Severus Snape acababa de llegar a las puertas de la estación King Cross, acompañado por sus padres.
Su padre, Tobías Snape, que estaba de muy mal humor, masculló que él se quedaba en el coche y ordenó a su mujer que se diese prisa en volver. Ni siquiera se molestó en despedirse de su hijo.
Severus no le hizo ni caso. Sacó su baúl del maletero y lo colocó sobre uno de los carritos de la estación. Su madre se acercó a ayudarlo, pero él se negó.
–Ya lo llevo yo, mamá, no quiero que te hagas daño.
–Pero si ya no me duele... –protestó Eileen débilmente, pero Severus sabía que su brazo, roto "accidentalmente" unos días atrás, no podía soportar el peso del carrito, y se mantuvo firme en su posición, ofreciéndole un brazo a su madre.
Severus se adentró en la estación de muy mal humor, acompañado por su madre.
Sus padres se habían peleado esa mañana, y el motivo de la disputa había sido su regreso a Hogwarts. Tobías, que era muggle, quería que su hijo dejase toda esa tontería de la magia, mientras que Eileen no estaba de acuerdo.
Severus, quien sabía que su padre odiaba la magia, estaba de parte de su madre, y más aún porque sabía que toda la fanfarronería de su padre era pura hipocresía, ya que si sus padres no se habían divorciado, era porque Tobías dependía del mísero sueldo que Eileen traía a casa.
Severus y su madre se acercaron a la barrera por la cual se entraba en el andén nueve y tres cuartos, adelantando a una familia rodeada de baúles como el suyo. Severus reconoció a los Evans en cuanto vio a su hija menor, Lily, que estaba en su mismo curso, pero en la casa de Gryffindor, y procuró acelerar el paso para que ella no lo viera.
Hacía un par de años, Severus había insultado a Lily, llamándola "sangre sucia" delante de un montón de gente, después de que ella intentase que James Potter dejase de humillarle. Severus lo había hecho para intentar salvar su orgullo, pero desde entonces ella no le hablaba y le miraba con desdén.
Hasta que había ocurrido aquel incidente, Severus no había tenido ningún problema con Lily. Ella era simpática, siempre era amable y ayudaba a la gente, y lo que era más importante, jamás se había reído de él. Probablemente le habría perdonado si Severus le hubiese pedido disculpas, pero él jamás había tenido el valor de hacerlo, y nunca lo tendría.
Notó que junto a Lily estaba Rosalind Benson, su mejor amiga, hablando tranquilamente con los señores Evans. Rose no podía ser más diferente a Lily: tenía el pelo y los ojos negros, y era mucho más seria que la pelirroja, cuyos ojos verdes parecían reír siempre. Severus tampoco quiso hablar con Rosalind, y presionó con disimulo la barrera del andén con su carrito.
Eileen se cogió de su brazo y pasó con él al andén nueve y tres cuartos. Nada más entrar, Severus vio a la persona que menos le apetecía ver: James Potter.
Severus odiaba profundamente a James, porque además de ser su mayor enemigo y acosarle constantemente, era popular, tenía un montón de amigos, jugaba muy bien al quidditch y... tenía unos padres normales.
Severus aprovechó que James estaba distraído hablando con los señores Potter para alejarse lo máximo posible de él, y se encaminó hacia el final del tren. Buscó un compartimiento vacío, dejó su baúl y bajó a despedirse de su madre.
–Pásatelo bien, hijo –Eileen trataba de sonreír, mirándole fijamente–, y ten cuidado.
–Tú también –Severus tuvo la impresión de que era el único alumno que le iba a dar un consejo a su madre–. No dejes que él te mangonee, mamá –dijo refiriéndose a Tobías–. Si empieza otra vez con lo mismo... si te amenaza o... cualquier cosa, mándame una lechuza e iré donde estás a partirle la cara.
–Severus, hijo, tú no eres así...
–Prométemelo, mamá –insistió él con voz firme. La mujer suspiró.
–De acuerdo, te lo prometo. Pero ya sabes que se altera menos cuando tú no estás. Y últimamente está más tranquilo...
Severus se mordió la lengua para no decirle a su madre todo lo que pensaba. Sabía muy bien que Eileen se había maquillado tanto, no para ocultar sus permanentes ojeras, sino para esconderle a su hijo el moratón de su ojo, y sabía también que ella no se había roto el brazo con una caída "accidental" por la escalera.
Tampoco iba a decirle que la había oído llorar esa mañana, encerrada en el cuarto de baño, después de que Tobías la llamase...
–Deberías acudir a ese abogado... –pero Eileen le interrumpió. Los términos "divorcio" y "denuncia" la ponían nerviosa.
–¡Qué pesado estás, hijo! No te preocupes tanto por mí. Estaré bien.
Severus, sabiendo que su madre tenía que marcharse, se agachó para besarla en la mejilla y esperó para ver cómo se alejaba por el andén.
Un ruido a su espalda le hizo reaccionar. Vio cómo una chica de pelo oscuro intentaba subir al vagón mientras tiraba de un baúl de aspecto pesado. Siguiendo un impulso, Severus cogió el otro extremo del baúl y empujó hasta que entre los dos lograron meterlo en el tren.
–Muchísimas gracias –sonrió ella mientras se incorporaba, apartándose el pelo rizado de la cara.
Severus la miró sorprendido, era Rose, la amiga de Lily. Ella también le miraba asombrada, sin duda porque había creído que era Lily la que le ayudaba, no Severus.
Severus no tuvo tiempo de decir "no hay de qué", porque la pelirroja apareció en aquel momento detrás de él. Ella le ignoró, como era su costumbre, pero se dirigió a Rose, muy enfadada.
–Rose, voy al vagón de los prefectos –sus ojos verdes brillaban con furia contenida–. Busca el compartimiento más apartado del tren y ciérralo por dentro. No quiero ver a ese maldito Potter esperándome dentro cuando vuelva.
Rose alzó las cejas y se cruzó de brazos.
–Sí, claro, sin problema –respondió muy seria–. ¿Quieres que me vuelva invisible mientras espero para que no me pregunte dónde estás? ¿O pongo un dragón vigilando la puerta?
–No es mala idea –gruñó la pelirroja, arrastrando su baúl–. Pero por el momento, podrías ayudarme con esto.
Mientras las dos luchaban con el baúl, Severus corrió a cambiarse de vagón. Si Lily estaba allí, James lo estaría pronto, y junto a él, el resto de los Merodeadores, cosa que no le agradaba en absoluto.
Recorrió el resto del tren con el baúl a rastras, hasta que se encontró con los alumnos de séptimo de Slytherin. Se acomodó en el mismo vagón de Narcissa Black, Nott, Crabe y Goyle. Lucius Malfoy, que era prefecto, no estaba allí aún.
Mientras los demás se resumían lo maravillosos que habían sido sus veranos, Severus apenas abrió la boca, pensando en su madre. Estaba muy preocupado por ella, y su mayor ambición en ese momento era terminar el curso, encontrar un buen trabajo e irse a vivir con Eileen a un lugar donde no pudiese llegar Tobías Snape.
–¿Se puede saber qué te pasa? –le preguntó Lucius, que acababa de llegar de su reunión con los prefectos y había estado burlándose de Lily–. Cualquiera diría que se te ha muerto alguien.
Los demás se rieron ante la broma de Lucius, sobre todo Narcissa, quien estaba a su lado, y Severus intentó sonreír.
–No es nada –dijo inmediatamente, inventándose la primera excusa que se le ocurrió–. Es que he visto a ese Potter, y ya sabes que con sólo oír su nombre se me amarga el día.
–A ti y a cualquiera –asintió Lucius–. Pero no te preocupes, dentro de poco le daremos su merecido –añadió, sonriendo con maldad.
–¿Ah, sí? Me gustaría saber cómo –comentó Severus con un deje de ironía. Sabía perfectamente que los aires de gallito de Lucius no servían nunca para nada.
James y sus amigos siempre se las arreglaban para arrinconarle solo, y las promesas de venganza de Lucius eran simplemente eso, promesas.
–Tenemos la oportunidad de vengarnos al alcance de la mano, gracias a mi padre y sus contactos, por supuesto –dijo Lucius con aires de superioridad.
Narcissa le miró con admiración y le cogió de la mano, pero Severus maldijo internamente. Si ese iba a ser otro discurso tipo "mi padre esto" "mi padre lo otro" él se iba a jugar a las cartas con Potter.
–Resulta que mi padre conoce a ese mago tenebroso... –Lucius bajó la voz y se inclinó hacia delante, como si fuese a contar un secreto–. Ya sabéis, aquél que está en contra de los muggles y los sangre-sucia.
–¿Tú le conoces? –preguntó Goyle.
–Le he visto un par de veces, aunque mi padre es íntimo amigo suyo. Yo me he puesto a sus órdenes, todo sea para preservar la limpieza de sangre...
–¿Qué quieres decir? –le preguntó Severus. Lucius sonrió y le mostró el antebrazo izquierdo.
En él se veía un tatuaje que mostraba una calavera con la boca abierta. De esa boca salía una serpiente. Severus pensó que era un dibujo feo y de mal gusto, pero se lo calló.
–Nos pone esta marca a sus seguidores más cercanos, es un gran honor –presumió Lucius–. ¿Sabes, Severus? Tú también podrías hacerte mortífago, él acepta a cualquiera que esté dispuesto a eliminar a esa escoria de los muggles y los sangre-sucia. Así podrías deshacerte de ese padre tuyo –dijo con desdén–. Y de paso, tendrás las espaldas guardadas.
Severus no supo qué decir. Por una parte, la idea de no volver a ver a su padre nunca más le atraía, pero por otro, sabía que a su madre no le gustaría verle convertido en un asesino.
–¿Qué contestas? –preguntó Lucius, mientras los demás le miraban.
–No sé... no creo que matarle sea una buena idea, me atrae más la perspectiva de verle sufrir –respondió con sinceridad.
Los otros, sin embargo, rieron, porque imaginaron que Severus tenía miedo. En el fondo, todos pensaban que la propuesta de Lucius había sido una broma para ver cómo reaccionaba Severus, y conocedores de su falta de valentía, no les sorprendía la respuesta.
Cuando el tren fue llegando a la estación de Hogwarts, se cambiaron y se prepararon para bajar del tren, empujando a los alumnos de primero y a los de las otras casas. El viaje en carrozas ocurrió sin incidentes, al igual que la cena, pero Severus sabía que esa tranquilidad duraría lo que tardase Lily en dejar plantado a James.
Ni siquiera prestó atención a la ceremonia de selección, y escuchó a medias al director, Albus Dumbledore, cuando dio su tradicional discurso de bienvenida. Su atención estaba puesta en la mesa de Gryffindor, donde la pelirroja estaba dando un largo discurso acerca de los defectos de James, a juzgar por el profundo rubor de este y las carcajadas de Sirius y Peter.
Rose, sentada al lado de Lily, sonreía a medias, mientras taladraba con sus ojos negros a Sirius, quien no dejaba de intentar pasarle una mano por la cintura. Remus, por su parte, parecía muy cansado. Severus, conocedor de la licantropía de Lupin, miró al techo mágico y comprobó la causa de ese cansancio: la luna estaba casi llena.
En la mesa de Slytherin, la conversación se centraba en Lucius Malfoy, o mejor dicho, en el padre de Lucius Malfoy, y Severus, que ya se sabía de memoria todas sus penas y sus glorias, volvió a distraerse y a pensar en su madre. Segundos después, algo logró apartar a Eileen de su mente: Lily acababa de decir su última palabra, y James, con aire contrariado, paseaba su mirada por la mesa de Slytherin.
Cuando sus ojos y los de Severus se encontraron, James sonrió de forma maligna y se acercó al oído de Sirius para susurrarle algo. Los dos miraron sonrientes a Severus, y este sintió de repente un vacío en su estómago, sabiendo que al día siguiente tendría que pasar por alguna de las bromas de los merodeadores.
El propio James se lo confirmó cuando al acabar el banquete le empujó y le susurró:
–Prepárate, Quejicus, el peor año de tu vida acaba de empezar.
Severus no contestó, y siguió hacia adelante, hacia la sala común de Slytherin, con la risa de James taladrándole los oídos, pero sin el valor necesario para enfrentarse a él.
Porque James estaba siempre rodeado por sus amigos, pero Severus estaba solo.
