DISCLAIMER: Los personajes y serie no me pertenecen. Son propiedad de la mangaka Rumiko Takahashi. Únicamente el fanfic y su trama son de mi entera pertenencia. No se aceptan copias, adaptaciones y/o plagios. Muchas gracias.

SUMMARY: Siempre había pensado en su amor como una rosa. Una flor con una fragancia tan exquisita que las espinas no eran siquiera relevantes. Jamás creyeron tener que vivir ese lado. Y mientras veía la cama vacía a su lado se dio cuenta de que la extrañaba como quien extraña a las rosas, pero no podían florecer todo el tiempo. Ahora que lo había dejado ya no podría enviarle rosas, ni siquiera cenizas de rosas.


''CENIZAS DE ROSAS''

III. Recuerdos


Sus dedos dibujaron garabatos sobre el cristal mientras este continuaba empañándose a causa de la lluvia torrencial que había afuera. El sonido del granizo sobre el techo hacía que el ambiente sonase como si tuviera estática. Ese sonido la ponía nerviosa. Así que dibujaba para distraerse y olvidar que estaba allí, con esas personas, en ese lugar tan poco conocido, tan sombrío y tan interminable a la vez. Había explorado un sinfín de veces cada recoveco, cada puerta, pasadizo y pasillo a su alcance para intentar dar con la salida. Siempre sin éxito, siempre siendo devuelta a su prisión personal.

Las mismas personas que parecían ser amables con ella en ocasiones la maltrataban si era muy lenta, muy torpe o repetía muchas veces algo sin lograr terminar la frase. Las mujeres vestidas de blanco se encargaban de que tanto ella como sus compañeros permanecieran confinados entre esas cuatro paredes repletas de humedad. Había perdido la cuenta de las veces que intentó escapar de ese infierno impenetrable tanto por dentro como por fuera. Nadie entraba ni salía. Ni siquiera aquellas mujeres que parecían estar única y exclusivamente para ellos.

Mientras soplaba desinteresadamente sobre el cristal empañado se preguntó si sus padres alguna vez la habían deseado, si la habían querido o si ella había hecho algo mal para que la abandonasen a su suerte en aquel lugar. Hace ya tanto tiempo que ni siquiera recordaba algo que no fuese el interior opaco o el olor rancio de la madera vieja de ese lugar. Peor aún: se preguntó si alguien alguna vez la había amado, si la habían invitado a salir, si le habían coqueteado, si alguna vez ella misma sintió eso que todos llaman amor. No lo recordaba. Tal vez su destino siempre fue ese. Nacer sola, vivir sola... Morir sola. Le hubiese gustado alguna vez haber amado a un muchacho, que este la invitara al cine y se besaran en el cuarto oscuro sin saber tan siquiera el nombre de la película. Solo deseaba eso: emoción, pasión, afecto y calor humano. Algo que le había sido negado desde que nació, desde el momento exacto en que su corazón comenzó a latir en el vientre materno. Jamás amada, siempre sola, abandonada, desdichada.

Terminó de hacer el dibujo sobre la ventana humedecida. Lo que empezó siendo apenas un sol con un par de nubes pronto pasó a ser el paisaje para una bella casa. Se divirtió dibujando el césped y las ventanas, no lo negaría. Pero entonces el césped le recordó a personas jugando, personas diminutas y adorables... Niños. Ah, qué dicha habría tenido de poder formar una familia con la persona amada. Alguien que fuese como ella y también como él, un símbolo viviente de un amor que jamás experimentó. Quién sabe. Quizás en otra vida su destino fuese menos cruel. Tal vez podría llegar a ser madre en otra época, en otro cuerpo. El consuelo de ser feliz en una futura encarnación le ofreció confort y decidió ahondar allí, sedienta de afecto, sedienta de poder sentir lo que otros llaman felicidad... Plenitud.

Si se hubiera casado, ¿de qué trabajaría su marido? ¿Empleado de una fábrica? Tal vez profesor... O doctor... O un veterinario muy guapo al que conoció al llevar a su gato para un control de rutina y terminarían enamorándose, casándose y formando su propia familia. ¿Y ella? ¿Qué haría para ayudar? Ser ama de casa no iba con su personalidad. Seguramente se dedicaría a la educación... O al arte. Quizás algo que combinase sus dos grandes pasiones.

Mientras garabateaba las siluetas de dos niños jugando en el jardín se le ocurrió imaginar cómo habrían sido sus hijos. ¿Con el cabello azabache de ella? ¿Tal vez sus ojos? Mejor un niño que se pareciera a ella y una niña que se pareciese a un esposo que jamás conoció. Él llegaría cansado de trabajar, ella le daría la bienvenida con el pequeño en brazos y su hija mayor saldría corriendo de detrás de alguna puerta para asustar a su padre. Y serían felices. Serían felices viendo crecer a sus retoños hasta que ellos mismos tuviesen sus propios hijos. Entonces llegaría el turno de ser los abuelos divertidos y mimosos que todos aman. Miró su mano arrugada por el paso del tiempo y se dio cuenta de que una anciana de ochenta años no era muy buena opción a la hora de cargar un niño. Sus huesos crujían adoloridos solo por cambiar de posición en la cama. No quería imaginar lo que sería tener un niño a cuestas. Así que optó por dejar eso último de lado. Se centró en seguir imaginando sus años de juventud, sus años dorados.

Había pasado tanto tiempo en ese lugar, en ese confinamiento maloliente y oscuro, que simplemente no podía pensar en cómo habría sido ser una adolescente normal que sale con sus amigas. Una chiquilla que no usase pañales a causa de la incontinencia, una adolescente a la que no se le escurriera la comida por los labios cada vez que comiera papilla, una mujer que no tuviese que salir cada noche a pedir socorro a los transeúntes para que la rescataran de aquel horrible lugar... Siempre fracasando en su intento, siempre llorando en su cama por estar cansada de estar encerrada contra su voluntad. Había estado secuestrada toda su vida, siempre en ese lugar. Sus ojos no conocían otra cosa que no fuese el viejo salón, las recámaras sucias o las alfombras enmohecidas. Esa vieja casa, tan espaciosa como deprimente, era como verse a sí misma por dentro. Podrida, consumida por la tristeza, frágil y a solo un paso de derrumbarse por completo. Estaba cansada. Con su mano borró el dibujo que ni siquiera recordaba que estaba haciendo y enderezó su silla de ruedas para ir al salón. Las mujeres de blanco habían tocado una campana que, creía, servía para avisarles cuando la comida estaba lista. Sus labios comenzaron a doler al pensar en la odísea que sería retener la comida en la boca...

Estaba tan ensimismada en su creciente depresión que al día siguiente olvidó tomar su medicina. No sabía bien para qué era, ni quién se la daba, solo sabía que llevaba mucho tiempo tomándolas y que las mujeres de blanco se enfadaban si no obedecía. Así que se mantenía sumisa la mayor parte del tiempo hasta poder idear un plan perfecto para escapar. Claro que siempre que fracasaba el castigo era peor y terminaba encerrada en su cuarto por quién sabe cuánto tiempo, pero no se dejaría vencer. Lucharía por su libertad. Lucharía y juraba por su nombre que Kagome Higurashi lograría escapar, lograría ser feliz y vivir sus últimos días siendo amada por alguien. No se iría de esta vida sin conocer el calor de otra persona, de otra vida unida a la suya... Pero esa mañana no se sentía bien. Se había levantado mareada y casi no logró montarse en su silla de ruedas para ir al jardín. Había preferido pasar un tiempo en cama hasta que se le pasara el mareo, pero viendo que estos no amainaban decidió comenzar su día de forma normal para que las mujeres que la vigilaban no le gritasen por ser floja. Los mareos rápidamente dieron el pie a náuseas más fuertes que por poco la hacen devolver el desayuno. No, definitivamente no se sentía bien. Así que optó por volver a la cama. Incluso si eso hacía que esas señoras le recriminaran estar echada a esas horas.

Se sentó en la cama con toda la suavidad que sus adoloridas articulaciones le permitieron, pero incluso eso se sintió como si le hubieran revuelto todos los órganos por dentro. Repentinamente una punzada atravesó su pecho y se instaló en su corazón, magullándolo y oprimiéndolo hasta el punto que lo sintió sangrar por dentro. Se llevó una mano al pecho buscando aliviar el dolor sin éxito y se derrumbó sobre la cama sin aliento, sin poder gritar por ayuda.

El ruido de su cuerpo cayendo debió alertar a las mujeres de blanco que entraron corriendo en su habitación. Sus voces sonaban angustiadas, preocupadas, pero Kagome no tuvo fuerzas para responder cuando le preguntaron si se encontraba bien. Pronto una de ellas la colocó boca arriba y comenzó a comprimir su pecho. Dolía... Vivir dolía, al parecer morir también.

Kagome cerró los ojos dejándose llevar por el sentimiento letárgico que la invadió. Aquel dolor punzante comenzaba a amainar. Tal vez esas señoras sabían lo que hacían. Pronto no sintió mareos, ni opresión, tampoco tristeza, no vio las luces de la habitación, ni las siluetas de las mujeres, no oyó sus voces clamando que resista, ni a las cigarras que continuamente rodeaban el predio... Todo era tan tranquilo que se planteó la idea de dormir una pequeña siesta antes de que la llamaran para desayunar. Jamás se había sentido tan en paz.

En medio de su tranquilidad, en medio de toda esa oscuridad, pudo divisar sombras. Bosquejos de algo que no sabía lo que era, pero que tampoco le resultaba del todo desconocido. Oh, ¿era eso lo que la gente llamaba ver pasar la vida ante sus ojos? Como si el mundo no hubiese sido lo suficientemente injusto con ella ahora decidía darle un último golpe directo al corazón al mostrarle un resumen de su trágico paso por la vida.

Como si de un cortometraje de poca monta se tratase vio a una figura alzarla en brazos y a otra a su lado murmurando algo que no alcanzaba a escuchar, pero la sonrisa en su rostro no parecía significar nada malo. Casi parecían mirarla con alegría, con amor... ¿Habrían sido esos sus padres? Reconoció en sí misma su parecido con la mujer que la mecía contra su pecho y su color de cabello era idéntico al del hombre a su lado. Sí, debía ser su padre. Sus padres.

La película continuó avanzando como si alguien la acelerara hasta hacer irreconocibles las imágenes. Sin embargo, para ella todo se veía en cámara lenta. Tan nítido y claro que le parecía estar en ese preciso instante rodeada de todas las personas que su envejecida mente le mostraba. Los años avanzaron en cuestión de segundos. Se encontró confundida al darse cuenta de que sus padres jamás la abandonaron. Había estado esperando el momento en que se revelase el motivo por el cual estuvo encerrada en aquel lugar durante toda su vida y realmente creyó que fue su familia quien la abandonó. Finalmente descubrió que no. Que la habían criado, amado y educado. Incluso había tenido un hermano menor, un abuelo, mascotas a las cuales amar y malcriar. Todo eso que alguna vez poseyó, ¿dónde estaba? No lo sabía.

Los años se vieron representados en esas imágenes instantáneas que parecían ser cambiadas ante sus ojos a una velocidad inhumana. Pudo distinguir el momento en que terminó la preparatoria y, para su sorpresa, vio el momento en que comenzó a estudiar... Y el preciso instante en que se graduó. Había sido una mujer de estudios. Una profesora de arte que impartía clases en una universidad de la capital y que de vez en cuando vendía sus propios cuadros en una pequeña galería de arte. Una solitaria lágrima rodó por su mejilla al encontrarse emocionada. No sabía por qué no recordaba aquello, pero estaba ansiosa por saber qué más había olvidado.

El instante en que comenzó a dar clases en conjunto con otro profesor de música y arte pareció ser excepcionalmente especial. La cámara invisible se había detenido en el momento exacto en que sus ojos dorados se posaron en ella de una forma hipnótica, intrigante, fue realmente encantador. No supo la relevancia de ese evento hasta segundos después cuando volvió a aparecer vestida de blanco y su mirada se topó con el mismo par de ojos dorados al final de un pasillo repleto de personas. Esta vez su mirada ambarina sonreía de tal manera que ni el oro fundido podría compararse con su resplandor. Ah... Así que se había casado con un compañero de trabajo. Qué romántico.

Como si de una novela se tratase, el montaje no tardó en mostrar lo que la anciana ya anticipaba: un bebé. Tan pequeño y frágil que incluso su figura envejecida tembló ante la sola idea de que se le cayera de los brazos a su versión más joven, la misma que le mostraba orgullosa su primogénito a su esposo.

—Se llamará Keita —alcanzó a oír.

«Keita...», repitió su mente.

Como un mantra que hizo que su corazón se calentase, que su soledad doliese menos. Esa pequeña personita despertó en ella el sentimiento de querer ver el dolor tan lejos como fuese posible, un instinto maternal tan primitivo como esencial. Había sido necesaria para alguien, había sido vital para alguien... Había formado una familia.

Los recuerdos siguieron pasando. Año tras año siendo representados en milésimas de segundo. Su cuerpo comenzaba a parecerse cada vez más al de la anciana que era en la actualidad. Su rostro decayó, su figura esbelta se deformó hasta ser el de una mujer mayor y su piel tersa se arrugó dejando las mismas huellas que deja el río que pasa entre las piedras. Su hijo creció, se casó y abandonó su casa para tener su propia familia. Su marido había muerto en algún punto de sus recuerdos dejándola viuda y con una casa demasiado grande para vivir sola en ella. Se acercaba el final, lo presentía. Su mente pronto se encargó de confirmarlo.

Las imágenes poco a poco se detuvieron hasta quedarse estáticas en una escena que le resultaba tan familiar como dolorosa. Ella vestía de negro. Claramente había enviudado hace poco... Y en sus manos tenía un manojo de notas adhesivas. Las voces de la escena se hicieron cada vez más notorias hasta ser completamente nítidas. Entonces prestó atención.

—No eres una carga. ¡Eres mi madre!

—Y como tu madre te ordeno que me dejes morir con dignidad. No quieres verme así, y yo no quiero que me veas así.

—¿Verte cómo? Te manejas bien con tus notas adhesivas. Eso te ayuda a no olvidar tan rápido las cosas, ¿cierto?

—Un día dejarán de servir, Keita. ¡Y lo sabes!

—¡Pero sirven ahora!

—¡¿Ahora sirven?! —Bramó— ¿De qué sirven, Keita? Intento tener una conversación civilizada contigo para no ser una carga, pero soy incapaz de hacerlo sin estas estúpidas notas... ¡Y tengo miedo de olvidar de lo que hablamos mientras estamos discutiendo! Yo... Yo... Siento ser tan inútil... —La voz femenina se quebró como pocas veces lo había hecho antes y se derrumbó ante la mirada desolada de su hijo.

—Mamá...

Se arrodilló junto al cuerpo tembloroso de su madre y la rodeó con un brazo como sintió que lo haría su padre si estuviese con ellos.

—Es una situación difícil para todos —comenzó—. Debes extrañar mucho a ese viejo gruñón —bromeó y Kagome le dio un ligero codazo mientras intentaba calmar su respiración— y no quiero dejarte sola en un momento así. No me lo perdonaría nunca. Papá tampoco me lo perdonaría. Sabes que yo...

—Shh... —Interrumpió. No usaría con ella el chantaje del deber— Ahora eres un hombre, ¿cierto, Keita? Entonces debes hacerte cargo de tu familia como yo lo hice con la mía. Es parte de la vida que los padres envejezcan y los hijos vivan su propia vida junto a su familia.

—¡Pero tú eres mi familia, mamá! No te dejaré.

—Yo estaré bien, Kei. Lo prometo.

—No quiero que me olvides...

—No lo haré.

—Claro que lo harás, mamá. El Alzheimer hará que no recuerdes quién eres, ni quién soy, ni siquiera recordarás a papá. ¿Crees que estoy bien abandonándote en un lugar así?

—Cuando muera, veré todo como una película —comentó con alegría—. Veré mi vida frente a mis ojos y entonces los recordaré. A ti, a Inuyasha, a nuestra vida juntos. Serán mi último pensamiento cuando me vaya y sabré cómo sucedieron las cosas. No te culparé por nada. Te lo aseguro. ¿Sabes de qué sí te culparía?

—¿De qué?

—De que veas a tu madre deteriorarse hasta ser irreconocible. Eso sí no te lo perdonaría. Deja que esta pobre anciana parta en paz y con dignidad, ¿sí?

—Mamá... —Su voz estaba enronquecida por el dolor y le impidió seguir hablando. Había cedido.

A Kagome le pareció estar nuevamente frente a su hijo de seis años que pedía dormir en su cama cuando había tormentas. Así que hizo lo único que una madre podía hacer: ofrecerle consuelo cuando tenía miedo. Incluso si ella misma también lo tenía.

Ese había sido el principio del fin. A partir de entonces comenzó a vivir en el mejor asilo que Keita pudo pagar. Se aseguraba constantemente de que tuviera todo lo necesario para pasar sus últimos años con la mayor comodidad posible. Iba a visitarla regularmente junto a su esposa e hijos. De vez en cuando salían a pasear o al cine. La consentía mucho, tal vez demasiado. Dedujo que era debido a la culpa de no tener a su madre junto a él, pero ella lo prefería así. Fue lo mismo cuando se dio cuenta de que poco a poco su memoria se iba deteriorando hasta el punto en que le costaba reconocer a su propio hijo. Esa fue la última vez que aceptó su visita. Su último mandato como madre fue pedirle que la dejase pasar la peor parte sola. No fue fácil, pero logró convencerlo una vez que las enfermeras le aseguraron que estaría en buenas manos.

Las enfermeras de allí eran atentas, serviciales, simpáticas, una compañía más que grata. Sin embargo, su memoria empeoró lo suficiente como para hacerle creer que aquellas simpáticas muchachas no eran más que arpías que se aseguraban de tenerla encerrada en un lugar en el que creyó desperdiciar toda su vida. Qué mal se sentía por haberlas golpeado en tantas ocasiones y haberse escapado otras tantas. Debió ser un dolor de cabeza lidiar con ella todo ese tiempo. Lo lamentaba por ellas.

—Qué alivio... Nunca estuve sola.

—Claro que no, tonta. ¿Cómo crees que podríamos dejarte?

Una voz conocida, pero ya olvidada, la hizo girarse con una ligereza tal que su cuerpo se sentía como si flotase, como si nada pudiera pesarle, ni siquiera la tristeza y la soledad que creyó haber experimentado por décadas. El mismo par de ojos dorados que vio en sus memorias hizo contacto con los suyos. Una sonrisa confiada la invitó a sonreírle en respuesta y sin saber bien cómo se decidió a tomar su mano. Su solo toque le ofreció tal consuelo que las ganas de llorar se hicieron presentes con mayor fuerza que antes. Sus ojos ardían, su visión se nublaba, pero ya no se sentía sola por ese sentimiento, se sentía libre. ¿Qué era ese sentimiento que creyó haber olvidado? Ah, sí, el sentimiento de ser amada... De tener al ser amado a tu lado, esperándote.

—Lo hiciste bien, Kagome —elogió. Apretando su pequeño cuerpo entre sus brazos mientras hundía su nariz entre su cabello que había vuelto a ser azabache como en antaño—. ¿Lista para irnos?

—Sí, estoy lista desde hace mucho, Inuyasha...

Mientras el hombre se inclinaba para darle un beso de bienvenida, su cuerpo mortal exhalaba un último suspiro de alivio al saber que ya nada dolía, ya ningún mal la agobiaba. Y no lo haría nunca más.


FIN


Personalmente siento que es uno de los one-shots más "llorables" que hice. Espero que aquellos amantes del angst hayan disfrutado mucho este capítulo... Porque yo sí lloré aufnsosna. Ansío ver su opinión en comentarios :D

ACLARACIÓN por las dudas: las enfermeras en ningún momento fueron agresivas con Kagome o sus compañeros de asilo. Solo busqué representar lo que sienten los pacientes con Alzheimer: paranoia, distorsión de la realidad y los hechos, creer que los tienen secuestrados, etc.

Ahora sí, como verán vamos subiendo en el ranking de lágrimas... Y prepárense para mañana porque el día cuatro los va a sorprender. ¡Nos leemos pronto! ❤

P.D.: No, en serio los va a sorprender el día cuatro porque no tengo ni idea de qué escribir, pero algo se nos ocurrirá, jeje. Besotes c:

ANUNCIO SOLO PARA LECTORES DE : Perdonen la demora en esta plataforma. Como algunos sabrán: no puedo ingresar a fanfiction para publicar desde la app, tampoco desde la tablet. Sí o sí necesito una computadora —que no tengo— para publicar... Así que vine a la universidad solo para usar las computadoras JAJAJAJA. ¡Miren el sacrificio que hago por ustedes! Ojalá lo disfruten y no olviden que los quiero mucho, mucho :D volveré a la universidad en los próximos días para que puedan seguir leyendo desde esta plataforma. En caso de querer seguir las actualizaciones en tiempo real pueden pasarse por Ao3 o Wattpad donde podrán leerme sin necesidad de registrarse. Muchas gracias por su atención y nos vemos pronto c:

04.02.24