Profecía
Los días más largos se sentían desde la planta del pie hasta un recorrido doloroso y contracturante que atacaba las rodillas, la espalda y retumbaba, finalmente, en las sienes; ese día, además, Jan-di lo estaba resintiendo con profunda agudeza sobre su vientre, pero era de esperarse ese efecto somático del área de alumbramiento, esencialmente para las mujeres jóvenes. De no estar en su memoria aquella lejana primera experiencia con el mundo médico asistiendo un parto, seguro que también algo de nauseas se añadiría al malestar y, asimismo, si no estuviera a su lado la serenidad y maestría de Ji-hoo, desde la tercer paciente en labor ella habría sucumbido en hipotensión.
−Es impresionante considerar si quiera que se trata de novatos –cuchicheó una enfermera, con admiración genuina, al ver pasar a Jan-di y Ji-hoo marchar al salón de receso−. Hacen tan buen equipo… –pero de inmediato, casi con malicia, corrigió− o ¿debería decir que hacen buena pareja?
−¡Amiga! –reprochó su compañera− Qué comentario impertinente. ¿No sabe que se trata de la esposa del famoso Koo Joom-pyo? –sin embargo, también ella, por lo bajo, añadió− Aunque tiene usted razón en que resulta inconveniente que una pase todo el día codo a codo con un camarada en lugar de con un esposo…
No eran comentarios poco comunes en los pasillos de aquel piso. Los mejores amigos habían resultado ser también la dupla ideal para las prácticas quirúrgicas. Jan-di y Ji-hoo escucharon muchas veces aquellas ponzoñas y otras peores, mas pasar de ello era lo sabio cuando poco quedaba restaba en la mente para considerar más allá de los llamados de urgencia durante sus turnos. Aunque sí, era cierto que se trataba de una temporada en la cual pocas veces se podía regresar a casa y la vida íntima se sentía abandonada entre cada paciente.
De alguna forma, para Jan-di esas parcialidades no eran extrañas, sino el precio de un matrimonio con alguien del rango que Joom-pyo había heredado y lo atropellado de ello con su elección de profesión al servicio de los enfermos; en cambio, para Ji-hoo, ciertas ocasiones sí ametrallaba en su consciencia el tener a aquella a quien alguna vez añoró como compañera de vida desde tan temprano hasta tarde, como si el destino o alguna deidad de irónico temperamento no soltara la fantasía de su cercanía. En esa temporada, sobre todo, ver a su amiga arrullar a tantos recién nacidos con natural delicadeza le generaba un pendiente incómodo, más como un acertijo sin resolver, no tanto un anhelo lejano. Varias veces creyó estar cerca de penetrar esa deuda, pero antes de que el café generara el sorbo lúcido para resolverla, siempre una alarma los llamaba de vuelta al quirófano, a excepción de esa tarde.
−¡Señor, no puede pasar por aquí! –gritaron las enfermeras, porque los guardias de seguridad habían sido derrotados por el séquito de guardaespaldas−. ¡Necesita un permiso especial!
−¡Aquí tiene mi permiso y legítimo derecho especial! –sentenció un Joom-pyo implacable que con absoluta autoridad y zancadas avanzaba por el pasillo de descanso del piso hospitalario, cuya muestra a la enfermera era nada más y nada menos que el anillo en su dedo anular−. ¿Dónde está mi esposa?
Pero no pudieron responder, porque Jan-di y Ji-hoo ya se habían asomado para encontrarlo.
−Te dije –comenzó ella, con intensa paciencia, hablando casi sílaba por sílaba− que me esperaras, que es una temporada que me requiere mucho, que no puedo saltarme esta práctica profesional… Y, sobre todo, ¡te dije que no me vinieras a armar alboroto!
−¡Anoche ni siquiera volviste a casa! Sabes bien que me tomé días libres para pasarla juntos.
−¿Y yo te pedí acaso que lo hicieras? ¡Al menos pudiste preguntar si yo tendría la semana libre también!
−No es como que seas la única médico aquí –entonces, viendo Joom-pyo que Ji-hoo sólo guardaba las manos en los bolsillos de la bata, señaló−. Apuesto que le estorbas más de lo que ayudas.
Y pudo Jan-di volver a perder los estribos, pero el fanatismo imprudente del par de enfermeras se adelantó a defender:
−Señor, con todo respeto, su esposa y el doctor Yoon son un equipo insuperable en la sala de partos…
−¡Sí, así es! –continuó la metiche restante− Si los viera: ella ha entregado en manos de él más bebés que cualquier otro pasante durante este mes.
De repente, en Ji-hoo la resolución de aquella laguna mental se delineó. Sus mejillas se encendieron. Antes de que los presentes se percataran de la repentina timidez, él avanzó hacia el cubículo de administración.
−Vete a casa, Jan-di –le dijo sin voltear a verla−. Ya acumulaste tus horas extras. Llamaré a mi siguiente pasante.
−Pero Ji-hoo…
−¡Shhh! –chitó Joom-pyo− No le rezongues a tu superior. Vámonos.
−Además –añadió Ji-hoo−, es verdad que estás saturada y cuentas con licencia de días de descanso sin ocupar. Atiende a tu esposo. Pasen tiempo juntos; les hará falta.
Esta vez, fue el matrimonio quien se intimidó. Si bien ya no estaban tan recién casados, todavía eran un tanto timoratos. Demoraron poco en marcharse, no sin antes estrecharse Ji-hoo y Joom-pyo, éste último agradeciendo la consideración y extendiendo una invitación a cenar muy pronto. Jan-di le sonrió, rendida, ya que, muy a pesar de su ardua diligencia, honestamente estaba cada vez menos enérgica por el sobreesfuerzo. Asimismo, cuando Ji-hoo le alcanzó a su amiga la maleta, fue muy cauteloso al introducir cierto paquete en una de las bolsas.
Las enfermeras tuvieron que admitirse que, por muy novelesca que fuera la idea de un romance prohibido entre los jóvenes doctores, la pareja que se salía de la mano contradecía cualquier suposición indigna. Ji-hoo, por su parte, mientras aguardaba al pasante sustituto y bebía lo último de su taza, recordó el augurio que hacía años un desconocido le sentenció cuando caminaba por el templo con Jan-di: "Esta linda chica te dará muchos hijos". Ji-hoo se permitió reírse, aunque sea en voz baja, pues vaya que a lo largo del mes fueron incontables los recién nacidos que entregó en su manos para verificar signos vitales, si bien no eran suyos. Tal vez así funcionaba la fortuna, con una precisión inadvertida. Aunque, por su parte, eran suficientes bebés de parte de Jan-di. Sería bueno para ella bajar el ritmo o cambiar de área, al menos de manera momentánea, más aun si su deducción no fallaba respecto a los síntomas que percibía de ella, pero eso no lo sabría hasta que ella tomara la prueba de embarazo que Ji-hoo le había escondido en su maleta.
Esta vez, cumplida la premonición, era el turno de que Jan-di concediera a Joom-pyo hijos.
¡Muchas gracias por seguir leyendo! Todavía hay ideas por plasmar.
