Yugi siempre trató de ser el mejor padre para su amada hija. Pero su corazón estaba roto al ver que Yuriko no lo reconocía, y los únicos culpables de todo esto eran el Faraón, el Mercader y el Hechicero Real.
Los tres eran unos estúpidos.
Narrado desde la Perspectiva de Yugi.
Desde el momento en el cual supo de su existencia, esperó su llegada con ansias. Rebecca la llevó durante 9 meses en su vientre, estuvo presente en todo el embarazo, cuando nació la tomó en sus brazos, lo primero que pensó fue que la amaba más que a su propia vida.
–Hola mi pequeña Lirio. Yo soy tu papi, te cuidaré hasta mi último suspiro. Te amo Yuriko. – Le dijo a su bebé recién nacida, quien abrió sus ojitos por un breve momento notando que eran verdes como los de su madre.
Y durante muchos años cumplió lo que consideró su promesa más importante.
Hasta este día, y los únicos culpables eran ellos tres.
El Faraón Atem, su Hechicero Real Mahad y el mercader Bak, discutieron esa mañana, la pelea se había salido de control, los tres habían usado sus monstruos Ka, los escoltas reales habían tratado de detenerlos sin éxito.
Si solo hubiera sabido lo que pasaba no habría permitido que su hija se acercara al jardín.
–¿Papá? ¡Mira ya pude tejer un vestido completo? ¿No crees que es bonito? – Su hija ni siquiera notó la pelea que había detrás de ella, todo pasó demasiado rápido.
Yugi no pudo precisar quien de los tres fue el que lanzó ese ataque, solo pudo ver la luz que destruyó la pared cercana donde estaban ambos familiares, trató en vano de proteger a su hija con su cuerpo, un fragmento de piedra la golpeó en la cabeza, solo pudo sentir la explosión, era un verdadero milagro que no murieran en el acto, Yugi creyó que solo había sido un susto, hasta que notó el olor a sangre, la misma que descendía de la frente de Yuriko.
–¿Yuriko? ¿Hija? ¡Yuriko! ¿Qué tienes? ¡Háblame por favor! ¡Yuriko! ¡Dime algo! ¡Dime algo! ¡No! ¡Escúchame por favor! ¡Te lo suplico! ¡Si algo te pasa a ti, yo me voy contigo! ¡No me dejes aquí! ¡No me dejes solo, Mi Pequeña Lirio! ¡Por favor contéstame! – Yugi sostenía a su hija en sus brazos trataba de detener la hemorragia sin conseguirlo.
Atem fue el primero en acercarse no podía creer lo que había pasado, Mahad se sentía culpable, Bak solo se dejó caer de rodillas.
–Yugi…–Atem no tenía palabras para consolarlo, la pelea se había salido de control.
–¡Todo esto es tu culpa! ¡Porque tenían que lastimarla! ¿Por qué? ¡Son unos desgraciados! ¡No se acerquen ya nos han hecho demasiado daño! ¡Largo! – Desesperado como se sentía solo quería que su niña volviera en sí y le dijera lo mucho que lo quería.
Su pequeña Lirio no respondía.
Temía lo peor, Jono la tomó en sus brazos debía recibir atención médica inmediata, él solo sentía dolor, solo gritó con tanta fuerza que sintió que su garganta se desgarraba, finalmente las lágrimas comenzaron a descender de sus ojos amatistas.
Si algo más le pasaba a su hija, se encargaría de destrozar a quien consideraba un viejo amigo. No le importaba que fuera el Faraón de Egipto ni que todo el pueblo lo apedreara por lo que le haría.
Lograron detener la hemorragia de su cabeza, le pusieron vendas, había recibido un fuerte golpe, varios de los médicos reconocían que gracias a los dioses ella aún respiraba.
Yugi se quedó a su lado, prohibió que cualquiera de los tres hombres se acercarán a su hija, por culpa de ellos había pasado esta tragedia, un día entero estuvo inconsciente, hasta que al amanecer del día siguiente ella comenzó a moverse.
Se quejó del dolor de cabeza, se sujetó notando que tenía vendas, sus ojos verdes lo observaron con temor.
–¡Mi amor! ¿Cómo te sientes? ¿Estas mejor? – El solo quería verla recuperada.
–¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? – Se sentía asustada, no sabía dónde se encontraba solo podía recordar una luz, que luego la envolvió en la oscuridad.
–¡Yo soy tu papá! – Tenía que ser una cruel broma del destino, ella no podía desconocerlo.
–Usted no es mi papá. – Respondió con frialdad, como si el no valiera nada ante ella, como si se tratara de un completo desconocido.
–¿Yuriko? – Su corazón se rompió en miles de pedazos dentro de su pecho.
–¿Quién es Yuriko? Yo no me llamo así. – Sus ojos verdes brillaron con molestia, sinceramente ese señor debía estarla confundiendo con alguien más. – No puedo recordar en este momento cual es mi nombre pero estoy segura que ese no es.
–¡Tú eres mi hija! ¡Eres Yuriko Muto! ¡Eres mi pequeña Lirio! – Gritó desesperado, sentía tanto dolor dentro de su corazón.
–Miente usted y yo no nos parecemos en nada. – Volvió a responder con dureza. Simplemente no le parecía que decía la verdad, el hombre tenía el cabello tricolor, los ojos amatistas y su piel era blanca. Estaba segura que no se parecían en nada.
En ese momento no era consciente de su gran parecido.
Yugi tuvo que ser sacado de la habitación, no podía aceptar que su hija no lo recordara, su hija lo había olvidado.
–¡Yugi! – Atem trató de saber que pasaba, solo recibió de respuesta un puñetazo por parte del hombre que sentía que su mundo se derrumbaba.
–¡Tú eres el culpable! ¡Tú y los demás lo son! ¡Perdí a mi pequeña Lirio por culpa de ustedes!
–¿Acaso Yuriko murió? – Mahad sintió culpa, era la segunda vez que le pasaba una tragedia similar a esa.
–¡Tiene amnesia! Ni siquiera sabe quién soy! ¡Por ustedes ella no recuerda nada! – Yugi volvió a llorar con fuerza, ¿Cómo le iba a explicar a Rebecca que su hija los había olvidado? ¿De donde sacaría las fuerzas para vivir?
Yuriko Durante varios días trató a todos con frialdad, al no saber quiénes eran los presentes los veía con indiferencia, el médico dijo que tardaría un poco de tiempo en recuperar sus memorias, a Yugi no le importaba eso, el sería capaz de esperar toda la vida para que los ojitos verdes de su pequeña Lirio pudieran verlo de nuevo con amor.
Ese amor que el le tendría toda la vida.
