DISCLAIMER: Los personajes y serie no me pertenecen. Son propiedad de la mangaka Rumiko Takahashi. Únicamente el fanfic y su trama son de mi entera pertenencia. No se aceptan copias, adaptaciones y/o plagios. Muchas gracias.
SUMMARY: Siempre había pensado en su amor como una rosa. Una flor con una fragancia tan exquisita que las espinas no eran siquiera relevantes. Jamás creyeron tener que vivir ese lado. Y mientras veía la cama vacía a su lado se dio cuenta de que la extrañaba como quien extraña a las rosas, pero no podían florecer todo el tiempo. Ahora que lo había dejado ya no podría enviarle rosas, ni siquiera cenizas de rosas.
''CENIZAS DE ROSAS''
II. Hospital
Entró con cuidado en la habitación y casi de inmediato un par de ojos color canela hicieron contacto con los suyos. Sonrió sin poder evitarlo y recibió la sonrisa más brillante del mundo en respuesta.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días, doctor —la diversión adornó su voz al pronunciar la última palabra. Le gustaba llamarlo así a pesar de que el muchacho apenas estaba iniciando las prácticas en el hospital—. Me alegra saber que recordaste pasar por aquí. Comenzaba a aburrirme.
—Veo que te levantaste de buen humor para los chistes —bromeó—. ¿Hoy amaneciste mejor?
—Mucho mejor. Las medicinas comienzan a hacer efecto. Puedo sentirlo —aseguró.
—Me alegra oír eso. Ahora déjame revisarte, ¿sí? —Preguntó mientras tomaba su estetoscopio.
Se sentó a un lado de la camilla y le pidió que guardara silencio unos instantes mientras escuchaba su corazón. Kagome obedeció sin pronunciar palabra. Aquello ya era simple rutina.
Inuyasha dejó de sonreír en cuanto comenzó a anotar los valores de referencia en la planilla que continuamente lo acompañaba. Su rostro se volvió serio repentinamente y Kagome tuvo miedo de preguntar, pero aun así lo hizo.
—¿Ocurre algo?
—¿Eh? No, lo de siempre —se lamentó. Ante todo, debía ser sincero con sus pacientes—. Tus valores son un poco preocupantes. ¿Estás segura de haber tomado las medicinas?
—Por supuesto. Una enfermera las colocó directamente en el suero esta vez. Creo que dijo que era para que hicieran efecto más rápido.
Inuyasha arrugó el ceño con preocupación. Si la medicina había sido intravenosa entonces no debería haber razón para preocuparse, pero la había.
—Yo... Voy a consultar con la jefa de enfermeras y con mi supervisor a cargo para ver si tienen que cambiarte la medicación. Tal vez hubo un error —explicó—. Espera aquí, ¿sí?
—No te preocupes. No me he ido en los últimos meses y no me iré ahora —bromeó, pero algo en el fondo de su garganta dolió al pronunciar esas palabras—. Lo esperaré aquí, doctor.
Kagome le regaló una última sonrisa antes de verlo desaparecer por la puerta. Se quedó sola y en completo silencio. De repente no le parecía tan interesante mirar por la ventana y espiar a la gente que iba y venía. Lo que le había dicho Inuyasha la había desconcertado, no lo negaría. Su rostro se había vuelto extrañamente similar al de la enfermera de turno cuando la controló esa misma mañana hacía solo unas horas. Eso le dio un mal presentimiento. Y sus presentimientos no solían equivocarse.
Extendió la mano para apagar la luz de su mesita de noche y se acurrucó entre las mantas. De repente ya ni siquiera tenía ganas de estar despierta.
.
.
.
—¿Están seguros de que le dieron la medicación que corresponde?
—Por enésima vez, Taisho, sí. La enfermera de turno la revisó hace solo dos horas y le dio la misma medicación que nos pides ahora. Sabes bien que darle otra dosis no es para nada recomendable.
—Lo sé, pero...
—Entonces deja de intentar cambiar las cosas.
—Que vengas de una familia de médicos no te da más derecho sobre las decisiones de los demás —secundó otra enfermera—. Sigues siendo un practicante de último año. Aún no eres médico. Así que no intentes decirnos cómo hacer las cosas.
—Ustedes no entienden.
—No —interfirió la primera—, eres tú el que no entiende. La paciente del 323 entró por una insuficiencia cardíaca congestiva y, como debes saber, su cuadro solo se soluciona con un trasplante.
—Nosotras solo podemos mantenerla estable usando los medicamentos que ordenó el cardiólogo a cargo, pero a menos que aparezca un donante por esa puerta el resultado será el mismo.
—¿Cuál?
—Para tener el mejor promedio de tu curso, no eres muy listo, muchacho —se burló la mujer. A lo que recibió una mirada de pocos amigos.
—No es que no sea listo —habló una tercera. Tal vez la más sensible con la situación—, es que no quiere contemplar esa posibilidad. Todas hemos pasado por eso en las prácticas. No es fácil procesarlo.
—¿Procesar qué? ¿Que sin un donante a esa paciente solo le resta deteriorarse hasta morir porque nació con un corazón débil?
—¡Kairi!
—¿Qué? Es la verdad. Y sí, entiendo que siempre es difícil la muerte del primer paciente a cargo nuestro, pero eso no significa que debamos venderle falsas esperanzas. Es poco profesional de su parte vincularse así con los pacientes.
—Estás siendo insensible.
—Estoy siendo realista —reafirmó—. Y te daré un consejo, Taisho: deja los sentimientos de lado. Esta profesión no es para personas sensibles. El corazón y sus sentimientos solo estorban aquí. Ahora ve a terminar los formularios para los pacientes de planta baja.
—Sí...
No encontró fuerzas para objetar o decir algo más. De alguna manera sentía que esas frías mujeres tenían razón. Durante sus años de universidad no dejaron de repetirle las mismas palabras, y durante todos esos años se mantuvo firme creyendo que siempre habría lugar para pensar en el otro. Ahora que se encontraba cerca de la línea de meta y se topaba con el mundo real comenzaba a pensar que tal vez el equivocado era él. Quizá los años le enseñarían a mantener distancia, a ser objetivo. Tal vez incluso un día llegaría a darle ese mismo consejo a otro novato: el corazón es mejor tenerlo lejos.
.
.
.
Inuyasha salió de la habitación 321 y se dirigió a la 322 mientras terminaba de llenar la planilla correspondiente. Sin poder evitarlo sus ojos se posaron en la puerta de la habitación 323 que permanecía cerrada, pero sabía de sobra quién se encontraba dentro. Inhaló profundo mientras ingresaba en la siguiente habitación. Lo bueno de ser un estudiante era que continuamente le daban tareas para ganar experiencia —o para no estorbar, dependiendo del caso—. Esas tareas eran las mismas que le habían servido para mantener distancia con Kagome... O Higurashi, como se forzaba a llamarla ahora. Era crucial establecer una barrera entre doctor y paciente. Le había tomado tiempo hacerse a la idea de que lo mejor sería dejar su caso en manos de otro colega mientras él controlaba sus emociones. Siempre había sido demasiado sentimental. Algo que continuamente le echaba en cara a su madre al ser heredado de su familia. Demasiado blando para ser un Taisho, demasiado blando para ser doctor, demasiado blando para ver a Kagome a la cara y no sentir lástima por ella.
Cuando terminó su ronda de controles de rutina pasó por el despacho de las enfermeras. Sabía que tenía que mantener distancia con Higurashi, pero nadie dijo nunca que también debía guardar distancia con su caso y sus avances o retrocesos. Entró en la oficina sin esperar a ser invitado a pasar y lanzó la misma pregunta que llevaba semanas repitiendo:
—¿Novedades?
—¿Sobre qué?
—Ya sabes sobre qué o quién.
La mujer puso los ojos en blanco antes de teclear algo en la computadora y revisar los archivos.
—Lo mismo de siempre: nada. Aunque llegó un riñón para el señor Matsuda de la habitación 208, por si quieres saber.
—¿Ningún corazón?
—No por el momento. Y déjame decirte que conociendo el sistema, dudo que llegue uno en las próximas semanas o meses.
—¿Por qué?
—No hay muchas personas registradas en el sistema de donación de órganos, y las que sí no siempre llegan sanas. En su mayoría los donantes son víctimas de accidentes o asaltos. Eso significa que es difícil que todos sus órganos estén en condiciones de ser donados.
Inuyasha suspiró frustrado mientras se tomaba la cabeza con las manos. La carrera no lo había preparado para encontrarse ante un callejón sin salida.
—Si el sistema es tan deficiente, ¿cómo es que hay personas que todos los días van a quirófano a recibir trasplantes? —Preguntó con sarcasmo— ¿De dónde salen?
—De la familia —intervino una tercera voz. Inuyasha volteó a mirar a la jefa de enfermeras que lo miraba de brazos cruzados y con el ceño fruncido—. Los familiares son los principales donantes en esos casos. Pero tu paciente no tiene familia. Fue criada en un horfelinato, así que no hay familia que vele por ella.
—Tal vez si buscamos entre los archivos podemos localizar a la madre... O al padre, a alguien.
—Lo dudo, chico. El tipo de trasplante que requiere hace que la persona que sea donante pierda la vida en el acto. Si su familia no quiso criarla, mucho menos querrán darle su propia vida a cambio.
—Pero podría tener tíos, primos, alguien que estuviera dispuesto a...
—¡Suficiente! Escúchame bien. Te diré esto una vez y solo una vez. Regla número uno de la medicina, Taisho: no puedes salvarlos a todos.
Guardó silencio ante las duras palabras de la mujer. Fue como si un balde de agua fría le cayera encima y sus piernas temblaron tanto que le dolía enderezarlas para mantener el equilibrio. Había sido consciente de que no podía ser omnipotente y salvar a todos de la muerte o las enfermedades, pero creyó que por lo menos podría ser de ayuda. Y sentir que comenzaba a fracasar cuando ni siquiera se había graduado era algo que le quitaba el aire. Se sentía inútil. Nada lo había preparado para el momento en que se topara con aquel diagnóstico: no había nada que hacer. Solo esperar... Y esa espera parecía conducir a un final irremediable. Un final con la habitación 323 vacía y una calidez que le haría falta cada día de su vida. Quería ser un buen médico, quería ser un buen profesional y una buena persona capaz de ayudar en momentos desesperados cuando las medidas también eran desesperadas... Y entonces algo en el fondo de sus ojos pareció brillar acompañando el estrepitoso palpitar de su corazón.
—No, no puedo.
—Es bueno que lo entiendas. Ahora...
—Pero puedo salvarla a ella.
—¿De qué hablas? ¡Oye, Taisho!
Pero era muy tarde. El joven había abandonado el puesto de enfermería para correr hacia el ascensor. Mientras las puertas se cerraban, le pareció ver que sonreía por primera vez en los últimos días.
.
.
.
La puerta se abrió anunciando la entrada de una persona en la habitación y Kagome volteó instintivamente esperando encontrar el par de ojos dorados que tanto le habían hecho falta esas semanas. Sin embargo, como en cada ocasión, su sonrisa se desvaneció al encontrar un par de zafiros en su lugar.
—Lo sé, lo sé. No soy él, ¿verdad?
—No...
—Bueno, lamento no ser él. Aunque ya haz escuchado demasiado esa disculpa de mi parte. ¿Lista para ir a casa?
—Amm... Inuyasha... Digo, ¿el doctor Taisho no vendrá? —Inquirió, ignorando completamente la pregunta del profesional frente a ella— Me gustaría esperarlo. Estoy segura de que le haría muy feliz ver que me dieron el alta.
—No te preocupes. Él lo sabe... Lo sabe mejor que nadie.
Al oír eso, su corazón se aceleró y algo dentro suyo dolió. Deslizó sus dedos con suavidad sobre su adolorida cicatriz. De repente sintió que los puntos internos se zafaban y que sus heridas sangraban. Respirar dolía más que nunca.
Se había ido y le había dejado lo único que podía ayudarla a sanar... Su corazón.
FIN
¡MAN, SIENTO QUE ME PASÉ, AAAAH! Me dolió escribirlo. Me quedó bello, sisisi —yo la menos narcicista jsjsjsjs—.
Dato curioso: Amo el anime "Angel Beats!" y es la razón por la cual elegí una carrera en el área de salud. Así que sí, me inspiré un poco en ese anime para poder crear este one-shot. Espero que lo hayan disfrutado, llorado y que no me odien (?
Gracias por sus comentarios tan lindos, sus likes y votos c: los leo todos y me alegran la mañana ❤
¡Nos leemos mañana~!
02.01.24
