Crepúsculo no me pertenece.
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Soy una vampiresa ¿y tú...? (Bella x Alice x Leah)
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24: Prólogo: Tareas y Cumpleaños.
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Estaba segura de que era un sueño en un noventa y nueve por ciento.
Las razones de esa certeza casi absoluta eran, en primer lugar, que permanecía en pie recibiendo de pleno un brillante rayo de sol, la clase de sol intenso y cegador que nunca brillaba en mi actual hogar de Forks, Washington, donde siempre lloviznaba; y, en segundo lugar, porque estaba viendo a mi abuelita Marie, que había muerto hacía seis años. Esto, sin duda, ofrecía una seria evidencia a favor de la teoría del sueño.
La abuela no había cambiado mucho. Su rostro era tal y como lo recordaba; la piel suave tenía un aspecto marchito y se plegaba en un millar de finas arrugas debajo de las cuales se traslucía con delicadeza el hueso, como un melocotón seco, pero aureolado con una mata de espeso pelo blanco de aspecto similar al de una nube.
Nuestros labios —los suyos fruncidos en una miríada de arrugas— se curvaron a la vez con una media sonrisa de sorpresa. Al parecer, tampoco ella esperaba verme.
Estaba a punto de preguntarle algo, era tanto lo que quería saber... ¿Qué hacía en mi sueño? ¿Dónde había permanecido los últimos seis años? ¿Estaba bien el abuelo? ¿Se habían encontrado dondequiera que estuvieran? Pero ella abrió la boca al mismo tiempo que yo y me detuve para dejarla hablar primero.
— ¿Bella?
No era ella la que había pronunciado mi nombre, por lo que ambas nos volvimos para ver quién se unía a nuestra pequeña reunión. En realidad, yo no necesitaba mirar para saberlo. Era una voz que habría reconocido en cualquier lugar, y a la que también hubiera respondido, ya estuviera dormida o despierta... o incluso muerta, estoy casi segura.
La voz por la que habría caminado sobre el fuego o, con menos dramatismo, por la que chapotearía todos los días de mi vida entre el frío y la lluvia incesante.
Mary Alice Brandon—Cullen.
Aunque me moría de ganas por verle —consciente o no— y estaba casi segura de que se trataba de un sueño, me entró el pánico a medida que Alice se acercaba a nosotras caminando bajo la deslumbrante luz del sol.
Me asusté porque la abuela ignoraba que yo estaba enamorada de una vampiresa —nadie lo sabía— y de una Mimetista no se me ocurría la forma de explicarle el hecho de que los brillantes rayos del sol se quebraran sobre su piel en miles de fragmentos de arco iris, como si estuviera hecho de cristal o de diamante.
Bien, abuelita, quizás te hayas dado cuenta de que (una de) mi(s) novia(s) resplandece. Es algo que le pasa cuando se expone al sol, pero no te preocupes...
Pero ¿qué hacía ella aquí? La única razón de que viviera en Forks, el lugar más lluvioso del mundo, era poder salir a la luz del día sin que quedara expuesto el secreto de su familia. Sin embargo, ahí estaba; se acercaba, como si yo estuviera sola, con ese andar suyo tan grácil y despreocupado y esa hermosísima sonrisa en su angelical rostro.
En ese momento deseé no ser la excepción de su misterioso don.
En general, agradecía ser la única persona cuyos pensamientos no podía oír con la misma claridad que si los expresara en voz alta, pero ahora hubiera deseado que oyera el aviso que le gritaba en mi fuero interno.
Lancé una mirada aterrada a la abuela y me percaté de que era demasiado tarde. En ese instante, ella se volvió para mirarme y sus ojos expresaron la misma alarma que los míos.
Alice continuó sonriendo de esa forma tan arrebatadora que hacía que mi corazón se desbocase y pareciera a punto de estallar dentro de mi pecho. Me pasó el brazo por los hombros y se volvió para mirar a mi abuela.
Su expresión me sorprendió. Me miraba avergonzada, como si esperara una reprimenda, en vez de horrorizarse.
Mantuvo aquel extraño gesto y separó torpemente un brazo del cuerpo; luego, lo alargó y curvó en el aire como si abrazara a alguien a quien no podía ver, alguien invisible...
Sólo me percaté del marco que rodeaba su figura al contemplar la imagen desde una perspectiva más amplia. Sin comprender aún, alcé la mano que no rodeaba la cintura de Alice y la acerqué para tocar a mi abuela. Ella repitió el movimiento de forma exacta, como en un espejo. Pero donde nuestros dedos hubieran debido encontrarse, sólo había frío cristal...
Desperté y vi la fecha, haciéndome resoplar de fastidio.
Después del casi medio año que llevábamos juntas, todavía no podía creerme que mereciera tener tanta suerte.
¿Yo, quien nací como una Nefilim, adquirí poderes de Ángel Caído, me volví mitad Licántropo y estaba en una relación de triángulo amoroso con una vampiresa y una Mimetista?
Salí de casa, luego de mi desayuno, que mi padre me deseara feliz cumpleaños y me regalara una chaqueta que quería.
Y allí, delante de la puerta de entrada de casa, estaba mi novia Alice y su hermano Edward.
Puse cara de pocos amigos al ver a Alice esperándome allí, con sus ojos de color tostado brillando de excitación y una pequeña caja cuadrada envuelta en papel plateado en las manos.
Le había dicho que no quería nada, nada, ni regalos ni ningún otro tipo de atención por mi cumpleaños. Evidentemente, había ignorado mis deseos.
Alice saltó hacia delante para encontrarse conmigo; su cara de duende resplandecía bajo el puntiagudo pelo negro. — ¡Feliz cumpleaños, Isabella!
—Feliz día, amor. —le dije, besándola con pasión, agarrando con una caja el regalo y con la otra su rostro, mientras profundizaba el beso. Y me fui por mi coche, Edward condujo el de ellos, con una Alice de ceño fruncido y brazos cruzados, leyendo hacia el colegio. Al llegar, saltó del coche, incluso antes de detenerse y me sonreía impaciente, agarré mi maleta y el regalo. —¿Cuándo quieres abrir tu regalo? ¿Ahora o luego? —me preguntó entusiasmada mientras caminábamos hacia donde nos esperaba Edward.
—No quiero regalos —Protesté con un hilo de voz.
Al fin, pareció darse cuenta de cuál era mi estado de ánimo. —Vale..., tal vez luego. ¿Te ha gustado la chaqueta de Charlie?
—Sí.
—Eres extraña, amor. La mayoría de la gente disfruta con cosas como los cumpleaños y los regalos. Se supone que hoy todo el mundo se va a portar bien contigo y te dejará hacer lo que quieras, Bella. ¿Qué podría ocurrir de malo? —lanzó la frase como una pregunta retórica.
—Soy inmortal. Ya no importa cumplir 18 o 150. Y tú también eres inmortal —le recordé.
— ¿A qué hora vendrás a casa? —continuó Alice, cambiando de tema. A juzgar por su expresión, ya se había dado cuenta de qué era lo que yo estaba intentando evitar.
Me encogí de hombros. —Llama a Esme y pregúntale si acaso puedo irme con ustedes, al terminar el día. Lo cierto es que, bueno, todavía no he visto Romeo y Julieta para la clase de Literatura.
—Te sabes Romeo y Julieta de memoria.
—Pero el señor Berty dice que necesitamos verlo representado para ser capaces de apreciarlo en su integridad, ya que ésa era la forma en que Shakespeare quiso que se hiciera.
—Pero si ya has visto la película —me acusó Alice.
—No en la versión de los sesenta. El señor Berty aseguró que era la mejor.
Finalmente, Alice perdió su sonrisa satisfecha y me miró fijamente. —Mira, puedes ponértelo difícil o fácil, tú verás, pero de un modo u otro...
—Siempre puedo desplegar las alas y largarme volando... o pasarme por tu casa, meterme en tu habitación y en tu cama y comerte el...
—Estamos en público, Isabella —Me gruñó Edward.
—Te veré esta noche, Isa Verás como te lo pasas bien —esbozó una gran sonrisa, una sonrisa amplia que expuso sus perfectos y deslumbrantes dientes; luego me besó con ganas, hasta que me dolieron los labios y salió danzando hacia su clase antes de que pudiera contestarle.
Conforme avanzaba el día, consideré todas las formas de eludir lo que se estuviera preparando en la casa de los Cullen aquella noche. El hecho en sí ya era lo bastante malo como para celebrarlo; máxime cuando, en realidad, no estaba de humor para fiestas, y peor aún, cuando lo más probable es que éstas incluyeran convertirme en el centro de atención y hacerme regalos.
Nunca es bueno que te presten atención —seguramente, cualquier patoso tan proclive como yo a los accidentes pensará lo mismo—. Nadie desea convertirse en foco de nada si tiene tendencia a que se le caiga todo encima.
Además, había pedido con toda claridad (en realidad, había ordenado expresamente) que nadie me regalara nada ese año. Y parecía que Charlie y los Cullen no habían sido los únicos que habían decidido pasarlo por alto.
Nunca tuve mucho dinero, pero eso no me había preocupado jamás. Renée me había criado con el sueldo de una maestra de guardería, y tampoco Charlie se estaba forrando con el suyo, precisamente, siendo jefe de policía de una localidad pequeña como Forks. Mi único ingreso personal procedía de los tres días a la semana que trabajaba en la tienda local de productos deportivos. Era afortunada al tener un trabajo en un lugar tan minúsculo como aquél. Destinaba cada centavo que ganaba a mi microscópico fondo para la universidad.
Conforme fue avanzando el día, ni Edward ni Alice volvieron a sacar el tema de mi cumpleaños, y comencé a relajarme un poco.
Nos sentamos en nuestro lugar de siempre a la hora del almuerzo.
Existía alguna extraña clase de tregua en esa mesa. Nosotros tres —Edward, Alice y yo— nos sentábamos en el extremo sur de la misma. Ahora que los hermanos Cullen más mayores y amedrentadores —por lo menos en el caso de Emmett— se habían graduado, Alice y Edward ya no intimidaban demasiado y no nos sentábamos solos. Mis otros amigos, Mike y Jessica —que estaban en la incómoda fase de amistad posterior a la ruptura—, Angela y Ben —cuya relación había sobrevivido al verano—, Eric, Conner, Tyler y Lauren —aunque esta última no entraba realmente en la categoría de amiga— se sentaban todos en la misma mesa, pero al otro lado de una línea invisible.
Esa línea se disolvía en los días soleados, cuando Edward y Alice evitaban acudir a clase; entonces la conversación se generalizaba sin esfuerzo hasta hacerme partícipe.
Ni Edward ni Alice encontraban este ligero ostracismo ofensivo ni molesto, como le hubiera ocurrido a cualquiera. De hecho, apenas lo notaban. La gente siempre se sentía extrañamente mal e incómoda con los Cullen, casi atemorizada por alguna razón que no era capaz de explicar. Yo era una rara excepción a esa regla.
La sobremesa pasó deprisa. Terminaron las clases y Alice me acompañó al coche, como de costumbre, pero esta vez me abrió la puerta del copiloto. Edward debía de haberse llevado su coche a casa para que él pudiera evitar que yo consiguiera escabullirme.
Crucé los brazos y no hice ademán de guarecerme de la lluvia. — ¿Es mi cumpleaños y ni siquiera puedo conducir?
—Me comporto como si no fuera tu cumpleaños, tal y como tú querías.
—Estoy pensando en mi futuro. Estoy ofuscada, porque solo podré celebrar un par de veces más, mi cumpleaños, antes de que todos noten que no envejeceré con ellos y entonces, me veré obligada a fingir mi muerte.
—Falta demasiado para que llegue ese día —dijo Alice y me acarició la rodilla com cariño. Y entonces, dejó de sonreír — ¡La puta de Clearwater no ha venido y no te ha deseado un feliz cumpleaños, la muy perra! —Y aceleró, completamente furiosa con Leah.
Llegamos a mi casa y fuimos directo al nuevo televisor y buscamos en canales de películas viejas, hasta encontrar Romeo y Julieta.
—Anda, vamos a ver cómo los Capuletos y los Montescos se destrozan unos a otros, ¿vale?
Me recosté en su hombro, duro como el cemento, mientras la película comenzaba. —Tus deseos son órdenes para mí.
Me envolvió la cintura con sus brazos y me reclinó contra su pecho cuando me senté junto a él en el borde del sofá. No era exactamente tan cómodo como un cojín, pero yo lo prefería con diferencia. Su pecho era frío y duro, aunque perfecto, como una escultura de hielo. Tomó la manta de punto que descansaba, doblada, sobre el respaldo del sofá y me envolvió con ella para que no me congelara al contacto de su cuerpo.
—Romeo es mi personaje de ficción menos favorito, por los próximos 560 años: En primer lugar, está enamorado de esa Rosalinda, ¿no te parece que es un poco voluble? Y luego, unos pocos minutos después de su boda, mata al primo de Julieta. No es precisamente un rasgo de brillantez. Acumula un error tras otro. ¿Habría alguna otra manera más completa de destruir su felicidad?
Suspiré. Si se iba a poner a criticar la película, más me valía decirle que voy al baño, ir al patio trasero, agarrar una rama de cedro, sacarle punta, volver y clavársela en el pecho a este duendecillo. — ¿Quieres que la vea yo sola?
—No, de todos modos, yo estaré mirándote a ti la mayor parte del rato —sus dedos se deslizaron por mi piel trazando formas, poniéndome la carne de gallina—. ¿Te vas a poner a llorar?
—Probablemente —admití—. Si estás pendiente de mí todo el rato.
—Entonces no te distraeré —pero sentí sus labios contra mi pelo y eso me distrajo bastante.
La película captó mi interés a ratos, gracias en buena parte a que Alice me susurraba los versos de Romeo al oído, con su irresistible voz aterciopelada, que convertía la del actor en un sonido débil y basto en comparación. Y claro que lloré, para su diversión, cuando Julieta se despierta y encuentra a su reciente esposo muerto. —He de admitir que le tengo una especie de envidia —dijo Alice secándome las lágrimas con un mechón de mi propio pelo.
—Ella es muy guapa. —Me admití —Me peiné como Olivia Hussey desde... di tú... los ocho a los doce. —Alice lanzó una carcajada.
—No envidio a la chica, sino la facilidad para suicidarse —aclaró con tono de burla—. ¡Para los humanos, es tan sencillo! Todo lo que tenéis que hacer es tragaros un pequeño vial de extractos de plantas...
—Y nosotras tenemos plata líquida y tú, que te empujen pétalos de rosas por la garganta o que te estaque con cedro. —dije yo sonriente.
Ella me inclinó y me besó. —Plata y Crisantemo, en tu caso.
Asentí. —Sí consigues metal demoníaco, también podrías matarme. O a mi mitad ángel caído, por lo menos.
—Presentarme ante los Vulturi —dijo.
— ¿Qué es un Vulturi? —inquirí.
—Son una familia —contestó con la mirada ausente—, una familia muy antigua y muy poderosa de nuestra clase. Es lo más cercano que hay en nuestro mundo a la realeza, supongo. Carlisle vivió con ellos algún tiempo durante sus primeros años, en Italia, antes de venir a América. ¿No recuerdas la historia?
—Claro que me acuerdo. —Nunca podría olvidar la primera vez que visité su casa, la enorme mansión blanca escondida en el bosque al lado del río, o la habitación donde Carlisle —el padre de Alice en tantos sentidos reales— tenía una pared llena de pinturas que contaban su historia personal. El lienzo más vívido, el de colores más luminosos y también el más grande, procedía de la época que Carlisle había pasado en Italia. Naturalmente que me acordaba del sereno cuarteto de hombres, cada uno con el rostro exquisito de un serafín, pintados en la más alta de las balconadas, observando la espiral caótica de colores. Aunque la pintura se había realizado hacía siglos, Carlisle, el ángel rubio, permanecía inalterable. Y recuerdo a los otros tres, los primeros conocidos de Carlisle. Alice nunca había utilizado la palabra Vulturis para referirse al hermoso trío, dos con el pelo negro y uno con el cabello blanco como la nieve. Los llamó Aro, Cayo y Marco, los mecenas nocturnos de las artes.
—De cualquier modo, lo mejor es no irritar a los Vulturis —continuó Alice, interrumpiendo mi ensoñación—. No a menos que desees morir, o lo que sea que nosotros hagamos —su voz sonaba tan tranquila que parecía casi aburrido con la perspectiva.
Mi ira se transformó en terror. Tomé su rostro y la besé hasta casi chuparle el espíritu entre mis manos y se lo apreté fuerte. — ¡Nunca, nunca vuelvas a pensar en eso otra vez! ¡No importa lo que me ocurra, no te permito que te hagas daño a ti misma o volveré de la tumba y pasaré los próximos tres mil años, jalándote los tobillos, cuando te quedes dormida!
Ella asintió de buena gana y fui por mi computador, mientras que ella hacía la tarea en el celular.
Charlie entró con una caja de pizza en las manos. —Hola, chicas —me sonrió—. Supuse que querrías tomarte un respiro de cocinar y fregar platos el día de tu cumpleaños. ¿Hay hambre?
—Está bien. Gracias, papá.
Charlie no hizo ningún comentario sobre la aparente falta de apetito de Alice, quien comió algunas pizzas y estaba lista, para vomitarlas en el inodoro, más tarde.
— ¿Le importaría si me llevo a Bella esta tarde? —preguntó Alice cuando Charlie y yo terminamos.
Miré a Charlie con rostro esperanzado. Quizás él tuviera ese tipo de concepto de cumpleaños que consiste en «quedarse en casa», en plan familiar. Éste era mi primer cumpleaños con él, el primer cumpleaños desde que mi madre, Renée, falleció, de modo que no sabía qué expectativas tendría él. —Eso es estupendo, los Mariner juegan con los Fox esta noche. —explicó Charlie, y mi esperanza desapareció—, así que seguramente seré una mala compañía... Toma —sacó la cámara que me había comprado por sugerencia de Renée (ya que necesitaría fotos para llenar mi álbum) y me la lanzó. Él debería haber sabido mejor que nadie que yo no era ninguna maravilla de coordinación de movimientos. La cámara saltó de entre mis dedos y cayó dando vueltas hacia el suelo. Edward la atrapó en el aire antes de que se estampara contra el linóleo. —Buena parada —remarcó Charlie—. Si han organizado algo divertido esta noche en casa de los Cullen, Bella, toma algunas fotos. Ya sabes cómo es tu madre, estará esperando verlas casi al mismo tiempo que las vayas haciendo.
—Buena idea, Charlie —dijo Alice mientras me devolvía la cámara.
Volví la cámara hacia él y le hice la primera foto. —Va bien.
—Estupendo. Oye, saluda a Edward de mi parte. Lleva tiempo sin pasarse por aquí. —Charlie torció el gesto.
—Sólo han pasado tres días, papá —le recordé. Charlie estaba loco por Edward. Se hizo buen amigo de él, la última primavera, cuando me estuvo ayudando en mi difícil convalecencia; Charlie siempre le estaría agradecido por salvarle del horror de ayudar a ducharse a una hija ya casi adulta—. Se lo diré.
—Que os divirtáis esta noche, chicas —eso era claramente una despedida. Charlie ya se iba camino del salón y de la televisión.
Edward sonrió triunfante y me tomó de la mano para dirigirnos hacia la cocina.
Cuando fuimos a buscar mi coche, me abrió la puerta del copiloto y esta vez no protesté. Todavía me costaba mucho trabajo encontrar el camino oculto que llevaba a su casa en la oscuridad.
Alice condujo hacia el norte, hacia las afueras de Forks, visiblemente irritado por la escasa velocidad a la que le permitía conducir mi prehistórico Chevrolet. El motor rugía incluso más fuerte de lo habitual mientras intentaba ponerlo a más de ochenta. —Tómatelo con calma —le advertí.
Suspiró y su dulce rostro se puso serio.
—Izzy, el último cumpleaños real que tuvimos nosotros fue el de Emmett en 1935. Déjanos disfrutar un poco y no te pongas demasiado difícil esta noche. Todos están muy emocionados.
Siempre me sorprendía un poco cuando se refería a ese tipo de cosas.
—Vale, me comportaré.
Las luces brillaban con fuerza en las ventanas de los dos primeros pisos. Una larga línea de relucientes farolillos de papel colgaba de los aleros del porche, irradiando un sutil resplandor sobre los enormes cedros que rodeaban la casa. Grandes maceteros de flores —rosas de color rosáceo— se alineaban en las amplias escaleras que conducían a la puerta principal.
Alice inspiró profundamente varias veces para calmarse. —Esto es una fiesta —me recordó—. Intenta ser comprensiva.
—Seguro —murmuré. Ella dio la vuelta al coche para abrirme la puerta y me ofreció su mano. —Tengo una pregunta.
Esperó con cautela. —Si revelo esta película —dije mientras jugaba con la cámara entre mis manos—, ¿aparecerás en las fotos?
Alice se echó a reír. Me ayudó a salir del coche, me arrastró casi por las escaleras y todavía estaba riéndose cuando me abrió la puerta.
Todos nos esperaban en el enorme salón de color blanco. Me saludaron con un «¡Feliz cumpleaños, Bella!», a coro y en voz alta, cuando atravesé la puerta. Enrojecí y clavé la mirada en el suelo. Alice, supuse que había sido ella, había cubierto cada superficie plana con velas rosadas y había docenas de jarrones de cristal llenos con cientos de rosas. Cerca del gran piano de Edward había una mesa con un mantel blanco, sobre el cual estaba el pastel rosa de cumpleaños, más rosas, una pila de platos de cristal y un pequeño montón de regalos envueltos en papel plateado.
Era cien veces peor de lo que había imaginado.
Los padres de Edward, Esme y Carlisle —jóvenes hasta lo inverosímil y tan encantadores como siempre— eran los que estaban más cerca de la puerta. Esme me abrazó con cuidado y su pelo suave del color del caramelo me rozó la mejilla cuando me besó en la frente.
Entonces, Carlisle me pasó el brazo por los hombros. Q— "Siento todo esto, Isaella —me susurró en un aparte— no hemos podido contener a Alice."
Rosalie y Emmett estaban detrás de ellos. Ella no sonreía, pero al menos no me miraba con hostilidad.
El rostro de Emmett se ensanchó en una gran sonrisa. Habían pasado meses desde la última vez que los vi; había olvidado lo gloriosamente bella que era Rosalie, tanto, que casi dolía mirarla.
Y Emmett siempre había sido tan... ¿grande? —No has cambiado en nada —soltó Emmett con un tono burlón de desaprobación—. Esperaba alguna diferencia perceptible, pero aquí estás, con la cara colorada como siempre. —Me cargó en brazos y ni pude evitar reírme, ante su emoción, logrando contagiarme.
—Es la hora de abrir los regalos —declaró Alice. Pasó su mano fría bajo mi codo y me llevó hacia la mesa donde estaban la tarta y los envoltorios plateados.
Puse mi mejor cara de mártir. —Alice, ya sabes que te dije que no quería nada...
—Pero no te escuché —me interrumpió petulante—. Ábrelos.
Me quitó la cámara de las manos y en su lugar puso una gran caja cuadrada y plateada. Era tan ligera que parecía vacía. La tarjeta de la parte superior decía que era de Emmett, Rosalie y Jasper. Casi sin saber lo que hacía, rompí el papel y miré por debajo, intentando ver lo que el envoltorio ocultaba.
Era algún instrumento electrónico, con un montón de números en el nombre. Abrí la caja, esperando descubrir lo que había dentro, pero en realidad, la caja estaba vacía.
A Rosalie se le escapó una sonrisa. Jasper se rió. —Es un estéreo para tu coche —explicó—. Emmett lo está instalando ahora mismo para que no puedas devolverlo.
—Gracias, Jasper, Rosalie —les dije mientras sonreía al recordar las quejas de Edward sobre mi radio esa misma tarde; al parecer, todo era una puesta en escena—. Gracias, Emmett —añadí en voz más alta.
Agarré otro envoltorio. —Gracias Esme, Carlisle.
—Esme lo eligió, con ayuda de Alice —dijo Carlisle.
Alice me sonrió. —Antes, solo tenía premoniciones. Con Isabella, tengo Retrocognición. Cuando eras una niña...
—Te gustaban los rompecabezas, que no eran normales —siguió Esme —Y viajé hasta Florida, para encontrar la mejor tienda de todas.
Lo abrí y me maravillé ante el obsequio.
Este fue un buen cumpleaños.
