.
Por el momento, como adultos, él siento tan importante para el funcionamiento de la vida de tantos empleados y ella teniendo en sus manos la vida misma de sus pacientes, tenían disponibles mañanas así. Quién sabe si la vida cambiaría. Ellos la habían escogido así. Era lo que tenían, y Jan-di, siendo besada y seducida por completo en cada espacio que cubriera la seda, se acordaba de ello con redención y se aferraba con real amor a los brazos que la extrañaban tanto también. Eran de las raras ocasiones en que el tiempo se hacía eterno a favor de ambos.
Este, igual que casi todos los demás, es muy personal. Si para alguno de los lectores remite algo íntimo también, me encantaría leerlo a detalle e irnos conociendo más (por mensaje o rw). De momento les dejo esta complicidad y un suspiro para quien dedico esto: te adoro, amor: veamos si la vida nos regala mañanas más eternas.
Seguimos escribiendo.
