"En esta casa no existen fantasmas, son puros recuerdos, son mil sentimientos de lo que vivimos cuando estabas aquí" fue la frase que más marco a Mahad, oculto sus sentimientos en lo más profundo de su ser.

Desde que se volvió el Hechicero Real del Faraón su vida se había vuelto muy ocupada, a veces fingía no tener tiempo para pensar en la vida que había dejado atrás, en su aldea en Alwaham, pero era una mentira, siempre en aquellos días calurosos en Egipto donde le tocaba hacer guardia, para proteger el palacio, cuando el atardecer se hacía presente su mente lo traicionaba, y volvía a recordar los momentos felices.

–¡Mahad! ¡Mira lo que puedo hacer! – Saida su pequeña hermana apenas tenía 5 años, Mahad quien tenía 8 años incrédulo observó a la niña que en sus manos había creado magia, al igual que el.

Ambos eran prodigios.

La mayoría despertaban su magia a los 14 años. Pero en el caso de Mahad y Saida lo despertaron a temprana edad, su padre se sentía orgulloso de ambos.

Ella era la protagonista de sus recuerdos.

–¡Si vas al pueblo vecino podrían traerme gardenias! ¡Quiero hacerme una corona! – Las castaña gritó desde la lejanía, Mahad era quien más solía salir junto a su padre en los viajes regulares que solía hacer.

–Si puedo lo haré. Despídete de tu hermana, nos veremos en un par de días.– El padre de familia sonrió ante dos de sus hijos con ternura.

–Adiós Saida.

Pudieron encontrar las gardenias. Mahad jamás podía olvidar la sonrisa emocionada de Saida cuando recibió el pequeño ramo de flores en buen estado.

Su felicidad se basaba en la sonrisa del ser más importante de su vida, la persona que más quería.

–Mahad ¿Podrías peinarme? Las trenzas no me quedan tan bien como a ti. – Aunque la mayoría del tiempo ella llevaba el cabello suelto, habían veces donde Saida le pedía peinados.

–Esta bien. Ven aquí. No son tan difíciles de hacer.

–A Orión no le salen bien y Marduk las deja algo torcidas. Gracias Mahad. Te quiero tanto hermano. – Lo abrazó agradecida porque su peinado ahora estaba bien.

–A veces pienso que solo me lo dices por interés.

–¡Mahad! ¡Eres un tonto! – Comenzó a reírse de lo que consideró un chiste de su hermano.

Mahad también comenzó a reír. Sin saber que sería una de las últimas veces que se reía de aquella manera.

Para Mahad los años habían seguido su curso, pero su corazón seguía en Alwaham, solía viajar solo una vez al año, aunque quería ir más veces su trabajo se lo impedía, ¿Cuántas veces no soñó con volver a casa? ¿Cuántos días esperó para llegar mostrando el artículo que descansaba sobre su pecho? Incluso imaginando escenarios que ya no eran posibles.

Saida ya no pudo ver que había cumplido su sueño.

Se había convertido en el hombre más poderoso de Egipto, muchos viajaban de tierras lejanas para ser sus aprendices, para que el conocimiento que tenía fuera compartido con otros que buscaban alcanzar su fama alguna vez.

En sus recuerdos siempre veía a su hermana sonreír, jugar con las flores que solían llevarle.

Tenía 18 años cuando le fue entregado la sortija del milenio, Aknamkanon el Faraón a quien tanto anhelo servir le estaba dando un privilegio que muchos deseaban obtener, pero era su destino ser el portador de dicho artículo.

La sortija era quien escogía a quien podía llevarla, quien era el elegido de llevar en sus hombros todo su poder, hasta que llegara el momento de cederla a alguien más.

Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de felicidad pero al mismo tiempo eran lágrimas de amargura. Durante muchos años este había sido su único anhelo, su sueño se había hecho realidad.

¿A que costo?

Al precio más caro. Porque si Mahad pudiera volver en el tiempo le diría a su yo de 16 años que no fuera tan terco.

Sonrió observando a sus amigos más cercanos: Mana, una niña que era hija de su maestro, Atem, el príncipe y futuro Faraón de Egipto, a Isis quien era una sacerdotisa de tierras lejanas.

Pero en su mente habían más personas con quiénes quería festejar su logro, cerrando sus ojos imagino a su padre, a su madre, a sus hermanos.

A Saida.

Incluso podía jurar que había sentido un fuerte abrazo, aunque no era posible en ese momento solo estaban el Rey, el antiguo portador del artículo milenario, y sus amigos. El pueblo alababa a su nuevo Hechicero Real quien en se momento solo podía recordarla a su hermano.

–En esta casa no existen fantasmas. – Podía recordar plenamente a aquella mujer que todos trataban de loca, vivía sola– Son puros recuerdos, son mil sentimientos, de lo que vivimos cuando tú estabas aquí. – La mujer repetía aquella frase ante la tumba del ser que más amó: su hijo.

Mahad en aquel tiempo solo le restó importancia porque pensaba que nadie podía enloquecer del dolor, le parecía que no era el pretexto para hacerlo

–Mahad, no todos vemos el dolor de la misma manera. – Dijo Marduk a pesar de solo tener 14 años era muy inteligente.

–La vida no está comprada para nadie. –Orión se unió a la conversación, cruzó los brazos sobre su pecho. La mujer llevaba años en ese estado.

–Pero nosotros somos jóvenes. – Mahad no quería dar su brazo a torcer con lo que estaba pasando.

–Mahad, si uno de nosotros te llegará a faltar. ¿Te dolería? – Ahora era Saida quien preguntaba, la castaña de ojos celestes le preguntó tratando de acercarse a él.

No supo porque pero no le respondió en ese momento, decidieron seguir su camino. De todos modos el no entendía ese dolor, esperaba que pasaran muchos años antes de poder a experimentarlo.

Mahad tenía ya 25 años, ya no era el niño de 16 años que jugaba en el río con sus hermanos, ni el que soñaba ser el Hechicero Real. Ya lo era.

Y reconoció en silencio que aquella mujer a la que ignoró tenía razón.

Extrañaba a Saida.