Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es MeilleurCafe, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to MeilleurCafe. I'm only translating with her permission.


Capítulo 14

Once es un número primo compuesto de dos números—dos unos juntos, para ser exactos. Si un jugador lanza un dado en un juego de Craps y sacas un 11 para una línea de pase, él o ella gana el doble de la apuesta.

Once es la última hora de la mañana o la última hora de la noche. El día que Bella y Edward volaron a Washington, también era conocida como la hora del compromiso. Ella quería salir a las diez a.m., y él quería salir al mediodía para el vuelo de las dos treinta.

—Habrá tráfico —le recordó ella cuando discutían sobre ello de nuevo en Navidad.

—Siempre asumes que el tráfico será malo.

—Por supuesto que sí. Vivo aquí. Y se supone que lloverá, lo cual es peor.

—Bella, son cuatro horas antes del vuelo. ¿Qué vamos a hacer en el aeropuerto JFK por cuatro horas? —Él había demandado.

Y la respuesta es… esperar en la fila, Edward pensó, suspirando.

Habían llegado al JFK con tiempo de sobra, solo para estar atascados en un cuello de botella de pasajeros esperando a pasar por seguridad. Edward creía que, como era un día de semana, las multitudes no serían un problema. Estaba tan seguro que tendrían tiempo suficiente que había intentado convencer a Bella de ducharse con él en la mañana. Ella lo había alejado, su mente en un millón de otras cosas por una vez.

Casualmente, sacar once en los dados también es llamado hacer un pase.

—Tienen check-in junto al bordillo de nuevo así no tenemos que esperar una eternidad para tender nuestros bolsos en el mostrador —masculló él—. ¿Por qué no pueden ser tan eficientes con el punto de control aquí?

Bella movió su abrigo de un brazo a otro mientras buscaba en su mochila su pasaje y su licencia de conducir.

—Tú de todas las personas debería respetar el hecho de que no pueden apresurarse.

—Podrían contratar más personas. Más personas competentes —dijo él, observando un oficial con sobrepeso que caminaba lentamente de un extremo de la cinta transportadora al otro para reponer los contenedores donde los pasajeros tenían que colocar sus equipaje de mano.

—Me vendría bien otra taza de café ahora mismo —masculló Bella mientras esperaban a que el agente en el podio los llamara. Le mostraron sus pasajes e identificaciones y pudieron avanzar.

Edward se quitó los zapatos y dejó sus llaves y billetera en el cesto. Añadió sus zapatos también y tomó otro cesto para colocar su mochila y chaqueta. Un café sonaba bien, a pesar que probablemente costara alrededor de cinco dólares. Y supiera a desecho de reactor nuclear. Malditos aeropuertos.

Él no sabía por qué se encontraba tan huraño. Aunque no estaba loco por plegarse en un asiento de avión por mucho tiempo, tener a Bella a su lado evitaría que fuera tan doloroso. Tenía un libro, música y otros aparatos electrónicos para pasar el tiempo. Y siempre podría dormir.

Los orificios nasales de Edward se dilataron cuando pensó en la oportunidad perdida de tener sexo esta mañana. No sabía cuándo sería la próxima vez que tendrían la oportunidad para ello, considerando que estarían bajo el techo de los padres de Bella. De solo pensar en su madre y padre hacía que su estómago se contrajera. Soltó un largo suspiro y admitió silenciosamente que era eso. Estar en avión por cuatro horas era una cosa. Estar en la casa de sus padres por diez días era otra.

¿Y si no se llevaban bien? ¿Y si no le agradaban? ¿Y si no les agradaba él? ¿Y con cuántos ex de Bella se cruzarían, de todos modos? El único antiguo novio del que habían discutido era Peter, de cuando se encontraba en la escuela de posgrado. Ciertamente aún había otros chicos en Forks que deseaban que ella nunca se hubiera ido.

La idea le hacía gruñir.

Bella se encontraba al final del área de seguridad, colocándose los zapatos. Se enderezó, frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa?

Edward juntó el resto de sus pertenencias de los tres cestos donde se habían esparcido.

—¿Quién, yo? Nada.

—Pareces preocupado, y estás hablando contigo mismo.

—No lo estaba. No hablo con mí mismo.

—Quizás no en voz alta —dijo ella—, pero lo hacías en tu cabeza.

—¿No querías café? —Edward miró alrededor en busca de un Starbucks pero se dio cuenta tardíamente que se encontraba en la zona de restaurantes, la cual se ubicaba antes de la zona de seguridad. No había manera de que él atravesara eso de nuevo, así que estarían forzados a lidiar con el café de un puesto poco fiable que no tranquilizaría sus nervios.

La puerta de embarque estaba llena de personas para el vuelo que tenía que salir antes de que su avión siquiera pudiera aparcar. Edward evitó mencionar esto y sugirió que buscaran un lugar para comer.

Bella simplemente asintió, echándole un vistazo con diversión paciente. Edward evitó mencionar eso también.

Comieron en silencio mientras Edward miraba la reserva para su coche rentado. Los padres de Bella habían querido recogerlos en el aeropuerto, pero Bella explicó que necesitarían su propio coche y que era mejor si conducían desde el aeropuerto SeaTac a Forks. Ella no mencionó que su idea de "mejor" incluía darle más tiempo a Edward para adaptarse a esta visita sin ser cautivo en un coche con sus padres durante las tres horas y media que les llevaría llegar a su casa. Eso, ella razonó, era mucho para que él lidiara al mismo tiempo.

—¿Te conté que recibí un último correo de mis padres ayer? —Bella cortó un pedazo de su quesadilla y lo metió en su boca. Era grasosa, y el pollo era de cuestionable procedencia, pero la mantendría llena si la comida de la aerolínea era previsiblemente mala.

Edward levantó la mirada de su teléfono.

—No. ¿Supongo que querían desearte una Feliz Navidad?

—Sí, pero también querían decir de nuevo lo mucho que ansían conocerte.

La atención de su novio estaba de vuelta en la pantalla.

—Eso es bueno. Yo también.

—Están agradecidos de que estés dispuesto a conducir hasta Forks desde el aeropuerto así no tienen que recogernos —añadió ella rápidamente—. No dijeron eso exactamente, pero dijeron que se asegurarían de que todos estemos cómodos cuando lleguemos a la casa.

Edward asintió.

—Claro.

Bella se cruzó de brazos frente a ella, sobre la mesa.

—Mi mamá me dijo que mi papá tuvo noticias de un viejo amigo del condado de Clallam que se había mudado a Nueva York alrededor de treinta años atrás. Es un policía de la ciudad de Nueva York ahora, a punto de retirarse. Dice que te conoce.

Su novio finalmente le dio toda su atención.

—¿En serio? ¿Quién?

—¿Marcus Diomede? Papá dijo que es un sargento.

El rostro de Edward se despejó.

—Oh, claro. Trabajamos juntos cuando comencé en la fuerza. Estábamos en las residencias Morris Heights juntos —dijo, refiriéndose al programa de viviendas en el Bronx donde él había patrullado años atrás. Entonces, frunció el ceño—. Espera, ¿tu papá estaba indagando sobre mí?

—Oh, detente. —Ella se estiró sobre la mesa y tomó su mentón con un ligero pellizco—. Él llamó a mi papá porque Charlie es un representante en la junta que supervisa las pensiones para los policías en el estado. Marcus necesitaba ayuda con el papeleo de Clallam porque él ha estado fuera de Washington por mucho tiempo. Cuando papá escuchó dónde se había mudado, le contó sobre ti. Coincidencia, ¿eh?

—Es una gran coincidencia, que un policía conozca a otro en la ciudad de Nueva York. —Miró por encima del hombro de Bella, una expresión reflexiva en su rostro—. Marcus era un buen policía. Es un buen policía, supongo. Me enseñó mucho.

—Él dijo lo mismo de ti. Te recordaba de todos esos años atrás. Dijo que eras inteligente y compasivo, y un buen compañero. —Ella hizo una pausa, observando a Edward mientras jugaba con el envoltorio del sorbete de su trago—. Papá estaba muy impresionado.

Edward se encogió de hombros.

—¿Qué más haría Marcus, decir algo malo de mí?

—Si lo quisiera, seguro. No tiene nada que perder; y además, necesitaba un favor de mi padre. Tenía que contarle la verdad. —Le dio un empujón al pie de Edward debajo la mesa—. No tienes que preocuparte. Creo que ya le agradas a mi papá.

Él puso los ojos en blanco y frunció el rostro en una expresión muy neoyorquina de "sí, sí", pero una vez que la miró a los ojos de nuevo, Bella vio un pequeño brillo que había estado perdido en los últimos días.

—¿Recuerdas cuando nos conocimos, me contaste sobre esa "hermandad policíaca"? Tenías razón —le recordó—. ¿Adivina qué? Funcionó a tu favor.

—Bueno, ahora tu papá y yo tenemos algo más de qué hablar —dijo Edward, soltando una risita.

—Sí, mientras congelas tu trasero en el lago pueden hablar sobre cómo conocen a Marcus.

—¿En el lago? —Edward la miró con incredulidad.

Dentro del lago es más exacto. Puedes tener por seguro que él te llevara a pescar con mosca. Pasaste la primera prueba al tener una buena referencia de otro policía. Pero él no te liberará así de fácil. —Ella sonrió, sintiéndose aliviada de que su usual intercambio había regresado.

—No traje equipamiento para pesca. No tengo ningún tipo de equipamiento para pesca. —Él tuvo una repentina visión que sostenía una caña en el lago en Central Park o el canal Gowanus. Era como tratar de encajar en una escena del Cascanueces. Él jamás había pescado en su vida.

—No te preocupes. Papá encontrará lo que necesites, incluyendo la caña. —Bella miró por detrás de Edward y notó que todos estaban juntándose cerca de la puerta de embarque, donde su vuelo había sido anunciado—. Vamos, Oficial Carnada. Tenemos un avión que abordar.

Edward se sentía más ligero mientras metía su sudadera en su mochila. La revelación de Bella sobre Marcus era una buena señal, incluso si se sentía un poco intimidado de que Charlie Swan hubiera encontrado un amigo de décadas atrás en la fuerza que casualmente había trabajado con Edward. Sin embargo, parecía como si un trabajo preliminar sólido hubiera sido realizado antes de siquiera estrechar la mano del jefe. Y eso valía algo.

Horas más tarde, estaban acercándose a su destino cuando Bella le dio un gentil codazo, sacándolo de su sueño ligero. Ella tenía el asiento junto a la ventana; el clima estaba despejado, y estaba señalando a algo afuera.

Al principio, todo lo que él podía ver era blanco por el vasto paisaje lleno de nieve. Después de unos segundos, finalmente pudo divisar una enorme montaña, su cima irregular y empinada por la antigua actividad volcánica.

Su belleza era impresionante. Incluso desde el aire, la pura presencia dominaba la vista.

—El monte Rainier —susurró Bella. Los ojos de Edward se agrandaron con maravilla.

—Nena, tenemos que ver eso desde el suelo.

—Definitivamente. Es imponente. Hay mucho que se puede hacer en el parque, como andar en trineo o incluso hacer senderismo. Vale la pena el viaje. —Ella le dio una mirada de soslayo significativa—. Además, nos daría varios días a solas juntos.

Edward sonrió lentamente, absorbiendo su mensaje oculto.

—¿Es más que una escapada de la casa de tus padres?

Sus dedos trazaron suavemente un circuito sobre la palma de ella; la caricia sugestiva la dejó incapaz de contestar por un momento.

—Es demasiado lejos para ir en un día. Al menos cuatro horas ida y vuelta. Hay muchos hospedajes en el área que siguen abiertos en esta época del año —dijo ella finalmente.

—Hagámoslo.

—Realmente me gustaría eso. —Ella miró de nuevo por la ventana, donde los pinos verdes cortaban la abundante blancura que cubría kilómetros de la región—. Deberíamos tratar de ir al Parque Nacional de la Península Olímpica también. Las montañas allí son hermosas. El bosque Hoh Rain se encuentra a alrededor de una hora de distancia.

—He leído sobre eso. También me gustaría ir allí —dijo Edward pensativamente. El avión se estaba alejando de la escarpada cordillera Tatoosh y acercándose al área industrial alrededor de Tacoma. Estaban por aterrizar pronto.

Bella suspiró.

—Pensaba que quizás diez días en Forks serían demasiado, pero ahora me pregunto si no serán suficientes. Hay mucho que me encantaría mostrarte, y no sé cuándo podremos regresar aquí.

Edward sonrió ante su casual referencia al futuro. Cada vez que ella lo hacía, era como un shot de whisky para sus emociones. Tenía el mismo efecto; lo reconfortaba, pero dejaba un sabor amargo en su boca.

—Esperaba que pudiéramos ver un poco de Seattle. Era un lugar genial, con tantos vecindarios divertidos. Y la comida… y el mercado de Pike Place… —Su voz se fue apagando, y Edward podía suponer adónde ella se fue por la expresión en su rostro.

—Eso sería genial, pero vinimos aquí así podíamos pasar tiempo con tu familia. Eso es lo más importante. Te extrañan mucho. —Edward sabía cómo era ser un hijo único y llevar la carga de toda la atención de tus padres—. Washington es un estado grande. Hay una buena probabilidad que no veamos todo esta vez. Seguirá allí cuando volvamos.

Ella sonrió con alivio.

—Tienes razón. Sé que mi mamá y mi papá van a querer acapararnos. Probablemente nos quieran llevar a cenar un par de veces.

—Eso será bueno. O quizás podemos simplemente cocinar todo el pescado que voy a atrapar con tu papá. —Ahora él pensaba en sus botas de pescador. Por favor, Dios, no permitas que él quiera ir el primer día que estamos allí.

La Interestatal 5 al salir del aeropuerto no estaba muy atestada con tráfico; al menos, no bajo estándares neoyorquinos. Se detuvieron en Olympia, la capital del estado, para buscar algo de comer y entonces salieron de la I-5 y tomaron carreteras locales hasta que finalmente llegaron a la Ruta 101, una autopista que se desplegaba por toda la Península Olímpica. El clima había permanecido consistente con una nubosidad que se había intensificado mientras se acercaban al aeropuerto; estaba lloviznando ahora, sin señales de que fuera a parar.

Podría haber estado completamente soleado a juzgar por la expresión de Bella. Ella se encargó de conducir los últimos noventa minutos del viaje desde Olympia a Forks, y había cobrado vida detrás del volante con una sonrisa brillante que no podía ser atenuada por la lluvia.

Cualquier cansancio que ella había mostrado por el viaje se había evaporado. Edward se preguntaba si era la infusión del oxígeno fresco del Noroeste del Pacífico después de varios años respirando el aire fuertemente cargado con carbono de Nueva York.

—Pareces muy contenta de estar de regreso —notó él.

—Lo estoy —dijo ella, su nariz arrugándose con una mirada de sorpresa—. No pensaba que lo extrañaba tanto, pero parece que sí lo hacía.

—Es hermoso aquí —dijo él, y era la verdad. La neblina era espesa sobre los árboles, oscureciendo las copas como un misterio. Incluso la lluvia era bonita, con pequeñas gotas que nos parecían muy amenazantes.

Y el verde. Todo era tan verde. En lo que respecta a la vegetación, Edward estaba acostumbrado a los límites de un lugar como Central Park. Él había viajado a otros lugares, por supuesto, y había visto muchos paisajes rurales, pero nada que presumiera su naturaleza como esto. Él sopesó los tipos de animales que podrían estar escondidos en estos bosques.

Y se preguntó qué tan buena posiblemente podía ser la pizza aquí.

Las habilidades para conducir de Bella previamente inactivas parecían resurgir ahora que había estado de vuelta en el estado de Washington por varias horas. Ella conducía con confianza por las rutas curvas y mojadas, segura pero rápidamente.

—Hay muchos buenos bares en el estado de Washington ahora —dijo ella, casi como si le hubiera estado leyendo la mente. La cerveza era lo más cercano a la pizza en sus pensamientos—. Creo que mi papá dijo que abrió uno nuevo en Forks. También hay uno en Port Angeles. —Ella le echó un vistazo, casi preocupada, creía él, como si quisiera asegurarle que él no tendría que buscar las cosas básicas que estaban disponibles en todo momento en la ciudad de Nueva York.

Su mano derecha descansaba sobre el borde de su asiento, y él la tomó, besando sus nudillos.

—¿A cuántos de tus exnovios vamos a cruzarnos mientras estamos aquí?

Bella estalló en carcajadas.

—Oh, sí, hay TANTOS. —Ella negó con la cabeza—. Era una ñoña en la secundaria. No tuve ningún novio.

—Ellos se lo perdieron. Será mejor que no intenten compensar por el tiempo perdido.

—Edward Cullen, parece que estás celoso. —Ella mantenía su mirada en la ruta, su sonrisa gigante de oreja a oreja.

—Por supuesto que sí —admitió él—. Mi insignia no me ayuda para nada aquí. Tendré que usar la fuerza bruta de mi presencia para espantarlos.

Ahora ella puso los ojos en blanco.

—Estás siendo ridículo.

—Oye, no me iré de aquí sin ti.

Ella lo miró con asombro por mucho más tiempo de lo que era seguro para un conductor.

—Bromeas, ¿cierto? ¿Como si me quedaría aquí o en cualquier lugar sin ti?

—Solo apuesto que habían muchos tipos que estaban interesados en ti, incluso si tú no lo sabías en ese momento.

Bella resopló con sorna.

—El único tipo que conocía era a mi amigo Jacob. Hemos sido amigos desde que éramos muy pequeños, y él gustaba de mí cuando me encontraba en segundo año de la secundaria y él en primero. Pero nunca me gustó de esa manera —añadió apresuradamente.

—Cuéntame sobre él.

Él tenía curiosidad sobre los hombres en su vida: su padre, otros familiares; amigos, novios y aquellos que deseaban haber sido su novio. En parte, era curiosidad natural sobre quiénes eran y cómo se veían, y cómo él se comparaba con todo eso. Otra parte se preguntaba cómo podían haberla dejado ir, especialmente a los tipos de su edad. Cualquiera que no pudiera entender la dualidad del atractivo de Bella —que ella era una mujer muy normal y muy excepcional, todo en uno— tenía que ser un completo idiota, según Edward.

—Jacob es un indio Quileute. Él y su papá Billy viven en la reserva. La mamá de Jacob murió cuando era muy pequeño, y mis padres prácticamente adoptaron a Billy y a Jacob. Quiero decir, no viven con nosotros, pero Renée y Charlie siempre se aseguraron que tuvieran todo lo que necesitaban: comida, ayuda con su casa, incluso solo amistad. Billy se encuentra en silla de ruedas —añadió.

—Así que Jacob y yo pasamos mucho tiempo juntos, ya sea en la reserva o en mi casa, o pescando, o en un parque, o lo que sea. Él es un tipo increíble, pero no puedo amarlo de ninguna otra manera. Siempre lo consideré un amigo.

—Perpetuamente atascado en la zona de amigos. —Lamento que no lo lamento, Jacob.

—Eso supongo. Él estuvo dolido pero lo superamos. Lo último que supe, estaba saliendo con una chica de la reserva.

—¿Quieres verlo mientras estamos aquí?

Ella se mordió el labio.

—Me encantaría. Quiero decir, probablemente lo hagamos. Estoy segura que mis padres le contaron a todos que vendríamos, lo que quiere decir que Billy probablemente venga, o Renée y Charlie quieran ir allí. Si Jacob está allí es otro tema.

Se acercaron a un puente de madera y acero con un pequeño cartel para el río Bogachiel. Más casas y varias tiendas rodeaban la carretera. Bella se detuvo frente a un semáforo y volteó hacia él.

—Y bien, ¿qué piensas?

Él hizo un ademán con la mano.

—Claro, si quieres. Jacob y su papá suenan geniales, de hecho.

Ella rio.

—No, quiero decir, de mi pueblo natal.

—¿Qué, estamos aquí?

La luz cambió a verde.

—Síp. Bienvenido al hermoso centro de Forks, Washington.

Bella giró a la derecha después de varias cuadras y avanzó por una calle arbolada con casas de diferentes épocas y tamaños. Cerca del final de la cuadra, ella se detuvo frente a un hogar de dos pisos con persianas verdes y marcos negros. Una patrulla estaba estacionada en la entrada, y fue esa vista más que nada la que despertó los nervios en el estómago de Edward.

Una cortina se movió en una de las ventanas del frente, y antes que Bella siquiera hubiera apagado el coche, la puerta se abrió y la puerta mosquitera fue empujada a un lado. Una mujer pequeña con cabello rubio rojizo a la altura de los hombros bajó volando las escaleras, sus manos estiradas para mantener el equilibrio—o para atrapar a su hija.

—¡Bella! —soltó Renée—. ¡Oh, cariño, estás aquí!

Su novia abrió la puerta del coche y corrió a encontrarse con su madre.

—¡Mamá! ¡Hola! —Renée envolvió a su hija en un abrazo de oso, entonces se apartó para echarle un vistazo y secar las lágrimas de sus propios ojos, luego volvió a abrazar a Bella, la soltó pero mantuvo las manos de su hija en las suyas. Edward no podía distinguir qué decían, pero escuchó muchos susurros.

Él se bajó del coche con cuidado y lentamente metió sus manos en los bolsillos de sus jeans, esperando a una distancia respetuosa mientras madre e hija tenían su reunión. La puerta se abrió de nuevo y un hombre alto con cabello oscuro y un imponente bigote se asomó.

Charlie. El Jefe. Allí estaba.

Al menos, estaba sonriendo, de oreja a oreja, mientras su esposa e hija se abrazaban y charlaban. Divisó a Edward y rápidamente bajó las escaleras.

—¿Sabes? Eso podría demorar un rato —dijo él, señalando con la cabeza hacia las mujeres. Hablaba casi arrastrando las palabras, si era posible sin tener un acento—. No quiero que pienses que no somos hospitalarios. Soy Charlie Swan —dijo, tomando la mano de Edward en un firme apretón—. Supongo que eres Edward.

—Sí, señor —dijo Edward con respeto, encontrándose directamente con la mirada del hombre mayor—. Estoy muy encantado de conocerlo. Bella me ha contado mucho de usted.

—Lo mismo digo. —Charlie llevó sus manos a sus caderas en una postura que Edward entendía que era más timidez que desafiante—. ¿Fue todo bien en el vuelo?

—Sí, señor. Ningún problema. Así como me gustan.

—A mí también. Hay una razón por la que patrullo en el suelo en vez del aire.

Edward estaba a punto de preguntar a qué se refería con eso cuando Bella habló.

—¡Papá!

—¡Hola, pequeña! —Mientras el padre hablaba a Bella, cerró sus ojos por unos segundos en agradecida felicidad. Habían pasado varios años desde que Bella se había ido de casa, y Edward intentaba imaginar cuánto tiempo duraría si fuera a separarse de su madre y padre. No mucho, en realidad. Ver a Bella con sus padres le recordaba la fuerte conexión que él tenía con Carlisle y Esme. Él sabía que su madre y padre estarían exactamente como los padres de ella: emocionados y agradecidos. Él había querido que ella tuviera tiempo con sus padres; verla feliz calmaba sus nervios.

Edward abrió el maletero, y él y Charlie se inclinaron al mismo tiempo para tomar las valijas—un movimiento de hombre universal. Dejaron que Bella y su madre charlaran; él y su padre se encargarían de llevar las maletas a la casa.

Una vez adentro, sin embargo, Edward no supo dónde llevarlas. El hogar Swan tenía tres cuartos, y se dio cuenta que él y Bella no habían discutido cómo dormirían. Si ella lo sabía, no se lo había dicho. Por un momento breve y tenso, decidió llevar a Bella al motel más cercano si sus padres no les permitían dormir juntos. Pero si él tuviera una hija, no le permitiría compartir cuarto con su novio hasta que tuviera cuarenta años, y lo sabía.

Siguió a Bella y sus padres arriba, intencionalmente siguiendo la cola. Todos ellos de alguna manera entraban en un cuarto muy pequeño con una cómoda, un espejo, un televisor, una mesa de noche… y un futón.

—Esto es nuevo —comentó Bella.

Edward permaneció en silencio, sus manos de nuevo en los bolsillos de sus jeans.

—Compramos esto cuando dijiste que vendrían de visita por Navidad —dijo Renée, señalando el futón, él cual estaba en posición vertical—. Espero que sea lo suficientemente grande para los dos —añadió, de manera casi apologética.

Edward dejó que Bella se encargara de responder.

—Estará bien, mamá —dijo ella, asegurándole.

Esa era la respuesta correcta. Cualquier cosa que él dijera hubiera sonado sugestivo o… simplemente incorrecto.

—Bueno. —Renée juntó sus palmas—. Dejaremos que desempaquen. ¿Están cansados por el viaje? ¿Quieren descansar? —preguntó atentamente.

—Eh… Estoy bien por ahora. Probablemente caiga dormida temprano esta noche —Bella contestó con una suave risita. Miró a Edward.

—No, estoy bien. Estoy lo suficientemente despierto para desempacar. —Le sonrió a Renée y a Charlie. Cualquier discusión sobre dormir con su hija parecía prematura considerando que él había estado en su casa por menos de una hora.

—De acuerdo. —Renée asintió con un gesto exagerado que podría haber surgido de la incomodidad—. Bueno, supongo que pondré la lasaña en el horno. Podemos comer en una hora más o menos. ¿Está bien eso?

—Está perfecto, mamá. ¿Necesitas ayuda con algo?

—Para nada. Ustedes relájense. —Renée agitó sus manos en dirección a los dos—. Bajen cuando quieran.

Los padres de Bella se retiraron silenciosamente, en marcado contraste al bullicioso recibimiento. No cerraron la puerta pero la dejaron abierta unos centímetros. Edward esperó hasta que escuchó sus pasos alejarse en las escaleras.

—Entonces…

—¿Entonces? —Ella caminó hacia él con sus brazos extendidos hasta que envolvieron su cintura. La comodidad de su cercanía lo llenaba de tranquilidad; no había sabido que la necesitaba ahora hasta que ella lo sintió y se lo dio.

—Tus padres son buenos.

—Lo son. —Ella lo miró, apartando el cabello corto en su frente a un costado—. Les agradas.

—Eso espero.

—Careces sorprendentemente de palabras.

—También carezco sorprendentemente de una opinión educada. Simplemente estoy siendo cuidadoso. Hasta ahora, todo bien.

Ella asintió con los labios presionados entre sí como si estuviera considerando su respuesta muy seriamente.

—Sí. Se encariñarán contigo aún más mientras más tiempo estemos aquí.

—Estoy contento de que ya les agrade lo suficiente para ponernos en el mismo cuarto. —Él señaló hacia el futón con una inclinación de su cabeza.

Bella rio, el elemento más ligero en un cuarto que solo tenía una tenue luz gris del día gracias a las capas de nubes.

—Olvidé, eh, hablar con ella sobre eso antes de irnos. Discutimos todo lo demás, incluyendo qué te gusta cenar, pero no eso. Estoy contenta de que llegara a la conclusión correcta. —Ella se movió a un costado del futón y colocó sus manos sobre el respaldo y a un costado para transformarlo en una cama—. ¿Vamos?

Lo llevaron hasta el suelo, entonces acomodaron las almohadas y añadieron la manta extra que se encontraba sobre la cómoda. El cuarto era sustancialmente más pequeño con la cama armada.

Bella se acostó en esta y cerró los ojos, estirando sus brazos como si estuviera haciendo un ángel de nieve.

—Esto se siente genial.

—¿Quieres dormir?

—No es una buena idea. Tenemos que acostumbrarnos al cambio horario —le recordó ella—. Al menos, tanto como podamos y entonces dormiremos esta noche.

—¿Tenemos algo planeado para mañana?

—Nada temprano, y quiero mantenerlo así. —Bella extendió su mano—. Bajemos y veamos en qué podemos ayudar con la cena.

El aroma a especias y tomates los recibió cuando entraron en la cocina. Con un rugido, el estómago de Edward le recordó que había pasado un tiempo desde que él o Bella habían tenido una comida decente. Aunque se encontraba nervioso por la cena, no podía esperar a comer.

Bella ofreció la ayuda de ambos a su madre, que estaba haciendo pan de ajo. Él estaba agradecido de que Renée les hubiera pedido preparar los ingredientes para la ensalada. Charlie estaba en la sala, leyendo el periódico mientras el televisor estaba encendido. Ella no parecía asumir que Edward preferiría unirse a Charlie. Punto para Renée. Edward no estaba listo para tener tiempo a solas con el padre de Bella aún.

Los tres charlaron un poco sobre Nueva York y el trabajo de Bella mientras preparaban la cena. Edward contribuyó un poco en la conversación; él cortaba vegetales mientras asimilaba la cocina acogedora pero usada, con sus viejas alacenas de roble y pisos de linóleo. La mayoría del tiempo él observaba a Bella, cuya vivacidad y felicidad por regresar a la casa de sus padres le alegraba y encantaba.

La mesa estaba puesta y los cuatro se sentaron a comer. Para sorpresa de Edward, se tomaron de la mano mientras Charlie mascullaba una rápida plegaria de agradecimiento. Él simplemente había tomado su tenedor cuando Bella levantó su mano, y al principio no estaba seguro de lo que ella esperaba de él. ¿Estaba pidiendo queso?

Él no sabía que ella era religiosa. O quizás sus padres lo eran, y ella volvía a la rutina de la casa donde había crecido. Él agachó la cabeza y escuchó respetuosamente, tratando de entender lo que Charlie mascullaba en alguna parte debajo de su bigote.

Bella sintió la incertidumbre de Edward en el agarre flojo de su mano, y le dio una rápida sonrisa de disculpas. Era difícil alertarlo con anticipación de los hábitos familiares que eran muy numerosos y pequeños para nombrar. Tendría que seguir la corriente como ella lo había hecho cuando fue por primera vez a la casa de los padres de él y había sido recibida por alrededor de cien familiares y amigos. Ella se preguntaba si era más fácil conocer a la familia de tu pareja en un pequeño grupo o en una gran multitud. Hubo momentos en esa barbacoa de la familia Cullen que ella apreció lo fácil que podía esconderse en la multitud si así lo quería.

Renée servía la lasaña mientras Bella cortaba trozos de pan de ajo y lo repartía. Charlie preguntó por su Navidad, y ella le explicó a su padre que Edward tuvo que trabajar en vísperas de Navidad y al día siguiente. Su padre miró a Edward con renovado interés.

—¿Cómo es trabajar en la ciudad el día de Navidad? ¿Tranquilo? ¿Activo? —Charlie roció treinta centímetros cúbicos de queso rallado sobre su pasta.

—Este año, simplemente fue malo. —Edward se movió en su asiento, su tenedor alzado sobre su plato—. Tuvimos un secuestro de un niño que se volvió violento en el Upper East Side cuando comenzó mi guardia.

—¡Oh, por Dios! —Renée lo miró con ojos muy abiertos—. ¿Qué pasó? ¿El niño estaba bien?

—Oh, sí, estaba bien. Gracias a Dios. El resto de la familia no fue tan afortunada.

Él contó la tragedia del tiroteo en la mañana de Navidad y sobre el padre que no cedió hasta que la policía lo rodeó y forzadamente le quitó el niño. Mientras más se adentraba, más animado se volvía y más se asomaba su acento de Brooklyn, sonando por el pequeño comedor como un gong urbano. Innegablemente estaba fuera de lugar en una casa donde las vocales del Noroeste del Pacífico y las voces musicales de los indios Quileute eran la norma.

Bella bajó la cabeza y retorció sus manos en su regazo. Él sonaba tanto como el neoyorquino que era, y aunque eso jamás había sido un problema en la costa este, el contraste era tan grande aquí, que ella no podía evitar notarlo. Ella casi se encogió.

Avergonzada, lo hizo a un lado y escuchó lo que él decía en vez de cómo lo decía. Charlie parecía impresionado. Le daba toda toda su atención a Edward, su dedo índice acariciando su bigote. Bella sonrió ante lo mucho que había extrañado ese gesto; sabía que quería decir que Charlie realmente estaba escuchando. Le echó un vistazo a Renée, que también parecía enfrascada en la historia de Edward. Su expresión no cambió hasta que sintió la mirada de Bella en ella, y le dio a su hija una rápida sonrisa.

Su padre le estaba preguntando a Edward sobre las armas que usaban cuando estaban de patrulla. Esto definitivamente no era algo que Bella quería escuchar, así que levantó sus cejas mirando a Renée y asintió con la cabeza hacia la cocina. Su madre asintió agradecidamente. Esta tampoco era una conversación que le interesaba.

Sin hablar, Bella tomó su plato y se estiró en busca del de Edward, mientras Renée cargaba el suyo y varios recipientes vacíos hacia la cocina. Edward levantó la mirada e interrumpió su respuesta a Charlie para preguntar si podía ayudar.

Renée ya se encontraba en la cocina; se dio la vuelta lo suficiente para darle a Bella una mirada de aprobación. Bella simplemente negó con la cabeza hacia Edward.

—Nah —dijo, en la mejor imitación de una chica de Brooklyn—. Tú y papá están charlando. Mamá y yo podemos limpiar.

—¿Estás segura?

—Definitivamente. Eres un invitado, y es tu primer día aquí así que puedes zafar. Tendrás una lista de tareas mañana —bromeó ella.

Entró en la cocina donde Renée estaba guardando los restos en recipientes.

—Edward es muy agradable, Bella —dijo Renée. Ella estaba forzando a que el resto de la lasaña entrara en un Tupperware rectangular.

—Él es increíble, mamá. Es un hombre asombroso.

Su madre finalmente la miró.

—¿Por cuánto tiempo han estado saliendo?

—Desde el verano.

—Es dulce que él estuviera dispuesto a venir a casa contigo para conocernos. —Renée ahora hablaba hacia el refrigerador, donde estaba organizando todo en los estantes para hacer lugar para más comida.

—Él realmente quería hacerlo. Es importante para él conocerlos a los dos. Ya he visto a su familia varias veces.

Renée se inclinó contra la encimera junto al fregadero.

—¿Cómo son?

—Son geniales. Han sido tan amables conmigo. He conocido a varios de sus primos, tías, tíos también. Tienen una gran familia por todo Nueva York.

—Eso es bueno. Será mejor que les agrades. —Su madre fingió amenazar, pero sonrió—. Supongo que es diferente para él, visitar aquí. Solo somos papá y yo, a menos que cuentes a los Black o los Clearwater. O los chicos en la fuerza —añadió ella irónicamente.

—Edward es hijo único, como yo. Él sabe cómo es eso.

—Tienen más en común que eso. —Era más una pregunta, viniendo de su madre.

—Mucho. —Bella frunció el ceño. Poner todo con Edward en palabras siempre era difícil—. Vemos todo de la misma manera. Yo hablo, y él no solo escucha, lo sabe. Y es bueno, mamá. Tan bueno. —Soltó una pequeña risa—. No sé si sabes lo extraño que es eso.

—Oh, lo sé. —Se encontraban quietas en silencio, con Renée observando a su hija y Bella sintiendo el peso de esa mirada. No era particularmente incómodo, pero sabía que había una importancia en ello que no podía decodificar.

—Soy muy afortunada —dijo Bella finalmente, moviéndose en su silla.

—También él —dijo su madre, tan firmemente como si su mente se hubiera puesto en marcha—. Por la manera en que te mira, diría que él lo sabe.

—Me lo dice todo el tiempo. —Bella tuvo la repentina urgencia de abrazar a su madre, así que lo hizo. Una mirada peculiar de tristeza cubrió el rostro de Renée, pero se esfumó antes de que su hija pudiera decir algo. En cambio, su madre acarició el cabello de Bella y le devolvió el abrazo, fuerte.

La charla casual que provenía del cuarto de al lado sonaba como si Edward y Charlie estaban terminando. Charlie exclamó, «Creo que tenemos varios regalos de Navidad para abrir».

—Estoy muy feliz por ti, cielo. En serio —susurró Renée, con un último abrazo. Asomó su cabeza en el comedor para preguntar si alguien quería café, efectivamente terminando la conversación por ahora.

Los regalos fueron un gran éxito. A su madre le encantó el ornamento navideño por parte de Edward y de inmediato intentó colocarlo en el árbol en el rincón de la sala. El árbol estaba desbordado, y le llevó varios momentos a Renée para encontrar un lugar mientras Charlie observaba con diversión.

Encontró lugar cerca de la punta pero tuvo problemas para alcanzarlo. Edward se puso de pie rápidamente y extendió su mano en una oferta silenciosa. Renée sonrió con cariño y observó mientras él cuidadosamente colgaba la bombilla de cristal fina cerca de un pesebre de madera en miniatura.

Charlie, mientras tanto, había roto el envoltorio del libro que Edward había encontrado para él. Edward pasó sus manos por sus jeans nerviosamente y se sentó junto a Bella en el sofá de nuevo, esperando a ver la reacción del Jefe.

Las cejas de Charlie se alzaron con sorpresa al principio, pero entonces su bigote se torció en una sonrisa natural que se curvó hasta sus mejillas. Él de inmediato ojeó el libro, mirando las pinturas en las primeras páginas antes de levantar la mirada hacia Edward.

—¿Bella te contó que me gusta pescar?

—Sí, señor. Encontré el libro en Manhattan. Pensé que las imágenes estaban muy bien hechas, así que supuse que le podría gustar.

Charlie cerró el libro y miró la portada de nuevo.

—"El Arte de la Pesca". Hmm. —Edward contuvo su aliento por unos segundos—. Jamás pensé que había mucho arte en ello, pero tienes razón con las imágenes. Son bastante nítidas. —Volvió a estudiar el tomo de nuevo antes de mirar fijamente a Edward—. ¿Iremos a pescar esta semana, hijo? —Aunque estaba expresada como una pregunta, Edward sabía que no lo era.

—Realmente me gustaría, señor.

—Charlie.

—¿Disculpe?

—Llámame Charlie.

—Oh. —Edward carraspeó—. Gracias, Charlie. Sí, me encantaría ir contigo. Pero no tengo equipamiento para pesca o ropa… no hay necesidad para eso en Brooklyn. —Sonrió, nervioso y apologético.

Charlie hizo un ademán con su mano, restándole importancia.

—Oh, no te preocupes por eso. Puedo tomar prestado unas botas de pesca para ti. Tienes una chaqueta pesada. Tengo muchas cañas y anzuelos.

Bella sutilmente pateó el borde del pie de Edward. Te lo dije.

—Estaría encantado, señor… Charlie.

—Tendremos que salir muy temprano en la mañana. Espero que eso no te moleste.

—Para nada. Estoy acostumbrado a levantarme muy temprano por el trabajo.

Charlie asintió con aprobación.

—El clima va a estar bueno el viernes, no tan lluvioso como el resto de la semana. Ese será el día indicado para ir. Te dará tiempo para superar el desfase horario, de todos modos.

—Hablando de eso… —Bella bostezó y se estiró—. Ya casi estoy lista para dormir. Creo que me gustaría subir a leer.

Como era de esperar, Edward casi se puso de pie para decir que iría con ella. Él también estaba cansado y listo para la cama, o incluso dormir. De repente no estaba seguro de si quería revelar el hecho que estaría durmiendo con Bella, incluso si tácitamente habían tenido su aprobación al preparar el cuarto de invitados para ellos.

Así que, en cambio, buscó a Renée.

—¿Hay algo más en lo que puedo ayudarle a limpiar, Sra. Swan?

Ella estaba juntando un par de platos vacíos y la botella de cerveza de Charlie de la sala.

—Nop —dijo, dándole unas palmadas en la rodilla mientras pasaba—. Y llámame Renée.

Edward se ofreció a cargar los platos hacia la cocina por ella, pero ella sonrió y lo ahuyentó.

—Buenas noches a los dos —dijo ella, disfrutando de su sonrojo.

—Está bien. Gracias… Renée —dijo él. Se retiró de la sala y entonces giró para subir las escaleras de a dos escalones a la vez así podía unirse a Bella en su cuarto.